Dejé el vaso sobre la mesa y hablé con absoluta calma.
—Antes era demasiado joven e inmadura. Confundí la admiración con sentimientos que nunca debí tener por el tío Lucian y provoqué situaciones bastante vergonzosas.
“Tío” era solo una forma familiar de llamarlo. Lucian Hayes no tenía ningún parentesco conmigo. Era el mejor amigo de mi padre y me llevaba nueve años.
Pero durante cinco años también había sido el centro de mi mundo.
—Ahora he conocido a un hombre de mi edad —continué—. Es momento de abandonar esas fantasías y tener una relación normal.
Pronuncié el nombre de Mateo Shaw.
Lucian, que había permanecido en silencio junto a mi prima Victoria, levantó por fin los ojos.
Sus pupilas se estrecharon.
—¿Desde cuándo tienes novio sin que yo lo sepa?
Su tono era bajo, pero la pregunta hizo callar a varios familiares.
Yo no cambié de expresión.
Saludé a los invitados y aparté la silla que estaba junto a Lucian. Después se la ofrecí a Victoria, dejando libres los dos asientos principales para ellos.
Mis padres me llevaron a brindar con él.
—Durante cinco años, Lucian ha cuidado mucho de ti —dijo mi madre—. Debes agradecérselo.
Sostuve la copa frente a él.
—Gracias por todo lo que hizo por mí, señor Hayes. Le deseo felicidad junto a mi prima.
No lo llamé Lucian.
Tampoco utilicé el tono caprichoso con el que antes le rogaba que me acompañara a cenar o me comprara regalos.
Él apretó la copa con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
La cena había llegado a la mitad cuando mi teléfono vibró.
Era una llamada internacional.
Salí al jardín para contestar.
—Elena —dijo Mateo desde Europa—, tu prima acaba de preguntarme si de verdad estamos saliendo. ¿Qué hiciste?
—Lo anuncié delante de toda la familia.
Mateo rio, sorprendido.
Nos conocíamos desde la universidad. En mi vida anterior, él había sido mi mejor amigo y la única persona que intentó impedir que renunciara a mi futuro por Lucian.
Yo no lo escuché.
Esta vez necesitaba su nombre para cerrar una puerta.
—Ya me involucraste —bromeó—. No puedo desmentirte ahora.
—Solo será temporal.
—Cuando termine este proyecto de ingeniería militar, regresaré al país y hablaremos.
—No necesitas regresar.
Miré las luces de la casa.
—Solicité la beca de posgrado en la Universidad de las Artes de Zúrich. En cuanto defienda mi tesis, viajaré a Suiza.
Hubo un largo silencio.
—¿Esta vez sí vas a ir?
—Sí.
En mi vida anterior había obtenido aquella misma beca completa.
También había roto la carta de admisión con mis propias manos porque Lucian sufrió un accidente y Victoria me dijo que necesitaba cuidados.
Me quedé.
Durante años viví alrededor de él, creyendo que algún día mi devoción sería recompensada.
Lucian nunca me prometió nada.
Pero tampoco me dejó marchar.
Cuando yo intentaba conocer a otros hombres, se mostraba molesto. Cuando reunía valor para confesarle mis sentimientos, me acariciaba la cabeza y decía que todavía era demasiado joven.
Después Victoria regresó del extranjero.
Dos meses más tarde, él anunció su compromiso con ella.
Aun así, continuó buscándome cada vez que necesitaba compañía, ayuda o alguien que resolviera sus problemas.
Yo desperdicié mi carrera, mis mejores años y finalmente mi vida intentando convertirme en una mujer que él pudiera elegir.
Morí a los treinta y cuatro años en un accidente de carretera mientras conducía de madrugada para llevar medicamentos a Victoria.
Lucian llegó al hospital demasiado tarde.
La última frase que escuché antes de cerrar los ojos fue la suya:
—Elena, ¿por qué nunca aprendiste a cuidarte?
Cuando volví a abrirlos, tenía veintidós años otra vez.
Y Victoria acababa de regresar para ocupar el lugar que siempre había considerado suyo.
Terminé la llamada con Mateo y me giré.
Al cruzar el arco de piedra, choqué contra un pecho firme.
Lucian estaba frente a mí.
—Lo de tu relación es mentira —afirmó.
Sus ojos oscuros estaban clavados en mi rostro.
—Sé que lo de Victoria y yo te ha herido. Estás utilizando a ese hombre para provocarme.
Sonreí.
—Tiene razón, tío Lucian.
La tensión de su mandíbula disminuyó apenas.
Seguramente creyó que estaba a punto de admitir que aún lo amaba.
—Por eso, a partir de ahora, mantendré la distancia correcta. No volveré a entrometerme entre usted y mi prima.
Intenté pasar a su lado.
Lucian me sujetó la muñeca.
—No he terminado.
—Yo sí.
—No puedes decir que vas a marcharte a Zúrich como si fuera una decisión menor.
—No necesito su autorización.
—Durante cinco años me consultaste todo.
—Ese fue mi error.
Sus dedos se tensaron.
—Elena.
—Señor Hayes, su prometida está dentro.
Aquella forma de llamarlo pareció golpearlo.
Me soltó lentamente.
—¿De verdad piensas abandonar tu familia por un hombre?
—No voy por Mateo.
Lo miré directamente.
—Me voy por mí.
En ese momento, Victoria apareció en el corredor.
—Lucian, todos te están buscando.
Se acercó y se aferró a su brazo.
Yo retrocedí.
—No se preocupen. Ya no volveré a interrumpirlos.
Lucian me observó alejarme.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía inquieto.
Pero su inquietud ya no podía cambiar nada.
En mi primera vida destruí la carta de admisión para quedarme con él.
En esta, la llevaba firmada dentro del bolso.
Y el vuelo hacia Zúrich salía en cuarenta y tres días.
Cuando regresé al salón, la cena continuaba.
Mi madre me indicó que me sentara junto a ella, pero Victoria ya había ocupado el asiento que yo utilizaba desde niña.
Estaba al lado de Lucian.
Parecían la pareja perfecta.
Ella llevaba un vestido color marfil, pendientes de perlas y la pulsera que él le había regalado al regresar del extranjero.
En mi vida anterior tardé meses en descubrir que aquella pulsera había sido comprada durante el viaje que Lucian canceló conmigo alegando una reunión de trabajo.
Ahora no sentí celos.
Solo una especie de cansancio antiguo.
—Elena —dijo mi tía—, ¿cómo conociste a tu novio?
Varias miradas se dirigieron hacia mí.
Victoria sonrió.
—Yo también quiero saberlo. Mi prima nunca nos había contado nada.
—Nos conocimos en la universidad.
—¿Desde cuándo salen juntos?
—Desde hace poco.
—Qué extraño —intervino Lucian—. El mes pasado todavía me pedías que te acompañara a elegir el vestido para tu graduación.
Su tono sonó casual.
No lo era.
Toda la familia conocía mi dependencia hacia él. Lucian me había recogido de clases, asistido a mis exposiciones y resuelto problemas que yo podía haber solucionado sola.
Cada gesto había alimentado la ilusión de que ocupaba un lugar especial.
—Antes dependía demasiado de usted —respondí—. Ya lo reconocí.
Victoria inclinó la cabeza.
—No tienes que sentirte avergonzada. Lucian siempre te trató como a una hermana menor.
—Lo sé.
—Entonces Mateo no se sentirá incómodo con la cercanía que ustedes tenían, ¿verdad?
La pregunta parecía inocente.
En mi vida anterior, Victoria utilizaba ese tono para marcar territorio mientras fingía preocupación por mí.
—No tendrá motivos —dije—. Esa cercanía terminó.
Lucian dejó los cubiertos sobre el plato.
—No decidas por mí.
Todos se quedaron quietos.
Mi padre frunció el ceño.
—Lucian, Elena no quiso decir…
—Sé lo que quiso decir.
Él me observó.
—Que tenga novio no significa que deba tratarme como a un extraño.
—No sería apropiado conservar la misma relación.
—¿Apropiado para quién?
—Para todos.
Miré la mano de Victoria apoyada cerca de la suya.
—Especialmente para su futura esposa.
Victoria pareció satisfecha.
Sin embargo, Lucian no volvió a comer.
La vida que ya conocía
Esa noche regresé a casa de mis padres y abrí el cajón donde guardaba los documentos de la universidad.
La carta de admisión estaba allí.
Programa de Diseño Estratégico.
Beca completa.
Alojamiento incluido.
En mi primera vida, permanecí sentada durante horas frente a aquella misma hoja.
Lucian había sufrido un accidente automovilístico. No era grave, pero tenía una pierna inmovilizada.
Victoria me llamó llorando.
—Él no permite que lo cuide. Solo te escucha a ti.
Fui al hospital.
Lucian despertó, me vio junto a la cama y dijo:
—Sabía que no me abandonarías.
Aquellas palabras decidieron mi destino.
Rechacé la beca.
Cuidé de él durante cuatro meses.
Cuando se recuperó, fue con Victoria a una gala y anunció que llevaban años enamorados.
Yo le pregunté por qué me había dejado creer que había algo entre nosotros.
Lucian respondió:
—Nunca te hice ninguna promesa.
Tenía razón.
Nunca prometió amarme.
Solo me llamaba cuando estaba enfermo.
Solo ahuyentaba a los hombres que se acercaban.
Solo se enfurecía si yo no respondía sus mensajes.
Solo me decía que aún era demasiado joven cada vez que hablaba de alejarme.
Me mantuvo suficientemente cerca para no perderme y suficientemente lejos para no hacerse responsable de mis sentimientos.
Después de su compromiso, Victoria empezó a buscarme constantemente.
Me pedía que eligiera regalos para él porque yo conocía sus gustos.
Me pedía que preparara las comidas que él prefería.
Cuando discutían, Lucian acudía a mí.
—Tú siempre me entiendes —decía.
Yo interpretaba aquella dependencia como una forma secreta de amor.
La noche en que morí, Victoria estaba embarazada.
Sufrió un leve sangrado y descubrió que había olvidado sus medicamentos en una casa de campo.
Lucian estaba en una reunión fuera de la ciudad.
Me llamó a mí.
Conduje bajo una tormenta.
Un camión perdió el control frente a mi automóvil.
Mientras la sangre se acumulaba en mis pulmones, comprendí que había entregado mi vida para mantener intacta la felicidad de dos personas que nunca pensaron en el costo.
Ahora sostuve la carta de Zúrich.
No iba a romperla.
La guardé en una carpeta rígida y preparé una lista de todo lo necesario para marcharme.
Pasaporte.
Visa.
Defensa de tesis.
Cancelación del contrato de alquiler.
Traslado de mis proyectos.
Por primera vez, mi futuro parecía concreto.
Lucian comenzó a notar mi ausencia
Durante la semana siguiente dejé de visitar la residencia Hayes.
No envié a Lucian el recordatorio de su revisión médica.
No reservé su mesa habitual para el almuerzo del jueves.
Tampoco pedí al servicio de lavandería que recogiera los trajes que necesitaba para una reunión.
Todas esas tareas habían comenzado como pequeños favores.
Con el tiempo, él dejó de pedirlos.
Simplemente esperaba que ocurrieran.
El jueves por la tarde me llamó.
Dejé que sonara.
Volvió a llamar.
Respondí al tercer intento.
—¿Dónde estás?
—En el estudio.
—El restaurante canceló mi reserva.
—Debería hablar con su asistente.
—Tú siempre la hacías.
—Ya no.
Hubo un silencio.
—Necesito que vengas a la oficina.
—Tengo trabajo.
—Elena.
—Señor Hayes, mi exposición final es en dos semanas.
—No te quitaré mucho tiempo.
En mi primera vida habría abandonado cualquier obligación para acudir.
Esta vez pregunté:
—¿Qué necesita?
—Quiero hablar de Zúrich.
—No hay nada que hablar.
—Aún no has terminado la universidad.
—Precisamente. Es un posgrado.
—Tu padre dice que ya aceptaste la beca.
—Sí.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
La pregunta me hizo sonreír.
—Porque es una decisión personal.
—Yo siempre he participado en tus decisiones.
—Ya no.
Su respiración se volvió más pesada.
—¿Esto sigue siendo un castigo por Victoria?
—No.
—Entonces ven y dímelo mirándome.
—No tengo que demostrarle nada.
Colgué.
Cinco minutos después, su automóvil apareció frente al estudio.
Lucian entró sin cita.
Mi socia intentó detenerlo, pero él cruzó la sala con la autoridad de alguien acostumbrado a que todas las puertas se abrieran.
—Necesito hablar contigo.
—Estoy trabajando.
—En privado.
Mis compañeros fingieron no escuchar.
Lo llevé a la pequeña sala de reuniones.
Lucian cerró la puerta.
—Cancela la beca.
Lo miré, convencida de haber oído mal.
—¿Perdón?
—Puedes estudiar aquí. Conozco programas mejores y puedo ayudarte a entrar.
—No necesito su ayuda.
—Zúrich está demasiado lejos.
—Ese es uno de sus atractivos.
Su mirada se endureció.
—¿Mateo está allí?
—Está en Alemania por trabajo.
—Entonces vas por él.
—Ya le dije que no.
—No te creo.
—No es mi problema.
Lucian dio un paso hacia mí.
—Hace un mes estabas llorando porque no asistí a tu presentación.
Recordé aquel día.
Yo había preparado una exposición durante seis meses. Lucian prometió asistir, pero Victoria llegó al aeropuerto antes de lo previsto y él fue a recogerla.
Esperé frente a una silla vacía.
Aquella noche lloré en el estacionamiento.
—Hace un mes todavía era estúpida —dije.
Su expresión cambió.
—No hables así de ti.
—¿Por qué no? Usted lo pensaba.
—Nunca te consideré estúpida.
—Solo inmadura, caprichosa y demasiado dependiente.
—Lo eras.
—Por eso estoy corrigiéndolo.
Lucian guardó silencio.
Cada argumento que había utilizado durante años ahora justificaba mi partida.
—No tienes experiencia viviendo sola en otro país.
—Aprenderé.
—Podrías estar en peligro.
—También aquí.
—Tu familia está aquí.
—Mi familia apoya la decisión.
—Yo no.
Lo miré.
—Usted no es mi tutor.
—Te he cuidado desde que tenías diecisiete años.
—Y se lo agradezco.
—No parece.
—Agradecer no significa obedecer para siempre.
Lucian apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Qué quieres que haga?
La pregunta me sorprendió.
—Nada.
—¿Quieres que cancele el compromiso con Victoria?
Mi corazón dio un golpe, no por esperanza, sino por incredulidad.
—No.
—Entonces ¿qué estás intentando conseguir con todo esto?
—Una vida.
—Ya tienes una.
—No una que me pertenezca.
Lucian me sostuvo la mirada.
Por primera vez parecía comprender que yo no estaba representando una escena de celos.
—Elena…
Abrí la puerta.
—Tengo que volver al trabajo.
No se movió.
—No puedes cortar cinco años como si no hubieran significado nada.
—Significaron mucho.
Respiré profundamente.
—Por eso no pienso sacrificar otros cinco.
Victoria dejó de sonreír
La noticia de mi partida se extendió rápidamente.
Mi familia organizó una cena de despedida antes de mi graduación.
Victoria asistió con Lucian.
Desde que anuncié que tenía novio, ella había mostrado una amabilidad excesiva. Me enviaba mensajes, preguntaba por Mateo y fingía entusiasmo por mis estudios.
Sabía lo que estaba haciendo.
Mientras yo siguiera enamorada de Lucian, era una amenaza.
Si me alejaba voluntariamente, ella quería asegurarse de que no regresara.
—Te traje algo —dijo.
Me entregó una caja.
Dentro había una bufanda de seda.
—En Suiza hace frío.
—Gracias.
—Lucian la eligió.
Él levantó la mirada.
—No sabía qué regalarte.
—No era necesario.
—Es tu graduación.
—Agradezco el gesto.
Mi respuesta fue tan formal que Victoria apretó ligeramente la copa.
—Antes siempre te emocionaban sus regalos.
—Antes me emocionaba cualquier cosa que viniera de él.
—¿Y ahora no?
Lucian la miró.
Victoria sonrió.
—Solo estoy sorprendida. El cambio fue muy rápido.
—Algunas personas necesitan años para cansarse —respondí—. Otras necesitan morir una vez.
Mi madre rio, creyendo que era una metáfora.
Lucian no.
Sus ojos permanecieron sobre mí.
A mitad de la cena, mi prima sacó una carpeta.
—Ya que toda la familia está reunida, queríamos anunciar algo.
Lucian tensó la mandíbula.
Victoria continuó:
—Hemos elegido la fecha de la boda.
Los familiares aplaudieron.
Mi tía preguntó cuándo sería.
—En octubre.
Lucian seguía mirándome.
Esperaba una reacción.
Levanté mi copa.
—Felicidades.
La sonrisa de Victoria se endureció.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más debería decir?
—Nada. Pensé que…
Se detuvo.
—¿Que lloraría?
La mesa quedó en silencio.
Victoria bajó la voz.
—Nunca dije eso.
—No hace falta.
Mi padre intervino:
—Elena.
—Está bien, papá.
Miré a mi prima.
—Durante años me comporté de manera vergonzosa. Lo reconozco. Pero ya no quiero a su prometido. No tiene que seguir comprobándolo.
Las mejillas de Victoria se encendieron.
—Yo nunca me sentí amenazada por ti.
—Me alegra.
—Lucian siempre te vio como una niña.
—También me alegra.
—Entonces deja de actuar como si nosotros te hubiéramos hecho daño.
La frase despertó algo frío dentro de mí.
—¿Quieren hablar de daño?
Lucian dejó la copa.
—Elena, basta.
En mi primera vida, aquel tono me habría silenciado.
Esta vez continué.
—Cuando tenía diecinueve años, Victoria me pidió que convenciera a Lucian de rechazar una oferta de trabajo en Londres porque ella no quería mantener una relación a distancia.
Mi prima palideció.
—Eso no tiene relación.
—Cuando él aceptó quedarse, tú le dijiste que había sido decisión tuya. Nunca mencionaste que yo pasé una semana hablándole.
Lucian la miró.
—¿Es cierto?
—Éramos jóvenes.
—También utilizaste mis diseños para tu portafolio de ingreso en París.
—Me diste permiso.
—Te permití utilizarlos como referencia. Presentaste dos como propios.
—¿Por qué sacas eso ahora?
—Porque dices que nunca me hicieron daño.
Victoria apretó la mandíbula.
—Siempre estuviste dispuesta a ayudar.
—Sí. Ese fue mi error.
Lucian habló con voz fría:
—¿Qué diseños?
Ella se volvió hacia él.
—No hagamos una escena.
—Acabas de provocar una.
Victoria dejó la servilleta.
—Todo esto ocurre porque Elena no soporta que nos casemos.
Me levanté.
—Mi vuelo sale antes de su boda. Puede quedarse tranquila.
—¿De verdad crees que irte te convierte en superior?
—No.
Tomé mi bolso.
—Solo me convierte en libre.
Salí de la casa.
Lucian me alcanzó en el jardín.
—Espera.
No me detuve.
—Elena.
Me sujetó del brazo.
—¿Por qué nunca me contaste lo de los diseños?
—Porque estaba enamorada de usted.
—Eso no responde.
—Sí responde. Estaba dispuesta a permitir cualquier cosa con tal de permanecer cerca.
Sus dedos se aflojaron.
—¿Y ahora?
—Ahora sé lo que cuesta.
—Victoria no debió hacer eso.
—No importa.
—Claro que importa.
—¿Por qué? ¿Cambiará la boda?
Lucian guardó silencio.
—Eso pensé.
Retiré el brazo.
—No necesita defenderme ahora. Habría sido útil cuando todavía esperaba algo de usted.
Mateo regresó
Mateo apareció tres días antes de mi graduación.
No me avisó.
Lo encontré en la cafetería del campus con una maleta, el cabello desordenado y una bolsa de pan dulce que había comprado en el aeropuerto.
—Dijiste que no regresara —comentó.
—Nunca me obedeces.
—Alguien tenía que confirmar públicamente que tu novio existe.
Lo abracé.
Mateo era dos años mayor que yo. Habíamos estudiado juntos durante el primer semestre antes de que él cambiara a ingeniería.
Su familia vivía en Europa y trabajaba en un proyecto de sistemas de navegación.
En mi primera vida, regresó para despedirse antes de que rechazara Zúrich.
Me pidió que pensara en mí.
Yo le dije que no comprendía el amor.
Años después supe que había fundado una empresa exitosa y se había casado.
Nunca volvimos a ser cercanos.
—¿Por qué aceptaste ayudarme? —pregunté.
—Porque llevas años necesitando una excusa para dejar de mirar al mismo hombre.
—No eres una excusa muy creíble.
—Me ofendes.
—Mi prima te investigó en menos de una hora.
—Entonces habrá descubierto que soy atractivo, solvente y emocionalmente disponible.
Me reí.
Hacía semanas que no lo hacía con tanta naturalidad.
—¿Lucian sabe que estás aquí? —preguntó.
—No.
—Lo sabrá pronto.
Tenía razón.
Aquella noche, Mateo me acompañó a una recepción de graduación.
Lucian estaba entre los invitados porque mi padre lo había invitado antes de nuestro distanciamiento.
Cuando entramos juntos, vi cómo su expresión se endurecía.
Mateo colocó una mano sobre mi espalda.
No fue una actuación.
Solo un gesto protector para abrirnos paso.
Sin embargo, Lucian lo observó como si hubiera recibido una provocación directa.
—Señor Hayes —saludó Mateo.
—Shaw.
Ya se conocían.
—No sabía que habías regresado.
—Quería acompañar a Elena.
—Ella dijo que estabas ocupado.
—Hice espacio.
Lucian me miró.
—Necesito hablar contigo.
Mateo se apartó.
—Estaré cerca.
Lucian esperó hasta que estuvimos solos.
—Así que era real.
—¿Qué cosa?
—Tu relación.
—Le dije que sí.
—También admitiste que era una mentira.
—Al principio.
Su rostro cambió.
—¿Qué significa eso?
—Que no lo sé todavía.
—¿No sabes si estás saliendo con él?
—No sé en qué se convertirá.
Lucian se acercó.
—Vas a marcharte con un hombre al que apenas conoces.
—Conozco a Mateo desde hace cuatro años.
—No de esa manera.
—Usted tampoco me conocía de esa manera y aun así creyó tener derecho a controlar mis decisiones.
—No intento controlarte.
—Me ordenó cancelar la beca.
—Porque estabas actuando impulsivamente.
—La solicité antes de que Victoria regresara.
Lucian se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La solicitud fue enviada hace seis meses.
—Nunca me dijiste nada.
—Porque sabía que intentaría detenerme.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Lo miré.
—Porque usted no me quería, pero tampoco soportaba imaginar una vida en la que yo dejara de estar disponible.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Lucian no la negó.
—Mateo no es adecuado para ti.
—¿Por qué?
—Su trabajo es inestable. Viaja constantemente. Vive en otro país.
—Victoria también vivió años en el extranjero.
—No es lo mismo.
—Claro que no. A ella siempre le permitieron marcharse porque confiaban en que usted esperaría.
Su expresión se volvió fría.
—¿Estás diciendo que debería esperarte?
—No.
—Entonces ¿qué quieres de mí?
—Nada.
Otra vez aquella respuesta.
Lucian parecía odiarla.
—No puedo darte nada si no me dices qué necesitas.
—Esa es la diferencia entre antes y ahora.
Lo miré directamente.
—Antes necesitaba que me eligiera. Ahora necesito que me deje ir.
La confesión que llegó demasiado tarde
La noche de mi graduación, Lucian apareció frente a mi apartamento.
Mateo había salido a cenar con antiguos compañeros y mis padres estaban en un hotel cercano.
Yo terminaba de cerrar una caja cuando escuché el timbre.
Lucian llevaba la corbata floja y una expresión agotada.
—¿Puedo entrar?
—No es buen momento.
—Mañana te vas.
—Dentro de tres días.
—Es lo mismo.
Intenté cerrar, pero colocó la mano sobre la puerta.
—Cinco minutos.
Lo dejé pasar.
Miró las cajas apiladas.
—De verdad empacaste todo.
—Sí.
—Tu habitación en casa de tus padres está vacía.
—Les pedí que donaran mis muebles.
—No planeas volver.
—Vendré de visita.
—No hablo del país.
Entendí.
—No planeo volver a la vida que tenía.
Lucian permaneció de pie junto a la ventana.
—Cuando tenías diecisiete años, tu padre me pidió que te cuidara.
—Lo sé.
—Eras imprudente. Olvidabas comer, perdías las llaves y confiabas demasiado en las personas.
—Sigo perdiendo las llaves.
No sonrió.
—Al principio realmente te veía como una niña.
—No tiene que explicarse.
—Déjame terminar.
Guardé silencio.
—Después creciste. Empezaste a esperar mis llamadas, a aparecer en mi oficina, a conocer todo lo que me gustaba antes de que yo lo pidiera.
—Eso tampoco es nuevo.
—Me acostumbré.
Su voz descendió.
—Cuando intentabas salir con alguien, me irritaba. Cuando hablabas de estudiar lejos, encontraba razones para demostrar que no era buena idea.
—Lo sé.
—Me dije que era protección.
—Era egoísmo.
Lucian cerró los ojos.
—Sí.
Aquella admisión habría significado todo en mi primera vida.
Ahora solo era una verdad tardía.
—Victoria regresó y pensé que debía elegirla. Nuestras familias lo esperaban. Tenemos la misma edad, la misma educación y una historia que todos comprenden.
—Entonces hizo la elección correcta.
—No.
Lo miré.
—¿No?
—Desde que anunciaste que tenías novio, no he podido pensar en otra cosa.
—Eso no significa que me ame.
—Lo sé.
Su honestidad me sorprendió.
—Significa que no soportaba perderte —continuó—. Creí que siempre estarías cerca, aunque me casara con Victoria.
Sentí una punzada de la antigua herida.
—¿Qué esperaba? ¿Que eligiera los regalos de aniversario y cuidara a sus hijos?
Lucian bajó la mirada.
—No lo pensé.
—Yo sí viví esa vida.
—Vuelves a hablar como si hubiera ocurrido.
—Tal vez solo puedo imaginarla demasiado bien.
Se acercó.
—Cancelaré la boda.
—No.
—No puedes pedirme que reconozca lo que siento y luego…
—Yo no se lo pedí.
—Elena.
—No deje a Victoria por mí.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabe si me ama o si simplemente está perdiendo a la persona que le resolvía la vida.
La frase lo detuvo.
—Puedo descubrirlo.
—Hágalo sin utilizarme como experimento.
—¿Y si descubro que te amo?
—Será su problema.
—¿No significará nada para ti?
Respiré lentamente.
—En otra vida habría entregado todo por escuchar esas palabras.
—¿Y en esta?
—En esta ya entregué demasiado antes de recibirlas.
Lucian me miró durante mucho tiempo.
—Mateo sí tiene una oportunidad.
—Porque nunca me pidió que esperara congelada mientras él decidía.
—No es justo compararnos.
—No estamos compitiendo.
Abrí la puerta.
—Váyase, Lucian.
Fue la primera vez en años que pronuncié su nombre sin afecto ni súplica.
Él salió.
Antes de que cerrara, preguntó:
—¿Volverás si te espero?
Negué con la cabeza.
—Aprenda a vivir sin esperar que alguien regrese.
Zúrich
La mañana de mi vuelo, mis padres me acompañaron al aeropuerto.
Mateo viajaba conmigo hasta Frankfurt y después continuaría hacia su proyecto.
Mientras facturábamos el equipaje, vi a Victoria cerca de la entrada.
Estaba sola.
—Necesito hablar contigo —dijo.
Mateo se apartó con mis padres.
Victoria parecía no haber dormido.
—Lucian canceló la boda.
No fingí sorpresa.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—No, pero tampoco lo deseaba.
—Dijo que no podía casarse mientras dudara de sus sentimientos.
—Fue honesto.
Victoria rio con amargura.
—¿Honesto? Después de elegir el salón, enviar invitaciones y dejar que toda la familia celebrara.
No respondí.
—¿Te lo llevaste sin siquiera tocarlo? —preguntó.
—No me llevé a nadie.
—Desde que fingiste tener novio, Lucian dejó de mirarme.
—Eso no es culpa mía.
—Siempre has querido esto.
—Antes, sí.
—No te creo.
La observé.
En mi primera vida, Victoria había ganado.
Se casó con él.
Tuvo su apellido, su casa y la posición que deseaba.
Aun así, continuó vigilándome porque sabía que una parte de Lucian dependía de mí.
Quizá ninguna de las dos había ganado realmente.
—Puede intentar recuperarlo —dije.
—¿No vas a competir?
—No.
—Entonces ¿por qué está destruyendo nuestra boda por ti?
—Porque confunde mi ausencia con amor.
Victoria apretó los labios.
—Hablas como si fueras mejor que nosotros.
—No soy mejor. Solo conozco el final de esta historia.
—¿Qué final?
Miré la puerta de embarque.
—Uno donde todos terminamos resentidos porque nadie tuvo el valor de marcharse a tiempo.
Tomé mi pasaporte.
—Yo sí lo tendré.
Victoria se quedó allí mientras me alejaba.
Lucian no apareció.
Una parte pequeña y vergonzosa de mí había esperado verlo.
Cuando el avión despegó, observé la ciudad desaparecer debajo de las nubes.
No sentí euforia.
Sentí miedo.
Había pasado años organizando mi vida alrededor de otra persona. Ahora debía descubrir quién era cuando nadie me indicaba dónde quedarme.
Aquello era libertad.
También era responsabilidad.
Por primera vez, ambas me pertenecían.
Lo que ocurrió cuando dejé de mirar atrás
Zúrich no fue sencillo.
El primer invierno me sentí sola.
Mi alemán era insuficiente, las clases exigentes y algunos profesores trataban mis diseños como si fueran demasiado comerciales.
Lloré después de mi primera presentación.
En mi vida anterior habría llamado a Lucian.
Esta vez llamé a mi madre.
Después trabajé durante toda la noche y rehice el proyecto.
Mateo viajaba para verme cuando podía. No iniciamos una relación inmediatamente.
Él nunca utilizó nuestra supuesta relación para exigirme nada.
—No quiero que estés conmigo porque necesitas convertir la mentira en verdad —dijo.
—¿Y si quiero intentarlo?
—Entonces primero construye una vida que no dependa de mí.
Aquella respuesta me hizo respetarlo más.
Durante el segundo semestre conseguí una pasantía en un estudio internacional. Uno de mis proyectos ganó un premio universitario y fue publicado en una revista de diseño.
Lucian envió flores.
No respondí.
Después llegó un correo.
“Felicidades. Siempre supe que eras capaz.”
Mentía, aunque quizá no conscientemente.
Durante años había dicho que Zúrich era demasiado para mí.
Respondí:
“Gracias.”
Nada más.
Empezó a escribir ocasionalmente.
No hablaba de sentimientos.
Me contaba sobre mis padres, enviaba fotografías de reuniones familiares y preguntaba si necesitaba algo.
Siempre respondía con educación.
Nunca iniciaba la conversación.
Seis meses después dejó de escribir durante varias semanas.
Mi prima me informó que había regresado con Victoria.
No sentí dolor.
Tampoco alivio.
Simplemente continué trabajando.
La reconciliación duró tres meses.
Esta vez fue Victoria quien terminó la relación.
—No quiero casarme con un hombre que mira la puerta cada vez que suena un teléfono —me escribió.
No respondí.
Su historia ya no era mía.
El precio de haberme dado por sentada
Dos años después de mi partida, regresé para la boda de mi hermano.
Había cambiado.
No solo físicamente.
Caminaba sin buscar a Lucian entre la gente.
Eso pareció desconcertar a todos.
Mateo llegó conmigo.
Para entonces sí éramos pareja.
Nuestra relación había comenzado lentamente, sin promesas grandiosas. Compartíamos viajes cuando era posible y respetábamos nuestras carreras.
La noche anterior a la boda, mi familia organizó una cena.
Lucian asistió.
Seguía siendo amigo de mi padre.
Cuando Mateo tomó mi mano debajo de la mesa, Lucian lo vio.
Su expresión no cambió, pero dejó de beber.
Después de la cena me encontró en la terraza.
—Te ves bien.
—Gracias.
—Zúrich te sentó bien.
—Sí.
—Mateo también.
—Eso parece.
Lucian apoyó los brazos sobre la barandilla.
—Mi compromiso con Victoria terminó.
—Lo sé.
—Ella dice que fue por ti.
—Se equivoca.
—Yo también se lo dije.
Lo miré.
—¿Entonces por qué terminó?
—Porque intentábamos recuperar una relación que solo funcionaba mientras tú permanecías entre nosotros.
La respuesta fue más lúcida de lo que esperaba.
—Yo era una distracción conveniente.
—Eras el lugar al que ambos acudíamos para evitar enfrentar nuestros problemas.
—Al menos ahora lo sabe.
Lucian guardó silencio.
—No me casé —dijo después.
—No pregunté.
—Pensé que te interesaría.
—Hace años, sí.
—¿Y ahora?
Miré hacia el salón, donde Mateo conversaba con mi padre.
—Ahora estoy bien.
—¿Lo amas?
—Sí.
Lucian cerró los ojos un instante.
—Finalmente lo dijiste.
—¿Qué cosa?
—Nunca me dijiste que me amabas de frente.
—Se lo demostré durante cinco años.
—Lo sé.
—No lo sabía entonces.
—Lo sabía —corrigió—. Solo fingía no saberlo para no tener que responder.
Aquella confesión me atravesó con una tristeza tranquila.
—Eso fue más cruel.
—Sí.
—¿Por qué lo admite ahora?
—Porque ya no puedo utilizar tu cariño para conservarte.
Nos quedamos en silencio.
—Te amé —dijo.
—¿En pasado?
—No lo sé.
—Entonces todavía no ha aprendido.
Lucian soltó una risa breve.
—Siempre tienes una respuesta.
—No. Solo dejé de aceptar preguntas que llegan demasiado tarde.
Mateo apareció en la puerta.
No se acercó.
Esperó.
Lucian lo observó.
—Él confía mucho en ti.
—Y yo en él.
—Nunca te habría permitido estar a solas conmigo.
—Por eso nunca habría funcionado.
Caminé hacia Mateo.
Antes de entrar, Lucian habló:
—Elena.
Me detuve.
—Lamento no haberte elegido cuando todavía querías ser elegida.
Lo miré por encima del hombro.
—Yo lamento haber creído que su elección determinaría mi valor.
Regresé al salón.
La caída de Victoria
Con el tiempo, Victoria y yo dejamos de fingir cercanía.
No nos odiábamos.
Simplemente conocíamos demasiado bien lo que la otra había sido capaz de hacer.
Su carrera en diseño quedó dañada cuando una antigua profesora descubrió irregularidades en su portafolio.
Dos de los proyectos que presentó como propios pertenecían a estudiantes más jóvenes.
Uno era mío.
La universidad abrió una investigación y retiró un premio que había recibido.
Victoria aseguró que había sido un malentendido.
Su padre intentó convencerme de que firmara una declaración diciendo que le había cedido los derechos.
Me negué.
—Solo tienes que decir que fue un trabajo conjunto —insistió.
—No lo fue.
—Es tu prima.
—Eso no cambia la autoría.
—Puedes destruir su carrera.
—Ella tomó la decisión antes de que yo dijera nada.
Lucian se enteró.
Me llamó.
—La familia cree que deberías ayudarla.
—¿Y usted?
Hubo un silencio.
—Creo que debe asumir las consecuencias.
Era la primera vez que elegía la verdad aunque perjudicara a Victoria.
—Entonces no hay nada más que hablar.
—Elena.
—¿Sí?
—Antes habría intentado convencerte.
—Lo sé.
—Supongo que estoy aprendiendo.
—Espero que lo haga por usted.
No firmé.
Victoria perdió la certificación durante dos años y tuvo que reconstruir su carrera desde el principio.
Meses después me escribió:
“Durante mucho tiempo pensé que me quitaste a Lucian y después intentaste quitarme el trabajo.”
Respondí:
“Nunca te quité nada. Solo dejé de entregarte lo que era mío.”
No volvió a contactarme.
La propuesta real
Mateo me pidió matrimonio junto al lago de Zúrich.
No había fotógrafos ni familiares esperando una respuesta.
Solo nosotros, dos cafés y el viento frío del atardecer.
—Antes de que digas algo —comentó—, no tienes que aceptar.
—Eso no parece una buena introducción.
—No quiero que sientas que debes recompensarme por haber esperado.
—No estabas esperando. También estabas viviendo.
—Exactamente.
Sacó una caja pequeña.
—Quiero compartir una vida contigo, pero no quiero convertirme en toda tu vida.
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba.
Lucian siempre había ocupado tanto espacio que yo desaparecía alrededor de él.
Mateo no quería ocuparlo todo.
Quería construir algo a mi lado.
—Sí —respondí.
—¿Sí?
—Sí.
—Había preparado un discurso más largo.
—Puedes decirlo después.
Nos reímos.
Cuando se lo conté a mis padres, mi madre lloró.
Mi padre pidió revisar el acuerdo prenupcial antes de felicitarlo.
Mateo aceptó encantado.
Lucian se enteró por la invitación.
No respondió durante varios días.
Después envió un mensaje:
“¿Eres feliz?”
Miré el anillo.
“Sí.”
Su respuesta tardó una hora.
“Entonces no tengo derecho a decir nada más.”
No volvimos a hablar antes de la boda.
La última vez que Lucian intentó retenerme
Regresé al país para casarme en la finca de mis padres.
La mañana de la ceremonia encontré una caja en mi habitación.
Dentro estaba la bufanda de seda que Victoria me había regalado años atrás.
Junto a ella había una carta de Lucian.
“No te la entrego para que cambies de opinión. Sé que no lo harás.
Durante mucho tiempo creí que cuidarte significaba decidir qué era mejor para ti. Después comprendí que solo intentaba construir una jaula lo bastante cómoda para que no quisieras marcharte.
Cuando te fuiste, te culpé.
Después culpé a Mateo.
Finalmente entendí que la única persona responsable era yo.
No te perdí el día que subiste al avión.
Te perdí cada vez que cancelé tus planes por Victoria, cada vez que hice parecer infantil un sueño que me alejaba y cada vez que acepté tu amor sin ofrecerte una respuesta.
Espero que él nunca convierta tu cariño en una obligación.
Espero que tú nunca vuelvas a confundir sacrificio con destino.”
Doblé la carta.
No lloré.
La guardé en un cajón.
Lucian asistió a la ceremonia.
Se sentó junto a mis padres, no junto a Victoria.
Cuando caminé hacia Mateo, nuestras miradas se encontraron.
Él sonrió con tristeza.
Yo incliné ligeramente la cabeza.
Aquello fue todo.
No necesitábamos otra conversación.
Durante los votos, Mateo dijo:
—No prometo necesitarte para vivir. Prometo elegirte mientras ambos sigamos siendo libres de elegir.
Apreté sus manos.
—Eso es suficiente.
Una vida que sí me pertenecía
A los treinta y cuatro años cumplí la edad en la que había muerto.
Esa mañana desperté en Zúrich.
Mateo preparaba café y nuestra hija dibujaba sobre la mesa.
La escena era sencilla.
Precisamente por eso me conmovió.
En mi primera vida, a esa edad conducía bajo una tormenta para resolver una emergencia ajena.
En esta, debía presentar el proyecto más importante de mi estudio y recoger a mi hija antes de las cinco.
Mi vida seguía siendo exigente.
Pero las obligaciones que aceptaba nacían de mis decisiones.
Antes de salir, recibí un mensaje de Lucian.
Hacía más de un año que no hablábamos.
“Feliz cumpleaños. Espero que estés viviendo exactamente la vida que querías.”
Observé a Mateo buscando sus llaves.
Nuestra hija había vuelto a esconderlas dentro de una caja de juguetes.
Sonreí.
“No es exactamente la que imaginaba. Es mejor, porque la elegí.”
Lucian respondió:
“Me alegra.”
No hubo confesiones.
No hubo arrepentimientos grandiosos.
Solo dos personas reconociendo que una historia había terminado.
Guardé el teléfono.
Mi hija levantó un dibujo.
—Mamá, somos nosotros.
Había tres figuras bajo un cielo azul. Yo aparecía en el centro, pero no era más pequeña que las otras.
—Es perfecto —dije.
Mateo encontró las llaves y me besó la frente.
—Llegarás tarde.
—Tengo tiempo.
Aquella frase también era nueva.
Durante años había sentido que el tiempo se agotaba, que debía conseguir que Lucian me amara antes de que eligiera a otra mujer.
Ahora sabía que el amor no era una carrera.
Y que perder a alguien que nunca había sido verdaderamente mío no había sido una tragedia.
La tragedia habría sido continuar esperando.
En mi primera vida rompí la carta de admisión porque creía que quedarme demostraría cuánto amaba.
En la segunda subí al avión porque finalmente comprendí que marcharme demostraba algo mucho más importante.
Que también podía amarme a mí misma.
Lucian pensó que mi novio era una mentira creada para provocar sus celos.
Tal vez al principio lo fue.
Pero algunas mentiras solo sirven para darnos el valor de decir una verdad que llevamos demasiado tiempo evitando.
La mía era sencilla:
Nunca había necesitado que Lucian me eligiera.
Necesitaba dejar de elegirlo a él.