Sofía Bellini tenía una mejor amiga con una misión muy clara:
Conseguirle marido.
—Mi segundo hermano es rico, guapo, alto y tiene unas piernas increíbles —le dijo Mia Kingston mientras le mostraba una fotografía familiar—. Tienes que conquistarlo. Así te convertirás en mi cuñada y podremos vivir juntas para siempre.
Sofía debería haberse negado.
Debería haber preguntado por qué un hombre tan perfecto necesitaba que su hermana le buscara novia.
Debería, al menos, haber mirado con más atención la fotografía.
Pero había bebido dos copas de vino y llevaba meses escuchando a su madre decir que moriría sola.
Así que golpeó la mesa con la mano.
—Acepto.
Mia abrió los ojos.
—¿En serio?
—Voy a conquistar a tu hermano.
—¡Esa es mi amiga!
El plan parecía sencillo.
Mia organizaría una fiesta privada en el hotel de su familia. Su segundo hermano, Lucas, asistiría después de una reunión. Sofía llevaría un vestido espectacular, fingiría encontrárselo por casualidad y dejaría que la química hiciera el resto.
Nada podía salir mal.
Todo salió mal.
Aquella noche, Sofía llegó tarde.
El salón estaba lleno de hombres altos con trajes oscuros. Mia no respondía el teléfono y Sofía solo recordaba una descripción bastante inútil:
Guapo, alto, piernas largas, apellido Kingston.
Entonces vio a un hombre junto a la ventana.
Era, sin duda, el más atractivo de la habitación.
Alto.
Hombros anchos.
Rostro frío.
Traje negro.
Y una mirada tan intensa que Sofía sintió que acababa de encontrar al candidato correcto.
Se acercó con una copa en la mano.
—¿Lucas Kingston?
El hombre la observó unos segundos.
—¿Quién pregunta?
—Sofía.
—Solo Sofía.
—Por ahora.
Él levantó una ceja.
No confirmó su nombre.
Sofía interpretó el silencio como arrogancia.
Mia ya le había advertido que sus hermanos eran difíciles.
—Tu hermana habla mucho de ti —dijo ella.
—Eso me preocupa.
—Asegura que eres rico, atractivo y adecuado para una relación seria.
El hombre dejó la copa sobre la mesa.
—¿Y has venido a comprobarlo?
—Exactamente.
Por primera vez, una sombra de diversión apareció en sus ojos.
—Eres bastante directa.
—La vida es corta.
—Y tú pareces peligrosa.
—Solo cuando tengo un objetivo.
Sofía no recordaría después quién besó a quién primero.
Solo recordaría que el hombre sabía exactamente cómo borrar cualquier duda.
Una conversación terminó en una habitación.
La habitación terminó con su vestido en el suelo.
Y la noche terminó mucho mejor de lo que cualquier cita organizada tenía derecho a terminar.
A la mañana siguiente, Sofía despertó sola.
Sobre la mesa había una tarjeta.
Adrian Kingston
Presidente ejecutivo de Kingston International
Sofía leyó el nombre dos veces.
Después tres.
Sacó el teléfono y llamó a Mia.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Conociste a Lucas?
—Tal vez.
—¿Qué significa “tal vez”?
Sofía miró la tarjeta.
—¿Tu hermano se llama Adrian?
Hubo un silencio.
—No.
—¿Seguro?
—Sofía, tengo tres hermanos. Lucas es el segundo. Adrian es el mayor.
El estómago de Sofía se hundió.
—¿Y cómo es Adrian?
Mia comenzó a hablar muy despacio.
—Frío. Estricto. Conservador. Controlador. Casi nunca sonríe. Todo el mundo le tiene miedo.
Sofía cerró los ojos.
—¿Algo más?
—Sí. Es el presidente del grupo. ¿Por qué preguntas?
Sofía apretó la tarjeta.
—Me acosté con él.
Mia gritó tan fuerte que el teléfono casi cayó de su mano.
Una hora después, estaba sentada frente a Sofía con el rostro entre las manos.
—Mi vida terminó.
Sofía le dio unas palmaditas en el hombro.
—No llores.
—¡Te envié a conquistar a Lucas!
—Fue un error logístico.
—¡Dormiste con Adrian!
—También es guapo.
Mia levantó la cabeza, horrorizada.
—No entiendes. Mi hermano mayor es aterrador. La mujer que se case con él pasará el resto de su vida llorando, obedeciendo horarios y sintiéndose como una monja en un cuartel militar.
Sofía pensó en la noche anterior.
En la forma en que Adrian la había sujetado.
En su voz junto a su oído.
En nada que pudiera describirse como monástico.
—Tal vez exageras.
—No exagero. Adrian jamás hace nada impulsivo.
Sofía miró la tarjeta.
—Pues anoche fue bastante flexible.
Mia volvió a gritar.
Durante los días siguientes, Sofía intentó olvidar lo ocurrido.
Adrian no llamó.
Ella fingió sentirse aliviada.
Dos semanas después, su familia la citó para una cena.
Al entrar en el restaurante privado, encontró a sus padres sonriendo con demasiada emoción.
Y a Adrian sentado frente a ellos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Sofía.
Él levantó la mirada.
—Hablar de nuestra boda.
Sofía casi dejó caer el bolso.
—¿Nuestra qué?
Su madre le mostró un documento.
—El señor Kingston ha venido a pedir tu mano.
—Yo ya tengo manos.
Adrian no sonrió.
—También tenemos un problema.
—¿Cuál?
—La prensa consiguió imágenes tuyas saliendo de mi habitación.
Sofía se quedó inmóvil.
—Eso no significa que tengamos que casarnos.
—No.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Adrian sostuvo su mirada.
—Porque quiero hacerlo.
Tres días después, firmaron el registro matrimonial.
Sofía no estaba segura de cómo había ocurrido tan rápido.
Mia tampoco.
Cuando su amiga volvió a repetir que Adrian era rígido, frío y carente de sentimientos, Sofía guardó silencio.
Luego sacó el certificado de matrimonio, lo colocó junto a la fotografía familiar de los Kingston y señaló a Adrian.
—Mira bien. ¿Mi marido se parece al hermano aterrador del que siempre hablas?
Mia palideció.
—Sofía…
—¿Sí?
—Ese es Adrian.
Sofía sonrió.
—Exacto.
Lo que todavía no sabía era que el hombre más frío de la ciudad ocultaba un defecto mucho más grave.
Era celoso.
Terriblemente celoso.
Y estaba a punto de empezar a revisar toda la vida sentimental de su nueva esposa.
El matrimonio de Sofía Bellini y Adrian Kingston sorprendió a todo el mundo.
No solo porque ocurrió pocas semanas después de aquella noche.
También porque nadie creía que Adrian tuviera intención de casarse.
Durante años, las familias más poderosas habían intentado presentarle hijas, sobrinas y herederas perfectas.
Adrian rechazaba todas las invitaciones.
No daba explicaciones.
No mostraba interés.
Y, de pronto, aparecía casado con una mujer conocida por hablar demasiado, reírse en lugares inapropiados y cambiar de planes al menos tres veces al día.
La prensa lo llamó un matrimonio impulsivo.
Mia lo llamó una catástrofe.
Sofía lo llamó una decisión temporalmente difícil de explicar.
Adrian, en cambio, lo trató como algo completamente lógico.
La primera mañana después de firmar, dejó una carpeta frente a ella durante el desayuno.
—¿Qué es esto? —preguntó Sofía.
—Información de la casa.
—¿Información?
—Horarios del personal, códigos de seguridad, cuentas, vehículos y contactos médicos.
Sofía hojeó las páginas.
—Esto parece el manual de una base militar.
—Es una residencia.
—¿Necesito una contraseña de doce dígitos para abrir el gimnasio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Seguridad.
—¿De quién?
—Tuya.
Sofía dejó la carpeta.
—Mia tenía razón.
Adrian levantó la vista del café.
—¿Sobre qué?
—Eres aterrador.
—Aun así te casaste conmigo.
—Todavía estoy intentando comprender por qué.
Él la observó durante unos segundos.
—Porque me confundiste con mi hermano.
Sofía se atragantó.
—¿Sabías eso?
—Lo supe cuando mencionaste que mi hermana te había hablado de mí.
—¿Y no me corregiste?
—No preguntaste.
—Dije “Lucas Kingston”.
—Preguntaste con entonación interrogativa. No confirmaste.
Sofía abrió la boca.
—Eso es manipulación lingüística.
—Eso es precisión.
—Te aprovechaste de una confusión.
—Me besaste primero.
—¡Pensaba que eras Lucas!
La expresión de Adrian se endureció ligeramente.
—Lo sé.
Por alguna razón, la frase sonó molesta.
Sofía lo miró con atención.
—¿Estás celoso de tu hermano?
—No.
—Sí lo estás.
—No.
—Adrian.
Él tomó la taza.
—No me agrada pensar que aquella noche te acercaste porque buscabas a otro hombre.
Sofía se quedó en silencio.
No esperaba aquella honestidad.
—Pero te elegí a ti cuando te vi —dijo.
Adrian levantó los ojos.
—Después de confundirme.
—Antes de saber quién eras.
—No mejora mucho la situación.
—Para mí sí.
Él no respondió.
Pero la rigidez de su mandíbula disminuyó.
Sofía empezó a descubrir que Adrian no era exactamente como Mia lo describía.
Sí era estricto.
Le gustaban los horarios, el orden y las respuestas claras.
No soportaba que ella dejara tazas por toda la casa.
Tampoco entendía por qué una persona necesitaba siete cojines decorativos sobre una cama.
Pero no era cruel.
Cuando Sofía llegaba tarde, esperaba despierto sin regañarla.
Cuando ella enfermó, canceló reuniones y pasó la noche comprobando su temperatura.
Cuando descubrió que le aterraban las tormentas, ordenó instalar un sistema de aislamiento acústico en el dormitorio.
No mencionó el asunto.
Sofía se enteró por el contratista.
—Podrías haberme dicho que lo hiciste por mí —comentó.
Adrian estaba leyendo un informe.
—No era necesario.
—¿Por qué?
—La tormenta te molestaba. Ahora no.
—Eso sigue siendo romántico.
Él alzó una ceja.
—Es aislamiento acústico.
—En tu idioma, eso es una declaración de amor.
Adrian volvió al informe.
Sofía vio cómo ocultaba una pequeña sonrisa.
El verdadero problema apareció cuando empezaron los celos.
La primera víctima fue Mia.
Una tarde, Sofía y ella pasaron cinco horas de compras. Al regresar, encontraron a Adrian cenando solo.
—¿Por qué no llamaste? —preguntó él.
—Te envié un mensaje.
—Dijiste que volverías a las seis.
—Son las siete y cuarto.
—Exactamente.
Mia miró a Sofía.
—Voy a irme.
Adrian dejó los cubiertos.
—Todavía no.
Mia se tensó.
—¿Qué ocurre?
Él miró a su esposa.
—Quiero preguntar algo.
Sofía conocía ya ese tono.
—Adrian, no.
—¿Eres más cercana a ella o a mí?
Mia abrió los ojos.
—¿Qué?
—Es una pregunta sencilla.
Sofía se cubrió el rostro.
—No voy a responder.
—Entonces probablemente es ella.
—¡Es mi mejor amiga desde los doce años!
—Yo soy tu esposo.
—Desde hace dos meses.
—El vínculo legal es más reciente, no menos importante.
Mia comenzó a reír.
Adrian la miró con frialdad.
Ella dejó de reír.
Sofía tomó la mano de su marido.
—Te quiero de una forma distinta.
—Eso no responde quién está primero.
—No hay una clasificación.
—Debería haberla.
—No.
Adrian permaneció serio durante el resto de la cena.
Esa noche, en la cama, le dio la espalda.
Sofía lo observó durante un minuto.
—¿Estás enfadado?
—No.
—Tus hombros dicen que sí.
—Mis hombros no hablan.
—Llevas veinte minutos sin mirarme.
—Estoy durmiendo.
—Con los ojos abiertos.
Adrian no respondió.
Sofía se acercó y rodeó su cintura.
Él permaneció inmóvil.
—Eres mi esposo —susurró ella.
—Mia sigue conociéndote desde hace más tiempo.
—Pero no duermo abrazada a Mia.
Adrian giró la cabeza.
—Espero que no.
Sofía soltó una carcajada.
Él la atrajo contra su pecho.
—No es gracioso.
—Es un poco gracioso.
—No.
El segundo episodio ocurrió por culpa de un gato.
Antes de conocer a Adrian, Sofía había salido durante seis meses con un veterinario llamado Noah. La relación terminó sin drama, pero ella seguía siguiendo en redes sociales la cuenta del gato de él.
Un animal enorme y naranja llamado Biscuit.
Adrian descubrió la cuenta mientras Sofía miraba un video.
—¿De quién es ese gato?
—De Noah.
—¿Quién es Noah?
Sofía respondió demasiado tarde.
Adrian dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tu exnovio.
—Sí.
—Sigues mirando su gato.
—Porque Biscuit es adorable.
—Podrías mirar otros gatos.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Lo conozco desde que era pequeño.
Adrian la observó.
—¿Quieres más a ese gato que a mí?
Sofía parpadeó.
—No puedo creer esta conversación.
—Responde.
—Es un gato.
—Eso no impide compararlo.
—Tú eres mi marido.
—No es una respuesta emocional.
Sofía lo miró durante varios segundos.
—Adrian, ¿estás celoso de Biscuit?
—No.
—Es naranja, pesa nueve kilos y duerme veinte horas al día.
—Pasa demasiado tiempo en tu pantalla.
Sofía se rió tanto que tuvo que sentarse.
Aquella noche encontró a Adrian buscando refugios de animales.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Estás mirando gatos.
—Necesitamos uno.
—¿Por qué?
—Para que dejes de seguir al de tu exnovio.
Dos días después, adoptaron una gata blanca.
Adrian insistió en llamarla Victoria.
Sofía la llamó Nube.
El nombre de Sofía ganó.
Adrian fingió no estar molesto.
La gata, sin embargo, desarrolló una obsesión inmediata con él.
Dormía sobre sus documentos, se sentaba en su silla y lo seguía por toda la casa.
—Te quiere más que a mí —dijo Sofía.
Adrian acarició distraídamente al animal.
—Tiene buen criterio.
—Ahora yo estoy celosa.
Él levantó la vista.
—Bien.
—¿Bien?
—Así comprendes mi posición.
Los celos de Adrian no se limitaban a personas o animales.
Estaba celoso de su trabajo cuando Sofía aceptó dirigir una campaña internacional.
Estaba celoso de una serie de televisión porque ella veía episodios sin esperarlo.
Y una vez se mostró ofendido porque ella conservaba una sudadera universitaria demasiado vieja.
—Fue un regalo —dijo Sofía.
—¿De quién?
—Un compañero de clase.
Adrian extendió la mano.
—Dámela.
—No.
—Comprarás otra.
—Esta es cómoda.
—Yo puedo darte una cómoda.
—No es lo mismo.
—Exactamente.
Sofía guardó la sudadera en un cajón.
A la mañana siguiente había desaparecido.
—Adrian.
—¿Sí?
—¿Dónde está?
—En lavandería.
—No estaba sucia.
—Ahora tampoco.
Cuando volvió, era extrañamente más pequeña.
Sofía lo miró.
—La encogiste.
—Accidente.
—La lavaste con agua caliente.
—El personal cometió un error.
—Tú diste la orden.
Adrian no respondió.
Sofía cruzó los brazos.
—Duermes en el sofá.
Él levantó la vista.
—No.
—Sí.
—Esta también es mi habitación.
—Entonces dormiré yo en el sofá.
Adrian se puso de pie.
—Eso tampoco.
—No puedes tenerlo todo.
—Puedo comprar otra sudadera idéntica.
—No se trata de la sudadera.
—Lo sé.
Aquella noche se disculpó.
Fue una disculpa seria, breve y sin excusas.
Al día siguiente, Sofía encontró cinco sudaderas nuevas en el armario.
Todas del tamaño correcto.
En la parte delantera llevaban bordadas las palabras:
Propiedad de Adrian Kingston.
Sofía pensó en divorciarse durante unos quince segundos.
Después se echó a reír.
Con el tiempo, comprendió que los celos de Adrian escondían algo menos divertido.
Miedo.
Había crecido en una familia donde el afecto siempre dependía del rendimiento. Su padre solo prestaba atención a quien ganaba. Su madre utilizaba el silencio como castigo.
Adrian se había convertido en un hombre impecable porque creía que cometer errores significaba ser reemplazado.
Por eso preguntaba quién era más importante.
No porque quisiera ganar cada comparación.
Sino porque nunca se sentía seguro de conservar un lugar en la vida de alguien.
Sofía lo comprendió la noche en que él preguntó algo todavía más absurdo.
Habían tenido un hijo hacía seis meses.
Leo Kingston era un bebé alegre que sonreía cada vez que escuchaba la voz de su madre.
Adrian lo adoraba.
Aunque fingía que sostenerlo durante horas era parte de una rutina eficiente.
Una noche, Sofía estaba alimentando al bebé en el sofá.
Adrian se sentó a su lado.
Observó cómo Leo agarraba uno de sus dedos.
—Sofía.
—¿Sí?
—¿Me quieres más a mí o a él?
Ella lo miró, convencida de haber oído mal.
—¿Estás compitiendo con tu propio hijo?
—No.
—Acabas de hacerlo.
—Solo pregunté.
—Leo tiene seis meses.
—Y ocupa la mayor parte de tu tiempo.
Sofía se quedó en silencio.
Adrian apartó la mirada.
Por primera vez, no parecía ridículo.
Parecía vulnerable.
—¿Crees que ya no te quiero? —preguntó ella.
—No.
—Mientes.
Él observó al bebé.
—Todo cambió.
—Sí.
—Ya no cenamos juntos. Duermes poco. Cuando regreso, estás cansada.
—Porque tenemos un recién nacido.
—Lo sé.
—Y tú también estás cansado.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
Sofía colocó a Leo en la cuna junto al sofá.
Luego tomó el rostro de Adrian entre sus manos.
—Escúchame.
Él la miró.
—No te quiero menos porque nuestro hijo exista.
—Pero lo quieres de otra manera.
—Exactamente.
—Eso dijiste sobre Mia.
Sofía soltó una risa.
—Porque es verdad. El amor no es una torta que se termina cuando repartes más pedazos.
Adrian guardó silencio.
—Tú eres mi esposo —continuó—. La persona que elegí. Leo es nuestro hijo. Mia es mi mejor amiga. Nube es una gata caprichosa. No están compitiendo por el mismo lugar.
—Nube pasa demasiadas noches en nuestra cama.
—Ese tema podemos discutirlo.
Adrian rodeó su cintura.
—Entonces ¿sigues eligiéndome?
Sofía apoyó la frente contra la suya.
—Todos los días.
Él cerró los ojos.
A partir de entonces, sus preguntas disminuyeron.
No desaparecieron completamente.
Adrian Kingston seguía siendo Adrian Kingston.
Pero empezó a decir lo que realmente sentía.
En lugar de preguntar si Sofía quería más a otra persona, decía:
—Te extraño.
En lugar de enfadarse porque llegaba tarde, preguntaba:
—¿Podemos cenar juntos mañana?
En lugar de comprarle una nueva vida para reemplazar la anterior, aprendió a formar parte de ella.
Sofía también tuvo que aprender.
Dejó de burlarse cuando él mostraba inseguridad.
No confundió su silencio con indiferencia.
Y empezó a decirle que lo quería antes de que él necesitara pedir pruebas.
El conflicto más serio entre ambos llegó dos años después.
Lucas Kingston, el hermano al que Sofía debía conocer originalmente, regresó del extranjero.
Era encantador, relajado y exactamente como Mia lo había descrito.
Durante una cena familiar, Lucas se sentó junto a Sofía.
—Así que tú eras mi cita —dijo con una sonrisa.
Adrian dejó de cortar la carne.
—No era tu cita.
Mia se cubrió el rostro.
—Técnicamente, sí.
Lucas miró a su hermano.
—¿Me robaste una mujer antes de que pudiera conocerla?
—No.
—Se acostó contigo porque pensaba que eras yo.
La mesa quedó en silencio.
Sofía cerró los ojos.
—Mia, ¿por qué se lo contaste?
—Fue hace mucho.
Adrian miró a Lucas.
—No se acostó conmigo por ti.
—Pero se acercó por mí.
—Eso fue una confusión.
Lucas sonrió.
—Quizá deberíamos haber tenido aquella cita.
Adrian dejó los cubiertos.
—No.
—Solo por curiosidad.
—No.
Sofía tocó el brazo de su marido.
—Está bromeando.
—No es gracioso.
Lucas siguió sonriendo.
—¿Todavía estás celoso?
Adrian se levantó.
—La cena terminó.
Su madre lo miró con cansancio.
—Adrian, siéntate.
—Tengo trabajo.
Salió del comedor.
Sofía lo encontró en el despacho.
Estaba de pie junto a la ventana.
—Lucas solo intentaba molestarte.
—Lo consiguió.
—Nunca habría salido con él después de conocerte.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo.
Adrian se volvió.
—Te gustó mi apariencia porque pensabas que era él.
—No.
—Dijiste su nombre.
—Y tú no me corregiste.
—Porque quería que te quedaras.
La sinceridad detuvo la discusión.
Sofía se acercó.
—¿Por qué?
—Porque te vi entrar y pensé que, si te decía quién era, cambiarías de opinión.
—¿Por tu reputación?
—Porque todos me describían como tú acabas de hacerlo. Frío, estricto, insoportable.
Sofía recordó las palabras de Mia.
Una mujer casada con Adrian lloraría todos los días.
Viviría como una monja.
Se sentiría sola.
Nada de eso había ocurrido.
Adrian no era sencillo.
Pero nunca la había dejado sola.
—Yo habría cambiado de opinión —admitió Sofía.
Él apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Durante cinco minutos.
Adrian la miró.
—¿Por qué?
—Porque después habrías dicho algo arrogante y yo habría discutido contigo. Luego habríamos terminado exactamente igual.
—Eso es una suposición.
—Es una certeza.
Sofía tomó su mano.
—No me casé contigo porque creí que eras Lucas.
—Te acostaste conmigo por eso.
—Me acerqué por eso. Me quedé por ti.
La tensión en el rostro de Adrian desapareció lentamente.
—¿Y ahora?
—Ahora sigues siendo el único Kingston al que quiero besar.
—Bien.
—Aunque Lucas es más simpático.
Adrian retiró la mano.
Sofía se rió y lo abrazó antes de que pudiera alejarse.
Años después, Mia todavía contaba la historia en reuniones familiares.
—Yo intenté presentarle a Lucas —decía—, pero ella durmió con Adrian.
—No fue intencional —protestaba Sofía.
—Te casaste con él.
—Eso sí fue intencional.
Adrian, sentado junto a ella, añadía:
—También fue una decisión correcta.
—Muy humilde —respondía Sofía.
Leo, ya mayor, escuchó la historia una tarde y preguntó:
—Papá, ¿mamá te confundió con el tío Lucas?
Adrian guardó silencio.
Sofía intentó no reír.
—Solo al principio.
El niño miró a su padre.
—¿Y te pusiste celoso?
—No.
Toda la familia comenzó a reír.
Adrian sostuvo la mirada de Sofía.
—No es gracioso.
Ella besó su mejilla.
—Es un poco gracioso.
Él rodeó su cintura.
—Responde algo.
—¿Qué?
—¿Todavía me quieres más que a Lucas?
Sofía suspiró.
—Después de tantos años, ¿sigues preguntando?
—Sí.
—Te quiero más que a Lucas, más que a Biscuit, más que a las sudaderas y de una manera diferente a Mia, Leo y Nube.
Adrian pareció satisfecho.
—Bien.
—Pero no más que al café.
Él la miró con frialdad.
—Mañana lo eliminaremos de la casa.
Sofía soltó una carcajada.
El hombre al que todos llamaban frío, conservador y contenido no era ninguna de esas cosas con ella.
Con el mundo seguía siendo el presidente implacable que podía silenciar una sala con una mirada.
Con Sofía era el marido que competía con gatos, mejores amigas, hijos, sudaderas y tazas de café por un poco más de atención.
Ella había ido a conquistar al hermano equivocado.
Había confundido nombres, arruinado el plan de su mejor amiga y despertado junto al hombre más temido de la familia.
Pero, por primera vez en su vida, equivocarse de persona había resultado ser la decisión correcta.
Porque el destino no siempre llega con el nombre esperado.
A veces se presenta con un traje negro, una mirada helada y un orgullo imposible.
Y, cuando uno se da cuenta del error, ya es demasiado tarde.
Ya se ha enamorado del hermano equivocado.