Siete años enamorada del mejor amigo de su hermano

Emma Whitmore se enamoró de Julian Hayes cuando tenía dieciséis años.

Él tenía veintidós, una sonrisa capaz de arruinar reputaciones y la costumbre de entrar en cualquier habitación como si el mundo entero le perteneciera.

Además, era el mejor amigo de su hermano.

Por eso Emma nunca dijo nada.

Durante siete años, lo quiso en silencio.

Lo vio llegar a casa de madrugada, reírse con su hermano en la cocina, cambiar de novia como quien cambia de camisa y convertirse en el hombre más deseado de la Universidad Imperial.

Julian era el auténtico chico malo del campus.

Arrogante.

Imprudente.

Demasiado atractivo para su propio bien.

Había corrido motocicletas en carreteras prohibidas, discutido con profesores, roto corazones y acumulado una lista de exnovias tan extensa que sus amigos bromeaban diciendo que merecía una edición especial de revista.

Emma, en cambio, era invisible para él.

La hermana pequeña de Nathan.

La chica educada que preparaba café cuando los encontraba estudiando.

La adolescente de coleta alta que se escondía detrás de un libro cada vez que Julian la miraba.

—No salgas con tipos como yo —le dijo una vez, después de descubrirla observándolo.

Emma bajó la mirada.

—No pensaba hacerlo.

Él le revolvió el cabello.

—Buena chica.

Aquellas dos palabras le dolieron durante años.

Porque Julian nunca la veía como una mujer.

Solo como alguien a quien debía proteger.

Alguien demasiado inocente para acercarse a él.

Emma se marchó a estudiar diseño a otra ciudad y aprendió a vivir sin esperar sus visitas. Se cortó el cabello, dejó de ocultar sus opiniones y construyó una carrera sin ayuda de su familia.

Cuando regresó siete años después, ya no era aquella adolescente tímida.

Era hermosa, independiente y segura de sí misma.

Pero seguía cometiendo el mismo error.

Seguía amando a Julian Hayes.

Volvieron a encontrarse en la fiesta de compromiso de Nathan.

Emma entró al salón con un vestido verde oscuro y el brazo enlazado al de un compañero de trabajo.

Julian estaba apoyado en la barra.

Al verla, dejó de escuchar lo que le decía la mujer que tenía a su lado.

Sus ojos recorrieron lentamente el rostro de Emma, sus hombros descubiertos y la mano del hombre apoyada sobre su cintura.

Por primera vez, no vio a la hermana pequeña de su amigo.

Vio a una mujer que podía marcharse con otro.

Y algo dentro de él reaccionó con una violencia que no comprendió.

—¿Quién es ese? —preguntó.

Nathan siguió su mirada.

—Daniel Ross. Trabaja con Emma.

—Está tocándola demasiado.

Nathan soltó una carcajada.

—No sabía que ahora eras experto en la vida sentimental de mi hermana.

Julian apretó la mandíbula.

—Solo digo que parece un idiota.

—Ni siquiera has hablado con él.

—No necesito hacerlo.

Emma se acercó poco después.

—Julian.

Él tardó un segundo en responder.

—Pequeña Whitmore.

La expresión de Emma se enfrió.

—Ya no soy pequeña.

—Eso veo.

Sus miradas quedaron atrapadas.

Daniel apareció detrás de ella y le ofreció una copa.

—Te estaba buscando.

Julian observó cómo Emma sonreía al otro hombre.

—¿No vas a presentarnos?

—Daniel, él es Julian Hayes, el mejor amigo de mi hermano.

Solo eso.

No el hombre al que había amado durante siete años.

No la razón por la que nunca conseguía tomarse en serio a nadie.

Simplemente el mejor amigo de su hermano.

Julian estrechó la mano de Daniel con demasiada fuerza.

—¿Eres su novio?

Emma abrió los ojos.

Daniel sonrió.

—Todavía no.

La respuesta cayó como una provocación.

Julian dejó la copa sobre la barra.

—Emma, necesito hablar contigo.

—Estoy ocupada.

—Ahora.

Ella lo miró con incredulidad.

—No puedes darme órdenes.

—Entonces considéralo una petición.

—No pareció una.

Daniel intervino:

—Puedo esperar.

—No tienes que hacerlo —dijo Emma.

Julian se acercó y bajó la voz.

—Cinco minutos.

Ella reconoció aquella expresión.

La misma que él usaba antes de una pelea.

Lo siguió hasta un corredor privado.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Emma.

Julian cerró la puerta detrás de ellos.

—Ese hombre no te conviene.

Ella soltó una risa seca.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lo sé.

—¿Porque todos los hombres piensan como tú?

Él frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que sonríen, prometen cosas y luego se aburren.

—Daniel no es para ti.

—No tienes derecho a decidirlo.

Julian dio un paso adelante.

—Soy amigo de tu hermano.

—Exactamente.

Emma lo miró directamente a los ojos.

—Eres amigo de mi hermano. Nada más.

Algo cambió en el rostro de Julian.

—¿Eso crees?

Ella sintió que el corazón empezaba a golpearle el pecho.

—Eso es lo que siempre me dejaste claro.

Julian permaneció en silencio.

Emma respiró hondo.

—Durante años me trataste como si fuera una niña. Ahora que otro hombre me mira, de repente decides preocuparte.

—Siempre me he preocupado por ti.

—No de la forma que yo quería.

Él se quedó inmóvil.

Emma supo que había dicho demasiado.

Intentó pasar junto a él, pero Julian atrapó suavemente su muñeca.

—¿Qué forma querías?

Ella no respondió.

—Emma.

—Suéltame.

—Dímelo.

Siete años de espera, vergüenza y esperanza se acumularon en su garganta.

—Quería que me miraras como estás mirándome ahora.

Julian dejó de respirar.

Emma retiró la mano.

—Pero llegaste demasiado tarde.

Abrió la puerta.

Antes de que pudiera salir, él habló a su espalda:

—¿Y si no quiero que te vayas con él?

Emma se volvió.

Julian estaba pálido, con la mirada fija en ella.

—Entonces tendrás que preguntarte por qué te importa.

Y se marchó, dejando al hombre más arrogante de la ciudad solo frente a una verdad que llevaba años negándose a ver.

Julian no regresó inmediatamente a la fiesta.

Permaneció en el corredor, con las manos en los bolsillos y la respiración más tensa de lo normal.

Había enfrentado peleas, accidentes, expulsiones y negocios capaces de arruinar fortunas.

Nada de eso lo había preparado para escuchar a Emma Whitmore admitir que alguna vez había querido que él la mirara de otra manera.

Durante años, Julian había creído conocer su lugar en la vida de ella.

Era el amigo de Nathan.

El hombre que revisaba que el automóvil de Emma tuviera gasolina.

El que intimidaba a los chicos que se acercaban demasiado cuando ella todavía estaba en la escuela.

El que le llevaba helado después de sus exámenes y fingía no notar cómo ella lo observaba.

Nunca se había permitido pensar en nada más.

Porque Emma era menor.

Porque era la hermana de su mejor amigo.

Porque Julian había pasado toda su vida destruyendo las cosas que amaba.

Pero aquella noche no vio a la adolescente que recordaba.

Vio a una mujer alejándose de él.

Y la idea le resultó insoportable.

Cuando regresó al salón, Emma bailaba con Daniel.

No había nada inapropiado en la escena.

Eso lo enfureció aún más.

Daniel mantenía una distancia respetuosa. Le hablaba al oído y Emma sonreía. Parecían cómodos, compatibles, tranquilos.

Todo lo que Julian no era.

—Vas a romper la copa —comentó Nathan a su lado.

Julian miró su mano.

El cristal crujía bajo sus dedos.

Lo dejó sobre una mesa.

—Tu hermana está saliendo con él.

—Quizá.

—¿Quizá?

Nathan lo observó con diversión.

—¿Por qué te interesa tanto?

—No me interesa.

—Llevas diez minutos mirando cómo bailan.

—Estoy evaluándolo.

—¿Para qué puesto?

Julian no respondió.

Nathan dejó de sonreír.

—No.

—¿No qué?

—Ni se te ocurra.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes.

Nathan se acercó.

—Emma no es una de las mujeres con las que sales unas semanas y luego olvidas.

—Nunca he dicho que quiera salir con ella.

—Pero estás pensándolo.

Julian miró hacia la pista.

Emma levantó la cabeza en ese momento.

Sus ojos se encontraron.

Ella apartó la mirada primero.

—No voy a hacerle daño —dijo Julian.

Nathan soltó una risa sin humor.

—Eso es lo que siempre dices antes de hacérselo a alguien.

La frase golpeó donde debía.

Julian había tenido muchas relaciones y muy pocas despedidas limpias. No porque disfrutara lastimando, sino porque siempre escapaba cuando algo empezaba a importarle.

Sabía seducir.

Sabía desear.

No sabía quedarse.

—Mantente lejos de ella —dijo Nathan.

Julian apretó la mandíbula.

—Emma puede decidir por sí misma.

—Entonces no la confundas.

—¿Por qué asumes que lo haría?

—Porque te conozco.

Nathan se alejó antes de que Julian pudiera responder.

Aquella noche, Emma se marchó con Daniel.

Julian los vio salir juntos.

No los siguió.

Pero tampoco durmió.

Dos días después apareció en el estudio donde Emma trabajaba.

Ella estaba revisando una colección de telas cuando su asistente anunció que alguien la esperaba.

—No tengo ninguna cita.

—Dice que es amigo de tu hermano.

Emma cerró los ojos.

—Por supuesto.

Julian estaba junto a la ventana de la recepción. Vestía una chaqueta negra, jeans oscuros y esa expresión de indiferencia que siempre usaba cuando algo le importaba demasiado.

—¿Qué haces aquí?

—Quería verte.

—Me viste hace dos días.

—No fue suficiente.

Emma sintió un vuelco en el pecho, pero mantuvo el rostro sereno.

—Estoy trabajando.

—Invítame a comer.

—Eso no ha sonado como una pregunta.

—¿Quieres comer conmigo?

—No.

Julian la observó.

—¿Porque estás ocupada o porque estás enfadada?

—Porque no quiero convertirme en tu nueva distracción.

La expresión de él cambió.

—Nunca te trataría así.

—No puedes prometer algo que ni siquiera entiendes.

—Explícamelo.

Emma apoyó una carpeta sobre el escritorio.

—Tú siempre consigues lo que quieres. Te obsesionas, persigues, conquistas y después pierdes el interés.

—No contigo.

—Todavía no lo sabes.

—Sí lo sé.

—Hace tres días ni siquiera sabías que te importaba.

Julian se acercó.

—Tal vez siempre lo supe y simplemente no quise admitirlo.

Emma se quedó quieta.

—Eso no es romántico.

—No intento serlo.

—Entonces ¿qué intentas?

Él la miró durante un largo momento.

—Entender por qué la idea de que otro hombre te toque me está volviendo loco.

Emma sintió dolor en lugar de satisfacción.

—Eso se llama celos, Julian. No amor.

—Nunca dije que fuera amor.

Ella asintió lentamente.

—Entonces ya terminamos.

Volvió a tomar la carpeta.

Julian atrapó el borde antes de que pudiera apartarse.

—¿Estás enamorada de Daniel?

—No es asunto tuyo.

—Para mí sí.

—¿Por qué?

Él abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

Emma sonrió con tristeza.

—Exactamente.

Julian se marchó sin almorzar con ella.

Durante las semanas siguientes intentó mantenerse lejos.

Fracasó.

Aparecía en reuniones familiares con excusas ridículas.

Llamaba a Nathan para preguntar cosas que podía resolver por sí mismo.

Enviaba mensajes a Emma que comenzaban con cualquier tontería y terminaban en conversaciones hasta la madrugada.

Ella respondía con cautela.

Nunca volvía a mencionar su confesión.

Julian tampoco.

Hasta que Daniel invitó a Emma a acompañarlo a una gala.

La noticia llegó a Julian a través de Nathan.

—No vas a hacer nada —le advirtió su amigo.

—No pensaba hacerlo.

—Estás sosteniendo las llaves del automóvil.

Julian miró su mano.

—Voy a salir.

—¿A la gala?

—No.

—Julian.

—¿Qué?

Nathan se interpuso frente a la puerta.

—No arruines la noche de mi hermana solo porque no soportas verla feliz con alguien más.

—No sabes si es feliz.

—Tampoco tú.

—La conozco.

—La conocías cuando tenía dieciséis años.

El comentario lo detuvo.

Nathan continuó:

—No sabes qué quiere ahora. No sabes en qué se ha convertido. Solo sabes que alguien más la vio antes que tú.

Julian guardó las llaves.

—¿Y qué se supone que haga?

—Decide si la amas.

—No sé cómo se decide algo así.

—Entonces déjala en paz hasta que lo sepas.

Julian no fue a la gala.

En cambio, condujo durante horas.

Recordó la primera vez que había visto a Emma llorar, cuando suspendió un examen de matemáticas.

Recordó cómo ella se sentaba en los escalones de la entrada para esperar a Nathan, aunque siempre terminaba hablando con Julian.

Recordó los cumpleaños, las cartas que ella escribía a mano, el modo en que lo defendía incluso cuando no lo merecía.

También recordó algo que jamás había considerado importante.

Emma siempre sabía cuándo él fingía estar bien.

Cuando Julian perdió a su padre en un accidente, nadie consiguió acercarse a él.

Se encerró en el garaje familiar durante horas.

Emma, que entonces tenía dieciocho años, se sentó al otro lado de la puerta.

No intentó entrar.

No le pidió que hablara.

Solo permaneció allí.

—No tienes que salir —dijo ella—. Pero tampoco tienes que estar solo.

Julian había olvidado aquellas palabras.

O tal vez había pasado años evitando recordarlas.

Detuvo el automóvil junto al río.

Y finalmente comprendió que no estaba celoso porque Emma perteneciera a otro.

Estaba aterrado porque nunca había entendido cuánto pertenecía ella a su vida.

La gala terminó cerca de la medianoche.

Daniel acompañó a Emma hasta su edificio.

—Gracias por venir —dijo él.

—Lo pasé bien.

Daniel sonrió.

—Emma, necesito preguntarte algo.

Ella supo lo que iba a decir antes de escucharlo.

Daniel era amable, estable y honesto.

Debería haber sido fácil.

—¿Quieres que intentemos algo serio?

Emma lo miró.

Durante siete años había esperado que Julian pronunciara una frase semejante.

Pero quien estaba frente a ella era otro hombre.

—Daniel…

Él suspiró.

—Es él, ¿verdad?

Emma bajó la mirada.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—No quiero herirte.

—Entonces no aceptes por culpa.

Daniel le dio un beso en la mejilla.

—Pero tampoco esperes eternamente a alguien que nunca aprendió a elegirte.

Emma observó cómo se alejaba.

Cuando se volvió hacia la entrada, vio a Julian sentado en los escalones.

Se puso de pie.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos horas.

Emma apretó el bolso.

—Eso es ridículo.

—Lo sé.

—¿Has bebido?

—No.

—Entonces no tienes excusa.

Julian se acercó.

—Daniel se marchó.

—Tienes ojos.

—¿Te besó?

Emma soltó una risa cansada.

—No voy a responder eso.

—Necesito saberlo.

—No, Julian. Necesitas aprender que mi vida no gira alrededor de lo que tú necesitas.

Intentó pasar.

Él no la tocó.

Solo habló.

—Creo que estoy enamorado de ti.

Emma se detuvo.

No se volvió de inmediato.

Había imaginado aquellas palabras cientos de veces.

En ninguna de sus fantasías le producían tanto miedo.

—¿Crees?

—No sé cómo se supone que debe sentirse.

Ella giró lentamente.

Julian parecía perdido.

Por primera vez desde que lo conocía, no había arrogancia en su rostro.

—Sé que pienso en ti cuando me despierto —continuó—. Sé que cada vez que algo ocurre, eres la primera persona a la que quiero contárselo. Sé que no soporto imaginar una vida en la que dejes de llamarme.

Emma sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Eso no basta.

Él asintió.

—Lo sé.

—Me quisiste cuando empecé a alejarme.

—Tal vez.

—Eso no es justo.

—Tampoco fue justo no verte antes.

Emma lo miró.

—Pasé siete años esperando que me miraras.

—Lo siento.

—No quiero tu lástima.

—No es lástima.

Julian dio un paso, pero se detuvo antes de tocarla.

—Dime qué tengo que hacer.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo enseñarte a amarme.

Subió las escaleras.

Julian la dejó marchar.

Durante los meses siguientes, no intentó conquistarla.

Eso sorprendió a todos.

No envió flores.

No irrumpió en sus citas.

No provocó escenas.

Simplemente empezó a estar presente.

Cuando Emma inauguró su primera exposición, Julian llegó antes que los invitados y ayudó a colocar cajas.

Cuando ella enfermó, dejó comida frente a su puerta y se marchó sin llamar.

Cuando Nathan tuvo un accidente menor en carretera, Julian condujo durante cuatro horas para buscarlo y luego llamó a Emma antes de informar a nadie más.

No le pedía nada.

No exigía una respuesta.

Aprendía a quedarse.

Emma intentó no interpretar aquellos gestos como una promesa.

Pero era difícil ignorar a un hombre que por primera vez estaba cambiando sin convertir el cambio en espectáculo.

Una noche, casi un año después, coincidieron en la boda de un amigo.

Julian estaba solo.

No había llevado acompañante.

Emma lo vio rechazar discretamente a una mujer que se acercó a hablarle.

—Eso ha sido nuevo —comentó ella.

Él se volvió.

—¿Qué cosa?

—Julian Hayes rechazando a una mujer hermosa.

—No era quien quería.

Emma sintió calor en las mejillas.

—Sigues utilizando frases peligrosas.

—Ahora intento decir solo las que puedo cumplir.

Caminaron hacia el jardín.

La música llegaba amortiguada desde el salón.

—Nathan dice que vas a mudarte a Chicago —dijo Julian.

—Me ofrecieron dirigir un nuevo estudio.

Él guardó silencio.

—¿Cuándo te vas?

—En dos meses.

—¿Es lo que quieres?

—Sí.

Julian asintió.

Emma esperaba que le pidiera quedarse.

No lo hizo.

—Me alegro por ti.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—Nada.

—Mientes mal.

Emma cruzó los brazos.

—Pensé que intentarías detenerme.

Julian sonrió con tristeza.

—El antiguo yo lo habría hecho.

—¿Y el nuevo?

—El nuevo sabe que amarte no significa impedirte crecer.

Aquellas palabras le dolieron más de lo esperado.

—Entonces supongo que esto termina aquí.

Julian la observó.

—¿Quieres que termine?

Emma no respondió.

Él se acercó un poco.

—Puedo ir a Chicago.

—Tu vida está aquí.

—Mi trabajo puede hacerse desde cualquier lugar.

—Nathan está aquí.

—Nathan no necesita que viva a cinco minutos.

—Tus amigos.

—Visitaré.

—No puedes abandonar todo por mí.

Julian negó con la cabeza.

—No abandonaría nada. Te elegiría.

Emma sintió que las lágrimas aparecían.

—No quiero que un día me culpes.

—Entonces no te prometeré que será fácil. Solo que la decisión será mía.

Ella respiró lentamente.

—¿Y si fracaso?

—Fracasarás alguna vez.

—Qué alentador.

—Yo también.

Julian levantó una mano y rozó su mejilla.

—Pero esta vez no saldré corriendo.

Emma cerró los ojos.

—Dijiste que no te gustaban las chicas buenas.

Él sonrió.

—Lo dije cuando era demasiado estúpido para entender que ser buena no significa ser débil.

—Tardaste bastante.

—Siete años, al parecer.

—Yo fui más rápida.

—¿Cuándo te enamoraste de mí?

Emma abrió los ojos.

—Cuando me llevaste a urgencias después de que me cayera de la bicicleta.

Julian frunció el ceño.

—Tenías dieciséis años.

—Lo sé.

—Yo llevaba una camiseta horrible.

—También lo sé.

—Y estuve quejándome todo el camino.

—Pero no soltaste mi mano.

Julian la miró en silencio.

—Emma.

—¿Sí?

—¿Puedo besarte?

Ella sonrió entre lágrimas.

—Has tardado siete años en preguntar.

—Quiero hacerlo bien.

Emma acercó el rostro.

—Entonces pregunta otra vez.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

El beso fue suave al principio.

No se pareció a ninguna de las historias que Emma había imaginado.

Fue mejor.

Porque ya no estaba besando a una estrella lejana ni al chico imposible del que se enamoró siendo adolescente.

Estaba besando a un hombre que había aprendido a verla.

Se mudaron a Chicago tres meses después.

No todo fue sencillo.

Julian odiaba el invierno.

Emma odiaba que dejara las llaves en cualquier lugar.

Discutían por horarios, por orgullo y por la forma en que él intentaba resolver problemas que ella solo quería compartir.

Pero Julian se quedaba.

Cuando Emma dudaba de sí misma, él no la rescataba: le recordaba quién era.

Cuando Julian temía convertirse en el hombre que había sido, ella no olvidaba sus errores: le señalaba todo lo que había cambiado.

Dos años después, regresaron para celebrar el cumpleaños de Nathan.

Julian pidió hablar con él en privado.

—No.

Julian parpadeó.

—Todavía no he preguntado nada.

—Quieres casarte con mi hermana.

—Sí.

—No.

—¿Por qué?

Nathan se sirvió una copa.

—Porque llevo años esperando este momento y quiero disfrutarlo.

Julian lo miró con expresión asesina.

Nathan soltó una carcajada.

—Claro que tienes mi bendición. Pero si la haces llorar…

—Lo sé. Me matarás.

—No. Ella lo hará sola. Yo únicamente te ayudaré a esconder el cuerpo.

Julian pidió matrimonio a Emma en el mismo garaje donde ella se sentó junto a él después de la muerte de su padre.

No había flores ni fotógrafos.

Solo una lámpara encendida, música baja y una pequeña caja en sus manos.

—Este lugar es horrible para una propuesta —dijo Emma.

—Lo sé.

—Hay herramientas por todas partes.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué aquí?

Julian se arrodilló.

—Porque fue aquí donde empezaste a enseñarme qué era amar a alguien.

Emma dejó de sonreír.

—Aquella noche no intentaste arreglarme. No pediste explicaciones. Solo te quedaste al otro lado de la puerta.

Abrió la caja.

—Pasé años creyendo que el amor era intensidad, deseo y perder el control. Tú me enseñaste que también es paciencia. Es esperar. Es volver. Es quedarse incluso cuando nadie está mirando.

Emma lloraba ya.

—Una vez dije que no me gustaban las chicas buenas —continuó—. La verdad es que nunca había conocido a alguien como tú.

Tomó su mano.

—Tú haces que quiera abandonar cualquier lugar del mundo con tal de seguir sosteniéndote.

Emma soltó una risa entre lágrimas.

—Eso ha sido dramático.

—He ensayado.

—Se nota.

—Emma Whitmore, ¿quieres permitir que el mejor amigo de tu hermano se convierta en tu esposo?

Ella fingió pensarlo.

—Tienes demasiadas exnovias.

—He reducido la lista de invitados.

—Eres arrogante.

—Estoy trabajando en ello.

—Y dejas las chaquetas sobre las sillas.

—Eso no va a cambiar.

Emma extendió la mano.

—Entonces sí.

Julian se puso de pie tan rápido que casi dejó caer el anillo.

—¿Sí?

—Sí.

Él la abrazó con fuerza.

Años después, cuando alguien preguntaba cómo se habían enamorado, Julian siempre contaba una versión distinta.

Que Emma lo conquistó con café.

Que él supo desde el principio que acabarían juntos.

Que Nathan prácticamente le suplicó que se casara con su hermana.

Emma nunca lo corregía.

Solo esperaba a que terminara y añadía:

—La verdad es que tardó siete años en darse cuenta.

Julian besaba su mano.

—Pero me quedaré el resto de mi vida para compensarlo.

Porque algunas historias comienzan con amor a primera vista.

La de Emma comenzó con una espera silenciosa.

Y la de Julian, con una mirada demasiado tardía.

Pero el amor no siempre llega al mismo tiempo para dos personas.

A veces una de ellas tiene que crecer.

La otra tiene que aprender a quedarse.

Y ambas deben encontrarse en el momento exacto en que están listas para elegirse de verdad.

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