Lo perseguí durante tres años y él me llamó mentirosa… un mes después, le propuse matrimonio a su mejor amigo frente a sus ojos

Parte 1 — Facebook

Durante tres años, perseguí a Alexander Hayes con una perseverancia que ahora me daba vergüenza recordar.

Le llevaba desayuno antes de sus clases.

Reservaba un asiento para él en la biblioteca.

Aprendí las reglas del baloncesto solo para asistir a sus partidos.

Incluso memoricé su horario de entrenamiento para fingir encuentros casuales que nunca fueron casuales.

Toda la Universidad Northlake sabía que yo estaba enamorada de Alexander.

Él también.

Y lo detestaba.

No porque yo le hubiera hecho daño.

No porque fuera cruel.

Simplemente consideraba que mi insistencia era una molestia que debía soportar.

Cada vez que me acercaba, su expresión cambiaba.

Cada detalle mío parecía irritarlo.

Si le ofrecía café, preguntaba qué quería a cambio.

Si lo esperaba después de clase, decía que yo no tenía vida propia.

Si alguien bromeaba con que terminaríamos juntos, Alexander respondía delante de todos:

—Antes abandonaría la universidad.

Yo fingía reír.

Luego regresaba a mi dormitorio y lloraba en silencio.

Aun así, al día siguiente volvía a buscarlo.

Creía que el amor verdadero consistía en insistir.

Pensaba que, si era suficientemente buena, paciente y sincera, algún día él comprendería que nadie lo amaría como yo.

El día que finalmente me rendí ocurrió durante el entrenamiento militar de primer año.

El sol caía con tanta fuerza que el asfalto parecía derretirse.

Llevábamos horas marchando.

Yo no había desayunado porque había pasado la mañana ayudando a una compañera a conseguir un uniforme de su talla.

A pocos metros de mí estaba Grace Miller.

Su familia tenía pocos recursos y estudiaba gracias a una beca financiada por la fundación de los Hayes.

Grace era bonita de una manera delicada.

Callada.

Aplicada.

El tipo de muchacha que despertaba inmediatamente el instinto de protección de los demás.

Yo, en cambio, era alta, enérgica y demasiado ruidosa.

La gente siempre suponía que podía soportarlo todo.

Cuando la visión empezó a nublarse, intenté mantenerme de pie.

Grace se desplomó primero.

Yo caí apenas unos segundos después.

Escuché pasos corriendo hacia nosotras.

Por un instante pensé que Alexander había venido por mí.

Había visto su silueta al otro lado del campo antes de perder el equilibrio.

Abrí los ojos a medias.

Alexander pasó junto a mí.

Se inclinó sobre Grace, la levantó en brazos y llamó al instructor.

Yo seguía en el suelo.

El calor del pavimento atravesaba el uniforme.

—Alexander… —murmuré.

Él giró la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

No había preocupación en su rostro.

Solo impaciencia.

—Deja de fingir —dijo con frialdad—. Pareces tan fuerte que podrías derribar un toro con las manos.

Algunos estudiantes rieron.

Alexander se marchó cargando a Grace.

Yo permanecí allí.

Nadie notó que realmente había perdido el conocimiento hasta varios minutos después.

Cuando desperté en la enfermería, tenía una vía conectada al brazo.

El médico dijo que estaba deshidratada y que mi presión había bajado demasiado.

—Pudiste golpearte la cabeza —me reprendió—. ¿Por qué no avisaste que te sentías mal?

Miré el techo.

Porque durante años había enseñado a todos que yo siempre podía levantarme.

Porque Alexander había decidido que cada cosa que hacía era una actuación para llamar su atención.

Porque incluso yo había empezado a creer que mi dolor no contaba si él no lo miraba.

Ese día no sentí el corazón roto.

Sentí algo mucho más silencioso.

Cansancio.

Abrí nuestro chat.

Había cientos de mensajes míos.

Recordatorios.

Preguntas.

Fotografías.

Invitaciones rechazadas.

Las respuestas de Alexander podían contarse con los dedos.

“Estoy ocupado.”

“No vengas.”

“Deja de molestar.”

“Haz lo que quieras.”

Eliminé toda la conversación.

Después borré su número.

Durante un mes no lo busqué.

Al principio, mis amigos pensaron que se trataba de otra estrategia.

—¿Quieres que te extrañe? —preguntó mi compañera de habitación.

—No.

—¿Entonces qué quieres?

Pensé durante unos segundos.

—Recordar cómo era mi vida antes de convertirlo en el centro de todo.

Empecé a dormir mejor.

Comí con personas a las que había ignorado durante meses.

Volví al club de fotografía.

Y conocí de verdad a Noah Bennett.

Noah compartía habitación con Alexander.

Yo ya lo había visto muchas veces, pero nunca había prestado atención.

Siempre estaba allí cuando yo aparecía buscando a Alexander.

Era quien me abría la puerta.

Quien recibía la comida si Alexander no estaba.

Quien me decía que descansara cuando llegaba bajo la lluvia.

El día del desmayo, Noah fue quien regresó al campo y me llevó hasta la enfermería.

Yo no lo supe hasta que el médico lo mencionó.

—El muchacho que te trajo esperó hasta que despertaste.

—¿Alexander?

El médico negó.

—El otro.

Noah nunca me lo contó.

Cuando fui a agradecerle, solo se encogió de hombros.

—Cualquiera lo habría hecho.

—Alexander no.

La sonrisa de Noah desapareció.

—Él pensó que fingías.

—Siempre piensa eso.

—No deberías acostumbrarte.

Aquella frase se quedó conmigo.

Durante las semanas siguientes, Noah y yo empezamos a hablar.

No porque yo quisiera provocar a Alexander.

Al contrario.

Por primera vez, no estaba pensando en él.

Noah era directo, divertido y tenía una paciencia que nunca utilizaba para hacerme sentir inferior.

Si yo decía que estaba cansada, lo creía.

Si prometía aparecer, aparecía.

Y si se burlaba de mí, nunca elegía una herida real.

Un mes después del entrenamiento militar, se celebró el primer partido de baloncesto de los estudiantes nuevos.

Noah formaba parte del equipo.

Alexander también.

Antes del partido, Noah me escribió:

“Si ganamos, me debes una bebida.”

Compré una botella de agua deportiva.

Cuando terminó el encuentro, bajé hacia la cancha.

Alexander fue el primero en verme.

Tenía una toalla alrededor del cuello y el cabello húmedo por el sudor.

Sus ojos descendieron hasta la botella en mi mano.

Después sonrió con esa seguridad arrogante que durante años había confundido con encanto.

—Un mes sin venir a buscarme —dijo—. Al final no pudiste soportarlo.

Me detuve frente a él.

No entendí de inmediato.

Entonces comprendí que pensaba que el agua era para él.

Alexander extendió la mano.

Antes de que pudiera tocar la botella, Noah apareció a su lado.

—¿Qué te pasa? —preguntó, levantando una ceja—. Ella vino a buscarme a mí.

Tomó la bebida de mi mano.

El rostro de Alexander quedó inmóvil.

Noah abrió la botella y bebió.

—Ganamos —me recordó—. ¿Ya pensaste cómo agradecerme?

Yo había preparado una respuesta sencilla.

Una cena.

Una fotografía del equipo.

Quizá ayudarlo con una tarea.

Pero vi la sonrisa de Noah.

Recordé cómo me había cargado hasta la enfermería sin esperar nada.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí ganas de ser imprudente por alguien que no me hacía sentir ridícula.

Así que asentí con absoluta seriedad.

—Podría pagarte con mi cuerpo.

Noah se atragantó con el agua.

Los jugadores alrededor empezaron a gritar.

Yo sonreí.

—Quiero decir que podría convertirme en tu novia.

Noah me miró como si no estuviera seguro de haber oído bien.

—¿Hablas en serio?

—Completamente.

Entonces alguien apretó con fuerza la botella vacía detrás de nosotros.

Alexander.

Su expresión parecía a punto de romperse.

—¿Qué clase de broma es esta? —preguntó.

Yo lo miré.

Un mes atrás, una sola palabra suya podía arruinarme el día.

Ahora solo parecía un hombre enfadado porque una cosa que consideraba suya había dejado de esperarlo.

—No es una broma.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Llevas tres años diciendo que me amas.

—Lo sé.

—¿Y ahora quieres salir con mi compañero de habitación?

Noah se colocó ligeramente delante de mí.

Alexander lo vio.

Algo peligroso apareció en sus ojos.

—Apártate.

—No —respondió Noah.

El silencio cayó sobre la cancha.

Alexander apretó la mandíbula.

—¿Desde cuándo?

Noah todavía no había aceptado mi propuesta.

Pero me tomó de la mano delante de todos.

—Desde ahora.

Alexander miró nuestros dedos entrelazados.

Y por primera vez, el hombre que me había rechazado durante tres años pareció comprender que yo realmente podía marcharme.

Alexander no dijo nada más en la cancha.

Se quitó la toalla del cuello, la lanzó sobre el banco y salió del gimnasio sin despedirse de nadie.

Todos lo siguieron con la mirada.

Yo también.

Fue un reflejo antiguo.

Noah lo notó.

Aflojó los dedos alrededor de mi mano.

—No tienes que hacer esto para molestarlo.

Me volví hacia él.

—No lo hago por eso.

—Me pediste que fuera tu novio treinta segundos después de que él intentara apropiarse de tu bebida.

—Visto así, no parece una decisión muy madura.

—No demasiado.

Noah sonreía, pero sus ojos permanecían serios.

—Me gustas, Emma.

Mi corazón dio un salto.

—¿Desde cuándo?

—Lo suficiente para saber que no quiero ser el hombre que utilizas para olvidar a otro.

La frase no fue cruel.

Precisamente por eso dolió.

Retiré lentamente la mano.

—Tienes razón.

—No estoy rechazándote.

—Suena bastante parecido.

—Estoy pidiéndote que lo pienses.

—¿Cuánto?

—Hasta que puedas mirarme sin comprobar antes si Alexander está observando.

Sentí vergüenza.

Porque acababa de hacerlo.

Noah levantó la botella.

—La cena sigue en pie.

—¿Como amigos?

—Por ahora.

Asentí.

No sabía si sentir alivio o decepción.

El hombre que empezó a esperar

A la mañana siguiente encontré a Alexander frente al edificio de mi residencia.

Durante tres años había sido yo quien esperaba bajo su dormitorio.

Aquella era la primera vez que él estaba bajo el mío.

Pasé de largo.

—Emma.

Seguí caminando.

Alexander me alcanzó.

—Necesitamos hablar.

—Tengo clase.

—Faltan cuarenta minutos.

Me detuve.

—¿Conoces mi horario?

Él pareció darse cuenta de su error.

—Lo pregunté.

—¿A quién?

—Eso no importa.

—A mí sí.

Alexander pasó una mano por su cabello.

—¿De verdad vas a salir con Noah?

—No es asunto tuyo.

—Es mi compañero de habitación.

—Eso no te convierte en dueño de su vida.

—Tú estabas enamorada de mí.

—También eso era asunto mío.

El rostro de Alexander se endureció.

—No puedes cambiar de sentimientos en un mes.

—No lo hice.

—Entonces sigues queriéndome.

La seguridad de su voz me habría hecho temblar semanas atrás.

Ahora me produjo cansancio.

—Tal vez una parte de mí todavía te quiera.

Alexander pareció relajarse.

—Lo sabía.

—Pero ya no quiero estar contigo.

La satisfacción desapareció.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene mucho sentido.

Me acerqué un paso.

—Te quise durante tres años. Tú me enseñaste que eso no bastaba.

—Nunca te pedí que me persiguieras.

—Es cierto.

—Entonces no puedes culparme.

—Tampoco lo hago.

Aquello pareció desconcertarlo.

—Me culpo a mí por haber convertido cada rechazo tuyo en una razón para esforzarme más.

Alexander guardó silencio.

—Pero ya terminé —añadí.

—¿Por lo que dije durante el entrenamiento?

—No solo por eso.

—Pensé que estabas fingiendo.

—Ese era el problema. Siempre pensabas lo peor de mí.

—Porque hacías cualquier cosa para llamar mi atención.

—Y tú utilizabas eso como permiso para humillarme.

Alexander frunció el ceño.

—Nunca quise humillarte.

—Lo hiciste.

La frase salió sin rabia.

Eso pareció afectarlo más.

—Noah te llevó a la enfermería —dije—. Se quedó hasta que desperté. Tú ni siquiera preguntaste si estaba bien.

—Grace necesitaba ayuda.

—Las dos la necesitábamos.

—Ella cayó primero.

—Y yo estaba frente a ti.

Alexander abrió la boca.

No encontró respuesta.

—Tengo que irme —dije.

Él sujetó mi muñeca.

No con fuerza.

Aun así, me detuve.

—Emma.

Miré su mano.

Alexander me soltó de inmediato.

—No quiero que salgas con Noah.

—¿Por qué?

Su mandíbula se tensó.

—Porque no es adecuado para ti.

—¿Y tú sí?

No respondió.

Sonreí con tristeza.

—Eso pensé.

Me alejé.

El mejor amigo invisible

Noah y yo cenamos aquella noche en un restaurante pequeño cerca del campus.

No fue una cita.

Al menos, no oficialmente.

Aun así, se había cambiado de camisa tres veces, según confesó el compañero que nos encontramos en la entrada.

—Lo voy a matar —murmuró Noah.

—Entonces sí te importaba causar buena impresión.

—Solo quería estar limpio.

—Llevas perfume.

—Lo uso siempre.

—Nunca lo había notado.

Noah sostuvo mi mirada.

—Nunca me habías mirado.

La verdad me golpeó.

Había pasado tres años entrando en su dormitorio sin verlo realmente.

—Lo siento.

—No es una acusación.

—Debería serlo.

Noah jugó con el borde del menú.

—Al principio me parecías insoportable.

—Qué romántico.

—Aparecías cada mañana preguntando por Alexander. Dejabas comida, regalos y notas. Nunca preguntabas cómo estaba nadie más.

—Suena terrible.

—Lo era.

—¿Cuándo cambió?

Noah pensó.

—Una noche llegaste empapada porque querías darle unos apuntes. Alexander estaba fuera con amigos. Te dije que podías dejar la carpeta y marcharte.

—Lo recuerdo.

—También te dije que tomaras mi paraguas.

—Nunca lo devolví.

—Lo sé.

—¿Por eso te gusto?

—No. Por eso pensé que eras una ladrona.

Reí.

Noah sonrió.

—Después te vi regresar con medicina para un compañero que estaba enfermo. Ni siquiera sabías su nombre. Y cuando una chica del dormitorio perdió dinero, fuiste tú quien la ayudó a buscarlo durante dos horas.

—No recuerdo eso.

—Porque no lo hiciste para que alguien te alabara.

Noah bajó la voz.

—Empecé a preguntarme cómo una persona capaz de cuidar tanto a los demás podía tratarse tan mal por alguien que no la valoraba.

Sentí que me ardían los ojos.

—No quiero que me tengas lástima.

—No la tengo.

—Entonces, ¿por qué me ayudaste el día del entrenamiento?

—Porque estabas inconsciente en el suelo.

—Cualquiera lo habría hecho.

—Alexander no.

La frase fue tranquila.

No una competencia.

Solo una verdad.

—¿Te gusto de verdad? —pregunté.

Noah me miró.

—Sí.

—¿Incluso sabiendo que todavía estoy intentando olvidar a tu mejor amigo?

—No voy a fingir que no me preocupa.

—¿Y si nunca lo consigo?

—Entonces no deberíamos estar juntos.

Su sinceridad no me hirió.

Me hizo sentir segura.

—Quiero intentarlo —dije.

Noah guardó silencio.

—No como venganza —añadí—. Ni porque seas más amable que él. Quiero conocerte porque, por primera vez, tengo curiosidad por alguien que no es Alexander.

Noah sonrió lentamente.

—Eso es mucho menos romántico que ofrecerme tu cuerpo.

—Puedo retirar la propuesta.

—No te atrevas.

Los celos de Alexander

Alexander empezó a aparecer en todas partes.

En la cafetería.

En la biblioteca.

Frente al club de fotografía.

Siempre tenía una excusa.

Necesitaba hablar con Noah.

Había olvidado algo.

Pasaba por allí.

Durante años yo había construido coincidencias para verlo.

Ahora él hacía lo mismo y fingía que nadie podía notarlo.

Una tarde, Noah me enseñaba a lanzar el balón en una cancha vacía.

Colocó sus manos sobre mis brazos para corregir mi postura.

—Dobla un poco las rodillas.

—¿Así?

—Menos.

—No soy una máquina.

—Eso es evidente.

Le di un codazo.

Noah rio.

Entonces un balón golpeó el suelo entre nosotros.

Alexander estaba al otro lado de la cancha.

—El entrenamiento terminó hace media hora —dijo.

Noah levantó una ceja.

—No sabía que la cancha te pertenecía.

—Necesito practicar.

—Hay otras cinco canastas.

Alexander miró las manos de Noah sobre mis brazos.

—Estorban.

Me aparté.

No porque Alexander lo pidiera.

Porque la tensión se había vuelto absurda.

Noah recogió el balón.

—Vamos a cenar.

—Tenemos reunión en el dormitorio —dijo Alexander.

—No.

—El capitán quiere hablar.

—Ya habló conmigo.

—Entonces quiero hablar yo.

Noah lo observó durante varios segundos.

—Emma, ¿puedes esperarme afuera?

—No es necesario.

—Sí lo es.

La forma en que se miraban me preocupó.

Salí de la cancha, pero no me alejé demasiado.

Las voces atravesaron la puerta.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Alexander.

—Saliendo con una chica.

—Sabes que lleva años obsesionada conmigo.

—Precisamente. Tuviste tres años.

—Eso no significa que puedas aprovecharte ahora.

—¿Aprovecharme?

—Está vulnerable.

—¿Y quién la dejó así?

Hubo un silencio.

Alexander habló más bajo.

—No quiero que la lastimes.

—Tú ya lo hiciste.

—No es lo mismo.

—Tienes razón. Yo no pienso burlarme de ella delante de cien personas.

Escuché un golpe.

Abrí la puerta.

Alexander había empujado a Noah contra la pared.

Noah le sujetaba el brazo.

—¡Basta!

Ambos se volvieron.

Me acerqué a Alexander.

—Suéltalo.

—Él…

—Suéltalo.

Alexander retrocedió.

Noah se acomodó la camiseta.

—Estoy bien.

Miré a Alexander.

—¿Qué te pasa?

—Me preocupa que estés tomando una mala decisión.

—No tienes derecho.

—Después de tres años, ¿no tengo ninguno?

—No.

La palabra salió sin vacilación.

Alexander palideció.

—Tú me convertiste en parte de tu vida.

—Y tú me dejaste claro que no querías estar en ella.

—No sabía que ibas a reemplazarme con él.

Noah dio un paso.

Lo detuve con la mano.

—Noah no te reemplazó.

Alexander se rio sin humor.

—¿No?

—No. Porque tú nunca ocupaste el lugar que yo imaginaba.

El dolor en sus ojos fue inmediato.

Durante tres años había deseado que sintiera una fracción de lo que yo sentía.

Ahora que lo veía, no me produjo satisfacción.

Solo tristeza.

—Vete —dije.

Alexander me miró como si esperara que cambiara de opinión.

No lo hice.

Salió de la cancha.

Noah observó la puerta cerrada.

—Esto va a destruir nuestra amistad.

—Lo siento.

—No es tu culpa.

—También eras su mejor amigo antes de conocerme.

—Y tú eras una persona antes de conocerlo.

Me tomó la mano.

—No quiero perderlo. Pero tampoco voy a permitir que decida por nosotros.

La muchacha protegida por su familia

Grace me buscó unos días después.

La encontré frente al edificio de Comunicación, sosteniendo dos cafés.

—¿Podemos hablar?

Acepté.

Nos sentamos en un banco.

Grace parecía nerviosa.

—Quería disculparme por lo que ocurrió durante el entrenamiento.

—No hiciste nada.

—Alexander me cargó a mí.

—Eso tampoco fue tu culpa.

—Pero después supe que tú estabas peor.

—Ya pasó.

Grace apretó el vaso entre las manos.

—Su familia paga mi beca. Por eso él siempre está pendiente de mí.

La frase encajó con algo que yo no había considerado.

—¿Su padre se lo pidió?

—Sí. Mi padre murió trabajando para una empresa de los Hayes. La fundación cubre mis estudios como compensación.

Comprendí entonces que Alexander no había corrido hacia Grace porque estuviera enamorado.

Se sentía responsable.

Aquello no borraba cómo me trató.

Pero cambiaba una parte del contexto.

—¿Te gusta? —pregunté.

Grace negó de inmediato.

—No. Siempre ha sido amable conmigo, pero…

Se detuvo.

—¿Pero qué?

—Creo que le gustas tú.

Solté una risa breve.

—No.

—Desde que dejaste de buscarlo, pregunta por ti todo el tiempo.

—Eso no significa que le guste.

—Cuando Noah te tomó de la mano, Alexander rompió la llave de su casillero.

La imagen resultó ridícula.

—Quizá solo odia perder atención.

Grace bajó la mirada.

—Puede ser.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque no quiero que pienses que competíamos.

Sentí vergüenza.

Durante años había tratado a Grace como una rival silenciosa, aunque ella nunca me hubiera hecho nada.

—Lo siento —dije—. Creo que sí pensé así.

—Lo sé.

—No fue justo.

Grace sonrió.

—Tampoco fue justo que todos asumieran que yo era débil y tú no necesitabas ayuda.

Aquella frase me acompañó durante mucho tiempo.

La confesión más tardía

Alexander esperó una semana antes de volver a buscarme.

Esta vez no apareció frente a mi dormitorio.

Me envió un mensaje desde un número desconocido.

“¿Podemos hablar una vez?”

Estuve a punto de ignorarlo.

Finalmente acepté.

Nos encontramos en las gradas del campo de entrenamiento.

El lugar donde todo había terminado.

Alexander estaba solo.

No llevaba su habitual expresión arrogante.

Parecía cansado.

—Gracias por venir.

Me senté varios asientos lejos.

—Habla.

Él miró el campo.

—Grace me contó que habló contigo.

—Sí.

—No la ayudé porque creyera que tú fingías.

—Eso fue exactamente lo que dijiste.

Alexander apretó las manos.

—La vi caer primero. Sabía que sufre anemia y que mi familia me había pedido que estuviera pendiente.

—Podías ayudarla sin humillarme.

—Lo sé.

Esperé.

—Cuando te vi en el suelo —continuó—, pensé que te levantarías como siempre.

—No me levanté.

—Lo sé.

—Y aun así te fuiste.

—Sí.

No intentó defenderse.

—¿Por qué me tratabas así? —pregunté.

Alexander tardó demasiado.

—Porque me acostumbré a que siempre volvieras.

La respuesta fue cruelmente sencilla.

—Cada vez que te rechazaba, aparecías al día siguiente. Cada vez que decía algo hiriente, seguías sonriendo. Empecé a pensar que nada de lo que hiciera podía lastimarte de verdad.

—Eso no explica por qué querías lastimarme.

—Me asustabas.

Lo miré sorprendida.

Alexander soltó una risa amarga.

—Todo el mundo quería algo de mí por mi apellido. Tú parecías quererme demasiado, sin pedir nada. No lo entendía. Pensé que era una actuación.

—Tres años de actuación sería una dedicación impresionante.

—Lo sé ahora.

—Demasiado tarde.

Él cerró los ojos un instante.

—Sí.

El viento atravesó las gradas.

Alexander sacó una pequeña caja de su mochila.

Dentro había cartas, fotografías y objetos que reconocí.

Una pulsera que había perdido.

Una entrada del primer partido al que asistí.

La nota que dejé con su desayuno el día de su cumpleaños.

—¿Por qué tienes esto?

—Guardé todo.

Mi corazón dio un golpe doloroso.

—¿Para burlarte?

—Porque no podía tirarlo.

Lo miré.

Alexander sostuvo mis ojos.

—No sé cuándo empecé a sentir algo.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No puedes decidir que me amas justo cuando dejo de perseguirte.

—No lo decidí ahora. Solo lo entendí ahora.

—Eso no es mejor.

—Lo sé.

Su voz se quebró apenas.

—Cuando te vi con Noah, sentí que alguien me arrancaba algo. Y luego comprendí que nunca tuve derecho a considerarte mía.

Las palabras que durante años habría dado cualquier cosa por escuchar llegaron cuando ya no podía confiar en ellas.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté.

—Una oportunidad.

—No.

Alexander palideció, pero asintió.

—Lo esperaba.

—¿Entonces por qué lo pediste?

—Porque tú me enseñaste que algunas personas insisten cuando algo les importa.

La frase me enfureció.

—No conviertas mi peor error en una lección romántica.

—No quería…

—Yo perdí tres años intentando obligarte a sentir algo. No voy a permitir que ahora hagas lo mismo conmigo.

Alexander bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Me levanté.

—¿Amas a Noah?

La pregunta me detuvo.

—No lo sé todavía.

—¿Pero podrías?

Pensé en la forma en que Noah me escuchaba.

En su sinceridad.

En cómo nunca había exigido una respuesta rápida.

—Sí.

Alexander respiró con dificultad.

—Entonces intentaré no interponerme.

—Eso sería lo correcto.

—No prometí que sería fácil.

—Nunca lo es.

Me marché.

Alexander no me siguió.

Aquella fue la primera prueba de que realmente estaba cambiando.

La primera cita de verdad

Noah esperó hasta que yo hablé con Alexander.

No me presionó.

No preguntó qué nos habíamos dicho.

Cuando le conté que había rechazado a Alexander, no sonrió.

—¿Estás bien?

—No lo sé.

—Podemos dejar esto aquí.

—¿Quieres hacerlo?

—No.

—Entonces deja de ofrecerme salidas.

Noah levantó las manos.

—Solo intento no presionarte.

—Necesito que seas honesto, no perfecto.

Su expresión cambió.

—Bien. Estoy celoso. Me preocupa que un día Alexander diga lo correcto y tú corras hacia él.

—No voy a hacerlo.

—No puedes saberlo.

—Tienes razón.

Noah miró hacia otro lado.

Me acerqué.

—Pero sí sé que quiero salir contigo.

—¿Una cita real?

—Una cita real.

—¿Sin espectadores?

—Preferiblemente.

—¿Sin propuestas de pago corporal?

—Eso dependerá de la calidad de la cena.

Noah rio.

Nuestra primera cita fue un desastre.

El restaurante perdió la reserva.

Empezó a llover.

Noah tropezó y derramó café sobre su camisa.

Yo me reí tanto que casi no podía respirar.

—Esto no está saliendo bien —dijo.

—Está saliendo mejor que todas mis citas imaginarias con Alexander.

La sonrisa de Noah se suavizó.

Terminamos cenando en una tienda abierta toda la noche.

Hablamos hasta las dos de la madrugada.

Noah me contó que había crecido cambiando de ciudad porque su madre trabajaba como enfermera itinerante.

Yo confesé que perseguir a Alexander me había dado una excusa para evitar preguntarme qué quería hacer con mi propia vida.

Cuando regresamos al campus, Noah se detuvo frente a mi residencia.

—¿Puedo besarte?

Mi corazón se aceleró.

—Sí.

Fue un beso breve.

Cálido.

Sin juegos.

Cuando se apartó, Noah me miró con incertidumbre.

—¿Pensaste en él?

La honestidad de la pregunta dolió.

—Por un segundo.

Noah bajó la mirada.

Tomé su rostro entre las manos.

—Pero quise besarte a ti.

Él me besó de nuevo.

Esta vez más lentamente.

La amistad rota

Alexander y Noah dejaron de hablar durante casi dos meses.

Compartían dormitorio, pero apenas coincidían.

El equipo de baloncesto empezó a resentir la tensión.

Una noche, después de un partido perdido, terminaron discutiendo frente a todos.

—No puedes seguir jugando como si estuvieras solo —dijo Noah.

—Y tú no puedes convertir cada error mío en algo personal.

—Esto es sobre el partido.

—Todo es personal para ti desde que sales con Emma.

Noah lanzó la toalla al suelo.

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera una provocación contra ti.

Alexander se acercó.

—Sabías que yo sentía algo.

—Lo descubriste después de tratarla como basura durante tres años.

—Eso no significa que tú…

—¿Que yo qué? ¿Que no puedo quererla?

El vestuario quedó en silencio.

Yo me enteré por otro jugador.

Encontré a Noah solo en las gradas.

—¿Quieres terminar conmigo? —pregunté.

Me miró sorprendido.

—No.

—Estás perdiendo a tu mejor amigo.

—Él también me está perdiendo a mí.

—Por mi culpa.

—No eres un objeto que uno deba ceder para conservar una amistad.

Me senté a su lado.

—Pero antes de mí, eran hermanos.

—Y si nuestra amistad solo funciona cuando yo ignoro lo que siento, no era tan fuerte como creíamos.

Aun así, vi cuánto le dolía.

Hablé con Alexander al día siguiente.

—Tienes que arreglar las cosas con Noah.

—¿Por qué te importa?

—Porque lo quiero.

El rostro de Alexander se tensó.

Era la primera vez que lo decía en voz alta.

—¿Lo amas?

—No lo sé.

—Pero lo quieres.

—Sí.

Alexander miró al suelo.

—Entonces no puedo ser su amigo.

—Eso no tiene sentido.

—Tendría que verlos juntos.

—Vas a vernos aunque no le hables.

Él no respondió.

—Noah no te robó nada —continué—. Yo elegí acercarme a él.

—Lo sé.

—Y tú no necesitas castigar a la persona que estuvo a tu lado por una decisión mía.

Alexander soltó una risa amarga.

—Siempre lo defiendes.

—Porque él nunca me obligó a defenderme de él.

La frase hizo daño.

No me arrepentí.

—Habla con él —dije—. No por mí. Por los años que compartieron antes.

Alexander tardó otra semana.

Finalmente dejó una bebida deportiva sobre el escritorio de Noah.

—¿Qué es esto? —preguntó Noah.

—Una ofrenda de paz.

—Compraste el sabor que odio.

—No recordaba cuál preferías.

Noah lo miró.

—Ese es exactamente tu problema.

Alexander sonrió por primera vez en semanas.

No resolvieron todo aquella noche.

Pero empezaron.

El momento de elegir

Seis meses después, Noah recibió una oferta para estudiar un semestre en el extranjero.

No me lo contó inmediatamente.

Lo descubrí por Alexander.

—¿No lo sabías? —preguntó, sorprendido.

Sentí que el antiguo miedo regresaba.

Noah escondiendo algo.

Preparándose para marcharse.

Decidiendo por mí.

Lo confronté esa noche.

—¿Por qué no me dijiste lo de Londres?

Noah dejó el libro.

—Iba a hacerlo.

—¿Cuándo?

—Cuando tomara una decisión.

—Es una decisión que afecta nuestra relación.

—Precisamente.

—Entonces debías incluirme.

Noah se levantó.

—No quería que pensaras que tenías que esperarme.

—Otra vez estás ofreciéndome una salida que no pedí.

—Seis meses es mucho tiempo.

—Yo esperé tres años a un hombre que no me quería. Puedo esperar seis meses a uno que sí.

El silencio cayó entre nosotros.

Noah se acercó.

—¿Estás diciendo que sabes que te quiero?

—Más te vale.

—Emma.

—¿Qué?

—Te amo.

Lo dijo sin ceremonia.

Sin grandes gestos.

Como si ya no pudiera guardarlo.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

—Eso fue poco romántico.

—Puedo repetirlo de rodillas.

—No.

Lo abracé.

—Yo también te amo.

Noah me sostuvo con tanta fuerza que ambos perdimos el equilibrio y caímos sobre la cama.

Empezamos a reír.

—Entonces, ¿voy a Londres? —preguntó.

—Sí.

—¿Y me esperarás?

—No.

Su expresión cambió.

Sonreí.

—Voy contigo durante las vacaciones de invierno.

Noah me besó.

Un año después

Alexander cambió.

No de inmediato.

Dejó de tratar la atención de los demás como algo garantizado.

Se disculpó con Grace por haberla convertido sin querer en parte de un conflicto.

También se disculpó conmigo delante de algunos de los mismos estudiantes que habían reído cuando me llamó mentirosa.

—No tienes que hacerlo públicamente —dije.

—Te humillé públicamente.

Aquello no borró el pasado.

Pero cerró una herida.

Nos convertimos en conocidos cordiales.

Nada más.

A veces sentía nostalgia por la muchacha que había sido.

No por Alexander.

Por la intensidad con la que ella era capaz de amar.

Durante un tiempo pensé que debía avergonzarme de esos tres años.

Después comprendí que el problema no había sido amar demasiado.

Había sido entregar todo ese amor a alguien que no sabía recibirlo y olvidar guardarme una parte para mí.

Noah regresó de Londres al final del semestre.

Fui a buscarlo al aeropuerto con una botella de agua deportiva.

Cuando me vio, empezó a reír.

—¿Otra propuesta?

—Depende.

—¿De qué?

—¿Pensaste cómo agradecerme por esperarte?

Noah tomó la botella.

—Podría pagarte con mi cuerpo.

—Qué descarado.

—Aprendí de ti.

Me abrazó delante de todos.

A varios metros, Alexander esperaba para llevarnos al campus.

Seguía siendo amigo de Noah.

Nuestra presencia juntos todavía le producía cierta incomodidad, pero había aprendido a vivir con ella.

Al llegar, Noah sacó una caja pequeña de su equipaje.

Mi corazón se detuvo.

—No es un anillo —aclaró.

—Qué decepción.

—Ábrela.

Dentro había una llave.

—Conseguí un apartamento fuera del campus —dijo—. Pensé que podríamos compartirlo el próximo año.

—¿Eso es una propuesta de convivencia?

—Es una propuesta para que dejes de entrar en mi dormitorio sin avisar.

Alexander, que llevaba una maleta, soltó una risa.

—Por fin alguien lo dice.

Lo miré.

—No recuerdo haberte pedido opinión.

—Algunas cosas nunca cambian.

—Otras sí —respondió Noah.

Me tomó de la mano.

Alexander observó el gesto.

Esta vez no apartó la mirada.

Tampoco se enfadó.

Solo sonrió con una tristeza tranquila.

—Cuídala —dijo.

Noah negó.

—Ella puede cuidarse sola.

Después me miró.

—Pero pienso estar a su lado.

Aquella respuesta era una de las razones por las que lo amaba.

No me veía como una muchacha débil que necesitaba ser rescatada.

Tampoco como una mujer tan fuerte que nunca podía caer.

Me veía completa.

Capaz y vulnerable.

Ruidosa y sensible.

Imperfecta, pero digna de ser tomada en serio.

Durante tres años pensé que mi final feliz dependía de conseguir que Alexander Hayes me amara.

Al final, mi vida empezó el día en que dejé de perseguirlo.

Él creyó que mi silencio de un mes era una estrategia.

No entendió que algunas despedidas no ocurren con lágrimas ni grandes palabras.

A veces suceden en el instante exacto en que una mujer, tirada bajo el sol, comprende que ha esperado demasiado a alguien que ni siquiera se detendría para ayudarla a levantarse.

Noah sí se detuvo.

Y después de hacerlo, jamás me pidió que volviera a arrodillarme por amor.

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