La sala del clan de los zorros estaba llena de incienso y susurros, y en el centro, dos destinos esperaban sobre la mesa: el nombre del Rey Dragón… y el del Rey Serpiente. Nadie hablaba en voz alta, pero todos sabían que una elección significaba gloria… y la otra, condena.
Y yo ya había vivido ese infierno.
En mi vida anterior, fui yo quien eligió primero. Me dejé llevar por la ambición, por la promesa de poder, por las historias que hablaban del linaje del dragón como lo más alto que una mujer podía alcanzar. Elegí al Rey Dragón.
Y fue el peor error de mi vida.
Detrás de sus escamas brillantes y su trono de nubes, no había amor. Solo frío. Solo deber. Solo una jaula dorada donde mi voz no importaba y mi corazón se marchitaba lentamente.
Mi hermana… ella eligió después.
Tomó al Rey Serpiente.
Todos la miraron con lástima. Un rey oscuro, de sangre fría, apartado de los cielos… nadie esperaba que fuera más que una vida de sombras.
Pero ella fue feliz.
Ridículamente feliz.
Él la protegía, la escuchaba, la trataba como si fuera lo único valioso en su mundo. Mientras yo me consumía en silencio, ella florecía.
Y ese fue el verdadero veneno.
No el mío… el de ella.
Porque su felicidad se volvió insoportable para mí. Y mi sufrimiento… insoportable para ella.
Hasta que un día, murió.
Y todo cambió.
Abrí los ojos… y volví a ese instante.
El momento de elegir.
El mismo salón. El mismo incienso. La misma mesa.
Pero esta vez… yo sabía la verdad.
—Es tu turno —dijo el anciano del clan.
Sentí la mirada de todos. Sentí la mirada de mi hermana, clavada en mí como una aguja.
Y por primera vez… sonreí.
—Elijo… al Rey Serpiente.
El silencio cayó como un golpe.
Mi hermana dejó de respirar un segundo.
Y luego… algo se rompió dentro de ella.
—Entonces yo… tomaré al Rey Dragón.
Su voz era firme. Demasiado firme.
Pero sus ojos… ardían.
Porque ella también recordaba.
No lo dijo. No lo admitió.
Pero yo lo vi.
Mi hermana… también había renacido.
Y esta vez… ninguna de las dos estaba dispuesta a perder.
El viaje hacia el reino de la serpiente fue distinto a como lo recordaba.
Antes, lo había mirado con desprecio.
Ahora… lo observaba con cuidado.
Oscuro, sí. Silencioso. Frío.
Pero no cruel.
El Rey Serpiente me recibió sin ceremonia. Sus ojos, profundos como abismos antiguos, me estudiaron en silencio.
—No eres la misma —dijo.
Mi corazón se detuvo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque no me miras con miedo… sino con intención.
No respondí.
Pero él… tampoco preguntó más.
Y eso fue lo que me hizo temblar.
Porque en mi vida pasada… nadie había dejado de interrogarme.
Nadie había respetado mi silencio.
Esa noche, mientras observaba el reflejo de la luna en las aguas negras del reino, entendí algo:
No había elegido al hombre equivocado en mi primera vida…
Había elegido el tipo de poder equivocado.
Pero el verdadero peligro… aún no había comenzado.
Porque si yo había cambiado mi destino…
Mi hermana también lo haría.
Y esta vez…
Ella no iba a dejarme ser feliz.
Mi hermana no tardó en atacar.
Pero no lo hizo como antes.
Esta vez… fue más inteligente.
Desde el cielo, el reino del dragón comenzó a extender rumores. Sutiles. Elegantes. Mortales.
Decían que el Rey Serpiente estaba debilitándose.
Que su linaje estaba maldito.
Que yo… había sido enviada como espía.
Nada directo.
Todo suficiente.
Y lo peor… funcionaba.
Los clanes comenzaron a mirarme distinto. Los sirvientes evitaban mis ojos. Incluso algunos consejeros del Rey Serpiente empezaron a dudar.
Yo lo noté.
Pero él… no dijo nada.
Una noche, finalmente le pregunté:
—¿No sospecha de mí?
Él me miró largo rato.
—Sí.
Sentí el golpe.
Pero luego añadió:
—Pero no lo suficiente como para apartarte.
Ese fue el momento en que entendí…
que en esta vida, yo no estaba luchando sola.
El verdadero golpe llegó semanas después.
Una embajada del reino del dragón descendió en nuestras tierras.
Y al frente…
mi hermana.
Vestida de oro. Hermosa. Impecable.
Pero sus ojos…
eran los mismos de la última vez que me vio morir.
—Hermana —dijo con una sonrisa perfecta—. He venido a advertirte.
Todo el salón quedó en silencio.
—El Rey Serpiente va a traicionarte.
Mentía.
Pero lo hizo tan bien… que por un segundo, incluso yo dudé.
Se acercó más.
—En mi vida pasada… morí por confiar en el hombre equivocado.
Mi sangre se congeló.
Entonces lo dijo.
En voz baja. Solo para mí.
—Y esta vez… serás tú.
Pero no sabía algo.
No entendía algo.
En esta vida… yo también había cambiado.
—No vine aquí para competir contigo —le respondí—. Vine para sobrevivir.
Su sonrisa se quebró.
Y por primera vez…
vi miedo en sus ojos.
Esa misma noche, el Rey Serpiente me llamó.
—Sabes lo que intenta hacer —dijo.
Asentí.
—Entonces decide.
—¿Decidir qué?
—Si quieres quedarte… o si quieres huir antes de que todo estalle.
Lo miré.
En mi vida pasada, nadie me había dado esa opción.
Nadie me había dejado elegir sin imponerme un destino.
Y ahí entendí…
la diferencia real entre ambos hombres.
El dragón… poseía.
La serpiente… permitía.
Me arrodillé.
—Me quedo.
No por amor.
No todavía.
Sino porque por primera vez…
mi vida era mía.
La guerra no tardó en llegar.
Pero no fue una guerra de espadas.
Fue una guerra de verdades.
Y la mía… fue más fuerte.
Los rumores comenzaron a volverse en contra del reino del dragón. Antiguos secretos salieron a la luz. Pactos ocultos. Traiciones enterradas.
Y al final…
mi hermana quedó expuesta.
No como una reina.
Sino como alguien que no podía soportar perder.
La última vez que la vi, ya no llevaba oro.
Solo silencio.
—¿Por qué tú… y no yo? —me preguntó.
La miré.
Y por primera vez… no sentí odio.
—Porque yo dejé de querer ganar.
Y tú… nunca dejaste de perder.
No hubo abrazo.
No hubo reconciliación.
Solo una distancia necesaria.
Meses después, el reino de la serpiente volvió a respirar en paz.
Y yo… seguía allí.
No como reina perfecta.
No como vencedora.
Sino como alguien que, después de morir una vez…
aprendió a vivir de verdad.
El Rey Serpiente se sentó a mi lado una noche.
—Sigues aquí.
—Sí.
—Aún puedes irte.
Lo miré.
Y por primera vez…
sonreí sin miedo.
—Lo sé.
Y me quedé.