Le debía demasiados favores al hombre más peligroso de la ciudad… y él decidió cobrar de la única forma que ella no esperaba

—Elena Ward.

La voz de Adrian Blackwood sonó detrás de ella justo cuando las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.

Elena alzó la mirada hacia el espejo.

No tuvo tiempo de girarse.

Adrian ya la había bloqueado contra la pared de cristal, con un brazo apoyado a cada lado de su cuerpo y la respiración rozándole la comisura de los labios.

Desde fuera, cualquiera habría visto a dos personas demasiado cerca.

Pero en el reflejo, Elena vio algo más peligroso.

Vio a la mujer que le debía la vida.

Y al hombre que nunca hacía nada gratis.

—Me debes demasiados favores —murmuró Adrian—. ¿Alguna vez pensaste en las consecuencias?

Elena sostuvo su mirada.

En la ciudad, todos conocían su nombre.

Adrian Blackwood.

Quinto heredero de una de las familias más antiguas del país.

Presidente del Grupo Blackwood.

El hombre al que políticos, empresarios y criminales llamaban “señor Blackwood” incluso cuando él no estaba presente.

Nunca levantaba la voz.

Nunca amenazaba dos veces.

Y jamás invertía en algo que no pensara recuperar con intereses.

Elena sonrió.

—Claro que lo he pensado.

—¿Ah, sí?

—Un Blackwood nunca acepta una pérdida.

La mirada de Adrian se oscureció.

—Entonces…

Su pulgar recorrió lentamente el labio inferior de Elena.

El gesto parecía suave.

Pero la forma en que la observaba no tenía nada de inocente.

—¿Con qué piensas pagarme?

Elena debería haber retrocedido.

Debería haber recordado que aquel hombre había comprado las deudas de su familia, detenido la orden de embargo contra la casa de su madre y hecho desaparecer una acusación que podía enviarla a prisión.

Debería haber recordado que ella se había acercado a él por necesidad.

Y que Adrian jamás confundía necesidad con amor.

Pero en lugar de apartarse, Elena se puso de puntillas.

Acercó los labios a su oído y susurró:

—¿Conmigo no sería suficiente?

Las puertas del ascensor se abrieron.

Durante una fracción de segundo, Adrian no se movió.

Luego la sujetó por la cintura y la hizo girar contra el espejo.

El cristal frío chocó con la espalda de Elena.

Su voz llegó ronca, baja y peligrosa.

—Sí.

Los dedos de Adrian se cerraron alrededor de su muñeca.

—Esa deuda podemos cobrarla despacio.

El ascensor estaba detenido en el piso privado del hotel Blackwood.

El corredor permanecía vacío.

Nadie podía verlos.

O eso creyó Elena.

Adrian inclinó la cabeza y rozó sus labios con los de ella.

No fue un beso completo.

Fue una advertencia.

Una prueba.

Elena cerró los ojos por un instante.

Él volvió a besarla, apenas un poco más fuerte, y después mantuvo la boca pegada a la suya.

—¿Cómo debes llamarme?

Elena, mareada por la cercanía, respondió sin pensar:

—Adrian.

—Incorrecto.

Él atrapó suavemente su labio inferior entre los dientes.

El dolor fue leve.

La descarga que recorrió el cuerpo de Elena no.

—¿Señor Blackwood? —preguntó ella, con la voz más temblorosa de lo que quería admitir.

—Tampoco.

La respiración de Adrian se volvió más pesada.

Su cuerpo la mantenía inmóvil contra el espejo, pero no había prisa en sus movimientos.

Era peor.

Parecía completamente seguro de que ella no iría a ninguna parte.

Elena apoyó una mano sobre su pecho.

Debajo de la camisa, sintió el latido firme de su corazón.

—Entonces tendrás que decírmelo.

Adrian acercó los labios a su oído.

Su voz fue apenas un murmullo.

—Llámame esposo.

Elena abrió los ojos.

Por primera vez desde que había entrado al ascensor, dejó de sonreír.

—¿Qué dijiste?

Adrian se apartó lo suficiente para observar su reacción.

—Lo has oído.

—Creí que querías cobrar una deuda.

—Eso quiero.

—¿Casándote conmigo?

—No.

Una sombra de ironía cruzó su rostro.

—Haciendo que tú te cases conmigo.

Elena lo miró en silencio.

Aquella mañana, Adrian había evitado que su hermano fuera arrestado.

La semana anterior, había pagado la cirugía de su madre.

Y tres meses antes, cuando todo el mundo creyó que Elena había filtrado documentos confidenciales de una empresa rival, él fue el único hombre dispuesto a declarar que había estado con ella aquella noche.

La había salvado una vez.

Después otra.

Y otra.

Ahora entendía por qué.

No la estaba protegiendo.

La estaba rodeando.

—¿Desde cuándo planeas esto? —preguntó.

—Desde antes de que tú supieras que necesitabas mi ayuda.

Elena sintió un escalofrío.

—Eso no es romántico.

—No pretendía serlo.

—¿Y si digo que no?

Adrian sostuvo su barbilla.

—Entonces mañana tu hermano volverá a estar bajo investigación.

Elena se tensó.

Él continuó:

—El banco reclamará la casa de tu madre.

—Adrian…

—Y el consejo de la empresa descubrirá quién entregó realmente aquellos documentos.

Ella dejó de respirar.

Solo tres personas conocían la verdad.

Elena.

El hombre que la había traicionado.

Y, al parecer, Adrian.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy explicando el precio.

—¿Y cuál es exactamente el trato?

Adrian sacó del bolsillo interior de su chaqueta una caja negra.

La abrió.

Dentro había un anillo de diamantes.

Elena lo reconoció.

Había pertenecido a la abuela de Adrian.

El anillo que, según la prensa, solo podía recibir la mujer destinada a convertirse en la señora Blackwood.

—Un año de matrimonio —dijo él—. Vivirás conmigo, asistirás a los eventos de la familia y aparecerás a mi lado cuando sea necesario.

—¿Y después?

—Después quedaremos a mano.

Elena soltó una risa breve.

—¿Eso es todo?

—No.

Adrian tomó el anillo.

—Durante ese año, no pertenecerás a nadie más.

Ella lo miró.

—¿Y tú?

—Yo tampoco.

—No pareces un hombre dispuesto a aceptar esas reglas.

—Porque nunca antes me habían interesado.

Elena supo que debía rechazarlo.

Adrian Blackwood no era un refugio.

Era una tormenta con rostro humano.

Y aun así, cuando él deslizó el anillo en su dedo, ella no retiró la mano.

—Solo será un contrato —dijo.

—Por supuesto.

—Nada real.

—Nada que no quieras.

Elena levantó la vista.

—Entonces no vuelvas a pedirme que te llame esposo.

Adrian sonrió.

No fue una sonrisa amable.

Fue la expresión de alguien que acababa de ganar la primera batalla.

—Eso también lo veremos.

En ese momento, una voz femenina sonó al final del pasillo.

—Adrian.

Elena se giró.

Una mujer alta, vestida de blanco, los observaba desde la entrada del salón privado.

Su rostro era impecable.

Su expresión, no.

Miraba el anillo en la mano de Elena como si acabara de ver una declaración de guerra.

Adrian no se apartó.

—Llegas temprano, Victoria.

Elena reconoció el nombre.

Victoria Hale.

La prometida elegida por la familia Blackwood.

La mujer con la que Adrian debía anunciar su compromiso aquella misma noche.

Victoria clavó los ojos en Elena.

—¿Qué significa esto?

Adrian tomó la mano de Elena y levantó el anillo para que pudiera verlo.

—Significa que el anuncio ha cambiado.

Elena volvió la cabeza hacia él.

—¿Qué anuncio?

Adrian la miró con absoluta calma.

—El de nuestro matrimonio.

Y antes de que ella pudiera reaccionar, la puerta del salón se abrió por completo.

Dentro esperaban dos familias, un equipo de abogados y más de veinte periodistas.

Todos se giraron hacia ellos.

Entonces Elena comprendió la verdad.

Adrian no le había propuesto un trato privado.

La había convertido en su esposa delante de todos.

Y el peor detalle era que, en el fondo, una parte de ella no quería escapar.

El silencio dentro del salón duró apenas dos segundos.

Después llegaron los destellos.

Las cámaras comenzaron a disparar una tras otra mientras los periodistas se levantaban de sus asientos.

—¡Señor Blackwood!

—¿La señorita Ward es su prometida?

—¿Qué ocurrió con el acuerdo entre las familias Blackwood y Hale?

—¿Cuándo se celebrará la boda?

Elena permaneció inmóvil.

La mano de Adrian seguía alrededor de la suya.

Su pulgar descansaba sobre el anillo como si quisiera asegurarse de que ella no pudiera quitárselo.

Victoria fue la primera en reaccionar.

—Esto es una broma —dijo.

Su voz era baja, pero todos la escucharon.

Adrian la miró.

—No.

—Nuestras familias acordaron anunciar el compromiso esta noche.

—Nuestras familias lo acordaron.

—Tú también aceptaste.

—Acepté asistir.

Victoria palideció.

—Sabías lo que significaba.

—También tú.

El padre de Victoria, Robert Hale, se levantó de la mesa principal.

Era uno de los banqueros más influyentes del país y uno de los pocos hombres que se atrevía a hablarle a Adrian sin medir cada palabra.

—Blackwood —dijo—. No conviertas esto en un espectáculo.

Adrian no respondió de inmediato.

Con una tranquilidad que solo empeoraba la tensión, guio a Elena hacia el centro del salón.

—No he venido a crear un espectáculo —dijo—. He venido a corregir una suposición.

Elena lo miró de reojo.

La frialdad de su voz no coincidía con la mano firme que sostenía la suya.

—La mujer con la que voy a casarme es Elena Ward.

Los flashes volvieron a estallar.

La madre de Adrian dejó caer la copa.

Su hermano mayor, Sebastian Blackwood, soltó una carcajada incrédula.

Victoria se quedó completamente quieta.

—No puedes hacer esto —dijo.

Adrian alzó una ceja.

—Ya lo hice.

Elena comprendió que debía intervenir antes de que aquella mentira se convirtiera en algo imposible de deshacer.

—En realidad…

Adrian apretó levemente su mano.

No fue suficiente para hacerle daño.

Sí para advertirle.

Elena lo miró.

Él sonreía para las cámaras.

—Mi prometida está abrumada —dijo—. Ha sido una noche larga.

—No soy tu prometida —susurró ella, sin mover apenas los labios.

—Llevas mi anillo.

—Me lo pusiste hace un minuto.

—Y no te lo quitaste.

—Porque había veinte cámaras delante.

—Había una salida detrás de ti.

Elena estuvo a punto de insultarlo.

Robert Hale golpeó la mesa.

—¿Quién es esta mujer?

La pregunta cayó sobre el salón con una crueldad calculada.

Elena sintió todas las miradas sobre ella.

Sabía lo que pensaban.

No pertenecía a aquel mundo.

Su familia había perdido casi todo cinco años atrás.

Su padre murió dejando deudas.

Su madre vivía en una casa a punto de ser embargada.

Su hermano había sido acusado de fraude.

Y Elena, pese a trabajar durante años para reconstruir el apellido Ward, seguía siendo para ellos la hija de una familia caída.

Adrian se colocó ligeramente delante de ella.

—La futura señora Blackwood.

—No he preguntado qué pretendes convertirla en —replicó Robert—. He preguntado quién es.

Elena soltó la mano de Adrian.

Avanzó un paso.

—Soy Elena Ward.

—Conocemos el apellido.

—Entonces no necesita más explicaciones.

Robert la observó con desdén.

—Tu familia debe millones.

—Mi familia debía millones.

—La casa de tu madre está en proceso de ejecución.

—Ya no.

Robert miró a Adrian.

Elena comprendió que él sabía.

Sabía que Adrian había pagado la deuda.

Aquello la enfureció más que la humillación.

—¿Cuánto te costó? —preguntó Victoria.

Elena giró hacia ella.

—¿Perdón?

—El anillo. La protección. La aparición frente a las cámaras.

Victoria sonrió con amargura.

—Adrian nunca regala nada. ¿Qué le prometiste?

Elena sintió el calor subirle al rostro.

Recordó el ascensor.

“¿Conmigo no sería suficiente?”

Adrian dio un paso hacia Victoria.

—Basta.

—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Temes que descubra la clase de hombre con el que va a casarse?

Elena la miró con atención.

Aquello no sonaba como los celos de una prometida rechazada.

Sonaba como una advertencia.

—Sé perfectamente qué clase de hombre es —respondió Elena.

Adrian volvió la cabeza hacia ella.

Victoria soltó una risa.

—No. No lo sabes.

El padre de Adrian, Charles Blackwood, se levantó por fin.

Hasta ese momento había permanecido en silencio, evaluando la situación como si se tratara de una negociación empresarial.

—La prensa debe retirarse —dijo.

Nadie se movió.

Adrian miró al jefe de seguridad.

—Despejen el salón.

En menos de tres minutos, los periodistas fueron conducidos fuera.

Las puertas se cerraron.

El ruido desapareció.

Solo quedaron las dos familias, los abogados y Elena.

Charles observó el anillo.

—Quítatelo.

Elena levantó la vista.

Adrian respondió por ella.

—No.

—No estaba hablando contigo.

Elena sintió el peso de la mirada de Charles.

—Señorita Ward, ese anillo pertenece a la familia Blackwood.

—Lo sé.

—Entonces entrégamelo.

Adrian se interpuso.

—Es suyo.

—La abuela dejó instrucciones claras.

—Precisamente por eso se lo di.

Charles apretó la mandíbula.

La madre de Adrian, Margaret, se llevó una mano al pecho.

—¿Has perdido la razón?

—No.

—Victoria ha sido preparada para esta familia desde niña.

—Ese es el problema.

Victoria palideció.

—¿Todo este tiempo me despreciabas?

Adrian la miró sin emoción.

—No te desprecio.

—Eso es peor.

Sebastian se levantó de su silla.

Era mayor que Adrian por cuatro años y el heredero legal de buena parte del patrimonio familiar.

—Me interesa más saber por qué ahora —dijo—. Podías haber rechazado el acuerdo hace meses.

Adrian sostuvo su mirada.

—Porque hace meses todavía no sabía quién estaba detrás de la auditoría contra Ward Industries.

Elena se quedó rígida.

Victoria miró a su padre.

Robert no reaccionó.

Pero el movimiento de su mano sobre el respaldo de la silla bastó.

Adrian lo había visto.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó Robert.

—No insinúo nada.

Adrian sacó una memoria electrónica del bolsillo y la dejó sobre la mesa.

—Tengo registros de transferencias, correos internos y el nombre del hombre al que pagaste para falsificar las cuentas.

Elena sintió que el salón se inclinaba.

Durante dos años había creído que su hermano había cometido un error contable.

Luego pensó que un competidor había aprovechado la debilidad de su familia.

Nunca imaginó que los Hale estuvieran detrás.

—¿Por qué? —preguntó.

Robert no la miró.

Victoria sí.

Y en sus ojos había algo parecido a la culpa.

—La empresa de tu familia controlaba unos terrenos que mi padre necesitaba —dijo.

—Victoria —advirtió Robert.

—Ya no importa.

Ella se volvió hacia Elena.

—Adrian descubrió el fraude hace meses.

Elena miró a Adrian.

—¿Meses?

Él no negó nada.

—¿Y no me lo dijiste?

—Todavía no tenía pruebas suficientes.

—Pero sí las suficientes para comprar nuestra deuda.

—Sí.

Elena sintió que el anillo pesaba toneladas.

—No me ayudaste por generosidad.

—Nunca dije que lo hiciera.

—Compraste la deuda para controlarme.

Adrian sostuvo su mirada.

—La compré para impedir que ellos la usaran contra ti.

—Y después la usaste tú.

El golpe fue directo.

Por primera vez, una sombra cruzó el rostro de Adrian.

Elena se quitó el anillo.

Antes de que pudiera dejarlo sobre la mesa, él cerró la mano alrededor de la suya.

—No.

—Suéltame.

—Escúchame primero.

—Llevas meses manipulando cada decisión de mi familia.

—Llevo meses evitando que la destruyan.

—Sin decirme la verdad.

—Porque habrías intentado enfrentarlos sola.

—Era mi derecho.

—Y habrías perdido.

Elena tiró de la mano.

—Eso también era mi derecho.

El silencio que siguió fue más intenso que cualquier grito.

Adrian aflojó los dedos.

No la soltó del todo.

—Elena.

Ella lo miró.

—No vuelvas a decir mi nombre como si te perteneciera.

Robert dejó escapar una risa fría.

—Parece que tu compromiso ha terminado antes de empezar.

Adrian giró la cabeza.

—No tan rápido.

Tomó la memoria y la deslizó hacia el abogado principal de los Blackwood.

—Entregue una copia a la fiscalía.

Robert se levantó bruscamente.

—No te atreverás.

—Ya está hecho.

Victoria cerró los ojos.

Charles golpeó la mesa.

—Adrian, si entregas eso, destruyes una alianza de veinte años.

—Una alianza construida sobre fraude.

—El negocio no se dirige con moral.

—Tampoco con hombres que creen que pueden atacar lo que es mío.

Elena sintió el significado de aquellas palabras.

—No soy tuya.

Adrian la miró.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero quería que lo fueras.

Fue la primera frase honesta que le había dicho aquella noche.

Y quizá por eso fue la que más la desarmó.

Elena volvió a colocarse el anillo en el dedo.

Todo el salón la observó.

Adrian también.

—No confundas esto con una aceptación —dijo ella.

—Entonces, ¿qué significa?

—Que todavía me debes una explicación.

La expresión de Adrian se suavizó apenas.

—Te daré todas las que quieras.

—Y después decidiré si el trato continúa.

—El trato continuará.

—Eso también lo decidiré yo.

Sebastian sonrió desde el otro lado de la mesa.

—Tal vez encontraste a la única mujer capaz de hablarte de ese modo.

Adrian no apartó los ojos de Elena.

—Lo sé.

Aquella noche, Elena abandonó el hotel en el automóvil de Adrian.

No porque confiara en él.

Porque ya no confiaba en nadie más.

La ciudad se extendía detrás de las ventanas oscuras.

Durante varios minutos ninguno habló.

Adrian estaba sentado frente a ella, con la chaqueta desabrochada y la expresión impenetrable.

Elena levantó la mano.

El diamante brilló bajo las luces de la calle.

—¿Por qué este anillo?

—Porque nadie habría creído el compromiso sin él.

—Eso no responde a la pregunta.

Adrian la observó.

—Mi abuela me lo dio antes de morir.

—Lo sé.

—Me dijo que solo lo entregara una vez.

—¿Y por qué a mí?

—Porque nunca pensé dárselo a nadie más.

Elena sintió un vuelco en el pecho.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Decir algo que suena sincero después de mentirme durante meses.

—No te mentí.

—Ocultaste la verdad.

—No es lo mismo.

—Solo para los hombres que creen que controlan la información.

Adrian apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

—Haz una pregunta.

Elena dudó.

Había demasiadas.

Pero solo una le importaba de verdad.

—¿Por qué yo?

Adrian guardó silencio.

No la respuesta calculada de un empresario.

Un silencio real.

—La primera vez que te vi —dijo finalmente—, tenías diecinueve años y estabas discutiendo con tres abogados en la puerta de un tribunal.

Elena lo recordó.

Su padre acababa de morir.

Los acreedores intentaban embargar la fábrica antes de que pudieran revisar los documentos.

—Me estabas observando.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque todos los demás lloraban o pedían tiempo. Tú amenazabas con demandarlos.

Elena sonrió sin querer.

—No funcionó.

—No importaba.

Adrian apoyó la espalda en el asiento.

—Pensé que alguien capaz de mantenerse en pie ese día no debía pertenecer a nadie que intentara romperla.

—Y decidiste que debía pertenecerte a ti.

—Decidí que quería conocerte.

—Comprando nuestras deudas.

—Esa parte ocurrió después.

—Muy romántico.

—Nunca he sido romántico.

Elena miró por la ventana.

—Eso ya lo noté.

El automóvil se detuvo frente a la residencia Blackwood.

No era la casa principal de la familia, sino la vivienda privada de Adrian, una propiedad aislada en las colinas.

Elena frunció el ceño.

—Llévame a casa.

—No es seguro.

—¿Por Robert Hale?

—Por alguien que trabaja para él.

—La fiscalía todavía no ha recibido los documentos.

—Sí los recibió.

—¿Tan rápido?

—Los envié antes del anuncio.

Elena lo miró.

—Entonces sabías que todo terminaría así.

—Sabía que Hale reaccionaría.

—¿Y me usaste como distracción?

Adrian abrió la puerta del automóvil.

—Te usé como protección.

—La diferencia se vuelve cada vez más pequeña.

Entraron a la casa.

El personal parecía estar esperándolos.

Una mujer mayor se acercó con una sonrisa contenida.

—Bienvenida, señora Blackwood.

Elena casi tropezó.

Adrian ni siquiera parpadeó.

—No soy la señora Blackwood.

La mujer miró el anillo.

—Todavía no —dijo.

Elena giró hacia Adrian.

—¿Todos aquí sabían?

—Solo el personal principal.

—¿Desde cuándo?

—Tres semanas.

—Tres semanas.

—Necesitaban preparar tu habitación.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Mi habitación?

Adrian señaló la escalera.

—La puerta de la izquierda.

Ella subió sin esperar.

Abrió la habitación indicada.

No era una habitación de invitados.

Sobre una silla estaba el vestido azul que Elena había visto en un escaparate meses atrás y no había comprado.

En la mesa había los libros que había dejado en su oficina.

En el baño, los mismos productos que utilizaba en casa.

Incluso había una fotografía de su madre sobre la cómoda.

Elena sintió una mezcla incómoda de emoción y miedo.

Adrian apareció en la puerta.

—No tenías derecho.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—Porque quería que te quedaras.

—Eso no es pedir.

—No.

—Es decidir por mí.

—Sí.

Elena se giró.

—¿Y esperas que duerma aquí?

Adrian apoyó el hombro en el marco de la puerta.

—Espero que cierres con llave si no quieres que entre.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Entrarías?

—No sin permiso.

—¿Y en el ascensor?

—Me diste permiso.

Elena sintió calor en las mejillas.

—No te di permiso para anunciar un matrimonio.

—Eso fue una decisión empresarial.

—Qué conveniente.

—La parte del ascensor no lo fue.

Elena tomó una almohada y se la lanzó.

Adrian la atrapó con una mano.

Por primera vez, sonrió de verdad.

No como el hombre que acababa de enfrentar a dos familias.

Como alguien que disfrutaba verla enfadada.

—Fuera —dijo ella.

—Buenas noches, esposa.

—No me llames así.

—Entonces dime cómo quieres llamarme.

Elena recordó su voz junto al oído.

“Llámame esposo.”

—Adrian está bien.

—Incorrecto.

Ella cerró la puerta en su cara.

Durante la semana siguiente, la investigación contra Robert Hale creció.

La prensa publicó los documentos filtrados.

Las acciones del banco Hale cayeron.

Victoria desapareció de los eventos públicos.

Y el compromiso entre Adrian y Elena se convirtió en el tema más comentado del país.

Elena asistió a reuniones con abogados, revisó los archivos de su familia y descubrió hasta qué punto Adrian había intervenido en secreto.

Había comprado préstamos.

Sobornado a un testigo para que dijera la verdad.

Protegido a su hermano de una acusación fabricada.

Pagado la cirugía de su madre.

Y destruido a cada persona que había intentado usar la desgracia de los Ward para beneficiarse.

No lo había hecho por bondad.

Pero tampoco solo para controlarla.

Había algo más.

Algo que Adrian se negaba a llamar amor.

Una noche, Elena entró a su despacho sin tocar.

Él estaba frente a la ventana, hablando por teléfono.

—No quiero advertencias —decía—. Quiero al hombre que entró en la casa de la señora Ward.

Elena se quedó quieta.

Adrian la vio reflejada en el cristal.

Terminó la llamada.

—¿Qué ocurrió?

—Alguien intentó entrar en casa de mi madre.

—Ya está a salvo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque habrías ido allí.

—Es mi madre.

—Precisamente.

Elena se acercó.

—No puedes seguir tomando decisiones por mí.

—Puedo cuando tu vida está en riesgo.

—No.

—Sí.

—Adrian.

—Elena.

Ella golpeó el escritorio con la palma.

—No quiero un dueño.

Él la miró en silencio.

—Nunca quise uno —continuó—. Ni siquiera uno que me proteja.

Adrian se levantó.

—Entonces dime qué quieres.

—Quiero que confíes en mí.

—Confío en ti.

—No. Confías en tu capacidad para salvarme.

Aquella frase lo dejó inmóvil.

Elena dio un paso más.

—No es lo mismo.

Adrian bajó la vista.

Fue un gesto mínimo.

Pero en un hombre como él, equivalía a una rendición.

—No sé hacerlo de otra manera —admitió.

Elena no esperaba honestidad.

—Aprende.

—¿Y si mientras aprendo te ocurre algo?

—Entonces lo enfrentaremos juntos.

Adrian la miró.

—Juntos.

—Eso significa que me contarás todo.

—No puedo prometerlo.

—Entonces el compromiso termina.

Ella comenzó a quitarse el anillo.

Adrian cruzó la distancia entre ambos y cerró la mano sobre la suya.

—No.

—Esa palabra no siempre funcionará conmigo.

—Ya lo sé.

—Entonces suéltame.

No lo hizo.

Pero tampoco intentó detenerla con fuerza.

Solo mantuvo la mano sobre la de ella.

—Quédate —dijo.

No fue una orden.

Fue una petición.

Elena lo supo por la manera en que evitó mirarla.

Por la tensión de su mandíbula.

Por el silencio que siguió.

Adrian Blackwood podía enfrentarse a banqueros, fiscales y políticos.

Pero pedirle a una mujer que se quedara parecía costarle más que cualquier guerra empresarial.

Elena soltó lentamente el anillo.

No se lo quitó.

—Dime la verdad sobre el hombre que entró en casa de mi madre.

Adrian asintió.

—Trabajaba para Sebastian.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Tu hermano?

—Sí.

—¿Por qué?

Adrian regresó al escritorio y abrió una carpeta.

Dentro había fotografías, registros bancarios y grabaciones.

—Porque Sebastian financió parte del ataque contra Ward Industries.

—Creí que había sido Robert Hale.

—Hale ejecutó el plan. Sebastian lo facilitó.

—¿Para qué?

—Para obligarme a intervenir.

Elena frunció el ceño.

—No entiendo.

—Mi padre planeaba entregarme la división internacional del grupo. Sebastian necesitaba demostrar que yo estaba usando recursos de la empresa por razones personales.

Elena miró los documentos.

—Yo era la trampa.

—Sí.

—Y tú caíste.

Adrian sostuvo su mirada.

—Voluntariamente.

Antes de que ella pudiera responder, un disparo rompió la ventana.

Adrian reaccionó de inmediato.

La empujó al suelo y cubrió su cuerpo con el suyo.

El segundo disparo golpeó la pared.

Las alarmas comenzaron a sonar.

Elena sintió la respiración de Adrian junto a su cuello.

—¿Estás herida?

—No.

Él levantó la cabeza.

Había sangre en su hombro.

—Tú sí.

—No es grave.

—Adrian.

—Quédate abajo.

Los guardias entraron.

Se oyeron gritos en el jardín.

Elena intentó incorporarse, pero Adrian la mantuvo protegida.

—No vuelvas a hacer eso —dijo ella.

—¿Qué cosa?

—Ponerte delante de una bala.

—No prometo nada.

—Dijiste que aprenderías.

—No tan rápido.

Pese al miedo, Elena soltó una risa.

Adrian la miró.

Había dolor en su rostro.

Y algo más.

Una vulnerabilidad que nunca mostraba.

—¿Por qué estás sonriendo? —preguntó.

—Porque eres insoportable.

—Eso ya lo sabías.

—No lo suficiente.

Los guardias confirmaron que el atacante había sido detenido.

Trabajaba para Sebastian.

La prueba final estaba allí.

Charles no pudo proteger a su hijo mayor.

Sebastian fue arrestado por conspiración, fraude y tentativa de homicidio.

Robert Hale fue acusado semanas después.

Victoria, que había entregado documentos para reducir la condena de su padre, abandonó el país.

El Grupo Blackwood sobrevivió.

La familia, no.

Tres meses después, Elena se encontraba frente a Adrian en la misma residencia.

Sobre la mesa había un contrato.

El matrimonio de un año.

Las cláusulas originales seguían allí.

Exclusividad.

Apariciones públicas.

Protección financiera para la familia Ward.

Separación automática después de doce meses.

Elena tomó un bolígrafo.

—Falta una condición.

Adrian la observó.

—¿Cuál?

Ella tachó la última cláusula.

—No habrá fecha de finalización.

Adrian no se movió.

—Explícalo.

—No.

—Elena.

—Tú tampoco me explicaste nada antes de ponerme el anillo.

—Esto es distinto.

—Sí.

Ella firmó.

—Esta vez lo elegí yo.

Adrian miró su firma.

Después levantó la vista.

—¿Estás segura?

—No.

—Eso no parece una respuesta tranquilizadora.

—Tú tampoco eres un hombre tranquilizador.

Él rodeó la mesa.

—¿Entonces por qué?

Elena apoyó una mano sobre su pecho.

—Porque dejaste de intentar salvarme tú solo.

—Todavía quiero hacerlo.

—Lo sé.

—Y todavía quiero que me llames esposo.

Ella sonrió.

—Eso tendrás que ganártelo.

Adrian inclinó la cabeza.

—¿Cuánto tiempo?

—Toda la vida.

—Acepto.

La boda se celebró en privado.

No hubo periodistas.

No hubo alianzas empresariales.

Solo la madre de Elena, su hermano, Margaret Blackwood y unas pocas personas en quienes ambos confiaban.

Cuando llegó el momento de los votos, Adrian no leyó ningún discurso.

Tomó la mano de Elena y dijo:

—No prometo dejar de protegerte.

Ella levantó una ceja.

—Empezamos mal.

—Prometo preguntarte antes de hacerlo.

Elena sonrió.

—Mejor.

—Prometo decirte la verdad.

—Toda.

—La parte que pueda.

Ella intentó retirar la mano.

Adrian la sostuvo.

—Toda —corrigió.

Los presentes rieron.

Elena lo miró.

Durante meses había pensado que su mayor deuda era el dinero, la casa, la protección y los favores.

Pero la verdad era más simple.

Adrian la había salvado de sus enemigos.

Ella lo había salvado de convertirse en el hombre frío que todos creían que era.

Cuando el juez los declaró marido y mujer, Adrian se inclinó hacia ella.

—¿Cómo debes llamarme?

Elena soltó una pequeña risa.

—Adrian.

—Incorrecto.

—Señor Blackwood.

—Tampoco.

Ella se puso de puntillas y acercó los labios a su oído.

—Esposo.

La mano de Adrian se cerró alrededor de su cintura.

—Correcto.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Elena sonrió antes de besarlo.

La deuda había comenzado como una amenaza.

Después se convirtió en un contrato.

Y finalmente en algo que ninguno de los dos había planeado.

Una elección.

No perfecta.

No sencilla.

Pero completamente suya.

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