EL HEREDERO MILLONARIO DESAFIÓ A SU PADRE POR UNA MUJER… Y AQUELLA NOCHE FUE A BUSCARLA SIN IMPORTARLE LAS CONSECUENCIAS

PARTE 2

EL PRECIO DE AMAR AL HEREDERO

Jiang Mei bajó apresuradamente las escaleras, calzándose las zapatillas de estar por casa mientras atravesaba el pequeño salón.

La imagen de Tianming intentando saltar el muro con aquellas heridas todavía abiertas le provocó un auténtico escalofrío.

Era perfectamente capaz de hacerlo.

Lo conocía lo suficiente para saber que, cuando se proponía algo, ni una orden ni una amenaza lograban hacerlo cambiar de opinión.

Y aquella noche, al parecer, se había propuesto verla.

Abrió la puerta principal y cruzó el patio hasta llegar a la verja de hierro.

Bajo la luz amarillenta de una farola estaba él.

Seguía llevando la camisa blanca de la recepción, aunque tenía los primeros botones desabrochados y la tela algo arrugada. Las finas gafas de montura dorada descansaban sobre su nariz, dándole ese aire serio y elegante que tanto intimidaba a sus empleados.

Pero Jiang Mei reparó enseguida en algo más.

Estaba agotado.

Las sombras bajo sus ojos y la tensión de su mandíbula revelaban un cansancio que seguramente había intentado ocultar durante toda la velada.

Por un momento, se olvidó de todo lo que había estado preocupándola.

—¿De verdad has venido? —susurró.

Tianming la observó sin responder.

Su mirada recorrió el cabello húmedo que le caía sobre los hombros, el pijama sencillo y las zapatillas que ella llevaba mal puestas.

Era una imagen completamente distinta de la profesional eficiente que veía todos los días en la empresa.

Y, sin embargo, nunca le había parecido tan hermosa.

—Te dije que estaba aquí —contestó finalmente.

Jiang Mei miró nerviosamente hacia ambos extremos de la calle.

—Entra rápido. No quiero que alguien te reconozca.

Él arqueó ligeramente una ceja.

—¿Tanto miedo te da que sepan que he venido a verte?

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

Ella no contestó.

Abrió la verja y esperó a que pasara.

Tianming comprendió que había algo detrás de aquella evasiva, pero decidió no insistir todavía.

Cuando cruzaron el patio, Jiang Mei volvió a mirar hacia la calle antes de cerrar con cuidado.

Aquella precaución no pasó inadvertida para él.

Durante años había aprendido a leer las intenciones de socios, competidores y ejecutivos que trataban de ocultarle información.

Pero nunca le había resultado tan doloroso descubrir que una mujer tenía miedo de estar a su lado.

Apenas cerraron la puerta principal, Jiang Mei se volvió hacia él.

—Tendrías que estar descansando.

—Estoy bien.

—Eso dijiste también cuando tenías fiebre.

—Entonces no estaba tan bien.

—¡Tianming!

Él sonrió ligeramente.

Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero suficiente para desarmarla.

—He venido porque necesitaba verte.

Jiang Mei sintió un nudo en la garganta.

Había pasado toda la tarde esforzándose por convencerse de que debía mantener las distancias. Se había repetido que no podía permitir que aquella relación dañara la carrera de Tianming o destruyera su vínculo con sus padres.

Sin embargo, bastaron aquellas pocas palabras para que toda su determinación empezara a desmoronarse.

—Podrías haberme llamado —murmuró.

—Te he llamado.

—Sabes a qué me refiero.

Tianming dio un paso hacia ella.

Jiang Mei retrocedió instintivamente hasta que su espalda rozó la pared.

Él apoyó una mano junto a su cabeza, sin llegar a tocarla.

La cercanía hizo que el corazón de la joven comenzara a latir con fuerza.

—Llevo toda la noche rodeado de gente —dijo él—. Personas que me felicitaban, que querían hablar de negocios, que preguntaban por mis heridas…

Se detuvo unos segundos.

—Pero no dejaba de buscarte.

Jiang Mei levantó los ojos.

—Había muchos invitados importantes.

—Ninguno era la persona que yo quería ver.

Aquellas palabras le provocaron un estremecimiento.

El hombre que tenía delante dirigía una de las compañías de entretenimiento más influyentes del país. Estaba acostumbrado a tomar decisiones millonarias, a soportar presiones y a ocultar sus sentimientos incluso en situaciones extremas.

Y ahora hablaba con una sinceridad que ella nunca había escuchado en su voz.

—Tianming…

Él levantó despacio la mano y le acarició la mejilla.

—Te he echado de menos, Jiang Mei.

La joven sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

También ella lo había echado de menos.

Desde que salieron de la selva, su relación había cambiado de una manera imposible de explicar.

Habían compartido miedo, dolor, incertidumbre y aquellos momentos terribles en los que no sabían si volverían a ver amanecer.

Cuando Tianming resultó herido, ella había permanecido a su lado aun sabiendo que quedarse podía costarle la vida.

Entonces no había pensado en su apellido, en su patrimonio ni en la distancia social que los separaba.

Solo había pensado que no quería perderlo.

¿Por qué ahora, cuando por fin estaban a salvo, todo parecía mucho más complicado?

Tianming inclinó lentamente la cabeza.

Se detuvo a escasos centímetros de sus labios, dándole tiempo a apartarse.

Jiang Mei no lo hizo.

Cerró los ojos.

El beso fue suave, casi tímido.

Nada parecido a la actitud firme e imperiosa que él acostumbraba a mostrar ante los demás.

Sus labios se encontraron con una ternura que hizo temblar a la joven.

Jiang Mei levantó una mano y se aferró con cuidado a su camisa, evitando presionar las heridas que todavía tenía en la espalda.

Durante unos segundos, el mundo exterior dejó de existir.

No había familias enfrentadas, diferencias sociales ni amenazas.

Solo estaban ellos dos.

Cuando Tianming se apartó, apoyó suavemente la frente contra la de ella.

—Ahora sí puedo respirar tranquilo —murmuró.

Jiang Mei soltó una pequeña risa emocionada.

—Eres imposible.

—Eso me han dicho alguna vez.

—Deberías estar en la mansión.

—¿Quieres que me vaya?

Ella abrió los ojos.

La pregunta, pronunciada sin exigencias, la tomó desprevenida.

Quería decirle que no.

Quería pedirle que se quedara un poco más, que se sentara junto a ella y le contara cómo había transcurrido la recepción.

Quería preparar algo caliente para que bebiera y comprobar que sus heridas estuvieran sanando correctamente.

Pero también recordaba la visita de su madre.

Y aquellas palabras regresaron con toda su fuerza.

«Una relación como esta puede arruinar el futuro de Tianming».

Jiang Mei apartó lentamente las manos de su camisa.

—Tenemos que hablar.

La sonrisa desapareció del rostro de él.

—Eso pensé cuando no te vi esta noche.

Ella bajó la mirada.

—Lo siento.

—No quiero que te disculpes. Quiero saber qué está pasando.

Tianming se sentó en el sofá mientras Jiang Mei iba a la cocina a buscar agua.

Al regresar, lo encontró intentando acomodarse sin apoyar demasiado la espalda.

Dejó inmediatamente el vaso sobre la mesa.

—¿Te duele?

—Un poco.

—Déjame ver.

—No hace falta.

—Tianming.

Él reconoció aquel tono.

Era el mismo que había utilizado en la selva cuando, a pesar de sus protestas, insistía en limpiarle las heridas y cambiarle los vendajes.

Al final se rindió.

Jiang Mei lo ayudó a quitarse la chaqueta y observó con cuidado la zona donde la camisa rozaba las vendas.

No había sangre fresca, pero parte del vendaje estaba desplazado.

—Has pasado demasiadas horas de pie —dijo con evidente preocupación—. El médico fue muy claro.

—Tenía que asistir a la recepción.

—Y después debías descansar.

—Después tenía que venir aquí.

Ella lo miró con impotencia.

—No puedes seguir haciendo lo que quieres sin pensar en tu salud.

Tianming se quedó observándola.

Había soportado durante toda la noche incontables preguntas sobre su recuperación. Muchos invitados le habían expresado su preocupación, aunque rápidamente cambiaban de tema para hablar de inversiones o contratos.

Pero Jiang Mei era diferente.

Su preocupación se reflejaba en cada movimiento, en cada pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando examinaba las vendas.

No había interés ni cálculo en sus ojos.

Solo miedo de que él volviera a sufrir.

Tianming alargó una mano y sujetó suavemente su muñeca.

—Jiang Mei.

—¿Qué?

—Mírame.

Ella obedeció.

—¿Por qué no viniste a la cena?

Su expresión cambió.

—Ya te expliqué que no me encontraba bien.

—No estabas enferma.

Jiang Mei guardó silencio.

—Y desde que regresamos me estás evitando.

—No es verdad.

—Ayer te invité a comer y dijiste que tenías trabajo. Hoy rechazaste venir a la mansión. Cuando te llamo, hablas conmigo como si siguiéramos siendo únicamente jefe y empleada.

Cada frase le dolía un poco más.

Porque todo era cierto.

—No sé de qué manera acercarme a ti si cada vez que lo intento das un paso atrás —continuó Tianming—. Si he hecho algo que te ha herido, quiero saberlo.

Ella negó rápidamente.

—Tú no has hecho nada malo.

—Entonces, ¿qué ocurre?

Jiang Mei apretó las manos sobre sus rodillas.

Durante unos segundos pareció debatirse entre contarle la verdad o seguir guardando silencio.

Finalmente, preguntó:

—¿Tu madre te dijo que vino a verme esta tarde?

La expresión de Tianming se volvió seria.

—No.

La joven sintió que el estómago se le encogía.

Había esperado que él estuviera al corriente de aquella visita.

—La señora Song vino a hablar conmigo.

—¿Qué te dijo?

Jiang Mei respiró profundamente.

No quería convertir a su madre en una enemiga.

En realidad, Lin Ruolan no la había insultado ni levantado la voz. Había hablado con cortesía, incluso con cierta tristeza.

Y quizá por eso sus palabras le habían dolido tanto.

—Me explicó que tu familia tiene ciertas expectativas sobre tu matrimonio.

Tianming permaneció inmóvil.

—Sigue.

—Que eres el único heredero. Que tu futuro no depende únicamente de tus deseos. Que tu esposa tendrá responsabilidades importantes y que una relación como la nuestra podría provocar problemas para ti y para la empresa.

Su voz comenzó a temblar.

—No dijo que yo fuera una mala persona. Solo me hizo comprender que quizá no pertenezco a tu mundo.

Tianming apretó lentamente la mandíbula.

No necesitó escuchar más para entender lo que había ocurrido.

—¿Te pidió que te alejaras de mí?

Jiang Mei tardó demasiado en responder.

—Me pidió que pensara en lo que era mejor para ti.

Él dejó escapar una respiración contenida.

Así que aquella era la razón.

La mujer que se había enfrentado a peligros mortales sin retroceder llevaba varios días alejándose porque alguien le había hecho creer que amarle era perjudicial para él.

—Jiang Mei, escúchame.

Ella levantó la mirada.

—Mi madre puede tener sus opiniones. Mi padre también. Pero ninguno de los dos tiene derecho a decidir por nosotros.

—Son tus padres.

—Lo sé.

—Te han criado, te han dado oportunidades, han construido todo lo que ahora tienes.

—Y nunca he dejado de agradecérselo.

—Entonces, ¿cómo puedes ignorar lo que sienten?

Tianming guardó silencio un instante.

Comprendía su preocupación. De hecho, había sido precisamente ese sentido de responsabilidad lo que lo había mantenido obedeciendo las exigencias de su padre durante tantos años.

Pero aquella noche había llegado a un límite.

—No quiero ignorarlos —respondió—. Quiero que comprendan que también tengo derecho a elegir mi propia vida.

Jiang Mei negó suavemente.

—Es fácil decirlo ahora. Pero ¿qué pasará cuando tengas que enfrentarte a ellos de verdad?

Tianming la miró fijamente.

—Ya lo he hecho.

La joven se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

—Mi padre me llamó mientras venía hacia aquí.

—¿Y?

—Me ordenó regresar. Le dije que no.

Jiang Mei sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

—Tianming…

—Después amenazó con intervenir si seguíamos juntos.

Ella palideció.

Él le tomó las manos.

—Le advertí que no permitiría que te hiciera daño.

—¡No deberías haber hecho eso!

La reacción sorprendió a Tianming.

Jiang Mei retiró las manos y se puso de pie.

—¡Es tu padre! ¡No puedes enfrentarte a él por mi culpa!

—No fue por tu culpa.

—¡Pero todo empezó por mí!

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Durante toda la tarde había intentado convencerse de que mantener las distancias impediría precisamente aquella situación.

Y ahora descubría que el enfrentamiento que más temía ya había ocurrido.

—No quiero que pierdas a tu familia —susurró.

Tianming se levantó despacio.

El movimiento hizo que una punzada le atravesara la espalda, pero no permitió que ella lo notara.

—No voy a perder a mi familia por quererte.

—No puedes estar seguro.

—Lo que sí sé es que no pienso perderte por obedecer una decisión que otros han tomado por mí.

Jiang Mei lo miró con desesperación.

—No entiendes lo que está en juego.

—Lo entiendo perfectamente.

Se acercó un paso.

—Le dije a mi padre que, si era necesario, renunciaría a todo.

La joven sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿A todo?

—A mi puesto. A mis privilegios. A todo lo que él crea que puede utilizar para obligarme a dejarte.

—No…

Ella retrocedió horrorizada.

—Tianming, no puedes hacer eso.

—Puedo empezar de nuevo.

—¡No se trata de dinero!

Su voz se quebró.

—Es tu vida. Son todos los años que has trabajado para llegar hasta donde estás. Tu empresa, tus empleados, tu esfuerzo…

Las lágrimas terminaron deslizándose por sus mejillas.

—No quiero convertirme en la razón por la que pierdas todo eso.

Tianming sintió una profunda tristeza al escucharla.

Jiang Mei no estaba preocupada por la posibilidad de perder una vida de lujos.

Ni siquiera había pensado en lo que significaría para ella convertirse en la pareja de un hombre sin aquella fortuna.

Solo temía perjudicarlo.

Y eso lo convenció todavía más de que había elegido a la mujer correcta.

Se acercó lentamente.

—¿Recuerdas lo que ocurrió en la selva?

Ella bajó la cabeza.

¿Cómo iba a olvidarlo?

Recordaba la humedad sofocante, el miedo, los sonidos de animales en la oscuridad y el rostro pálido de Tianming mientras luchaba por mantenerse consciente.

Recordaba haberle sujetado la mano cuando él apenas podía caminar.

Y, sobre todo, recordaba aquel instante en que comprendió que ambos podían morir antes de recibir ayuda.

—Cuando te pedí que me dejaras atrás —continuó él—, ¿qué hiciste?

Jiang Mei tragó saliva.

—Me quedé contigo.

—¿Por qué?

No respondió.

—Podrías haber buscado ayuda sola. Habrías tenido más posibilidades de salir de allí. Pero decidiste quedarte.

—No podía abandonarte.

—Eso mismo siento yo ahora.

La joven levantó los ojos.

—No es lo mismo.

—Para mí sí lo es.

Tianming la miró con una intensidad que hizo que volviera a temblar.

—Tú arriesgaste tu vida por mí. ¿De verdad crees que voy a renunciar a nosotros porque alguien me amenace con quitarme una empresa?

Jiang Mei comenzó a llorar en silencio.

Él levantó una mano para secarle las lágrimas.

—No necesito que me salves de mis propias decisiones. Solo necesito saber si tú también quieres estar conmigo.

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Y esta vez no había una madre, un padre ni un apellido detrás de ella.

Solo un hombre esperando la respuesta de la mujer que amaba.

Mientras tanto, en la mansión Song, Lin Ruolan seguía sentada en el salón.

El té se había enfriado.

Su marido había subido al dormitorio después de descargar toda su ira contra ella, acusándola de haber malcriado a su único hijo.

Ruolan no había respondido.

Había pasado más de treinta años haciendo lo mismo.

Callar para evitar discusiones.

Ceder para preservar la paz familiar.

Aceptar decisiones que no compartía porque siempre le habían enseñado que una buena esposa debía proteger la armonía del hogar.

Sin embargo, aquella noche las palabras de Tianming seguían resonando en su cabeza.

«Renunciaré a todo».

No lo había escuchado hablar así jamás.

Ni siquiera cuando era un niño.

Recordó una noche de muchos años atrás.

Tianming apenas tenía diez años y llevaba varias horas estudiando matemáticas después de una jornada agotadora.

Ella había entrado en su habitación y lo había encontrado sentado ante el escritorio, con los ojos enrojecidos por el cansancio.

—Cariño, ya es muy tarde. Ve a dormir.

El pequeño había negado con la cabeza.

—Papá dijo que tenía que terminar.

—Puedes hacerlo mañana.

—Si no lo termino, se enfadará contigo.

Aquella respuesta le había partido el corazón.

Su hijo no tenía miedo de que lo castigaran a él.

Tenía miedo de que su padre la responsabilizara a ella.

Desde entonces, Tianming se había esforzado por convertirse en el heredero perfecto.

Aprendió idiomas, economía, finanzas y administración. Asistió a reuniones donde todos los presentes tenían el triple de su edad. Soportó críticas que habrían destrozado la confianza de cualquier otro muchacho.

Nunca pidió vacaciones.

Nunca protestó por las expectativas depositadas sobre sus hombros.

Y cuando finalmente se convirtió en un empresario respetado, su padre actuó como si aquel éxito fuera simplemente el cumplimiento de una obligación.

Ruolan cerró los ojos.

¿Cuántas veces había visto sonreír de verdad a su hijo?

Podía contar esos momentos con los dedos.

Pero desde que Jiang Mei había aparecido en su vida, algo había cambiado.

Tianming hablaba de ella de una manera distinta.

Su expresión se suavizaba cuando escuchaba su nombre.

Incluso después del terrible accidente en la selva, cuando la familia temía por su supervivencia, sus primeras preguntas habían sido por la seguridad de aquella muchacha.

Ruolan había visto muchas parejas casarse por conveniencia.

Ella misma pertenecía a un mundo donde las uniones se negociaban casi como contratos.

Había crecido convencida de que el amor era un lujo secundario y de que el matrimonio debía asegurar estabilidad, prestigio y alianzas.

Nunca había cuestionado seriamente aquellas ideas.

Hasta ahora.

Porque su hijo lo tenía prácticamente todo.

Dinero.

Poder.

Reconocimiento.

Y, sin embargo, había sido necesario conocer a Jiang Mei para que empezara a parecer verdaderamente feliz.

Ruolan se secó una lágrima.

Esa misma tarde había acudido a casa de la joven con la intención de proteger el futuro de Tianming.

¿Y si, sin darse cuenta, había estado a punto de destruir lo único que realmente le importaba?

Miró hacia la escalera por la que había desaparecido su marido.

Por primera vez en muchos años, no sintió únicamente temor a su enfado.

Sintió también una profunda vergüenza por su propio silencio.

Había enseñado a su hijo a ser fuerte.

Pero nunca le había demostrado que su madre fuera capaz de serlo por él.

En la pequeña casa de la calle Jardín, Jiang Mei continuaba frente a Tianming.

Él todavía esperaba su respuesta.

—Dime la verdad —insistió suavemente—. ¿Quieres que me aleje?

Ella negó con la cabeza casi de inmediato.

—No.

—¿Quieres terminar nuestra relación?

—No.

La segunda respuesta salió entre lágrimas.

—Entonces, ¿qué quieres?

Jiang Mei tardó unos segundos en encontrar las palabras.

—Quiero que puedas volver a casa sin discutir con tu padre. Quiero que tu madre deje de preocuparse. Quiero que te recuperes de tus heridas y que no tengas que elegir entre las personas que amas.

Su voz tembló.

—Y también quiero estar contigo.

Tianming sintió que algo se aflojaba en su pecho.

Era la primera vez que ella pronunciaba aquel deseo sin esconderlo detrás de una excusa.

—Entonces empezaremos por eso —respondió.

—Pero tu familia…

—Resolveremos las cosas con mi familia cuando llegue el momento.

—¿Y si nunca me aceptan?

Él reflexionó antes de contestar.

No quería ofrecerle promesas fáciles.

Sabía perfectamente de lo que su padre era capaz. Tampoco ignoraba el peso que tenían las tradiciones y los intereses empresariales en su entorno.

El futuro no iba a ser sencillo.

—No puedo prometerte que mañana todo será diferente —reconoció—. Mi padre lleva toda una vida creyendo que puede decidir por los demás. Y mi madre ha pasado demasiados años teniendo miedo de contradecirlo.

Jiang Mei escuchó atentamente.

—Pero sí puedo prometerte algo —continuó—. No voy a pedirte que soportes humillaciones para demostrarme que me quieres. Tampoco voy a esconderte como si nuestra relación fuera algo vergonzoso.

Ella lo miró sorprendida.

—Eres el director general de una gran empresa. Hay cosas que debes tener en cuenta.

—Claro que las hay. Por eso no voy a actuar de manera irresponsable.

Tianming le tomó las manos nuevamente.

—Si tenemos que proteger nuestra intimidad, lo haremos. Si necesitamos tiempo para hablar con mi familia, lo tendremos. Pero no permitiré que la reputación de una empresa se convierta en una excusa para tratarte como alguien inferior.

Jiang Mei sintió que la garganta se le cerraba.

Había esperado que él le dijera que todo saldría bien.

Que su padre terminaría aceptándola.

Que la diferencia entre sus mundos no significaba nada.

Sin embargo, aquellas palabras eran mucho más valiosas.

Tianming no estaba negando los problemas.

Le estaba diciendo que no tendría que enfrentarse a ellos sola.

—Tengo miedo —confesó finalmente.

—Lo sé.

—Mucho.

Él levantó una mano y apartó un mechón húmedo de su rostro.

—Yo también.

Jiang Mei abrió los ojos, sorprendida.

Nunca había imaginado que aquel hombre admitiría algo así.

—¿Tú?

Tianming sonrió con tristeza.

—Pensé que iba a morir en aquella selva. Pero cuando recuperé el conocimiento y no te encontré a mi lado, tuve más miedo del que quiero recordar.

Ella sintió una punzada en el corazón.

—Tianming…

—Y estas últimas semanas he vuelto a sentir algo parecido. Cada vez que te alejabas de mí, no sabía si era porque te arrepentías de lo que había ocurrido entre nosotros.

—Jamás me he arrepentido.

Las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas.

Él se quedó inmóvil.

Jiang Mei respiró profundamente.

Ya no quería seguir escondiéndose.

—Lo único que me asusta es cuánto te quiero.

La expresión de Tianming cambió por completo.

Durante un instante pareció incapaz de hablar.

Ella bajó los ojos, avergonzada por la intensidad de su propia confesión.

—Nunca pensé que me enamoraría de alguien como tú. Al principio eras mi jefe. Después te convertiste en una persona a la que respetaba, a quien admiraba…

Sonrió débilmente.

—Y en algún momento dejé de pensar en ti como el director general.

Alzó la mirada.

—Empecé a preocuparme por si habías comido, si dormías lo suficiente, si estabas cansado. Me descubrí esperando tus llamadas. Y cuando estuvimos en peligro, comprendí que no podía imaginar un futuro en el que tú ya no estuvieras.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Te quiero, Tianming. Por eso tengo tanto miedo de hacerte daño.

Él la abrazó con cuidado.

Jiang Mei apoyó la frente contra su pecho, procurando no tocar la zona lesionada.

Por primera vez en varios días dejó de contener el llanto.

Tianming permaneció en silencio, acariciándole suavemente el cabello.

No intentó convencerla de que dejara de llorar.

Simplemente estuvo allí.

Cuando ella consiguió tranquilizarse, él se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Escúchame bien, Jiang Mei.

La joven asintió.

—No eres una carga para mí. Y no tienes que ganarte el derecho a estar a mi lado.

Hizo una pequeña pausa.

—Si algún día dejo mi puesto, será porque yo lo haya decidido. Si discuto con mi padre, será porque hay cosas en las que no estamos de acuerdo. No voy a permitir que cargues con la culpa de mis decisiones.

Jiang Mei dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Eres demasiado terco.

—Eso también me lo han dicho.

Ella soltó una risa entre lágrimas.

—Y arrogante.

—En ocasiones.

—Y autoritario.

—Estoy intentando mejorar.

Esta vez los dos sonrieron.

Era la primera sonrisa sincera que compartían desde su regreso.

El reloj del salón marcaba ya las once y media.

Jiang Mei observó cómo Tianming volvía a sentarse con cierta dificultad.

—Te está doliendo la espalda otra vez.

—Puedo soportarlo.

—Esa no era la pregunta.

Él suspiró, resignado.

—Sí. Me duele.

—Por fin una respuesta sensata.

Fue a buscar el pequeño botiquín que guardaba en un armario.

Tianming la siguió con la mirada.

Aquella escena le resultaba extrañamente familiar.

Durante la recuperación en la selva, cuando estaban aislados y disponían de muy pocos recursos, Jiang Mei había cuidado de él con una dedicación incansable.

Sus manos temblaban cuando veía sangre, pero nunca se apartaban.

Y cuando él le preguntaba si tenía miedo, siempre respondía que no.

Ahora sabía que había mentido.

Había estado aterrorizada todo el tiempo.

Aun así, se había quedado.

Jiang Mei regresó con el botiquín.

—Voy a revisar que el vendaje no se haya movido demasiado. Si está mal, tendrás que ir al médico mañana.

—De acuerdo.

—Y nada de trabajar hasta tarde.

—Lo intentaré.

—Ni de asistir a reuniones interminables.

—Eso será más complicado.

—Ni de aparecer en mi casa a las once de la noche amenazando con saltar muros.

Tianming la miró con una expresión inocente poco convincente.

—Funcionó.

—¡Tianming!

Él soltó una carcajada.

Jiang Mei se quedó observándolo.

Era un sonido que raramente escuchaba.

No aquella risa educada que utilizaba delante de los inversores.

Tampoco la sonrisa irónica con la que acostumbraba a cerrar una discusión.

Era una risa auténtica.

Espontánea.

Por un instante, le pareció imposible que el hombre que tenía enfrente fuera el mismo director general al que tantos empleados temían contrariar.

Entonces comprendió algo.

Durante muchos años, Tianming había tenido que representar el papel de heredero perfecto.

Ante su padre debía ser obediente.

Ante sus empleados, infalible.

Ante sus competidores, implacable.

Ante el público, impecable.

Pero allí, en su pequeña casa, podía limitarse a ser un hombre cansado que necesitaba descansar.

Jiang Mei cerró el botiquín.

—El vendaje está bien. Pero tienes que irte a dormir.

Él levantó la vista.

—¿Me estás echando?

—Estoy intentando evitar que termines en el hospital.

—Qué manera tan poco romántica de tratar a un hombre que acaba de declararte su amor.

Ella enrojeció.

—No te has declarado exactamente.

Tianming se quedó quieto.

—¿Ah, no?

—Has dicho muchas cosas —murmuró Jiang Mei—, pero eso no.

La joven se arrepintió de sus palabras apenas las pronunció.

Tianming la observó durante unos segundos.

Después se puso de pie.

Esta vez lo hizo despacio, para evitar que las heridas le molestaran.

Se colocó frente a ella y tomó sus manos.

—Entonces tendré que corregir ese error.

Jiang Mei sintió que las mejillas le ardían.

Él retiró sus gafas y las dejó cuidadosamente sobre la mesa.

Sin la montura dorada, su mirada parecía todavía más profunda.

—Jiang Mei, te quiero.

Tres palabras.

Sencillas.

Directas.

Pero pronunciadas por un hombre que había pasado más de treinta años escondiendo sus emociones, tenían el peso de una promesa.

—Te quiero desde antes de saber cómo decirlo —continuó—. Y no porque me hayas salvado la vida. No quiero que confundas mi amor con gratitud.

La joven lo escuchó sin atreverse a respirar.

—Me enamoré de ti porque eres valiente incluso cuando estás asustada. Porque te preocupas por los demás aunque tú misma estés sufriendo. Porque no me tratas como al heredero de los Song cuando estamos solos.

Su voz se volvió más suave.

—Contigo no tengo que demostrar nada. Puedo estar cansado, equivocarme, sentir miedo. Puedo ser simplemente Tianming.

Los ojos de Jiang Mei volvieron a humedecerse.

Él le acarició los dedos.

—Y quiero seguir siendo ese hombre a tu lado, durante mucho tiempo.

La joven no pudo responder inmediatamente.

Sentía que, si abría la boca, comenzaría a llorar otra vez.

Así que se acercó y lo besó.

Fue ella quien dio el primer paso.

Tianming pareció sorprenderse apenas un segundo antes de corresponderle con una ternura que hizo que ambos olvidaran el resto del mundo.

Cuando se separaron, Jiang Mei apoyó la mano sobre su pecho.

—Yo también te quiero.

Él sonrió.

—Lo sé.

—¡Qué arrogante eres!

—Acabas de recordármelo.

Jiang Mei rio de nuevo.

Por primera vez aquella noche, se sintió verdaderamente tranquila.

En ese mismo instante, en la mansión Song, Lin Ruolan subió lentamente las escaleras.

La puerta del despacho de su marido permanecía entreabierta.

Desde el interior escuchó su voz.

—No quiero explicaciones. Averigüen qué está haciendo esa muchacha y con quién se relaciona.

Ruolan se detuvo en seco.

Zhengguo hablaba por teléfono.

—No permitiré que mi hijo desperdicie su futuro por una empleada. Si cree que puede desafiarme, tendrá que aprender que todas las decisiones tienen consecuencias.

La mujer sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Estuvo a punto de entrar.

De suplicarle que no hiciera nada.

De intentar convencerlo, una vez más, de que Tianming necesitaba tiempo.

Pero recordó el rostro de su hijo cuando era pequeño.

Recordó aquellas noches de estudio.

Aquella infancia sin juegos.

Aquella obediencia construida sobre el miedo a decepcionar a su padre.

Y comprendió que guardar silencio nuevamente sería convertirse en cómplice de la misma historia.

Retrocedió sin hacer ruido.

Regresó al dormitorio, cerró la puerta y tomó su teléfono móvil.

Durante unos instantes contempló el nombre de Tianming en la pantalla.

No quería interrumpirlo.

Sabía que estaba con Jiang Mei y que probablemente era la primera vez en toda la noche que se encontraba en paz.

Finalmente, escribió un mensaje.

«Hijo, debemos hablar mañana. Tu padre sigue muy enfadado. Por favor, no tomes decisiones precipitadas».

Se detuvo.

Luego añadió algo que nunca antes se había atrevido a decirle.

«Y perdóname por haber hecho que Jiang Mei sintiera que no era suficiente para ti».

Ruolan leyó aquellas palabras varias veces.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Después pulsó enviar.

En la calle Jardín, el teléfono de Tianming vibró sobre la mesa.

Jiang Mei fue la primera en verlo.

—Es tu madre.

Tianming tomó el aparato.

Al leer el mensaje, su expresión cambió.

Jiang Mei se preocupó inmediatamente.

—¿Ha ocurrido algo?

Él permaneció en silencio unos segundos.

Luego le mostró la pantalla.

La joven leyó aquellas líneas despacio.

Cuando terminó, se quedó mirando el mensaje con una mezcla de sorpresa y emoción.

—No esperaba que me pidiera perdón —susurró.

—Mi madre no es una mala persona —respondió Tianming—. Solo ha vivido demasiado tiempo creyendo que debe obedecer siempre a mi padre.

Jiang Mei asintió.

Recordaba perfectamente la tristeza que había visto en los ojos de aquella mujer durante su conversación.

No había sido una visita agradable, pero tampoco había sentido crueldad en ella.

Solo miedo.

Miedo al escándalo.

A la ruptura familiar.

A un futuro diferente del que había imaginado para su hijo.

—Quizá deberíamos darle tiempo —dijo.

Tianming la observó con ternura.

Incluso después de haber sido herida, Jiang Mei seguía intentando comprender a los demás.

—Lo haremos —respondió—. Pero esta vez tomaremos nuestras propias decisiones.

Ella entrelazó sus dedos con los de él.

—Juntos.

Tianming apretó suavemente su mano.

—Juntos.

En ese momento comprendió que la conversación que acababan de tener era mucho más importante que cualquiera de los acuerdos millonarios que había firmado a lo largo de su carrera.

No habían solucionado sus problemas.

Su padre seguía oponiéndose a la relación.

Su madre apenas comenzaba a cuestionar las normas que siempre había aceptado.

Y nadie podía garantizar que al día siguiente no aparecieran nuevos obstáculos.

Pero algo fundamental había cambiado.

Jiang Mei ya no estaba intentando alejarse para protegerlo.

Y él había dejado de creer que debía cargar con todas las dificultades sin compartirlas.

Por primera vez, estaban eligiendo enfrentarse al futuro como una pareja.

Poco antes de medianoche, Tianming se preparó para marcharse.

Jiang Mei insistió en acompañarlo hasta la verja.

—Prométeme que irás directamente a descansar.

—Te lo prometo.

—Y que mañana llamarás al médico si sigue doliéndote la espalda.

—También.

—Y que no discutirás con tu padre apenas lo veas.

Tianming hizo una pausa.

—Eso no puedo prometerlo.

Ella suspiró.

—Al menos intenta hablar con calma.

—Lo intentaré.

Jiang Mei le acomodó cuidadosamente el cuello de la camisa.

Él la miraba en silencio.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada.

—Me estás mirando de una manera extraña.

Tianming sonrió.

—Estaba pensando que hace unas horas no sabía si volverías a dejarme acercarme a ti.

El corazón de Jiang Mei se contrajo.

—Siento haberte preocupado.

—No vuelvas a desaparecer detrás de esas respuestas educadas que utilizas en la oficina.

Ella dejó escapar una pequeña risa.

—Eres mi jefe.

—Fuera de la oficina, prefiero que me llames Tianming.

—¿Y dentro?

Él fingió pensarlo.

—También.

—Eso escandalizaría a media empresa.

—Que se acostumbren.

Jiang Mei negó con la cabeza, divertida.

Cuando llegaron a la verja, Tianming se volvió hacia ella.

—Hay algo más que quiero pedirte.

Su expresión se volvió seria.

—Cuando alguien vuelva a decirte que no eres adecuada para mí, no lo creas.

Jiang Mei sintió un nudo en la garganta.

—Tianming…

—No necesito una esposa que me proporcione contactos empresariales o que tenga un apellido famoso. Tampoco necesito a alguien que siempre esté de acuerdo conmigo.

Le sostuvo la mirada.

—Necesito a una mujer con la que pueda construir una vida. Y esa mujer eres tú.

Jiang Mei se llevó una mano a los labios.

No pudo impedir que una lágrima resbalara por su mejilla.

Él se la secó con el pulgar.

—Así que no permitas que nadie te convenza de que debes dejarme por mi propio bien.

Ella asintió lentamente.

—De acuerdo.

—¿Me lo prometes?

Jiang Mei respiró profundamente.

Pensó en la conversación con su madre.

En las diferencias que los separaban.

En el futuro incierto.

Después recordó la selva, aquellas noches oscuras en las que ambos habían aprendido que la vida podía cambiar de un instante a otro.

Y entendió que no quería desperdiciar el tiempo que les había sido concedido.

—Te lo prometo.

Tianming inclinó la cabeza y depositó un beso en su frente.

Después caminó hacia el automóvil.

Antes de subir, miró una vez más hacia ella.

Jiang Mei seguía junto a la verja, envuelta en su sencillo pijama, con el cabello todavía algo húmedo y los ojos brillantes.

Levantó una mano para despedirse.

Él correspondió al gesto.

Cuando el Maybach se puso en marcha, Tianming continuó mirando por la ventanilla hasta que la pequeña figura desapareció en la distancia.

Su espalda seguía doliéndole.

Estaba agotado.

Y al día siguiente tendría que afrontar uno de los conflictos más difíciles de su vida.

Sin embargo, por primera vez desde su regreso, sintió una paz que no había encontrado ni siquiera entre las paredes de su lujosa mansión.

Jiang Mei permaneció unos instantes junto a la verja después de que el automóvil desapareciera.

La calle estaba desierta.

Una brisa fresca movió ligeramente los árboles del jardín.

Regresó a casa, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

Su corazón todavía latía deprisa.

Se llevó los dedos a los labios y sonrió sin darse cuenta.

Aquella noche había estado a punto de rechazarlo.

Había estado a punto de permitir que el miedo decidiera por ella.

Pero Tianming había llegado con el rostro cansado, el cuerpo herido y una determinación que ninguna amenaza había conseguido debilitar.

Y, más importante todavía, había sabido escucharla.

Jiang Mei comprendió entonces que amar no significaba exigir que el otro sacrificara todo por uno.

Tampoco significaba apartarse sin preguntar, creyendo que así se protegía a la persona amada.

Amar era aprender a enfrentar los problemas juntos, incluso cuando el futuro no ofrecía ninguna garantía.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Tianming.

«Ya estoy de camino. Cierra bien la puerta y descansa».

Jiang Mei respondió inmediatamente.

«Tú también. Y no olvides tus medicamentos».

La respuesta llegó unos segundos después.

«Sí, señora».

Ella soltó una carcajada.

El hombre al que cientos de empleados trataban con absoluto respeto acababa de obedecer sus instrucciones como un niño travieso.

Apagó las luces del salón y subió a su dormitorio.

Antes de acostarse, miró una última vez el teléfono.

Escribió un mensaje breve.

«Gracias por venir esta noche. Te quiero».

Esta vez no hubo dudas ni arrepentimiento al enviarlo.

Al otro lado de la ciudad, Tianming leyó aquellas palabras desde el asiento trasero del automóvil.

Durante varios segundos permaneció contemplando la pantalla.

Después respondió:

«Yo también te quiero. Mucho más de lo que imaginas».

Guardó el teléfono y cerró los ojos.

Durante años, había creído que el éxito consistía en conquistar el mundo que su padre había construido para él.

Aquella noche comprendió que había algo mucho más importante.

No necesitaba ser dueño de un imperio para sentirse un hombre afortunado. Le bastaba con saber que, al final de un día difícil, existía alguien que lo esperaba, se preocupaba por él y lo amaba sin importarle su apellido.

Y por primera vez en su vida, Song Tianming no tenía miedo de perder su fortuna.

Tenía una razón para luchar por su felicidad.

Aunque la batalla más difícil contra su propia familia apenas estuviera comenzando.

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