PARTE 2
Durante varios segundos, me limité a contemplar la pantalla del teléfono.
La firma se parecía muchísimo a la mía.
Tenía la misma inclinación, el mismo trazo alargado de la última letra y hasta aquel pequeño gancho que Clara Vega acostumbraba a dibujar al terminar su apellido.
Pero había un problema.
Yo había revisado el contrato original aquella misma tarde, después de discutir con Patricia.
En ninguna de las páginas que me habían entregado aparecía semejante cláusula.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté.
Sofía tragó saliva.
—Nos dieron un documento con las escenas previstas. Dijeron que era para ayudarnos a sentirnos cómodos delante de las cámaras. Yo pensé que todos lo tenían.
—¿También Adrián?
—Adrián participó en una reunión con el director antes de que llegáramos los demás.
Aquello encajaba demasiado bien.
En la novela original, Adrián siempre encontraba la ocasión perfecta para demostrar su bondad y Clara siempre reaccionaba de la peor manera posible.
Yo había supuesto que el autor simplemente había escrito una protagonista secundaria estúpida.
Ahora empezaba a sospechar que la estupidez de Clara había sido cuidadosamente fabricada.
—Envíame las fotografías —le dije—. Todas, sin recortar nada.
Sofía dudó.
—¿Pueden expulsarme por hacerlo?
—No puedo prometerte que no intenten tomar represalias. Pero sí puedo decirte algo: guardar pruebas de lo que te están pidiendo es mucho más seguro que enfrentarte a ellos sin ninguna.
Se sentó en el borde de mi cama.
—Tengo miedo.
Por primera vez desde que había llegado a aquel mundo, dejé de pensar en la historia como una novela.
Sofía tenía veintitrés años, un préstamo universitario pendiente y una madre que trabajaba limpiando oficinas. Había aceptado entrar al programa porque la productora le había prometido contactos profesionales y una remuneración suficiente para aliviar sus deudas.
No quería enamorarse de Adrián.
Quería trabajar en televisión.
Y alguien había decidido convertir su necesidad de dinero en una personalidad televisiva.
—¿Quieres seguir participando? —le pregunté.
Sofía reflexionó antes de responder.
—Quiero que mi madre pueda verme en televisión sin sentir vergüenza.
No era una respuesta sencilla.
Pero era una buena razón para luchar.
A la mañana siguiente, el programa organizó una actividad llamada «Desayuno con amor».
Los hombres debían preparar comida para la mujer que más les interesaba.
En la trama original, Clara despreciaba un sencillo sándwich, exigía un filete y terminaba humillando a Adrián, quien entregaba su desayuno a Sofía como muestra de ternura.
Pero aquella mañana no había ningún filete preparado.
Solo un presupuesto de veinte unidades monetarias por persona, huevos, pan, verduras y algo de beicon.
Adrián llevaba varios minutos intentando cortar un pepino.
Sus rodajas tenían tamaños tan diferentes que parecían pertenecer a distintas verduras.
—Adrián —lo llamé.
—¿Qué quieres ahora?
—Baja la punta del cuchillo antes de cortarte un dedo.
—Sé cocinar.
—No lo dudo. Pero el pepino parece estar pasando un mal momento.
Lucía soltó una carcajada.
El profesor de primaria, Mateo, que estaba preparando huevos revueltos, bajó la cabeza para esconder su sonrisa.
Adrián dejó el cuchillo sobre la encimera.
—No entiendo por qué necesitas criticar todo lo que hago.
—No te estoy criticando. Te estoy ofreciendo una tabla de cortar más estable.
El director, desde su monitor, debió comprender que el enfrentamiento planeado no estaba funcionando.
Por el auricular llegó una nueva orden.
—Clara, comenta que el desayuno de Adrián es demasiado sencillo.
Miré su plato.
Tenía pan, huevo y medio pepino mutilado.
—Parece un desayuno perfectamente razonable.
—Necesitamos una opinión más fuerte.
—El pepino está cortado de forma irregular.
—¡Clara!
—¿Qué? Es una opinión fuerte y verificable.
Mateo dejó escapar una risa involuntaria.
Adrián me miró con odio.
Yo consulté la lista de ingredientes y pregunté en voz alta:
—Por cierto, ¿quién paga si alguien supera el presupuesto?
El director no contestó.
—¿Se descuenta de nuestra remuneración o lo cubre la productora?
Mateo levantó la mano con una sartén.
—Entonces, ¿puedo utilizar el beicon?
—Sí, Mateo. Con lo que has cogido sigues dentro del presupuesto.
—Ah, estupendo.
Adrián golpeó la encimera con la palma.
—¡Son las ocho de la mañana! ¿No puedes dejar de hablar de dinero?
Consulté mi reloj.
—¿Prefieres que lo hablemos a las nueve?
Lucía tuvo que salir de la cocina para recuperar la compostura.
Por primera vez, los otros concursantes estaban dejando de tratarme como a una mujer peligrosa.
Y eso era precisamente lo que la productora no podía permitirse.
A mediodía nos convocaron para una actividad de parejas.
En el jardín habían colocado seis sobres sobre una mesa. Cada uno contenía una misión secreta que supuestamente ayudaría a los participantes a conocerse mejor.
A mí me entregaron uno con mi nombre.
Lo abrí.
«Consigue que tu pareja te compre un regalo de valor superior a 300 euros sin pedírselo directamente».
Levanté la vista.
—¿Qué tiene esto que ver con conocernos?
Una asistente sonrió con nerviosismo.
—Es una dinámica para descubrir cuánto está dispuesto a invertir alguien en otra persona.
—¿Invertir emocionalmente o económicamente?
—Bueno… ambas cosas.
Me volví hacia las cámaras.
—Si el objetivo es conocer nuestros valores, propongo que hablemos de ellos. No que manipulemos a alguien para conseguir un regalo.
El director apareció desde detrás de los focos.
Era un hombre de unos cuarenta años, siempre vestido de negro, con expresión de estar calculando cuánto costaba cada minuto de grabación.
—Clara, necesito hablar contigo.
Me llevó a una habitación auxiliar.
Patricia estaba esperándonos.
Sobre la mesa había una carpeta negra.
Reconocí inmediatamente el logotipo de la productora.
—Te hemos dado mucha libertad —empezó Patricia—. Pero estás perjudicando el ritmo del programa.
—No sabía que comprobar presupuestos fuera tan perjudicial.
—No se trata de presupuestos. Se trata de tu actitud.
El director abrió la carpeta.
—Hay una diferencia entre interpretar tu personaje y sabotear un proyecto profesional.
Miré el documento que acababa de colocar frente a mí.
Era una copia de mi contrato.
O eso pretendía ser.
En la última página aparecía el mismo anexo fotografiado por Sofía.
La cláusula establecía una penalización de 250.000 euros si mis actuaciones impedían desarrollar la línea narrativa acordada con la productora.
Señalé la firma.
—Esta página no estaba en la documentación que me entregaron.
Patricia ni siquiera parpadeó.
—Es un anexo del contrato.
—¿Dónde está el registro de entrega?
—¿Perdona?
—El justificante de que recibí el anexo, la fecha de incorporación y el documento de aceptación.
El director se cruzó de brazos.
—Estás haciendo esto demasiado complicado.
—Es curioso. Cada vez que pregunto por un documento, alguien me acusa de complicar las cosas.
Patricia apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Escúchame bien. No necesitamos que seas simpática. Necesitamos que seas interesante.
—Soy interesante. Llevamos dos días hablando de mí.
—Necesitamos que te comportes como la Clara que aceptamos en el casting.
La observé durante un instante.
—¿Y cómo era esa Clara?
Patricia vaciló.
—Competitiva. Impulsiva. Acostumbrada a conseguir lo que quiere.
—¿O acostumbrada a que editasen sus palabras hasta que pareciera así?
Por primera vez, el director apartó los ojos.
Aproveché el silencio.
—Quiero una copia completa del contrato, incluidos sus anexos, y una explicación por escrito de cualquier posible penalización. También quiero que conservéis las grabaciones originales de las escenas en las que he participado.
Patricia sonrió con frialdad.
—Te estás buscando un problema muy serio.
—Lo sé —respondí—. Por eso estoy tomando notas.
Al salir, encontré a Mateo sentado junto a la piscina.
Tenía dos tazas de café.
Me ofreció una.
—He supuesto que necesitarías esto.
—¿El café?
—O una coartada.
Acepté la taza.
Mateo era el concursante que menos atención había recibido hasta entonces. Enseñaba en una escuela pública, hablaba poco y tenía la costumbre de escuchar las respuestas antes de formular una segunda pregunta.
En un programa donde todos intentaban parecer extraordinarios, aquella normalidad resultaba desconcertante.
—¿Has tenido problemas con la productora? —preguntó.
—Digamos que no compartimos la misma definición de entretenimiento.
Mateo miró hacia la casa.
—Ayer me pidieron que dijera que Sofía era demasiado inmadura para mí.
Lo miré.
—¿Y qué respondiste?
—Que apenas la conozco. Y que tampoco considero que ser joven convierta a nadie en inmaduro.
Sonreí.
—Eso debió disgustarles.
—Bastante. Me pidieron repetir la entrevista tres veces.
Bebió un sorbo de café.
—También me dijeron que intentara conquistarte porque sería divertido ver a un profesor humilde rechazado por una mujer rica.
Dejé la taza sobre la mesa.
—¿Y por qué estás hablando conmigo?
Mateo se encogió de hombros.
—Porque me caes bien.
Lo estudié con desconfianza.
—¿Eso estaba en tus instrucciones?
—No. De hecho, creo que es lo único que no estaba.
Me reí.
Fue una risa pequeña, inesperada.
Y por unos segundos olvidé que había cámaras grabándonos desde el otro lado del jardín.
Aquella tarde, Sofía apareció con un nuevo problema.
Había recibido un mensaje de una coordinadora.
Debía aceptar una cita privada con Adrián y confesar ante las cámaras que empezaba a enamorarse de él.
—Pero no estoy enamorada —dijo.
—Entonces no lo digas.
—Me han explicado que los patrocinadores esperan una pareja estable. Y que, si me niego, pueden cancelar mis futuras oportunidades.
Le pedí que me enseñara el mensaje.
Lo leí dos veces.
Después le pregunté:
—¿Sabes que una de las empresas relacionadas con Adrián patrocina el programa?
Sofía asintió lentamente.
—Él me dijo que quería ayudarme a entrar en el sector audiovisual.
—¿Te ha ofrecido un trabajo?
—Me prometió presentarme a unos productores.
—¿Hay algo firmado?
Negó con la cabeza.
No necesité decir nada más.
Sofía se sentó junto a mí.
—Clara, ¿por qué me estás ayudando? Se supone que somos rivales.
La pregunta me tomó por sorpresa.
Recordé las páginas de la novela.
La antigua Clara odiaba a Sofía porque Adrián la prefería. La nueva Clara, en cambio, podía ver algo que el relato original nunca había querido mostrar.
Sofía no había robado nada.
Habían colocado a dos mujeres en lados opuestos de un conflicto que beneficiaba a un hombre y a un programa de televisión.
—Porque no quiero competir por alguien que nos trata como personajes secundarios de su propia historia.
Sofía sonrió.
Después bajó la voz.
—Hay algo que aún no te he contado.
Me mostró otra conversación.
El remitente aparecía guardado como «Adrián».
El mensaje decía:
«No te preocupes por Clara. Patricia tiene todo controlado. Cuando emitan los primeros episodios, nadie creerá su versión».
Sentí un frío desagradable en el estómago.
Debajo había otro mensaje.
«Lo importante es que mantengas tu imagen. Si llora, déjala. Cuanto más agresiva parezca ella, más te apoyará el público».
Miré a Sofía.
—¿Por qué conservaste esto?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque pensé que, si algún día intentaban hacerme lo mismo, necesitaría demostrar lo que había pasado.
Aquello cambió mi opinión sobre ella por completo.
Sofía no era ingenua.
Era una mujer asustada que había empezado a aprender a defenderse.
El tercer día grabamos la primera ceremonia de elección.
Los hombres debían entregar una rosa a la mujer con la que deseaban tener una cita.
Las seis personas nos reunimos bajo una pérgola adornada con luces.
Adrián fue el primero.
Sostenía una rosa blanca.
Se acercó a Sofía.
—Desde el primer momento sentí que necesitabas alguien que te cuidara.
Las cámaras giraron hacia ella.
Sofía respiró profundamente.
—Gracias, Adrián. Pero prefiero que me conozcas antes de decidir qué necesito.
El silencio fue inmediato.
Adrián sostuvo la sonrisa con dificultad.
—Solo quería ser amable.
—Lo sé. Pero puedo cuidar de mí misma.
Desde detrás de las cámaras, el director hizo una señal desesperada.
Era evidente que aquel diálogo no figuraba en sus planes.
Adrián le entregó la rosa.
Sofía la aceptó sin prometerle nada.
Después llegó el turno de Mateo.
Se acercó a mí con una rosa amarilla.
—Clara, me gustaría invitarte a una cita.
—¿Por qué?
—Porque cuando todos estaban pendientes de parecer buenas personas, tú fuiste la única que preguntó si las reglas eran justas.
Sentí algo extraño en el pecho.
—Eso no es muy romántico.
—Soy profesor de primaria. Mi idea del romance incluye que nadie tenga que pasar vergüenza para que otro se sienta importante.
Lo miré a los ojos.
—¿Y cuál sería nuestra cita?
—Podemos ir a tomar café. Cada uno paga el suyo.
No pude evitar reírme.
—Acepto.
Fue entonces cuando Adrián perdió la paciencia.
—Veo que has encontrado a alguien dispuesto a soportar tus obsesiones.
Mateo volvió la cabeza.
—No tengo ningún problema con que Clara sepa administrar su dinero.
—No estaba hablando contigo.
—Pero acabas de hablar de mí.
El director ordenó un descanso.
Adrián dejó la rosa que aún sostenía y se marchó.
Y yo comprendí que habíamos llegado a un punto peligroso.
Mientras Adrián pudiera fingir amabilidad, la productora lograría protegerlo.
Pero cuanto más se enfadaba, más difícil le resultaba mantener el personaje.
La primera emisión del programa estaba prevista para el viernes.
Hasta ese momento, todo el material permanecía bajo control de la productora.
El jueves por la noche, Patricia reunió a los concursantes en el salón.
—Mañana tendremos una emisión especial con comentarios del público. Queremos que todos estéis preparados.
Nos explicó que mostrarían fragmentos de las primeras grabaciones y que los espectadores votarían a sus parejas favoritas.
Adrián parecía extraordinariamente tranquilo.
Sofía, en cambio, me envió un mensaje desde el otro extremo del sofá.
«Acaban de pedirme que diga que me humillaste durante la cena».
Levanté los ojos.
Ella no se atrevía a mirarme.
Respondí:
«¿Has aceptado?»
«No».
Un minuto después llegó otro mensaje.
«Patricia dice que tienen pruebas de que tú me insultaste».
Aquello era más preocupante.
No porque la hubiese insultado.
Sino porque sabía lo fácil que resultaba montar una escena falsa utilizando tomas cortadas.
Una mirada podía convertirse en desprecio.
Un silencio, en culpabilidad.
Y una frase pronunciada en otro contexto podía parecer una confesión.
Al terminar la reunión, me acerqué a Patricia.
—Quiero ver las imágenes que se emitirán sobre mí.
—No tienes derecho a aprobar el montaje.
—No te he pedido aprobarlo. Te estoy solicitando acceso a mis datos y a las escenas que, según afirmáis, demuestran un comportamiento mío.
Patricia me dedicó una sonrisa.
—Clara, tienes que comprender algo. La audiencia no se interesa por mujeres que explican contratos. Se interesa por mujeres que sienten.
—Qué curioso —contesté—. Yo siento una enorme curiosidad por saber quién falsificó mi firma.
Su rostro cambió.
Solo durante un instante.
Pero fue suficiente.
Esa misma noche llamé a una abogada.
No era necesario ser jurista para detectar las irregularidades de aquel contrato, pero sí para decidir cómo actuar sin poner a Sofía ni a los demás concursantes en riesgo.
Le envié los documentos que tenía derecho a compartir, las fotografías de las versiones contractuales y una descripción de lo ocurrido.
La abogada, Elena Torres, me llamó después de revisarlos.
—Clara, no puedo concluir que la firma esté falsificada sin examinar los originales. Pero hay diferencias importantes entre las versiones del contrato.
—¿Y la penalización?
—No basta con escribir una cantidad en un papel para poder exigirla. Habría que analizar si la cláusula es válida, cómo se incorporó al acuerdo y qué conducta concreta pretende sancionar.
—¿Qué me recomiendas?
—No firmes nada más. Conserva las comunicaciones y solicita por escrito la documentación completa. Tampoco difundas archivos confidenciales sin que los revisemos antes.
Aquella conversación me devolvió algo que casi había perdido desde que desperté dentro de la novela.
La sensación de que podía tomar decisiones sin limitarme a reaccionar.
—Hay otra cuestión —añadió Elena—. Si el montaje presenta hechos falsos y perjudiciales sobre ti, estudiaremos las medidas oportunas. Pero necesitamos saber exactamente qué van a emitir.
Miré el reloj.
Faltaban menos de veinticuatro horas.
El viernes, a las ocho de la noche, comenzó la emisión especial.
Nos sentaron frente a una pantalla gigante.
El programa había reunido a varios comentaristas y preparado un sistema para mostrar mensajes de los espectadores en directo.
Patricia estaba sentada junto al director.
Adrián ocupaba el centro del sofá.
Yo estaba entre Lucía y Mateo.
Se apagaron las luces.
Apareció el título del programa.
Y empezó el montaje.
Primero mostraron a Adrián ayudando a Sofía a bajar del vehículo.
Después, una escena en la que él le ofrecía agua.
Luego, la cena del primer día.
Escuché mi propia voz:
—Entonces pagamos entre todos.
La imagen cambió bruscamente.
Apareció Sofía bajando la cabeza.
Una música dramática llenó el estudio.
La voz del narrador anunció:
«La primera noche estuvo marcada por la tensión. ¿Será capaz Clara de aceptar la conexión que está naciendo entre Adrián y Sofía?».
Sentí que Lucía se removía a mi lado.
En pantalla apareció otro fragmento.
Adrián decía:
—Clara no necesita ese dinero.
Después mostraron mi respuesta:
—No voy a pagar.
El problema era que yo jamás había pronunciado aquella frase de esa manera en la cena.
Era un fragmento de mi conversación posterior con Patricia, cuando había dicho que no pagaría los gastos personales de otros concursantes.
Lo habían colocado allí para hacer parecer que me negaba a ayudar a Sofía.
Los comentarios comenzaron a multiplicarse.
«Qué desagradable».
«La pobre Sofía».
«Adrián es demasiado bueno para aguantar esto».
Y entonces apareció el fragmento decisivo.
Sofía miraba hacia abajo, con lágrimas en los ojos.
El narrador decía:
«Una joven humillada por la arrogancia de quien cree que el dinero puede comprarlo todo».
Me quedé completamente quieta.
Aquellas lágrimas eran de la noche en que Sofía había acudido a mi habitación.
Estaba llorando por miedo a las penalizaciones contractuales.
No por mí.
Adrián bajó la mirada, simulando tristeza.
Patricia sonrió discretamente.
La novela estaba intentando recuperar su argumento original.
Cuando terminó el vídeo, el presentador se volvió hacia mí.
—Clara, las redes están reaccionando con mucha dureza. ¿Te arrepientes de tu comportamiento?
Habíamos acordado responder por turnos.
En mi auricular sonó la voz del director.
—Pide disculpas. Ahora.
Tomé el micrófono.
—Me arrepentiría si hubiera hecho daño a Sofía.
El presentador asintió, creyendo que había conseguido la confesión que buscaba.
Continué:
—Pero el vídeo que acabamos de ver no muestra lo que ocurrió.
El director empezó a gesticular detrás de una cámara.
—¿Estás diciendo que el programa ha manipulado las imágenes? —preguntó el presentador.
—Estoy diciendo que la frase «no voy a pagar» pertenece a otra conversación. Y que las lágrimas de Sofía se grabaron horas después de la cena.
El estudio quedó en silencio.
Adrián intervino.
—Clara, no hace falta que intentes justificarlo todo.
Lo miré.
—¿Me dejarías terminar?
Él sonrió con condescendencia.
—Por supuesto. Solo creo que deberías mostrar algo de empatía.
—Entonces empecemos por Sofía.
Me volví hacia ella.
—Sofía, ¿lloraste aquella noche porque yo me negara a pagar tu cena?
Vi que sus manos temblaban.
Patricia hizo una señal desde la zona de producción.
Sofía la vio.
Durante un segundo pensé que no sería capaz de responder.
Entonces levantó el micrófono.
—No.
Un murmullo recorrió el estudio.
—¿Puedes explicarlo? —preguntó el presentador.
Sofía respiró hondo.
—Lloré porque tenía miedo de que me expulsaran del programa por no seguir las instrucciones de producción.
Adrián se inclinó hacia ella.
—Sofía, estás nerviosa. Quizá deberías descansar.
Ella se apartó.
—No necesito descansar, Adrián. Necesito terminar de hablar.
Fue la primera vez que lo vi completamente descolocado.
Sofía continuó:
—Clara no me humilló. Fue la única persona que me explicó que tenía derecho a pagar mis propias cosas y a expresar lo que quería.
En las pantallas comenzaron a aparecer mensajes diferentes.
«¿Cómo que instrucciones?».
«¿Han cambiado el contexto?».
«Dejad hablar a Sofía».
El director hizo una señal para cortar la transmisión.
Pero el presentador, que también tenía su reputación en juego, formuló una última pregunta:
—¿Estás diciendo que alguien te indicó cómo debías actuar con Adrián?
Sofía asintió.
—Sí.
Las luces del estudio cambiaron.
Y entramos en publicidad.
Durante la pausa, Patricia se abalanzó sobre nosotras.
—¿Tenéis idea de lo que acabáis de hacer?
Sofía estaba pálida.
Yo me interpuse ligeramente.
—Responder a una pregunta.
—Habéis incumplido vuestro contrato.
—Entonces envía la reclamación por escrito —contesté—. Mi abogada se encargará de revisarla.
Patricia me miró con una furia difícil de disimular.
—¿Crees que tu dinero puede solucionar cualquier cosa?
—No. Precisamente por eso estoy utilizando documentos y asesoramiento profesional.
Adrián se acercó.
Ya no intentaba parecer encantador.
—Te estás cargando las oportunidades de Sofía solo para vengarte de mí.
Antes de que pudiera responder, Sofía habló.
—Mis oportunidades no dependen de que finja estar enamorada de ti.
Adrián se quedó inmóvil.
—Yo iba a ayudarte.
—Me prometiste contactos profesionales a cambio de seguir el juego. Pero nunca me ofreciste nada concreto.
—Estás confundida.
—No —respondió ella—. Por primera vez, lo tengo bastante claro.
El silencio fue tan profundo que escuché al técnico de sonido dejar unos auriculares sobre la mesa.
Patricia recibió una llamada.
Miró la pantalla y se apartó.
Poco después, el director anunció que la emisión especial terminaría antes de lo previsto.
No habría ceremonia final.
Ni votación.
Ni entrevistas adicionales.
La productora se limitaría a publicar un comunicado.
Adrián abandonó el estudio sin despedirse.
Las consecuencias no fueron inmediatas ni sencillas.
La productora negó haber falsificado documentos o manipulado deliberadamente el programa. Alegó que las escenas se habían editado siguiendo criterios narrativos habituales.
Mi abogada presentó una reclamación formal, solicitó la conservación del material original y cuestionó las diferencias entre las versiones del contrato.
Sofía aportó sus mensajes y documentos a su propia asesora legal.
Otros concursantes también pidieron revisar sus contratos.
Mateo explicó que le habían solicitado opiniones que nunca había tenido.
Lucía confirmó que varias de sus frases habían sido presentadas fuera de contexto.
La plataforma decidió suspender la publicación de nuevos episodios mientras revisaba lo sucedido.
Semanas después, la productora anunció una investigación externa y retiró los fragmentos cuestionados. Más adelante alcanzamos un acuerdo que anuló cualquier reclamación económica contra mí, permitió mi salida del programa y estableció condiciones de confidencialidad sobre determinados documentos.
No todo quedó aclarado públicamente.
La autoría de la firma cuestionada nunca llegó a demostrarse de forma concluyente.
Y me negué a convertir una sospecha en una acusación definitiva.
Pero sí conseguí algo que la Clara de la novela original nunca había logrado.
Salir del programa sin cargar con una culpa fabricada.
Sofía también pudo marcharse sin pagar la penalización que tanto temía.
Con el tiempo consiguió un puesto de producción en una pequeña empresa audiovisual, lejos de Adrián y de sus promesas.
El día que firmó su primer contrato laboral, me envió una fotografía.
Debajo escribió:
«Esta vez he leído todas las páginas».
Me eché a reír.
Tres meses después, Mateo me invitó a cenar.
No había cámaras.
No había director.
Tampoco un equipo esperando que alguien perdiera los nervios.
Solo un restaurante pequeño, una mesa junto a la ventana y un hombre que parecía ligeramente nervioso.
—Tengo que confesarte algo —dijo cuando trajeron el postre.
Dejé la cucharilla.
—Eso suena peligroso.
—He reservado el restaurante sin consultar primero los precios contigo.
Lo observé con fingida severidad.
—Una conducta temeraria.
—Lo sé. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias.
El camarero dejó la cuenta sobre la mesa.
Mateo se apresuró a cogerla.
—Te he invitado yo.
—Eso parece.
—Y quiero pagar.
—Estás en tu derecho.
Me miró, desconcertado.
—¿No vamos a discutir?
—Mateo, nunca he tenido ningún problema con que alguien invite a cenar a otra persona. Mi problema es que alguien obligue a un tercero a pagar una invitación que no ha hecho.
Se quedó pensativo.
—Tiene sentido.
Sonreí.
—Normalmente lo tiene.
Pagó la cuenta.
Después sacó del bolsillo una pequeña caja.
Mi corazón dio un vuelco.
—No te asustes —dijo rápidamente—. No es un anillo.
La abrió.
Dentro había un llavero diminuto, con forma de calculadora.
En la parte trasera habían grabado unas palabras:
«El amor no se demuestra con una factura».
Me quedé mirándolo.
Mateo carraspeó.
—Pensé que te haría gracia.
—Es espantoso.
Su sonrisa se desvaneció.
Le tendí la mano.
—Y me encanta.
Mateo empezó a reírse.
Me tomó los dedos con una delicadeza que no tenía nada que ver con las demostraciones exageradas de Adrián.
—Clara, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Depende. ¿Tiene implicaciones financieras?
—Ninguna.
—Adelante.
—¿Te gustaría seguir saliendo conmigo?
Lo miré.
En la novela original, Clara terminaba sola y humillada, mientras Adrián y Sofía recibían millones de felicitaciones por su supuesta historia de amor.
Aquella era la conclusión que alguien había escrito para mí.
Una mujer rica, desagradable y condenada a ser odiada por todos.
Pero ahora estaba sentada frente a alguien que no necesitaba salvarme, exhibirme ni utilizarme para parecer mejor persona.
Solo quería conocerme.
—Sí —respondí—. Me gustaría mucho.
Mateo sonrió.
—Entonces, ¿tenemos una segunda cita?
—Tenemos una segunda cita.
—¿Y alguna condición?
Pensé unos segundos.
—Una sola.
—¿Cuál?
—Que nunca me pidas que sea menos inteligente para hacerte sentir más importante.
Su expresión se volvió seria.
—Clara, eso es precisamente lo que más me gusta de ti.
Me quedé callada.
Por alguna razón, aquellas palabras me emocionaron más que cualquier declaración romántica que hubiera escuchado durante el programa.
Aquella noche, al regresar a casa, encontré un sobre en mi buzón.
No tenía remitente.
Dentro había una fotografía de los seis concursantes tomada el primer día.
En el reverso alguien había escrito:
«Gracias por cambiar el final».
Reconocí la letra de Sofía.
Sonreí y coloqué la fotografía sobre mi escritorio.
Entonces recordé algo.
Cuando desperté dentro de aquella novela, conocía perfectamente el desenlace de todos los personajes.
Adrián terminaría convertido en una celebridad.
Sofía abandonaría sus sueños para convertirse en la novia ideal de alguien más.
Mateo desaparecería de la historia sin apenas dejar huella.
Y yo sería recordada como la villana.
Ninguno de aquellos finales había ocurrido.
Miré el pequeño llavero con forma de calculadora.
Había pasado tanto tiempo intentando escapar de la trama que apenas había reparado en lo más importante.
Ya no necesitaba saber qué sucedía en la siguiente página.
Podía escribirla yo misma.
Apagué la luz.
Y, por primera vez desde que llegué a aquel mundo, no tuve miedo del mañana.
Porque había aprendido algo que ningún guionista parecía comprender:
Una mujer no se convierte en villana por negarse a pagar las cuentas de los demás.
Y un hombre no se convierte en héroe simplemente porque encuentre a una mujer dispuesta a pagárselas.