PARTE 2
Durante varios segundos, Phó Chiêu Dã no consiguió pronunciar una palabra.
El informe temblaba ligeramente entre sus dedos.
Lê Tri Diên permanecía sentada en el sofá, observándolo como si contemplara a un desconocido.
Cinco años.
Había pasado cinco años creyendo que su cuerpo era incapaz de darle un hijo al hombre que amaba.
Había soportado las miradas compasivas de las amigas, las insinuaciones de los parientes y las humillaciones apenas disimuladas de su suegra.
En cada reunión familiar, alguien encontraba la manera de hablar de nietos.
En cada celebración, alguna tía bienintencionada le recomendaba otro médico.
Y cuando el diagnóstico parecía definitivo, Chiêu Dã la abrazaba y le decía:
—No importa. Me basta con tenerte a ti.
Ella había llorado de gratitud en sus brazos.
Ahora aquellas palabras le producían escalofríos.
—Respóndeme —insistió—. ¿Quién me mintió?
Chiêu Dã dejó el informe sobre la mesa.
—Diên Diên, este asunto es complicado.
—Entonces explícamelo.
—Los médicos pueden equivocarse.
—Por supuesto. Pero el resultado que me entregaron decía que tenía una infertilidad irreversible. Este otro informe, firmado por el mismo especialista y realizado la misma semana, dice exactamente lo contrario.
Él se pasó una mano por el rostro.
—¿Quién te lo dio?
Tri Diên soltó una risa amarga.
—Es curioso. No preguntas por qué sufrí durante cinco años. Solo quieres saber quién ha hablado.
El silencio fue suficiente respuesta.
Aquella tarde, después de comprar el billete de avión, Tri Diên había llamado al hospital donde se realizaron sus primeros estudios.
No buscaba una venganza. Necesitaba recuperar sus documentos médicos originales para continuar su tratamiento en el extranjero.
Una administrativa le explicó cómo solicitar el expediente completo.
Al revisar las copias electrónicas que acababan de entregarle, encontró dos versiones de aquel diagnóstico.
La primera, la original, recomendaba nuevas pruebas y descartaba alteraciones evidentes en ella.
La segunda era un resumen posterior, preparado para la familia, que afirmaba que Tri Diên difícilmente podría concebir.
Ella recordaba perfectamente quién le había entregado ese resumen.
Su marido.
—Dime que no lo sabías —susurró.
Chiêu Dã cerró los ojos.
—Mi madre se ocupó de muchas cosas entonces.
Tri Diên sintió un dolor punzante en el pecho.
—Tu madre…
Recordó a su suegra entrando en su habitación con un cuenco de medicina amarga.
«Bébelo. Aunque no sirvas para darle descendencia a nuestra familia, al menos debes demostrar que lo intentas».
Recordó las interminables consultas, las agujas, las noches en las que se escondía en el baño para llorar.
—¿Y tú lo sabías? —preguntó.
Chiêu Dã se arrodilló frente a ella.
—Me enteré tiempo después. Mi madre dijo que el médico no tenía esperanzas y que no valía la pena hacerte sufrir con más pruebas.
—Pero el informe decía que debían examinarte también a ti.
Él apartó la mirada.
Tri Diên comprendió de golpe algo que jamás se había atrevido a considerar.
En aquella familia, la posibilidad de que el problema estuviera en el heredero era simplemente inaceptable.
—Permitiste que todos me culparan —murmuró.
—Nunca te culpé yo.
—No me defendiste.
Chiêu Dã quiso tomarle la mano.
Ella la retiró.
—Es lo mismo.
Él permaneció inmóvil.
Por primera vez, parecía comprender que no bastaría con comprar flores, pedir perdón o arrodillarse bajo la lluvia.
—Podemos hacernos las pruebas otra vez —propuso apresuradamente—. Iremos al mejor hospital. Si quieres un hijo, tendremos uno. Podemos intentarlo todo.
Tri Diên lo observó con incredulidad.
—Acabas de salir de un hospital donde te han felicitado porque otra mujer está esperando a tu hijo. ¿Y todavía me hablas de formar una familia contigo?
El rostro de Chiêu Dã perdió el color.
—Lo de Lục Vy es diferente.
—Siempre es diferente cuando se trata de ella.
—Me salvó la vida.
—Lo sé.
—Sin ella, habría muerto en aquel barranco.
—También lo sé.
Tri Diên se inclinó hacia él.
—¿Y cuántas veces debo pagar yo por eso?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Chiêu Dã abrió la boca.
No encontró respuesta.
Al día siguiente, él salió temprano.
Había dejado el desayuno preparado, una nota cariñosa sobre la mesa y un collar nuevo dentro de una caja de terciopelo.
Tri Diên no tocó ninguna de las tres cosas.
Pasó la mañana reuniendo documentos.
Su pasaporte. Sus títulos académicos. Los contratos de las propiedades que había adquirido antes del matrimonio. Los comprobantes de las inversiones realizadas con su propio dinero.
También llamó a una abogada.
—Quiero iniciar un divorcio —explicó—. Y necesito separar completamente mis bienes de los de mi marido.
La abogada preguntó si existía posibilidad de reconciliación.
Tri Diên miró el anillo que todavía llevaba en el dedo.
—Ninguna.
Después hizo una segunda llamada, esta vez al administrador de la Fundación Diên.
Aquella pequeña organización financiaba becas para niñas de zonas costeras.
La había fundado años atrás con el dinero que heredó de su madre. Chiêu Dã había contribuido generosamente, pero la dirección siempre había estado a nombre de Tri Diên.
En los meses posteriores a la segunda boda, él había insistido varias veces en integrar la fundación en el grupo empresarial de la familia Phó.
«Así podrás descansar, cariño. Yo me encargaré de todo».
Ella había estado a punto de aceptar.
Ahora solicitó una auditoría independiente y suspendió cualquier transferencia pendiente.
Cuando terminó, ya era mediodía.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Lục Vy.
«Señora Phó, ¿podemos hablar? No quiero que me malinterprete».
Tri Diên estuvo a punto de bloquearla.
Pero llegó otro mensaje.
«Chiêu Dã dice que usted es una buena persona. Por favor, no haga que nuestro bebé pague por los errores de los adultos».
Tri Diên contempló aquella frase durante un buen rato.
Finalmente, respondió:
«Los errores de los adultos los cometisteis vosotros. No intentes convertirme en responsable de sus consecuencias».
Apagó el teléfono.
El tercer día, su suegra apareció en la mansión sin avisar.
La señora Phó entró acompañada de dos empleadas que cargaban cajas de productos para embarazadas.
—Prepara una habitación en la planta baja —ordenó—. Lục Vy se instalará aquí hasta el parto.
Tri Diên dejó lentamente su taza de té.
—No.
La señora Phó frunció el ceño.
—¿Perdón?
—He dicho que no.
—Esa muchacha lleva en el vientre un descendiente de nuestra familia. Necesita cuidados.
—Entonces puede alojarla en su propia casa.
La mujer golpeó la mesa con la palma.
—¡Llevas años sin poder darnos un nieto! ¿Y todavía pretendes poner condiciones?
Antes, esas palabras habrían hecho que Tri Diên bajara la cabeza.
Aquel día, sin embargo, sacó una copia del informe médico.
—¿Recuerda esto?
La señora Phó apenas necesitó leerlo.
Su expresión cambió.
—¿Quién te ha enseñado ese documento?
Exactamente la misma pregunta que su hijo.
Tri Diên sintió que sus últimas dudas desaparecían.
—Usted sabía que no habían terminado de examinarme.
—Los médicos dijeron muchas cosas.
—Usted decidió cuáles podía conocer yo.
—Lo hice por el bien de la familia.
—¿Y mi bienestar no importaba?
La señora Phó levantó el mentón.
—Una mujer que entra en nuestra familia debe entender sus obligaciones.
Tri Diên dobló cuidadosamente el papel.
—Pues considérelas terminadas. Estoy solicitando el divorcio.
Por primera vez, la señora Phó pareció alarmarse.
—¡Chiêu Dã jamás lo permitirá!
—No necesita permitir que deje de amarlo.
La mujer se quedó mirándola, incapaz de responder.
Tri Diên llamó al personal y pidió que acompañaran a las visitantes hasta la salida.
Esa noche, Chiêu Dã regresó furioso.
—¿Has echado a mi madre de casa?
—Le he pedido que se vaya.
—Está muy afectada.
—Yo también lo estaba cuando me obligó a beber aquellas medicinas durante años. No recuerdo que vinieras a defenderme.
Él apretó los labios.
—No podemos seguir así.
Tri Diên levantó la vista de su libro.
—En eso estamos de acuerdo.
—Voy a solucionar lo de Lục Vy.
—No es necesario.
—Le compraré una casa. Contrataré a alguien para que la cuide. Cuando nazca el niño, me aseguraré de que no os crucéis jamás.
Ella cerró el libro.
—Sigues sin entenderlo.
—Te estoy ofreciendo exactamente lo que me pediste.
—Nunca te pedí que escondieras a tu amante y a su hijo. Te pedí que fueras fiel a nuestro matrimonio.
Chiêu Dã palideció.
—Diên Diên…
—Y cuando te pedí que eligieras, te divorciaste de mí para quedarte con ella.
El hombre dio un paso hacia delante.
—Después comprendí mi error.
—No. Comprendiste que querías conservarnos a las dos.
Aquella frase lo golpeó más que cualquier grito.
El quinto día, Lục Vy apareció personalmente.
Tri Diên se disponía a salir cuando la encontró sentada junto a la verja.
Vestía un abrigo amplio. Su vientre apenas comenzaba a notarse.
—Solo necesito cinco minutos —dijo.
Tri Diên miró su reloj.
—Habla.
Lục Vy bajó la cabeza.
—Sé que me odia.
—No te conozco lo suficiente para odiarte. Pero sé lo que hiciste.
—Yo nunca quise destruir su matrimonio.
—Cuando lo besabas en aquella casa del pueblo, sabías perfectamente que tenía esposa.
Lục Vy se mordió el labio.
—Pensé que él me quería.
Tri Diên guardó silencio.
La joven continuó:
—Fueron tres meses. Tres meses en los que no existía nadie más. Él me prometió que se quedaría.
—Y cuando fui a buscarlo, todavía quiso llevarte consigo.
Lục Vy comenzó a llorar.
—Cuando ustedes se divorciaron, creí que por fin estaríamos juntos. Pero él no paraba de hablar de usted. Se levantaba de madrugada para preguntar a sus empleados dónde estaba. Guardaba sus fotografías. Una noche llegó con las manos cubiertas de sangre porque había encontrado su anillo.
Tri Diên sintió una punzada familiar.
—¿Para qué has venido a contarme esto?
Lục Vy se acarició el vientre.
—Porque tengo miedo. Él dice que se hará responsable del niño, pero sé que si usted se marcha, vendrá detrás de usted. Y entonces nosotros…
No terminó.
Tri Diên la observó con frialdad.
Por primera vez entendió que ambas habían sido atrapadas por promesas distintas del mismo hombre.
Solo que una llevaba mucho más tiempo intentando salir de aquella historia.
—Lục Vy —dijo—, no voy a competir contigo por un marido.
La joven levantó la cabeza.
—¿Entonces se divorciará?
—Sí.
Una expresión de alivio cruzó fugazmente su rostro.
Tri Diên la vio.
—Pero no confundas mi marcha con una victoria.
La sonrisa incipiente desapareció.
—El hombre que te aseguró que eras su único amor mientras besaba a su esposa no se volverá honesto porque yo desaparezca.
Lục Vy quedó inmóvil.
—Y si algún día tu hijo te pregunta por qué su padre no cumple sus promesas, tendrás que responder tú. No yo.
Tri Diên abrió la puerta del coche.
Antes de entrar, oyó a Lục Vy llamarla.
—Hay algo que no sabe.
Se volvió.
La muchacha estaba pálida.
—Sobre el bebé…
En ese instante apareció un automóvil negro.
Phó Chiêu Dã bajó apresuradamente.
—¡Lục Vy! Te dije que no vinieras aquí.
Ella enmudeció.
Él miró a Tri Diên, claramente nervioso.
—Cariño, puedo explicarlo.
Tri Diên sostuvo su mirada.
—Ya no necesitas explicarme nada.
Entró en el coche y se marchó.
Pero aquella frase de Lục Vy permaneció dando vueltas en su cabeza.
Sobre el bebé…
Dos días después, la abogada llamó con noticias.
La auditoría había encontrado un intento de transferir parte de los activos de la Fundación Diên a una sociedad vinculada al grupo Phó.
Los documentos estaban preparados, aunque todavía no se había producido el traspaso.
Entre ellos figuraba una autorización con el nombre de Tri Diên.
Pero ella jamás había firmado.
—No sabemos quién preparó esa firma —advirtió la abogada—. Necesitamos conservar el expediente y verificar su origen.
Tri Diên sintió un frío profundo.
No quería formular acusaciones sin pruebas.
Sin embargo, comprendió la importancia de lo que tenía delante.
Había pasado años creyendo que su esposo la protegía del mundo.
Ahora descubría que necesitaba proteger de él incluso las cosas que había construido antes de conocerlo.
Pidió que se aseguraran los documentos y que todas las futuras decisiones de la fundación requirieran su autorización personal.
Después llamó al director financiero de la familia Phó.
—Necesito una reunión con mi marido y su equipo jurídico.
El hombre pareció sorprendido.
—¿Por algún asunto particular, señora?
—Por mi patrimonio.
Hizo una pausa.
—Y por mi libertad.
La noche anterior al viaje, Chiêu Dã preparó una cena romántica.
Había llenado el comedor de rosas blancas, las flores favoritas de Tri Diên.
Sobre la mesa descansaba el vino que habían bebido en su primera boda.
Él la esperaba con una sonrisa cansada.
—Hace días que apenas hablamos —dijo—. Quiero que volvamos a empezar.
Tri Diên se sentó frente a él.
Llevaba un vestido azul oscuro y el cabello recogido.
Era el mismo vestido que había usado la noche en que le pidió el primer divorcio.
Chiêu Dã lo reconoció enseguida.
Su sonrisa se congeló.
—¿Por qué te has puesto eso?
—Porque hoy también vengo a despedirme.
Él se levantó bruscamente.
—¡No vuelvas a decirlo!
Tri Diên sacó una carpeta.
—He solicitado una revisión de los documentos de la fundación. También he iniciado formalmente los trámites del divorcio.
Chiêu Dã miró los papeles, atónito.
—¿Has estado preparando esto a mis espaldas?
—Igual que tú preparabas una vida con Lục Vy a las mías.
—¡No es lo mismo!
—Tienes razón. Yo estoy intentando marcharme sin perjudicar a nadie.
El hombre rodeó la mesa.
—Diên Diên, escúchame. Te juro que nunca quise hacerte daño.
Ella lo miró.
—¿Sabías que tu madre me ocultó los resultados médicos?
Él vaciló.
—Ya hablamos de eso.
—No contestaste.
—Sí —admitió al fin—. Me enteré después.
—¿Y dejaste que siguiera creyendo que era culpa mía?
Chiêu Dã cerró los ojos.
—Pensé que remover el asunto solo te haría sufrir más.
Tri Diên sonrió tristemente.
—Qué conveniente. Siempre decides tú cuánto dolor puedo soportar.
Él se desplomó en la silla.
Durante un largo rato no se escuchó más que el suave tintineo de los cubiertos cuando Tri Diên apartó su plato.
Finalmente, Chiêu Dã murmuró:
—Cuando estaba en aquel pueblo con Lục Vy, de verdad creí que la amaba. Me había salvado la vida. Dependía de ella para todo. Confundí la gratitud con algo más.
—¿Y después?
—Después regresé y descubrí que no podía vivir sin ti.
Tri Diên lo miró directamente.
—Entonces deberías haber aprendido a vivir con las consecuencias de tus decisiones.
Chiêu Dã se tapó el rostro.
—Sé que te fallé. Pero te amo.
—Puede que sí.
Él levantó la cabeza, esperanzado.
Tri Diên continuó:
—Tal vez me amas tanto como dices. Tal vez habrías vuelto a lanzarte delante de otro automóvil por mí. Pero también me mentiste, me humillaste y me pediste que aceptara a tu amante porque te debía la vida.
Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—Yo no necesito un hombre dispuesto a morir por mí, Chiêu Dã. Necesitaba uno que supiera vivir a mi lado sin traicionarme.
Él intentó abrazarla.
Tri Diên se apartó.
Entonces sonó el teléfono.
Era Lục Vy.
Chiêu Dã rechazó la llamada.
El teléfono volvió a sonar.
Otra vez.
Y otra.
Tri Diên se puso de pie.
—Contesta.
—Ahora solo me importas tú.
—Contesta —repitió ella—. No quiero pasar otra noche escuchando cómo abandonas tus responsabilidades para demostrarme cuánto me amas.
Chiêu Dã finalmente respondió.
Al otro lado, una voz masculina habló con urgencia.
Era el médico de Lục Vy.
—Señor Phó, necesitamos aclarar una cuestión sobre el expediente de la paciente.
Chiêu Dã escuchó en silencio.
Su expresión cambió.
—¿Qué quiere decir con que ella ha solicitado corregir la información del padre?
Tri Diên se detuvo junto a la puerta.
El hombre permaneció inmóvil.
—¿Cómo que yo no soy el padre?
La verdad llegó aquella misma noche.
Lục Vy terminó confesándolo personalmente.
El bebé era de un joven del pueblo pesquero con quien había retomado una relación durante el tiempo que Chiêu Dã dedicó a recuperar a su exesposa.
Cuando descubrió el embarazo, aquel hombre ya se había marchado.
Su abuela estaba enferma.
Ella temía perder la vivienda y no tener recursos para criar al niño.
Entonces acudió a Chiêu Dã.
Le recordó el barranco, los tres meses en los que lo cuidó y todas las promesas que él le había hecho.
Le dijo que estaba embarazada.
Y él aceptó hacerse cargo.
Sin exigir una prueba de paternidad.
Porque, según explicó entre lágrimas cuando Tri Diên lo enfrentó, no quería que Lục Vy se sintiera abandonada después de haberle salvado la vida.
—¿Lo sospechabas? —preguntó Tri Diên.
Él bajó la cabeza.
—Sabía que podía no ser mío.
Ella sintió que el último resto de ternura que conservaba por él se extinguía.
—Entonces ni siquiera era una cuestión de paternidad.
—Quería ayudarla.
—Podías pagar sus tratamientos, conseguirle una casa o darle trabajo. Podías ayudarla de cien maneras distintas.
Su voz se quebró.
—Pero elegiste hacerme creer que otra mujer te había dado el hijo que yo no podía darte.
Chiêu Dã dio un paso hacia ella.
—No lo pensé así.
—Ese ha sido siempre tu problema.
Ella respiró profundamente.
—Nunca pensaste en cómo me sentiría yo.
Chiêu Dã cayó de rodillas.
Aquel hombre orgulloso, que dirigía empresas y frente al cual tantos bajaban la cabeza, lloraba ahora sin intentar disimularlo.
—Dame una última oportunidad.
Tri Diên lo contempló.
Recordó al joven que años atrás la esperaba bajo la lluvia con una taza de café caliente.
Al hombre que le enseñó a nadar porque ella temía el mar.
Al esposo que durante su primer invierno juntos le calentaba las manos entre las suyas.
Aquel amor había existido.
No necesitaba negarlo para reconocer que había terminado.
—No, Chiêu Dã.
Él se aferró al borde de su vestido.
—Sin ti no sé vivir.
Tri Diên retiró suavemente la tela de sus manos.
—Entonces tendrás que aprender.
A la mañana siguiente, cuando Chiêu Dã despertó, la casa estaba extrañamente silenciosa.
Buscó a su esposa en el dormitorio.
No estaba.
Su armario permanecía abierto. La mitad de los cajones estaban vacíos.
Sobre la cama descansaba una pequeña caja.
Dentro encontró el anillo de bodas.
El mismo que había rescatado de la carretera con los dedos ensangrentados.
Debajo había una carta.
Chiêu Dã:
Durante mucho tiempo creí que la intensidad de tu sufrimiento demostraba la profundidad de tu amor.
Cuando subiste aquellos nueve mil escalones, me conmoviste. Cuando encontraste mi anillo, lloré. Cuando casi moriste por protegerme, pensé que nadie podría quererme más que tú.
Pero he comprendido algo.
No necesito que te arrodilles nueve mil veces después de traicionarme. Necesitaba que no me traicionaras.
No necesitaba que encontraras un anillo perdido. Necesitaba que respetaras lo que ese anillo significaba.
Y, sobre todo, no necesitaba que arriesgaras tu vida por mí si después ibas a hacerme sentir que mi vida no valía lo suficiente para merecer la verdad.
No me marcho porque nunca te haya amado.
Me marcho porque te amé tanto que estuve a punto de olvidarme de mí misma.
Esta vez, no vengas a buscarme.
Diên Diên.
Chiêu Dã leyó la carta tres veces.
Después salió corriendo.
Llamó a su conductor.
—¡Prepara el coche! ¡Vamos al aeropuerto!
El hombre titubeó.
—Señor, la señora salió hace dos horas.
—¡Entonces todavía podemos alcanzarla!
Durante todo el trayecto, Chiêu Dã llamó una y otra vez.
El teléfono de Tri Diên estaba apagado.
Al llegar al aeropuerto, corrió hasta el control de salidas internacionales.
Allí vio a una mujer de vestido azul junto a un hombre alto que cargaba su equipaje.
Reconoció a Tri Diên al instante.
—¡DIÊN DIÊN!
Ella se volvió.
Su hermano dio un paso al frente, pero Tri Diên le tocó el brazo.
—Está bien. Hablaré con él.
Chiêu Dã llegó sin aliento.
Tenía los ojos rojos.
—No te vayas —suplicó—. Por favor. Haré lo que quieras. Firmaré lo que sea. Cortaré toda relación con Lục Vy. Si lo deseas, no volveré a verla jamás.
Tri Diên lo escuchó sin interrumpirlo.
—Hasta podemos mudarnos —continuó desesperadamente—. Empezar de cero en otro país. Nadie tendrá que saber lo que pasó.
Ella negó despacio.
—No quiero pasar el resto de mi vida fingiendo que nada ocurrió.
Chiêu Dã sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.
—¿Ya no me amas?
Tri Diên tardó unos segundos en responder.
—Todavía me duele dejarte.
Él la miró con esperanza.
—Entonces…
—Pero que algo duela no significa que debamos seguir haciéndolo.
Chiêu Dã se quedó completamente inmóvil.
El hermano de Tri Diên recogió la maleta.
La última llamada para embarcar resonó por los altavoces.
Chiêu Dã quiso extender la mano.
Esta vez no se atrevió a tocarla.
—¿Volveré a verte?
Tri Diên lo miró por última vez.
—Quizá algún día. Cuando ya no necesitemos hacernos daño para recordar que una vez nos quisimos.
Después se dio la vuelta.
Y atravesó el control de seguridad sin mirar atrás.
Los meses siguientes no fueron fáciles.
El divorcio se resolvió después de largas negociaciones. Chiêu Dã acabó firmando el acuerdo y renunció a impugnar la separación.
La Fundación Diên permaneció bajo el control de su fundadora. Las irregularidades documentales se revisaron por separado y se cancelaron todas las transferencias no autorizadas.
Lục Vy tuvo a su bebé.
Chiêu Dã pagó las deudas médicas que había prometido asumir, pero por primera vez estableció límites claros. No aceptó figurar como padre ni volvió a utilizar la gratitud como excusa para una relación que perjudicaba a los demás.
Su madre intentó convencerlo de que se casara de nuevo.
Él se negó.
En la mansión, la habitación de Tri Diên permaneció intacta durante meses.
Algunas noches, Chiêu Dã se sentaba junto a la ventana y sostenía entre los dedos aquel anillo.
Durante mucho tiempo creyó que había perdido a su esposa por culpa de Lục Vy.
Después comprendió algo mucho más doloroso.
La había perdido cada vez que eligió mentir.
Cada vez que permitió que la humillaran.
Cada vez que confundió el perdón con un derecho adquirido.
Y aquella comprensión llegó demasiado tarde.
Un año después, en una pequeña ciudad junto al mar, Lê Tri Diên asistió a la inauguración de una escuela financiada por su fundación.
Había regresado a trabajar, vuelto a estudiar y aprendido a disfrutar de cosas sencillas que durante años había olvidado.
Vivía cerca de su hermano.
Tenía amigos nuevos.
Algunas mañanas todavía recordaba a Chiêu Dã.
Pero esos recuerdos ya no la obligaban a llorar.
Al terminar la ceremonia, una niña se acercó y le entregó un dibujo.
En el papel había una mujer de pie junto a un gran árbol, rodeada de flores amarillas.
—Eres tú —explicó la pequeña—. La dibujé sonriendo porque siempre sonríes cuando vienes.
Tri Diên se agachó.
—Es precioso. Gracias.
La niña señaló el árbol.
—Mi profesora dice que las raíces fuertes pueden hacer que un árbol vuelva a florecer aunque le corten todas las ramas.
Tri Diên miró el dibujo.
Pensó en la mujer que una vez había suplicado a un hombre que la eligiera.
En la mujer que había confundido el sacrificio con la fidelidad.
En aquella versión de sí misma que soportó demasiadas humillaciones por miedo a perder el amor.
Acarició suavemente la cabeza de la pequeña.
—Tu profesora tiene razón.
Al salir de la escuela, su teléfono vibró.
Un mensaje de un número que no había borrado, aunque tampoco utilizaba.
Era de Chiêu Dã.
«Hoy se cumple un año desde que te marchaste. He pasado todo este tiempo intentando entender lo que te hice. No te escribo para pedirte que vuelvas. Solo quería decirte que lo siento. De verdad».
Tri Diên leyó el mensaje.
No sintió rabia.
Tampoco alegría.
Por primera vez, aquellas palabras no podían cambiar el rumbo de su día.
Guardó el teléfono en el bolso y siguió caminando hacia la playa.
El sol se reflejaba sobre el agua.
Una brisa cálida le acarició el rostro.
A lo lejos, sus amigas la llamaban para comer.
Tri Diên levantó la mano y sonrió.
No respondió al mensaje.
No porque quisiera castigarlo.
Sino porque ya no necesitaba que aquel hombre comprendiera su dolor para sentirse libre de él.
Había creído que el final de su matrimonio significaba perder el amor más importante de su vida.
Pero se equivocaba.
El amor más importante era el que, después de tantos años, por fin había aprendido a darse a sí misma.
Phó Chiêu Dã había subido nueve mil escalones de rodillas para recuperar un amuleto. Había ensangrentado sus manos por encontrar un anillo. Incluso había estado dispuesto a morir por ella.
Pero Lê Tri Diên solo había necesitado dar un paso, sin arrodillarse ante nadie, para recuperar algo mucho más valioso: su propia vida