Cuando terminé con Sebastian Hale, perdió completamente el control.
Golpeó una vitrina con el puño desnudo.
El cristal estalló.
La sangre comenzó a correrle por los dedos, pero él ni siquiera pareció sentirla.
Solo me sujetó con más fuerza.
Al final cayó de rodillas frente a mí, rodeó mi cintura y habló con una voz tan temblorosa que parecía estar a punto de romperse.
—Estás ciega, Olivia. ¿Cómo puedes decir que amas a otro?
Levantó el rostro.
Tenía los ojos completamente rojos.
—No acepto terminar.
—Dormimos y mañana todo estará bien, ¿sí?
—Ven conmigo. Sé buena. No me dejes…
Yo lo abofeteé.
Y seis años después, fui yo quien terminó frente a él, suplicando.
Mi empresa estaba al borde de la quiebra.
No quedaba dinero para pagar nóminas.
Los servidores serían desconectados en menos de un mes.
Mis socios habían hipotecado sus casas.
Yo había agotado cada contacto.
Solo quedaba una persona con capacidad suficiente para salvarnos.
El director ejecutivo de Hale Maritime Group.
Sebastian Hale.
Cuando entré en el salón privado, él estaba sentado en la cabecera.
La iluminación tenue hacía aún más fría su expresión.
Sostenía una copa de vino entre los dedos y descansaba contra el respaldo con una tranquilidad arrogante.
Me observó durante varios segundos.
Después sonrió.
No con alegría.
Con crueldad.
—Olivia.
Giró lentamente la copa.
—Tú solías decir que no había ningún problema que una noche juntos no pudiera arreglar.
Sus palabras fueron como una cuchilla.
Porque años atrás él había usado esa frase para intentar impedir que lo abandonara.
Y ahora me la devolvía.
Me senté frente a él.
Había sabido desde el principio que aquel encuentro no sería agradable.
Nuestra ruptura había sido demasiado violenta.
Demasiado humillante.
Sebastian no olvidaba.
Y mucho menos perdonaba.
Levanté mi copa.
—Señor Hale, me equivoqué en el pasado.
La vergüenza me quemaba la garganta.
—Le pido que no guarde rencor por lo que ocurrió cuando éramos jóvenes.
—Fuimos compañeros durante muchos años.
—Por favor, considere nuestra antigua amistad.
Bebí todo el vino.
Sebastian no respondió.
Encendió un cigarrillo.
La nube de humo se elevó entre nosotros.
Volví a servirme.
—Nuestra empresa lleva dos años desarrollando esta plataforma.
—Cuando entremos en la fase comercial, tendrá rentabilidad.
—Sé que una compañía pequeña como BrightCore no significa nada para usted.
—También sé que recibe proyectos mejores cada semana.
Apreté la copa.
—Pero esto representa el trabajo de todo mi equipo.
—Solo necesitamos una oportunidad para demostrar su valor.
Bebí una segunda copa.
Después una tercera.
Los ojos ya me ardían.
No sabía qué más decir.
Temía que en cualquier momento respondiera:
“¿Y por qué debería importarme el esfuerzo de ustedes?”
No lo hizo.
Sebastian me observó en silencio.
Después dejó escapar el humo y habló con una pereza calculada.
—Años atrás preferías comer pan seco durante dos semanas antes que aceptar mi dinero.
Su mirada cayó sobre la botella.
—Ahora bajas la cabeza, me suplicas y bebes la mitad de mi vino.
Miré la copa.
—Puedo reponerlo.
Él alzó una ceja.
—¿Reponer qué?
—La botella.
—¿Solo la botella?
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Sigues siendo arrogante, Olivia.
—Has pasado años enfrentándote al mundo, pero todavía no has aprendido que nadie entrega millones a cambio de una disculpa.
—No intento obtener algo gratis.
—Eso es exactamente lo que haces.
Su voz se endureció.
—Quieres capital sin garantías.
—Quieres que confíe en ti porque alguna vez te amé.
—¿Crees que soy idiota?
Sentí las lágrimas acumularse.
—Te estoy suplicando.
—¿Así suplicas?
Sebastian se inclinó hacia adelante.
Sus ojos se volvieron oscuros.
—Al menos podrías hacerlo como yo lo hice aquella vez.
La frase atravesó el tiempo.
Volví a verlo con veintiún años.
Desesperado.
De rodillas.
Con las manos ensangrentadas alrededor de mi cintura.
Sebastian y yo habíamos sido compañeros desde la secundaria.
Empezamos a salir en la universidad.
Duramos tres años.
Y fui yo quien terminó la relación.
No hubo una tragedia romántica.
No hubo una familia poderosa que nos separara.
Solo discusiones.
Silencios.
Orgullo.
Y un dolor que ninguno de los dos sabía expresar.
Mi padre había muerto ese mismo año.
Un primo mayor vino a visitarme al campus.
Me acarició el cabello, me pidió que comiera bien y me abrazó mientras yo lloraba.
Alguien tomó una fotografía.
Se la envió a Sebastian.
Él preguntó si yo amaba a otro.
Yo ya quería terminar.
Así que mentí.
Dije que sí.
Sebastian perdió el control.
Rompió todo lo que encontró.
Golpeó el vidrio.
Se arrodilló.
Me pidió que durmiéramos y olvidáramos la conversación.
Yo lo abofeteé.
Después desaparecí de su vida.
Durante años creí que aquello era lo mejor.
Pensaba que las personas solo permanecían obsesionadas con lo que nunca pudieron tener porque no habían perdido suficiente.
Sebastian había crecido rodeado de privilegios.
Nunca había conocido una derrota verdadera.
Quizá yo había sido la única.
Y por eso todavía me odiaba.
Pero aquella noche yo ya no era la joven orgullosa que podía darse el lujo de marcharse.
BrightCore era todo lo que tenía.
Cuando empezamos, solo éramos tres personas.
Mi mejor amiga, un antiguo compañero y yo.
Trabajamos de madrugada.
Escribimos código con computadoras prestadas.
Vendimos contratos puerta a puerta.
Construimos una plataforma capaz de ayudar a grandes empresas a gestionar ventas y crecimiento.
Y justo cuando estábamos listos para lanzarla, el dinero se acabó.
Mis socios habían invertido todo.
Uno de ellos incluso hipotecó la casa donde pensaba vivir después de casarse.
No podía regresar y decirles que mi orgullo había destruido la última oportunidad.
Así que me levanté.
Caminé hasta Sebastian.
Y me arrodillé.
—Señor Hale.
Mi voz apenas salió.
—Por favor, ayúdeme.
El rostro de Sebastian cambió.
La burla desapareció.
Durante un segundo pareció no comprender lo que estaba viendo.
Después se levantó bruscamente y me sujetó de los brazos.
—¿Quién te permitió arrodillarte?
Me obligó a ponerme de pie.
—¡Olivia, sabes perfectamente que no te pedí esto!
Lo miré.
El vino, la vergüenza y el agotamiento habían terminado de romper mis defensas.
—Lo he pensado.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Respiré hondo.
—Si no perjudicamos a nadie…
—Y si eso es realmente lo que quieres…
Tuve que obligarme a continuar.
—Aceptaré acostarme contigo.
El silencio fue absoluto.
La mano de Sebastian se aflojó sobre mi brazo.
Me observó como si acabara de darle una bofetada mucho más brutal que la de seis años atrás.
—¿Eso crees que quiero?
—Tú mencionaste aquella noche.
—Te estaba provocando.
—Necesito salvar mi empresa.
—¿Y por eso piensas venderte?
Su voz subió.
—No estoy vendiéndome.
—¿Cómo lo llamas entonces?
No respondí.
Sebastian soltó una risa amarga.
—Perfecto.
Tomó los documentos del proyecto.
Los lanzó sobre la mesa.
—Seis años sin verme.
—Y la primera vez que vuelves, crees que puedes pagarme con tu cuerpo.
Sus ojos estaban rojos.
—¿Tan poco significó para ti lo que tuvimos?
La pregunta me dejó sin respuesta.
Sebastian apartó la mirada.
Caminó hasta la ventana del salón privado y permaneció de espaldas.
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el cristal.
Durante varios segundos, solo escuché su respiración.
—No fue eso lo que quise decir —murmuré.
—Fue exactamente lo que dijiste.
—No veo otra salida.
—Siempre haces lo mismo.
Se volvió.
—Tomas una decisión sola.
—Decides qué siento.
—Decides qué me conviene.
—Decides cuándo termina todo.
Su voz se volvió más baja.
—Y luego esperas que yo acepte las consecuencias.
Apreté los dedos.
—No vine para discutir el pasado.
—No.
Sebastian sonrió sin humor.
—Viniste porque necesitas dinero.
—Sí.
No tenía sentido negarlo.
—Y tú lo sabes.
—También sabes que no estaría aquí si existiera otra opción.
Algo se endureció en su rostro.
—Eso es lo que más me molesta.
—¿Qué?
—Que jamás habrías vuelto por mí.
Sus palabras golpearon un lugar que había evitado durante años.
—No podía volver.
—Podías.
—Después de cómo terminamos…
—Podías haber llamado.
—Tú tampoco lo hiciste.
Sebastian guardó silencio.
La verdad era sencilla.
Éramos dos personas demasiado orgullosas esperando que la otra diera el primer paso.
Y el tiempo había convertido aquella espera en una vida entera.
Tomó el informe financiero de BrightCore.
—No voy a acostarme contigo.
Sentí alivio.
Y una humillación extraña.
—Entiendo.
—Tampoco he dicho que invertiré.
Levanté la vista.
—Entonces ¿qué quieres?
—La verdad.
—¿Sobre la empresa?
—Sobre nosotros.
Me quedé quieta.
Sebastian volvió a sentarse.
—Si quieres que estudie este proyecto, responderás mis preguntas.
—Eso no es profesional.
—Tú viniste a hablar de nuestra antigua relación antes de presentar una sola cifra.
Tenía razón.
Dejé la copa.
—Pregunta.
Sebastian me observó durante unos segundos.
—¿Quién era aquel hombre?
—Mi primo.
Sus dedos dejaron de moverse.
—¿Qué?
—El hombre de la fotografía era el hijo de mi tía.
—Había ido al campus porque mi padre acababa de morir.
La sangre abandonó su rostro.
—Nunca estuviste con él.
—No.
—Entonces mentiste.
—Sí.
—¿Por qué?
Miré la mesa.
—Porque estaba cansada.
—¿De mí?
—De lo que éramos.
Levanté la vista.
—Discutíamos todos los días.
—No podíamos hablar sin lastimarnos.
—Tú querías arreglarlo todo controlándolo.
—Yo respondía alejándome.
—Y después murió mi padre.
Mi voz comenzó a quebrarse.
—No tenía fuerzas para sostener una relación que se sentía como otra batalla.
Sebastian apretó la mandíbula.
—Podías haberme dicho que necesitabas ayuda.
—Tú no sabías ayudar sin intentar resolverme.
—¿Qué significa eso?
—Cuando lloraba, buscabas soluciones.
—Cuando tenía miedo, me decías qué debía hacer.
—Cuando quería que me escucharas, empezabas a organizar mi vida.
Respiré hondo.
—Yo no necesitaba un plan.
—Necesitaba que te sentaras a mi lado.
Sebastian permaneció inmóvil.
—No lo sabía.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué dijiste que amabas a otro?
—Porque sabía que no aceptarías ninguna otra razón.
Cerró los ojos.
—Tenías razón.
No esperaba aquella admisión.
—Yo habría insistido.
—Habría prometido cambiar.
—Habría hecho todo menos dejarte ir.
—Por eso mentí.
—Y me destruiste.
No lo dijo con rabia.
Eso fue peor.
Sebastian bajó la mirada hacia su mano derecha.
Una cicatriz fina cruzaba sus nudillos.
La misma mano que había golpeado aquella vitrina.
—Durante años pensé que no había sido suficiente.
—Que alguien te había dado algo que yo no podía darte.
—Me obsesioné con descubrir quién era.
—Nunca lo encontré.
Sentí culpa.
—Lo siento.
—No me sirve.
Su tono fue frío, pero sus ojos no.
—Una disculpa no devuelve seis años.
—No.
—Tampoco borra lo que hice.
—¿Qué hiciste?
Sebastian se rio amargamente.
—Todo lo que podía hacer una persona enfadada y rica.
—Trabajé.
—Compré compañías.
—Destruí competidores.
—Convertí cada día en una prueba de que no necesitaba a nadie.
Me miró.
—Y aun así, cuando escuchaba tu nombre, seguía sintiéndome como aquel idiota de veintiún años.
No sabía qué decir.
Sebastian empujó el informe hacia mí.
—Déjalo.
—¿Lo revisarás?
—Mi equipo hará una evaluación.
—No quiero un favor.
—Entonces no lo llames favor.
—Si el proyecto es malo, no invertiré.
—Si es bueno, tampoco permitiré que tu orgullo lo destruya.
Me puse de pie.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—Sebastian…
—Señor Hale.
La corrección dolió más de lo que esperaba.
Asentí.
—Señor Hale.
Salí del salón con las piernas temblando.
Durante los siguientes días, no recibí ninguna noticia.
Mi equipo intentaba fingir optimismo.
Pero todos sabíamos que estábamos al límite.
Mia, mi socia, me encontró una noche revisando las cuentas.
—¿Qué ocurrió en la reunión?
—Revisarán el proyecto.
—¿Nada más?
—Nada más.
Me observó con demasiada atención.
—Lloraste.
—El vino.
—Nunca lloras por vino.
Cerré el portátil.
—Sebastian era mi ex.
Mia abrió los ojos.
—¿El Sebastian Hale?
—Solo existe uno.
—¿Y no pensabas contarnos que el hombre que decide si sobrevivimos es el mismo al que rompiste el corazón?
—No parecía relevante.
—Es lo más relevante que he escuchado en dos años.
Le conté lo mínimo.
Mia escuchó en silencio.
Después preguntó:
—¿Todavía lo amas?
—No.
Respondí demasiado rápido.
Ella no insistió.
Tres días después, recibimos una llamada.
Hale Maritime quería hacer una auditoría tecnológica y financiera.
No era una promesa de inversión.
Pero significaba que seguíamos vivos.
El equipo de análisis llegó el lunes.
Sebastian no apareció.
Durante dos semanas revisaron cada línea de código.
Cada contrato.
Cada deuda.
Cada estimación.
El informe preliminar fue favorable.
El producto tenía valor.
Pero la estructura financiera estaba al borde del colapso.
La última reunión se celebró en las oficinas de Hale Group.
Sebastian estaba presente.
Vestía un traje gris oscuro.
No me miró al entrar.
Su director financiero presentó las condiciones.
Hale Group invertiría suficiente capital para mantener la empresa durante dieciocho meses.
A cambio recibiría una participación importante.
Pero no controladora.
Mis socios conservarían sus puestos.
Yo seguiría como directora ejecutiva.
Era mejor que cualquier oferta que habíamos recibido.
Demasiado mejor.
—¿Cuál es la condición oculta? —pregunté.
El director financiero pareció confundido.
—Ninguna.
Miré a Sebastian.
—Siempre hay una.
Él dejó el bolígrafo.
—La empresa debe alcanzar tres objetivos trimestrales.
—Están en la página doce.
—No hablo de eso.
—Entonces no sé qué estás preguntando.
—¿Qué quieres de mí?
El salón quedó en silencio.
Sebastian me sostuvo la mirada.
—Nada que no esté escrito en el contrato.
Aquella respuesta debería haberme tranquilizado.
En cambio, me produjo una tristeza inesperada.
Firmamos dos días después.
BrightCore sobrevivió.
Pagamos salarios.
Evitamos el cierre.
Y durante los meses siguientes comenzamos a crecer.
Sebastian no utilizó la inversión para acercarse.
Asistía a las reuniones del consejo.
Hacía preguntas difíciles.
Criticaba mis decisiones.
Pero nunca mencionaba el pasado.
Nunca pedía cenas privadas.
Nunca volvía a mirarme como aquella noche.
Debería haberme sentido aliviada.
No fue así.
Un viernes, después de una presentación, lo encontré solo en la sala de juntas.
Tenía las mangas arremangadas.
La cicatriz de su mano estaba visible.
—El contrato con Northgate se cerró —dije.
—Lo vi.
—Superamos el segundo objetivo.
—También lo vi.
Esperé.
—¿No vas a felicitarme?
Sebastian levantó la vista.
—Felicidades.
Su tono era completamente profesional.
—Eso sonó doloroso.
—Estoy intentando respetar los límites.
—¿Qué límites?
—Los que claramente querías.
Me apoyé en la mesa.
—No tienes que tratarme como una desconocida.
—No sé tratarte de otra forma sin equivocarme.
La sinceridad de su respuesta me dejó callada.
Sebastian cerró el ordenador.
—Cuando fui amable contigo, pensaste que quería comprarte.
—Cuando fui cruel, te arrodillaste.
—Cuando guardé distancia, viniste a buscar una reacción.
—No sé qué esperas de mí.
Tampoco yo lo sabía.
Durante años había imaginado que reencontrarnos sería una batalla.
Nunca pensé que la indiferencia pudiera doler más.
—Quiero que dejes de castigarme.
—No te estoy castigando.
—Entonces deja de actuar como si nunca hubiéramos significado nada.
La expresión de Sebastian cambió.
—Eso no puedo hacerlo.
—Porque significaste demasiado.
El aire entre nosotros se volvió pesado.
—Entonces ¿por qué te escondes detrás del contrato?
—Porque la última vez que te amé sin límites, terminé de rodillas.
—Y esta vez no pienso suplicarte.
Sentí un nudo en la garganta.
—No te lo estoy pidiendo.
—¿Entonces qué quieres?
Lo miré.
Había pasado seis años diciendo que no me arrepentía.
Era mentira.
No me arrepentía de haber terminado aquella relación tal como era.
Pero sí de la forma en que lo destruí.
—Quiero pedirte perdón correctamente.
Sebastian no habló.
—No por la empresa.
—No por la inversión.
—Por mentirte.
—Por utilizar el peor miedo que tenías.
—Por permitir que creyeras durante años que había alguien mejor.
Respiré hondo.
—No había nadie.
Sus ojos se enrojecieron.
—No digas eso ahora.
—Es la verdad.
—Llega demasiado tarde.
—Lo sé.
La voz se me quebró.
—Pero sigue siendo verdad.
Sebastian se puso de pie.
Durante un instante pensé que se marcharía.
En cambio, se acercó.
—¿Por qué no me llamaste en seis años?
—Porque pensé que me odiabas.
—Te odiaba.
No apartó los ojos.
—Y te extrañaba al mismo tiempo.
—Eso no tiene sentido.
—Nada de lo que siento por ti lo tiene.
Estábamos demasiado cerca.
Pero ninguno se movió.
—No puedo volver a ser el hombre que te persiguió —dijo.
—No quiero que lo seas.
—No voy a salvarte cada vez que algo salga mal.
—No te lo pediré.
—No voy a permitir que desaparezcas cuando tengas miedo.
—No sé si podré prometer eso.
—Entonces no prometas.
Su voz se suavizó.
—Solo habla.
Por primera vez comprendí qué había cambiado.
Sebastian no me ofrecía una solución.
No intentaba controlarme.
Solo estaba esperando que dijera la verdad.
—Tengo miedo —admití.
—¿De qué?
—De que volvamos a destruirnos.
—Yo también.
—De que todavía seas demasiado intenso.
—Lo soy.
—De que yo siga huyendo.
—Probablemente.
Una risa triste escapó de mis labios.
—No suena muy prometedor.
—No busco algo perfecto.
Sebastian levantó lentamente una mano.
No me tocó.
Esperó.
Yo cerré la distancia y apoyé el rostro en su palma.
Sus dedos temblaron.
—Olivia.
—¿Sí?
—Esta vez no dormiré contigo para fingir que los problemas desaparecieron.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Esta vez hablaremos hasta resolverlos.
La frase me hizo llorar.
Sebastian secó una lágrima con el pulgar.
—Pero tampoco voy a besarte si lo haces por gratitud.
—No es gratitud.
—¿Entonces qué es?
No respondí con palabras.
Me incliné y lo besé.
Fue un beso lento.
Sin desesperación.
Sin violencia.
Sin intentar borrar el pasado.
Cuando nos separamos, Sebastian apoyó la frente contra la mía.
—Esto no significa que te perdoné.
—Lo sé.
—Y no significa que volvimos.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué sonríes?
—Porque por primera vez estamos diciendo la verdad.
Nuestra relación no se reconstruyó aquella noche.
Tardó meses.
Empezamos con cenas.
Después conversaciones.
Terapia individual.
Y finalmente terapia juntos.
Descubrimos que el amor había existido desde el principio.
Pero estaba escondido detrás del miedo, el control y el orgullo.
Sebastian aprendió a escuchar sin imponer soluciones.
Yo aprendí a expresar dolor antes de convertirlo en distancia.
BrightCore alcanzó sus objetivos.
Un año después, Hale Group pudo vender su participación con una ganancia enorme.
Sebastian se negó.
—La inversión sigue siendo buena.
—¿Aunque la directora ejecutiva sea tu novia?
—Especialmente porque la directora ejecutiva es insoportablemente competente.
—Eso suena a conflicto de interés.
—El consejo aprobó nuestra relación.
—¿Tuvimos que presentar nuestra relación al consejo?
—Tú exigiste transparencia.
—No pensé que sería tan humillante.
—Yo tuve que escuchar al director financiero preguntarme si podía separar mis decisiones económicas de mis sentimientos.
—¿Y qué respondiste?
Sebastian sonrió.
—Que mis sentimientos siempre han sido financieramente desastrosos.
Le lancé una carpeta.
La atrapó riendo.
Dos años después, durante una cena del equipo, uno de mis socios contó la historia de cómo casi perdimos la empresa.
—Olivia fue personalmente a rogarle al señor Hale.
Sebastian me miró desde el otro lado de la mesa.
—No tuvo que rogar demasiado.
Lo fulminé con los ojos.
—Bebí media botella de vino.
—Era una botella excelente.
—Dijiste que podía reponerla.
—Todavía estoy esperando.
—Te compré tres.
—No quiero vino.
—¿Qué quieres?
Sebastian se inclinó hacia mí.
—Una noche.
Todos en la mesa quedaron en silencio.
Le di una patada por debajo.
Él continuó, completamente serio:
—Una noche entera para discutir los planes financieros del próximo año.
Las risas estallaron.
Yo negué con la cabeza.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues creyendo que puedes resolverlo todo sola.
Tomó mi mano debajo de la mesa.
—Pero ahora ninguno se marcha.
Años atrás, Sebastian se arrodilló para impedir que lo abandonara.
Años después, yo me arrodillé para salvar mi empresa.
Ninguno de los dos debió hacerlo.
El amor no debería exigir humillación.
Ni sangre.
Ni sacrificios que conviertan a una persona en propiedad de la otra.
Cuando finalmente nos casamos, Sebastian no se arrodilló para pedírmelo.
Se sentó frente a mí en la cocina, me entregó una taza de café y dijo:
—Tengo una pregunta difícil.
—¿Cuál?
—¿Quieres seguir resolviendo problemas conmigo durante el resto de tu vida?
Lo pensé durante unos segundos.
—Solo con una condición.
—La que quieras.
—Cuando discutamos, nadie rompe muebles.
—Acepto.
—Nadie desaparece durante seis años.
—Acepto.
—Y nada de decir que dormir arreglará todo.
Sebastian sonrió.
—No lo arregla todo.
Tomó mi mano.
—Pero después de hablar, puede ayudar bastante.
Le lancé una servilleta.
Y él rio.
Esta vez sin desesperación.
Sin miedo.
Porque finalmente habíamos aprendido que permanecer juntos no significaba impedir que el otro se marchara.
Significaba construir un lugar al que ambos quisieran regresar.