PARTE 2
El precio de amar al heredero Sterling
Emily leyó el mensaje de Victoria tres veces.
Las palabras parecían quemarle los dedos.
«Alexander perderá todo lo que ha construido».
Al otro lado de la cocina, él terminaba su conversación telefónica.
—Quiero el informe completo antes de llegar a la oficina —ordenó—. Y que nadie responda a los periodistas sin mi autorización.
Colgó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando la pantalla.
Emily intentó recuperar la normalidad.
—¿Es algo grave?
Alexander levantó los ojos.
—Nada que no pueda resolver.
Ella conocía perfectamente aquella frase. La había oído en reuniones donde estaban en juego contratos millonarios, cuando la compañía se enfrentaba a demandas complicadas e incluso aquella noche en que él había recibido la noticia de que un proyecto podía provocar pérdidas enormes.
Siempre decía lo mismo.
Y siempre terminaba solucionándolo.
Pero esta vez el enemigo no era otra empresa.
Era su propia familia.
—Alexander…
Él se acercó.
—¿Sí?
—¿Y si tu padre realmente quiere apartarte de la compañía?
Una sombra atravesó el rostro del hombre.
—Entonces tendrá que intentarlo.
—No puedes enfrentarte a todos.
—No necesito enfrentarme a todos. Solo necesito demostrar que están equivocados.
Le tomó la mano.
—Emily, mírame.
Ella obedeció.
—No voy a pedirte que renuncies a tu carrera, a tu dignidad ni a tu felicidad para facilitarle las cosas a mi familia. ¿Entendido?
Emily asintió.
Alexander sonrió y le acarició la mejilla.
—Ahora desayunemos. Si sigues mirándome con esa cara, terminarás haciéndome creer que estoy a punto de ir a la guerra.
Ella intentó reír.
Pero la sensación de que precisamente eso estaba ocurriendo no desapareció.
A las nueve de la mañana, Alexander salió de la pequeña casa de Garden Avenue.
Antes de subir al coche, se volvió para mirarla.
—Esta noche volveré.
—¿No deberías quedarte en tu apartamento? Todavía estás recuperándote.
—Allí no hay nadie que me prepare el desayuno.
—Puedes contratar al mejor cocinero del país.
—No tendría tu sonrisa.
Emily bajó la mirada, avergonzada.
Alexander se inclinó y la besó suavemente.
—Cuídate.
Ella lo vio desaparecer tras la ventanilla oscura del automóvil.
Solo cuando el vehículo dobló la esquina volvió a mirar el mensaje de Victoria.
Sus dedos temblaron mientras escribía:
«Iré. Pero quiero saber qué está ocurriendo».
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«Residencia Sterling. Once de la mañana. Ven sola».
La mansión de los Sterling se encontraba en una de las zonas más exclusivas de la ciudad.
Sus jardines perfectamente cuidados, las esculturas importadas y las enormes puertas de hierro transmitían aquella elegancia que solo podía conseguirse con generaciones de riqueza.
Emily había visitado aquel lugar anteriormente.
Sin embargo, esa mañana se sintió como una intrusa.
Victoria Sterling la esperaba en una sala privada.
Vestía un conjunto color marfil. Tenía el cabello recogido y una expresión tan serena que resultaba imposible adivinar lo que estaba pensando.
—Siéntate, Emily.
La joven obedeció.
—Señora Sterling, sobre lo que ocurrió ayer…
—No necesito detalles de vuestra vida privada.
Victoria colocó una carpeta sobre la mesa.
—Necesito que comprendas las consecuencias.
Emily observó los documentos.
Había informes financieros, fotografías y varias noticias impresas.
En una de ellas aparecía Alexander descendiendo por un barranco durante el rescate.
En otra, una imagen borrosa mostraba su automóvil estacionado frente a la casa de Emily.
El titular decía:
«¿Amor secreto entre el multimillonario Alexander Sterling y su empleada?»
Emily sintió una punzada de vergüenza.
—No sabía que alguien nos estaba fotografiando.
—Ese es precisamente el problema —respondió Victoria—. Mi hijo parece haber olvidado que cualquier decisión suya tiene consecuencias para miles de personas.
—Alexander no hizo nada malo. Me salvó la vida.
—Lo sé.
Aquella respuesta sorprendió a Emily.
Victoria tomó una de las fotografías.
—No estoy diciendo que debiera haberte abandonado en aquel barranco. Me habría avergonzado de él si lo hubiera hecho.
La mujer dejó la imagen sobre la mesa.
—Pero una cosa es salvar a alguien y otra convertir un asunto personal en una crisis que pueda afectar a toda la empresa.
Emily apretó las manos.
—Nunca quise provocar ningún problema.
—Te creo.
De nuevo, aquella inesperada respuesta la desconcertó.
Victoria suspiró.
—Emily, no pienso insultar tu origen ni decirte que eres inferior a mi hijo. He conocido mujeres nacidas en familias extraordinariamente ricas que no tenían ni la mitad de tu dignidad.
Por primera vez desde que había entrado, Emily levantó la mirada.
—Entonces, ¿por qué quiere separarnos?
Victoria tardó en responder.
—Porque conozco a Richard.
Abrió la carpeta.
En la primera página había una convocatoria formal del consejo de administración de Sterling Entertainment.
—Mi marido conserva una participación importante en la compañía. Además, varios accionistas llevan meses cuestionando el nivel de independencia que Alexander ha alcanzado.
—Pero Sterling Entertainment es una de las empresas más exitosas del sector.
—Precisamente por eso.
Victoria cruzó las manos.
—Alexander dejó hace tiempo de ser simplemente el hijo de Richard Sterling. Ahora es un empresario al que muchos inversores seguirían incluso si decidiera abandonar la compañía familiar.
Emily comprendió que aquella situación era mucho más complicada de lo que imaginaba.
—¿Y eso molesta a su padre?
—Richard está acostumbrado a controlar todo lo que considera suyo.
Victoria hizo una pausa.
—Incluidos sus hijos.
—Alexander es su único hijo.
—Y por eso nunca ha soportado la idea de perder influencia sobre él.
La mujer deslizó otro documento hacia Emily.
Era una propuesta de reorganización empresarial.
Varias cláusulas señalaban que Alexander debía renunciar temporalmente a determinadas facultades ejecutivas.
Emily leyó el texto con creciente incredulidad.
—¿Su padre quiere quitarle el control de la compañía?
—Quiere obligarlo a regresar bajo su autoridad.
—¿Y qué tengo que ver yo?
Victoria la miró directamente.
—Eres el punto vulnerable que Richard cree haber encontrado.
El silencio que siguió resultó insoportable.
—Si Alexander continúa desafiándolo —prosiguió—, mi marido utilizará las fotografías y cualquier otra información que encuentre para alimentar una crisis de reputación. Después convencerá a los accionistas de que su hijo ha perdido objetividad.
—¡Pero eso es absurdo!
—Puede serlo. Sin embargo, los accionistas no siempre toman decisiones basándose únicamente en la verdad.
Emily recordó las noticias de aquella mañana.
Los comentarios crueles.
Las insinuaciones de que había seducido a su jefe para conseguir privilegios.
Las acusaciones de que el rescate había sido una maniobra publicitaria.
Y comprendió lo fácil que sería convertirla en la responsable de todo.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó finalmente.
Victoria cerró la carpeta.
—Aléjate de Alexander durante un tiempo.
La joven sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que termine la reorganización del consejo.
—¿Y después?
Victoria guardó silencio.
Emily sonrió amargamente.
—No puede prometerme que después nos permitirán estar juntos, ¿verdad?
—No.
La sinceridad de aquella respuesta le dolió más que cualquier mentira.
—Entonces está pidiéndome que lo abandone.
—Estoy pidiéndote que evites que mi hijo pierda la empresa por la que ha trabajado tantos años.
Emily bajó los ojos.
Recordó a Alexander sentado en la pequeña cocina, sonriendo mientras le decía que quería volver allí todas las noches.
Recordó su voz susurrándole que no debía rendirse.
Y recordó, sobre todo, el modo en que la había abrazado después del accidente, como si hubiera estado a punto de perder algo irremplazable.
—Alexander nunca me perdonaría si descubriera que he venido aquí a negociar nuestra relación.
Victoria la observó con una expresión difícil de interpretar.
—Mi hijo es obstinado. Lo ha sido desde niño.
—Eso no significa que deba decidir por él.
La mujer permaneció inmóvil.
Emily cerró suavemente la carpeta.
—Señora Sterling, sé que usted lo quiere. Y entiendo que tenga miedo.
Respiró profundamente.
—Pero no puedo proteger a Alexander traicionando la confianza que ha depositado en mí.
Victoria frunció ligeramente el ceño.
—¿Prefieres verlo perderlo todo?
—Prefiero permitirle elegir qué considera más importante en su vida.
Se levantó.
—Si algún día decide que estar conmigo supone un sacrificio demasiado grande, me marcharé. Aunque me rompa el corazón.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Pero esa decisión debe tomarla él. No usted. Ni su padre. Ni siquiera yo.
Victoria permaneció callada.
Emily hizo una pequeña reverencia y se dirigió hacia la salida.
Justo cuando alcanzaba la puerta, la voz de la mujer la detuvo.
—Emily.
Ella volvió la cabeza.
—¿De verdad lo amas tanto?
La joven sonrió entre lágrimas.
—Tanto que he pasado toda la mañana buscando razones para abandonarlo.
Hizo una pausa.
—Y ninguna me parece más importante que respetarlo.
Victoria no volvió a detenerla.
Mientras tanto, en la sede de Sterling Entertainment, Alexander entraba en la sala de reuniones.
Había doce personas sentadas alrededor de una enorme mesa.
En la cabecera se encontraba Richard Sterling.
Su padre.
Un hombre de casi sesenta años, cabello entrecano y mirada implacable.
Alexander tomó asiento sin mostrar sorpresa.
—Padre.
—Llegas tarde.
—La reunión estaba convocada para las once. Son las diez cincuenta y ocho.
Richard lo miró con frialdad.
—Sigues creyendo que siempre tienes que discutirlo todo.
—Solo cuando los hechos me dan la razón.
Algunos directivos intercambiaron miradas.
Richard apoyó las manos sobre la mesa.
—Tu comportamiento reciente ha puesto a la compañía en una situación delicada.
Alexander no respondió.
—Arriesgaste tu vida en una operación de rescate sin pensar en las consecuencias. Después pasaste la noche en casa de una empleada mientras la prensa especulaba sobre vuestra relación.
—Emily no es simplemente una empleada.
—Eso es precisamente lo que quiero discutir.
Richard señaló la pantalla.
Aparecieron varios titulares sensacionalistas.
—La reputación de Sterling Entertainment está siendo arrastrada por un escándalo sentimental.
Alexander estudió las imágenes.
Luego se volvió hacia su padre.
—¿Quién autorizó esta presentación?
—Yo.
—¿Y quién obtuvo las fotografías de la casa de Emily?
Richard entrecerró los ojos.
—No es relevante.
—Para mí sí.
—Estamos discutiendo tu responsabilidad como presidente.
—Y yo estoy preguntando por qué alguien ha estado vigilando una residencia privada.
El silencio se extendió por la sala.
Richard golpeó suavemente la mesa.
—Basta. Los accionistas necesitan garantías. Exigimos que pongas fin a esa relación mientras se resuelve la crisis.
Alexander dejó escapar una risa breve, sin humor.
—¿Exigimos?
—La familia tiene intereses que proteger.
—Mi relación con Emily no es un activo empresarial.
—Tu apellido sí lo es.
Alexander se incorporó ligeramente.
—Entonces permíteme recordarte algo. Sterling Entertainment no cotiza en bolsa bajo el nombre de mi padre. Tiene accionistas, empleados y un consejo que debe actuar en interés de la empresa, no en función de mis relaciones sentimentales.
Richard endureció la expresión.
—Estás demasiado implicado emocionalmente para verlo con claridad.
—Al contrario. Nunca he tenido las ideas tan claras.
Alexander abrió la carpeta que había llevado consigo.
—El departamento financiero acaba de terminar su evaluación trimestral. Los ingresos han crecido un veintisiete por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Tenemos tres acuerdos internacionales pendientes de firma y nuestro catálogo de producciones es el más rentable desde la fundación de la compañía.
Entregó copias a los demás directivos.
—Si alguien quiere cuestionar mi gestión, aquí están las cifras.
Un consejero comenzó a revisar los documentos.
Otro hizo lo mismo.
Richard observó a su hijo sin decir nada.
Alexander continuó:
—En cuanto al rescate, fui testigo de un accidente y actué para salvar una vida. Si alguno considera que habría sido mejor abandonar a una persona herida para proteger nuestra reputación, puede decirlo ahora.
Nadie respondió.
—Y respecto a Emily Carter, quiero dejar algo absolutamente claro.
Su voz se volvió firme.
—No permitiré que su nombre se utilice para chantajearme.
Richard se levantó bruscamente.
—¡Estás poniendo a una mujer por encima de tu familia!
Alexander también se puso de pie.
—No. Estoy negándome a tratar a una persona como si fuera una mercancía que pudiera intercambiarse por poder.
Padre e hijo quedaron frente a frente.
Durante unos segundos, ninguno apartó la mirada.
Finalmente, Richard habló con una calma aterradora.
—Si continúas por este camino, dejaré de apoyarte.
Alexander respiró profundamente.
—Entonces tendremos que aprender a vivir con ello.
—Podría costarte tu puesto.
—Mi puesto debe depender de mi trabajo.
—Podrías perder tu herencia.
La respuesta llegó sin vacilar.
—Nunca me enamoré de Emily pensando en lo que iba a heredar.
La sala quedó completamente silenciosa.
Richard comprendió que aquella amenaza había fracasado.
Pero todavía no había terminado.
—Solicito que se someta a votación una moción para apartar temporalmente a Alexander Sterling de sus funciones ejecutivas.
Alexander se quedó inmóvil.
Uno de los consejeros intervino.
—Señor Sterling, necesitamos fundamentos concretos para una medida semejante.
—Los tendrán.
Richard señaló a su abogado.
El hombre colocó varios documentos sobre la mesa.
—Hemos recibido información acerca de un posible conflicto de intereses relacionado con contratos artísticos supervisados por la señorita Carter.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué contratos?
—Los correspondientes a la nueva producción internacional.
El abogado deslizó una copia hacia él.
Alexander leyó las primeras líneas.
Su expresión cambió.
El documento afirmaba que Emily había recibido beneficios personales a cambio de favorecer la contratación de determinados artistas.
Era una acusación grave.
Y, sobre todo, falsa.
—¿Quién ha presentado esto?
—Un denunciante anónimo.
Alexander levantó lentamente la mirada.
—Entonces acaban de cometer un error.
Emily regresó a su casa poco después del mediodía.
Se encontraba agotada.
Había intentado llamar a Alexander, pero su teléfono permanecía apagado.
Supuso que continuaba en la reunión.
Encendió el televisor.
Una presentadora hablaba frente a la sede de Sterling Entertainment.
«Fuentes cercanas al consejo aseguran que se está investigando una posible irregularidad en la contratación de artistas vinculada a Emily Carter, representante de la compañía y presunta pareja sentimental de Alexander Sterling».
Emily se quedó helada.
En la pantalla apareció una fotografía suya.
Debajo, un titular:
«¿Beneficios ocultos detrás del romance del año?»
—Eso es mentira…
Tomó el teléfono.
Había decenas de mensajes.
Compañeros de trabajo.
Periodistas.
Números desconocidos.
Algunos la acusaban directamente de aprovecharse de Alexander.
Otros exigían que fuera despedida.
Emily comenzó a temblar.
No por los insultos.
Estaba acostumbrada a la dureza del mundo del espectáculo.
Lo que la aterrorizaba era comprender que alguien había decidido destruir su reputación profesional.
Y que aquella acusación podía perjudicar precisamente al hombre que había prometido protegerla.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez era Alexander.
Respondió inmediatamente.
—¡Alexander! Están diciendo cosas horribles. Yo nunca…
—Lo sé.
La voz de él sonó firme.
—Sé que no hiciste nada.
Emily cerró los ojos.
Aquellas seis palabras estuvieron a punto de hacerla llorar.
—Pero están utilizando mi nombre para atacarte.
—Eso no es responsabilidad tuya.
—Tu padre…
—Emily, escúchame. Quiero que permanezcas en casa. No hables con periodistas y no aceptes ninguna reunión sin avisarme.
Ella recordó su visita a Victoria.
Una punzada de culpa la atravesó.
—Alexander, tengo que contarte algo.
—Cuando llegue hablaremos de todo.
—Pero…
—Confía en mí.
La llamada terminó.
Emily permaneció con el teléfono pegado a la oreja.
No podía seguir ocultándole lo ocurrido.
Había prometido respetar sus decisiones.
Ahora debía tener el valor de contarle toda la verdad.
Alexander regresó a Garden Avenue al caer la tarde.
Encontró a Emily sentada junto a la ventana.
Sobre la mesa había varias capturas de pantalla de las noticias.
Ella se levantó en cuanto lo vio.
—Alexander…
Él no dijo nada.
Simplemente la abrazó.
Emily intentó mantenerse serena, pero terminó rompiendo a llorar contra su pecho.
—No hice nada de lo que dicen.
—Ya lo sé.
—Nunca acepté dinero de ningún artista. Nunca favorecí a nadie para conseguir un contrato.
—Emily.
Alexander se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.
—No tienes que defenderte ante mí.
Ella se cubrió la boca con una mano.
Durante toda su carrera había trabajado hasta el agotamiento para ganarse un lugar en una industria donde los rumores podían destruir años de esfuerzo.
Y ahora bastaba con una acusación anónima para ponerlo todo en duda.
—Tengo miedo —admitió.
Alexander le acarició el rostro.
—Yo también.
Emily lo miró sorprendida.
Era la primera vez que escuchaba aquellas palabras salir de su boca.
—¿Tú?
Él sonrió tristemente.
—Cuando te vi caer por aquel barranco, pensé que iba a perderte. Nunca había sentido algo parecido.
Su voz se volvió más baja.
—Desde entonces, muchas cosas que antes consideraba indispensables han dejado de importarme tanto.
Emily apoyó las manos sobre su pecho.
—No quiero que renuncies a tu compañía por mí.
—Y yo no quiero que renuncies a tu carrera por mí.
Se miraron en silencio.
Entonces ella respiró profundamente.
—Esta mañana fui a ver a tu madre.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Emily le contó todo.
El mensaje.
La reunión.
Las amenazas de Richard.
La petición de Victoria para que se alejara temporalmente.
No omitió nada.
Cuando terminó, Alexander permaneció callado.
Emily bajó la cabeza.
—Perdóname por no habértelo dicho antes.
—¿Por qué fuiste sola?
—Porque tenía miedo.
La sinceridad de su respuesta desarmó al hombre.
—Pensé que podría encontrar una manera de protegerte. Pero luego comprendí que marcharme sin explicaciones sería decidir por ti.
Alexander exhaló lentamente.
—Emily, quiero pedirte algo.
Ella levantó la mirada.
—No vuelvas a enfrentarte sola a mi familia.
—No quería preocuparte.
—Ya me preocupa todo lo que te sucede.
La estrechó de nuevo.
—No necesito que seas fuerte todo el tiempo. Y tampoco quiero que creas que mi amor es una deuda que debes pagar con sacrificios.
Emily escondió el rostro en su cuello.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Alexander miró hacia la mesa.
Sobre ella, los titulares seguían brillando en la pantalla del teléfono.
—Demostrar la verdad.
Durante los dos días siguientes, Sterling Entertainment vivió una de las crisis más intensas de su historia.
Alexander ordenó una auditoría independiente sobre los contratos mencionados en la denuncia.
Emily entregó voluntariamente sus registros de comunicación, los documentos de negociación y toda la información profesional relacionada con los artistas que representaba.
También contrató una abogada para proteger sus derechos.
La investigación comenzó a revelar contradicciones.
Las supuestas transferencias económicas no aparecían en ninguna cuenta vinculada a Emily.
Algunas fechas de los documentos habían sido alteradas.
Y dos firmas digitales no coincidían con las utilizadas oficialmente por la compañía.
Pero el hallazgo decisivo llegó cuando el equipo jurídico descubrió algo inesperado.
La denuncia anónima había sido enviada desde una cuenta creada apenas veinticuatro horas antes de la reunión del consejo.
Y los archivos adjuntos contenían referencias internas que permitieron rastrear su circulación hasta un despacho externo contratado por Richard Sterling.
El abogado de Alexander colocó el informe sobre su escritorio.
—Tenemos indicios suficientes para exigir una investigación formal.
Alexander observó los documentos.
—¿Mi padre conocía su procedencia?
—Todavía no podemos demostrarlo.
El hombre asintió.
—Entonces no hagamos acusaciones que no podamos sostener.
—¿Quiere presentar el informe al consejo?
Alexander contempló durante unos segundos la fotografía de Emily que tenía en su teléfono.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Y quiero que ella esté presente.
La segunda reunión extraordinaria se celebró el viernes.
Esta vez, Emily entró en la sede de Sterling Entertainment junto a Alexander.
Había pasado dos noches casi sin dormir.
Aun así, caminaba con la cabeza erguida.
Vestía un traje sencillo de color azul oscuro. No llevaba joyas llamativas ni intentaba aparentar una seguridad que no sentía.
Antes de entrar en la sala, Alexander le ofreció la mano.
—¿Preparada?
Emily lo miró.
—No demasiado.
Él sonrió.
—Yo tampoco.
Aquella confesión hizo que ella soltara una pequeña carcajada.
Y juntos atravesaron la puerta.
Richard Sterling se encontraba en el mismo lugar que durante la reunión anterior.
Su expresión se endureció al verlos entrar de la mano.
—¿Qué significa esto?
Alexander tomó asiento.
—Significa que la persona acusada tiene derecho a defender su reputación.
Emily se sentó a su lado, acompañada por su abogada.
Richard dirigió una mirada fulminante a su hijo.
—Esto es una reunión del consejo, no un espectáculo.
—Precisamente —respondió Alexander—. Por eso espero que hoy nos limitemos a hechos comprobables.
La auditoría fue presentada durante casi una hora.
Los especialistas explicaron las alteraciones de los contratos, la ausencia de pagos irregulares y las inconsistencias documentales.
Finalmente, el responsable de cumplimiento normativo pronunció la conclusión.
—No hemos encontrado pruebas de que la señorita Emily Carter recibiera beneficios ilícitos o interviniera irregularmente en los contratos investigados.
Emily sintió que las rodillas le temblaban bajo la mesa.
Su abogada le apretó suavemente la mano.
Pero la presentación todavía no había terminado.
El equipo jurídico expuso las evidencias que relacionaban la distribución de los documentos manipulados con el despacho externo contratado por Richard.
La sala quedó en silencio.
Uno de los consejeros se volvió hacia él.
—Señor Sterling, ¿puede explicar por qué esos documentos circularon a través de sus asesores?
Richard apretó los labios.
—Contraté a ese despacho para revisar posibles irregularidades.
—¿Ordenó usted la elaboración de información falsa?
—Por supuesto que no.
Alexander lo observó detenidamente.
Por primera vez, no veía al padre todopoderoso que había dominado las reuniones familiares durante décadas.
Veía a un hombre que estaba perdiendo el control sobre aquello que más temía perder.
—Padre —dijo finalmente—. Hay algo que necesito preguntarte.
Richard levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Realmente creías que apartándome de Emily conseguirías recuperar al hijo que querías?
La pregunta sorprendió a todos.
Richard se mantuvo rígido.
—Todo lo que he hecho ha sido para proteger nuestro apellido.
Alexander negó lentamente.
—Nuestro apellido nunca necesitó que destruyeras la reputación de una mujer inocente.
—No me acuses de algo que no has demostrado.
—No lo estoy haciendo.
Alexander cerró su carpeta.
—La investigación determinará quién manipuló esos documentos. Pero sí puedo decirte algo que llevo años callando.
Richard guardó silencio.
—He pasado gran parte de mi vida intentando demostrarte que merezco tu respeto. Estudié lo que querías. Trabajé donde decidiste. Acepté responsabilidades que ningún joven de mi edad habría querido asumir.
Su voz no temblaba.
—Pensé que cuando Sterling Entertainment tuviera éxito, cuando los resultados fueran suficientemente buenos, finalmente dejarías de verme como un niño al que debes corregir.
El anciano apartó ligeramente la mirada.
—Alexander…
—Pero cada vez que consigo algo por mí mismo, parece que encuentras una nueva razón para recordarme que todo te pertenece.
Emily sintió un nudo en la garganta.
Alexander respiró profundamente.
—No quiero quitarte tu lugar en esta familia. Solo quiero tener el mío.
Nadie se movió.
—Y Emily no es una amenaza para nosotros. Es la persona que me recordó que también tengo derecho a una vida fuera de estas paredes.
Richard permaneció callado durante largo rato.
Finalmente, se volvió hacia los demás consejeros.
—Retiro mi solicitud de destitución.
Un murmullo recorrió la sala.
Alexander no mostró satisfacción.
El presidente del comité de auditoría intervino:
—La denuncia deberá seguir investigándose. También revisaremos las actuaciones de todos los asesores implicados.
—Estoy de acuerdo —respondió Alexander.
Richard se levantó.
Antes de salir, miró brevemente a Emily.
No pidió perdón.
Tampoco volvió a insultarla.
Simplemente abandonó la habitación con un rostro envejecido de repente.
Y aquella ausencia de palabras dejó claro que algunas heridas familiares tardarían mucho más en sanar.
Cuando terminó la reunión, Emily salió al pasillo.
El cansancio acumulado cayó sobre sus hombros de golpe.
Alexander apareció detrás de ella.
—¿Estás bien?
Emily se volvió.
Lo contempló durante unos segundos.
Después comenzó a llorar.
Alexander abrió los brazos y ella se refugió en ellos.
—Pensé que iba a perder mi trabajo —susurró—. Pensé que nadie volvería a confiar en mí.
—Tu nombre quedará limpio oficialmente cuando se publique el informe.
—¿Y tu padre?
Alexander miró por la ventana.
—Tendrá que decidir qué clase de relación quiere tener conmigo a partir de ahora.
Emily levantó la cabeza.
—No quiero separarte de él.
—Tú no has separado a nadie.
La miró con ternura.
—Los problemas entre mi padre y yo comenzaron mucho antes de que aparecieras en mi vida.
Ella asintió lentamente.
Entonces Alexander le tomó ambas manos.
—Pero todavía queda algo pendiente.
Emily frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—La promesa que te hice aquella noche.
—¿La de sostener el cielo?
Él sonrió.
—Esa misma.
—Alexander, no tienes que demostrarme nada más.
—Lo sé.
Su expresión se volvió seria.
—Precisamente por eso quiero hacerte una pregunta sin presiones, sin consejos de mi familia y sin cámaras delante.
Emily sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Alexander introdujo una mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó una pequeña caja de terciopelo.
La joven se quedó sin aliento.
—Alexander…
Él abrió la caja.
En su interior había un anillo delicado, con un diamante rodeado por pequeñas piedras brillantes.
No era ostentoso.
Era elegante y sencillo.
Exactamente como a ella le gustaba.
—Lo compré antes del accidente —confesó.
Emily se cubrió la boca.
—¿Antes?
—Llevaba semanas buscando el momento adecuado. Pensé en una cena elegante, un viaje o algún lugar donde pudiera sorprenderte.
Alexander soltó una pequeña risa.
—Pero después de todo lo que ha pasado, creo que he aprendido algo.
—¿Qué?
—Que no necesito un momento perfecto para hacerte una pregunta que llevo mucho tiempo queriendo hacer.
Se arrodilló frente a ella.
Emily comenzó a llorar de nuevo.
—Emily Carter, quiero compartir contigo las mañanas tranquilas, los días difíciles, las discusiones absurdas y todas esas pequeñas cosas que hacen que una casa se convierta en un hogar.
La miró profundamente.
—No puedo prometerte que nunca habrá problemas. Mi familia seguirá siendo complicada, mi trabajo seguirá siendo exigente y seguramente cometeré muchos errores.
Su voz se quebró ligeramente.
—Pero puedo prometerte que nunca tendrás que enfrentarte sola a ellos.
Emily no podía dejar de llorar.
—¿Quieres casarte conmigo?
Durante unos segundos, fue incapaz de pronunciar una palabra.
Recordó la pequeña casa de Garden Avenue.
El viejo somier que crujía cuando Alexander se movía.
Las mañanas preparando el desayuno.
Sus bromas descaradas.
La manera en que él había descendido por aquel barranco sin pensar en su propia seguridad.
Y recordó también todas las noches en que había llorado en silencio, convencida de que jamás podría formar parte del mundo de aquel hombre.
Ahora él estaba arrodillado delante de ella.
No como presidente de una empresa.
Ni como heredero de una fortuna.
Sino como el hombre que la amaba.
Emily sonrió entre lágrimas.
—Sí.
Alexander parpadeó.
—¿Sí?
Ella soltó una carcajada.
—¡Sí, Alexander Sterling! ¡Quiero casarme contigo!
Él se levantó inmediatamente y la estrechó entre sus brazos.
Emily lo abrazó con todas sus fuerzas.
Entonces recordó sus heridas.
—¡Espera! ¡Tu hombro!
Alexander se echó a reír.
—¿Otra vez preocupada por mi hombro?
—¡Todavía no estás completamente recuperado!
—Emily, acabo de pedirte matrimonio y lo primero que haces es regañarme.
—Porque eres un irresponsable.
—Y tú acabas de aceptar casarte con este irresponsable.
Ella se rio mientras las lágrimas seguían resbalándole por las mejillas.
Alexander le colocó el anillo.
Después la besó lentamente.
Y, por primera vez desde que comenzaron los problemas, Emily no sintió la necesidad de mirar por encima del hombro.
Esa misma tarde, Sterling Entertainment emitió un comunicado oficial.
La compañía confirmó que la auditoría independiente no había encontrado irregularidades en la actuación profesional de Emily Carter. Asimismo, anunció que investigaría la manipulación y filtración de documentos internos y tomaría las medidas legales correspondientes.
Los titulares comenzaron a cambiar.
Las cuentas que antes la acusaban guardaron silencio.
Muchos periodistas que habían difundido las sospechas sin comprobarlas tuvieron que publicar aclaraciones.
Sin embargo, Emily sabía que la recuperación de su reputación no sería inmediata.
Había aprendido que una mentira podía viajar mucho más deprisa que la verdad.
Pero también había aprendido algo más importante.
No necesitaba esconderse para demostrar su inocencia.
Ni tenía que renunciar al hombre que amaba para conservar su dignidad.
Aquella noche, Alexander regresó con ella a Garden Avenue.
Emily preparó una cena sencilla.
Él insistió en ayudarla.
Su contribución consistió principalmente en cortar las verduras de manera tan desastrosa que Emily terminó quitándole el cuchillo.
—Eres presidente de una compañía multimillonaria y no sabes cortar una zanahoria.
—Tengo otras habilidades.
—¿Como cuáles?
Alexander la abrazó suavemente por detrás.
—Por ejemplo, convencer a la mujer más testaruda del mundo de que se case conmigo.
Emily se rio.
—Todavía puedo cambiar de opinión.
—Demasiado tarde. Ya tengo testigos.
—¡No había nadie delante!
—Mi corazón fue testigo.
Emily giró la cabeza para mirarlo.
—Qué cursi eres.
—Solo contigo.
Le dio un beso en la mejilla.
Después ambos se sentaron a cenar.
En la pared, el viejo reloj marcaba las ocho.
Fuera, una brisa suave agitaba las ramas del cerezo rojo.
La casa seguía siendo pequeña.
Los muebles continuaban siendo modestos.
Y el viejo somier seguramente volvería a crujir aquella noche.
Pero Alexander no deseaba estar en ningún otro lugar.
Una semana después, Emily recibió una llamada inesperada.
Era Victoria Sterling.
—Emily, soy Victoria.
La joven se incorporó inmediatamente.
—Buenas tardes, señora Sterling.
Hubo un pequeño silencio.
—Quería saber si estarías dispuesta a tomar un café conmigo.
Emily dudó.
—¿Ocurre algo?
—No. Esta vez no quiero pedirte que abandones a mi hijo.
La sinceridad de la mujer la sorprendió.
Victoria continuó:
—Alexander me ha contado lo del compromiso.
Emily miró instintivamente el anillo que llevaba en el dedo.
—Sí…
—Supongo que debería felicitarte.
—Gracias.
La mujer respiró profundamente.
—También debería pedirte disculpas.
Emily se quedó inmóvil.
Jamás había imaginado escuchar aquellas palabras.
—Quise proteger a mi hijo —continuó Victoria—, pero terminé haciéndote daño. Y lo que es peor, intenté decidir por los dos.
La joven no respondió inmediatamente.
—Señora Sterling, sé que usted quiere a Alexander.
—Sí. Tal vez demasiado, y de la manera equivocada.
Hubo un silencio cargado de emociones.
Finalmente, Victoria habló de nuevo.
—No sé cuánto tardará Richard en aceptar todo esto. Es un hombre orgulloso.
—Alexander también lo es —respondió Emily con una pequeña sonrisa.
Victoria soltó una risa inesperada.
—Eso lo heredó de su padre.
Por primera vez, ambas compartieron una complicidad sincera.
Antes de despedirse, Victoria añadió:
—Emily, hay algo que quiero decirte.
—La escucho.
—Cuando Alexander era pequeño, siempre me preguntaba por qué una casa tan grande podía sentirse tan vacía.
Emily sintió una punzada en el corazón.
—Durante años pensé que bastaba con ofrecerle una buena educación y todo el dinero que pudiera necesitar.
La voz de Victoria se volvió más suave.
—Pero hace unos días lo vi salir de vuestra pequeña casa. Estaba sonriendo de una manera que no le había visto desde niño.
Emily apretó el teléfono.
—Creo que finalmente comprendí algo —susurró Victoria—. Tú no le estás quitando nada a mi hijo.
Hizo una pausa.
—Le estás dando algo que nosotros olvidamos ofrecerle.
Emily no pudo contener las lágrimas.
—Gracias, señora Sterling.
—Llámame Victoria.
Tres meses después, Alexander y Emily celebraron una pequeña ceremonia de compromiso en el jardín de Garden Avenue.
No hubo una multitud de invitados.
Tampoco una exhibición de riqueza.
Solo unas pocas personas cercanas y una larga mesa decorada con flores.
Victoria asistió.
Richard no.
Pero envió un regalo.
Era una antigua pluma estilográfica que Alexander había admirado desde niño, acompañada de una nota escrita a mano.
«Un hombre debe aprender a responsabilizarse de sus propias decisiones. Espero que seas feliz con las tuyas».
Alexander leyó aquellas palabras varias veces.
No era una disculpa.
Tampoco una reconciliación.
Pero, viniendo de su padre, representaba un pequeño comienzo.
Emily se acercó.
—¿Estás bien?
Alexander guardó cuidadosamente la nota.
—Sí.
Le tomó la mano.
—Creo que finalmente lo estoy.
La música comenzó a sonar en el jardín.
Alexander la condujo hacia el pequeño espacio que habían preparado para bailar.
Emily miró alrededor.
—Podríamos haber celebrado esto en un restaurante.
—Lo sé.
—O en alguno de los hoteles que te pertenecen.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué aquí?
Alexander sonrió.
—Porque fue aquí donde descubrí algo que no había encontrado en ninguna de mis propiedades.
—¿Qué cosa?
Él la atrajo suavemente hacia sí.
—Mi hogar.
Emily apoyó la cabeza contra su pecho.
Durante un rato permanecieron abrazados, balanceándose al ritmo de la música.
Después ella levantó la mirada.
—Alexander…
—¿Sí?
—¿Recuerdas lo que me dijiste aquella noche? ¿Que aunque el cielo se derrumbara, me sostendrías?
—Por supuesto.
Emily sonrió.
—He estado pensando que quizá no deberías cargar tú solo con todo.
Alexander arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—No. Si alguna vez el cielo se viene abajo, lo sostendremos juntos.
Alexander la contempló durante unos segundos.
Luego le besó la frente.
—Trato hecho, futura señora Sterling.
Emily soltó una carcajada.
—Pero con una condición.
—La que quieras.
—Deja de fingir que te duelen las heridas para conseguir que te mime.
Alexander se echó a reír.
—No puedo prometer eso.
—¡Alexander!
Él la abrazó con más fuerza.
Y mientras las flores rojas caían lentamente a su alrededor, Emily comprendió que el amor no consistía en encontrar a alguien capaz de evitar todas las tormentas.
Consistía en encontrar a alguien que, incluso cuando llegara la peor de ellas, eligiera permanecer a tu lado.
Durante mucho tiempo había creído que amar a Alexander significaba estar dispuesta a dejarlo marchar.
Ahora sabía que el verdadero valor también podía consistir en quedarse.
No porque él fuera rico.
No porque llevara un apellido poderoso.
Ni siquiera porque estuviera dispuesto a enfrentarse a su familia.
Sino porque, cuando todos intentaron convertir su amor en una debilidad, ambos habían decidido transformarlo en una fortaleza.
Y aquella noche, bajo las ramas del cerezo, Alexander le susurró una última promesa:
—Emily, quizá no pueda darte una vida sin dificultades.
Ella alzó el rostro.
—No necesito una vida perfecta.
Él sonrió.
—Entonces, ¿qué necesitas?
Emily le acarició la mejilla.
—Que cuando despiertes mañana, sigas queriendo desayunar conmigo.
Alexander soltó una carcajada y la besó.
—Mañana, pasado mañana y todos los días que me queden.
Y por primera vez, Emily creyó que aquellas palabras no eran simplemente un sueño demasiado hermoso.
Eran el comienzo de la vida que ambos habían elegido construir.