EN NUESTRO DÉCIMO ANIVERSARIO, MI MARIDO DEJÓ QUE SU AMANTE ME HUMILLARA… SIN IMAGINAR QUIÉN PAGARÍA LAS CONSECUENCIAS

PARTE 2

La verdadera razón de la fiesta

El señor Chen colocó una carpeta negra sobre la mesa.

En la primera página figuraba el nombre de Fu Hanzhi como representante legal de una nueva sociedad de inversiones.

La segunda contenía un acuerdo de financiación.

La tercera llevaba mi firma.

O, mejor dicho, una imitación extraordinariamente buena de ella.

Levanté la vista.

—¿De dónde ha salido esto?

—Del departamento jurídico del grupo Shen. Esta mañana recibieron una solicitud urgente para autorizar una garantía financiera. Su marido aseguró que usted había aprobado la operación personalmente.

Volví a examinar el documento.

La cantidad solicitada era de ochocientos millones.

Y las garantías incluían una participación de mi familia en un complejo inmobiliario que acababa de recibir autorización para desarrollarse.

Sentí que se me helaban las manos.

Durante nuestro matrimonio, había permitido que Hanzhi administrara buena parte de nuestras inversiones domésticas. También había convencido a mi padre para que diera oportunidades comerciales a las empresas Fu.

Nunca le había entregado la propiedad de mis acciones ni autorización para comprometer los bienes familiares.

—¿Han aprobado el crédito?

—Todavía no. El banco solicitó una confirmación adicional. Su marido pretendía obtenerla esta noche, durante el aniversario.

Entonces comprendí por qué había insistido tanto en celebrar nuestra boda en aquel hotel de lujo.

Por qué había invitado a los directivos del banco, a los socios de mi padre y a varios miembros del consejo de administración.

Y por qué llevaba semanas hablándome de demostrar públicamente nuestra confianza mutua.

Todo estaba preparado para que yo firmara delante de cientos de invitados.

Mi marido había convertido nuestro aniversario en una operación empresarial.

La mujer que me había estampado aquel sello en la cara solo había sido una pieza más de su juego.

Aunque había una pregunta que todavía no podía responder.

¿Por qué humillarme precisamente aquella noche, cuando él necesitaba mi firma?

Como si hubiera leído mis pensamientos, Chen añadió:

—Hay algo más. La empresa beneficiaria del préstamo fue constituida hace seis meses. Lin Moli posee el cuarenta por ciento de sus acciones.

Me quedé inmóvil.

—¿Moli?

—Sí, señorita.

Miré nuevamente la fotografía que había recibido.

La joven sonreía mientras Hanzhi la besaba.

Sobre la mesa descansaban los documentos que podían comprometer una parte del patrimonio de mi familia.

De pronto recordé una conversación que había tenido con mi marido tres meses antes.

Me había hablado de una muchacha especialmente inteligente, hija de una antigua conocida de su madre.

Según él, Moli necesitaba trabajo para pagar sus estudios.

Yo misma había recomendado contratarla temporalmente en una de nuestras empresas.

Después, Hanzhi me dijo que la chica tenía talento para el diseño y que sería bonito permitirle participar en la organización del aniversario.

No sospeché nada.

Estaba demasiado acostumbrada a creer en él.

—Chen, quiero saber quién creó esa sociedad, de dónde salió el capital inicial y quién preparó los documentos.

—Ya hemos iniciado la revisión.

—Y suspendan cualquier operación que dependa de mi autorización hasta que los abogados comprueben las firmas.

Él asintió.

Cuando estaba a punto de retirarse, lo detuve.

—Una cosa más. Quiero saber si hay cámaras dentro del camerino.

—Las hay en el pasillo. Dentro solo se instaló una cámara temporal para grabar los preparativos del evento, según el contrato de producción.

Recordé el pequeño objetivo que había visto encima del espejo.

Pensé que era parte del equipo encargado de preparar el vídeo de nuestro aniversario.

—Conserven la grabación original.

—Por supuesto.

El señor Chen se marchó.

Me quedé sola frente al espejo del salón.

Bajo las capas de corrector todavía podía leerse el insulto.

Diez años de matrimonio.

Y mi marido había conseguido que aquella fuera la primera vez que me sintiera avergonzada de haberlo amado.

3. La invitada inesperada

A las nueve de la noche, Lin Moli apareció en la mansión.

No hizo falta obligarla.

Chen le había explicado que necesitábamos su declaración para resolver un asunto relacionado con los contratos de la celebración y los gastos de su empresa.

Había llegado acompañada de un abogado joven.

Llevaba un vestido blanco, un bolso de diseñador y una pequeña venda sobre la frente.

Cuando me vio sentada en el salón, sonrió.

—Vaya, señora Fu. Pensé que estaría llorando en su habitación.

Se acomodó frente a mí sin esperar invitación.

—Por cierto, Hanzhi está muy enfadado. Dice que has arruinado una noche importantísima para él.

No respondí.

Moli observó las marcas de mi rostro y dejó escapar una risita.

—¿Todavía no consigues quitarte el sello? Qué pena. Aunque quizá así aprendas a no tomarte todo tan en serio.

Le señalé el vaso de agua que había sobre la mesa.

—Puedes beber. Tenemos bastante de qué hablar.

Su abogado se inclinó hacia ella.

—Señorita Lin, le recomiendo prudencia.

Moli puso los ojos en blanco.

—No he hecho nada malo. Ella fue quien me golpeó.

—Es cierto —admití—. Y asumiré mi responsabilidad por haberte causado una lesión. Tengo intención de conservar todas las pruebas de lo ocurrido, incluidas las de mi reacción.

Aquello pareció desconcertarla.

Seguramente esperaba amenazas.

O súplicas.

Pero yo no tenía intención de ofrecerle ninguna de las dos cosas.

—He pedido que vengas por una razón —continué—. Necesito saber qué relación tienes con la sociedad que pretende obtener financiación utilizando activos de mi familia.

La sonrisa desapareció de su cara.

—No sé de qué estás hablando.

Le mostré una copia del registro mercantil.

Su nombre figuraba claramente entre los accionistas.

Moli miró a su abogado.

Él examinó el documento antes de responder:

—Mi clienta no tiene obligación de facilitar información privada sin un requerimiento formal.

—Desde luego —contesté—. Pero si se ha utilizado mi identidad para obtener financiación, los abogados y las autoridades competentes tendrán que revisar el asunto. He querido ofrecerle la oportunidad de dar su versión primero.

Moli apretó los labios.

—Esa empresa es un regalo de Hanzhi. Él dijo que yo no necesitaba preocuparme por los trámites.

—¿Un regalo de ochocientos millones?

—¡No es dinero tuyo! Hanzhi es un empresario importante. Puede permitírselo.

La observé con atención.

Parecía convencida de que la riqueza de mi marido era independiente de todo lo que habíamos construido juntos.

—¿Sabes cómo empezó la empresa Fu? —pregunté.

Ella soltó una carcajada.

—Por favor, no vas a contarme que tú lo hiciste rico, ¿verdad? Hanzhi dice que nunca has trabajado de verdad.

Aquellas palabras me dolieron más de lo esperado.

No por venir de ella.

Sino porque reconocí inmediatamente la voz de mi marido detrás de la frase.

Cuando nos casamos, la familia Fu atravesaba graves dificultades financieras.

Hanzhi tenía talento y ambición, pero ningún banco quería prestarle dinero después de dos proyectos fallidos.

Mi padre le abrió las puertas de nuestros contactos comerciales.

Yo negocié con tres proveedores, convencí a un inversor extranjero y dediqué casi un año a reorganizar las cuentas de su empresa.

Después, cuando la situación mejoró, decidimos formar una familia.

Dejé de acudir a la oficina todos los días.

Seguí siendo accionista, revisando determinadas inversiones y atendiendo los asuntos estratégicos que me consultaban.

Pero para Hanzhi, con el tiempo, todo aquello se redujo a una frase.

Mi esposa se queda en casa sin hacer nada.

Miré a Moli.

—¿Él también te ha dicho que soy una mujer inútil?

Ella sonrió triunfalmente.

—Dice que eres una niña consentida. Que siempre has tenido todo hecho. Y que él se cansó de fingir que necesita tu ayuda.

Sentí un nudo en el pecho.

Moli, interpretando mi silencio como una derrota, se inclinó hacia delante.

—También me ha dicho que quería divorciarse, pero tu familia es demasiado problemática. Así que tendrá que esperar a que todo esté organizado.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Organizado qué?

Se quedó quieta.

Su abogado intervino:

—Moli, basta.

Pero ya era tarde.

La muchacha había dicho mucho más de lo que pretendía.

4. Dos mujeres, dos versiones de la misma mentira

Saqué mi teléfono y abrí la fotografía del beso.

—¿La enviaste tú?

Moli levantó la barbilla.

—Sí. ¿Y qué?

—¿Por qué?

—Porque estoy harta de esconderme.

Me contempló con una mezcla de desprecio y satisfacción.

—Hanzhi siempre dice que va a dejarte. Pero después vuelve a hablar de los negocios, de tu padre, de lo complicado que sería un divorcio. Yo quería que supieras la verdad.

Por primera vez desde que había llegado, percibí algo detrás de su insolencia.

Miedo.

No miedo a mí, sino a que él siguiera aplazando una decisión.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

—Casi un año.

Un año.

Recordé nuestro noveno aniversario.

Hanzhi me había regalado un collar de diamantes y había prometido reservar más tiempo para nosotros.

Aquel mismo mes, yo había pasado varias noches sola porque supuestamente tenía reuniones de trabajo.

—¿Y el tatuaje? —pregunté.

Moli sonrió otra vez.

—Fue idea mía. Me molestaba ver tu nombre cada vez que se quitaba la camisa.

Le costó contener una carcajada.

—Al principio dijo que no. Pero cuando le pregunté a quién quería de verdad, terminó aceptando.

Bajé los ojos hacia mis manos.

No temblaban.

Me sorprendió.

Quizá el dolor había alcanzado un punto en el que ya no necesitaba manifestarse.

—¿Y el sello de mi cara?

—Eso también fue idea mía.

Su abogado cerró los ojos.

Ella continuó, desafiante:

—Quería demostrarle que dejarías pasar cualquier cosa. Él siempre dice que, al final, haces lo que te pide.

La miré durante varios segundos.

—¿Sabía Hanzhi lo que ibas a hacer?

Moli vaciló.

—Sabía que iba a prepararte una sorpresa.

—No te he preguntado eso.

La muchacha apretó los dedos sobre el bolso.

—Le enseñé el diseño del sello. Se rio. Dijo que te enfadarías, pero que después se te pasaría.

Sentí que algo se rompía definitivamente.

Hanzhi lo sabía.

No había reaccionado mal porque estuviera sorprendido.

Había protegido a Moli porque ya había aceptado mi humillación antes de que ocurriera.

—Quiero ver los mensajes —dije.

El abogado negó con firmeza.

—Eso requeriría el consentimiento de mi clienta.

—Por supuesto.

Me levanté.

—No tengo intención de revisar ningún teléfono sin autorización. Si Moli decide conservar sus mensajes y facilitarlos a través de su abogado, podremos determinar qué sabía mi marido y qué se organizó exactamente. Si no, continuaremos por los cauces legales.

Moli palideció un poco.

—¿Qué cauces legales?

—Una firma falsificada. Una operación financiera sin autorización. Una posible utilización indebida de información confidencial. Y una agresión en el camerino que habrá que investigar en su totalidad.

Su abogado la miró fijamente.

—Señorita Lin, debemos hablar en privado.

Les indiqué una sala contigua.

Mientras se retiraban, recibí una llamada de mi padre.

—Jiaojiao —dijo con voz grave—, acabo de enterarme.

Durante unos segundos no pude contestar.

Mi padre nunca había sido un hombre de muchas palabras.

Cuando era pequeña, bastaba con que me colocara una mano sobre la cabeza para hacerme sentir protegida.

—Papá…

Mi voz se quebró.

Él guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Quieres volver a casa?

Miré el salón en el que había crecido.

Las fotografías familiares. El viejo piano. Las flores que mi madre cambiaba cada viernes.

—Ya estoy aquí.

—Entonces no tienes que ir a ninguna parte.

Y por primera vez aquella noche, lloré.

No mucho.

Solo lo suficiente para comprender que ya no necesitaba fingir fortaleza ante todo el mundo.

5. El marido que creía tenerlo todo controlado

A las diez y media, Fu Hanzhi llegó a la mansión.

Entró sin anunciarse, como había hecho cientos de veces durante nuestro matrimonio.

—¡Jiaojiao!

Su voz resonó por el vestíbulo.

—¿Dónde está Moli?

No preguntó si estaba bien.

Ni siquiera se detuvo al ver mi rostro.

Se dirigió directamente hacia la sala donde la joven hablaba con su abogado.

El señor Chen le cortó el paso.

—Señor Fu, la señorita está reunida con sus representantes legales.

Hanzhi frunció el ceño.

—¿Desde cuándo necesito permiso para entrar en esta casa?

—Desde que usted ha olvidado cómo debe comportarse en ella —respondió Chen tranquilamente.

Mi marido se volvió hacia mí.

—Jiaojiao, ¿qué significa todo esto?

Me levanté del sofá.

—Tenemos que hablar.

—¿Ahora? ¿En serio? Ya has estropeado la celebración y has hecho que mis socios me pregunten dónde está mi esposa. ¿No crees que has causado suficiente daño?

—¿Qué celebración, Hanzhi?

Él parpadeó.

—Nuestro aniversario, naturalmente.

—Entonces dime por qué había documentos de financiación preparados para que los firmara esta noche.

Su expresión cambió.

Apenas durante un instante.

Pero lo vi.

—Era una sorpresa —respondió enseguida—. Un nuevo proyecto empresarial. Iba a explicártelo cuando estuviéramos tranquilos.

—¿También era una sorpresa la firma que alguien puso en mi nombre?

El silencio que siguió fue mucho más revelador que cualquier respuesta.

Hanzhi intentó recuperar la compostura.

—Los abogados preparan documentos preliminares constantemente. No puedes acusarme de algo así sin saber cómo funcionan estas operaciones.

—He revisado el expediente. Han presentado mi supuesta autorización al banco.

—¡Porque sabía que ibas a estar de acuerdo!

—No lo estaba.

Apretó la mandíbula.

—Jiaojiao, no empieces con tus caprichos.

Aquella palabra.

Caprichos.

Durante años la había utilizado cada vez que nuestras opiniones diferían.

Si yo quería visitar a mi madre durante un fin de semana, era un capricho.

Si le pedía que descansara y dejara de trabajar hasta la madrugada, era un capricho.

Si cuestionaba una inversión arriesgada, era otro capricho.

Y ahora pedir explicaciones por una firma falsificada también lo era.

—¿Sabías que Moli iba a marcarme la cara? —pregunté.

Hanzhi apartó la mirada.

—Ya hemos hablado de eso.

—Quiero una respuesta.

—Me enseñó un dibujo. Pensé que usaría maquillaje normal. No sabía que fuera a durar tanto.

—Pero sabías que pretendía humillarme.

—¡Era una broma!

Solté una risa breve.

—Entonces voy a hacerte otra pregunta. ¿Desde cuándo te acuestas con ella?

Mi marido se quedó completamente inmóvil.

Su mirada se desplazó hacia la puerta de la sala contigua.

Comprendió enseguida.

—¿Qué te ha contado esa niña?

—Lo suficiente.

Hanzhi se pasó una mano por el rostro.

—Jiaojiao, escúchame. Moli es joven, impulsiva. Confunde la admiración con el amor. Yo nunca he querido…

Lo interrumpí.

—No termines esa frase.

Porque sabía exactamente cómo continuaría.

Yo nunca he querido hacerte daño.

Lo nuestro no significaba nada.

La única mujer que amo eres tú.

Las mismas palabras que tantos hombres pronuncian cuando descubren que sus mentiras han dejado de funcionar.

—Quiero el divorcio —dije.

Hanzhi me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

Después se rio.

—Estás enfadada.

—Sí.

—Mañana lo verás de otra manera.

—No.

La sonrisa desapareció.

—Jiaojiao, llevamos diez años casados. ¿Vas a tirarlos a la basura por una muchacha que ni siquiera sabe lo que quiere?

Lo observé detenidamente.

Era extraordinario.

Había conseguido traicionarme y, aun así, presentaba mi decisión de marcharme como la verdadera destrucción del matrimonio.

—No voy a tirar nada —respondí—. Tú lo hiciste hace mucho tiempo.

6. La grabación

El señor Chen regresó con una tableta.

—Señorita, hemos recibido una copia íntegra del material audiovisual que conserva la productora del evento.

Hanzhi levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Qué material?

Chen no respondió.

Colocó la tableta delante de mí.

En la pantalla apareció el camerino.

La imagen tenía una marca de tiempo.

Se me veía sentada frente al espejo, concentrada en mi teléfono, mientras Moli preparaba los productos de maquillaje.

La muchacha comprobó varias veces que yo no estuviera mirando.

Después extrajo un sello de una caja y lo presionó cuidadosamente contra mi rostro.

Sonrió hacia la cámara.

—A ver si así aprende quién manda —murmuró.

Un minuto después, se abrió la puerta del camerino.

Hanzhi apareció en la imagen.

Se acercó a Moli y contempló mi rostro mientras yo seguía distraída, buscando unos documentos en el teléfono.

La muchacha señaló el sello.

—¿Te gusta?

Mi marido sonrió.

—Te has pasado un poco.

—¿Me vas a regañar?

Él le acarició la mejilla.

—Mientras no montes una escena delante de los invitados…

La grabación continuó.

Moli se puso la mascarilla, Hanzhi salió y, varios minutos después, yo levanté la vista.

Se veía mi reacción.

Se veía también el momento en que tomé el cenicero.

Aparté los ojos durante unos segundos.

No me enorgullecía haber recurrido a la violencia. Tendría que responder por aquella lesión y no pensaba esconderme detrás de mi apellido para evitarlo.

Pero ahora había una prueba incontestable de que la humillación había sido deliberada.

Y de que mi marido había estado presente antes de que yo lo descubriera.

Hanzhi miró la pantalla con el rostro desencajado.

—Eso está sacado de contexto.

—Tenemos el archivo completo —contestó Chen—. La productora ha preservado también los registros originales.

Mi marido se volvió hacia mí.

—Jiaojiao, no puedes utilizar una grabación privada para destruirme.

—No pretendo publicarla en las redes sociales. Mis abogados determinarán cómo puede utilizarse legalmente.

—¿Y qué hay de nuestra reputación?

Lo miré.

—¿Nuestra?

Él abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Entonces una voz sonó desde la puerta.

—Hanzhi…

Moli había salido de la sala.

Tenía los ojos enrojecidos.

—Tu abogado dice que hay un problema con la empresa. Que mi nombre aparece en unos documentos que podrían ser falsos.

Hanzhi se volvió hacia ella con furia.

—¡Te dije que no hablaras de negocios con nadie!

La muchacha retrocedió.

—Pero tú me dijiste que todo era legal.

—¡Porque lo es!

—Entonces, ¿por qué me están pidiendo explicaciones?

Mi marido se llevó ambas manos a la cintura.

Ya no parecía el empresario elegante y seguro de sí mismo de aquella mañana.

Parecía un hombre que acababa de descubrir que las puertas de emergencia estaban cerradas.

7. Lo que escondía la sociedad de Moli

El abogado de Moli pidió hablar.

Había revisado con su clienta la documentación y los mensajes que ella había aceptado mostrarle.

—Mi representada sostiene que no participó en la preparación de los documentos de financiación. Sin embargo, conserva conversaciones en las que el señor Fu le explica cómo utilizaría una sociedad a su nombre para desarrollar un proyecto inmobiliario.

Hanzhi lo interrumpió.

—¡Eso es información confidencial!

—También hay mensajes —continuó el abogado— en los que usted menciona la necesidad de obtener la firma de su esposa antes de anunciar una separación.

Sentí un dolor agudo en el pecho.

Así que Moli no había mentido sobre eso.

Hanzhi no estaba decidiendo si quería divorciarse.

Estaba decidiendo cuándo hacerlo para conservar el mayor beneficio posible.

El abogado leyó uno de los mensajes, con el consentimiento de la joven.

—«Cuando cerremos la financiación, podré separarme de Jiaojiao sin depender de los Shen. Tú solo tienes que ser paciente».

Moli se volvió lentamente hacia mi marido.

—Me prometiste que nos casaríamos.

Hanzhi apretó los dientes.

—Moli, ahora no es el momento.

—¡Me dijiste que llevabais años sin quereros!

—He dicho que te calles.

La joven comenzó a llorar.

Por primera vez, sus lágrimas no parecían formar parte de una representación.

Lo miró como si acabara de conocerlo.

—¿También me has mentido a mí?

No sentí satisfacción.

Aquella muchacha me había insultado, había disfrutado humillándome y había participado voluntariamente en una relación con un hombre casado.

Pero ahora estaba descubriendo una verdad que yo había tardado diez años en reconocer.

Hanzhi era capaz de decirle a cada persona lo que necesitaba escuchar para obtener lo que quería.

La diferencia era que yo ya no pensaba creerle.

El señor Chen entregó otro documento a los abogados.

Una investigación preliminar había identificado pagos procedentes de una sociedad vinculada a Fu Hanzhi y dirigidos a un intermediario que había tenido acceso a la información confidencial del proyecto Shen.

Todavía quedaban muchos hechos por verificar.

Pero había pruebas suficientes para iniciar una investigación formal y solicitar medidas que impidieran utilizar mis activos sin autorización.

Mi marido entendió la gravedad del asunto.

—Jiaojiao —dijo, cambiando repentinamente de tono—, podemos resolverlo entre nosotros.

—Mis abogados se encargarán.

—No tienes por qué llevar esto tan lejos.

—¿Tan lejos como para hacerme respetar mi propia firma?

Se acercó a mí.

—Te conozco. Sé que estás dolida. Pero mañana, cuando todo se calme, vas a recordar que hemos sido felices.

Por un instante, sus palabras despertaron imágenes que había intentado mantener enterradas.

Nuestra primera casa.

Los desayunos improvisados.

La noche en la que se quedó despierto junto a mí porque tenía fiebre.

Los cumpleaños.

Los viajes.

Los planes que habíamos hecho para cuando fuéramos mayores.

Diez años no desaparecen simplemente porque uno descubre una traición.

Siguen existiendo.

Y quizá por eso duelen tanto.

—Sí, Hanzhi —respondí—. Fuimos felices.

Sus ojos se iluminaron.

—Entonces…

—Pero eso no te da derecho a destruir mi futuro.

8. El precio de una traición

A la mañana siguiente, mi abogado presentó las solicitudes correspondientes para impugnar los documentos, proteger mis participaciones y revisar las operaciones relacionadas.

La familia Shen no necesitó organizar ningún escándalo público.

Bastó con suspender las garantías que nunca habían sido autorizadas y exigir una auditoría de los acuerdos comerciales.

Sin el respaldo financiero que había dado por seguro, el nuevo proyecto de Hanzhi quedó paralizado.

Varios inversores solicitaron explicaciones.

El banco detuvo la operación.

Y las empresas que habían confiado en la participación de mi familia comenzaron a revisar sus compromisos.

No ocurrió todo en un día.

Durante semanas, hubo reuniones, requerimientos legales y negociaciones interminables.

Mi marido intentó llamarme más de cien veces.

Al principio estaba furioso.

Después se mostró razonable.

Finalmente comenzó a suplicar.

«Jiaojiao, tenemos que hablar».

«No puedes permitir que diez años terminen así».

«Moli no significa nada para mí».

«He cometido un error, pero sigo siendo tu marido».

Nunca contesté.

Las comunicaciones necesarias se realizaron a través de nuestros abogados.

También cumplí con mi responsabilidad por lo ocurrido en el camerino. Me puse a disposición de las autoridades y asumí los gastos médicos acreditados de Moli, sin exigirle que retirara ninguna declaración.

No tenía intención de convertirme en alguien como ellos para demostrar que habían actuado mal.

Una tarde, Elena vino a visitarme.

Traía una caja de pasteles de la confitería que frecuentábamos cuando éramos estudiantes.

Me encontró en el jardín, leyendo junto a una fuente.

—Tengo noticias —anunció.

—¿De Hanzhi?

—De Moli.

Cerré el libro.

—¿Qué ha pasado?

—Su abogado la ha ayudado a retirar su participación del proyecto mientras se aclara la investigación. Al parecer, está colaborando con las autoridades y ha entregado varios mensajes importantes.

Asentí.

—Es lo más sensato que podía hacer.

Elena me observó con curiosidad.

—¿No quieres saber si siguen juntos?

Miré las flores del jardín.

—No.

Y me sorprendió descubrir que era verdad.

Un mes atrás, la sola idea de imaginar a mi marido con otra mujer me habría destrozado.

Ahora, lo que hicieran juntos o separados ya no alteraba ninguna de mis decisiones.

Elena sonrió suavemente.

—Has cambiado.

—No. Creo que estoy recordando quién era.

9. El último intento de Fu Hanzhi

Tres meses después del aniversario, Hanzhi pidió verme una última vez.

Su abogado explicó que quería hablar conmigo antes de firmar el acuerdo de divorcio que habíamos negociado.

Acepté recibirlo en una sala de reuniones del grupo Shen.

Cuando entró, tardé un momento en reconocerlo.

Había adelgazado.

Llevaba un traje oscuro que parecía quedarle demasiado grande.

Sus ojos tenían unas sombras profundas.

Se sentó frente a mí y guardó silencio.

Finalmente sacó una pequeña caja del bolsillo.

La abrió.

Dentro estaba nuestro anillo de bodas.

—Lo llevabas puesto cuando nos casamos —dijo—. ¿Te acuerdas?

Miré el anillo.

Claro que me acordaba.

Había sido él quien insistió en escogerlo.

Decía que quería algo sencillo porque no necesitábamos demostrar nuestro amor a nadie.

—Lo recuerdo.

Hanzhi respiró hondo.

—He dejado a Moli.

No contesté.

—Nunca debí acercarme a ella. Me halagaba que alguien tan joven me admirara. Me hacía sentir importante.

Sus dedos se cerraron alrededor de la caja.

—Contigo siempre sentía que tenía que demostrar algo. Tu familia, tus contactos, tu apellido… Todos pensaban que mi éxito se debía a los Shen.

Lo escuché sin interrumpir.

—Quería construir algo que fuera solamente mío. Algo que me permitiera mirarte y saber que ya no te necesitaba.

Aquella frase terminó de explicar lo que durante meses había intentado comprender.

Mi marido no me había traicionado porque yo no fuera suficiente.

Me había traicionado porque no soportaba reconocer cuánto habíamos conseguido juntos.

—Hanzhi, tu empresa era tuya. Tus ideas también. Yo nunca intenté quitarte ningún mérito.

Él bajó la cabeza.

—Lo sé ahora.

—Pero necesitabas convertir mi ayuda en una humillación para poder despreciarme sin sentirte culpable.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿De verdad no podemos empezar otra vez?

Miré el anillo.

Después levanté la vista hacia él.

—¿Sabes qué fue lo peor de aquella noche?

—Lo del sello —murmuró.

Negué con la cabeza.

—No. Fue que, cuando entraste en el camerino, me viste herida y humillada. Y antes de preguntar qué había ocurrido, corriste a protegerla a ella.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

—Lo siento.

—Yo también. Siento haber tardado tanto en darme cuenta de lo que estaba pasando.

Hanzhi extendió una mano sobre la mesa.

No la tomé.

—Antes de casarnos —continué—, me prometiste que seríamos compañeros. Que cuando uno estuviera en dificultades, el otro no lo abandonaría.

Él asintió desesperadamente.

—Y lo decía de corazón.

—Yo también. Por eso te ayudé cuando tu empresa estaba al borde del cierre. Por eso confié en tus proyectos. Por eso pensé que diez años de matrimonio significaban que podíamos superar cualquier problema.

Guardé silencio un instante.

—Pero ser compañeros no significa que uno pueda utilizar al otro y esperar que siga allí para siempre.

Hanzhi comenzó a sollozar.

—Te quiero, Jiaojiao.

Lo miré por última vez con los ojos del pasado.

Busqué al joven que me esperaba bajo la lluvia.

Al muchacho nervioso que pidió permiso a mi padre para casarse conmigo.

Al hombre que me abrazaba por las noches y decía que envejeceríamos juntos.

Durante un momento creí verlo.

Pero después recordé la flor de jazmín sobre su pecho.

La sonrisa de Moli.

Su voz diciéndome que no exagerara.

Y su firma al pie de una operación que pretendía comprometer mi patrimonio sin mi permiso.

—Tal vez —respondí—. Pero hace mucho tiempo que dejaste de tratarme como a alguien a quien quieres.

Empujé suavemente la caja hacia él.

—Quédate con el anillo.

Hanzhi miró el documento de divorcio que tenía delante.

Finalmente tomó el bolígrafo.

Y firmó.

10. La mujer del espejo

Seis meses después, el divorcio quedó formalizado.

La investigación sobre los documentos financieros seguía su curso, con sus propias pruebas y procedimientos. Yo ya había recuperado el control de mis participaciones y había regresado a la dirección estratégica de varios proyectos familiares.

No porque necesitara demostrarle nada a Hanzhi.

Sino porque había echado de menos aquella parte de mi vida.

El día de mi cumpleaños, mis amigas organizaron una pequeña cena en casa.

Sin periodistas.

Sin invitados importantes.

Sin discursos.

Solo las personas que realmente querían estar conmigo.

Elena apareció con una caja enorme envuelta en papel dorado.

—Tenemos un regalo especial.

La abrí.

Dentro había un espejo antiguo, restaurado, con un marco de madera tallada.

Reconocí inmediatamente el objeto.

Había pertenecido a mi abuela.

Cuando era niña, solía sentarme frente a él mientras ella me peinaba.

Mi abuela siempre repetía la misma frase:

«Jiaojiao, nunca permitas que otra persona decida cuánto vales».

Pasé los dedos por la madera.

—Creí que se había perdido.

—Tu padre lo encontró en un almacén —explicó Elena—. Quería que lo tuvieras.

Me acerqué al espejo.

Durante un instante recordé otro reflejo.

El de aquella mujer con cuatro palabras grotescas estampadas en el rostro.

La mujer que se miró a sí misma y, por primera vez en diez años, comprendió hasta qué punto había permitido que su marido cambiara la manera en que los demás la trataban.

Ahora no quedaba ni rastro del sello.

Pero sí la lección.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de un número que no había conseguido bloquear porque pertenecía a una línea nueva.

«Feliz cumpleaños, Jiaojiao. Ojalá pudiera volver atrás y hacer las cosas de otra manera. Hanzhi».

Lo leí una sola vez.

Después lo borré.

Elena se acercó con dos copas de champán.

—¿Buenas noticias?

Sonreí y acepté una.

—Las mejores.

—¿Qué ha pasado?

Miré nuevamente mi reflejo.

—Por fin he dejado de esperar una disculpa que cambie lo ocurrido.

Elena alzó su copa.

—Entonces brindemos por ti.

Nuestras copas chocaron suavemente.

Afuera, las luces del jardín iluminaban los árboles que mi madre había plantado años atrás.

Respiré profundamente.

Durante mucho tiempo había creído que perder a Fu Hanzhi significaría perder la vida que habíamos construido juntos.

Pero aquella noche comprendí algo muy distinto.

No había perdido diez años.

Había amado, confiado, aprendido y cometido errores.

Había compartido momentos hermosos con una persona que terminó convirtiéndose en alguien a quien ya no podía reconocer.

Nada de aquello hacía que mi amor hubiera sido falso.

Pero tampoco me obligaba a quedarme atrapada en él.

Volví a mirar el espejo.

Y sonreí.

En nuestro décimo aniversario, mi marido había permitido que otra mujer me estampara en la cara un sello para demostrar que podía humillarme sin consecuencias.

Había creído que aquella marca me recordaría durante un mes cuál era mi lugar.

Se equivocó.

La tinta desapareció de mi piel.

Él desapareció de mi vida.

Y yo, después de diez años, volví a reconocer a la mujer que tenía delante.

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EL DÍA QUE MI ESPOSO ME CASTIGÓ POR SU AMANTE, NO SABÍA QUE SOLO ME QUEDABAN SIETE DÍAS EN SU MUNDO

PARTE 2 El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el golpeteo de la lluvia contra las ventanas. Alexander permaneció inmóvil. —Eso es imposible —murmuró….

MI MARIDO SE FUE A CANADÁ POR OCHO AÑOS. TRES DÍAS DESPUÉS, VACIÉ NUESTRA CUENTA Y LE ENVIÉ UN MENSAJE QUE LO HIZO REGRESAR

PARTE 2 La firma que nunca puse Me quedé inmóvil frente a la puerta. —¿Qué operación bancaria? Margaret miró hacia el ascensor, como si temiera que alguien…

EL DÍA QUE SUPE QUE ESTABA EMBARAZADA, MI MARIDO MÉDICO ME ABANDONÓ EN URGENCIAS… Y EN MI CUMPLEAÑOS DESCUBRÍ A QUIÉN LE HABÍA COMPRADO EL REGALO

PARTE 2 La confesión delante de todos Durante varios segundos no se oyó absolutamente nada. Ni los cubiertos. Ni las conversaciones del restaurante. Ni siquiera la música…

MI HIJO SE CASÓ A ESCONDIDAS Y ME ENTERÉ POR UN VIDEO. NO LE RECLAMÉ NADA, APAGUÉ EL TELÉFONO Y ME FUI DE VIAJE… PERO AL VOLVER, MI CONSUEGRA ESTABA DESESPERADA

PARTE 2 LA CASA QUE MI HIJO HABÍA PROMETIDO SIN MI PERMISO Durante unos segundos no contesté. Al otro lado de la línea, Patricia respiraba con dificultad,…

MI MARIDO Y MI HIJA CELEBRARON EL CUMPLEAÑOS DE OTRA MUJER Y OLVIDARON EL MÍO. UN MES DESPUÉS, REGRESÉ A CASA… PERO YA NO ERA LA MISMA.

PARTE 2 El mensaje de Claire Nathan salió de la habitación después de insistir una vez más en que debía asistir a la actividad de Lily. No…

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