PARTE 2
Me quedé mirando la fotografía durante casi un minuto.
Era un contrato de financiación.
Reconocí el nombre de Su Ying, el concesionario donde habíamos comprado su Mini Cooper y la fecha de adquisición.
Pero había otro detalle.
En el apartado correspondiente al segundo responsable del préstamo figuraba mi nombre completo.
Lin Yuan.
Junto a él aparecía una firma que pretendía ser la mía.
El problema era muy sencillo.
Yo nunca había firmado aquel documento.
Cuando compramos el coche, Su Ying insistió en que quería tenerlo exclusivamente a su nombre. Me pareció razonable. Ella sería la propietaria y yo, mientras estuviéramos juntos, pagaría las cuotas como una ayuda voluntaria.
Ahora estaba viendo un contrato que aparentemente me convertía en responsable de una deuda de la que no sabía nada.
La llamé.
Contestó al tercer tono.
—¿Ya estás dispuesto a hablar como una persona adulta? —preguntó.
—¿De dónde ha salido ese documento?
—¿Qué documento?
—El contrato del coche. La firma que aparece junto a mi nombre no es mía.
Hubo un silencio incómodo.
—No empieces con tus tonterías, Lin Yuan.
—No te he preguntado si son tonterías. Te he preguntado quién firmó.
—¡Lo hice para facilitarnos las cosas! ¡Éramos pareja!
Miré por la ventana de la oficina.
Abajo, los coches avanzaban lentamente entre los semáforos. Todo parecía seguir funcionando con normalidad, aunque acababa de descubrir que la mujer con la que había compartido tres años podía haber utilizado mi identidad sin permiso.
—Explícate.
Su Ying soltó un suspiro impaciente.
—El concesionario me dijo que con mis ingresos no aprobarían determinadas condiciones. Así que entregué tus datos. Tú ibas a pagarlo de todas formas. ¿Qué diferencia había?
—Una bastante importante: mi consentimiento.
—¡Siempre tienes que convertirlo todo en un problema!
Aquella frase me resultó familiar.
Durante tres años la había escuchado cada vez que me negaba a comprar algo demasiado caro.
La primera vez fue por un bolso.
La segunda, por unas vacaciones.
La tercera, cuando quiso cambiar un apartamento perfectamente aceptable por otro que costaba casi el doble.
Yo siempre terminaba cediendo para evitar una discusión.
Pero esta vez no.
—Su Ying, envíame una copia completa del contrato y de cualquier autorización que lleve mi nombre.
—¿Para qué?
—Para comprobar lo que han hecho.
—¿Vas a denunciarme? ¿Después de tres años?
No contesté inmediatamente.
Me molestaba que aquella fuera su primera preocupación. No parecía inquieta por haberme involucrado en una obligación sin consultarme. Lo único que quería saber era si habría consecuencias.
—Voy a averiguar qué ha pasado —respondí—. No volveré a aceptar una deuda simplemente porque tú digas que me corresponde.
Colgó.
Cinco minutos después recibí veintisiete mensajes.
No leí ninguno.
Fui directamente al departamento de recursos humanos y pedí unas horas libres para resolver un asunto financiero.
Después llamé a la entidad que figuraba en el contrato.
La primera sorpresa llegó aquella misma tarde.
El empleado que me atendió me explicó que el documento enviado por Su Ying no era suficiente para establecer que yo fuera responsable del préstamo.
Había que revisar el expediente original, las verificaciones de identidad y las autorizaciones.
Solicité formalmente esa revisión y dejé constancia de que no reconocía la firma.
Me facilitaron un número de incidencia y los pasos para impugnar cualquier compromiso que se hubiera atribuido indebidamente a mi nombre.
Por primera vez desde la ruptura sentí algo más profundo que alivio.
Sentí miedo.
No por perder a Su Ying, sino por descubrir hasta dónde había llegado mi costumbre de confiar sin hacer preguntas.
Cuando salí a la calle, Wang Lei me esperaba junto a su moto.
—¿Qué ha pasado? Me dijiste que era urgente.
Le enseñé la fotografía.
La examinó en silencio.
—Dime que esto no es lo que parece.
—Ojalá pudiera.
Wang Lei negó lentamente con la cabeza.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Sorpréndeme.
—Que llevamos dos años diciéndote que esa relación te estaba arruinando y tú siempre respondías lo mismo.
No hizo falta preguntarle qué decía yo.
Lo sabía perfectamente.
Ella está pasando por un momento complicado.
Cuando encuentre trabajo, todo cambiará.
No le cuesta tanto hacerme feliz.
Wang Lei guardó el teléfono.
—Vamos a comer.
—No tengo hambre.
—Perfecto. Hoy comerás sin tener hambre, igual que antes pagabas cosas que no necesitabas.
Acabé riéndome.
Fuimos a un restaurante pequeño cerca de mi oficina.
Pedí arroz con cerdo y una sopa.
Cuando llegó la cuenta, saqué el móvil por costumbre.
Wang Lei me detuvo.
—Invito yo.
—Puedo pagarlo.
—Ya lo sé. Ese es precisamente el milagro.
Aquella noche calculé mis gastos con una hoja de cálculo.
Era algo que llevaba años evitando porque sabía que no me gustaría el resultado.
Mi salario mensual era de 21.000 yuanes.
El apartamento donde vivía, que alquilaba desde antes de conocer a Su Ying, me costaba 2.800. Entre transporte, alimentación, suministros y otros gastos personales, necesitaba unos 5.000 yuanes adicionales.
Mis gastos básicos rondaban los 7.800.
Eso significaba que, sin las transferencias y autorizaciones asociadas a mi exnovia, podía ahorrar más de 13.000 yuanes al mes.
Me quedé contemplando la cifra.
Si hubiera empezado a ahorrar aquella cantidad tres años antes, tendría una suma considerable.
Pero lo que más me dolió no fue imaginar el dinero perdido.
Fue recordar una llamada de mi madre.
Había sido ocho meses atrás.
Necesitaba cambiar la lavadora. La que tenían mis padres llevaba muchos años funcionando y acababa de estropearse definitivamente.
Me preguntó si podía recomendarle algún modelo económico.
Le respondí que esperara un poco porque estaba especialmente ocupado.
Aquella misma semana, Su Ying había comprado un paquete de tratamientos faciales cuyo precio superaba varias veces el de una lavadora.
Yo lo había pagado.
Mi madre, entretanto, había seguido lavando parte de la ropa a mano.
Cogí el teléfono.
—Mamá, ¿ya cambiasteis la lavadora?
—Claro, hijo. No te preocupes. Tu padre encontró una de segunda mano que funciona bastante bien.
Sentí un nudo en la garganta.
—Mañana os compro una nueva.
—¿Para qué vas a gastar dinero? Guarda tus ahorros.
Me reí con cierta amargura.
—Precisamente eso estoy empezando a hacer.
Mi madre guardó silencio.
—¿Ha ocurrido algo entre Su Ying y tú?
Nunca había sido capaz de ocultarle nada demasiado tiempo.
—Hemos terminado.
—Ya veo.
Esperé la habitual pregunta sobre los motivos, las discusiones o las posibilidades de reconciliación.
Pero ella solo dijo:
—Entonces ven a cenar el domingo. Prepararé tus platos favoritos.
Aquella noche tuve que dejar el móvil sobre la mesa porque me temblaba la mano.
El viernes, Su Ying apareció en la recepción de mi empresa.
Llevaba un abrigo blanco, gafas de sol y un bolso que le había regalado por su último cumpleaños.
La recepcionista me llamó discretamente.
—Hay una señorita preguntando por usted. Dice que es urgente.
Cuando bajé, Su Ying se levantó de inmediato.
—Tenemos que hablar.
—Podemos hablar aquí.
Miró a su alrededor, incómoda.
—¿De verdad vas a humillarme delante de todo el mundo?
Le indiqué una cafetería situada al otro lado de la calle.
Nos sentamos junto a la ventana.
Ella pidió un café grande y un pastel.
Yo pedí agua.
Cuando llegó la cuenta, pagué lo mío.
Su Ying observó el recibo con incredulidad.
—¿En serio?
—¿Qué ocurre?
—¿Ahora ni siquiera puedes invitarme a un café?
—No has venido por el café.
Su expresión cambió.
Sacó una carpeta de su bolso y la dejó sobre la mesa.
—Bien. Hablemos como adultos.
Dentro había facturas.
La siguiente cuota del coche.
Un recibo de electricidad.
Un aviso del alquiler.
La liquidación pendiente de su crédito al consumo.
Me empujó los documentos hacia delante.
—Necesito 18.000 yuanes antes del lunes.
—Entonces tendrás que conseguirlos.
Se quedó mirándome.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—Es una deuda tuya.
—¡Son gastos que asumimos juntos!
—El coche está a tu nombre. El alquiler corresponde al apartamento que elegiste y donde ahora ni siquiera vivo. Y el crédito lo utilizaste para tus compras personales.
Se inclinó hacia mí.
—No puedes abandonarme de la noche a la mañana.
—Su Ying, tú terminaste la relación.
—¡Porque quería que reaccionaras!
Me quedé quieto.
Ella también.
Sus palabras acababan de salir antes de que pudiera detenerlas.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Apartó la mirada.
—Significa que estaba cansada de que no hicieras ningún esfuerzo romántico.
—¿Romper conmigo era una prueba?
—No lo llames así.
—Dime cómo quieres que lo llame.
Su Ying apretó los labios.
Por primera vez parecía menos enfadada que desconcertada.
—Pensé que me pedirías otra oportunidad —admitió—. Que me demostrarías que no querías perderme.
La observé durante varios segundos.
—Trabajaba horas extra para pagar tus gastos. Llegaba agotado y aun así preparaba la cena. Cuando estabas enferma, pedía permiso en el trabajo para llevarte al médico. Cuando abandonaste tu empleo, te dije que podías tomarte un tiempo para decidir qué querías hacer.
Hice una pausa.
—¿Todo eso no contaba?
—No me refiero a esas cosas.
—Ya lo sé.
Y entonces entendí algo.
Para Su Ying, el amor no era lo que una persona hacía cada día.
Era lo que estaba dispuesta a hacer cuando ella amenazaba con marcharse.
Cuanto más desesperadamente la persiguieran, más querida se sentiría.
Y yo había decidido no correr.
—Necesito que resolvamos lo del coche —dije finalmente—. Hay una firma que no reconozco y he solicitado una revisión.
Su rostro perdió el color.
—¿Has contactado con la financiera?
—Sí.
—¡¿Sin hablar conmigo primero?!
—Tú tampoco hablaste conmigo antes de utilizar mis datos.
De pronto empezó a llorar.
No eran las lágrimas cuidadosas que había visto junto a la maleta.
Lloró de verdad, con la respiración entrecortada y el maquillaje corriéndole ligeramente bajo los ojos.
En otro momento me habría acercado a abrazarla.
Esta vez permanecí sentado.
—No quería llegar a esto —susurró.
—Yo tampoco.
—¿Podemos volver a casa y hablar tranquilamente?
—Ya no vivimos juntos.
—Lin Yuan…
—La relación ha terminado, Su Ying. Podemos resolver las obligaciones que realmente nos correspondan, pero no voy a retomar los pagos por presión o culpa.
Recogí mis cosas.
Antes de salir, ella me hizo una última pregunta.
—¿De verdad no me quieres?
Me detuve.
Pensé en los tres años compartidos, en las vacaciones que habíamos pasado juntos, en las noches en que se dormía abrazada a mi brazo.
No todo había sido malo.
Y precisamente por eso dolía.
—Todavía siento algo por ti —respondí—. Pero ya no puedo seguir confundiendo querer a alguien con mantener toda su vida a costa de la mía.
Salí de la cafetería sin mirar atrás.
El sábado por la mañana recibí una llamada de Zhang Yue, su mejor amiga.
La misma que había celebrado nuestra ruptura en las redes sociales.
—Lin Yuan, tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Su Ying está fatal.
—Lo siento.
—¿Eso es todo? Tiene facturas pendientes, casi no ha dormido y está considerando vender el coche.
—Vender un coche que no puede pagar parece una posibilidad razonable.
Zhang Yue resopló.
—Nunca pensé que fueras tan frío.
Estaba a punto de terminar la conversación cuando añadió algo inesperado.
—Aunque hay una cosa que no entiendo.
—¿Cuál?
—Su Ying me dijo que tú ganabas una fortuna.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cantidad?
—Que estabas cerca de los 60.000 yuanes mensuales. Que los pagos que hacías por ella apenas suponían una pequeña parte de tus ingresos.
Me eché hacia atrás en la silla.
—Gano 21.000.
Al otro lado se hizo el silencio.
—¿Cómo?
—Veintiún mil. Sin contar trabajos adicionales ni bonificaciones ocasionales.
—Pero…
—¿Qué?
—Ella decía que tenías inversiones, apartamentos y un montón de dinero ahorrado.
Cerré los ojos.
De pronto comprendí por qué Zhang Yue siempre había defendido las exigencias de Su Ying.
Creía que yo era un hombre adinerado que se negaba a gastar una pequeña parte de su fortuna en su novia.
No sabía que había terminado cada mes haciendo cuentas para llegar al siguiente.
—No tengo apartamentos —le expliqué—. Vivo de alquiler. Y casi todo lo que ganaba terminaba destinado a los gastos de Su Ying.
Zhang Yue permaneció callada.
—¿Cuánto le pagabas al mes? —preguntó finalmente.
—Unos 23.000 yuanes, de media.
—Eso es imposible.
—Tengo los registros.
No dijo nada durante unos segundos.
Después habló con una voz completamente distinta.
—Lin Yuan… yo fui quien le aconsejó romper contigo.
—Lo imaginaba.
—Pero no sabía todo esto.
Me encogí de hombros, aunque ella no podía verme.
—No cambia demasiado las cosas.
—Sí las cambia —respondió—. Le dije que te diera un susto. Que si pensabas que ibas a perderla, empezarías a esforzarte.
Sonreí sin alegría.
—Pues el susto funcionó.
—¿Cómo?
—Me desperté.
El lunes llegó la respuesta preliminar de la financiera.
Habían localizado el expediente original del Mini Cooper.
La solicitud se había tramitado digitalmente mediante un intermediario del concesionario. Había discrepancias en la documentación utilizada para incluirme como segundo responsable.
Mientras investigaban, la entidad no podía confirmar que yo hubiera autorizado aquella obligación.
Me recomendaron conservar las pruebas y formalizar la impugnación.
Así lo hice.
También contraté una consulta legal independiente para asegurarme de no confundir la cancelación de pagos voluntarios con cualquier compromiso que pudiera existir legítimamente.
Mi abogado revisó los documentos y fue muy claro.
—Si una deuda es realmente tuya, no desaparece por cancelar una autorización de cobro. Y si alguien utilizó tus datos sin permiso, hay que documentarlo y seguir el procedimiento correspondiente.
No era la respuesta espectacular que uno espera en una película.
Pero era la respuesta que necesitaba.
Por primera vez estaba aprendiendo a protegerme sin hacer daño por impulso.
Aquella tarde, Su Ying me llamó.
—He hablado con el concesionario —dijo.
—Te escucho.
—El vendedor reconoce que el trámite fue irregular.
Su voz temblaba.
—Me dijo que no habría problema si presentábamos tu información porque tú estabas pagando el coche. Yo pensé que era solo un requisito administrativo.
—¿Y la firma?
—Me pidió una muestra. Utilicé una de unos documentos que teníamos en casa.
Sentí cómo se me tensaban los músculos de la mandíbula.
—Eso no era tu decisión.
—Ya lo sé.
Fue la primera vez que la escuché reconocerlo sin añadir una excusa.
—Voy a colaborar para corregir el expediente —continuó—. Y si tengo que vender el coche, lo venderé.
Respiré profundamente.
—Eso sería lo adecuado.
—También he empezado a buscar trabajo.
No respondí.
—Tuve una entrevista esta mañana.
—Espero que salga bien.
Pareció desconcertada por mi respuesta.
Tal vez esperaba entusiasmo, quizá otra oportunidad de pedir ayuda.
Pero yo ya no quería convertirme en el encargado de resolver cada problema que aparecía en su vida.
El domingo fui a casa de mis padres.
Llevaba una lavadora nueva que había comprado unos días antes.
Mi madre me regañó durante diez minutos por gastar dinero.
Después pasó otros veinte leyendo las instrucciones y llamando a mi padre para que admirara los distintos programas.
La escuché reír en la cocina.
Era una risa sencilla.
No requería un apartamento de lujo, un coche importado ni una suscripción exclusiva.
Solo una lavadora que funcionara.
Durante la cena, mi padre me sirvió otra ración de pescado.
—Tu madre dice que has terminado con Su Ying.
—Sí.
—¿Estás bien?
Pensé unos segundos.
—Mejor de lo que esperaba.
Mi padre asintió.
No era un hombre de grandes discursos.
Trabajó casi toda su vida reparando electrodomésticos y siempre fue cuidadoso con el dinero.
Sin embargo, aquella noche me dijo algo que no olvidaría.
—Cuando ayudas a alguien, procura que esa ayuda le permita caminar mejor. Si terminas cargándolo siempre a la espalda, algún día los dos acabaréis en el suelo.
Mi madre lo interrumpió.
—Déjalo comer tranquilo. Bastantes sermones tendrá ya en la cabeza.
Los tres nos reímos.
Al volver a mi apartamento, encontré un mensaje de Su Ying.
«He recogido algunas cosas que todavía tenía en casa de Zhang Yue. Encontré una fotografía de nuestro primer viaje. Éramos felices, ¿verdad?»
Abrí la imagen.
Estábamos junto al mar.
Ella llevaba un vestido amarillo. Yo tenía la piel quemada por el sol y sonreía sujetando dos helados.
Recordaba perfectamente aquel día.
Su Ying había perdido su cartera en la estación. Pasamos casi tres horas buscándola. Yo acabé comprándole otro billete de tren, reservando una habitación y llevándola a cenar para que dejara de llorar.
En la fotografía parecíamos dos personas despreocupadas.
Lo habíamos sido, por momentos.
Respondí:
«Sí. Hubo días muy felices».
Ella escribió inmediatamente.
«Entonces, ¿por qué no podemos empezar otra vez?»
Miré la fotografía un rato más.
Y comprendí que una historia no necesita haber sido completamente mala para que sea necesario terminarla.
«Porque también hubo cosas que nos hicieron daño. Y todavía tenemos que resolverlas. Volver no arreglaría eso por sí solo».
Aquella vez no hubo reproches.
Solo una respuesta breve.
«Entiendo».
Pasaron seis semanas.
La vida comenzó a cambiar de maneras que no esperaba.
Ya no comprobaba obsesivamente mi saldo antes de que llegaran las fechas de cobro.
Volví a nadar dos veces por semana.
Compré una silla cómoda para mi escritorio, algo que llevaba casi dos años posponiendo.
Conocí a un par de compañeros de trabajo con los que empecé a salir a caminar los sábados.
Nada de aquello era especialmente espectacular.
Pero me gustaba.
Wang Lei decía que me estaba convirtiendo en un anciano de treinta años.
Yo le respondía que por lo menos era un anciano solvente.
Un jueves, mientras tomábamos café, le enseñé mi cuenta de ahorro.
La cifra había crecido de forma visible.
—No puede ser —dijo.
—¿Qué?
—¿De verdad ese dinero ha aparecido solo por dejar de pagarle cosas a Su Ying?
—Y por no comprar tonterías.
Wang Lei levantó su vaso.
—Brindemos por las tonterías que no compraste.
Chocamos los vasos de cartón.
Por supuesto, el dinero no lo solucionaba todo.
Seguía sintiendo una punzada en el pecho cuando veía algún lugar al que habíamos ido juntos.
Algunas noches recordaba cómo Su Ying apoyaba la cabeza sobre mi hombro mientras veíamos películas.
Había momentos en que quería preguntarle si estaba bien.
Pero cada vez que sentía aquel impulso, me recordaba una cosa:
Preocuparme por ella no significaba que tuviera que volver a hacerme responsable de su vida.
La resolución sobre el contrato del coche llegó a finales del segundo mes.
Tras la revisión, la financiera reconoció que no había acreditado adecuadamente mi consentimiento para figurar como responsable del préstamo.
Se corrigió el expediente y se retiró la atribución de responsabilidad a mi nombre.
Su Ying tuvo que negociar la devolución del vehículo al concesionario y asumir, con asesoramiento, la diferencia pendiente que resultara de la operación.
No fue agradable para ninguno de los implicados.
Ella perdió el coche.
Yo dediqué semanas a recoger documentos y aclarar mi situación.
El vendedor involucrado quedó sujeto a una investigación interna y a las actuaciones que pudieran corresponder.
Pero finalmente tuve una confirmación escrita de que aquella deuda no se me exigiría.
Guardé el documento en una carpeta.
No sentí deseos de celebrar.
Solo tranquilidad.
Aquella misma tarde, Su Ying me pidió vernos por última vez.
Acepté.
Quedamos en un parque cercano a nuestro antiguo barrio.
Llegó caminando, con vaqueros y una chaqueta sencilla. Sin el bolso caro. Sin las uñas perfectamente decoradas que solía enseñarme al volver del salón de belleza.
Parecía cansada.
Pero también diferente.
—He encontrado trabajo —me dijo antes de sentarse.
—Me alegro.
—En una pequeña empresa de publicidad. No pagan demasiado, pero tengo horario fijo y posibilidades de aprender.
—Suena bien.
Sonrió levemente.
—Ayer cobré mi primer sueldo.
La miré.
Esperaba que continuara.
—No es gran cosa —dijo—. Pero por primera vez en mucho tiempo, cuando compré algo, supe exactamente cuánto me había costado conseguir ese dinero.
Se quedó mirando sus manos.
—Antes pensaba que simplemente tenía mala suerte cada vez que algo dejaba de funcionar. Que las facturas eran molestias que alguien tenía que resolver.
Hizo una pausa.
—Nunca me pregunté lo cansado que debías de estar.
No respondí.
—Zhang Yue me contó lo que ganabas realmente.
Una ráfaga de viento movió las hojas a nuestros pies.
—Yo creía que tenías muchísimo dinero —continuó—. Tú nunca te quejabas. Siempre encontrabas la manera de pagar.
—Me quejaba, Su Ying. Solo que acabábamos discutiendo y terminaba cediendo.
Asintió lentamente.
—Lo sé.
Sacó un pequeño sobre del bolso.
Dentro había dinero y una hoja con varias cifras.
—Son 5.000 yuanes.
Fruncí el ceño.
—¿Para qué?
—No puedo devolverte todo lo que gastaste conmigo. Algunas cosas fueron regalos y otras… bueno, durante mucho tiempo ni siquiera distinguí lo que era razonable de lo que no.
Respiró hondo.
—Pero esto corresponde a dos pagos concretos que te prometí devolver y nunca devolví. Lo revisé con los mensajes antiguos. También he anotado el resto que todavía te debo.
Observé la hoja.
Reconocí ambos importes.
Eran préstamos personales que me había pedido para resolver supuestas urgencias.
Los había dado por perdidos.
—No esperaba recuperarlos —le dije.
—Ya lo sé. Precisamente por eso quiero devolvértelos.
Acepté el sobre.
Por una vez, no discutimos por dinero.
Nos quedamos sentados un rato.
El parque estaba lleno de familias.
Un niño perseguía una pelota mientras su padre fingía que no podía alcanzarlo.
Su Ying siguió la escena con los ojos.
—He pensado mucho en lo que pasó aquel miércoles —dijo.
—Yo también.
—Estaba convencida de que si amenazaba con irme, lucharías por mí.
—Y cuando no lo hice, pensaste que nunca te había querido.
—Sí.
Se volvió hacia mí.
—Me equivoqué.
Esperé.
—No solamente por lo que hiciste después. Me equivoqué antes, cuando convertí nuestra relación en una prueba constante de cuánto estabas dispuesto a sacrificar.
Sus ojos se humedecieron.
—Me acostumbré tanto a que resolvieras mis problemas que terminé creyendo que era tu obligación.
Nunca había imaginado escuchar aquellas palabras.
Durante un instante, el hombre que había sido dos meses atrás quiso tomarle la mano.
Decirle que todo estaba perdonado.
Que podíamos volver.
Pero también recordé mis noches trabajando hasta la madrugada, mis mensajes ignorados cuando yo estaba enfermo, las discusiones por dinero y la sensación permanente de no ser suficiente.
La comprensión llegaba tarde.
Eso no la hacía menos valiosa.
Simplemente no deshacía lo sucedido.
—Gracias por decírmelo —respondí.
Su Ying bajó la cabeza.
—¿Hay alguna posibilidad de que volvamos a intentarlo?
No aparté la mirada.
—No.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Entiendo.
—Te deseo que te vaya bien —añadí—. De verdad.
—Yo también, Lin Yuan.
Se secó los ojos y esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Sabes qué fue lo primero que hice con mi sueldo?
Negué con la cabeza.
—Pagué mi propia suscripción de música.
Me reí.
Ella también.
—Pensé que te haría gracia.
—Un poco.
—Y adopté un plan de gastos. Ahora sé cuánto cuesta absolutamente todo.
—Eso suena aterrador.
—Lo es —respondió, todavía sonriendo—. Pero también tiene algo bueno.
—¿Qué?
—Por primera vez, no tengo que preguntarme si alguien seguirá pagando mañana.
Nos despedimos junto a la salida del parque.
No hubo un abrazo dramático.
Ni una promesa de reencontrarnos.
Ella se alejó hacia la estación de metro.
Yo caminé en dirección contraria.
Y aunque sabía que habíamos perdido algo importante, también sentí que finalmente habíamos dejado de hacernos daño.
Tres meses después de la ruptura, llegó otro miércoles.
Salí del trabajo a mi hora habitual y pasé por el supermercado.
Los huevos seguían en oferta.
Compré dos bandejas.
También unas verduras, un paquete de fideos y un trozo de carne para preparar la cena.
Al llegar a casa, mi teléfono vibró.
Era Wang Lei.
—Hermano, ¿tienes planes para el sábado?
—Depende.
—He conocido a una chica que podría caerte bien.
Solté una carcajada.
—¿Otra vez intentando buscarme novia?
—Solo digo que es simpática, trabaja, tiene aficiones y sabe pagar sus propias facturas.
—Has puesto el listón altísimo.
—Después de lo que has vivido, me parece un requisito razonable.
Miré mi cocina.
El agua empezaba a hervir.
Sobre la mesa había dos bandejas de huevos, una compra modesta y el recibo que había pagado sin mirar siquiera el saldo de mi cuenta.
—Ahora mismo estoy bien así —le respondí—. Quizá más adelante.
—Como quieras. Entonces ven a jugar al baloncesto.
—Eso sí.
Colgué y preparé mis fideos.
Mientras cenaba, recordé aquella tarde en que Su Ying había aparecido con su maleta.
Su voz diciendo que estaba cansada.
Mi respuesta.
El portazo.
Las ochenta y siete autorizaciones canceladas.
En aquel momento pensé que mi gran victoria sería recuperar los 23.000 yuanes mensuales que gastaba en ella.
Y, por supuesto, el dinero importaba.
Había recuperado mis ahorros, mis noches libres y la posibilidad de ayudar a mis padres sin endeudarme.
Pero la verdadera ganancia era otra.
Ya no vivía preguntándome qué debía comprar, pagar o sacrificar para que alguien decidiera quedarse conmigo.
Mi teléfono volvió a iluminarse.
Era un mensaje de mi madre.
Una fotografía de mi padre intentando meter una manta enorme en la lavadora nueva.
Debajo había escrito:
«Tu padre dice que esta máquina puede lavar cualquier cosa. Acaba de descubrir que las mantas gigantes no cuentan. Ven a comer el domingo, hijo».
Me reí tanto que casi derramé el caldo.
Respondí que iría.
Después dejé el teléfono y seguí cenando.
La casa estaba en silencio.
Pero ya no era el silencio de alguien que se había quedado solo después de una ruptura.
Era el silencio de una persona que, por fin, podía vivir a su propio ritmo.
Cuando terminé de comer, miré el calendario.
Miércoles.
Día de huevos rebajados.
El mismo día de la semana en que había terminado una relación de tres años.
Y también el día en que había empezado a recuperar mi vida.
Durante mucho tiempo creí que amar a alguien significaba darle todo lo que tenía.
Ahora sabía que el amor también necesitaba límites.
Porque una pareja puede acompañarte en los momentos difíciles, compartir las cargas y ayudarte a levantarte.
Lo que no debería hacer es exigirte que te hundas para demostrar cuánto la quieres.
Apagué la luz de la cocina.
Al día siguiente tenía que trabajar.
Pero esta vez no necesitaba hacer horas extra para financiar los sueños de otra persona.
Podía empezar a construir los míos.