PARTE 2
El noveno cadáver
No me levanté inmediatamente.
Tenía una rodilla apoyada en el suelo y la otra me dolía tanto que probablemente necesitaría ayuda para ponerme de pie.
Lu Heng avanzó hacia mí.
—Te he hecho una pregunta.
Guardé el fragmento transparente en una bolsa de pruebas.
—Y yo tengo una para ti. ¿Quién autorizó que cerraras el caso?
—Tenemos al sospechoso, el móvil económico, las imágenes de seguridad y un testigo.
—No has respondido.
Su mandíbula se tensó.
—El fiscal recibió el informe preliminar. La detención está justificada.
—¿Y la conclusión de que el caso está resuelto?
No dijo nada.
Me apoyé contra la pared para incorporarme.
—Hay una diferencia entre detener a un sospechoso y demostrar que es culpable.
Lu Heng miró la bolsa que sostenía.
—¿Qué es eso?
—Parte de una película adhesiva utilizada para sujetar algo a la puerta.
—Podría ser basura de cualquiera.
—Podría ser.
Me acerqué a la cerradura.
—Pero hay otras cosas que me preocupan más.
Le mostré tres marcas diminutas junto al marco.
—La víctima no tenía motivos para abrir a un desconocido a las dos de la madrugada. Sin embargo, no hay señales de entrada forzada.
—Podría conocer al asesino.
—O podría haber abierto creyendo que venía alguien a ayudarla.
Lu Heng frunció el ceño.
—¿Ayudarla con qué?
—Eso es lo que necesitamos averiguar.
Entonces miré hacia las escaleras.
La luz seguía apagada.
Unos segundos antes había oído un ruido, como el roce de un zapato contra el cemento.
Ahora no se escuchaba nada.
—¿Has venido solo? —pregunté.
—Sí.
—Llama a seguridad. Que revisen quién ha entrado al edificio durante la última hora. Y preserva las grabaciones.
—Wen Zhao, esta escena ya ha sido procesada.
—Entonces no te costará procesarla otra vez.
Fue la primera vez que Lu Heng pareció no encontrar una respuesta inmediata.
A través de su teléfono llegó una vibración.
Después otra.
Y otra más.
Miró la pantalla.
El programa seguía transmitiendo en directo.
Había cientos de miles de espectadores observándonos.
Los comentarios cambiaban a una velocidad absurda.
«¿Qué acaba de encontrar?».
«¿Por qué habla como si estuviera dirigiendo la investigación?».
«¿Alguien puede explicar lo del noveno asesinato?».
Lu Heng levantó la vista hacia una pequeña cámara instalada al fondo del pasillo.
Se volvió hacia mí.
—Todo esto se está emitiendo.
—Pues apágala. Estamos en una investigación de homicidio.
Por primera vez desde que había llegado el programa, no me preocupé de lo que pudieran decir de mí.
Tenía un problema mucho más grave.
El asesino había dejado un rastro.
Y alguien, posiblemente, acababa de observar cómo lo descubríamos.
2. Lo que no encajaba
A las seis de la mañana, el comisario Xia me encontró sentada en la sala de reuniones, con una manta sobre los hombros.
Delante de mí había fotografías, planos del edificio y nueve expedientes.
Los ocho primeros pertenecían a la unidad provincial.
El noveno era el de la mujer que había caído desde un cuarto piso.
Se llamaba Lin Yue.
Treinta y seis años. Contable. Divorciada. Vivía sola.
La policía había detenido a su socio, Chen Bo, después de que un vecino declarara haber escuchado una discusión entre ambos.
Las cámaras del vestíbulo mostraban a Chen saliendo apresuradamente a las 2:17.
Lin había sido encontrada muerta poco después.
Parecía sencillo.
Demasiado sencillo.
—Explícame por qué estás convencida de que tiene relación con los otros casos —dijo Xia.
Deslicé una fotografía hacia él.
—En las ocho escenas apareció una pequeña pieza de plástico cerca de la entrada. No era idéntica en todos los casos, pero sí el material y el tipo de corte.
—¿De qué procede?
—Todavía no tenemos una respuesta confirmada. La unidad provincial lleva meses comparando muestras.
Señalé otra imagen.
—El agresor nunca fuerza las cerraduras. Consigue que las víctimas abran voluntariamente. Después las ataca dentro de la vivienda.
—Pero Lin cayó desde la ventana.
—Eso es lo que cambia.
Xia me observó.
—¿Por qué iba a cambiar su método?
—Porque esta vez algo salió mal. O porque necesitaba que creyéramos que era otro tipo de crimen.
Le mostré una fotografía de las manos de la víctima.
—Tenía lesiones defensivas recientes. También había una marca de presión en el antebrazo izquierdo que no encaja fácilmente con una caída accidental.
—Eso debe determinarlo el forense.
—Exactamente. Y hasta que lo haga, nadie debería cerrar el caso.
Lu Heng había permanecido de pie junto a la puerta.
De pronto intervino.
—La cámara muestra a Chen huyendo.
Asentí.
—¿Muestra a Chen empujándola?
—No.
—¿Muestra a Chen entrando al apartamento?
—Tampoco. La cámara está en el vestíbulo.
—Entonces lo único que sabemos es que estuvo en el edificio y salió corriendo.
Lu Heng apretó los labios.
—Su presencia y la discusión justifican investigarlo.
—Estoy de acuerdo.
Aquella respuesta pareció desconcertarlo.
Continué:
—Pero estamos olvidando una pregunta. Si Chen era el asesino y había conseguido salir del edificio sin que nadie intentara detenerlo, ¿por qué llamó a emergencias desde su teléfono tres minutos después?
Xia se inclinó hacia delante.
—¿Llamó él?
—Sí. El registro estaba en el expediente, página doce.
Lu Heng abrió la carpeta.
Sus ojos se detuvieron en el documento.
—Dijo que había visto a Lin en el suelo y se asustó.
—Puede que mintiera. Pero también puede que estuviera diciendo la verdad.
Guardé silencio un instante.
—Quiero que volvamos a hablar con él.
3. La pregunta que nadie hizo
Chen Bo parecía un hombre a punto de derrumbarse.
Había pasado la noche bajo custodia y tenía los ojos enrojecidos.
Cuando entramos en la sala, levantó la cabeza.
—Ya les he dicho todo.
Lu Heng tomó asiento frente a él.
Yo me quedé en una silla junto a la pared.
—Háblenos de la discusión —dije.
—Lin me debía dinero de una inversión. Fui a reclamarlo. Discutimos. Me echó.
—¿A qué hora?
—Poco después de las dos.
—¿Y por qué salió corriendo?
Chen se frotó la cara.
—Porque escuché un golpe terrible cuando llegué al patio. Pensé que alguien había tirado algo por la ventana. Luego la vi.
Se le quebró la voz.
—Estaba en el suelo. Yo… yo entré en pánico.
—¿Por qué llamó a emergencias y después se alejó?
—Porque tenía miedo de que me culparan. Habíamos discutido delante de los vecinos.
No parecía una explicación especialmente heroica.
Precisamente por eso podía ser cierta.
—¿Qué ocurrió antes de que Lin le pidiera que se marchara? —pregunté.
Chen dudó.
—Recibió una llamada.
Levanté los ojos.
—¿De quién?
—No lo sé. Pero estaba muy nerviosa.
—¿Qué dijo?
Chen arrugó la frente.
—Algo sobre una revisión.
Sentí que el corazón me daba un golpe.
—¿Qué clase de revisión?
—La instalación del gas, creo.
Lu Heng dejó de escribir.
—Eso no figuraba en su primera declaración.
—Nadie me lo preguntó.
Me incliné hacia delante.
—¿Recuerda alguna frase exacta?
—Sí… Ella dijo: «¿Ahora? ¿No puede venir mañana?».
Tragué saliva.
Tres años atrás, la segunda víctima había enviado un mensaje a su hermana:
El técnico insiste en que tengo que abrirle hoy. Dice que puede haber una fuga.
Y la sexta había llamado a su administradora para preguntar si era normal que revisaran el gas de madrugada.
Aquellos detalles constaban en distintos expedientes, pero nunca se habían hecho públicos.
La posibilidad de una conexión ya no podía ignorarse.
—Lu Heng —dije—, necesitamos comprobar si alguien se presentó como técnico de mantenimiento.
Él me miró durante unos segundos.
Luego se levantó.
—Voy a solicitar los registros de visitas y los teléfonos de contacto del edificio.
Cuando salió, Chen me observó con desesperación.
—Agente, ¿usted cree que yo no la maté?
No le mentí.
—Todavía no lo sé.
Bajó la cabeza.
—Pero sí creo —añadí— que todavía hay cosas que nadie ha investigado.
4. La mujer que desapareció de un informe
El inspector Ji llegó desde la provincia aquella misma tarde.
No llevaba uniforme.
Era un hombre de cincuenta años, de cabello casi blanco, que siempre parecía estar a punto de quedarse dormido.
Pero bastaba mirarlo trabajar para comprender que no se le escapaba casi nada.
Entró en la sala de reuniones y me encontró rodeada de expedientes.
—Sabía que no podrías ignorarlo —dijo.
—No he aceptado volver a tu unidad.
—Ya lo discutiremos.
Depositó una carpeta roja sobre la mesa.
Reconocí la etiqueta.
CASO 04 — ALMACÉN DE BEICHENG.
El cuarto caso de la serie.
Y el último que había investigado oficialmente.
No abrí la carpeta.
Ji se sentó frente a mí.
—Tenemos que hablar de lo que pasó allí.
—No.
—Wen Zhao…
—He dicho que no.
Guardó silencio.
Tres años antes yo era inspectora de la unidad provincial de análisis criminal.
Trabajaba en homicidios complejos y reconstrucción de escenas.
No era la más rápida de mi promoción.
Tampoco la mejor tiradora.
Pero tenía facilidad para encontrar contradicciones en las pruebas y detectar relaciones entre casos aparentemente independientes.
Cuando apareció la cuarta víctima, llegué a una conclusión que nadie quería escuchar.
Las mujeres no habían muerto por robos ni ataques oportunistas.
Alguien estaba seleccionándolas.
Presentándose ante ellas bajo una identidad creíble.
Ganándose su confianza para entrar en sus casas.
Había encontrado una coincidencia entre varios contratos de mantenimiento y los edificios de las víctimas.
Sin embargo, el análisis fue descartado.
Los responsables de la investigación preferían centrarse en un sospechoso que tenía antecedentes y había sido visto cerca de dos escenas.
Recuerdo la reunión en la que intenté impedir que cerraran el caso.
Recuerdo a un superior diciéndome:
—No puedes poner en duda toda la investigación por una hipótesis sin pruebas concluyentes.
Y recuerdo la cara de la madre de una de las víctimas cuando descubrió que el detenido probablemente no había matado a su hija.
Dos semanas después apareció otra mujer muerta.
Aquello provocó una revisión urgente.
Encontramos un testigo que había visto a un supuesto técnico en una de las viviendas.
El hombre se llamaba Guo Ming.
Trabajaba para una empresa subcontratada que realizaba inspecciones de instalaciones.
Localizamos un almacén donde, según nuestros datos, podía estar reteniendo a una mujer desaparecida.
Yo participé en la operación.
Fue un error entrar antes de que llegaran todos los refuerzos.
Pero habíamos oído gritos.
Y la puerta estaba abierta.
Dentro encontramos a una mujer atada a una silla.
El hombre que la vigilaba llevaba el rostro cubierto.
Cuando intenté acercarme, provocó un incendio y se abalanzó sobre la rehén.
Recibí una cuchillada en el costado al interponerme.
Después hubo humo.
Gritos.
Un techo que comenzó a derrumbarse.
Conseguí sacar a la mujer.
Pero Guo Ming escapó por una salida trasera.
Desde entonces nadie había podido localizarlo.
Mi pulmón derecho sufrió lesiones graves por la herida y la inhalación de humo.
Pasé meses en rehabilitación.
Los médicos fueron claros: podía llevar una vida relativamente normal, pero el esfuerzo intenso me provocaría dolor y dificultad respiratoria.
La unidad me ofreció un puesto de despacho.
Yo pedí el traslado.
No quería volver a sentarme delante de las fotografías de mujeres a las que no había logrado proteger.
El comisario Xia, que había sido amigo de mi padre, aceptó recibirme en Qinggang.
Nunca contó a nadie de dónde venía.
Ni yo se lo pedí.
Ji empujó lentamente la carpeta hacia mí.
—La mujer que rescataste se llama Xu Ning. Sigue viva gracias a ti.
Cerré los ojos.
—Pero las otras no.
—Las decisiones equivocadas de aquella investigación no fueron responsabilidad exclusiva tuya.
—Yo encontré la conexión demasiado tarde.
—La encontraste cuando los demás ni siquiera estaban buscándola.
Su voz se endureció.
—Y ahora la has vuelto a encontrar.
Abrí finalmente la carpeta.
En la última página había una fotografía reciente de Guo Ming.
El rostro era más delgado que antes.
Había envejecido.
Pero lo reconocí.
Y, de pronto, recordé algo.
El ruido en la escalera del edificio de Lin Yue.
El roce de unos zapatos contra el cemento.
Y aquella sensación desagradable de estar siendo observada.
5. La identidad del hombre que aparecía en las cámaras
Al día siguiente analizamos las grabaciones de todos los accesos al edificio.
El asesino no aparecía entrando como técnico.
Al menos no de manera evidente.
Pero una cámara exterior había registrado a un hombre llevando una caja de herramientas detrás de una mujer que entraba a las 1:46.
La imagen era borrosa.
Llevaba gorra y mascarilla.
No podíamos identificarlo.
Lu Heng pasó horas revisando el vídeo.
—La caja tiene un logotipo —dijo finalmente.
Ampliamos la imagen.
Solo se distinguían tres letras.
Pero fue suficiente para empezar.
Se trataba de una empresa local de mantenimiento de instalaciones domésticas.
Había sido contratada por la administración del edificio.
Uno de sus empleados temporales figuraba bajo el nombre de Zhou Wei.
La fotografía del contrato no coincidía completamente con las cámaras, pero el documento presentaba irregularidades.
La empresa había incorporado a Zhou tres semanas antes.
Su contrato utilizaba un número de teléfono que ya no estaba activo.
Y nadie había comprobado personalmente sus antecedentes laborales.
Solicitamos la documentación original y las grabaciones de otros edificios.
Mientras tanto, Tang Yiqing investigó a las ocho víctimas anteriores.
Encontró algo importante.
Cinco habían recibido visitas de empresas de mantenimiento en las semanas previas a su muerte.
Otras dos habían presentado reclamaciones por problemas con instalaciones domésticas.
La octava víctima tenía programada una inspección que nunca llegó a realizarse oficialmente.
—Podría haber conseguido sus datos por los registros de servicio —dijo Tang.
Asentí.
—Nombres, direcciones, teléfonos y horarios.
Lu Heng miró la pantalla.
—Información suficiente para saber quién vive sola.
—Y qué excusa utilizar para conseguir que abra la puerta —añadí.
A medida que avanzábamos, comprendimos que probablemente Guo Ming llevaba años utilizando identidades falsas y empleos temporales para acceder a nuevas víctimas.
Pero todavía había una dificultad.
No sabíamos dónde estaba.
Y después de la transmisión del programa, él sabía que lo buscábamos.
Aquella noche recibí un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Yo salía en ella sentada en la cafetería de la comisaría.
La imagen había sido tomada desde la calle.
Debajo aparecía una frase:
Sigues mirando los detalles equivocados.
No sentí miedo inmediatamente.
Lo primero que sentí fue rabia.
Porque reconocí aquellas palabras.
Guo Ming me había dicho lo mismo en el almacén de Beicheng, tres años atrás.
Antes de clavarme el cuchillo.
6. La trampa
El comisario Xia ordenó reforzar la seguridad del edificio.
Ji pidió que se mantuviera mi nombre fuera de nuevas comunicaciones públicas.
Lu Heng insistió en acompañarme cuando saliera de la comisaría.
—No necesito niñera —le dije.
—Y yo no pienso perder a una compañera porque quiera demostrar que puede valerse sola.
Lo miré.
Era la primera vez que utilizaba la palabra compañera conmigo sin que sonara como una formalidad.
—¿Ya no crees que soy una inútil?
Su expresión se volvió incómoda.
—Nunca dije exactamente eso.
—Dijiste que mi presencia perjudicaba al equipo.
—Lo recuerdo.
—Y que no tenía capacidad para participar en investigaciones.
—También.
Sonreí débilmente.
—Tienes buena memoria.
Lu Heng bajó la mirada.
—Me equivoqué.
No le facilité las cosas.
—Sí.
Permanecimos unos segundos en silencio.
Después añadió:
—Pero eso no cambia que estés enferma y que ahora alguien quiera matarte.
Mi sonrisa desapareció.
—No creo que quiera matarme inmediatamente.
—¿Por qué?
Saqué el teléfono.
Le mostré el mensaje.
—Porque todavía necesita demostrarme algo.
Guo Ming no elegía a sus víctimas al azar.
Las estudiaba.
Planeaba el acercamiento.
Necesitaba sentirse superior a ellas y a quienes investigaban sus crímenes.
En Beicheng, cuando había conseguido escapar, dejó una nota en el lugar donde yo estaba herida.
La próxima vez mira mejor.
Aquello no era una simple amenaza.
Era un desafío.
—¿Qué quiere que vea? —preguntó Lu Heng.
Volví a mirar la fotografía.
Estaba sentada junto a una ventana.
Sobre la mesa había una taza, un periódico y mi cuaderno.
Detrás se distinguía el reflejo del edificio de enfrente.
Y en una esquina, parcialmente oculto, había un vehículo.
Amplié la imagen.
Una furgoneta gris.
Su matrícula no era legible.
Pero reconocí el adhesivo de la puerta.
Era de la misma empresa de mantenimiento investigada.
—Ha estado cerca de nosotros —murmuré.
Lu Heng tomó el teléfono.
—Enviaremos una alerta.
Negué con la cabeza.
—Hazlo, pero necesitamos algo más.
Le señalé la imagen.
—Si quiere que sepa que puede acercarse a mí cuando quiera, es porque cree tener una ventaja.
—¿Cuál?
—Que todavía no sabemos a quién ha elegido después de Lin Yue.
Aquello nos hizo cambiar el enfoque.
En lugar de buscar únicamente a Guo Ming, empezamos a buscar posibles objetivos.
Tang solicitó los calendarios de servicio de la empresa y sus empresas asociadas.
Cruzamos las direcciones de próximas visitas con los patrones conocidos.
Mujeres que vivían solas.
Edificios antiguos.
Citas fuera del horario habitual.
A las once de la noche apareció una coincidencia inquietante.
Una mujer de cuarenta y dos años, profesora de música, había pedido ayuda por un supuesto olor a gas.
Vivía sola.
La visita estaba programada para la mañana siguiente.
Pero alguien había modificado el horario del servicio a las 2:30 de la madrugada.
La dirección correspondía a un bloque de apartamentos al otro lado del distrito.
Lu Heng se levantó de golpe.
—Tenemos que avisarla.
—Y enviar una unidad —añadí.
Tang marcó el número.
Nadie contestó.
Volvió a llamar.
La tercera vez, una voz de mujer respondió en un susurro.
—¿Sí?
Tang se identificó.
—Señora, somos de la policía. ¿Está sola?
Hubo una pausa.
Luego la mujer dijo:
—Hay un técnico frente a mi puerta.
Se me heló la sangre.
—Dile que no abra —ordené.
Tang repitió la instrucción.
Al otro lado se oyó el timbre.
Una vez.
Después otra.
La mujer empezó a llorar.
—Dice que hay una emergencia. Que si no abre puede explotar todo el edificio.
Tomé el teléfono.
—Escúcheme con atención. Soy la inspectora Wen Zhao. No abra bajo ninguna circunstancia. Una patrulla va hacia allí.
Una voz masculina sonó a través del auricular.
Era tenue.
Distorsionada por la puerta.
Pero la reconocí.
—Señora, por favor. Es por su seguridad.
Tres años.
Habían pasado tres años.
Y aún podía recordar aquella voz con absoluta claridad.
7. La puerta del apartamento 603
No fui en el primer vehículo.
Lu Heng se negó rotundamente a permitir que participara en una entrada táctica.
Y tenía razón.
Mis pulmones no resistirían una persecución.
Mi cuerpo tampoco estaba en condiciones de forcejear con un hombre armado.
Lo que podía hacer era ayudar a coordinar la operación desde el centro de comunicaciones.
No era una decisión sencilla de aceptar.
Pero llevaba tres años aprendiendo que ser útil no significaba hacerlo todo personalmente.
Los primeros agentes llegaron al edificio mientras Tang mantenía a la mujer al teléfono.
El sospechoso ya no estaba delante de su puerta.
Había desaparecido.
—Unidad dos, revisen las salidas —indicó Lu Heng por radio—. No entren solos en zonas sin visibilidad.
Miré el plano.
El edificio tenía dos escaleras.
Una principal y otra de servicio.
La segunda conectaba con un patio trasero utilizado para almacenar contenedores.
—Lu Heng, atención a la salida de servicio —dije—. En Beicheng utilizó una ruta de escape que no aparecía en los planos originales.
—Recibido.
Pasaron unos segundos.
Luego escuchamos:
—¡Sospechoso localizado! ¡Escalera trasera!
Hubo pasos.
Una orden de alto.
Después un estruendo metálico.
Me puse de pie instintivamente.
El dolor me atravesó el costado.
Me apoyé en el escritorio.
—¿Situación?
Nadie respondió durante un segundo interminable.
Finalmente, la voz de Lu Heng:
—Está bajando hacia el patio. No hay civiles heridos. Solicitamos apoyo para cerrar el perímetro.
Apreté los puños.
—No permitas que te atraiga a un lugar cerrado. En el almacén usó humo para cubrir su huida.
La comunicación crepitó.
—Entendido.
Desde la cámara de un vehículo policial vimos salir a un hombre por la puerta trasera.
Llevaba una chaqueta oscura.
La misma caja de herramientas.
Corrió hacia la furgoneta aparcada junto a la acera.
Pero una patrulla le bloqueó el paso.
Dio media vuelta.
Intentó regresar al edificio.
Lu Heng apareció por el otro extremo del patio con dos agentes.
—¡Policía! ¡Al suelo!
Guo Ming dudó.
Después lanzó la caja contra uno de los agentes.
Intentó escapar por una puerta lateral.
No llegó lejos.
Lo interceptaron antes de alcanzar la calle.
Hubo un forcejeo breve.
Un grito.
Y después escuché las palabras que había esperado durante tres años:
—Sospechoso detenido. Lo tenemos.
Me dejé caer lentamente en la silla.
En la pantalla, los agentes esposaban a un hombre de rostro envejecido.
Ya no parecía una figura imposible de atrapar.
Solo un hombre peligroso que, por fin, había perdido la oportunidad de seguir haciendo daño.
Me cubrí la cara con ambas manos.
No lloré inmediatamente.
Primero intenté respirar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Solo entonces comprendí que aquello había terminado.
Al menos, la persecución.
8. La última verdad
La detención no significaba que pudiéramos cerrar los nueve casos de inmediato.
Necesitábamos pruebas.
Los investigadores encontraron documentación de varias identidades falsas y registros de visitas en los dispositivos y pertenencias incautados a Guo Ming.
Los análisis posteriores vincularon materiales recogidos en distintos escenarios con los utilizados por el sospechoso.
En el caso de Lin Yue, el examen forense confirmó lesiones anteriores a la caída y señales compatibles con una agresión.
Las grabaciones permitieron reconstruir que Chen Bo había abandonado el apartamento antes de que otro hombre se acercara a la vivienda.
La investigación reveló que Guo Ming había accedido al edificio mediante una visita de mantenimiento y que regresó a la planta de Lin después de la discusión.
Chen había escuchado el golpe cuando ya se encontraba en el patio.
Había corrido hacia la calle, visto a Lin en el suelo y llamado a emergencias.
Su miedo lo convirtió en sospechoso.
Y la prisa por resolver un caso televisado casi lo convirtió en culpable.
La fiscalía retiró la imputación por homicidio cuando las nuevas pruebas descartaron su participación.
En cuanto a los otros crímenes, Guo Ming se negó a colaborar durante los primeros interrogatorios.
Fue necesaria una investigación prolongada para sostener las acusaciones.
Pero esta vez no intentamos sustituir las pruebas por una conclusión cómoda.
Cada víctima recibió su propio expediente.
Cada detalle fue verificado.
Y cada familia tuvo derecho a conocer lo que realmente había ocurrido.
Una tarde, mientras revisábamos los documentos, Lu Heng apareció en el archivo.
Dejó una bolsa de bollos de carne sobre mi escritorio.
—Para ti.
La miré con desconfianza.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—¿Necesitas que te corrija otro informe?
—Tampoco.
Cogí uno de los bollos.
—Entonces estás actuando de una manera muy sospechosa.
Lu Heng suspiró.
—He venido a disculparme.
Levanté la vista.
—¿Otra vez?
—No por lo que te dije después de descubrir quién eras. Por todo lo anterior.
Se sentó.
—Te juzgué por cómo corrías, por lo poco que participabas, por tu manera de comportarte durante las reuniones. Nunca me molesté en entender por qué.
Mordí el bollo.
—Tampoco es que pusiera mucho de mi parte.
—Eso no justifica mis comentarios.
Lo miré unos segundos.
—Acepto tus disculpas.
Pareció aliviarse.
Entonces añadí:
—Pero tendrás que seguir haciendo los informes que te corresponden.
—Lo imaginaba.
Sonreí.
—Y podrías empezar aprendiendo a ordenar las páginas.
Por primera vez, Lu Heng se echó a reír delante de mí.
9. Lo que vio todo el país
El programa emitió un episodio especial dos semanas después.
Esta vez no utilizaron música cómica cuando aparecí en pantalla.
Tampoco mostraron mis entrenamientos como si fueran una broma.
Explicaron que yo había pertenecido a una unidad provincial de investigación criminal y que había resultado gravemente herida durante una operación de rescate.
Mi historial anterior no había sido divulgado porque contenía información relacionada con investigaciones sensibles.
Las autoridades autorizaron únicamente la publicación de algunos datos generales, una vez que dejaron de comprometer los casos.
Las redes sociales cambiaron de opinión casi de un día para otro.
«¿Cómo que era investigadora provincial?».
«¿La cicatriz es de cuando salvó a una rehén?».
«Nos pasamos semanas insultándola sin saber nada».
«La llamamos inútil y fue quien detectó que el caso no estaba resuelto».
También hubo quienes insistieron en que mi comportamiento anterior seguía siendo poco profesional.
No estaban completamente equivocados.
Había utilizado mi cansancio y mi deseo de pasar desapercibida como excusa para evitar responsabilidades que todavía podía asumir.
Y tuve que reconocerlo.
Pero lo que más me sorprendió no fueron los comentarios.
Fue una carta.
La había enviado Xu Ning.
La mujer que había sacado del almacén de Beicheng tres años antes.
No nos habíamos visto desde su recuperación.
En el sobre había una fotografía.
Aparecía sonriendo junto a una niña pequeña.
Detrás había escrito:
Se llama An. Tiene dos años.
Debajo encontré unas líneas.
Inspectora Wen:
Cuando vi el programa, me dolió escuchar cómo hablaban de usted.
Durante mucho tiempo pensé que aquella noche solo había sido el peor día de mi vida. Después comprendí que también fue el día en que alguien decidió arriesgar la suya para que yo tuviera un futuro.
Ahora tengo una hija.
Y cuando sea mayor, le contaré que está aquí porque una mujer a la que muchos llamaban inútil nunca dejó de intentar abrir una puerta que estaba llena de humo.
Gracias por haber regresado a buscarme.
Leí la carta tres veces.
A la cuarta, las palabras comenzaron a desdibujarse.
Durante tres años había recordado principalmente a las personas que no pude salvar.
Sus fotografías.
Sus nombres.
Las llamadas que llegaron demasiado tarde.
Había olvidado que aquella noche también había conseguido sacar a alguien con vida.
Y que esa vida había continuado.
Con días corrientes.
Con cumpleaños.
Con una niña que aprendía a caminar.
Con cosas que nunca salían en los informes policiales.
El comisario Xia me encontró llorando frente al escritorio.
No preguntó nada.
Solo dejó una caja de pañuelos junto a mi mano.
Después se sentó y esperó.
Cuando logré serenarme, le enseñé la fotografía.
Él sonrió.
—Es preciosa.
Asentí.
—Sí.
—¿Todavía crees que no sirves para este trabajo?
Miré la imagen.
Tardé en responder.
—Creo que ya no puedo hacerlo como antes.
—Eso lo sabemos los dos.
—Pero quizás no tenga que hacerlo como antes.
Xia asintió lentamente.
—Eso llevo dos años intentando decirte.
10. La agente del archivo
Un mes después recibí una nueva propuesta de la unidad provincial.
Me ofrecían incorporarme como analista principal, con funciones adaptadas a mis limitaciones físicas.
No tendría que participar en operaciones de campo.
Mi trabajo consistiría en revisar casos complejos, analizar patrones criminales y formar a investigadores jóvenes.
El inspector Ji me llamó personalmente.
—Esta vez no tendrás que demostrar nada corriendo detrás de nadie.
—Menos mal.
—Y tampoco tendrás que trabajar todas las noches.
—Eso no me lo creo.
Se echó a reír.
—¿Aceptarás?
Miré alrededor de mi pequeña oficina.
Los archivadores seguían llenos.
La planta de la ventana continuaba medio marchita.
Sobre la mesa había una taza rota que llevaba meses prometiéndome cambiar.
Aquel lugar había sido mi refugio.
Un sitio donde podía esconderme de la culpa, del miedo y de las expectativas de los demás.
Pero también había terminado convirtiéndose en una jaula.
—Sí —respondí—. Con una condición.
—¿Cuál?
—Quiero colaborar con Qinggang. Tienen buenos investigadores, pero necesitan mejorar su sistema de revisión de expedientes.
Ji soltó una carcajada.
—Eso suena exactamente a la Wen Zhao que conocí.
Cuando colgué, encontré a Tang Yiqing esperando junto a la puerta.
Llevaba una carpeta y parecía nerviosa.
—Agente Wen, ¿puedo preguntarle algo?
—Depende. Si es sobre correr, no soy la persona indicada.
Sonrió.
—Quiero aprender a analizar escenas del crimen como usted.
La observé.
Era inteligente, trabajadora y tenía una enorme voluntad de ayudar.
También cometía el mismo error que yo había cometido a su edad.
Creía que ser una buena policía significaba encontrar una respuesta antes que nadie.
Le hice un gesto para que se sentara.
—Trae el expediente que quieras.
Tang me entregó una carpeta.
Era el informe de una desaparición reciente.
Lo abrí.
Había fotografías, declaraciones y una cronología perfectamente ordenada.
—Está muy bien presentado —dije.
Su rostro se iluminó.
—Gracias.
—Ahora dime qué es lo que no sabes.
Parpadeó.
—¿Cómo?
—Lo que no sabes. Lo que todavía no puedes demostrar. Las preguntas a las que nadie ha respondido.
Tang miró nuevamente el expediente.
Esta vez tardó mucho más en hablar.
Y cuando lo hizo, su respuesta fue distinta.
—No sabemos por qué la persona desaparecida dejó el teléfono en casa.
Asentí.
—Bien. Continúa.
Durante las dos horas siguientes, deshicimos la hipótesis inicial y volvimos a construirla a partir de los hechos.
Al terminar, Tang parecía agotada.
—¿Siempre trabaja así?
—Cuando me dejan.
—Debe de ser cansadísimo.
Me llevé una mano al pecho y asentí con absoluta seriedad.
—Por eso intento evitarlo.
Tang se echó a reír.
Yo también.
Aquella tarde, antes de marcharme, pasé por el patio de entrenamiento.
Lu Heng estaba dirigiendo la carrera.
Los agentes avanzaban en formación bajo el sol.
Me vio desde lejos.
—¡Wen Zhao! ¿Te unes?
—¡Ni hablar!
Las carcajadas recorrieron el patio.
Lu Heng negó con la cabeza, divertido.
—¡Sigues siendo la última!
Levanté la mano.
—¡Y pienso conservar mi título!
Seguí caminando hacia la salida.
Más despacio que los demás.
Con una leve punzada bajo las costillas.
Y sin ninguna vergüenza.
Porque había aprendido algo que durante tres años me había negado a aceptar.
No necesitaba volver a ser la agente que había sido antes del incendio.
Tampoco necesitaba convertirme en la heroína que internet había inventado después.
Solo tenía que seguir haciendo bien la parte del trabajo que todavía estaba en mis manos.
Al llegar a la puerta, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Xu Ning.
Había enviado un vídeo de su hija dando sus primeros pasos.
La pequeña avanzaba torpemente por el salón, se caía sobre una alfombra y volvía a levantarse entre risas.
Lo vi dos veces.
Después guardé el teléfono y levanté la cabeza.
El cielo estaba despejado.
Por primera vez en mucho tiempo, respiré sin sentir que llevaba todo el peso del pasado sobre el pecho.
Y comprendí, por fin, por qué la frase que había escrito en aquella entrevista televisiva era la única respuesta que nunca había sido una broma.
«Que todos podamos volver vivos a casa».
Porque detrás de cada expediente había alguien esperando.
Y porque, a veces, el verdadero éxito de una investigación no consistía en recibir una medalla, aparecer en televisión o ser el primero en anunciar una detención.
Consistía en impedir que otra familia tuviera que recibir una llamada en mitad de la noche.