PARTE 2
El contrato que no podían firmar
Al otro lado del teléfono, el director jurídico guardó silencio durante varios segundos.
—Doctora Shen, ¿comprende las consecuencias de su respuesta?
—Perfectamente.
—El acto de firma está programado para las cuatro de la tarde. Asistirán representantes del Departamento de Equipamiento, miembros del comité científico y varios altos mandos.
—Lo sé. Yo negocié esa reunión.
—Si usted no autoriza la sustitución, tendremos que suspender la formalización del acuerdo.
Miré el reloj.
Eran las doce y cuarenta.
—Entonces haga lo que corresponda.
—Necesitaremos su declaración por escrito.
—La recibirá a través del canal oficial antes de las dos.
Cuando colgué, Zhou Hui me observaba como si acabara de escuchar la primera explosión de una guerra.
—¿De verdad vas a enfrentarte a Han Yansen?
Cerré lentamente la carpeta.
—No voy a enfrentarme a nadie. Voy a dejar de protegerlo.
Aquella diferencia era fundamental.
Durante años había confundido el amor con el sacrificio. Cuando él necesitaba financiación, yo entregaba mis ahorros. Cuando necesitaba méritos para ascender, aceptaba aparecer en segundo plano. Cuando el instituto tenía problemas, trabajaba hasta la madrugada mientras él asistía a reuniones y recibía felicitaciones.
No había sido una mujer incapaz de defenderse.
Había sido una mujer que confiaba demasiado en su marido.
Y esa confianza acababa de terminar.
Zhou Hui abrió otro expediente.
—Hay algo que debes saber. El nuevo nombramiento de Lin Xuan se aprobó hace tres días.
Levanté la mirada.
—¿Tres días?
—Antes de que él te pidiera el divorcio.
Me mostró las actas internas. El documento contenía una propuesta de reorganización y el traslado de mis funciones a la nueva dirección de equipamiento.
Debajo aparecía la firma de Han Yansen.
Mi marido no se había limitado a enamorarse de otra mujer.
Había preparado cuidadosamente su llegada al puesto que yo llevaba años ocupando de manera extraoficial.
—¿Cuándo pensaba comunicármelo? —murmuré.
—Probablemente cuando ya no pudieras hacer nada.
Pasé la última página.
—Se ha equivocado en algo.
—¿En qué?
—Ha confundido mi silencio con mi consentimiento.
Preparé dos comunicaciones.
La primera, dirigida a la empresa colaboradora, aclaraba que no autorizaba el uso de mi nombre, mis informes ni mi aprobación técnica para una firma en la que yo no participaría.
La segunda, destinada al órgano supervisor del instituto, solicitaba una revisión formal de las responsabilidades científicas, las asignaciones presupuestarias y los cambios recientes de dirección.
No pedí que me creyeran.
Adjunté las pruebas.
Eso era algo que había aprendido en los laboratorios: una afirmación podía discutirse; un registro verificable, mucho menos.
2. La nueva señora del general
A las tres y veinte recibí una fotografía.
Lin Xuan estaba frente a un espejo, vestida con un uniforme impecable. Sonreía mientras ajustaba una insignia sobre su pecho.
«Hoy firmaré el contrato más importante del instituto», escribió.
Un segundo mensaje apareció inmediatamente.
«Y esta noche celebraré con Yansen. Espero que no te moleste que también me quede con tu despacho».
No respondí.
Diez minutos después me llamó.
—Shen Zhihui, ¿has visto mi fotografía?
—Sí.
—¿Y qué opinas?
—Que has elegido un día complicado para estrenar un cargo.
Soltó una carcajada.
—¿Sigues creyéndote importante? Ya no eres la esposa del general. Sin él, no eres más que una investigadora con un grado mediocre.
Miré el antiguo distintivo de capitana que guardaba en un cajón.
Era cierto que mi rango apenas había cambiado durante años.
Había rechazado varias oportunidades de promoción porque Han Yansen insistía en que necesitábamos mantener una estructura estable.
También me había convencido para cederle el reconocimiento principal de algunos proyectos.
En aquel momento creía que, si él llegaba más lejos, ambos avanzaríamos juntos.
Ahora entendía que había estado construyendo una escalera que solo él podía subir.
—Lin Xuan —pregunté—, ¿has leído personalmente el expediente que vas a presentar?
—No necesito examinar cada página. Tengo un equipo.
—Entonces deberías hacerlo.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando un consejo profesional.
Colgó.
Zhou Hui negó con la cabeza.
—Es increíble.
—No. Es bastante previsible.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
Observé mis manos.
Había pequeñas cicatrices en los dedos. Una procedía de un accidente con una pieza metálica durante las primeras pruebas del sistema de navegación. Otra, de una noche en la que trabajé sin descanso reparando un módulo antes de una demostración.
Esas marcas eran recuerdos de mi vida real.
Lin Xuan podía quedarse con mi antiguo despacho, mi vehículo e incluso con la atención de mi marido.
Pero no podía apropiarse de doce años de conocimientos por el simple hecho de sentarse en mi silla.
3. La ceremonia
A las cuatro y cinco sonó mi teléfono.
Era Han Yansen.
—¿Qué has hecho?
No había saludo.
—Buenas tardes, general Han.
—¡No juegues conmigo! Los representantes de Tecnología Aeroespacial acaban de negarse a firmar.
—¿Te han explicado el motivo?
—Dicen que falta la autorización de la responsable técnica.
—Entonces ya conoces la respuesta.
Oí voces alteradas a su alrededor.
Han Yansen se apartó del grupo.
—Zhihui, esto es una cuestión de procedimiento. Firma la autorización y terminemos de una vez.
—No puedo aprobar un expediente que no he revisado desde su modificación.
—¡Llevas seis meses trabajando en él!
—Precisamente por eso sé que no puede transferirse sin revisar los compromisos técnicos.
Bajó la voz.
—¿Estás haciendo esto porque quiero casarme con Xuan?
Aquella pregunta me produjo una extraña sensación de cansancio.
Doce años juntos, y todavía era incapaz de entenderme.
—No. Lo hago porque estás utilizando un proyecto científico como si fuera un regalo personal para tu amante.
—Cuidado con lo que dices.
—Está documentado quién dirigió las pruebas, quién negoció los requisitos y quién responde por los resultados. Si pretendes cambiar esa responsabilidad, tendrás que hacerlo conforme a las normas.
—Soy el comandante de esta unidad.
—Y yo soy la responsable técnica que figura en el expediente aprobado.
Respiró con fuerza.
—¿Qué quieres?
Por primera vez percibí nerviosismo en su voz.
—Que se respete el procedimiento.
—¿Dinero? ¿Una promoción? Puedo conseguirte un puesto mejor.
Casi me reí.
Había utilizado aquella frase tantas veces que parecía creer sinceramente que todo podía arreglarse con una promesa.
—Lo único que necesito de ti, Han Yansen, es que dejes de atribuirte decisiones que no te corresponden.
Terminé la llamada.
Pero cinco minutos después apareció otro número en la pantalla.
Era un representante del comité supervisor.
—Doctora Shen, hemos recibido su solicitud de revisión. Dada la gravedad de las irregularidades señaladas, necesitamos que comparezca mañana por la mañana.
—Allí estaré.
—Una última cuestión. ¿Es cierto que algunas de las solicitudes de financiación privada fueron presentadas como aportaciones institucionales?
Miré a Zhou Hui.
Ella asintió lentamente.
—Sí —respondí—. Y conservo los comprobantes originales.
Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no regresé a la vivienda que había compartido con mi marido.
Me alojé en una pequeña residencia para investigadores.
Solo llevé una maleta, mi ordenador personal autorizado y algunas fotografías familiares.
Entre ellas había una de nuestra graduación.
Han Yansen aparecía sonriendo, todavía con el uniforme de cadete. Yo estaba a su lado, sosteniendo un diploma.
En el reverso había escrito:
«Cuando lleguemos a lo más alto, recordaremos que empezamos juntos».
Contemplé aquellas palabras durante varios segundos.
Después guardé la fotografía en el fondo de la maleta.
No necesitaba destruir mi pasado.
Solo dejar de vivir dentro de él.
4. Los nombres que habían desaparecido
La revisión comenzó a las nueve de la mañana.
En la sala había representantes jurídicos, responsables de auditoría y especialistas científicos externos al instituto.
Han Yansen estaba sentado frente a mí.
A su derecha, Lin Xuan mantenía la espalda rígida y los labios apretados.
Cuando entré, él me miró con una mezcla de irritación y desconcierto.
Probablemente esperaba verme avergonzada.
Yo llevé únicamente tres carpetas.
La presidenta del comité inició la sesión.
—Doctora Shen, usted sostiene que la documentación utilizada para justificar determinados reconocimientos profesionales no refleja correctamente las contribuciones realizadas.
—Así es.
—Explíquelo.
Abrí la primera carpeta.
—Este es el proyecto de estabilización aeronáutica desarrollado hace seis años. Aquí consta la versión inicial del diseño, los registros de ensayo y los informes firmados por el equipo investigador.
Proyectaron los documentos en la pantalla.
—Mi nombre figura como responsable del desarrollo, pero en el expediente presentado posteriormente para un premio científico aparece relegado a una contribución secundaria.
Han Yansen intervino:
—Fue una decisión consensuada.
—Es cierto —respondí.
Aquello pareció sorprenderlo.
Continué:
—Acepté voluntariamente aquella distribución. No voy a negar mi firma. Pero solicito que se distinga entre la autoría científica real y el orden utilizado para presentar una candidatura a un premio.
Uno de los evaluadores examinó las pruebas.
—¿Dispone de los registros originales?
—Sí. Están archivados en el sistema institucional y cuentan con sus correspondientes identificadores.
Mostré la segunda carpeta.
—Este es el proyecto de navegación de nueva generación. Aquí ocurrió algo distinto.
En la pantalla apareció un informe firmado electrónicamente.
—La versión inicial incluía siete investigadores. La documentación posterior presentada para una evaluación interna solo mencionaba a cuatro.
La presidenta frunció el ceño.
—¿Quién autorizó esa modificación?
—Eso es precisamente lo que solicito que se investigue.
Han Yansen se inclinó hacia delante.
—Las reorganizaciones son habituales.
—También lo es conservar el historial de cambios —respondí.
El auditor pidió revisar los registros del servidor.
Zhou Hui, que comparecía como testigo, entregó la relación de expedientes institucionales que debían consultarse.
No eran documentos secretos sacados ilegalmente de la unidad.
Eran registros oficiales cuyo historial permitía reconstruir lo sucedido.
Durante casi una hora, el comité examinó fechas, versiones, autorizaciones y firmas.
Después llegó la tercera carpeta.
La que más me había costado preparar.
—Estos son los comprobantes de mis aportaciones personales durante los primeros años de desarrollo del instituto.
La pantalla mostró una relación de transferencias, facturas y acuerdos privados de financiación.
—En total, aproximadamente un millón ciento veinte mil yuanes.
Lin Xuan soltó una pequeña risa.
—¿Está intentando cobrarle a su exmarido hasta lo que gastó durante su matrimonio?
Varias personas se volvieron hacia ella.
La presidenta del comité intervino:
—Oficial Lin, le agradeceré que no interrumpa.
Me mantuve tranquila.
—No reclamo como deuda todos los gastos matrimoniales. Solicito que se determine qué aportaciones fueron préstamos, cuáles correspondían a bienes comunes y cuáles se destinaron a proyectos mediante acuerdos que siguen vigentes.
Miré a Han Yansen.
—Durante años nunca le exigí cuentas. Pero eso no significa que las cuentas no existieran.
Su rostro había perdido todo color.
5. El error de Lin Xuan
Cuando parecía que la sesión iba a terminar, uno de los especialistas levantó un documento.
—Tenemos otra cuestión. Se ha presentado una propuesta de modificación del sistema de control del proyecto aeroespacial.
Miré la pantalla.
No reconocí aquella versión.
—¿Quién la ha elaborado? —pregunté.
Lin Xuan levantó la mano.
—Mi equipo.
—¿Cuándo?
—Durante las últimas semanas.
El especialista me miró.
—Doctora Shen, ¿puede evaluar la propuesta?
Leí el documento despacio.
Al llegar a la página diecisiete, encontré el problema.
Después otro, en la veintidós.
En el margen había una tabla de tolerancias que no coincidía con los resultados de las últimas pruebas.
—Esta propuesta utiliza valores de una versión preliminar que fue descartada hace cuatro meses —expliqué.
Lin Xuan se puso roja.
—Eso no demuestra nada.
—No he terminado.
Abrí el historial de ensayos autorizado.
—La modificación sugerida elimina una comprobación de redundancia que incorporamos después de detectar una respuesta anómala en condiciones extremas. No es una cuestión de preferencias. Sin nuevos ensayos, no puede afirmarse que esta configuración cumpla los requisitos establecidos.
Un silencio profundo recorrió la sala.
La presidenta preguntó:
—¿Quién aprobó técnicamente esta modificación?
Lin Xuan miró a Han Yansen.
Él no respondió.
—General Han —insistió la presidenta—, ¿usted autorizó que esta versión se utilizara en la propuesta de firma?
—Confié en el equipo responsable.
—¿Qué equipo?
Han Yansen apretó la mandíbula.
—El de la oficial Lin.
Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Por primera vez, la joven que había presumido de arrebatarme mi vida parecía no saber qué decir.
—Yo… recibí los archivos del departamento —balbuceó.
—¿De quién? —preguntó el auditor.
—No recuerdo exactamente.
El especialista cerró el documento.
—Hasta que estas discrepancias queden resueltas, no recomendamos continuar con la firma.
La presidenta ordenó incorporar la propuesta a la investigación.
Han Yansen me lanzó una mirada cargada de resentimiento.
Pero yo no había modificado ni una cifra.
No había tendido ninguna trampa.
Simplemente había dejado que respondieran por el trabajo que aseguraban poder hacer sin mí.
6. Ochenta mil yuanes
Tres días después, Han Yansen apareció en la residencia de investigadores.
Me encontró preparando una presentación para el comité científico.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente agotado.
—Necesitamos hablar.
—Tienes cinco minutos.
Miró alrededor.
La habitación era pequeña. Había una mesa, una cama individual y una estantería casi vacía.
—¿De verdad piensas vivir aquí?
—Es temporal.
—Podrías volver a casa.
Lo observé con sorpresa.
—¿Para qué?
Se pasó una mano por el cabello.
—Xuan se ha ido unos días. Las cosas están complicadas.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
Se sentó sin que lo invitara.
—Han suspendido provisionalmente su nombramiento. También van a revisar varias decisiones mías.
No dije nada.
—La gente está hablando. Algunos creen que favorecí a Xuan por nuestra relación.
—¿Y es falso?
Levantó los ojos.
—No todo fue por ella.
—Pero algunas decisiones sí.
Guardó silencio.
Después sacó un sobre.
Dentro había una nueva propuesta económica.
—Puedo darte trescientos mil yuanes. Cerremos esto de una vez.
Lo dejé sobre la mesa.
—Mi abogada te enviará una liquidación documentada.
—¿Cuánto quieres exactamente?
—No es una cuestión de ponerle precio a nuestros años de matrimonio. Quiero que se revisen las aportaciones, los bienes y las obligaciones que podamos demostrar.
Su expresión se volvió amarga.
—Antes no eras así.
Lo miré fijamente.
—Antes te entregaba las cosas sin que tuvieras que pedirlas.
—Nunca te obligué a hacerlo.
Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.
Porque tenía parte de razón.
Yo había elegido confiar. Había cedido espacio, oportunidades y reconocimiento. No podía culparlo de todas mis decisiones.
Pero sí podía responsabilizarlo de las suyas.
—Es cierto, Yansen. Nadie me obligó a amarte. Y tampoco nadie te obligó a aprovecharte de esa confianza.
Bajó la cabeza.
Durante unos instantes pareció el joven al que había conocido en la academia.
—Zhihui, ¿recuerdas cuando trabajábamos en aquel laboratorio sin calefacción?
Claro que lo recordaba.
En invierno llevábamos dos abrigos, bebíamos té caliente de un termo y compartíamos una cena barata sentados junto a una máquina de pruebas.
Él solía decirme que un día conseguiríamos desarrollar sistemas capaces de cambiar el futuro de la aviación.
Yo le creía.
—Lo recuerdo —respondí.
—Éramos felices.
—Sí.
Levantó el rostro, esperanzado.
—Quizá podamos volver a serlo.
Negué lentamente.
—No puedes regresar a una casa después de haberla incendiado y esperar que siga intacta.
Se quedó inmóvil.
—¿No sientes nada por mí?
La pregunta me hizo pensar en la fotografía de nuestra graduación, en las noches de trabajo y en el frasco de ácido fólico que había tirado aquella mañana.
—Siento tristeza por lo que fuimos —contesté—. Pero ya no quiero ser tu esposa.
Salió sin recoger el sobre.
7. El mensaje que lo cambió todo
Una semana después, mientras desayunaba con Zhou Hui, recibí otro mensaje de Lin Xuan.
Esta vez no había fotografías sonrientes ni provocaciones.
«Necesito hablar contigo. Es sobre Yansen».
No respondí.
Llegó un segundo mensaje.
«Él dice que fui yo quien alteró los documentos. Quiere que firme una declaración asumiendo toda la responsabilidad».
Zhou Hui leyó la pantalla por encima de mi hombro.
—Parece que su gran historia de amor está terminando.
Me quedé pensativa.
Durante años, Lin Xuan había hecho todo lo posible por convencerme de que Han Yansen estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ella.
Ahora descubría que había una excepción.
Su carrera.
—No hables con ella a solas —me aconsejó Zhou Hui.
Asentí.
Le respondí que cualquier información relevante debía presentarse ante los investigadores por los canales oficiales.
Dos días después, Lin Xuan solicitó declarar de nuevo.
Su testimonio no la exoneró de las decisiones que había tomado, pero permitió reconstruir cómo se había preparado su nombramiento.
Aportó mensajes en los que Han Yansen le prometía asumir la dirección del proyecto tras mi salida, aunque todavía no se había completado el proceso de evaluación.
También entregó copias de instrucciones administrativas que debían cotejarse con los registros originales.
La relación entre ambos, según supe, terminó aquella misma semana.
No sentí satisfacción.
Había imaginado muchas veces que verlos separados me proporcionaría cierta justicia.
Pero cuando ocurrió, solo pensé en lo absurdo que resultaba.
Habían destruido nuestro matrimonio para construir algo que ni siquiera pudo sobrevivir a las primeras consecuencias.
Mientras tanto, la investigación continuó.
No todas mis reclamaciones fueron aceptadas inmediatamente.
Algunas decisiones antiguas habían sido legales, aunque profundamente injustas para mí. En otras, las pruebas demostraban que la distribución de méritos debía revisarse.
Los auditores separaron cuidadosamente las responsabilidades.
Lin Xuan tendría que responder por su actuación administrativa y por la documentación presentada bajo su autoridad.
Han Yansen, por las decisiones de nombramiento y autorización que le correspondían.
Y yo tuve que reconocer algo doloroso: durante demasiado tiempo había firmado renuncias y acuerdos sin pensar en mi propio futuro.
Aquella fue la parte más difícil de recuperar.
No podía borrar mi pasado.
Pero sí podía impedir que siguiera determinando lo que me quedaba de vida.
8. La decisión del comité
Dos meses después se emitieron las primeras conclusiones.
La investigación había confirmado irregularidades en varios procedimientos de nombramiento, en la atribución interna de determinadas contribuciones científicas y en la tramitación de la propuesta de colaboración.
Han Yansen fue apartado de sus responsabilidades de dirección mientras se resolvían los procedimientos correspondientes.
Su ascenso recién concedido quedó sometido a revisión por las autoridades competentes.
Lin Xuan fue retirada del cargo que había ocupado brevemente y quedó sujeta a un expediente disciplinario.
Ninguno de los dos pudo seguir interviniendo en el proyecto aeroespacial.
Pero la noticia más importante llegó aquella tarde.
El comité científico aprobó restablecer formalmente mi responsabilidad técnica sobre el programa, reconocer las contribuciones verificadas de los investigadores que habían sido omitidos y presentar una nueva propuesta de estructura independiente.
La firma con Tecnología Aeroespacial podría reanudarse una vez superada la revisión técnica.
Cuando Zhou Hui entró en mi despacho con la resolución, tenía los ojos húmedos.
—Doctora Shen…
Sonreí.
—¿Qué sucede?
—Esta vez está escrito. Tu nombre. Tu puesto. Todo.
Tomé el documento.
Durante años había visto mi trabajo reflejado en certificados que terminaban colgados en las paredes de otros.
Esta vez, la resolución reconocía mi participación sin obligarme a desaparecer detrás de nadie.
Pero lo primero que hice no fue buscar mi nombre.
Busqué los de mis compañeros.
Allí estaban.
Los siete investigadores originales. Los técnicos de ensayo. Las personas que habían trabajado noches enteras sin recibir una sola felicitación pública.
—Falta alguien —dije.
Zhou Hui palideció.
—¿Quién?
Le señalé su propio nombre.
—Tu trabajo conservando los registros ha sido fundamental. Debe constar en el informe administrativo.
Soltó una carcajada entre lágrimas.
—Siempre pensando en los demás.
Negué con la cabeza.
—Estoy aprendiendo a pensar en todos sin olvidarme de mí.
Aquella noche, por primera vez en meses, dormí profundamente.
9. La liquidación
El proceso de divorcio tardó más de lo que Han Yansen había imaginado.
La firma inicial de nuestro acuerdo no lo había convertido automáticamente en una liquidación definitiva e intocable.
Tras la revisión legal de los bienes, las aportaciones y los compromisos documentados, mis abogados negociaron una nueva distribución.
Parte de los fondos que había destinado a nuestra vida cotidiana no podía reclamarse como si hubiera sido un préstamo.
Lo acepté.
Pero había transferencias destinadas a inversiones concretas, participaciones patrimoniales y obligaciones escritas que sí debían incluirse.
Finalmente, Han Yansen aceptó una liquidación global de un millón de yuanes, sujeta a los términos formales del acuerdo definitivo.
La cantidad que yo había anotado meses atrás terminó apareciendo, esta vez con la firma de ambos y la validación correspondiente.
Cuando nos reunimos para cerrar el trámite, él miró el documento durante largo rato.
—Así que al final era por el dinero —murmuró.
Lo miré.
—Si hubiera sido por dinero, te habría pedido cuentas mucho antes.
—Entonces ¿por qué exactamente un millón?
—Porque es una cifra respaldada por nuestras cuentas y nuestros acuerdos. No porque doce años de mi vida puedan comprarse.
Firmó sin discutir más.
Después, cuando estaba a punto de marcharme, me llamó.
—Zhihui.
Me detuve.
—He perdido a Xuan.
No respondí.
—También he perdido mi puesto.
Su voz se quebró ligeramente.
—Y ahora te pierdo definitivamente a ti.
Lo observé.
Había una época en la que aquellas palabras me habrían hecho correr hacia él.
Le habría tomado las manos.
Le habría prometido que encontraríamos una solución.
Pero esa mujer ya no estaba allí.
—No me perdiste hoy, Yansen —respondí—. Me fuiste perdiendo cada vez que pensaste que yo seguiría esperando, sin importar lo que hicieras.
Bajó la mirada.
—Lo siento.
Por primera vez, sus palabras parecieron sinceras.
Y precisamente por eso pude aceptarlas sin regresar.
—Espero que algún día entiendas lo que has hecho.
Salí del edificio y encontré a Zhou Hui esperándome en la acera.
—¿Terminó?
Respiré profundamente.
—Sí. Ahora sí.
10. El verdadero reconocimiento
Seis meses después, el sistema aeroespacial superó una nueva ronda de ensayos.
La ceremonia de presentación tuvo lugar en un auditorio lleno de investigadores, responsables institucionales y representantes de las entidades colaboradoras.
Esta vez no estaba sentada en la última fila.
Era la persona encargada de explicar los resultados.
Antes de subir al escenario, Zhou Hui me entregó una pequeña caja.
—¿Qué es esto?
—Ábrela.
Dentro había una placa metálica con una inscripción.
«A Shen Zhihui, por no renunciar a aquello que construyó».
Me eché a reír.
—Eres demasiado sentimental.
—Y tú llevas doce años fingiendo que no lo eres.
La abracé.
Cuando anunciaron mi nombre, caminé hacia el atril.
En la pantalla apareció la imagen del equipo completo.
Hablé de los desafíos técnicos, de las pruebas fallidas, de las noches interminables y de los cambios que habíamos tenido que introducir para alcanzar un resultado fiable.
Después dediqué unas palabras a mis compañeros.
—La investigación científica nunca es la victoria de una sola persona —dije—. Detrás de cada avance hay muchos nombres, muchas decisiones y mucho trabajo que merece ser reconocido.
El auditorio aplaudió.
Desde la primera fila, Zhou Hui me sonrió.
Y por un momento recordé al joven Han Yansen en nuestro viejo laboratorio sin calefacción.
Aquel muchacho que soñaba conmigo con llegar muy lejos.
No odiaba ese recuerdo.
Era parte de mi historia.
Pero ya no necesitaba compartir mi futuro con él.
Al terminar la presentación, recibí un mensaje de un número que no tenía guardado.
«He visto la ceremonia. Felicidades, Zhihui. Siempre supe que eras brillante».
Era Han Yansen.
Debajo había otra frase.
«Si pudiera regresar a aquellos años, haría las cosas de otra manera».
Observé el mensaje unos segundos.
Luego escribí:
«Yo también».
No añadí nada más.
Porque, si pudiera regresar al principio, volvería a estudiar, a investigar, a enamorarme de la ciencia y a luchar por cada proyecto.
Quizá incluso volvería a conocerlo.
Pero jamás volvería a desaparecer para que otra persona pudiera brillar.
Guardé el teléfono y salí al exterior.
El cielo comenzaba a teñirse de naranja.
Zhou Hui me esperaba junto al coche del instituto.
—Doctora Shen, ¿adónde vamos?
Miré el enorme edificio de investigación que se extendía al otro lado de la avenida.
Había pasado tantos años persiguiendo un futuro en el que Han Yansen y yo estaríamos juntos que casi había olvidado imaginar uno que me perteneciera exclusivamente.
Sonreí.
—A casa.
—¿A la residencia?
—No. He comprado un apartamento.
Zhou Hui abrió los ojos.
—¡¿Cuándo?!
—La semana pasada. Tiene un pequeño balcón, mucha luz y una habitación que pienso convertir en biblioteca.
—¡Y no me dijiste nada!
—Quería darte una sorpresa.
Subimos al vehículo entre risas.
Mientras nos alejábamos, miré por última vez las ventanas iluminadas del instituto.
Un año antes, cuando mi marido recibió sus estrellas de general, yo creía que aquella era la cima de nuestra vida.
Aquella misma noche, su amante me envió un vídeo para demostrarme que había ganado.
Ahora comprendía algo que entonces no había sido capaz de ver.
Lin Xuan había luchado por ocupar mi lugar junto a un hombre.
Han Yansen había luchado por conservar su poder.
Y yo había pasado demasiado tiempo luchando para que ambos estuvieran satisfechos.
Hasta que finalmente decidí luchar por mí.
Él me ofreció ochenta mil yuanes para que desapareciera de su vida.
Yo recuperé un millón y, mucho más importante, el derecho a decidir sobre la mía.
Nunca volví a necesitar que nadie me llamara la esposa del general.
Por fin bastaba con mi propio nombre.
Shen Zhihui.
Y esta vez, cuando lo pronunciaron en voz alta, el reconocimiento era completamente mío.