EL DÍA QUE DEJÉ DE ESPERARLO, MI NOVIO DESCUBRIÓ QUE ESTABA A PUNTO DE PERDERME

PARTE 2

Contemplé la fotografía durante varios minutos.

Lin Han estaba sentado en un sofá gris, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Zhou Yue descansaba sobre su hombro y llevaba puesta la misma chaqueta que él le había prestado junto al lago.

Detrás de ellos reconocí el salón privado de un restaurante cercano a la universidad.

La fotografía podría haber sido inocente. Quizá él se había quedado dormido después de una celebración agotadora. Quizá Zhou Yue se había acomodado a su lado sin que se diera cuenta.

Tres años atrás me habría aferrado desesperadamente a cualquiera de esas explicaciones.

Aquella noche, no.

Guardé la imagen y escribí una sola respuesta:

«Gracias por avisarme».

El número desconocido tardó unos segundos en contestar.

«¿Eso es todo?».

No respondí.

Mi mejor amiga, Xu Hong, salió del dormitorio con una manta.

—¿Por qué sigues despierta?

Le enseñé el teléfono.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Voy a llamar a ese miserable.

—No hace falta.

—Lu Wan, llevan tres años juntos. ¿Vas a permitir que te traten así?

Dejé el móvil sobre la mesa.

—No estoy permitiendo nada. Estoy terminando con él.

Xu Hong abrió la boca, pero no encontró qué decir.

Durante los últimos tres años me había visto esperar llamadas, cancelar planes y justificar ausencias. Me había escuchado repetir que Lin Han no era insensible, solo tenía dificultades para expresar sus sentimientos.

Quizá le resultaba extraño verme tan tranquila.

Pero no era tranquilidad.

Era agotamiento.

—Mañana presentaré los documentos de la beca —añadí—. Cuando todo esté resuelto, hablaré con él.

Xu Hong se sentó a mi lado.

—¿De verdad quieres irte?

Pensé en las largas tardes estudiando para los exámenes de idiomas. En los proyectos de investigación que había preparado durante meses. En la carta de recomendación que mi profesora había escrito después de insistir durante semanas en que debía presentarme.

Yo había dejado aquella oportunidad en suspenso porque Lin Han planeaba quedarse.

Había imaginado que, cuando termináramos la carrera, encontraríamos trabajo en la misma ciudad. Que alquilaríamos un apartamento pequeño y aprenderíamos a vivir juntos.

El problema era que yo había construido sola todos esos planes.

—Sí —respondí—. Esta vez estoy segura.

A la mañana siguiente, Lin Han me envió un mensaje.

«¿Ya estás mejor?».

Lo miré mientras esperaba en la oficina de relaciones internacionales.

La secretaria acababa de entregarme un formulario.

—Necesitamos que confirme si acepta la plaza. El programa comienza dentro de seis semanas.

Tomé el bolígrafo.

—La acepto.

Firmé.

Solo entonces respondí a Lin Han.

«Tenemos que hablar. Mañana, a las cinco, en la cafetería frente a la biblioteca».

Su respuesta llegó casi inmediatamente.

«Mañana tengo trabajo. ¿Qué ocurre?».

«Es importante».

«Entonces dímelo por aquí».

Miré aquellas palabras.

Ni siquiera para una conversación importante podía concederme media hora.

Escribí:

«Quiero terminar nuestra relación».

Esta vez no hubo respuesta inmediata.

Pasaron cinco minutos.

Luego diez.

Finalmente, apareció una llamada entrante.

No contesté.

Lin Han volvió a llamar.

Después escribió:

«No bromees con esas cosas».

«No estoy bromeando».

«¿Es por Zhou Yue?».

Me sorprendió que la mencionara antes de que yo dijera nada.

«No es solo por ella».

«Te estás dejando llevar por los celos».

Observé el mensaje y sentí una extraña claridad.

Durante años había pensado que el mayor problema de nuestra relación era su incapacidad para comunicarse.

Pero Lin Han sabía hablar perfectamente cuando quería.

Simplemente había aprendido que, conmigo, unas pocas palabras bastaban para cerrar cualquier discusión.

«Mañana a las cinco», repetí.

Después guardé el teléfono.

Conocí a Lin Han durante nuestro primer año de universidad.

Era el estudiante más brillante de su promoción y también uno de los más difíciles de tratar.

Casi nunca participaba en actividades sociales. Comía solo, estudiaba solo y evitaba las conversaciones que no consideraba necesarias.

Nos conocimos cuando me asignaron como su compañera en un proyecto.

Al principio apenas me dirigía la palabra.

Yo, en cambio, hablaba demasiado.

Le contaba lo que había ocurrido en clase, le recomendaba canciones y le enviaba fotografías de los gatos que encontraba por el campus.

Un día, mientras trabajábamos hasta tarde en el laboratorio, sufrí una pequeña crisis de ansiedad antes de una presentación importante.

Lin Han no me preguntó qué me pasaba.

Simplemente se sentó frente a mí, abrió su ordenador y empezó a repasar conmigo cada diapositiva.

Permaneció allí hasta que recuperé la calma.

Después me acompañó a la residencia, aunque eso significaba caminar veinte minutos en dirección contraria.

Fue la primera vez que pensé que bajo su aparente frialdad había alguien extraordinariamente atento.

Meses más tarde, me confesé.

Él permaneció en silencio tanto tiempo que creí haberme equivocado.

Finalmente, respondió:

—Podemos intentarlo.

Yo fui inmensamente feliz.

No entendí que, para él, intentar algo no necesariamente significaba comprometerse a cuidarlo.

Durante tres años celebré sola cada pequeño avance.

La primera vez que me tomó de la mano en público.

La primera vez que recordó mi cumpleaños sin que se lo mencionara.

La primera vez que aceptó acompañarme al cine.

Recuerdo que regresé a la residencia después de aquella película y les dije a mis compañeras que tenía el mejor novio del mundo.

Una de ellas me preguntó:

—¿Qué hizo de especial?

Respondí emocionada:

—Vino conmigo aunque no le gustaba la película.

Ahora, al recordarlo, sentía vergüenza.

Había convertido una muestra mínima de consideración en una prueba gigantesca de amor.

Al día siguiente llegué a la cafetería diez minutos antes.

Pedí un té caliente y elegí una mesa junto a la ventana.

A las cinco y veinte, Lin Han todavía no había aparecido.

A las cinco y media recibí su mensaje.

«Ha surgido una reunión. Espérame un poco».

Lo leí sin sorpresa.

Antes habría pedido otro té.

Quizá habría esperado hasta que cerrara el local.

Aquella tarde saqué una hoja de papel y escribí unas líneas.

Cuando terminé, dejé dinero junto a la taza y me levanté.

Había dado apenas tres pasos cuando escuché mi nombre.

—¡Lu Wan!

Lin Han entraba apresuradamente.

Tenía el cabello ligeramente despeinado y todavía llevaba colgada del cuello su identificación del laboratorio.

Me miró con el ceño fruncido.

—¿Te ibas?

—Sí.

—Te dije que esperases.

—Y yo te dije que teníamos que hablar a las cinco.

Consultó su reloj.

—Solo llego media hora tarde.

—Treinta y siete minutos.

Pareció desconcertado.

—¿Desde cuándo te importa tanto eso?

Lo observé detenidamente.

Seguía siendo el mismo hombre del que me había enamorado: alto, atractivo, de ojos serenos y expresión distante.

Sin embargo, ya no sentí la necesidad de acercarme a él.

—Desde que entendí que mi tiempo también vale algo.

Lin Han guardó silencio.

Finalmente nos sentamos.

—Explícame qué está pasando —pidió.

Deslicé la fotografía por la mesa.

La contempló y frunció el ceño.

—¿Quién te envió esto?

—¿Es eso lo que te preocupa?

—Zhou Yue no tenía derecho a mandarte esa foto.

Su respuesta confirmó quién estaba detrás del número desconocido.

—Entonces sabes cuándo se tomó.

—Fue después de la celebración. Estábamos cansados. No ocurrió nada.

—¿Dormiste apoyado en ella?

—No lo sé. Me quedé dormido.

—¿Y por qué tenía tu teléfono cuando te llamé?

Se pasó una mano por el cabello.

—Lo dejé sobre la mesa. Ella respondió sin preguntarme.

—¿Te parece normal?

—Ya le dije que no volviera a hacerlo.

—¿Y qué le dijiste sobre mí?

Sus ojos se estrecharon.

—¿Qué quieres decir?

—Zhou Yue asegura que sigues conmigo porque no sabes cómo terminar la relación.

Por primera vez, Lin Han apartó la mirada.

Fue un gesto mínimo.

Pero lo conocía demasiado bien.

—¿Se lo dijiste?

—No exactamente.

Sentí un golpe seco en el pecho.

—Entonces, ¿qué dijiste exactamente?

Lin Han permaneció callado.

Me obligué a esperar.

Finalmente respondió:

—Me preguntaron por qué nunca hablaba de mi novia. Dije que nuestra relación era complicada.

—¿Y?

—Que últimamente apenas nos veíamos.

—¿Y?

Suspiró.

—Que no sabía si tenía sentido continuar.

Afuera comenzó a llover.

Las gotas resbalaban lentamente por el cristal, distorsionando las luces de la calle.

—Entiendo —murmuré.

Lin Han levantó la vista.

—Lu Wan, no significa que haya decidido dejarte.

Solté una pequeña risa.

—Qué generoso.

—No estoy siendo cruel.

—Llevas meses sin escribirme. Ocultas nuestra relación, dejas que otra chica responda tus llamadas y le dices a tus amigos que quizá no tiene sentido seguir conmigo. Pero cuando quiero terminar, resulta que estoy exagerando.

—Nunca dije que estuvieras exagerando.

—Dijiste que eran celos.

No respondió.

Saqué de mi bolso una pequeña caja azul.

La coloqué delante de él.

—Compré esto para tu cumpleaños.

Lin Han la abrió.

Dentro había una pluma estilográfica que llevaba meses buscando. Se había agotado en casi todas las tiendas y yo había utilizado parte de mis ahorros para conseguirla.

La tomó entre los dedos.

—¿Cómo la encontraste?

—Eso ya no importa.

Le enseñé la hoja que había escrito mientras esperaba.

—No hace falta que la firmes. No es un contrato. Solo quería ordenar mis pensamientos.

En el papel había una frase:

«No quiero seguir siendo la única persona que intenta mantener viva nuestra relación».

Lin Han la leyó dos veces.

—¿De verdad quieres romper conmigo?

—Sí.

—¿Por qué ahora?

Lo miré sin comprender.

—¿De verdad crees que esto empezó ayer?

Se quedó inmóvil.

—Lu Wan…

—No necesitas explicarme nada más.

Me levanté.

Él me sujetó suavemente de la muñeca.

—Dame unos días.

—¿Para qué?

—Para arreglarlo.

—Tuviste tres años.

Retiré la mano.

Y salí de la cafetería sin mirar atrás.

Durante los días siguientes, Lin Han empezó a aparecer en lugares donde nunca había estado.

Me esperaba a la salida de clase.

Me escribía por las mañanas.

Preguntaba si había desayunado y si había tomado la medicación.

Incluso apareció una tarde con sopa caliente frente a mi residencia.

Mis compañeras estaban sorprendidas.

—Tu novio parece otra persona —comentó una de ellas.

Yo también lo pensaba.

Pero esa transformación, lejos de emocionarme, me producía una tristeza profunda.

Porque demostraba que siempre había sido capaz de hacer aquellas cosas.

Simplemente no había querido hacerlas hasta que estuvo a punto de perderme.

La tercera tarde, cuando regresé de la biblioteca, encontré a Zhou Yue esperándome junto a la entrada.

Llevaba una falda clara y una chaqueta demasiado fina para el frío.

—Lu Wan, ¿podemos hablar?

—Si es sobre Lin Han, no tengo nada que decirte.

Ella me bloqueó el paso.

—Quiero explicarte lo que ocurrió aquella noche.

Me detuve.

—Te escucho.

Zhou Yue bajó la mirada.

—Yo estaba convencida de que él sentía algo por mí.

No dije nada.

—Al principio me rechazaba cuando lo invitaba a salir. Pero después empezó a aceptar. Me ayudaba con los proyectos, me acompañaba a casa y siempre se preocupaba por mí.

Sus palabras me resultaron dolorosamente familiares.

—Cuando le pregunté si tenía novia, dijo que sí —continuó—. Pero también dijo que últimamente casi no hablaban.

—Eso no significa que estuviera soltero.

Ella apretó los labios.

—Lo sé.

Por primera vez parecía incómoda.

—Mis amigas insistían en que él terminaría eligiéndome. Yo quería creerlo.

—¿Por eso respondiste mi llamada?

Zhou Yue asintió.

—Sabía que eras su novia. Vi tu nombre en una notificación antigua.

Se produjo un silencio.

—Entonces mentiste.

—Sí.

Me sorprendió su sinceridad.

—Cambié tu contacto por unos números antes de responder —confesó—. Pensé que si creías que él no te tenía guardada, te alejarías.

Sentí una punzada de rabia.

No porque hubiese conseguido engañarme.

Sino porque había utilizado una herida que ya existía.

Lin Han me había hecho sentir invisible mucho antes de que ella tocara su teléfono.

—¿Y la fotografía?

—También fui yo.

—¿Por qué me cuentas todo esto ahora?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque Lin Han me dijo que no quería volver a verme fuera del laboratorio. Se enfadó muchísimo al descubrir lo que hice. Me dijo que nunca había querido darme esperanzas.

Dejó escapar una risa amarga.

—Pero sí me las dio, Lu Wan. Quizá nunca me prometió nada, pero tampoco me apartó cuando me acercaba.

La observé durante un momento.

Zhou Yue no era una víctima inocente.

Había mentido deliberadamente y había intentado hacerme daño.

Sin embargo, eso no convertía a Lin Han en alguien que hubiera actuado correctamente.

—No voy a competir contigo —le dije—. Y tampoco voy a disculparlo porque tú hayas mentido.

Su rostro se tensó.

—¿Entonces todavía puedes perdonarlo?

—No quiero hacerlo.

La esquivé.

Antes de entrar, la escuché preguntar:

—¿De verdad ya no lo amas?

Me quedé quieta.

Era una pregunta mucho más difícil de responder de lo que ella imaginaba.

—Todavía me duele —admití—. Pero eso no significa que deba quedarme.

Una semana después recibí la confirmación definitiva de mi beca.

Había conseguido una plaza para cursar un máster de investigación en la Universidad de Edimburgo, con financiación para los estudios y una ayuda para alojamiento.

Mi madre lloró de alegría cuando se lo conté.

Mi padre quiso revisar personalmente cada documento, aunque yo ya lo había hecho varias veces.

Por primera vez en meses, las conversaciones familiares dejaron de girar alrededor de Lin Han.

Hablábamos de vuelos, residencias universitarias y ropa de abrigo.

Xu Hong me acompañó a comprar una maleta.

Mientras comparábamos tamaños, me preguntó:

—¿Ya se lo contaste?

—No.

—Se va a enterar.

—Lo sé.

—¿Y entonces?

Cerré una maleta grande y comprobé las ruedas.

—Entonces tendrá que aceptar que mi vida no gira alrededor de él.

Xu Hong sonrió.

—Esa es la Lu Wan que echaba de menos.

Lin Han descubrió la noticia dos días después.

Una profesora había publicado la lista de estudiantes seleccionados y varios compañeros me felicitaron.

Aquella noche, cuando salí de la biblioteca, lo encontré esperándome bajo una farola.

Tenía el rostro pálido.

—Te vas a Escocia.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando hubiese sido necesario.

Me miró como si no reconociera a la persona que tenía delante.

—Somos pareja desde hace tres años.

—Fuimos pareja.

—No puedes decidir algo así sin hablar conmigo.

Sentí que la paciencia se me agotaba.

—No necesito tu permiso para aceptar una beca.

—No estoy hablando de permisos. Hablo de nuestro futuro.

Me quedé mirándolo.

Nuestro futuro.

Durante tanto tiempo había esperado escucharlo utilizar aquellas palabras.

Ahora sonaban absurdas.

—¿Qué futuro, Lin Han? ¿El que nunca quisiste discutir conmigo?

Se acercó un paso.

—Pensaba que después de graduarnos podríamos quedarnos aquí. Ya tengo una oferta en el instituto de investigación. Tú también podrías encontrar trabajo.

—¿Y me lo habías preguntado?

—Pensé que querías quedarte.

—Quería quedarme contigo. No es lo mismo.

Lin Han bajó la cabeza.

Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de los coches al otro lado del campus.

—No sabía que te sentías así —murmuró.

Aquellas palabras me hicieron más daño que todas las anteriores.

—Te lo dije muchas veces.

Recordé las cenas canceladas y las llamadas sin respuesta.

Las ocasiones en que le preguntaba si podíamos pasar más tiempo juntos y él contestaba que estaba ocupado.

Las noches en que me decía que me sentía sola y él respondía que debía concentrarme en mis estudios.

—No me escuchabas —añadí.

Lin Han se llevó las manos a los bolsillos.

—Pensé que entenderías mi forma de ser.

—La entendí. Tanto que terminé olvidándome de la mía.

Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—No quiero perderte.

Apreté las correas de mi mochila.

—Ya me perdiste.

Dos noches antes de mi vuelo, alguien llamó a la puerta de casa.

Era Lin Han.

Mi madre lo dejó pasar con evidente incomodidad.

Yo estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de ropa y libros.

Él se detuvo al ver la maleta abierta.

Quizá hasta aquel momento no había comprendido que realmente iba a marcharme.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Mis padres se retiraron discretamente a la cocina.

Lin Han se arrodilló para quedar a mi altura.

Me tendió una pequeña bolsa.

Dentro estaba la pluma estilográfica que le había regalado.

—No puedo quedármela —dijo.

—Era tu regalo de cumpleaños.

—No la merezco.

La dejó sobre la mesa.

Después sacó su teléfono.

En la pantalla aparecía mi contacto.

Había vuelto a guardar mi nombre con el apodo de antes: Mi pequeño sol.

El mismo que yo le había pedido que utilizara cuando empezamos a salir.

—Zhou Yue me contó lo que hizo —explicó—. No sabía que había cambiado tu contacto.

—Lo sé.

—No tenía derecho a tocar mi teléfono.

—No.

Lin Han tragó saliva.

—Tampoco tenía derecho a hablarte como lo hizo.

Me mantuve en silencio.

—He pensado mucho en todo lo que me dijiste. Y tienes razón. Fui egoísta.

Sus ojos estaban enrojecidos.

—Al principio me acostumbré a que siempre fueras tú quien viniera a buscarme. Pensaba que eras feliz así. Después, cuando empezamos a estar ocupados, simplemente di por hecho que seguirías allí.

—Lo sé.

—Zhou Yue apareció en el laboratorio. Era insistente, divertida… Me gustaba sentir que alguien me admiraba.

Aquella confesión me atravesó el pecho.

No aparté la mirada.

—¿Te enamoraste de ella?

—No.

—¿Te gustaba?

Lin Han tardó en responder.

—Me gustaba su atención.

Asentí lentamente.

—Eso es lo que necesitaba saber.

—Lu Wan, nunca te fui infiel.

Su voz se quebró.

—Pero te hice sentir que no eras importante. Ahora lo entiendo.

Guardé una bufanda en la maleta.

—Hay formas de traicionar una relación sin besar a nadie.

Lin Han permaneció inmóvil.

—Quiero cambiar —dijo al fin—. Si necesitas tiempo, puedo esperarte. Incluso podríamos intentar mantener una relación a distancia.

Lo miré.

Tres años antes, aquellas palabras me habrían hecho llorar de felicidad.

Ahora únicamente sentí una tristeza serena.

—¿Sabes qué fue lo que más me dolió aquella noche en el hospital?

—Que me fuera con Zhou Yue.

Negué con la cabeza.

—No. Fue descubrir que estabas allí, que sabías que estaba enferma y que aun así elegiste marcharte.

Bajó la mirada.

—Pensé que Xu Hong podía cuidarte.

—Y tenía razón. Xu Hong me cuidó.

Su expresión se contrajo.

—Pero yo no necesitaba que todo el mundo me cuidara —continué—. Necesitaba saber que, cuando estuviera mal, podría contar con mi pareja.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

Era la primera vez que lo veía llorar.

Durante años había imaginado que aquella sería una prueba definitiva de cuánto me amaba.

Sin embargo, el arrepentimiento no podía borrar lo ocurrido.

—Te quiero, Lu Wan —susurró.

Respiré profundamente.

—Yo también te quise muchísimo.

Se quedó completamente quieto.

Había escuchado la diferencia.

—¿Ya no?

Miré nuestras fotografías colocadas sobre una estantería.

En casi todas aparecía yo abrazándolo, sonriendo a la cámara, mientras él permanecía serio.

Antes me parecían imágenes tiernas.

Ahora veía a una joven esforzándose por acercarse a alguien que apenas se inclinaba hacia ella.

—Hay una parte de mí que todavía te quiere —admití—. Pero ya no quiero volver a vivir así.

Lin Han se cubrió el rostro con las manos.

Esperé en silencio.

Cuando finalmente se levantó, parecía haber envejecido varios años.

—Espero que seas feliz en Edimburgo.

—Gracias.

Se encaminó hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Si algún día regreso a ser alguien de quien puedas enamorarte…

Negué suavemente.

—No cambies para recuperarme, Lin Han. Cambia porque comprendas que las personas que te quieren también merecen sentirse queridas.

No intentó detenerme.

Tampoco volvió a pedir otra oportunidad.

Se marchó.

Y cuando la puerta se cerró, lloré.

Lloré por los tres años que habíamos compartido, por los planes que nunca se cumplirían y por aquella chica de diecinueve años que había creído que amar a alguien consistía en esperar pacientemente hasta que aprendiera a quererla.

Mi madre salió de la cocina.

No me hizo preguntas.

Simplemente se sentó a mi lado y me abrazó.

El día de mi partida, Xu Hong llegó al aeropuerto con una bolsa enorme de dulces.

—En Escocia no encontrarás estos —afirmó solemnemente.

Me reí.

Mi padre insistió en comprobar la documentación por cuarta vez.

Mi madre me acomodó la bufanda alrededor del cuello y me hizo prometer que llamaría al aterrizar.

Cuando anunciaron el embarque, me despedí de ellos.

Entonces vibró mi teléfono.

Era un mensaje de Lin Han.

«Estoy en el aeropuerto. No voy a acercarme. Solo quería asegurarme de que te marchabas bien».

Miré alrededor instintivamente.

Al otro lado del vestíbulo, junto a una columna, distinguí su figura.

Llevaba la misma chaqueta oscura de siempre.

No levantó la mano.

Tampoco caminó hacia mí.

Simplemente permaneció allí.

Recibí un segundo mensaje.

«He pensado mucho en nuestro primer proyecto de universidad. Aquel día, después de tu presentación, me dijiste que algún día estudiarías fuera del país. Yo te respondí que seguro lo conseguirías. Lo había olvidado, pero tú no. Siento haberme convertido en alguien por quien estuvieras dispuesta a renunciar a ese sueño».

Sentí que se me humedecían los ojos.

Un tercer mensaje apareció.

«Esta vez no voy a pedirte que te quedes».

Me quedé mirando esas palabras.

Después escribí:

«Cuídate, Lin Han».

No esperé respuesta.

Guardé el teléfono, tomé mi maleta de mano y atravesé el control de embarque.

Los primeros meses en Edimburgo no fueron fáciles.

La ciudad era hermosa, pero la lluvia parecía interminable. Las clases eran exigentes, me costaba acostumbrarme al acento de algunos profesores y había noches en las que extrañaba tanto mi casa que apenas podía dormir.

Sin embargo, cada dificultad venía acompañada de algo nuevo.

Aprendí a moverme sola por una ciudad desconocida.

Presenté mi investigación ante estudiantes de distintos países.

Hice amistades, visité museos, recorrí calles antiguas y descubrí cafeterías donde podía pasar horas leyendo.

Una tarde, mientras preparaba una presentación, recibí un mensaje de una antigua compañera de universidad.

Me contó que Lin Han había dejado de trabajar con Zhou Yue fuera de sus obligaciones académicas.

También me dijo que había rechazado una oferta laboral en otra ciudad para incorporarse a un proyecto de investigación que siempre había querido realizar.

«Ha cambiado mucho», escribió.

Le respondí que me alegraba saberlo.

Y era verdad.

Ya no necesitaba que Lin Han siguiera siendo el villano de nuestra historia para justificar mi decisión.

Podía reconocer que se había arrepentido sinceramente.

Podía desearle cosas buenas.

Y, aun así, no querer volver.

Un año después, recibí una fotografía de Xu Hong.

Era de nuestra graduación, a la que yo no había podido asistir porque estaba en Edimburgo.

En la imagen aparecían mis antiguas compañeras con sus birretes. Al fondo, casi fuera de cuadro, estaba Lin Han.

Debajo, Xu Hong escribió:

«Hoy preguntó por ti. Le dije que habías obtenido la mejor calificación de tu promoción en el proyecto de investigación».

Sonreí.

Esa misma tarde, mi supervisora me había ofrecido colaborar en una nueva investigación.

Durante un largo rato observé por la ventana las calles mojadas, los edificios de piedra y el cielo gris.

Recordé la noche del cumpleaños de Lin Han.

Recordé el teléfono en manos de Zhou Yue, el frío junto al lago y las horas que había pasado sola en el hospital.

Entonces comprendí algo.

Si aquella noche Lin Han hubiera respondido mi llamada, quizá me habría dado una explicación convincente.

Tal vez habría aceptado sus disculpas.

Quizá habría rechazado la beca y continuado esperando a que nuestra relación mejorara.

Pero no podía saberlo con certeza.

Lo único que sabía era que, por primera vez en mucho tiempo, estaba viviendo una vida que había elegido por mí misma.

Abrí nuestra antigua conversación.

Su último mensaje seguía allí, enviado el día de mi partida.

«Esta vez no voy a pedirte que te quedes».

Lo leí una última vez.

Después archivé la conversación.

No por odio.

No para castigarlo.

Simplemente porque ya no necesitaba regresar a ella.

En ese momento llegó un correo de mi universidad.

«Nos complace informarle de que ha sido seleccionada para presentar su investigación en el congreso internacional del próximo semestre».

Me quedé inmóvil unos segundos.

Luego llamé a mis padres.

Mi madre contestó casi inmediatamente.

—¡Hija! ¿Cómo estás?

Miré el correo y sonreí.

—Mamá, ¿recuerdas que me dijiste que no tuviera miedo de irme lejos?

—Claro que lo recuerdo.

—Tenías razón. Estoy exactamente donde quiero estar.

Al otro lado de la línea, mi madre empezó a llorar.

Yo también.

Pero esta vez eran lágrimas de felicidad.

Había pasado mucho tiempo creyendo que mi historia más importante sería la de una chica que consiguió enamorar a un hombre frío.

Me equivoqué.

Mi historia más importante empezó el día en que dejé de suplicarle a alguien que me eligiera y, por fin, me elegí a mí misma.

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