Terminó con su novio de toda la vida cuando él dudó por otra mujer… y el hombre que apareció después convirtió su despecho en una guerra

Cuando Valeria Wynn descubrió que su novio de la infancia había comenzado a vacilar por otra mujer, no lloró delante de él.

No preguntó si todavía la amaba.

No le pidió explicaciones.

Simplemente terminó la relación.

—Hasta aquí llegamos, Lucas.

Él la miró como si no hubiera escuchado bien.

—Valeria, solo dije que necesito tiempo.

—Exacto.

Ella se quitó el anillo que llevaba desde hacía tres años y lo dejó sobre la mesa.

—Y yo no quiero a un hombre que necesite tiempo para decidir si me elige.

Lucas apretó la mandíbula.

Habían crecido juntos.

Sus familias eran vecinas.

Él había sido su compañero de juegos, su confidente, su primer amor y el hombre con quien todos daban por hecho que acabaría casándose.

Durante años, Valeria creyó que su relación era indestructible.

Hasta que apareció Emma Reed.

Dulce.

Frágil.

Siempre necesitada de ayuda.

Lucas comenzó acompañándola a casa.

Después dejó de contestar algunas llamadas.

Más tarde canceló una cena importante porque Emma había tenido una crisis.

Y finalmente, cuando Valeria le preguntó directamente qué sentía por ella, Lucas guardó silencio.

Solo tres segundos.

Pero fueron suficientes.

Valeria entendió que el amor podía morir sin gritos.

A veces bastaba una duda.

—No pasó nada entre nosotros —insistió Lucas—. Nunca te engañé.

—No necesito que te acuestes con otra persona para sentir que me traicionaste.

—Estás exagerando.

—Y tú llegaste demasiado tarde.

Valeria recogió su bolso.

Lucas le bloqueó el paso.

—Después de tantos años, ¿vas a dejarme así?

Ella lo miró con una calma que le dolió más que cualquier escena.

—No te estoy dejando por Emma.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque por primera vez me vi a mí misma esperando que un hombre decidiera si yo era suficiente.

Se apartó.

—Y no pienso volver a hacerlo.

Lucas creyó que regresaría.

Todos lo creyeron.

Su madre.

Sus amigos.

Incluso Emma, que fingía sentirse culpable mientras seguía llamándolo cada noche.

Pero Valeria no volvió.

Cambió de apartamento.

Aceptó un nuevo puesto en la empresa familiar.

Eliminó las fotografías.

Y cuando alguien mencionaba el nombre de Lucas, sonreía como si hablaran de una persona a la que había conocido en otra vida.

Ella pensó que, desde ese momento, serían extraños.

Se equivocó.

El día que presentó públicamente a su nuevo novio, Lucas apareció bajo una tormenta de nieve.

Tenía el cabello empapado.

Los ojos rojos.

Las manos temblorosas.

Había esperado durante horas frente al hotel donde se celebraba la gala.

Cuando Valeria salió del brazo de un hombre alto vestido de negro, Lucas cruzó la calle sin mirar los automóviles.

—Valeria.

Ella se detuvo.

A su lado, Julian Cross no dijo nada.

Solo colocó una mano en su cintura.

Lucas vio el gesto.

Algo en su rostro se rompió.

—Mírame —suplicó.

Valeria sostuvo su mirada.

Nunca lo había visto así.

El hombre orgulloso que había dado por hecho que ella siempre estaría allí parecía incapaz de respirar.

—No estoy sucio —dijo con la voz quebrada—. Nunca la toqué. No hice nada con ella.

Valeria permaneció en silencio.

Lucas avanzó un paso.

—Por favor, no me abandones.

Julian ladeó la cabeza.

Sus ojos se enfriaron.

—Ella ya lo hizo.

Lucas lo miró por primera vez.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

—Todo lo que tiene que ver con ella, ahora tiene que ver conmigo.

La nieve caía entre los tres.

Valeria sintió el peso de la mano de Julian sobre su cintura.

Firme.

Tranquila.

Peligrosa.

Lucas volvió a mirarla.

—¿De verdad estás con él?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que comprendí que podía sentirme elegida sin tener que pedirlo.

Lucas palideció.

—Tú no lo amas.

Valeria sonrió.

—Todavía no.

Julian bajó la mirada hacia ella.

La respuesta pareció divertirlo.

—Pero podría —añadió Valeria.

Eso fue peor.

Mucho peor.

Lucas dio un paso atrás como si le hubieran golpeado el pecho.

No sabía que el hombre junto a ella no era un empresario común.

Julian Cross controlaba puertos, hoteles, medios de comunicación y gran parte del capital privado de Harbor City.

Era el hombre al que incluso los políticos llamaban antes de tomar decisiones importantes.

Un hombre que rara vez aparecía en público.

Y que jamás había presentado a una mujer como su pareja.

La primera vez que Julian vio a Valeria fue en el aeropuerto.

Ella llevaba gafas oscuras y discutía con un desconocido que había intentado fotografiarla por debajo de la falda.

—¿Qué clase de degenerado necesita esconderse detrás de un teléfono? —espetó ella—. ¿Tu familia sabe que te crió para convertirte en una vergüenza pública?

El hombre huyó entre insultos.

Julian, que esperaba a unos metros, pensó que aquella mujer era insoportable.

Afilada.

Directa.

Demasiado hermosa para la cantidad de desprecio que cabía en su expresión.

También pensó algo más:

“El hombre que salga con ella tendrá que ser extraordinario.”

Meses después volvió a verla en un bar privado.

Valeria llevaba un vestido rojo y una sonrisa que atraía todas las miradas.

Parecía aceptar la compañía de cualquiera.

Permitía que los hombres se acercaran.

Escuchaba sus invitaciones.

Brindaba con ellos.

Julian la observó durante demasiado tiempo.

Cuando el tercero le pidió su número y ella no lo rechazó, él perdió interés.

O eso se dijo.

Se levantó para marcharse.

Entonces Valeria apareció frente a él con una copa en la mano.

Sus labios rojos se curvaron.

—¿Jugamos?

Julian la miró.

—¿A qué?

Ella señaló la mesa de dados.

—A lo que quieras.

Había decenas de hombres en aquel lugar.

Pero en ese momento, los ojos brillantes de Valeria solo reflejaban su rostro.

Julian sintió romperse algo dentro de él.

La última advertencia de la razón.

La parte de sí mismo que siempre calculaba antes de actuar.

Sonrió.

—Jugamos.

Toda la mesa quedó en silencio.

El hombre más poderoso de Harbor City acababa de aceptar una partida de dados con una mujer que ni siquiera sabía exactamente quién era él.

Valeria creyó que estaba eligiendo a un desconocido para olvidar una decepción.

Julian comprendió, antes que ella, que acababa de entrar en una guerra.

Aquella noche, ella podía aceptar la atención de cualquiera.

Pero algún día, él se convertiría en la razón por la que rechazaría a todos.

Lo que Julian no imaginó fue que el primer hombre al que tendría que derrotar no era Lucas.

Era la versión de Valeria que había dejado de creer en el amor.

La partida comenzó con una apuesta pequeña.

Valeria lanzó los dados sobre la mesa y cruzó las piernas.

—Número más alto gana.

Julian se sentó frente a ella.

—¿Y qué gana?

—Lo que pida.

—Eso suena imprudente.

—Solo si pierdo.

Los hombres que rodeaban la mesa intercambiaron miradas.

Algunos reconocían a Julian.

Otros solo percibían que su presencia cambiaba el ambiente.

Nadie se atrevía a interrumpir.

Valeria lanzó primero.

Once.

Sonrió con seguridad.

—Parece que esta noche tengo suerte.

Julian tomó los dados.

—La suerte es una forma elegante de nombrar lo que no controlamos.

—Debe ser agotador hablar como si todo fuera una negociación.

—Debe ser agotador fingir que nada te importa.

La sonrisa de Valeria se congeló apenas.

Julian lanzó.

Doce.

Los presentes soltaron exclamaciones.

Ella miró los dados.

Después lo miró a él.

—Has ganado.

—Lo sé.

—Entonces pide algo.

Julian apoyó un brazo sobre la mesa.

—Tu nombre.

Valeria soltó una carcajada.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

—Valeria Wynn.

Él ya lo sabía.

Había escuchado a alguien mencionarlo en el aeropuerto.

Pero quiso oírselo decir.

—Julian Cross.

Ella alzó una ceja.

—No te pregunté.

—Lo harás después.

Valeria pensó que era arrogante.

Le gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Jugaron otra ronda.

Esta vez ella ganó.

—Quiero una respuesta honesta —dijo.

—Haz la pregunta.

—¿Por qué me estabas mirando?

—Porque eras la persona más ruidosa del bar sin levantar la voz.

—Eso no es un cumplido.

—No pretendía que lo fuera.

Valeria giró la copa entre los dedos.

—¿Y por qué ibas a marcharte?

Julian miró hacia la entrada.

—Porque parecías ocupada entreteniendo a otros.

—¿Te molestó?

—No.

—Mentiroso.

Él volvió los ojos hacia ella.

—No suelo competir por atención.

—Tal vez porque siempre la tienes.

—Tal vez porque no me interesa la atención que se reparte demasiado fácilmente.

La frase fue directa.

Valeria la entendió.

En otro momento se habría sentido ofendida.

Aquella noche estaba demasiado cansada para fingir.

—No le doy nada a nadie —dijo—. Solo dejo que crean que podrían conseguirlo.

—¿Por qué?

—Porque es divertido.

—No.

Julian la observó con demasiada precisión.

—Porque quieres saber cuánto tardan en decepcionarte.

Valeria dejó la copa.

—¿Siempre analizas a desconocidos?

—Solo cuando me invitan a jugar.

Ella sonrió sin alegría.

—Entonces te toca apostar.

Julian tomó los dados.

—Una cena.

—Eso no es una apuesta.

—Lo será cuando pierdas.

—¿Y si gano?

—No volverás a verme.

Valeria sintió una reacción absurda.

No quería ganar.

Aquello la irritó.

—Trato hecho.

Lanzaron.

Ella perdió.

Julian se levantó.

—Mañana a las ocho.

—No sabes dónde encontrarme.

—Sí lo sé.

—Eso suena inquietante.

—El hotel Wynn pertenece a tu familia.

Valeria frunció el ceño.

—¿Quién eres exactamente?

Julian se abrochó la chaqueta.

—La pregunta que ibas a hacer después.

Se marchó.

Valeria lo observó atravesar el salón.

Solo entonces uno de sus conocidos se acercó.

—¿Sabes con quién acabas de jugar?

—Con un hombre que se toma demasiado en serio.

—Con Julian Cross.

—Ya me lo dijo.

—No entiendes.

El hombre bajó la voz.

—Ese tipo controla la mitad de Harbor City.

Valeria miró la puerta por la que había desaparecido.

—¿Y vino a jugar a los dados?

—Precisamente por eso nadie entiende qué acaba de pasar.

A la mañana siguiente, Valeria recibió un mensaje.

“Cena. Ocho. No llegues tarde.”

No había saludo.

Ni dirección.

Cinco segundos después llegó otra notificación con la ubicación.

Ella respondió:

“Podrías pedirlo con educación.”

Julian tardó menos de un minuto.

“Podría. Pero ya aceptaste.”

Valeria sonrió.

No quería hacerlo.

Eso también era mentira.

Se presentó a las ocho y doce.

Julian estaba sentado junto a una ventana en un restaurante cerrado al público.

—Llegas tarde —dijo.

—Doce minutos no cambian una vida.

—Depende de la vida.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras interrogando a alguien.

—Solo cuando alguien intenta probar cuánto puede hacerme esperar.

Valeria se sentó.

—¿Y cuánto puedo?

—Doce minutos.

—Qué estricto.

—El trece habría sido una falta de respeto.

Ella apoyó la barbilla en una mano.

—¿Y qué habrías hecho?

—Irme.

—No lo creo.

Julian la miró.

—Eso podría convertirse en tu primer error conmigo.

La cena fue extrañamente sencilla.

Julian no intentó impresionarla.

No habló de dinero.

No preguntó por su familia.

Tampoco mencionó a Lucas.

Valeria fue quien terminó haciéndolo.

—Acabo de romper con alguien.

Julian levantó la copa.

—Lo imaginé.

—¿Por qué?

—Mujer elegante, sola en un bar, aceptando conversaciones que claramente le aburren.

—Tal vez siempre soy así.

—No.

—Hablas como si me conocieras.

—Todavía no.

—¿Y quieres hacerlo?

Julian no respondió de inmediato.

—Sí.

La sinceridad la desarmó.

Valeria esperaba ironía.

Una frase seductora.

Un juego.

No aquella respuesta.

—No busco una relación —dijo.

—Yo tampoco.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No.

—¿Qué parte no entendiste?

—Yo no busco nada.

Julian dejó la copa.

—Cuando quiero algo, lo reconozco.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Y qué quieres?

—Todavía lo estoy decidiendo.

—Eso no suena mejor que mi exnovio.

Julian percibió el cambio en su tono.

—Él dudó entre tú y otra mujer.

—No sabes nada.

—Sé suficiente.

—¿Quién te contó?

—Nadie.

—Entonces no inventes.

Julian sostuvo su mirada.

—No necesito conocer la historia completa para entender que llevas toda la noche intentando demostrar que no te afectó.

Valeria apartó la vista.

—No me afectó.

—Entonces di su nombre.

Ella permaneció callada.

Julian no insistió.

Cambió de tema.

Aquello la sorprendió más que si hubiera preguntado.

Durante las semanas siguientes se vieron varias veces.

Nunca llamaron citas a sus encuentros.

Eran cenas.

Partidas privadas.

Paseos nocturnos.

Una copa después de reuniones demasiado largas.

Julian no la cortejaba de la manera habitual.

No enviaba flores.

Enviaba soluciones.

Cuando Valeria mencionó que una galería canceló una exposición de su amiga por presiones políticas, Julian hizo una llamada y consiguió otro espacio.

Cuando el hotel Wynn tuvo problemas con un permiso portuario, él no intervino hasta que ella se lo pidió.

—Pensé que ya lo habías resuelto —dijo Valeria.

—Podía.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque no era mi problema.

—Podías ayudarme.

—También podía insultarte tomando decisiones sobre tus negocios sin consultarte.

Valeria lo miró.

Lucas siempre había intervenido sin preguntar.

Decía que la conocía demasiado bien para necesitar permiso.

Julian, que podía controlar a media ciudad, esperaba a que ella eligiera.

La diferencia comenzó a incomodarla.

Porque cada vez era más difícil mantenerlo a distancia.

Una noche, después de perder otra partida de dados, Valeria preguntó:

—¿Por qué nunca vienes con una mujer?

—Porque vine contigo.

—Antes.

—No me interesaba.

—Eso no es posible.

—¿Por qué?

—Porque los hombres como tú siempre tienen a alguien.

—¿Los hombres como yo?

—Ricos. Poderosos. Convencidos de que el mundo les debe obediencia.

Julian sonrió.

—No necesito que el mundo me obedezca.

—Solo Harbor City.

—Es más eficiente.

Valeria soltó una risa.

—No respondiste.

Julian hizo girar un dado entre los dedos.

—Hubo mujeres.

—¿Muchas?

—Las suficientes para saber que no quiero una más.

Ella sintió celos.

No tenía derecho.

Eso la irritó.

—Qué romántico.

—No te estoy seduciendo.

—Entonces lo haces de forma natural.

Julian la miró durante varios segundos.

—Valeria.

Fue la primera vez que pronunció su nombre de aquella manera.

Sin burla.

Sin distancia.

—No juegues con algo que no quieres ganar.

Ella dejó la sonrisa.

—¿Y si quiero?

La mirada de Julian se oscureció.

—Entonces no habrá vuelta atrás.

Valeria se inclinó sobre la mesa.

—Todos los hombres creen eso.

—Yo no soy todos.

—Esa frase también la dicen todos.

Julian soltó el dado.

—Entonces compruébalo.

Ella pensó en Lucas.

En los años compartidos.

En el momento en que él guardó silencio.

Pensó en Julian, que nunca prometía más de lo que estaba dispuesto a cumplir.

Se levantó.

Rodeó la mesa.

Y se detuvo frente a él.

—¿Qué ocurre si te beso?

Julian alzó la vista.

—Nada que no estés preparada para continuar.

Valeria se inclinó.

El beso fue breve.

Un roce.

Una provocación.

Cuando intentó apartarse, Julian no la detuvo.

Eso la desorientó.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—Tú decidiste cuánto duraba.

—Podías haber hecho algo.

—Podía.

—¿Y por qué no?

Julian se levantó.

Quedó demasiado cerca.

—Porque cuando te bese de verdad, no quiero que puedas decir que aprovechaste una mala noche para equivocarte conmigo.

Valeria dejó de respirar.

Él tomó su abrigo.

—Te llevaré a casa.

Aquella noche no durmió.

Dos días después, Lucas apareció en su oficina.

No habían hablado desde la ruptura.

—Tenemos que aclarar las cosas —dijo.

Valeria continuó revisando un informe.

—Ya están claras.

—Emma no significa nada.

—Eso deberías decírselo a ella.

—Le dije que no podía seguir viéndola.

Valeria levantó la mirada.

—Qué bien.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

Lucas se acercó al escritorio.

—Que entendieras que te elegí.

La frase le produjo algo parecido a la risa.

—No, Lucas. Me perdiste y después elegiste la opción que ya no podías tener.

—No es cierto.

—Necesitaste verme marchar para recordar que me querías.

—Estaba confundido.

—Y yo no quiero ser la mujer a la que amas cuando desaparece.

Lucas apretó las manos.

—¿Es por Cross?

Valeria se tensó.

—No.

—Todo el mundo te vio con él.

—No es asunto tuyo.

—Ese hombre no ama a nadie.

—Qué curioso. Tú tampoco parecías saber hacerlo.

Lucas palideció.

—Te está usando.

—¿Para qué?

—No lo sé.

—Entonces no sabes nada.

—Sé que hombres como él no se interesan de repente en mujeres como tú.

El silencio cayó.

Valeria se levantó lentamente.

—¿Mujeres como yo?

Lucas comprendió su error.

—No quise decir eso.

—Sí quisiste.

—Valeria…

—Sal de mi oficina.

—Escúchame.

—Ahora.

Lucas se marchó.

Pero aquella frase quedó dentro de ella.

“Mujeres como tú.”

Durante años, él había sido amable.

Protector.

Cercano.

Solo después de perderla mostró la parte de sí mismo que siempre había creído que ella debía sentirse afortunada por ser elegida.

Esa noche Valeria canceló una cena con Julian.

No dio explicaciones.

Él no insistió.

Al día siguiente tampoco llamó.

Eso la molestó.

Al tercero, Valeria fue a buscarlo.

Lo encontró en una sala de reuniones rodeado de ejecutivos.

Julian levantó la vista cuando ella entró.

No pareció sorprendido.

—Cinco minutos —dijo a los demás.

Todos salieron.

Valeria cruzó los brazos.

—No preguntaste por qué cancelé.

—No.

—¿No te importó?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no llamaste?

—Porque cancelaste.

—Eso no significa que no pudieras insistir.

Julian apoyó las manos sobre la mesa.

—No persigo a alguien que acaba de pedirme espacio.

—No pedí espacio.

—No diste una explicación.

—Tal vez esperaba que la pidieras.

—Yo no soy Lucas.

La frase la inmovilizó.

—No uses su nombre.

—Entonces deja de castigarme por cosas que hizo él.

Valeria abrió la boca.

No encontró respuesta.

Julian continuó:

—Quieres que insista para sentir que te elijo. Pero si insisto demasiado, dirás que intento controlarte.

—No sabes lo que quiero.

—Tú tampoco.

La verdad dolió.

Valeria bajó la mirada.

—Dijo que me estabas usando.

—¿Y le creíste?

—No.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Porque una parte de mí pensó que podía tener razón.

Julian caminó hasta quedar frente a ella.

—¿Para qué podría usarte?

—Mi familia tiene hoteles.

—Yo podría comprarlos.

—Eso es arrogante.

—Es verdad.

—Tal vez quieres molestar a alguien.

—No necesito una mujer para molestar a mis enemigos.

—Entonces dime qué quieres.

Julian la miró.

—A ti.

Valeria sintió que el corazón se detenía.

—Eso es demasiado fácil.

—No.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Es lo más difícil que he querido en años.

—¿Por qué?

—Porque no confías en nadie que pueda abandonarte.

—Eso no es verdad.

—Sí.

—No me conoces tanto.

—Conozco la forma en que miras la puerta cada vez que alguien promete quedarse.

Valeria sintió que los ojos le ardían.

Julian alzó una mano.

No la tocó.

Esperó.

Ella fue quien redujo la distancia.

Apoyó la frente contra su pecho.

Julian cerró los brazos alrededor de ella.

Sin apretar demasiado.

Sin convertir el momento en una victoria.

—No quiero ser una elección temporal —susurró Valeria.

—No lo serás.

—No prometas algo que no puedes saber.

—No lo prometo.

Ella levantó el rostro.

—Entonces, ¿qué dices?

—Que mientras estés conmigo, no habrá otra persona por la que tenga que dudar.

Valeria cerró los ojos.

—Eso suena parecido.

—Es más honesto.

Aquella tarde lo besó de verdad.

No fue una apuesta.

No fue una provocación.

Fue una decisión.

La relación se mantuvo en privado durante dos meses.

No porque Julian quisiera ocultarla.

Porque Valeria no estaba preparada para convertir su vida en una noticia.

Harbor City conocía cada movimiento de Julian.

Cualquier mujer a su lado se convertía en objetivo de rumores, investigaciones y especulaciones.

Él aceptó esperar.

Hasta que una revista publicó fotografías de ambos saliendo de una residencia privada.

El artículo la llamó “la nueva distracción de Julian Cross”.

Valeria leyó la frase en silencio.

Julian ordenó retirar la publicación.

—No —dijo ella.

—Ya está hecho.

—Te dije que no.

—Te insultaron.

—Puedo defenderme.

—No dije que no pudieras.

—Entonces permite que lo haga.

Julian la miró.

—¿Qué planeas?

—Una gala benéfica.

—Eso no responde.

—Presentaremos públicamente nuestra relación.

Él guardó silencio.

—¿Estás segura?

—Sí.

—No tienes que demostrar nada.

—No lo hago por ellos.

Valeria tomó su mano.

—Lo hago porque estoy cansada de vivir como si elegirte fuera algo que debo esconder.

La noche de la gala, Julian llegó con ella del brazo.

Las cámaras se volvieron locas.

Valeria vestía de blanco.

No rojo.

No necesitaba llamar la atención.

La tenía.

Julian no soltó su mano.

Cuando un periodista preguntó cuánto tiempo llevaban juntos, él miró a Valeria antes de responder.

—El tiempo suficiente para saber que no pienso dejarla ir.

Ella sonrió.

—Eso suena posesivo.

—Lo es.

—Luego discutiremos.

—También.

La presentación fue un éxito.

Hasta que salieron del hotel.

Y encontraron a Lucas bajo la nieve.

Valeria no esperaba verlo.

Mucho menos destruido.

—Mírame —repitió él—. No estoy sucio. No pasó nada con Emma.

Ella sintió una mezcla de dolor y cansancio.

—Nunca dije que estuvieras sucio.

—Te fuiste porque pensaste que yo…

—Me fui porque dudaste.

—Solo fue un momento.

—Para ti.

Lucas avanzó.

Julian se interpuso apenas.

—No voy a hacerle daño —dijo Lucas.

—Eso ya lo hiciste —respondió Julian.

—¡Cállate!

La voz de Lucas se quebró.

—Tú apareciste cuando ella estaba herida. Eso no significa que la conozcas.

Julian no reaccionó.

—Sé que odia el café dulce, aunque lo pide cuando está nerviosa.

Valeria giró hacia él.

Julian continuó:

—Sé que deja abiertas las ventanas cuando necesita pensar. Que lee el final de los libros antes de empezar. Que guarda mensajes que nunca responde. Y que cuando dice que no le importa, suele significar que le importa demasiado.

Lucas se quedó quieto.

—La conoces desde hace meses —dijo.

—Y tú la conocías desde niño.

Julian sostuvo su mirada.

—Eso no te impidió darla por segura.

Lucas miró a Valeria.

—¿Lo amas?

La pregunta cayó entre ellos.

Valeria pensó en el aeropuerto.

En los dados.

En la cena.

En el modo en que Julian esperaba su permiso incluso cuando podía imponer su voluntad a toda una ciudad.

Pensó en Lucas, que la había amado durante años pero solo comprendió su valor cuando la perdió.

—Sí —respondió.

Julian volvió la cabeza hacia ella.

Por primera vez, el hombre más difícil de sorprender pareció quedarse sin palabras.

Lucas retrocedió.

—No.

Valeria sintió lágrimas en los ojos.

—Sí.

—No puedes amarlo tan rápido.

—No fue rápido.

—Nosotros tuvimos toda una vida.

—Y aun así necesitaste comparar.

La nieve se acumulaba sobre los hombros de Lucas.

—Cometí un error.

—Lo sé.

—Puedo arreglarlo.

—No.

—¿Por qué?

Valeria respiró hondo.

—Porque perdonarte significaría volver a ser la mujer que espera que la elijas.

—Ya te elegí.

—Demasiado tarde.

Lucas bajó la cabeza.

—¿No queda nada?

Ella pensó en los recuerdos.

En los cumpleaños.

En los veranos.

En el adolescente que le llevaba comida cuando enfermaba.

—Queda cariño.

Él levantó la vista con esperanza.

—Pero no amor.

La esperanza murió.

Lucas se marchó sin despedirse.

Valeria permaneció inmóvil.

Julian se quitó el abrigo y lo colocó sobre sus hombros.

—¿Estás bien?

—No.

—Bien.

Ella lo miró.

—¿Bien?

—Habría sido extraño que no doliera.

Valeria soltó una risa entre lágrimas.

—Eres terrible consolando.

—Puedo contratar a alguien mejor.

—No te atrevas.

Julian sonrió.

Caminaron hacia el automóvil.

Antes de subir, Valeria se detuvo.

—Nunca te había dicho que te amaba.

—Lo noté.

—¿Y no vas a responder?

Julian abrió la puerta.

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque cuando te lo diga, no quiero que estés llorando por otro hombre.

Valeria lo golpeó suavemente en el brazo.

—Eso es mezquino.

—También honesto.

Una semana después, Julian la llevó al mismo bar donde se conocieron.

La mesa de dados estaba vacía.

—¿Por qué estamos aquí?

Él dejó dos dados frente a ella.

—Quiero otra partida.

—¿Qué apostamos?

—Si ganas, pedirás lo que quieras.

—¿Y si pierdo?

Julian la miró.

—También.

Valeria soltó una risa.

—Eso no tiene sentido.

—No necesito ganar.

—¿Entonces por qué jugar?

Julian tomó su mano.

—Porque fue aquí donde decidí que algún día serías la razón por la que no querría mirar a nadie más.

Valeria dejó de sonreír.

Él continuó:

—Pensé que solo sería deseo.

—Qué romántico.

—Después descubrí que eras insoportable.

—Mejoras por segundos.

—Y luego comprendí que mi casa parecía vacía cuando te ibas.

Valeria sintió que los ojos le ardían.

—Julian…

—Te amo.

No hubo música.

Ni público.

Ni cámaras.

Solo los dados entre ellos.

El lugar donde todo había comenzado como una provocación.

Valeria tomó uno.

—¿Y qué quieres que pida si gano?

—Que te quedes.

—¿Y si pierdo?

—Lo mismo.

Ella lanzó.

El dado rodó hasta detenerse.

Seis.

Julian lanzó después.

Uno.

Valeria alzó una ceja.

—Eso fue terrible.

—Lo hice a propósito.

—Mentiroso.

—Demuestra lo contrario.

Valeria se inclinó y lo besó.

—Me quedaré.

Julian la sostuvo por la cintura.

—Esa era la respuesta correcta.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Meses después, Lucas aceptó un puesto en otra ciudad.

Antes de marcharse, envió una carta.

No pidió perdón.

No volvió a rogar.

Solo escribió que finalmente entendía que no la había perdido por Emma.

La había perdido cuando creyó que el amor de Valeria era un lugar al que siempre podría regresar.

Ella guardó la carta.

No como una esperanza.

Como el cierre de una historia que alguna vez fue importante.

Julian nunca preguntó qué decía.

Solo comentó:

—Estás mirando la puerta otra vez.

Valeria alzó la vista.

—Vieja costumbre.

Él se sentó a su lado.

—Entonces acostúmbrate a esto.

—¿A qué?

Julian tomó su mano.

—A que siempre vuelva.

Valeria sonrió.

Durante años había creído que el amor verdadero era el que comenzaba en la infancia y sobrevivía por costumbre.

Lucas le enseñó que el tiempo no garantizaba la elección.

Julian le enseñó algo distinto.

Que un desconocido podía verla con más claridad que alguien que llevaba toda la vida a su lado.

Que el poder no servía de nada si no sabía respetar un límite.

Y que el hombre capaz de controlar una ciudad entera podía abandonar una reunión, cerrar un club privado y sentarse a lanzar dados solo porque una mujer de labios rojos le había preguntado:

“¿Jugamos?”

Al principio, Valeria aceptaba la atención de cualquiera porque no quería pertenecer a nadie.

Después conoció a Julian.

Y no fue él quien la obligó a rechazar al resto.

Fue ella quien dejó de necesitar que alguien más la mirara.

Porque, por primera vez, había encontrado a un hombre que no dudaba.

Ni comparaba.

Ni esperaba perderla para comprender cuánto valía.

Julian Cross podía tener Harbor City en la palma de la mano.

Pero la única victoria que realmente le importó comenzó con una partida que perdió a propósito.

Y terminó con Valeria eligiéndolo sin que nadie tuviera que pedirle que lo hiciera.

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