Durante ocho años, Amelia Hart amó en secreto al hombre al que todos llamaban su hermano.
No compartían sangre.
Tampoco infancia.
Cuando Amelia tenía diecisiete años, su madre se casó con el padre de Nathaniel Cole, y desde entonces ambas familias insistieron en presentarlos como hermanos para evitar rumores.
Nathaniel jamás se tomó aquella relación demasiado en serio.
Ella sí.
Para él, Amelia era la muchacha silenciosa que aparecía en las reuniones familiares con vestidos oscuros, se sentaba en las esquinas y observaba demasiado.
Para ella, Nathaniel era el centro de cada habitación.
Hermoso.
Irresponsablemente encantador.
Libre de una forma que parecía imposible de alcanzar.
Nathaniel cambiaba de acompañante con frecuencia, viajaba sin avisar y podía convertir una cena aburrida en una noche que todos recordarían.
Amelia lo quería precisamente por aquello.
Y también lo odiaba.
Porque él nunca la miraba como mujer.
Una vez, durante una fiesta, la sorprendió observándolo mientras besaba a una desconocida en el jardín.
—Deja de mirarme así —le dijo después—. Pareces una pequeña pervertida escondida en las sombras.
Nathaniel había hablado en broma.
Amelia sonrió como si no le importara.
Esa noche lloró hasta quedarse dormida.
Desde entonces procuró ser más cuidadosa.
No lo miraba demasiado.
No preguntaba cuándo regresaría.
No tocaba los objetos que él dejaba en la casa.
Y jamás confesó que conocía de memoria la forma en que se remangaba las camisas, el perfume que usaba o el sonido de sus pasos en el pasillo.
Amelia sabía que amar de aquella manera no era sano.
También sabía que no podía detenerse.
Entonces Nathaniel aceptó una cita matrimonial.
La mujer se llamaba Victoria Ashford.
Era elegante, inteligente y provenía de una familia respetada. Dirigía su propia empresa, hablaba tres idiomas y tenía la serenidad necesaria para equilibrar el carácter impulsivo de Nathaniel.
Cuando Amelia los vio juntos, comprendió que encajaban.
Victoria reía con naturalidad ante sus bromas.
Nathaniel la escuchaba.
Incluso la acompañó hasta el automóvil con una atención que raras veces mostraba.
—Parece una mujer adecuada para él —comentó la madre de Amelia durante la cena—. Quizá esta vez se establezca.
Amelia apretó tanto el tenedor que le dolieron los dedos.
Esa noche escuchó a Nathaniel hablar por teléfono desde el balcón.
—Sí —dijo él—. Volveré a verla.
La frase terminó de romperla.
Durante años había soportado sus amantes porque ninguna permanecía.
Pero Victoria era diferente.
Victoria podía convertirse en su esposa.
Podía ocupar la habitación principal de aquella casa.
Podía llevar su apellido.
Podía darle hijos.
Y Amelia tendría que sonreír, llamarla cuñada y contemplar durante el resto de su vida cómo otra mujer recibía todo lo que ella había deseado.
Los celos se transformaron en algo oscuro.
Algo vergonzoso.
Algo que Amelia no quiso reconocer hasta que ya tenía un frasco entre las manos.
No era una sustancia peligrosa.
Era un sedante ligero que había conseguido meses atrás para tratar sus ataques de ansiedad. En una dosis pequeña produciría somnolencia y confusión.
Amelia sabía que Nathaniel era un hombre responsable.
Si despertaba junto a ella creyendo que habían cruzado cierto límite, no la abandonaría.
Aunque no la amara, se casaría con ella.
Porque Nathaniel podía ser frívolo con sus relaciones.
Pero nunca huía de las consecuencias.
La idea era monstruosa.
Amelia lo sabía.
Aun así, vertió el contenido del frasco en su vaso de agua.
Nathaniel llegó a casa cerca de medianoche.
Había bebido durante la cena, aunque no parecía ebrio. Se quitó la chaqueta, la dejó sobre el respaldo de una silla y encontró a Amelia en la cocina.
—¿Todavía despierta, pequeña sombra?
Ella sintió una punzada al escuchar el apodo.
—No podía dormir.
Nathaniel tomó el vaso que ella había preparado.
—¿Esto es para mí?
Amelia asintió.
Él la observó durante un segundo.
Después bebió.
Todo ocurrió con demasiada facilidad.
Quince minutos más tarde, Nathaniel dijo que estaba cansado.
Amelia lo acompañó hasta su habitación.
Él se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos.
—Victoria te gustó —murmuró ella.
Nathaniel no respondió.
Amelia permaneció de pie junto al colchón.
Tenía el corazón desbocado.
Había imaginado aquel momento cientos de veces, aunque nunca de aquella manera.
Se sentó a su lado.
Le quitó lentamente el reloj.
Después desabrochó el primer botón de su camisa.
Nathaniel respiraba con calma.
Amelia se inclinó sobre él.
Solo tenía que dejar suficientes señales para que la mañana siguiente pareciera evidente.
No necesitaba hacer nada más.
Nathaniel asumiría lo ocurrido.
Ella lloraría.
Él se sentiría culpable.
Y el matrimonio sería inevitable.
Amelia apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo.
Entonces lo miró.
Su rostro dormido no tenía la arrogancia habitual.
Parecía más joven.
Más vulnerable.
Y, por primera vez, Amelia comprendió con absoluta claridad lo que estaba a punto de hacer.
No estaba intentando conseguir amor.
Estaba preparando una prisión.
Nathaniel se despertaría creyendo que había traicionado sus propios principios.
Pensaría que había utilizado a la muchacha que su familia le había pedido proteger.
Cargaría con una culpa que no le pertenecía.
Y ella viviría cada día sabiendo que había obtenido su apellido mediante una mentira.
Amelia sintió náuseas.
—No puedo —susurró.
Abrochó de nuevo la camisa de Nathaniel.
Recogió el frasco vacío y se apartó.
Las lágrimas empezaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
—Lo siento.
Se levantó de la cama.
Debía marcharse antes de que él despertara.
Debía confesarlo todo al día siguiente, aceptar su desprecio y desaparecer de su vida si era necesario.
Amelia alcanzó el borde del colchón.
Entonces una mano se cerró alrededor de su tobillo.
Ella se quedó inmóvil.
La voz de Nathaniel surgió detrás de ella, grave y completamente despierta:
—Abandonar las cosas a mitad de camino no es una buena costumbre, hermanita.
Amelia dejó de respirar.
Giró lentamente.
Nathaniel tenía los ojos abiertos.
No estaban nublados.
No parecía sedado.
La observaba con una calma aterradora.
—Tú…
Nathaniel se incorporó sin soltarla.
—¿Sorprendida?
Amelia miró el vaso vacío.
—Bebiste el agua.
—Cambié los vasos cuando te diste la vuelta.
El mundo se derrumbó.
Él lo sabía.
Había visto el frasco.
Había comprendido su plan.
Y aun así la había dejado continuar hasta el último instante.
—Suéltame —pidió ella.
Nathaniel deslizó la mano desde su tobillo hasta su pantorrilla, sin hacerle daño, pero impidiendo que huyera.
—No.
—Voy a explicarlo.
—Eso espero.
—No quería hacerte daño.
—Me drogaste.
—Me arrepentí.
—Después de poner tus manos sobre mí.
Amelia palideció.
Nathaniel la observó durante varios segundos.
Luego preguntó:
—¿Cuánto tiempo llevas enamorada de mí?
La pregunta fue tan inesperada que ella dejó de luchar.
—No sé de qué hablas.
—Mientes fatal.
—Nathaniel…
—Ocho años parece demasiado tiempo para seguir fingiendo.
Amelia sintió que el corazón se detenía.
—¿Cómo lo sabes?
La expresión de él cambió.
Ya no había burla.
Solo algo oscuro, contenido durante demasiado tiempo.
—Porque llevo ocho años esperando que dejes de llamarme hermano.
Amelia creyó haberlo entendido mal.
Nathaniel seguía sentado en la cama, con una mano alrededor de su pierna y la otra apoyada sobre la sábana.
La habitación estaba iluminada únicamente por una lámpara pequeña.
Sus ojos parecían más oscuros que de costumbre.
—Suéltame —repitió ella.
Esta vez, Nathaniel lo hizo.
Amelia retrocedió de inmediato y se abrazó a sí misma.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—Me llamaste pervertida.
—Te llamé pequeña pervertida porque llevabas veinte minutos observándome desde detrás de una columna.
—Estabas besando a otra mujer.
—Y tú parecías dispuesta a asesinarla con la mirada.
Amelia sintió que el rostro le ardía.
—No sabía lo que estaba haciendo.
—Yo sí.
—¿Entonces por qué seguiste provocándome?
Nathaniel bajó los pies al suelo.
—Porque eras menor cuando nuestras familias empezaron a vivir juntas.
—Tenía diecisiete.
—Precisamente.
—Tú tenías veintitrés.
—Precisamente.
Amelia apretó los labios.
Nathaniel tomó el vaso y lo dejó sobre la mesa.
—Cuando cumpliste dieciocho, nuestras familias ya nos presentaban como hermanos. Si me acercaba a ti, todos habrían dicho que me aproveché de la situación.
—Así que preferiste salir con media ciudad.
—No fueron tantas.
Ella lo miró con incredulidad.
—No es el momento de defender tu reputación.
—Es bastante mala. No necesita más daños.
Amelia sintió una oleada de rabia.
—¿Quieres que crea que todas esas mujeres no significaban nada?
—Algunas me gustaban.
La honestidad dolió.
Nathaniel no apartó la mirada.
—Pero nunca pensé en casarme con ninguna.
—Con Victoria sí.
—No.
—Te escuché decir que volverías a verla.
—Porque necesitaba hablar con ella sobre una inversión.
—Nuestras madres dijeron que era una cita matrimonial.
—Nuestras madres dicen muchas cosas.
Amelia recordó la cena.
La sonrisa de Victoria.
La forma en que Nathaniel la acompañó hasta el automóvil.
—Parecías interesado.
—Parecía educado.
—Conmigo nunca eres educado.
—Contigo nunca sé fingir.
La frase la hizo callar.
Nathaniel se levantó.
Amelia retrocedió.
Él se detuvo al instante.
—No voy a tocarte.
Aquella consideración, después de lo que ella había intentado hacer, le produjo más vergüenza que cualquier insulto.
—Deberías odiarme —dijo.
—Estoy enfadado.
—No es suficiente.
—No te corresponde decidir cuánto debo odiarte.
—Intenté atraparte.
—Sí.
—Quería que creyeras que habíamos dormido juntos.
—Lo entendí.
—Pensaba obligarte a casarte conmigo.
Nathaniel cerró los ojos un instante.
—También lo entendí.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Él soltó una risa sin humor.
—Esta es mi habitación.
Amelia quiso gritarle.
En cambio, empezó a llorar.
No de manera elegante.
Las lágrimas descendieron sin control y le temblaron los hombros.
—No hagas eso —murmuró Nathaniel.
—¿Llorar?
—Conseguir que quiera consolarte cuando debería estar furioso.
Amelia se limpió el rostro.
—No necesito que me consueles.
—Eso nunca te ha impedido necesitarlo.
Nathaniel se acercó lentamente.
Le dio tiempo para apartarse.
Amelia no lo hizo.
Él levantó una mano y secó una lágrima con el pulgar.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ella soltó una risa quebrada.
—¿Que estaba enamorada del hombre que todos llamaban mi hermano?
—Nunca fuimos hermanos.
—Tú me tratabas como si lo fuéramos.
—Te trataba como alguien a quien no podía tocar.
—Eso es peor.
—Lo sé.
Amelia levantó la mirada.
—¿De verdad lo sabías?
—No desde el principio.
—¿Cuándo?
Nathaniel pensó.
—Cuando rechazaste una beca en París.
Ella se quedó inmóvil.
—Dijiste que no querías dejar sola a tu madre —continuó—. Pero aquella noche te encontré llorando junto a mi automóvil.
—No significa nada.
—Me preguntaste si pensaba casarme algún día.
Amelia lo recordaba.
Nathaniel había llegado acompañado de una actriz.
Ella tenía las maletas preparadas.
Y aun así, al amanecer, canceló el viaje.
—Después empezaste a evitarme —dijo él—. Nunca me mirabas directamente, pero sabías con quién salía, cuándo regresaba y qué vuelos tomaba.
—Parecía obsesiva.
—Lo eras.
Amelia bajó la cabeza.
—Por eso pensabas que era una pervertida.
—Pensaba que eras una muchacha enamorada y aterrorizada por sus propios sentimientos.
—¿Y tú?
Nathaniel tardó demasiado en responder.
—Yo era un cobarde.
La verdad detrás de Victoria
Nathaniel pidió que se sentara.
Amelia eligió el sillón más alejado de la cama.
Él no protestó.
—Victoria no fue una cita —explicó—. Su empresa está negociando con la mía. Nuestras madres decidieron convertir una cena profesional en una fantasía matrimonial.
—Ella parecía interesada en ti.
—Lo está.
La respuesta fue directa.
Amelia sintió un dolor inmediato.
Nathaniel lo vio.
—Pero yo no estoy interesado en ella.
—Eso no cambia que podría ser mejor esposa.
—¿Mejor según quién?
—Todo el mundo.
—El mundo cree que tú eres fría, arrogante y extraña.
—Lo soy.
—También eres brillante, leal y tan sensible que prefieres parecer cruel antes que permitir que alguien descubra cuánto puede herirte.
Amelia no supo qué decir.
Nathaniel se apoyó contra la mesa.
—Victoria es una mujer admirable. No quiero casarme con ella.
—¿Por mí?
—Sí.
La respuesta llegó sin vacilación.
Amelia sintió miedo.
Era más fácil sobrevivir a un amor imposible que a la posibilidad de que fuera correspondido.
—No digas eso solo porque te doy lástima.
—No me das lástima.
—Intenté drogarte.
—Y vas a responder por eso.
El tono de Nathaniel se endureció.
Amelia levantó la mirada.
—No voy a fingir que fue una travesura romántica —continuó—. Cruzaste un límite grave. Si hubiera bebido el vaso, podrías haberme causado daño. También estabas preparada para destruir mi confianza.
Ella sintió que cada palabra era justa.
—Lo sé.
—No, todavía no.
Nathaniel se acercó, pero mantuvo distancia.
—Estar enamorada no te da derecho sobre mi cuerpo. Mis principios tampoco son una herramienta que puedas usar para obligarme a casarme contigo.
Amelia cerró los ojos.
—Lo sé.
—Necesito que lo digas claramente.
Ella respiró hondo.
—No tenía derecho a drogarte. No tenía derecho a inventar una noche que no ocurrió. Y no tenía derecho a utilizar tu sentido de responsabilidad contra ti.
Nathaniel guardó silencio.
—Lo siento —añadió—. Mañana me marcharé.
—No.
Amelia levantó la cabeza.
—¿No?
—No decidirás tú sola cómo termina esto, igual que no debiste decidir cómo empezaría.
—No puedes confiar en mí.
—Ahora mismo, no.
La sinceridad dolió, pero también la tranquilizó.
Nathaniel continuó:
—Quiero que hables con un terapeuta.
Amelia abrió mucho los ojos.
—¿Crees que estoy loca?
—Creo que llevas años escondiendo una obsesión que esta noche te empujó a hacer algo peligroso.
—No necesito…
—Sí, necesitas ayuda.
Amelia se puso de pie.
—No puedes obligarme.
—No.
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Pero será una condición para que sigamos teniendo cualquier relación.
—¿Qué clase de relación?
—Eso dependerá de lo que ocurra después.
La mañana siguiente
Amelia no durmió.
A las cinco de la mañana regresó a su habitación y guardó varias prendas en una maleta.
A las siete encontró a Nathaniel en la cocina preparando café.
Llevaba una camisa limpia y parecía tan tranquilo que la noche anterior podía haber sido un sueño.
—Me voy a casa de una amiga —dijo Amelia.
Nathaniel miró la maleta.
—Bien.
La facilidad con la que aceptó la hirió.
—Pensé que dijiste que no me marcharía.
—Dije que no decidirías por ambos cómo termina esto. No que tengas que permanecer bajo el mismo techo.
—¿Quieres que me vaya?
—Quiero que estés en un lugar donde ninguno de los dos actúe por impulso.
Amelia asintió.
Nathaniel dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Es una psicóloga.
Ella no la tomó.
—¿Ya organizaste una cita?
—No. Eso debes hacerlo tú.
—¿Y si no llamo?
—Entonces no volveremos a hablar a solas.
La firmeza de la condición la enfureció.
También le demostró que él hablaba en serio.
Amelia tomó la tarjeta.
—¿Le contarás a nuestras familias?
—No por ahora.
—¿Por qué me proteges?
—No te protejo de las consecuencias. Te doy la oportunidad de asumirlas sin convertir esto en un espectáculo.
Ella apretó la tarjeta entre los dedos.
—¿Y Victoria?
Nathaniel arqueó una ceja.
—¿Qué ocurre con Victoria?
—¿Seguirás viéndola?
—Profesionalmente.
—No tengo derecho a preguntar.
—No.
Amelia sintió el golpe.
Nathaniel se acercó.
—Pero puedes hacerlo.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque los sentimientos no necesitan convertirse en derechos para ser escuchados.
Amelia se marchó sin responder.
Aprender a distinguir amor de posesión
La primera sesión de terapia fue humillante.
Amelia esperaba ser juzgada.
En cambio, la psicóloga le pidió que describiera lo ocurrido sin suavizarlo.
—Intenté manipular a un hombre para que creyera que había dormido conmigo —dijo.
Pronunciarlo en voz alta hizo que la acción pareciera aún peor.
Durante las semanas siguientes, Amelia empezó a comprender que su obsesión no había nacido solo del amor.
Nathaniel representaba seguridad.
Había sido la única figura constante durante años de conflictos familiares, divorcios y mudanzas.
Mientras él viajaba y vivía con libertad, Amelia lo esperaba como si su regreso confirmara que el mundo seguía en orden.
No solo quería estar con él.
Quería poseer la certeza que él representaba.
Cuando Victoria apareció, Amelia no temió perder a un hombre.
Temió perder el centro de su vida.
Eso no justificaba nada.
Pero le permitía empezar a cambiar.
Nathaniel respetó la distancia.
No apareció en casa de su amiga.
No envió mensajes ambiguos.
Una vez por semana preguntaba:
“¿Estás bien?”
Amelia respondía:
“Sí.”
Él nunca añadía nada.
Después de un mes, ella le escribió:
“Hoy hablé de ti.”
Nathaniel respondió:
“Imagino que no salí bien.”
“Peor de lo que mereces.”
“Tienes una opinión muy generosa de mí.”
Amelia sonrió frente al teléfono.
Era la primera conversación que no se sentía cargada de desesperación.
La mujer que sí encajaba
Dos meses después, Amelia vio a Victoria en una gala.
Nathaniel no estaba con ella.
Aun así, los celos regresaron con una fuerza desagradable.
Amelia estuvo a punto de marcharse.
Entonces Victoria se acercó.
—Quería conocerte.
Amelia se tensó.
—¿Por qué?
—Nathaniel habla de ti.
—No debería.
Victoria sonrió.
—No de una forma que revele secretos. Pero cada vez que alguien menciona a su familia, él termina hablando de ti.
Amelia miró hacia otro lado.
—Creí que estaban saliendo.
—Nuestras madres también.
—Parecían compatibles.
—Lo somos en los negocios.
Victoria tomó una copa de una bandeja.
—Nathaniel me dijo que no estaba disponible emocionalmente.
—Eso suena a una excusa.
—Lo habría sido si no hubiera mirado el teléfono cada tres minutos durante nuestra cena.
Amelia dejó de respirar.
—¿Esperaba un mensaje?
—Probablemente tuyo.
—No le escribí.
—Entonces quizá por eso miraba tanto.
Victoria la observó con curiosidad.
—¿Estás enamorada de él?
Amelia pensó en mentir.
Decidió no hacerlo.
—Sí.
—¿Él lo sabe?
—Sí.
—Entonces espero que ambos dejen de hacer perder el tiempo a los demás.
Amelia casi rio.
—¿No estás molesta?
—No se puede perder algo que nunca fue tuyo.
Victoria se alejó después de aquella frase.
Por primera vez, Amelia sintió celos sin permitir que decidieran por ella.
Era un progreso pequeño.
Pero real.
La condición de Nathaniel
Nathaniel la invitó a cenar tres meses después.
No en la casa familiar.
En un restaurante tranquilo y público.
Amelia llegó primero.
Él apareció cinco minutos más tarde.
Vestía un traje oscuro y llevaba el cabello ligeramente más corto.
Amelia descubrió que todavía podía perder el aliento al verlo.
Pero esta vez no sintió la necesidad de poseer el momento.
Nathaniel tomó asiento.
—Te ves bien.
—Tú también.
—¿Sigues asistiendo a terapia?
—Sí.
—¿Porque quieres o porque fue mi condición?
Amelia pensó antes de responder.
—Al principio, por ti. Ahora, por mí.
Nathaniel asintió.
—Bien.
Cenaron hablando de trabajo, viajes y asuntos familiares.
No mencionaron aquella noche hasta el postre.
—¿Sigues teniendo miedo de mí? —preguntó Amelia.
Nathaniel dejó la cuchara.
—No.
—Pero no confías completamente.
—No.
Ella agradeció la honestidad.
—¿Algún día podrás hacerlo?
—Creo que sí.
—¿Y mientras tanto?
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Quiero conocerte sin el papel de hermano.
El corazón de Amelia se aceleró.
—¿Eso significa una cita?
—Significa varias.
—¿Y si no funcionan?
—Entonces lo aceptaremos.
—¿Sin matrimonio obligado?
—Preferiría evitarlo.
Amelia sonrió.
Nathaniel no.
—Hay otra condición —dijo.
—¿Cuál?
—Nunca volverás a utilizar el miedo, la culpa o tu propio sufrimiento para obligarme a permanecer contigo.
La sonrisa de Amelia desapareció.
—No lo haré.
—Y yo no usaré lo ocurrido para controlarte.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía. Soy difícil en las relaciones.
—Eres arrogante, provocador y has salido con demasiadas mujeres.
—Parece que ya tienes una lista.
—Llevo años preparándola.
Nathaniel sonrió.
—Entonces, ¿aceptas la cita?
Amelia respiró hondo.
—Sí.
Un hombre diferente al que imaginó
Salir con Nathaniel no se pareció a las fantasías de Amelia.
En ellas, él siempre sabía qué decir.
En la realidad, olvidaba responder mensajes, cambiaba planes a último minuto y tenía una tendencia irritante a coquetear con todo el mundo sin darse cuenta.
Amelia aprendió a expresar los celos antes de que se convirtieran en resentimiento.
Nathaniel aprendió a establecer límites más claros con otras mujeres.
No porque Amelia se lo exigiera.
Porque quería que ella se sintiera segura sin sacrificar su libertad.
Hubo retrocesos.
Una noche, Nathaniel canceló una cena por trabajo y Amelia pasó horas convencida de que estaba con Victoria.
Su antiguo impulso le pidió revisar ubicaciones, llamar a amigos y presentarse en su oficina.
No lo hizo.
Le escribió:
“Estoy teniendo pensamientos terribles. Necesito que me digas la verdad.”
Nathaniel la llamó de inmediato desde una sala de reuniones llena de personas.
—Estoy trabajando.
Amelia escuchó voces al fondo.
—Lo siento.
—No te disculpes por preguntar.
—Antes habría ido a buscarte.
—Lo sé.
—Ahora solo quiero creerte.
Nathaniel guardó silencio.
—Estoy orgulloso de ti —dijo.
Amelia lloró después de colgar.
No porque la hubiera tranquilizado.
Porque había elegido confiar.
Otra noche fue Nathaniel quien falló.
Encontró a Amelia hablando con un antiguo compañero de universidad y pasó el resto de la velada haciendo comentarios crueles.
Ella se marchó.
Nathaniel apareció en su apartamento una hora después.
—Fui un idiota.
—Sí.
—Estaba celoso.
—Eso no te da derecho a humillarme.
—Lo sé.
—Debes disculparte con él también.
Nathaniel hizo una mueca.
—Eso parece excesivo.
Amelia cerró la puerta.
Él llamó inmediatamente.
—Lo haré.
Ella abrió.
La relación funcionó no porque dejaran de tener impulsos oscuros.
Funcionó porque aprendieron a no convertirlos en armas.
La noche que eligieron
Un año después, Nathaniel llevó a Amelia a la casa junto al lago donde pasaban algunos veranos familiares.
Era la primera vez que estaban solos allí desde que empezaron a salir.
La habitación que él eligió era la misma en la que Amelia había intentado engañarlo.
Ella se quedó en la puerta.
Nathaniel lo notó.
—Podemos usar otra.
—No.
—Amelia.
—No quiero que esta habitación siga perteneciendo a aquella noche.
Él la observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
Nathaniel se acercó, pero no la tocó.
—Dilo con claridad.
Amelia sostuvo su mirada.
—Quiero estar contigo.
—No porque creas que después tendré que casarme contigo.
—No.
—No porque temas que me marche.
—No.
—No porque quieras demostrar algo.
Amelia tomó su mano y la colocó sobre su cintura.
—Porque te amo. Porque confío en ti. Y porque esta vez ambos estamos despiertos.
La expresión de Nathaniel se quebró.
La besó lentamente.
Sin juegos.
Sin trampas.
Sin sustancias ocultas en un vaso.
Cada paso fue elegido.
Cada pausa, respetada.
Y cuando Amelia despertó a la mañana siguiente, Nathaniel seguía a su lado.
No por responsabilidad.
No por culpa.
Porque quería quedarse.
Ella lo observó durante varios minutos.
Nathaniel abrió un ojo.
—Otra vez mirándome como una pervertida.
Amelia sonrió.
—Ahora tengo permiso.
Él la acercó.
—Eso mejora considerablemente la situación.
La propuesta
Nathaniel no le pidió matrimonio inmediatamente.
Esperó otro año.
Amelia no lo presionó.
Aquella paciencia fue la prueba más clara de cuánto había cambiado.
La propuesta ocurrió durante una cena familiar.
Victoria también estaba presente porque se había convertido en socia comercial de Nathaniel y, para irritación de todos, disfrutaba observando sus discusiones.
Después del postre, Nathaniel dejó una pequeña caja frente a Amelia.
Ella lo miró.
—¿Qué es?
—Un objeto tradicionalmente relacionado con una pregunta.
—¿Aquí?
—Quería testigos.
—Eso no parece propio de ti.
—Necesito que todos sepan que esta vez nadie está siendo obligado.
El salón quedó en silencio.
Amelia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Nathaniel abrió la caja.
—Durante años creí que protegerte significaba mantenerme lejos.
Tomó su mano.
—Después descubrí que la distancia también puede hacer daño.
Amelia respiró temblorosamente.
—No puedo prometer que nunca seré irresponsable, celoso o insoportable.
—Ya lo sé.
—Déjame terminar.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Pero puedo prometer que nunca me quedaré por culpa. Nunca te pediré que escondas lo que sientes. Y nunca permitiré que vuelvas a creer que necesitas atraparme para que te elija.
Nathaniel levantó el anillo.
—Amelia Hart, ¿quieres casarte conmigo libremente, conscientemente y sin ninguna sustancia sospechosa en mi bebida?
La familia quedó horrorizada.
Victoria empezó a reír.
Amelia cubrió el rostro.
—No puedo creer que hayas dicho eso.
—Necesito una respuesta clara.
Ella bajó las manos.
Nathaniel la miraba con una ternura que años atrás habría considerado imposible.
—Sí —respondió—. Quiero casarme contigo.
Él colocó el anillo en su dedo.
—¿Completamente segura?
—Nathaniel.
—Es una pregunta importante.
Amelia lo tomó del rostro y lo besó.
Esta vez no había oscuridad.
No había culpa.
No había una hermana silenciosa intentando robar un lugar que creía imposible pedir.
Solo una mujer que había aprendido que el amor no podía obtenerse mediante una trampa.
Y un hombre que había esperado demasiado tiempo para admitir que jamás la había visto realmente como familia.
Durante años, Amelia creyó que necesitaba obligarlo a quedarse.
La verdad era más sencilla.
Nathaniel ya había elegido quedarse.
Solo esperaba que ella aprendiera a elegirlo sin destruirse a sí misma en el intento.