Me casé con el hombre más frío de la universidad… y en nuestra luna de miel huyó de mí

Me casé de forma impulsiva con Alexander Reed, el hombre más inalcanzable de nuestra época universitaria.

En aquel entonces, todas sabían quién era.

El alumno brillante.

El rostro perfecto.

La personalidad imposible.

Alexander podía rechazar una declaración amorosa con una sola mirada y hacer que la otra persona terminara disculpándose por haberlo molestado.

Yo también estuve enamorada de él.

Solo que jamás se lo dije.

Ocho años después, nos reencontramos en una cena.

Él necesitaba casarse para cumplir una condición del testamento de su abuelo.

Yo necesitaba que mi familia dejara de organizarme citas con hombres que hablaban más de sus inversiones que de cualquier emoción humana.

Dos copas de vino, una conversación absurda y una firma después, salimos del registro civil convertidos en marido y mujer.

Todos pensaron que habíamos perdido la cabeza.

Yo también.

Pero la noche de bodas, cuando cerré la puerta de la habitación del hotel, decidí que al menos aprovecharía mi impulsividad.

Alexander estaba junto a la ventana, todavía con la camisa blanca de la ceremonia.

Se había quitado la corbata.

Tenía el cuello desabrochado y las mangas recogidas hasta los antebrazos.

Durante años había imaginado cómo sería tenerlo así de cerca.

Ahora era legalmente mi esposo.

Respiré hondo, me acerqué por detrás y rodeé su cintura con los brazos.

Alexander se quedó completamente quieto.

—¿Qué haces, Claire?

—Abrazando a mi marido.

—Estoy cansado.

Me apartó con una delicadeza tan educada que resultó ofensiva.

Después se acostó en el extremo más lejano de la cama, cerró los ojos y dejó entre nosotros una distancia que parecía una frontera internacional.

Yo permanecí de pie, todavía con el vestido de novia.

—¿Eso es todo?

—Buenas noches.

No fue exactamente la respuesta que esperaba.

Me dije que quizá estaba nervioso.

Que Alexander siempre había sido reservado.

Que nuestra boda había ocurrido demasiado rápido.

Así que decidí darle tiempo.

Hasta la noche siguiente.

Me puse el conjunto más atrevido que había comprado en mi vida.

Una bata ligera.

Encaje negro.

Perfume.

Cabello suelto.

Entré en la habitación fingiendo una seguridad que no sentía.

Alexander levantó la vista de su computadora.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo durante apenas un segundo.

Luego cerró la pantalla.

—Deberías dormir temprano.

Pensé que bromeaba.

—¿Perdón?

—Mañana tienes una reunión.

—No necesito ocho horas de sueño.

—Tu humor empeora cuando estás cansada.

—Mi humor está empeorando ahora mismo.

Alexander tomó una almohada.

—Buenas noches, Claire.

La segunda noche también durmió de espaldas a mí.

Al tercer intento perdí la paciencia.

Esperé hasta que salió de la ducha.

Apareció con una camiseta oscura y el cabello húmedo.

Le bloqueé el paso.

—Tenemos que hablar.

—Podemos hacerlo mañana.

—No.

—Es tarde.

—Precisamente.

Alexander intentó rodearme.

Yo apoyé ambas manos contra su pecho.

—Somos marido y mujer.

—Lo sé.

—No lo parece.

—¿Qué esperas que haga?

—No voy a darte instrucciones detalladas.

Él alzó una ceja.

Ese gesto tranquilo terminó de enfurecerme.

—Claire…

—No me digas que me calme.

—Iba a decir que esto no es una competencia.

—Para ti todo es una competencia.

—Y para ti todo es un desafío.

—Bien. Entonces te desafío a dejar de actuar como si compartir una cama conmigo fuera una sentencia judicial.

Por primera vez, algo cambió en sus ojos.

No fue frialdad.

Fue tensión.

Pero desapareció enseguida.

—No estás pensando con claridad.

—Estoy pensando perfectamente.

Me acerqué.

Alexander retrocedió.

Yo avancé de nuevo.

Él llegó hasta la puerta de la habitación de invitados.

La abrió, entró y puso una mano en el marco.

—Claire, tranquilízate.

—No quiero tranquilizarme.

—No se obtiene nada bueno forzando las cosas.

—No necesito saber si será perfecto. Con que funcione me basta.

Alexander me miró durante varios segundos.

Después cerró la puerta.

Y escuché el sonido de la cerradura.

Mi esposo acababa de encerrarse para protegerse de mí.

Golpeé la madera.

—¡Alexander Reed!

—Duerme.

—¡Abre!

—Mañana hablamos.

—¡Cobarde!

No respondió.

A la mañana siguiente, se había marchado.

No dejó una nota.

Solo un mensaje:

“Necesito unos días”.

Aquello fue demasiado.

Había aceptado una boda improvisada.

Había soportado dos rechazos.

Había sido expulsada indirectamente de mi propia luna de miel.

Y ahora mi marido desaparecía.

Regresé sola a la ciudad.

Durante tres días no contesté sus llamadas.

Al cuarto, preparé un acuerdo de divorcio.

No quería dinero.

No quería propiedades.

Solo quería recuperar la poca dignidad que me quedaba.

Cuando Alexander regresó, me encontró en su oficina con los documentos sobre la mesa.

—Firma.

Él miró la carpeta.

—¿Qué es esto?

—Nuestro divorcio.

—Nos casamos hace una semana.

—Y ya parecemos una pareja agotada después de treinta años.

—Claire…

—No voy a seguir persiguiendo a un hombre que se encierra con llave para evitarme.

Alexander abrió el acuerdo.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su expresión se volvió cada vez más oscura.

—¿De verdad quieres divorciarte?

—Sí.

—¿Porque no dormí contigo?

—Porque no me deseas.

—Nunca dije eso.

—No hacía falta.

Tomé un bolígrafo y se lo ofrecí.

—Firma.

Alexander no lo tomó.

Cerró la carpeta.

—No.

—No puedes obligarme a seguir casada.

—Tampoco puedes decidirlo todo sin escucharme.

—Te escuché tres noches. Dijiste que estabas cansado, que durmiera temprano y que no debía forzar las cosas.

—Porque era necesario.

—¿Necesario para quién?

Él dio la vuelta al escritorio.

Yo retrocedí.

—Alexander, no empieces ahora a actuar como si te importara.

—Siempre me importó.

—Entonces tienes una forma extraña de demostrarlo.

Seguí retrocediendo hasta sentir el borde de la cama detrás de mis piernas.

Alexander se detuvo frente a mí.

Tomó mi muñeca.

No con brusquedad.

Pero tampoco me permitió apartarme.

—Repítelo —dijo.

—¿Qué?

—Que no te deseo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Me rechazaste tres veces.

—Porque pensé que te arrepentirías.

—No te pregunté qué pensabas.

—Te casaste conmigo después de dos copas de vino.

—Estaba completamente consciente.

—A la mañana siguiente ni siquiera recordabas dónde habíamos dejado los anillos.

—Eso no demuestra nada.

Alexander se inclinó.

—Tampoco sabía si querías casarte conmigo o con la idea que tenías de mí desde la universidad.

—¿Y huir era tu método para averiguarlo?

—Huir fue mi método para no hacer algo de lo que después pudieras acusarme.

—Qué considerado.

Intenté soltarme.

Él me atrajo hacia sí.

En un solo movimiento, terminé sentada sobre la cama.

Alexander apoyó una mano junto a mi hombro.

La expresión fría había desaparecido.

—Dijiste que lo forzado no era bueno —murmuré.

Una sonrisa leve apareció en sus labios.

—También dijiste que no necesitabas saber si era perfecto.

Sentí calor en el rostro.

—Alexander…

—Pero esta vez vas a responder con claridad.

—¿Qué cosa?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Quieres que me detenga?

La pregunta deshizo toda mi arrogancia.

Porque detrás de su voz no había burla.

Había control.

Y algo que llevaba demasiado tiempo contenido.

Negué lentamente.

Alexander rozó mi mejilla con los dedos.

—Entonces el divorcio tendrá que esperar.

Se inclinó hacia mí y susurró:

—Y para saber si algo es bueno, primero habrá que probarlo.

Parte 2: El hombre que huía de mí llevaba años intentando no perder el control

Alexander no me besó de inmediato.

Eso fue lo peor.

O lo mejor.

Se quedó tan cerca que podía sentir su respiración, pero esperó.

Como si quisiera obligarme a comprender que aquella vez no estaba huyendo.

Y que tampoco iba a hacer nada sin una respuesta clara.

—Dilo —murmuró.

—¿Qué?

—Que quieres que siga.

—Eres insoportable.

—Eso no es una respuesta.

Intenté sostener su mirada, pero me resultó imposible.

Durante tres noches yo había sido valiente porque pensaba que él no me deseaba.

Ahora que lo tenía frente a mí, completamente atento, mi seguridad se había evaporado.

—Sí —dije al fin.

—No te escuché.

—Sí, quiero que sigas.

La sonrisa que apareció en su rostro no se parecía a ninguna que yo hubiera visto antes.

No era la sonrisa educada de los eventos.

Ni la leve curva de labios que utilizaba cuando alguien decía algo ingenuo.

Era cálida.

Privada.

Peligrosa.

—Muy bien —dijo.

Después me besó.

Y comprendí de inmediato que Alexander Reed no había pasado tres noches huyendo porque fuera indiferente.

Había huido porque tenía demasiado que contener.

Cuando finalmente se apartó, yo seguía aferrada a su camisa.

—Eres un mentiroso —susurré.

—Nunca mentí.

—Dijiste que estabas cansado.

—Lo estaba.

—Dijiste que durmiera temprano.

—También era un buen consejo.

—Y te encerraste en otra habitación.

—Eso fue supervivencia.

Lo miré, indignada.

Alexander rio.

—No te burles.

—Estoy intentando imaginar cómo creíste que aquel conjunto negro me permitiría mantener una conversación racional.

Mi rostro ardió.

—Parecías muy tranquilo.

—Tengo práctica.

—¿Práctica con quién?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

La sonrisa desapareció.

Alexander se sentó a mi lado.

—Con nadie.

—No tienes que fingir.

—No finjo.

—Tienes treinta años.

—Gracias por recordármelo.

—Y quieres que crea que…

—Que no tuve relaciones serias antes de ti. Sí.

Lo observé.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

—No me interesaban.

—¿Todas las mujeres del planeta te parecían poco interesantes?

—No todas.

—¿Quién fue la excepción?

Alexander me miró.

No respondió.

Tardé unos segundos en entenderlo.

—No.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la universidad.

Me puse de pie.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque apenas me hablabas.

—Tú estabas rodeada de personas todo el tiempo.

—Podías acercarte.

—Lo intenté.

—¿Cuándo?

—Primer año. Biblioteca. Te pregunté si el asiento frente a ti estaba libre.

Recordé vagamente a un Alexander más joven, con libros en los brazos, esperando junto a mi mesa.

—Te dije que sí.

—Después llamaste a tres amigas y ocupaste las otras sillas.

—No sabía que querías hablar conmigo.

—Lo comprendí.

—¿Eso fue todo tu esfuerzo?

—También me inscribí en el club de debate porque tú estabas allí.

—Pensé que te gustaba debatir.

—Lo detestaba.

Me quedé mirándolo.

Alexander continuó:

—En segundo año acepté organizar el festival de primavera.

—Tú odiabas los eventos.

—Lo sé.

—¿Por mí?

—Tú dirigías la comisión artística.

Una serie de recuerdos comenzó a reorganizarse.

Alexander apareciendo en reuniones a las que nunca parecía querer asistir.

Alexander quedándose hasta tarde para ayudar con decoraciones.

Alexander acompañándome a la residencia cuando llovía.

Yo había interpretado todo como responsabilidad.

Nunca como interés.

—Pero salías con Victoria Hale —dije.

—No.

—Todo el campus decía que estaban juntos.

—Nuestras familias querían que lo estuviéramos.

—Ella te tomaba del brazo.

—Y yo me apartaba.

—No siempre.

—Claire, una vez me tomó del brazo para una fotografía.

—Parecían cercanos.

—Crecimos juntos. Eso era todo.

Sentí una incomodidad amarga.

Durante años había asumido que Alexander no podía fijarse en mí porque ya tenía a alguien perfecta a su lado.

Victoria era elegante, reservada y provenía de una familia igual de poderosa que la suya.

Yo era impulsiva, ruidosa y tenía el talento de convertir cualquier reunión formal en un problema.

—Nunca dijiste nada —murmuré.

—Tú tampoco.

—Yo pensé que me rechazarías.

—Yo pensé que te reirías.

—¿Por qué?

—Porque una vez dijiste que jamás saldrías con un hombre incapaz de divertirse.

Recordé aquella conversación.

Había sido durante una fiesta.

Yo estaba borracha.

Y Alexander se encontraba a pocos metros.

—No hablaba de ti.

—Mencionaste mi nombre.

Cerré los ojos.

—¿Qué dije exactamente?

—Que Alexander Reed era tan frío que probablemente programaba sus emociones en una agenda.

Me cubrí la cara.

Él apartó mis manos.

—No te preocupes. Fue una descripción bastante precisa.

—Entonces te alejaste por eso.

—Entre otras cosas.

—¿Qué otras?

Su expresión se volvió más seria.

—Mi familia.

La ligereza del momento desapareció.

Alexander se levantó y caminó hacia la ventana.

—Mi abuelo ya estaba planificando mi matrimonio.

—Con Victoria.

—Sí.

—¿Y aceptaste?

—Nunca.

—Pero tampoco lo enfrentaste.

—Tenía veintidós años y dependía completamente de él.

—Podías decírmelo.

—¿Para ofrecerte qué? ¿Una relación secreta sin futuro?

—Podías dejarme decidir.

—Lo sé ahora.

Aquella frase contenía más arrepentimiento del que esperaba.

Me acerqué.

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo tan rápido?

Alexander soltó una risa baja.

—¿De verdad no lo sabes?

—Pensé que necesitabas cumplir el testamento.

—Necesitaba casarme, sí. No necesitaba casarme contigo.

—Pero yo era conveniente.

—Eras la opción más inconveniente posible.

—Gracias.

—Mi abuelo te consideraba impulsiva, poco diplomática y completamente incapaz de obedecer a una familia tradicional.

—Empiezo a apreciarlo.

—Casarme contigo era la forma más rápida de provocar una crisis familiar.

—Qué romántico.

Alexander se volvió.

—Y también era la única oportunidad que pensé que tendría.

Su sinceridad me dejó sin palabras.

—Cuando dijiste que aceptarías —continuó—, pensé que estabas bromeando.

—Yo pensé lo mismo de ti.

—Después firmaste.

—Tú también.

—Y desde ese momento tuve miedo de que despertaras, comprendieras lo que habías hecho y me odiaras.

—Por eso no me tocaste.

—Sí.

—Alexander, te abracé primero.

—Estabas emocionada por la boda.

—Me puse encaje negro.

—Podías estar jugando.

—Intenté empujarte contra una pared.

—Eso fue menos ambiguo.

—¿Y aun así te encerraste?

Él se frotó la nuca.

—Porque si me quedaba, no iba a ser capaz de actuar con calma.

Una sonrisa apareció en mi rostro.

—Así que el gran Alexander Reed huyó por miedo a perder el control.

—No lo repitas.

—Voy a contárselo a todo el mundo.

—Entonces firmaré el divorcio.

—No te atreverías.

—Pruébame.

Nos miramos.

El acuerdo seguía sobre el escritorio.

Lo tomé.

Alexander observó cómo arrancaba las hojas por la mitad.

—Eso no era necesario —dijo.

—Quería asegurarme.

—Podías guardarlo para nuestra próxima discusión.

—Habrá otra copia.

—Por supuesto.

Dejé los papeles rotos en la mesa.

—Todavía estoy enfadada.

—Lo sé.

—Te marchaste tres días.

—Necesitaba pensar.

—Podías enviarme un mensaje decente.

—Te envié uno.

—“Necesito unos días” no es un mensaje decente. Es el tipo de frase que precede a una ruptura o a una desaparición criminal.

—Lo recordaré.

—También quiero saber adónde fuiste.

—A casa de mi hermano.

—¿Le contaste?

—Solo que necesitaba distancia.

—¿Y qué dijo?

Alexander pareció incómodo.

—Que era un idiota.

—Tu hermano siempre me cayó bien.

—Después llamó a mi madre.

—¿Ella lo sabe?

—Toda mi familia sabe que huí de la habitación.

Me quedé en silencio.

Después empecé a reír.

—No tiene gracia.

—Es muchísimo más divertido de lo que imaginas.

—Mi madre me preguntó si tenía algún problema médico.

Eso solo empeoró mi risa.

Alexander me miró con resignación.

—Mi abuelo dijo que quizá había elegido mal al heredero.

—Adoro a tu abuelo.

—Hace una semana lo llamabas tirano.

—Las personas pueden cambiar.

Alexander tomó mi cintura.

—Tú cambias de opinión demasiado rápido.

—Me casé contigo en una tarde. Eso ya lo sabías.

Él me atrajo.

—Y aun así quieres que confíe en que no te arrepentirás.

—Puedo arrepentirme de muchas cosas.

—¿De mí?

Lo dijo con ligereza, pero vi la inseguridad detrás.

Apoyé las manos en sus hombros.

—No.

Alexander me observó durante varios segundos.

—Dilo otra vez.

—No me arrepiento de casarme contigo.

—Aunque huí.

—Eso fue humillante.

—Aunque te rechacé.

—Tres veces.

—Aunque no te dije que llevaba años enamorado.

—Eso fue estúpido.

—Aunque probablemente discutiremos todos los días.

—Eso ya lo hacíamos sin estar casados.

Él sonrió.

—Entonces estamos bien.

—Todavía no.

—¿Qué falta?

—Una explicación sobre Victoria.

Alexander cerró los ojos.

—No tenemos nada.

—Ella te envió flores cuando nos casamos.

—También envió una tarjeta diciendo que esperaba que sobreviviera.

—Eso no suena amistoso.

—Es su sentido del humor.

—¿Y por qué tu madre la invitó a cenar mañana?

—Porque nuestras familias siguen haciendo negocios.

—¿Ella sabe que te gustaba desde la universidad?

—No.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque quiero ver su cara cuando se entere.

Alexander me miró con cautela.

—No conviertas la cena en una guerra.

—Yo nunca hago eso.

—Claire.

—Dependerá de ella.

La cena familiar fue exactamente tan incómoda como él esperaba.

La madre de Alexander, Helena, me recibió con una mirada que combinaba educación y evaluación.

Su abuelo, Richard Reed, parecía mucho más divertido.

Victoria llegó veinte minutos tarde.

Vestía de blanco.

No un blanco nupcial.

Pero lo bastante cercano para que la elección pareciera intencional.

Me besó en la mejilla.

—Claire. Qué sorpresa.

—Para mí también.

—Nunca imaginé que Alexander se casaría tan rápido.

—Yo tampoco.

—Siempre fue muy cuidadoso con las decisiones importantes.

—Supongo que algunas personas merecen una excepción.

Alexander me lanzó una mirada.

Yo sonreí.

Durante la cena, Victoria recordó historias de infancia.

Vacaciones familiares.

Clases de piano.

Una fiesta donde Alexander la había acompañado.

Todo contado con la precisión suficiente para marcar territorio sin decir nada directamente ofensivo.

Yo escuché durante veinte minutos.

Después apoyé la copa.

—Alexander me contó que te aprecia como a una hermana.

Victoria se quedó quieta.

Él casi dejó caer el tenedor.

Su madre levantó la mirada.

Richard Reed ocultó una sonrisa.

—¿Como una hermana? —repitió Victoria.

—Muy cercana —añadí—. De esas con las que uno comparte recuerdos, pero no deseos.

Alexander tosió.

Helena frunció el ceño.

—Claire, quizá no sea necesario…

—Solo estaba aclarando.

Victoria me miró.

—Alexander y yo tenemos una historia larga.

—Yo también tengo una larga historia con mi dentista. No significa que quiera casarme con él.

Richard soltó una carcajada.

La tensión se rompió.

Victoria no volvió a mencionar el pasado.

Después de la cena, Helena me llevó aparte.

—Tienes una forma muy directa de hablar.

—Me lo han dicho.

—En esta familia valoramos la discreción.

—Yo también. Siempre que no se utilice para esconder intenciones.

Helena me observó.

—Victoria habría sido una elección más sencilla.

—Lo sé.

—Más adecuada.

—También lo sé.

—¿Y eso no te molesta?

—No.

—¿Por qué?

Miré hacia el salón.

Alexander estaba hablando con su abuelo, pero sus ojos buscaron los míos.

—Porque no me eligió por ser adecuada.

Helena siguió mi mirada.

Algo en su expresión se suavizó.

—Mi hijo nunca fue bueno diciendo lo que quiere.

—Ya me di cuenta.

—Cuando era joven, guardaba todo hasta que enfermaba.

—Ahora se encierra en habitaciones.

Helena cerró los ojos.

—Así que era cierto.

—¿Su hijo le contó?

—Su hermano.

Sonreí.

—La familia se comunica muy bien.

—Demasiado.

Antes de irnos, Richard Reed llamó a Alexander a su despacho.

Yo esperé afuera.

Veinte minutos después, Alexander salió con una expresión seria.

—¿Qué ocurrió?

—Quiere modificar el testamento.

—¿Por qué?

—Dice que el matrimonio parece real.

—¿Pensaba que era falso?

—Pensaba que tú aceptarías el acuerdo, esperarías un año y te marcharías con una compensación.

—Qué encantador.

—No lo culpes. Yo también temía algo parecido.

—Yo no necesito tu dinero.

—Lo sé.

—¿Ahora lo sabes?

Alexander tomó mi mano.

—Ahora sé que estabas dispuesta a divorciarte sin pedir nada.

—Exacto.

—Lo cual fue bastante aterrador.

—Era la intención.

En el automóvil de regreso, permanecimos en silencio.

Yo observaba las luces de la ciudad.

Alexander conducía con una mano y sostenía la mía con la otra.

—¿Qué pasará con el testamento? —pregunté.

—Nada importante.

—¿Nada?

—Mi abuelo quiere retirar la condición del matrimonio.

—Entonces ya no necesitas seguir casado conmigo.

La mano de Alexander se tensó.

—Nunca necesitaba seguir.

—Sabes lo que quiero decir.

Detuvo el auto frente a un semáforo.

Se volvió hacia mí.

—Claire, la condición solo fue la excusa para pedirte que te casaras conmigo.

—Podías haberme invitado a cenar.

—Lo hice.

—Podías haber dicho que era una cita.

—Tú dijiste que odiabas las citas formales.

—Podías haber improvisado.

—Tú apareciste con dos amigos.

—No sabía que querías estar a solas.

—Exactamente.

Nos quedamos mirándonos.

Después ambos empezamos a reír.

Nuestra historia había sido una colección de oportunidades perdidas y señales malinterpretadas.

—Somos bastante malos en esto —dije.

—Habla por ti.

—Tú huiste de tu esposa.

—Por respeto.

—Voy a escribirlo en tu lápida.

—Y yo escribiré que intentaste atacarme durante la luna de miel.

—No fue un ataque.

—Bloqueaste la salida.

—Estrategia romántica.

—Amenaza territorial.

—Funcionó al final.

Alexander sonrió.

—Todavía estás demasiado orgullosa de eso.

—Y tú demasiado tranquilo para alguien que casi se divorcia en su primera semana.

El semáforo cambió.

Continuó conduciendo.

—No habría firmado.

—Legalmente no podías impedírmelo para siempre.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué habrías hecho?

—Convencerte.

—¿Cómo?

Me miró de reojo.

—Ya encontré un método bastante efectivo.

Sentí calor en el rostro.

—Conduce.

Los meses siguientes demostraron que casarse era mucho más difícil que desearse.

Alexander madrugaba.

Yo odiaba los despertadores.

Él ordenaba los libros por tamaño.

Yo dejaba tazas en lugares imposibles.

Él necesitaba silencio para trabajar.

Yo pensaba mejor con música.

Discutíamos por la temperatura, por las cenas familiares y por quién había olvidado comprar café.

Pero también aprendimos.

Alexander aprendió a decir que estaba preocupado en lugar de volverse distante.

Yo aprendí a preguntar antes de interpretar su silencio como rechazo.

Cuando peleábamos, ninguno podía desaparecer.

Esa fue mi única condición.

—Puedes dormir en otra habitación —le dije—, pero no puedes irte sin explicar cuándo volverás.

—¿Y tú?

—No voy a amenazarte con el divorcio cada vez que me enfade.

—Eso sería útil.

—No abuses.

Seis meses después, asistimos a una reunión de antiguos alumnos.

La noticia de nuestro matrimonio ya se había extendido.

Todos querían saber cómo había ocurrido.

Una antigua compañera se acercó a mí.

—Nunca imaginé que Alexander se casaría contigo.

—Yo tampoco.

—En la universidad parecía no notarte.

Miré hacia él.

Estaba al otro lado del salón, conversando con un profesor.

Aun así, sintió mi mirada.

Se volvió de inmediato.

—Era muy bueno fingiendo —respondí.

La mujer sonrió.

—¿Y ahora?

Alexander cruzó la sala y apoyó una mano en mi cintura.

—Ahora ya no necesito hacerlo.

La antigua compañera se retiró con una expresión curiosa.

Yo levanté la vista.

—Presumido.

—Decías que no te prestaba atención.

—No necesitabas demostrar lo contrario frente a todos.

—Tú querías una relación visible.

—No tanto.

—Demasiado tarde.

Esa noche, al regresar a casa, encontré un sobre sobre la cama.

—¿Otro contrato? —pregunté.

—Ábrelo.

Dentro había dos boletos de avión.

Destino: la ciudad costera donde habíamos pasado nuestra luna de miel.

—No pienso volver al mismo hotel —dije.

—No es el mismo.

—Bien.

—Esta vez reservé una sola habitación.

Lo miré.

—Qué valiente.

—He superado mis miedos.

—¿Seguro?

Alexander se acercó.

—Podemos comprobarlo.

—No te confíes.

—Ya probamos el resultado.

—Eso fue una muestra limitada.

—Entonces necesitaremos más evidencia.

Me reí.

Él me besó la frente.

Después se volvió serio.

—Claire.

—¿Qué?

—Nunca vuelvas a pensar que no te deseo.

La sinceridad en su voz borró mi sonrisa.

—Entonces nunca vuelvas a encerrarte.

—Trato hecho.

—¿Sin cláusulas ocultas?

—Ninguna.

—¿Y sin desaparecer tres días?

—Nunca más.

Apoyé la cabeza contra su pecho.

Durante años había creído que Alexander era frío porque no sentía demasiado.

La verdad era opuesta.

Sentía con tanta intensidad que había convertido el control en una forma de protección.

Yo, en cambio, disfrazaba el miedo con atrevimiento.

Lo perseguía porque temía que, si me detenía, él no vendría hacia mí.

Nos habíamos casado antes de aprender a hablar con honestidad.

Quizá por eso casi terminamos antes de empezar.

Pero también por eso nuestra relación cambió.

Dejamos de interpretar.

Dejamos de probar al otro.

Dejamos de utilizar el orgullo como traducción del deseo.

Una noche, meses después, encontré a Alexander trabajando en el estudio.

Me apoyé en la puerta.

—¿Estás cansado?

Él levantó la vista lentamente.

Reconoció la provocación.

—Muchísimo.

—Entonces deberías dormir temprano.

Cerró la computadora.

—Buena idea.

Se puso de pie y caminó hacia mí.

Yo retrocedí, riendo.

—Recuerda que no se debe forzar nada.

Alexander rodeó mi cintura.

—Lo recuerdo.

—Podría no salir bien.

—Tendremos que comprobarlo.

—Qué científico.

—Soy un hombre metódico.

—Eso decías en la universidad.

—Y tú decías que apenas me conocías.

Lo besé antes de que pudiera continuar.

La primera semana de nuestro matrimonio pensé que había cometido el error más absurdo de mi vida.

Había elegido al hombre que llevaba años deseando y él parecía dispuesto a escapar de mí.

Después descubrí que no huía porque no quisiera acercarse.

Huía porque temía que yo solo estuviera jugando.

Alexander necesitaba saber que mi deseo era una decisión.

Yo necesitaba saber que su silencio no era indiferencia.

Cuando finalmente lo entendimos, ya no hizo falta perseguir a nadie.

Porque cada vez que yo avanzaba, él también lo hacía.

Y cada vez que alguno preguntaba si debía detenerse, el otro respondía con claridad.

No.

Todavía no.

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