Anoche, mi teléfono sonó a las 2 de la madrugada. En la pantalla aparecía: “Yo”. Contesté y oí mi propia voz al otro lado de la línea.

Eran las 2:00 de la madrugada cuando el teléfono sonó.

Un sonido seco.

Inesperado.

Miré la pantalla, aún medio dormido.

Y sentí que el corazón se me detenía.

El nombre del contacto era:

“Yo”.

Fruncí el ceño.

—¿Qué…?

No tenía ese contacto guardado así.

Pero el número…

era el mío.

Exactamente el mío.

La misma foto.

El mismo nombre.

Mis manos empezaron a temblar.

Dejé que sonara dos veces más.

Tres.

Luego… contesté.

—¿Hola?

Silencio.

Solo estática.

—¿Quién es?

Entonces lo escuché.

Mi voz.

Temblorosa.

Rápida.

Desesperada.

—No abras la puerta… pase lo que pase.

El aire se volvió pesado.

—¿Qué…?

—Escúchame —continuó la voz—. No importa lo que oigas. No importa quién diga ser. No abras.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Quién eres?

Silencio.

Luego:

—Soy tú.

Mi respiración se cortó.

—Esto no es gracioso…

—No hay tiempo.

Mi voz al otro lado sonaba… rota.

Como si estuviera huyendo.

—En unos segundos… alguien va a tocar tu puerta.

Un golpe fuerte interrumpió la llamada.

BAM.

Miré hacia la puerta.

El sonido fue real.

Otro golpe.

Más fuerte.

Más urgente.

BAM. BAM. BAM.

—Ya empezó —susurró la voz.

Mi corazón latía con fuerza.

—¿Qué es eso?

—No lo sé exactamente… pero no es yo.

El golpe se volvió más violento.

—¡Abre! —gritó alguien desde afuera.

Me congelé.

Era mi voz.

Exactamente mi voz.

—¡Soy yo! ¡Abre!

Miré el teléfono.

Luego la puerta.

—¿Qué está pasando?

—Está copiando —dijo la voz en la llamada—. Aprende rápido.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Copiando… qué?

—A ti.

El golpe continuó.

—¡ABRE!

La voz afuera sonaba más convincente.

Más real.

Más… yo.

—Si abre —susurró la voz en el teléfono—, te reemplaza.

El silencio cayó dentro de la casa.

Pero afuera…

los golpes no paraban.

—¿Cómo sabes todo esto?

La voz dudó.

—Porque… yo abrí.

Sentí que todo se rompía dentro de mí.

—¿Qué…?

—No lo hagas.

Un silencio pesado.

—Por favor…

Los golpes cesaron de repente.

Silencio absoluto.

Demasiado absoluto.

—¿Se fue? —pregunté.

—No.

Mi corazón latía con fuerza.

—Entonces… ¿qué está haciendo?

La voz al otro lado susurró:

—Esperando.

Un sonido suave se escuchó detrás de mí.

Dentro de la casa.

Mi sangre se heló.

—No…

Giré lentamente.

Y vi la puerta del pasillo…

abierta.

Cuando estaba seguro…

de haberla cerrado.

El teléfono vibró en mi mano.

La voz volvió.

Más baja.

Más rota.

—Ya está adentro.

“El mayor error no fue abrir la puerta… fue creer que seguías siendo tú después.”

No me moví.

No respiré.

Nada.

Porque si lo hacía…

sabía que algo iba a pasar.

La puerta del pasillo seguía abierta.

Oscura.

Profunda.

Como si no llevara a ninguna parte.

—Escúchame —susurró mi voz en el teléfono—. Aún puedes salir.

—¿Salir… cómo?

—Por la ventana. Ahora.

Un crujido.

Desde el pasillo.

Lento.

Pesado.

Pasos.

Dentro de mi casa.

—No llego…

—Entonces escóndete.

Mi corazón latía con fuerza.

Miré alrededor.

Nada parecía seguro.

Nada parecía real.

—¿Dónde?

Silencio.

Luego:

—Donde yo no fui.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Los pasos se detuvieron.

Justo fuera de la sala.

—Significa… que ya estuvo en todos lados.

El aire se volvió irrespirable.

—Entonces… ¿qué hago?

Silencio.

—Gana tiempo.

La luz parpadeó.

Una vez.

Dos.

Y entonces…

se apagó.

Oscuridad total.

Mi respiración se volvió errática.

—No puedo ver…

—Él sí puede.

Sentí algo moverse.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

—¿Dónde está?

Silencio.

Luego…

una voz.

Detrás de mí.

—Aquí.

Me giré de golpe.

Nada.

Pero el aire…

estaba frío.

Pesado.

—No es real… —susurré—. No es real…

—Lo es —respondió la voz en el teléfono—. Y quiere ser tú.

Un ruido.

Frente a mí.

Un reflejo.

En la ventana.

Y lo vi.

Yo.

De pie.

Sonriendo.

Pero no estaba ahí realmente.

Solo en el reflejo.

—Te ves bien —dijo.

Mi voz.

Perfecta.

—Casi listo.

Retrocedí.

—Aléjate…

—No puedo.

La sonrisa se ensanchó.

—Ya estoy aquí.

El teléfono vibró.

—Escúchame —dijo mi otra voz—. Hay una forma.

Mi respiración se detuvo.

—¿Cuál?

Silencio.

—Tienes que hacer lo que yo no hice.

—¿Qué?

—No creerle.

Miré al reflejo.

A mí mismo.

—Soy tú —dijo.

—No.

—Sí lo soy.

—No.

Mi voz temblaba.

Pero no me detuve.

—No eres yo.

La sonrisa desapareció.

Por un segundo.

—Entonces… pruébalo.

Mi corazón latía con fuerza.

—Dime algo que solo yo sepa.

Silencio.

El reflejo dudó.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

—No puedes —susurré.

La figura se distorsionó.

Como una imagen rota.

—No eres perfecto.

El teléfono vibró con fuerza.

—¡AHORA! —gritó mi otra voz.

Corrí.

Hacia la puerta.

La abrí.

Esta vez… sí.

El aire frío de la noche me golpeó.

Corrí sin mirar atrás.

Sin detenerme.

Sin pensar.

Hasta que ya no pude más.

Caí al suelo.

Respirando con dificultad.

El teléfono…

silencioso.

La llamada… terminada.

Miré la pantalla.

Sin registros.

Sin llamada.

Sin nada.

Como si nunca hubiera pasado.

Horas después…

volví.

La casa estaba en silencio.

Normal.

Demasiado normal.

Entré lentamente.

Todo en su lugar.

Nada roto.

Nada fuera de lugar.

Pero algo…

no encajaba.

Corrí al espejo.

Y me miré.

Todo parecía igual.

Pero entonces…

parpadeé.

Y por un segundo…

mi reflejo no lo hizo.

Sentí un frío absoluto.

Porque entendí la verdad.

No importa si no abriste la puerta.

No importa si escapaste.

Si ya estuvo dentro…

ya no puedes estar seguro de ser tú.

El teléfono vibró una última vez.

Un mensaje.

De “Yo”.

“Gracias por dejarme salir.”

Levanté la mirada.

Al espejo.

Y esta vez…

la sonrisa…

no era mía.

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