Dicen que el destino ya está escrito… pero nadie habla de lo que pasa cuando una niña de siete años recuerda cómo va a morir toda su familia.
Mi madre dio a luz a siete hijas.
Siete.
Nuestra abuela nos puso nombres con la palabra “Nam”, que significa “varón”, como si repetirlo pudiera convertirnos en lo que nunca fuimos.
Pero nunca llegó ese hijo que tanto esperaba.
En mi vida pasada, todas pagamos ese fracaso.
Mi segunda hermana murió de fiebre en pleno invierno, porque mi padre no quiso gastar dinero en un médico.
Mi quinta hermana se ahogó en el río mientras buscaba comida.
La más pequeña fue entregada a otra familia… y nunca más volvimos a verla.
Y yo…
Yo me casé con un hombre igual que mi padre.
Un borracho.
A los treinta y tres años, me empujó por las escaleras.
Morí sola.
Pero cuando abrí los ojos otra vez…
era 1978.
Tenía siete años.
Y todas mis hermanas… estaban vivas.
Me quedé inmóvil solo tres segundos antes de romper a llorar.
Porque sabía exactamente cuándo moriría cada una.
Dos meses.
Ese era el tiempo que tenía antes de que mi segunda hermana enfermara.
Un año… para que la quinta cayera al río.
Dos años… antes de que la más pequeña desapareciera para siempre.
Esta vez…
no iba a perder a nadie.
Durante tres días confirmé todo.
El pueblo, la casa rota, el frío que se colaba por las paredes, la voz de mi abuela maldiciendo por no tener un nieto.
Todo igual.
Pero yo… ya no era la misma.
Esa noche le dije a mi madre:
—Mañana, en la reunión del equipo, van a reducir la ración de grano. Y papá va a discutir con el contable.
Ella no me creyó.
Hasta que pasó exactamente así.
Luego predije tres cosas más.
Todas se cumplieron.
Esa fue la primera vez que vi miedo en los ojos de mi madre.
Cuando finalmente me creyó… le dije la verdad:
—Si no reunimos dinero, la segunda hermana morirá este invierno.
Cuatro yuanes.
Ese era el precio de una vida.
Mi madre no dudó.
Trabajaba de día, cosía de noche.
Mis hermanas y yo recogíamos cosas del bosque y las cambiábamos en secreto en el mercado.
Cada moneda era una batalla.
Cada día… una carrera contra la muerte.
Pero en esta casa… había alguien más observando.
Nuestra abuela.
Cuando descubrió el dinero… lo tomó todo.
Ni una moneda dejó.
—Criarlas es peor que criar perros —dijo—. Al menos los perros sirven para algo.
Ese día no lloré.
Porque entendí algo importante:
Si quería salvarlas…
tenía que luchar contra mi propia familia.
Entonces convencí a mi hermana mayor de trabajar en un taller nocturno.
Se destrozó las manos… pero no se quejó.
Volvimos a ahorrar.
Y esta vez… escondimos el dinero mejor.
Pero entonces descubrí algo peor.
Mi padre… estaba usando nuestro dinero.
Para otra mujer.
El tiempo se acababa.
A mediados de noviembre… mi hermana empezó a toser.
Luego vino la fiebre.
Alta. Incontrolable.
Mi abuela dijo que no valía la pena gastar dinero en “otra hija”.
Mi madre… no respondió.
Solo la cargó en brazos y caminó doce kilómetros bajo la nieve.
Esa noche…
por primera vez en su vida, desobedeció a toda la familia.
Y yo supe algo:
Habíamos cambiado el destino…
pero el precio… apenas comenzaba.
Cuando el médico dijo:
—Un poco más tarde y no habría salvación—
sentí que el tiempo volvía a moverse.
Habíamos cambiado la primera muerte.
Pero eso no significaba que el destino se hubiera rendido.
Significaba… que iba a luchar más fuerte.
Mi hermana sobrevivió.
Pero el precio fue todo lo que teníamos.
Sin dinero.
Sin comida suficiente.
Y con una abuela que ahora vigilaba cada movimiento.
Esa noche, mientras mi madre dormía sentada junto a la cama del hospital, la observé.
En mi vida pasada… ella murió con los ojos abiertos, sosteniendo unos pequeños zapatos que nunca pudo volver a ver puestos.
En esta vida…
no lo permitiría.
Regresamos a casa tres días después.
El invierno se volvió más duro.
El hambre también.
Pero esta vez, yo estaba preparada.
Empecé a hacer algo diferente.
No solo reaccionar…
sino adelantarse.
Evité que mi quinta hermana fuera sola al río.
La obligué a ir siempre conmigo o con alguien más.
Al principio se enojaba.
—¿Tienes miedo?— decía riendo.
Yo sí tenía miedo.
Porque ya la había visto morir.
Un año pasó.
Y el día en que debía morir…
no pasó nada.
Esa noche lloré en silencio.
Había cambiado la segunda muerte.
Pero la tercera… era la más difícil.
Mi hermana menor.
Tres años.
Demasiado pequeña para entender… demasiado fácil de perder.
En mi vida pasada, fue vendida.
Esta vez…
no iba a permitir que nadie se la llevara.
Pero no podía enfrentar sola a mi padre y a mi abuela.
Así que hice lo único que podía hacer.
Revelé toda la verdad.
Una noche, reuní a mis hermanas y a mi madre.
Les conté todo.
Mi muerte.
Sus muertes.
El futuro.
Nadie habló durante mucho tiempo.
Hasta que mi hermana mayor dijo:
—Entonces… ya hemos ganado dos veces.
Y en ese momento entendí algo.
No estaba sola.
Cuando mi padre intentó vender a la pequeña…
no encontró una familia débil.
Nos encontró a nosotras.
Mi madre se plantó frente a él.
Mi hermana mayor lo enfrentó.
Mi tercera hermana incluso tomó un palo.
Y yo…
Yo no tuve miedo.
Porque esta vez…
éramos siete.
Y nadie iba a rompernos.
Mi padre gritó, golpeó la mesa… pero al final retrocedió.
Porque por primera vez…
nadie le obedeció.
Esa noche cambió todo.
Con el tiempo, empezamos a vivir mejor.
Mi hermana mayor consiguió un trabajo estable.
La cuarta empezó a coser para vender.
Yo seguí usando lo que sabía del futuro para adelantarnos a los problemas.
No éramos ricas.
Pero ya no éramos víctimas.
Años después, cuando cumplí treinta y tres…
llegó el día en que debía morir.
Las escaleras estaban ahí.
El destino… también.
Pero no había marido borracho.
No había miedo.
Solo yo… de pie, mirando hacia abajo.
Y sonreí.
Porque por fin entendí algo:
El destino no desaparece.
Pero puede romperse…
cuando alguien decide luchar contra él.
Y ese alguien…
puede ser una niña de siete años.
Que se negó a perder a su familia otra vez.