La noche de bodas salí del baño con un camisón de seda tan fino que apenas ocultaba mi piel.
El agua todavía resbalaba desde mi cabello hasta la clavícula.
Sin embargo, mi nuevo esposo ni siquiera levantó la vista.
Lucian Ashford estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un cojín junto a la ventana, en el punto más alejado de la cama. Vestía una túnica blanca y sostenía un antiguo libro de oraciones entre las manos.
Parecía una estatua tallada en hielo.
—Señorita Sterling —dijo con una voz tan serena que casi resultaba ofensiva—, aunque he abandonado el monasterio, necesito conservar la pureza de mi mente. Durante el próximo año dormiremos en habitaciones separadas.
Me apoyé contra el marco del baño y sonreí.
Yo era Serena Sterling, heredera de una fortuna, protagonista habitual de las revistas de sociedad y, según media ciudad, una mujer incapaz de tomarse nada en serio.
Él, en cambio, había pasado doce años apartado del mundo.
No bebía.
No bailaba.
No usaba redes sociales.
Y aparentemente tampoco pensaba acercarse a su esposa.
—De acuerdo, señor Ashford —respondí.
Caminé hacia él lentamente. El aroma de rosas de mi piel chocó con el sándalo que impregnaba su ropa.
Me incliné hasta quedar a la altura de su rostro.
—Respetaré sus creencias. Pero usted tendrá que acostumbrarse a mi forma de vivir.
Sus largas pestañas temblaron.
Fue un movimiento mínimo, aunque suficiente para demostrarme que no era tan indiferente como fingía.
—Haga lo que considere conveniente.
Me alejé satisfecha.
Nuestro matrimonio había comenzado por una razón tan absurda que, de contarla en voz alta, cualquiera habría pensado que era una broma.
Un astrólogo famoso había asegurado que yo cargaba con una antigua maldición familiar. Según él, al cumplir veintitrés años destruiría involuntariamente la fortuna de mis padres y atraería desgracias sobre las personas que amaba.
Yo no creía en maldiciones.
Pero sí creía en el miedo de mi madre.
Durante los meses siguientes, Sterling Holdings perdió tres contratos, mi padre sufrió un accidente y mi madre fue hospitalizada sin una explicación clara.
Entonces apareció una posible solución.
Debía casarme durante un año con un hombre nacido bajo el llamado signo del loto, alguien cuya energía supuestamente podía neutralizar la mía.
Mi padre movilizó todos sus contactos.
Finalmente encontró a Lucian en la abadía de Saint Rowan.
La primera vez que fui a buscarlo, se negó a recibirme.
Así que me quité los tacones, me arrodillé bajo la lluvia frente a las puertas del monasterio y permanecí allí durante toda la noche.
Cuando estaba a punto de desmayarme, las puertas se abrieron.
Lucian apareció bajo un paraguas negro.
Vestía de blanco y tenía un rostro tan perfecto que parecía ajeno a este mundo.
—El mundo exterior está lleno de deseos, engaños y sufrimiento —me dijo—. ¿Está segura de querer arrastrarme hacia él?
—No tengo otra opción.
Me observó durante largo rato.
Finalmente aceptó abandonar temporalmente la abadía a cambio de que mi familia financiara la restauración de su biblioteca.
Una semana después nos casamos.
Aquella noche coloqué un contrato frente a él.
“Acuerdo de convivencia, adaptación al mundo moderno y equilibrio espiritual”.
Las reglas eran sencillas:
Yo le enseñaría a utilizar un teléfono, conducir, asistir a eventos y sobrevivir en la alta sociedad.
Él viviría bajo mi techo durante un año y cumpliría su supuesto papel protector.
Dormiríamos separados.
No interferiríamos en nuestras vidas privadas.
Y, salvo emergencia, no habría contacto físico.
Lucian leyó la última cláusula durante un segundo más de lo necesario.
Después firmó.
Nuestra convivencia se convirtió en una guerra silenciosa.
Él transformó la biblioteca de la planta baja en una sala de meditación. Se levantaba antes del amanecer, escribía caligrafía, comía únicamente alimentos sencillos y vivía con una disciplina casi inhumana.
Yo regresaba de madrugada conduciendo autos demasiado rápidos, cubierta de perfume, luces y ruido.
Cada vez que pasaba frente a su puerta, golpeaba suavemente.
—Lucian, ¿qué tal va la iluminación espiritual?
Él abría apenas unos centímetros.
—Adecuadamente.
—He traído un cóctel llamado “Tentación carmesí”. ¿Quiere probarlo?
—No.
Y me cerraba la puerta en la cara.
Mi mejor amiga, Chloe, presenció uno de aquellos rechazos.
—Has llevado a un santo viviente a tu casa —dijo—. Pero te apuesto cien dólares a que los hombres más tranquilos son los que pierden el control con mayor intensidad.
Me reí.
Aunque, aquella noche, no pude evitar imaginarlo.
¿Qué aspecto tendría Lucian si alguna vez abandonaba aquella serenidad?
¿Cómo se verían sus ojos si dejaran de ser un lago inmóvil y se convirtieran en una tormenta?
La idea permaneció escondida dentro de mí.
Y la oportunidad de descubrirlo apareció antes de lo que esperaba.
Una madrugada regresé de una fiesta y encontré todas las luces de la casa apagadas.
Había tormenta.
Subí las escaleras descalza, pero al pasar frente a la habitación de Lucian escuché un golpe.
Abrí la puerta.
Él estaba de rodillas en el suelo, respirando con dificultad.
Su túnica estaba abierta a la altura del pecho.
Tenía una mano apoyada contra la pared y la otra cerrada con fuerza sobre el rosario que llevaba siempre consigo.
—Lucian.
Levantó el rostro.
Sus ojos ya no estaban serenos.
Ardían.
—No se acerque —ordenó.
Di un paso hacia él.
—Está enfermo.
—No.
Otro trueno sacudió la casa.
Lucian cerró los ojos como si estuviera luchando contra algo que yo no podía ver.
Cuando intenté tocarle la frente, atrapó mi muñeca.
Su mano estaba ardiendo.
Me empujó suavemente contra la puerta, sin lastimarme, pero colocándose tan cerca que sentí su respiración sobre mis labios.
—Se lo advertí —susurró.
—¿De qué?
Abrió los ojos.
Por primera vez, no había distancia ni indiferencia en ellos.
Solo deseo.
Y miedo.
—De que no volviera a acercarse a mí así.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
La tormenta golpeaba los ventanales mientras Lucian mantenía mi muñeca inmovilizada contra la madera. Su respiración era irregular. La mano que sujetaba el rosario temblaba.
No parecía el hombre imperturbable que había conocido en la abadía.
Parecía alguien que llevaba años huyendo de sí mismo.
—Suélteme —dije.
Lucian obedeció de inmediato.
Retrocedió como si mi piel lo hubiera quemado.
—Perdón.
La culpa apareció con tanta claridad en su rostro que cualquier impulso de provocarlo desapareció.
—No me hizo daño.
—Perdí el control.
—Me sujetó la muñeca durante tres segundos.
—Fue suficiente.
Intentó ponerse de pie, pero su cuerpo vaciló. Lo sostuve por el brazo antes de que cayera.
Esta vez no me apartó.
Tenía fiebre.
Lo ayudé a sentarse sobre la cama y llamé al médico de la familia. Mientras esperábamos, Lucian permaneció con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas, respirando lentamente.
—¿Le ocurre a menudo? —pregunté.
—No.
—Entonces ¿qué provocó esto?
No respondió.
El médico llegó veinte minutos después. Tras examinarlo, concluyó que sufría agotamiento severo, deshidratación y una reacción provocada por un suplemento herbal que uno de los empleados había añadido erróneamente a su bebida.
No era peligroso.
Pero debía descansar.
Cuando el médico se marchó, Lucian continuó sentado en silencio.
—No es una prueba espiritual —le dije—. Su cuerpo simplemente reaccionó a una sustancia.
—El cuerpo también forma parte de la disciplina.
—El cuerpo forma parte de estar vivo.
Abrió los ojos.
—Usted convierte todo en una provocación.
—Y usted convierte todo en una penitencia.
Su expresión se endureció.
—Debería volver a su habitación.
—No voy a dejarlo solo con fiebre.
—El contrato establece que no debemos intervenir en la vida privada del otro.
—El contrato también menciona excepciones en caso de emergencia.
—Esto no es una emergencia.
—Casi se desmaya.
—Estoy consciente.
—Y yo soy insoportable. Ambos tendremos que aceptarlo.
Preparé una compresa fría, llené un vaso de agua y dejé sus medicamentos sobre la mesa.
Lucian me observó durante todo el tiempo.
—¿Por qué hace esto?
—Porque es mi esposo.
—Solo en términos legales.
—Eso no significa que pueda dejarlo tirado en el suelo.
—Creí que se había casado conmigo únicamente para proteger a su familia.
—Así fue.
La respuesta pareció afectarlo más de lo que esperaba.
—Entonces no necesita fingir preocupación.
—No estoy fingiendo.
Nos miramos en silencio.
Finalmente apoyé la compresa sobre su frente.
Lucian cerró los ojos.
—Gracias —murmuró.
Fue la primera vez que me habló sin formalidad ni distancia.
Me quedé a su lado hasta que se durmió.
A la mañana siguiente desperté sentada en una silla, con la cabeza apoyada sobre el colchón.
Lucian ya estaba despierto.
Me observaba.
—Podría haber regresado a su habitación.
—Usted podría aprender a decir gracias con más frecuencia.
—Ya lo hice.
—Una vez no cuenta.
Sus labios parecieron moverse.
No estaba segura de si había contenido una sonrisa o un suspiro.
—Gracias, Serena.
Mi nombre sonó extraño en su voz.
Demasiado íntimo.
Me levanté rápidamente.
—Descanse.
—¿Se está marchando porque la incomodé?
—Me marcho porque necesito café.
—Bebe demasiado.
—Usted medita demasiado.
—La meditación no daña el hígado.
—La arrogancia sí daña el encanto.
Esta vez sí sonrió.
Fue apenas una curva leve, casi imperceptible.
Pero me dejó sin palabras.
Lucian Ashford sonriendo era mucho más peligroso que Lucian Ashford indiferente.
Después de aquella noche, algo cambió entre nosotros.
No fue una transformación evidente.
Seguíamos durmiendo en habitaciones separadas. Él continuaba meditando al amanecer. Yo seguía asistiendo a cenas, inauguraciones y fiestas.
Pero ya no cerraba la puerta cuando yo aparecía en su sala.
A veces incluso me invitaba a entrar.
Una tarde lo encontré intentando utilizar el teléfono que le había comprado.
—¿Qué hace?
—Estoy buscando una dirección.
—Ha abierto la cámara.
—Lo sé.
—Está fotografiando su propia frente.
—El dispositivo es innecesariamente complicado.
Me senté junto a él.
—Entréguemelo.
Le enseñé a usar el mapa, enviar mensajes y guardar contactos.
—¿Cómo desea que la registre? —preguntó.
—Serena.
—Ya existe una Serena.
Miré la pantalla.
Había guardado mi número como “Esposa”.
—Eso es sorprendentemente posesivo para un hombre que no quiere compartir habitación.
—Es una descripción legal.
—Claro.
Modifiqué el nombre por “Serena, esposa extraordinaria”.
Lucian lo cambió inmediatamente.
“Serena Sterling”.
—No tiene sentido del humor.
—Tengo sentido del humor.
—Demuéstrelo.
—Me casé con usted.
Lo miré con la boca abierta.
Él mantuvo la expresión seria durante dos segundos.
Después bajó la vista, ocultando una sonrisa.
—Está aprendiendo demasiado rápido —dije.
—Tengo una buena maestra.
La cercanía entre nosotros aumentó con pequeños gestos.
Lucian comenzó a esperarme cuando regresaba tarde.
No lo admitía.
Simplemente aparecía leyendo en la sala, aunque jamás había utilizado aquel lugar antes de nuestro matrimonio.
—Son las dos de la mañana —decía.
—Sabe usar el reloj. Estoy orgullosa.
—Ha bebido.
—Solo una copa.
—Huele a tres.
—¿Desde cuándo un antiguo monje distingue la cantidad de alcohol?
—Desde que mi esposa intenta engañarme todas las noches.
Me ofrecía agua.
Después me acompañaba hasta las escaleras sin tocarme.
Una noche tropecé con mis propios tacones.
Lucian me sostuvo por la cintura.
Su cuerpo se tensó.
El mío también.
Su mano permaneció inmóvil contra mi espalda.
Yo podía sentir cada dedo a