Cuando mi madre se casó con un magnate, mi vida cambió de la noche a la mañana.
Pasé de preocuparme por el alquiler a vivir en una mansión con ascensor privado, piscina climatizada y un refrigerador tan grande que podría albergar a una familia entera.
Según mi madre, también aumentó mi “valor en el mercado matrimonial”.
Sus palabras, no las mías.
—Ahora tienes mejores opciones —me dijo una mañana, mientras una empleada servía café en una taza que probablemente costaba más que mi antiguo salario mensual.
—Mamá, no soy una acción en bolsa.
—Claro que no. Las acciones bajan. Tú acabas de subir muchísimo.
Suspiré.
Desde que se convirtió en la señora Harrison, había desarrollado una extraña obsesión con casarme.
No importaba si estábamos desayunando, caminando por el jardín o asistiendo a una cena benéfica.
Siempre encontraba la manera de sacar el tema.
—No soy exigente —aseguró aquella tarde—. Solo quiero que tu futuro suegro tenga dinero.
—Eso ya suena bastante exigente.
—Y que tu futura suegra sea amable.
—Mamá…
—Nada de mujeres arrogantes que te traten como una intrusa.
—No pienso casarme pronto.
Ella ignoró mi protesta.
—En cuanto a tu futuro esposo…
Sus ojos recorrieron el salón.
Y se detuvieron durante unos segundos en Alexander Harrison.
Mi hermanastro.
No teníamos ningún vínculo de sangre. Nos habíamos conocido apenas seis meses antes, cuando nuestros padres anunciaron su boda.
Aun así, llamarlo “hermanastro” era una excelente forma de recordar que Alexander era territorio prohibido.
También era director ejecutivo del grupo familiar, tenía treinta años, una reputación intimidante y un rostro tan perfecto que resultaba irritante.
Alto.
Elegante.
Serio.
Siempre vestido con trajes oscuros y una expresión que hacía temblar a ejecutivos con el doble de su edad.
Mi madre lo observó con descaro.
—Tu futuro esposo debe ser guapo.
Casi escupí el café.
Alexander levantó la vista del documento que estaba leyendo.
Nuestros ojos se encontraron.
Estoy casi segura de que vio cómo mis orejas se volvían rojas.
—Buscar marido no es lo mismo que escribir una lista de deseos —murmuré.
—¿Por qué no? —replicó mi madre—. Hay que saber lo que una quiere.
—Yo sé lo que quiero.
—Perfecto. Dime.
—Paz.
Alexander bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Lo vi.
Y eso me molestó todavía más.
—Además —continué—, no necesito que nadie me mantenga.
—No he dicho eso. Solo quiero que estés con alguien capaz de protegerte.
—Puedo protegerme sola.
—Claro, cariño. Pero sería mejor si también tuviera una fortuna.
Me levanté antes de que la conversación se volviera todavía más absurda.
Al pasar junto a Alexander, escuché su voz baja.
—Tu madre tiene estándares razonables.
Me detuve.
—No te metas.
—Solo intento ayudar.
—Tú eres la última persona que debería opinar sobre mi futuro esposo.
Alexander levantó una ceja.
—¿Por qué?
Porque era demasiado atractivo.
Porque cada vez que se acercaba olvidaba cómo respirar.
Porque llevaba meses evitando quedarme a solas con él.
Pero no pensaba decirle nada de eso.
—Porque no sabes nada sobre el amor.
Él me observó durante un momento.
—Tal vez sé más de lo que crees.
Me marché sin responder.
Aquella noche regresé tarde.
Había cenado con una amiga y esperado deliberadamente a que toda la casa estuviera en silencio.
No quería volver a escuchar a mi madre hablando de bodas, candidatos adecuados o familias millonarias.
Entré por la puerta lateral.
Me quité los zapatos para no hacer ruido.
Y entonces una mano apareció junto a mi cabeza.
Alexander cerró la puerta detrás de mí.
Quedé atrapada entre la madera y su cuerpo.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Verificando algo.
—¿A medianoche?
—Es importante.
Su voz era tranquila, pero sus ojos no.
Había algo oscuro y decidido en ellos.
—Alexander, apártate.
No lo hizo.
En cambio, inclinó la cabeza.
—Mi padre tiene dinero, ¿verdad?
Parpadeé.
—¿Qué?
—Responde.
—Sí. Muchísimo.
Asintió lentamente.
—¿Tu madre tiene buen carácter?
—Normalmente.
Desde el piso superior se escuchó la risa de mi madre mientras hablaba por teléfono.
Alexander volvió a mirarme.
—Entonces sí.
—¿Sí, qué?
Se acercó un poco más.
—¿Yo soy guapo?
Sentí que el calor me subía al rostro.
—Esa pregunta es ridícula.
—No es una respuesta.
—Eres… aceptable.
Alexander entrecerró los ojos.
Su brazo seguía apoyado junto a mi cabeza.
—¿Aceptable?
—Bueno.
—¿Solo bueno?
—Muy bueno.
—Emma.
—¡Sí! Eres guapo. Muy guapo.
Asentí varias veces, desesperada por terminar aquella conversación.
Alexander sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la expresión de un hombre que acababa de obtener exactamente lo que quería.
—Perfecto.
—¿Perfecto para qué?
—Cumplo todos los requisitos.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué requisitos?
—Suegro rico. Suegra amable. Esposo atractivo.
Mi cerebro tardó varios segundos en comprender.
—Tú no puedes…
—Mañana iremos al registro civil.
Abrí mucho los ojos.
—¿Perdón?
—A las diez.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No.
—¡Eres mi hermanastro!
—Por matrimonio.
—¡Nuestros padres están casados!
—Eso tampoco nos convierte en parientes de sangre.
—La gente hablará.
—La gente siempre habla.
—¡Yo no he aceptado casarme contigo!
Alexander se inclinó hasta que sus labios quedaron junto a mi oído.
—Todavía no.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿Y por qué estás tan seguro de que aceptaré?
Él se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos.
—Porque llevas seis meses huyendo de mí.
—Eso no significa nada.
—Significa que sientes exactamente lo mismo que yo.
Antes de que pudiera negarlo, Alexander abrió la puerta.
—Descansa —dijo—. Mañana será un día largo.
Lo observé alejarse por el pasillo.
Mi corazón latía con tanta fuerza que apenas escuché sus últimas palabras:
—Y lleva tu identificación.
No dormí en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verlo inclinado sobre mí.
“Cumplo todos los requisitos.”
A las dos de la mañana me convencí de que estaba bromeando.
A las tres decidí que se había vuelto loco.
A las cuatro consideré seriamente hacer una maleta y huir del país.
A las seis, mi madre entró en mi habitación sin tocar.
—Levántate.
Me cubrí la cabeza con la almohada.
—Estoy enferma.
—No lo estás.
—Tengo fiebre.
Apoyó una mano sobre mi frente.
—Estás fría.
—Es una enfermedad nueva.
Mi madre abrió las cortinas.
La luz me golpeó directamente en los ojos.
—Alexander dijo que tienes una cita importante.
Me incorporé de golpe.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que necesitaba acompañarte a resolver unos documentos.
—Ese hombre es un mentiroso.
—No hables así de tu hermano.
—No es mi hermano.
Mi madre se quedó inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Después giró lentamente la cabeza hacia mí.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Emma.
—Nada.
—¿Te besó?
Casi me caí de la cama.
—¡No!
—¿Intentó besarte?
—¡Mamá!
Ella entrecerró los ojos.
—Entonces quiso hacerlo.
—No inventes cosas.
—No estoy inventando. Soy tu madre. Sé reconocer esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que tenías a los dieciséis años cuando te gustaba aquel chico de la cafetería.
—Eso fue hace diez años.
—La vergüenza no cambia con la edad.
Me levanté y fui al armario.
—No me gusta Alexander.
—Yo nunca dije su nombre.
Me quedé de espaldas.
Mi madre soltó una risa satisfecha.
—Interesante.
—No empieces.
—No estoy haciendo nada.
—Tienes esa voz.
—¿Qué voz?
—La voz que usas cuando ya estás planeando una boda.
—Solo estaba pensando en flores.
Giré la cabeza.
—¡Mamá!
Ella levantó ambas manos.
—De acuerdo. No diré nada.
No le creí.
Veinte minutos después bajé al comedor con pantalones holgados, una sudadera enorme y el cabello recogido de cualquier manera.
Era una declaración.
No iba a casarme.
No iba a ir a ningún registro civil.
Y, definitivamente, no iba a arreglarme para Alexander.
Él ya estaba sentado a la mesa.
Llevaba un traje gris oscuro.
Cuando me vio, recorrió mi ropa con la mirada.
—¿Eso es lo que piensas usar?
—No voy a ir contigo.
—No pregunté eso.
Me serví café.
—Anoche estabas delirando.
—Estaba perfectamente sobrio.
—Entonces fue peor.
Mi madre entró acompañada por su esposo, Richard.
El padre de Alexander era un hombre amable, elegante y tan rico que aparecía en revistas financieras con inquietante frecuencia.
—Buenos días —dijo Richard—. ¿Algún plan especial?
—Ninguno —respondí rápidamente.
—Emma y yo saldremos —dijo Alexander al mismo tiempo.
Richard sonrió.
—Perfecto. Es bueno que pasen tiempo juntos como hermanos.
Me atraganté con el café.
Alexander me dio una palmada en la espalda.
—Con cuidado.
Lo fulminé con la mirada.
Él parecía demasiado divertido.
Después del desayuno, intenté encerrarme en mi habitación.
Alexander me alcanzó en las escaleras.
—Tienes diez minutos.
—No iré.
—Quince, entonces.
—No importa cuánto tiempo me des.
—Tu identificación está en el bolso negro.
Me detuve.
—¿Revisaste mis cosas?
—La dejaste anoche en la mesa de entrada.
—No tenías derecho a cogerla.
—No la cogí. Le pedí al ama de llaves que la guardara en tu bolso.
Lo miré con incredulidad.
—¿Llevas planeando esto desde ayer?
—Desde mucho antes.
Mi corazón dio un vuelco traicionero.
—¿Qué significa eso?
Alexander subió un escalón.
Ahora estábamos casi a la misma altura.
—Significa que no decidí casarme contigo después de una conversación absurda de tu madre.
—Entonces, ¿cuándo?
—¿Quieres la verdad?
—Sí.
—La primera noche que llegaste a esta casa.
Recordé aquella cena.
Yo estaba incómoda, vestida con un traje que mi madre había elegido y demasiado preocupada por no tocar el tenedor equivocado.
Alexander apenas había hablado.
Solo me saludó, se sentó al otro extremo de la mesa y mantuvo la atención en su teléfono.
O eso creí.
—Ni siquiera me miraste.
—Te miré todo el tiempo.
Mi garganta se secó.
—No es verdad.
—Llevabas un vestido azul. Estabas tan nerviosa que bebiste tres vasos de agua antes de que sirvieran el primer plato. Cuando mi padre preguntó por tu trabajo, dijiste que eras editora, pero tu madre pasó diez minutos presumiendo de tus premios.
—Recuerdas demasiado.
—Recuerdo todo lo relacionado contigo.
Aparté la vista.
Aquello era peligroso.
Mucho más que su propuesta ridícula.
—Entonces, ¿por qué nunca dijiste nada?
Alexander guardó silencio unos segundos.
—Porque tu madre acababa de casarse con mi padre. Porque pensé que necesitarías tiempo para adaptarte. Y porque cada vez que me acercaba, tú huías.
—No huía.
—Cambiaste de gimnasio después de encontrarme una mañana.
—El otro tenía mejores clases.
—Dejaste de usar la piscina.
—Hacía frío.
—Era climatizada.
—No me gusta nadar.
—Te vi nadar dos kilómetros durante nuestras vacaciones.
Fruncí el ceño.
—Deja de usar pruebas contra mí.
—Entonces deja de mentir.
Bajó la voz.
—Te gusto.
—Eres arrogante.
—Eso no es un no.
—Eres insoportable.
—Tampoco.
—Eres mi…
—No termines esa frase.
Su expresión se endureció.
—Nunca te he visto como una hermana.
La forma en que lo dijo eliminó cualquier posibilidad de seguir fingiendo.
Tampoco yo lo había visto como un hermano.
Desde el primer día había sido demasiado consciente de él.
De sus pasos en el pasillo.
De su voz en las reuniones familiares.
De la manera en que aflojaba su corbata al regresar del trabajo.
Durante meses me repetí que aquella atracción era absurda.
Inconveniente.
Peligrosa.
Por eso había evitado quedarme sola con él.
—Aunque nos gustáramos —dije—, casarnos mañana sería una locura.
—No tiene que ser mañana.
—Anoche dijiste mañana.
—Quería ver tu reacción.
—Casi me provocas un infarto.
—Pero no dijiste que no.
—¡Sí lo dije!
—Dijiste muchas cosas. Ninguna fue una negativa seria.
—¿Cómo es una negativa seria?
Alexander me miró directamente.
—Mírame y dime que no sientes nada por mí.
Abrí la boca.
No salió ningún sonido.
Él esperó.
Yo bajé la mirada.
—Eso pensé.
—No significa que quiera casarme.
—Bien.
Parpadeé.
—¿Bien?
—Empezaremos con una cita.
—¿Una cita?
—Hoy.
—¿Y el registro civil?
—Era una provocación.
Le di un golpe en el brazo.
—¡Eres un idiota!
Alexander atrapó mi muñeca antes de que pudiera golpearlo otra vez.
No apretó.
Solo mantuvo mi mano contra su pecho.
Debajo de la tela del traje sentí el latido firme de su corazón.
—No estaba bromeando sobre querer casarme contigo —dijo—. Solo puedo esperar un poco.
Me quedé sin palabras.
—¿Cuánto es “un poco”?
—Depende de cuánto tardes en enamorarte de mí.
—Podría tardar años.
—Tengo paciencia.
—Podría no ocurrir nunca.
Alexander inclinó la cabeza.
—Eso no te lo crees ni tú.
Nuestra primera cita fue un desastre.
O, al menos, empezó así.
Alexander me llevó a un restaurante tan exclusivo que no tenía letrero en la entrada.
El camarero conocía su nombre.
El chef salió a saludarlo.
La mesa estaba rodeada de velas y tenía una vista perfecta de la ciudad.
—Esto es demasiado —dije.
—¿Demasiado qué?
—Formal.
—Es una cita.
—Una primera cita no debería parecer una propuesta de matrimonio.
—Tomo nota.
—Y deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si ya hubieras ganado.
Alexander apoyó los brazos sobre la mesa.
—No he ganado nada.
—Pareces muy seguro.
—Estoy seguro de lo que quiero. No de lo que tú decidirás.
Aquella respuesta me desarmó.
Yo estaba acostumbrada al Alexander poderoso.
Al director ejecutivo que conseguía todo lo que pedía.
No esperaba que admitiera incertidumbre.
—¿Y qué quieres exactamente? —pregunté.
—A ti.
—Eso no es una respuesta completa.
—Quiero llevarte al trabajo cuando llueva. Quiero que dejes de evitarme en los pasillos. Quiero saber por qué sonríes al leer algunos mensajes y frunces el ceño con otros. Quiero estar presente cuando tengas un buen día y también cuando no soportes a nadie.
Sonreí con nerviosismo.
—Eso suena agotador.
—Para ti, quizá.
—¿Y para ti?
—Para mí suena como una vida.
Desvié la mirada hacia las luces de la ciudad.
—No sabes cómo soy en una relación.
—Tú tampoco sabes cómo soy yo.
—He leído suficientes artículos.
—No creas nada de lo que publican.
—¿Nunca saliste con aquella modelo francesa?
—Dos cenas organizadas por una marca.
—¿Y con la heredera del grupo Dawson?
—Nuestras familias querían una alianza empresarial.
—¿Y la actriz?
—Me pidió invertir en su productora.
Lo miré con sospecha.
—¿Así que todas eran malentendidos?
—No. Algunas eran citas.
—Ajá.
—Pero ninguna fue importante.
—Eso dicen todos los hombres.
Alexander sostuvo mi mirada.
—Nunca llevé a ninguna a casa.
—¿Por discreción?
—Porque tú estabas allí.
Mi corazón volvió a traicionarme.
—No tenías que limitar tu vida por mí.
—No lo hice por obligación.
La cena mejoró después de eso.
Descubrí que Alexander odiaba los mariscos, aunque los comía en cenas de negocios.
Que escuchaba jazz mientras trabajaba.
Que había querido estudiar arquitectura, pero terminó entrando en la empresa familiar cuando su padre enfermó.
También descubrí que podía ser gracioso.
No de forma evidente.
Su humor aparecía en comentarios secos, pronunciados con una cara tan seria que tardaba varios segundos en darme cuenta de que estaba bromeando.
Al final de la noche, me acompañó hasta la puerta de mi habitación.
—Gracias —dije.
—¿Por la cena?
—Por no llevarme al registro civil.
—Todavía está abierto mañana.
—Alexander.
Sonrió.
—Buenas noches, Emma.
Pensé que intentaría besarme.
No lo hizo.
Solo se alejó.
Y, para mi horror, me sentí decepcionada.
Durante las semanas siguientes comenzamos a salir en secreto.
No porque nos avergonzáramos.
Sino porque ninguno quería convertir la casa en un espectáculo familiar.
Íbamos a cenar después del trabajo.
Caminábamos por parques donde nadie conocía a Alexander.
Veíamos películas en una pequeña sala privada de la mansión cuando nuestros padres estaban fuera.
Él dejó de presionarme con el matrimonio.
Eso debería haberme tranquilizado.
En cambio, hizo que me enamorara más rápido.
Alexander podía ser dominante, pero también sabía detenerse.
Cuando yo necesitaba espacio, lo respetaba.
Cuando tenía un problema, no intentaba resolverlo sin preguntar.
Cuando hablaba, me escuchaba de verdad.
Una noche regresé agotada después de una jornada terrible.
Un autor famoso había rechazado todas mis correcciones, mi jefe había culpado al equipo y yo había terminado llorando en el estacionamiento.
Al entrar en casa, encontré a Alexander en la cocina.
Se había quitado la chaqueta y estaba intentando preparar pasta.
La salsa hervía demasiado.
Había harina en la encimera.
—¿Qué ocurrió aquí? —pregunté.
—Estoy cocinando.
—Eso no parece comida.
—Mi asistente dijo que la pasta era sencilla.
—Tu asistente te mintió.
Alexander apagó el fuego.
—Tu madre dijo que habías tenido un mal día.
Me quedé quieta.
—¿Hiciste esto por mí?
—Lo intenté.
Miré el desastre.
Después lo miré a él.
—Podías haber pedido comida.
—Quería hacer algo yo mismo.
Sentí un nudo en la garganta.
Alexander se acercó.
—¿Quieres hablar?
Negué con la cabeza.
—¿Quieres que arregle el problema?
Volví a negar.
—Entonces, ¿qué necesitas?
—Un abrazo.
No dudó.
Me rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
No dijo que todo saldría bien.
No me pidió que dejara de llorar.
Solo permaneció allí mientras yo descargaba el peso del día contra su pecho.
Aquella noche comprendí que ya era demasiado tarde para protegerme.
Estaba enamorada.
El problema fue que nuestros padres descubrieron la relación antes de que pudiéramos contarles.
Una mañana bajé a desayunar usando una camisa de Alexander.
No había sido intencional.
Había derramado café sobre mi ropa la noche anterior y él me prestó algo limpio.
Mi madre la reconoció.
—Esa camisa no es tuya.
Miré hacia abajo.
—No.
—Es de Alexander.
Richard levantó la vista del periódico.
Alexander siguió bebiendo café como si nada.
—Me la prestó —dije.
—¿Por qué?
—Porque…
Mi madre observó primero mi rostro.
Después el de Alexander.
Finalmente dejó la cuchara sobre la mesa.
—¿Ustedes dos están juntos?
El silencio fue absoluto.
Alexander respondió antes que yo.
—Sí.
Richard casi dejó caer el periódico.
—¿Desde cuándo?
—Unos meses —dijo Alexander.
Mi madre me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y no me contaste?
—Queríamos estar seguros.
—¡Yo llevo meses buscándote marido!
—Lo sé.
—¡Y estaba sentado frente a mí todo este tiempo!
Richard parecía menos entusiasmado.
Se levantó lentamente.
—Alexander, hablemos en mi estudio.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Mi madre se giró hacia mí.
—¿Es serio?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Mucho.
Ella bajó la voz.
—¿Te ha hablado de matrimonio?
Recordé la noche junto a la puerta.
—Más de una vez.
Mi madre sonrió.
—Sabía que tenía buen ojo.
—Esto no fue idea tuya.
—Yo establecí los requisitos.
—Mamá.
—Padre rico, madre amable, esposo guapo. Fue una descripción perfecta.
—Tú estabas hablando de otra familia.
—Los detalles no importan.
En el estudio, la conversación fue menos alegre.
Richard temía que la relación complicara la familia.
También le preocupaba que yo pudiera sentirme presionada por la posición de Alexander.
Cuando salieron, ambos tenían expresiones serias.
—Emma —dijo Richard—, necesito preguntarte algo.
Asentí.
—¿Esto es realmente lo que quieres?
Miré a Alexander.
Él no intentó responder por mí.
No hizo ningún gesto.
Solo esperó.
—Sí —dije—. Lo quiero.
Fue la primera vez que lo expresé con tanta claridad.
Alexander cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, algo cálido había reemplazado la tensión de su rostro.
Richard suspiró.
—Entonces no me opondré.
Mi madre aplaudió.
—Perfecto. Ahora podemos hablar de la boda.
—No hay boda —dije.
—Todavía —añadió Alexander.
Lo miré.
Él sonrió.
Seis meses después, Alexander me llevó al mismo restaurante de nuestra primera cita.
Esta vez no había otras mesas ocupadas.
El salón entero estaba cubierto de pequeñas luces.
—Dijiste que esto era una cena normal —murmuré.
—Mentí.
—Eso no es una buena forma de empezar.
Alexander se arrodilló.
Dejé de respirar.
—La primera vez intenté llevarte al registro civil sin una cita.
—Fue una pésima estrategia.
—He mejorado.
Sacó una caja del bolsillo.
Dentro había un anillo delicado, con una piedra clara y elegante.
—Mi padre tiene dinero —dijo.
Solté una risa.
—Muchísimo.
—Tu madre tiene buen carácter.
—La mayoría del tiempo.
—Y tú admitiste que soy guapo.
—Bajo presión.
—Aun así cuenta.
Tomó mi mano.
Su expresión dejó de ser juguetona.
—Pero no quiero que te cases conmigo porque cumplo una lista.
Su pulgar acarició mis dedos.
—Quiero que lo hagas porque, cuando llegues cansada, quieras volver a donde estoy yo. Porque puedas discutir conmigo sin miedo. Porque sepas que nunca tendrás que hacerte más pequeña para caber en mi vida.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Emma Carter, ¿quieres casarte conmigo?
Lo hice esperar unos segundos.
Solo por venganza.
Alexander frunció el ceño.
—¿Por qué tardas tanto?
—Estoy verificando los requisitos.
—Emma.
—Suegro rico.
—Sí.
—Suegra amable.
—Sí.
—Esposo guapo.
—Extremadamente.
Me reí.
Después asentí.
—Sí.
Alexander se levantó y colocó el anillo en mi dedo.
—Entonces mañana iremos al registro civil.
—¡Ni se te ocurra!
—Ya hice una reserva.
—Alexander.
—Para dentro de tres meses.
Lo miré con sospecha.
—¿Desde cuándo?
—Desde nuestra tercera cita.
—Estás loco.
—Pero aceptaste.
Me rodeó por la cintura.
—Ya no puedes huir.
—Nunca estuve huyendo.
—Cambiaste de gimnasio.
—Tenía mejores clases.
—Claro.
Me besó antes de que pudiera seguir discutiendo.
La boda fue elegante, íntima y mucho menos escandalosa de lo que temíamos.
Mi madre lloró durante toda la ceremonia.
Richard fingió que no.
Cuando llegó el momento de brindar, mi madre levantó la copa.
—Siempre dije que no pedía demasiado para el esposo de mi hija.
Todos rieron.
—Solo quería un suegro rico, una suegra amable y un hombre guapo.
Alexander se inclinó hacia mí.
—Cumplí todos los requisitos.
—Te faltaba uno.
—¿Cuál?
Tomé su mano bajo la mesa.
—Que me amaras.
Su expresión se suavizó.
—Ese fue el primero.
Meses después, durante una cena familiar, mi madre volvió a sacar el tema del matrimonio.
Esta vez con una prima.
—No pido mucho —dijo—. Solo que la familia tenga dinero…
—Mamá —la interrumpí.
—¿Qué?
—Deja de buscar esposos dentro de la casa.
Alexander soltó una carcajada.
Mi madre se encogió de hombros.
—Una vez funcionó.
Miré al hombre sentado a mi lado.
Al hermanastro por matrimonio que había decidido que yo era la mujer de su vida antes de que yo pudiera admitir que lo deseaba.
Al hombre que me había atrapado contra una puerta y convertido una lista absurda en una propuesta.
Alexander entrelazó sus dedos con los míos.
—¿De qué te ríes? —preguntó.
—De nada.
—Estás recordando aquella noche.
—No.
—Mientes mal.
Se acercó a mi oído.
—Mi padre sigue teniendo dinero.
—Lo sé.
—Tu madre sigue siendo amable.
—A veces.
—Y yo sigo siendo guapo.
Puse los ojos en blanco.
—Eso es discutible.
Alexander me besó la mejilla.
—Demasiado tarde. Ya firmaste.
Y tuve que admitir que, por una vez, mi madre había tenido razón.
Buscar esposo quizá no era lo mismo que escribir una lista de deseos.
Pero algunas veces, aquello que una deseaba ya estaba justo delante.
Solo hacía falta dejar de huir.