EL DÍA QUE DEJÉ DE AMAR A MI MEJOR AMIGO, ÉL EMPEZÓ A BUSCARME

PARTE 2

Durante varios segundos fui incapaz de responder.

—¿Zhou Ye sabía que había solicitado la beca?

Mi tutora asintió.

—Vino a entregarme unos documentos que habías olvidado en el aula. Vio tu nombre en la lista de candidatos y me preguntó si realmente pensabas marcharte. Le dije que todavía no se había tomado ninguna decisión.

Recordé inmediatamente aquella tarde.

Dos semanas antes, Zhou Ye había aparecido en la biblioteca y había dejado mi carpeta sobre la mesa.

—Siempre perdiendo cosas —había murmurado.

Después me preguntó, con una indiferencia que entonces no supe interpretar:

—¿Tan aburrido te parece estudiar aquí?

Pensé que se estaba burlando de mí porque había suspendido un examen de matemáticas.

Ahora comprendía que se refería a otra cosa.

—¿Te ocurre algo? —preguntó mi tutora.

Negué con la cabeza.

—No. Solo estoy sorprendida.

La profesora me observó unos instantes.

—Lu Yan, tu proyecto artístico ha impresionado al comité. No es una oportunidad que aparezca todos los días. Pero necesitaré la autorización de tus padres antes del viernes por la tarde.

Apreté la carpeta contra mi pecho.

Desde que tenía quince años soñaba con estudiar ilustración.

Había llenado cuadernos con dibujos de calles, estaciones de tren y personas que veía desde las ventanas. Mientras mis compañeros asistían a clases particulares, yo pasaba los fines de semana en el pequeño estudio de una profesora jubilada que vivía cerca de casa.

Nunca había hablado demasiado de aquello.

Sobre todo porque Zhou Ye siempre se reía de mis dibujos.

—¿Otra vez pintando? —decía—. A este paso acabarás dibujando caricaturas en la calle.

Yo le respondía lanzándole un cojín.

En realidad, me dolía más de lo que quería reconocer.

Había llegado a preguntarme si mis sueños eran demasiado pequeños, demasiado infantiles, demasiado ridículos.

Y, sin embargo, alguien en Shanghái había examinado mi trabajo y había decidido darme una oportunidad.

Por primera vez desde mi cumpleaños, sentí algo diferente a la tristeza.

Sentí ilusión.

—Acepto —respondí.

Mi tutora sonrió.

—Habla primero con tu madre. Y, Lu Yan, recuerda una cosa: no tienes que demostrarle nada a nadie para merecer esta plaza.

Salí del despacho con la carpeta bajo el brazo.

Zhou Ye estaba esperándome en el pasillo.

Se había apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos. En cuanto me vio, se incorporó.

—¿Qué quería la profesora?

—Cosas mías.

Frunció el ceño.

—¿Desde cuándo tienes secretos conmigo?

Aquella pregunta me produjo una extraña sensación.

Durante diecisiete años yo había sabido cuándo estaba enfadado, qué comida detestaba, cuántas veces había suspendido el examen de conducir de su hermano y cuál era la cicatriz que escondía debajo de la rodilla.

También sabía que detestaba el cilantro, aunque siempre fingiera que no le importaba.

Él, en cambio, ni siquiera sabía que yo quería estudiar arte.

—Desde que entendí que no tengo por qué contártelo todo —respondí.

Intenté pasar a su lado, pero me cerró el camino.

—¿Vas a seguir enfadada por lo del cumpleaños?

—No estoy enfadada.

—Entonces, ¿por qué actúas así?

Lo miré directamente.

—Porque quiero estar tranquila, Zhou Ye. Déjame pasar.

Su expresión cambió.

Quizá esperaba un insulto, un empujón o una de nuestras habituales peleas.

Pero yo ya no tenía fuerzas para representar aquel papel.

—¿Es por Xingnian? —preguntó finalmente—. ¿Te molesta tanto que tenga novia?

Sentí un pequeño pinchazo en el pecho.

Aun así, respondí:

—Tienes derecho a salir con quien quieras.

—Entonces…

—Y yo tengo derecho a no formar parte de vuestra relación.

Lo esquivé y seguí caminando.

Esta vez no me detuvo.

1. La primera persona que me eligió

Cuando llegué a casa, mi madre estaba preparando la cena.

Dejé la carpeta sobre la mesa de la cocina.

—Mamá, me han aceptado.

Ella se secó las manos y leyó la carta.

Primero abrió mucho los ojos.

Después se llevó una mano a la boca.

—¿En Shanghái? ¿De verdad?

Asentí.

Mi madre me abrazó con tanta fuerza que casi me hizo perder el equilibrio.

—¡Lo has conseguido, cariño!

Había imaginado muchas veces cómo sería aquel momento.

Por alguna razón, siempre aparecía Zhou Ye en mis fantasías.

Pensaba que sería la primera persona a la que llamaría. Que se burlaría de mí, que fingiría estar fastidiado y que al final me felicitaría a su manera.

Pero allí estaba mi madre, sonriendo con lágrimas en los ojos, y comprendí que la felicidad no estaba incompleta por la ausencia de Zhou Ye.

—¿Cuándo tienes que irte? —preguntó.

—El lunes.

Su sonrisa se desvaneció ligeramente.

—Eso es muy pronto.

—Lo sé.

Miró de nuevo la carta.

—¿Quieres ir?

No me preguntó si iba a echar de menos a mis amigos. Tampoco si me preocupaba separarme de Zhou Ye.

Solo quiso saber qué deseaba yo.

—Más que nada —respondí.

Mi madre volvió a abrazarme.

—Entonces iremos a comprar una maleta.

Aquella noche empezó una vida nueva, aunque todavía no hubiera salido de casa.

Mientras organizábamos mis documentos, mi madre mencionó algo inesperado.

—La madre de Zhou Ye me llamó esta mañana.

Levanté la cabeza.

—¿Para qué?

—Quería disculparse por lo que ocurrió en tu cumpleaños. Se enteró por la madre de Lin Wei.

Guardé silencio.

—Me dijo que su hijo se había comportado como un maleducado. Y que hablaría con él.

—No hace falta.

Mi madre me miró.

—¿Estás segura?

—Sí. No quiero que lo obliguen a disculparse.

Una disculpa conseguida por insistencia de sus padres no cambiaría nada.

Mi madre me acarició el pelo.

—De acuerdo.

Cuando salí de la cocina, añadió:

—Por cierto, Yan, nunca has tenido que competir con nadie para que esta familia esté orgullosa de ti.

Me quedé un instante junto a la puerta.

Luego regresé para darle otro abrazo.

2. La historia que empezaron a contar

Al día siguiente, cuando entré en clase, tres compañeros dejaron de hablar.

Una chica escondió rápidamente su teléfono.

Lin Wei llegó corriendo a mi lado.

—Yan, no mires el grupo del instituto.

Naturalmente, lo miré.

Alguien había publicado una fotografía tomada durante mi cumpleaños.

Aparecía yo frente a la tarta, con expresión seria. A mi lado, Zhao Xingnian tenía los ojos enrojecidos y Zhou Ye le rodeaba los hombros con un brazo.

Debajo, una frase:

«Cuando llevas años creyendo que tu amigo de la infancia te pertenece y no soportas que se enamore de otra».

Había decenas de comentarios.

Algunos se burlaban de mí.

Otros aseguraban que llevaba meses tratando mal a Zhao Xingnian.

Una compañera incluso había escrito que yo utilizaba a mi familia para conseguir lo que quería.

Lin Wei estaba furiosa.

—Voy a descubrir quién ha publicado esto.

Le devolví el teléfono.

—No hace falta que te metas en problemas por mí.

—¡Pero están mintiendo!

—Lo sé.

—¿Y vas a dejar que digan lo que quieran?

Miré a mi alrededor.

Varias personas apartaron los ojos.

—No voy a perseguir a cada persona que habla de mí —respondí—. Pero tampoco voy a aceptar que inventen cosas.

Durante el recreo acudimos a nuestra tutora.

Le mostramos la publicación y los comentarios más graves.

No quería montar un escándalo.

Solo quería que el instituto interviniera antes de que los rumores afectaran a mi expediente o a la beca.

La profesora tomó el asunto en serio.

Pidió que retiraran las fotografías y recordó a la clase que difundir acusaciones sin pruebas podía tener consecuencias disciplinarias.

Pensé que aquello bastaría.

Me equivocaba.

A la salida, Zhao Xingnian me estaba esperando junto a las escaleras.

No había nadie cerca.

—Lu Yan, ¿podemos hablar?

Me detuve.

—Dime.

Se retorció las manos.

—Siento lo del cumpleaños. No sabía que Zhou Ye iba a anunciar nuestra relación allí.

La observé.

Parecía sinceramente incómoda.

—Está bien.

—Tampoco quería que la gente empezara a hablar mal de ti.

—Entonces puedes decirles que yo nunca te he acosado.

Su expresión vaciló.

—No puedo controlar lo que otros piensen.

—No te he pedido que controles lo que piensan. Solo que cuentes lo que pasó.

Zhao Xingnian bajó los ojos.

—Tú no sabes lo difícil que ha sido para mí llegar a este instituto. Todo el mundo tenía ya sus grupos. Cuando conocí a Zhou Ye, fue el único que me ayudó.

Su voz temblaba.

—Pensé que tú me odiabas.

Aquello me sorprendió.

—¿Por qué iba a odiarte?

—Porque siempre estabas con él. Porque todos decían que acabaríais juntos. Y porque cuando yo me acercaba, tú dejabas de hablar.

Recordé aquellas ocasiones.

Era verdad.

Yo había sentido celos.

Había preferido retirarme antes que contemplar cómo Zhou Ye empezaba a interesarse por otra persona.

Pero nunca le había prohibido hablar con nadie ni había intentado perjudicarla.

—Mis sentimientos son responsabilidad mía —le dije—. Pero tus suposiciones no pueden convertirse en acusaciones contra mí.

Zhao Xingnian guardó silencio.

Entonces oímos una voz.

—¿Otra vez estás molestándola?

Zhou Ye apareció al final del pasillo.

Venía caminando deprisa, con el ceño fruncido.

Me quedé mirándolo.

Durante años había acudido a él cuando tenía problemas.

Ahora su primera reacción al vernos era suponer que yo estaba haciendo daño a alguien.

Zhao Xingnian habló inmediatamente.

—No, Zhou Ye. Solo estábamos conversando.

Pero él ya estaba frente a mí.

—Lu Yan, ¿qué necesitas para dejarla en paz?

Sentí que el cansancio me caía encima.

—Nada.

—Entonces deja de buscarla.

Lo miré durante varios segundos.

—Zhou Ye, llevas dos días acusándome de cosas que no he hecho. ¿Alguna vez vas a escucharme antes de decidir que soy culpable?

Abrió la boca, pero no respondió.

—No te preocupes —continué—. Dentro de poco dejarás de verme.

Me alejé antes de que pudiera hacer otra pregunta.

3. Lo que nunca quiso escuchar

El viernes por la mañana entregué la autorización firmada.

La tutora me dio los horarios, el nombre de mi futura residencia y los documentos de incorporación.

Mi plaza estaba confirmada.

Apenas quedaban setenta y dos horas.

Decidí contárselo a Lin Wei durante el almuerzo.

Mi mejor amiga se quedó con los palillos suspendidos en el aire.

—¿El lunes? ¿Este lunes?

Asentí.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Hoy.

—¡Eso significa que solo tenemos un fin de semana!

Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.

Se levantó de golpe y vino a abrazarme.

—Estoy enfadadísima contigo.

—Lo sé.

—Pero también estoy muy orgullosa.

Aquellas palabras me hicieron sonreír.

Lin Wei se apartó un poco.

—Prométeme que me llamarás.

—Todos los días.

—Y que no vas a regresar solo porque cierto idiota descubra de repente que te echa de menos.

Mi sonrisa desapareció.

—No voy a regresar por él.

Ella me observó atentamente.

—¿De verdad has dejado de quererlo?

Tardé un poco en contestar.

—Todavía me duele —admití—. Pero ya no quiero que me duela toda la vida.

Lin Wei me abrazó de nuevo.

Ninguna de las dos vio a Zhou Ye hasta que escuchamos el golpe de una bandeja sobre la mesa.

Estaba detrás de nosotras.

—¿Quién se va el lunes?

Me volví lentamente.

—Yo.

—¿Adónde?

—A Shanghái.

Su rostro perdió el color.

—¿Por qué?

—He conseguido una beca.

Durante unos segundos no habló.

Después soltó una risa incrédula.

—Muy gracioso.

Lin Wei golpeó la mesa.

—No es una broma.

Zhou Ye la ignoró.

—Lu Yan, ¿de verdad piensas marcharte a mitad de curso?

—Sí.

—¿Y tus padres están de acuerdo?

—Mi madre firmó ayer.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Sentí que aquella pregunta llegaba demasiado tarde.

—Porque no necesitaba tu permiso.

—¡No estoy hablando de permisos! —exclamó—. Nos conocemos desde que éramos niños. ¿No crees que debería enterarme antes que cualquier otro?

Lin Wei abrió la boca, pero le hice un gesto para que no interviniera.

Me levanté.

—Lo sabías, Zhou Ye. Viste mi solicitud hace dos semanas.

Él se quedó inmóvil.

—Eso no significa que pensara que ibas a irte de verdad.

—¿Por qué no?

Desvió la mirada.

—Porque tú siempre has dicho que querías quedarte cerca de casa.

—Cuando tenía catorce años.

—Y porque…

Se interrumpió.

—¿Porque qué?

Por primera vez, Zhou Ye pareció no encontrar las palabras.

Finalmente murmuró:

—Porque pensé que me lo contarías.

Lo miré con tristeza.

—Yo también pensaba que había muchas cosas que jamás tendríamos que explicarnos.

Él levantó la vista.

—Yan…

—Pero resulta que no nos conocemos tan bien como creíamos.

Recogí mi bandeja y me marché.

Aquella tarde encontré una bolsa colgada del pomo de mi casa.

Dentro había un cartón de leche caliente, un sándwich y una nota.

«Tenemos que hablar».

Reconocí inmediatamente la letra de Zhou Ye.

Dejé la bolsa sobre la mesa de la entrada.

No respondí.

4. La noche en que todo salió a la luz

El sábado, Lin Wei vino a ayudarme a preparar las maletas.

Pasamos la mañana doblando ropa, peleando por los libros que quería llevarme y riéndonos de fotografías antiguas.

En una de ellas aparecía Zhou Ye con seis años, llorando porque yo había ganado una carrera.

En otra, los dos teníamos la cara manchada de harina después de intentar hacer galletas.

Durante mucho tiempo había creído que aquellos recuerdos eran la prueba de que estábamos destinados a estar juntos.

Ahora comprendía que solo demostraban que habíamos sido niños felices.

El futuro no tenía por qué repetir el pasado.

A media tarde llamó mi madre desde la planta baja.

—Yan, tienes visita.

Bajé pensando que sería alguna vecina.

Era Zhou Ye.

Estaba junto a la puerta, con una bolsa pequeña entre las manos.

Mi madre nos miró a ambos.

—Podéis hablar en el jardín, si queréis.

Salimos sin decir palabra.

El aire estaba frío.

Zhou Ye dejó la bolsa sobre la mesa de piedra.

—Tu madre me ha dicho que te vas el lunes por la mañana.

—Sí.

—He venido a darte esto.

Dentro había una caja de lápices profesionales para dibujo.

Reconocí la marca.

Era demasiado cara para un regalo improvisado.

—No hacía falta.

—Sé que te gusta dibujar.

Aquella frase habría bastado para hacerme feliz una semana antes.

Ahora solo me produjo una punzada de tristeza.

—Lo sabes desde hace años —respondí—. Aunque nunca te haya parecido importante.

Bajó la mirada.

—No quería que te lo tomaras así.

—¿Cómo querías que me lo tomara?

—Yan, yo…

Se pasó una mano por el pelo.

—Me he comportado mal en tu cumpleaños. Lo sé.

Esperé.

—No debería haber llevado a Xingnian sin preguntarte. Y mucho menos discutir contigo delante de todos.

Era la primera vez que lo reconocía.

—Tienes razón.

Pareció aliviado.

—Entonces, ¿podemos dejar de estar así?

Lo miré.

—¿Así cómo?

—Como si fuéramos desconocidos.

Aquello fue lo que terminó de romper algo dentro de mí.

No porque fuera cruel.

Sino porque parecía creer que bastaba con admitir un error para recuperar inmediatamente lo que había perdido.

—Zhou Ye, ¿sabes qué era lo peor de aquella noche?

Guardó silencio.

—No fue que aparecieras con tu novia. Ni que anunciaras vuestra relación. Fue que dijeras que la que debía marcharse era yo.

Su expresión se endureció de dolor.

—Estaba enfadado.

—Yo también lo estaba. Y no te humillé delante de toda tu familia.

—No pensé…

—Exacto. No pensaste.

Respiré profundamente.

—Siempre creí que, si algún día tenía un problema, tú estarías de mi lado. Pero cuando alguien lloró delante de ti, ni siquiera te molestaste en preguntarme qué había pasado. Decidiste que yo era la mala.

Él abrió los labios.

—Pensé que estabas celosa.

Sentí que se me helaban los dedos.

Por fin había pronunciado aquella palabra.

Celosa.

Lo miré sin apartar los ojos.

—¿Y si lo estaba?

Zhou Ye se quedó completamente quieto.

—¿Qué?

—¿Y si durante mucho tiempo estuve celosa porque me gustabas?

Un silencio profundo cayó entre nosotros.

La expresión de Zhou Ye cambió lentamente.

Primero sorpresa.

Después incredulidad.

Finalmente algo parecido al miedo.

—Lu Yan…

Sonreí con tristeza.

—Tranquilo. No tienes que responder. Ya es demasiado tarde.

—¿Desde cuándo?

—No importa.

—Quiero saberlo.

—Desde hace años.

Él retrocedió medio paso, como si acabara de recibir un golpe.

Yo continué:

—Pensaba decírtelo después de la fiesta. Cuando todos se marcharan, iba a preguntarte si alguna vez habías imaginado que pudiéramos ser algo más que amigos.

Zhou Ye bajó la cabeza.

Recordé la tarta, las velas y la mano de Zhao Xingnian entrelazada con la suya.

—Pero me respondiste antes de que pudiera preguntártelo.

Él intentó acercarse.

—Yan, escúchame…

Me aparté.

—No voy a interferir en tu relación. Tampoco quiero una explicación sobre por qué la elegiste. Tienes derecho a enamorarte de quien quieras.

—No se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué?

No supo contestarme.

Lo conocía lo bastante bien para saber que estaba confundido.

Tal vez nunca se había planteado perderme.

Tal vez había confundido mi presencia constante con algo garantizado.

Pero su confusión ya no podía convertirse en mi responsabilidad.

Dejé la caja de lápices sobre la mesa.

—Gracias por el regalo. Pero no puedo aceptarlo.

—¿Por qué?

—Porque necesito empezar de nuevo sin deberte nada.

Me dirigí a la puerta.

Antes de entrar, lo escuché decir:

—¿Y si te pido que no te vayas?

Me detuve.

Durante años había soñado con que Zhou Ye me pidiera que me quedara a su lado.

Pero no de aquella manera.

No cuando acababa de conseguir algo que llevaba tanto tiempo deseando.

Me volví.

—Entonces te diría que me estás pidiendo otra vez que renuncie a algo importante para que tú te sientas mejor.

Él no respondió.

Entré y cerré la puerta suavemente.

Aquella noche lloré.

Lloré por la niña que había esperado a Zhou Ye a la salida del colegio.

Por la adolescente que había guardado una nota insignificante como si fuera una declaración de amor.

Y por los dieciocho años que había cumplido deseando ser elegida por alguien que ni siquiera sabía cuánto significaba para ella.

Pero cuando terminé de llorar, seguí preparando mi maleta.

5. Una verdad que llegó demasiado tarde

El domingo por la tarde, Lin Wei me envió una captura de pantalla.

Era un mensaje publicado por Zhao Xingnian en el grupo de clase.

«Quiero aclarar algo. Lu Yan nunca me acosó ni intentó impedir que hablara con Zhou Ye. El día de su cumpleaños fui sin invitación porque Zhou Ye me llevó. Ella no hizo nada para humillarme. Me equivoqué al permitir que se difundiera otra versión».

Debajo había otra publicación.

Esta vez era de Zhou Ye.

«La responsabilidad de lo ocurrido en la fiesta fue mía. Fui descortés con Lu Yan y dije cosas que no debí decir. Os pido que dejéis de hablar de ella».

Lin Wei me llamó inmediatamente.

—¡Por fin han dicho la verdad!

Miré las capturas.

—Me alegro.

—¿Solo eso?

—¿Qué más quieres que diga?

Mi amiga suspiró.

—Supongo que esperaba que te pusieras contenta.

Me senté junto a la maleta.

—Estoy contenta de que hayan aclarado las cosas. Pero eso no borra lo que pasó.

Lin Wei guardó silencio durante un instante.

—Tienes razón.

Más tarde supe lo ocurrido.

Zhao Xingnian había descubierto que la fotografía de mi cumpleaños circulaba por varios grupos. Una compañera cercana a ella había publicado la imagen después de interpretar sus lágrimas como prueba de que yo la había maltratado.

Cuando la tutora intervino y preguntó directamente quién había presenciado algún acto de acoso, nadie pudo señalar un solo incidente concreto.

Zhao Xingnian había tenido que reconocer que gran parte de la historia se basaba en suposiciones.

También había discutido con Zhou Ye.

No porque él defendiera mi honor, como algunos empezaron a decir, sino porque ambos comprendieron que habían permitido que una situación privada se convirtiera en un ataque público.

Aquella noche recibí un mensaje de un número desconocido.

«Soy Xingnian. Le he pedido tu número a Lin Wei para disculparme. Me sentí insegura desde que llegué al instituto y confundí tu distancia con desprecio. No debí dejar que los demás hablaran por mí. Lo siento».

Leí el mensaje dos veces.

Después respondí:

«Gracias por aclararlo. Espero que te vaya bien».

No tenía motivos para seguir odiándola.

Pero tampoco tenía obligación de convertirnos en amigas.

A veces, aceptar unas disculpas no significa abrir de nuevo la puerta.

Significa cerrar una historia sin arrastrarla contigo.

6. El lunes por la mañana

El tren salía a las ocho y veinte.

Mi madre me acompañó a la estación.

Lin Wei apareció con dos cafés, un paquete de pañuelos y los ojos hinchados.

—Como no me llames esta noche, voy a Shanghái a buscarte —amenazó.

Me reí.

—Te llamaré.

—Y mándame fotos de tu habitación.

—También.

—Y no te olvides de comer.

Mi madre sonrió.

—Creo que ya tengo sustituta.

Nos abrazamos las tres.

Cuando anunciaron el embarque, sentí que el corazón me latía con fuerza.

Tenía miedo.

Nunca había vivido lejos de casa.

No sabía si sería capaz de adaptarme a un nuevo instituto, de competir con alumnos mucho más preparados o de vivir en una ciudad tan grande.

Pero aquel miedo me pertenecía.

Era el miedo de alguien que estaba avanzando hacia algo que deseaba.

No el de alguien que esperaba perder a otra persona.

Estaba a punto de cruzar el control cuando escuché una voz.

—¡Lu Yan!

Me giré.

Zhou Ye corría hacia nosotras.

Llevaba el uniforme del instituto, aunque aquel lunes había clases. Tenía el pelo desordenado y respiraba agitadamente.

Se detuvo frente a mí.

Durante un momento ninguno dijo nada.

Después sacó algo del bolsillo.

Era un pequeño llavero de oso.

Uno exactamente igual al que me había regalado cuando teníamos once años.

—Encontré este en una tienda —dijo—. Pensé que habrías perdido el antiguo.

Lo miré.

Recordé el llavero que había guardado en la caja la noche de mi cumpleaños.

—Todavía lo tengo.

Zhou Ye cerró lentamente la mano.

—Ah.

El anuncio de embarque volvió a sonar.

—Tengo que irme —dije.

Él asintió, pero no se apartó.

—Yan, he estado pensando en lo que me dijiste.

Esperé en silencio.

—No sabía que te gustaba.

—Lo sé.

—Y creo que tampoco sabía lo importante que eras para mí.

Sentí que algo se agitaba en mi pecho.

Si me hubiera dicho aquello una semana antes, habría sido suficiente para hacerme olvidar cualquier humillación.

Ahora me obligué a escuchar con calma.

—Cuando me enteré de que te marchabas, me enfadé —continuó—. Pensé que estabas intentando castigarme. Después comprendí que llevabas meses preparándote para esto. Que tenías una vida entera de la que yo no sabía nada.

Bajó la voz.

—Creo que siempre di por hecho que estarías ahí.

—Yo también.

Sus ojos enrojecieron.

—No quiero perderte.

Respiré profundamente.

—Ya no somos niños, Zhou Ye.

Él apretó los labios.

—¿Y si cuando regreses…?

No terminó la pregunta.

Tampoco era necesario.

Lo comprendí perfectamente.

Quería saber si existía alguna posibilidad de que lo nuestro fuera diferente algún día.

Lo miré con una ternura que ya no me dolía tanto.

—No sé quién seré cuando regrese —respondí—. Ni quién serás tú.

—Pero podríamos…

—No voy a pedirte que me esperes. Y tampoco voy a prometerte que te esperaré.

Sus hombros descendieron lentamente.

Por un instante vi al niño que había llorado cuando perdió aquella carrera.

Tuve ganas de abrazarlo.

Pero sabía que, si lo hacía, quizá confundiríamos aquel gesto con una promesa.

Así que extendí la mano.

—Cuídate, Zhou Ye.

Él la miró.

Después la estrechó.

—Tú también, Lu Yan.

Me volví y crucé el control sin mirar atrás.

Solo cuando estuve sentada junto a la ventana del tren dejé que una lágrima me resbalara por la mejilla.

No era arrepentimiento.

Era una despedida.

Y las despedidas pueden doler incluso cuando son necesarias.

7. La ciudad donde nadie me conocía

Shanghái era mucho más ruidosa de lo que había imaginado.

Los primeros días me perdí dos veces utilizando el metro, me equivoqué de aula y confundí la lavadora de la residencia con una secadora.

También descubrí que no era la alumna más talentosa del programa.

Había estudiantes capaces de dibujar retratos perfectos en veinte minutos.

Otros habían ganado concursos nacionales.

Yo tardé tres días en terminar una ilustración que mi profesor devolvió llena de anotaciones.

La primera noche lloré en el baño.

Por puro orgullo, no quería que mis compañeras me vieran.

Después llamé a Lin Wei.

—Creo que aquí todos son mejores que yo.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»?

—¿Fuiste a Shanghái porque ya lo sabías todo o porque querías aprender?

Me quedé callada.

Lin Wei continuó:

—Además, llevas cuatro días. Dale una oportunidad a tu cerebro antes de decidir que eres un fracaso.

Me eché a reír.

A la mañana siguiente regresé al estudio.

Pedí ayuda.

Practiqué.

Volví a equivocarme.

Y, poco a poco, empecé a mejorar.

Mi profesora de ilustración, la señora Chen, era una mujer exigente que siempre llevaba gafas de montura roja.

Un día se detuvo frente a mi mesa.

Estaba dibujando una estación de tren vacía, iluminada por el sol del amanecer.

—¿Por qué todas tus primeras ilustraciones tienen a alguien esperando? —preguntó.

Miré mis trabajos.

Tenía razón.

Una chica esperaba junto a una puerta.

Otra miraba su teléfono.

Una tercera estaba sentada frente a dos tazas de café, aunque solo había una persona en la habitación.

No supe qué responder.

La profesora señaló el dibujo de la estación.

—Prueba a imaginar qué ocurre cuando esa persona deja de esperar.

Aquella pregunta me acompañó durante semanas.

Empecé a dibujar puertas abiertas.

Calles desconocidas.

Trenes en movimiento.

Personas caminando sin mirar atrás.

Mi profesora comenzó a dedicar más tiempo a mis trabajos.

Un mes después, me propuso participar en una exposición juvenil.

—No busco dibujos perfectos, Lu Yan. Busco una historia que merezca ser contada.

Por primera vez supe exactamente qué quería dibujar.

8. Los mensajes que no abrí

Zhou Ye intentó ponerse en contacto conmigo durante las primeras semanas.

Como seguía bloqueado, escribió a Lin Wei para preguntar si había llegado bien.

Mi amiga se lo confirmó.

Después me contó que había empezado a asistir a las sesiones de estudio que siempre evitaba.

También había dejado de burlarse de los compañeros que participaban en actividades artísticas.

Aquellos cambios me sorprendieron.

Pero no los interpreté como señales de que debíamos volver a acercarnos.

Zhao Xingnian y él terminaron su relación poco después de mi partida.

No supe exactamente por qué.

Lin Wei solo me dijo que habían discutido varias veces y que finalmente decidieron separarse.

Me preguntó si quería conocer los detalles.

Le dije que no.

Aquella respuesta también me sorprendió a mí.

Durante años había querido saberlo todo sobre Zhou Ye.

Qué había comido, con quién hablaba, por qué estaba de mal humor y qué hacía los fines de semana.

Ahora tenía otras preocupaciones.

Una entrega de ilustración.

Un examen de historia del arte.

Una excursión con mis compañeras.

La primera vez que vendí un pequeño dibujo en un mercadillo estudiantil, compré tres pasteles y celebré la venta con las chicas de mi residencia.

No pensé en contárselo a Zhou Ye.

Y aquel pequeño descubrimiento me hizo sonreír.

No había olvidado nuestra historia.

Simplemente había dejado de convertirlo en el destinatario de todas las cosas buenas que me ocurrían.

9. El dibujo que no necesitaba un protagonista masculino

Pasaron seis meses.

Mi obra fue seleccionada para la exposición final del programa.

La titulé La última vela.

Era una ilustración de gran formato dividida visualmente en dos escenas.

En la primera, una chica estaba sola frente a una tarta de cumpleaños. A su alrededor se distinguían figuras borrosas que celebraban algo ajeno a ella.

En la segunda, la misma chica aparecía frente a una ventana abierta.

La luz del amanecer iluminaba una mesa llena de lápices, libros y hojas en blanco.

Sobre la mesa había una vela apagada.

Pero esta vez la chica no miraba la vela.

Miraba el horizonte.

No había dibujado a Zhou Ye.

Tampoco a Zhao Xingnian.

Porque aquella historia ya no trataba de quién había elegido a quién.

Trataba de una chica que había pasado demasiado tiempo esperando que alguien la viera y que, finalmente, había aprendido a mirarse a sí misma.

Durante la inauguración, una mujer se detuvo frente a mi obra.

La contempló largo rato.

Después me preguntó:

—¿Por qué la chica de la segunda escena está sonriendo si acaba de perder algo?

Pensé cuidadosamente antes de responder.

—Porque no todo lo que dejamos atrás es una pérdida.

La mujer asintió.

Al final de la tarde descubrí que era una de las integrantes del jurado.

Mi ilustración recibió una mención especial por su narrativa visual.

Cuando anunciaron mi nombre, durante un segundo me quedé inmóvil.

Después escuché un grito desde el fondo de la sala.

—¡ESA ES MI HIJA!

Mi madre estaba de pie, aplaudiendo con todas sus fuerzas.

A su lado, Lin Wei saltaba como si acabáramos de ganar un campeonato.

Habían viajado para sorprenderme.

Me eché a llorar antes de subir al escenario.

Más tarde, mientras nos hacíamos fotografías, Lin Wei me enseñó su teléfono.

—Hay alguien que quiere felicitarte.

En la pantalla aparecía un mensaje de Zhou Ye.

«He visto la publicación de la exposición. El dibujo es precioso. Enhorabuena, Lu Yan».

Lo leí en silencio.

Después le devolví el teléfono.

—Dile gracias.

Lin Wei arqueó las cejas.

—¿Eso es todo?

Miré el diploma que sostenía entre las manos.

—Sí. Eso es todo.

Mi amiga sonrió.

Y no volvió a insistir.

Un cumpleaños diferente

Un año después de aquella fiesta, regresé a casa para celebrar mis diecinueve años.

Había cambiado de peinado, llevaba gafas nuevas y tenía una carpeta repleta de trabajos que jamás habría imaginado poder realizar.

Mi madre organizó una cena pequeña.

Solo invitamos a la familia, a Lin Wei y a unos pocos amigos.

Antes de que llegaran los invitados, encontré una caja sobre mi escritorio.

Era la misma en la que había guardado los recuerdos de Zhou Ye.

La abrí.

Dentro seguían la canica, el llavero de oso, la bufanda y aquella nota absurda que me había hecho sonreír durante tanto tiempo.

Los miré uno por uno.

Ya no sentí la necesidad de tirarlos.

Tampoco de conservarlos como si fueran un tesoro.

Eran recuerdos.

Nada más.

Guardé la caja en el fondo del armario.

Cuando bajé, mi madre estaba colocando las velas sobre una tarta de chocolate.

Lin Wei discutía con uno de nuestros amigos porque insistía en poner diecinueve velas individuales.

—¡Va a parecer un incendio! —protestaba.

Solté una carcajada.

En ese momento sonó el timbre.

Fui a abrir.

Zhou Ye estaba al otro lado de la puerta.

Se había cortado el pelo y parecía más alto, aunque quizá solo fuera porque hacía meses que no lo veía.

Llevaba una pequeña bolsa de regalo.

—Hola, Yan.

—Hola.

Nos miramos durante un momento.

Ya no sentí aquel vuelco desesperado en el pecho.

Solo una nostalgia suave.

—Tu madre me dijo que habías vuelto —explicó.

—Sí. Estoy de vacaciones.

Señaló la bolsa.

—Te he traído un regalo. No hace falta que lo abras ahora.

Lo acepté.

—Gracias.

Dudó antes de continuar.

—No quiero interrumpir tu fiesta. Solo quería felicitarte.

Asentí.

—Me alegro de verte bien, Zhou Ye.

Él me observó con una expresión difícil de descifrar.

—Pareces feliz.

Miré hacia el interior de la casa.

Se escuchaban las voces de mis amigos, la risa de mi madre y las protestas de Lin Wei.

—Lo soy.

Zhou Ye bajó la mirada y sonrió ligeramente.

—Me alegro.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio.

Después dijo:

—Hay algo que nunca te dije.

Esperé.

—El día que te marchaste en tren pensé que, si algún día volvías, podría convencerte de que todo fuera como antes.

Su sonrisa se volvió triste.

—Pero creo que ahora entiendo que eso no sería justo para ti.

Sentí un nudo pequeño en la garganta.

—Los dos éramos muy jóvenes —respondí.

—Seguimos siéndolo.

Me reí.

—Supongo que sí.

Él respiró profundamente.

—Lo siento, Yan. Por todo aquello.

Esta vez no sonó como una disculpa destinada a conseguir algo.

No esperaba que lo perdonara inmediatamente.

No me pidió otra oportunidad.

Simplemente reconoció el daño que había causado.

Y, por eso mismo, pude responder con sinceridad.

—Te perdono, Zhou Ye.

Sus ojos brillaron.

—¿Podremos volver a ser amigos algún día?

Pensé en todo lo que habíamos compartido.

En las carreras del colegio.

En nuestras peleas absurdas.

En los desayunos que me dejaba sobre el pupitre.

Y también en aquella noche en la que había aprendido, de la manera más dolorosa, que querer mucho a alguien no significa que esa persona sepa quererte bien.

—Tal vez —respondí—. Pero no tenemos que decidirlo hoy.

Zhou Ye asintió lentamente.

—Tienes razón.

Nos despedimos sin abrazarnos.

Cuando cerré la puerta, Lin Wei apareció detrás de mí.

—¿Estás bien?

La miré.

Después sonreí.

—Sí.

Y era verdad.

No estaba fingiendo.

No estaba intentando demostrar que lo había superado.

Sencillamente, estaba bien.

Mi madre nos llamó desde el comedor.

—¡Yan! ¡Ven, que vamos a encender las velas!

Regresé junto a los demás.

La tarta estaba en el centro de la mesa.

Mis amigos comenzaron a cantar.

Lin Wei me dio un pequeño codazo.

—Este año pide algo bueno.

Miré las diecinueve velas.

Recordé mi cumpleaños anterior.

Entonces había pedido dejar de amar a Zhou Ye, convencida de que mi felicidad dependía de conseguir arrancármelo del corazón.

Había pasado un año desde aquella noche.

Había llorado, me había sentido sola y había tenido miedo de fracasar.

Pero también había aprendido cosas nuevas, hecho amigos, descubierto una ciudad y encontrado una voz propia a través de mis dibujos.

Sobre todo, había comprendido que yo no era una persona secundaria en la historia de nadie.

Cerré los ojos.

Esta vez no pedí que alguien me amara.

No pedí que nadie regresara.

Tampoco pedí olvidar el pasado.

Mi deseo fue mucho más sencillo.

Ojalá nunca vuelva a abandonarme a mí misma por miedo a perder a otra persona.

Soplé.

Todas las velas se apagaron al mismo tiempo.

La habitación estalló en aplausos.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuve que mirar hacia la puerta para comprobar si faltaba alguien.

Porque todas las personas que necesitaba en aquel momento estaban allí.

Incluida yo.

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