Pensé que mi vida ya estaba escrita.
Tenía una mansión, una cuenta bancaria imposible de gastar y un esposo que podía conseguir cualquier cosa del mundo… hasta que abrí los ojos y descubrí que había regresado cinco años al pasado.
Y lo peor no era haber perdido mi lujo.
Era que el hombre acostado frente a mí todavía no era el poderoso empresario que conocía.
Era un desconocido pobre, frío y desconfiado que me miraba como si fuera una loca.
Entonces aparecieron unos extraños comentarios flotando delante de mis ojos.
【¿Otra mujer intentando conquistar al villano? Qué divertido.】
【Además lleva ese vestido tan atrevido… El protagonista oscuro solo se enamora de chicas puras e inocentes. Esta ya perdió antes de empezar.】
【El futuro de Adrian Black será convertirse en el hombre más temido del mundo empresarial. Un monstruo capaz de destruir a cualquiera sin pestañear.】
Parpadeé varias veces.
¿Comentarios?
¿De dónde salían esas frases?
Bajé la mirada y entendí por qué estaban tan sorprendidos.
Llevaba un vestido negro extremadamente ajustado, con un escote profundo y una abertura que dejaba poco a la imaginación.
La noche anterior Adrian me había rogado que me lo pusiera.
—Cariño, solo una vez… Te transfiero diez millones si lo usas.
El hombre que en el futuro podía comprar edificios enteros me había suplicado como un niño.
Yo había aceptado de mala gana.
Y después él se había asegurado de que no pudiera dormir hasta el amanecer.
Pero ahora…
Cuando desperté, el hombre frente a mí salió del baño con una simple toalla alrededor de la cintura.
Y me miró con absoluta confusión.
—¿Quién eres?
Me quedé congelada.
¿Perdón?
¿Después de quitarme el sueño ahora fingía no conocerme?
—¿Quién soy? ¡Soy tu esposa!
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlo.
Pero fui yo quien quedó más sorprendida.
Porque el lugar donde estaba no tenía nada que ver con mi casa.
Las paredes estaban viejas, la ventana dejaba pasar el viento y los muebles parecían recogidos de la calle.
¿Dónde estaba mi cama de dos metros?
¿Dónde estaba mi bañera de lujo donde podía relajarme durante horas?
Frente a mí estaba Adrian cinco años más joven.
Sin la cicatriz en la frente.
Sin esa mirada cansada de hombre que había sobrevivido a mil guerras.
Solo tenía veinte años, una expresión fría y una desconfianza enorme.
Le toqué la cara.
—Espera… ¿te hiciste un tratamiento facial a escondidas?
Lo miré de cerca.
—Aunque tengo que admitir que quedó bastante bien.
Adrian apartó mi mano como si fuera peligrosa.
—Te preguntaré una última vez. ¿Quién eres?
Entonces lo entendí.
Había vuelto al pasado.
Al momento en que Adrian todavía era un joven sin dinero, antes de convertirse en el hombre que todos temían.
El mismo hombre que cinco años después tenía guardaespaldas siguiéndolo a todas partes.
El mismo que podía hacer callar una sala llena de empresarios con una sola mirada.
Pero en casa…
En casa era completamente diferente.
Si me enfadaba, me perseguía hasta conseguir mi perdón.
Si quería algo, intentaba dármelo.
Una vez dije en broma que quería una estrella.
Él realmente compró un meteorito.
Cuando pregunté cuánto había costado, siguió cortando una manzana como si nada.
—No mucho.
—¿Cuánto es “no mucho”?
Pensó unos segundos.
—Unos cien millones.
Casi me atraganté.
—Adrian, ¿estás enfermo?
Él solo me miró confundido.
—Pero tú dijiste que querías una estrella.
—¡Lo dije por decir!
Sonrió y me acercó un trozo de manzana.
—Aunque lo digas por decir, yo lo tomaré en serio.
Miré al joven frente a mí.
El mismo hombre.
La misma alma.
Solo que ahora tenía una cuenta bancaria vacía.
Sonreí con mi mejor sonrisa falsa.
—Chico, tengo una pregunta importante.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Cuánto ganas al mes?
Su expresión se volvió fría.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es. Si en el futuro no tienes dinero, no voy a vivir contigo.
Él soltó una risa sarcástica.
—Estás loca.
Se giró para irse al baño.
Pero reaccioné más rápido.
Tomé la toalla.
El silencio cayó de golpe.
Durante tres segundos nadie respiró.
El rostro de Adrian se puso rojo hasta las orejas.
—¡Tú!
Lo miré con atención y asentí satisfecha.
—Bien. Todo coincide.
Adrian me miró horrorizado.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Yo crucé las piernas sobre su vieja cama.
—Ya te lo dije. Soy tu futura esposa.
Él no me creyó.
Así que sonreí.
—Si quieres una prueba… dime si tienes un lunar en la cadera izquierda.
Su expresión cambió.
Continué.
—Y además eres zurdo.
Su rostro perdió todo color.
—También sé que odias dormir con la ventana abierta y que cuando estás nervioso golpeas dos veces la mesa con los dedos.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
Finalmente preguntó en voz baja:
—¿De verdad eres mi esposa del futuro?
Asentí.
—Entonces dime algo.
Sus ojos brillaron por primera vez.
—¿Algún día tendré dinero?
Me reí.
Claro que tendría dinero.
Muchísimo.
—La semana pasada me transferiste cincuenta millones porque dije que me gustaba un bolso nuevo.
Por un segundo vi esperanza en sus ojos.
Pero desapareció rápidamente.
Volvió a ponerse serio.
—Entonces viniste porque quieres mi dinero del futuro.
Me quedé callada.
Era una pregunta justa.
Y por primera vez no supe qué responder.
Así que hice otra pregunta.
—¿Cuánto ganas ahora?
Adrian guardó silencio.
—Tres mil dólares.
Casi me río.
Tres mil.
Yo había gastado más que eso en una cena.
Me acerqué y le di un pequeño golpe en el pecho.
—Entonces dime algo, chico.
—Ahora mismo tienes tres mil dólares y una habitación vieja.
Lo miré directamente.
—¿Por qué crees que sigo aquí?
Adrian no respondió.
Por primera vez desde que había despertado, parecía no tener una respuesta preparada.
Ese hombre que en el futuro podía negociar contratos de miles de millones, que podía destruir una compañía con una llamada telefónica, ahora solo era un joven de veinte años intentando entender por qué una mujer extraña decía ser su esposa.
—Quizá eres una estafadora —dijo finalmente.
Me reí.
—¿Una estafadora que sabe cosas que nadie sabe?
Adrian apretó los labios.
No quería creerme.
Pero tampoco podía ignorarme.
Porque yo sabía detalles imposibles.
Sabía cómo tomaba el café.
Sabía que odiaba que tocaran sus cosas.
Sabía que fingía ser frío porque había pasado demasiados años aprendiendo que confiar en otros era peligroso.
En mi vida anterior, todos veían a Adrian Black como un monstruo.
Yo era la única persona que sabía que debajo de esa armadura había un hombre que simplemente nunca había recibido suficiente amor.
Cuando lo conocí cinco años después, él ya era famoso.
Todos querían acercarse a él.
Pero nadie conocía al hombre que se quedaba despierto hasta tarde porque tenía miedo de perder lo que había conseguido.
Nadie sabía que guardaba mis mensajes antiguos.
Nadie sabía que recordaba cada pequeño comentario que yo hacía.
Excepto yo.
Porque yo había sido su esposa.
Y ahora estaba frente a una versión de él que todavía no sabía amar.
—Está bien —dijo finalmente—. Supongamos que dices la verdad.
Se cruzó de brazos.
—¿Qué quieres?
Lo miré.
En mi vida anterior, muchas personas se acercaron a Adrian por su dinero.
Por su poder.
Por su apellido.
Pero yo lo había conocido antes de todo eso.
Aunque no lo recordara.
—Quiero que sobrevivas.
Adrian frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—También quiero que dejes de pensar que nadie te quiere si no eres rico.
Sus ojos cambiaron ligeramente.
Había dado en el punto exacto.
Durante los siguientes días, Adrian intentó mantenerme lejos.
Pero yo era demasiado persistente.
Encontré trabajo.
Cociné para él.
Limpié aquella habitación horrible.
Y cada vez que intentaba preguntarme por qué hacía tanto por alguien que apenas podía mantenerse a sí mismo, yo respondía:
—Porque sé quién serás.
Él pensaba que me refería al dinero.
Pero yo hablaba de algo más importante.
El futuro Adrian tenía todo excepto tranquilidad.
Quería cambiar eso.
Sin embargo, pronto descubrí que volver al pasado no significaba que todo sería fácil.
Los comentarios que flotaban frente a mis ojos seguían apareciendo.
【La historia está cambiando.】
【El villano ya no está siguiendo el camino original.】
【Cuidado. Si Adrian no se convierte en el hombre previsto, todos los acontecimientos cambiarán.】
Me quedé mirando esas palabras.
Entonces entendí algo.
No había regresado para conquistar al villano.
Había regresado para salvarlo.
Pero salvar a Adrian significaba enfrentar a las personas que lo habían convertido en alguien sin corazón.
Porque antes de convertirse en el hombre más poderoso de la ciudad, Adrian había sido traicionado por quienes más confiaba.
Su propia familia.
Sus antiguos socios.
Las personas que lo empujaron a creer que solo podía sobrevivir si se volvía más cruel que ellos.
Una noche lo encontré sentado solo bajo la lluvia.
Tenía una mirada vacía.
La misma mirada que años después intenté borrar de su rostro.
Me senté a su lado.
—¿Por qué sigues conmigo?
Adrian habló sin mirarme.
—Porque no tienes miedo de mí.
Sonreí.
—Porque sé que no eres alguien a quien temer.
Por primera vez, él no respondió con una burla.
Solo apoyó lentamente su cabeza sobre mi hombro.
Ese pequeño gesto me dolió más que cualquier cosa.
Porque recordé al hombre del futuro.
El hombre que podía comprar cualquier cosa.
Excepto sentirse seguro.
Pasaron los meses.
El joven sin dinero comenzó a cambiar.
No porque yo le diera una vida fácil.
Sino porque por primera vez alguien creyó en él antes de que tuviera éxito.
Adrian empezó su propio negocio.
Falló.
Volvió a intentarlo.
Falló otra vez.
Pero cada vez se levantaba.
Y yo estaba ahí.
Hasta que un día llegó la noticia.
La empresa de Adrian había conseguido su primer gran contrato.
El mismo contrato que en mi memoria nunca había conseguido.
El destino estaba cambiando.
Él me encontró en casa con una pequeña caja.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Adrian sonrió.
—Ábrela.
Dentro había un pequeño colgante con forma de estrella.
Lo miré sorprendida.
—¿Una estrella?
Él sonrió.
—No puedo comprarte un meteorito todavía.
Me reí.
Pero mis ojos se llenaron de lágrimas.
Porque recordé al hombre que un día gastaría una fortuna solo para cumplir una frase que yo dije sin pensar.
Y entendí que nunca había amado su dinero.
Había amado al hombre que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para verme feliz.
Años después, cuando Adrian volvió a convertirse en el hombre poderoso que todos temían, la gente seguía preguntándose cuál era su mayor debilidad.
La respuesta era sencilla.
Yo.
Pero nadie sabía la verdad.
Yo también tenía una debilidad.
Él.
Porque antes de ser un magnate.
Antes de ser una leyenda.
Antes de convertirse en el hombre más peligroso del mundo…
Adrian Black fue simplemente un joven de veinte años con una habitación vieja, tres mil dólares al mes y una mujer que decidió quedarse.
Y quizá ese fue el verdadero milagro.
No que yo hubiera viajado al pasado.
Sino que tuve una segunda oportunidad para conocer al hombre que todos habían olvidado mirar.