PARTE 2
La mujer que conocía todos mis sacrificios
Esa misma noche no conseguí un billete para regresar a casa.
Me senté en la sala de espera de la estación, rodeada de viajeros dormidos y máquinas expendedoras que zumbaban bajo las luces blancas.
Fu Chen me llamó veintiséis veces.
Contesté a la vigesimoséptima.
—Wan, dime dónde estás. Voy a buscarte.
—Estoy en la estación.
—No hagas esto. Necesitamos hablar.
—Habla.
—Lo de Qingyi no es como imaginas. Cuando entró en la empresa fui su mentor. Trabajamos juntos y los compañeros empezaron a bromear con nosotros.
—¿Y reservar restaurantes para ella también forma parte de tus obligaciones como mentor?
—Celebrábamos un proyecto importante.
—¿Cuántos compañeros había?
No respondió.
Abrí las fotografías que había guardado de aquella celebración.
Dos copas.
Dos platos.
Un ramo enorme de rosas blancas.
Y una pequeña tarta donde podía leerse: «Siete años y muchos más».
—Fu Chen —pregunté—, ¿desde cuándo celebras dos aniversarios el mismo día?
Su respiración cambió.
—Estoy agotado. Tú no sabes la presión que tengo aquí.
Miré las manos que sostenían el teléfono. Tenía una pequeña cicatriz junto al pulgar, recuerdo de la noche en que cambié sola una bombona de oxígeno de su padre.
—Es verdad —contesté—. No sé qué significa trabajar en Pekín. Solo sé lo que significa pasar una noche entera en urgencias mientras tu padre lucha por respirar.
—Sé que has trabajado mucho por mi familia.
—No. Nunca has querido saberlo.
Le envié una fotografía de los recibos médicos.
—La operación de tu madre costó ochenta mil yuanes de entrada. Los pagué yo. También pagué medicamentos, consultas, transporte y parte de los gastos domésticos.
—¿Ahora vamos a discutir por dinero? Pensé que éramos una familia.
—Yo también. Ese fue mi error.
—Hablar de dinero destruye los sentimientos.
Miré la fotografía de las rosas.
—Nuestros sentimientos ya están destruidos. Ahora podemos hablar del dinero.
Antes de colgar, le envié un mensaje:
«Tienes tres días para devolverme lo que puedas justificar como deuda. El resto lo revisaremos con un abogado».
Su respuesta llegó inmediatamente.
«Jiang Wan, ¿te has vuelto loca?».
«No. Por primera vez en siete años estoy pensando con claridad».
Me levanté para ir al baño.
Cuando regresé, Song Qingyi estaba junto a mi asiento.
Llevaba un abrigo blanco impecable y sostenía la caja que yo había dejado en el restaurante.
—Señorita Jiang —me saludó con una sonrisa—. Fu Chen me pidió que le devolviera esto.
—¿Cómo sabías dónde estaba?
—Él me lo dijo. Está muy preocupado por ti.
Depositó la caja sobre la mesa.
—Debe de ser tu álbum de recuerdos, ¿verdad? Siempre haces uno cada aniversario.
La miré.
—¿Cómo lo sabes?
—He visto algunos en su ordenador. También las fotografías de los medicamentos, los billetes de tren y las facturas que ordenabas por fechas.
—¿Desde cuándo sabes quién soy?
Su sonrisa apenas cambió.
—Desde hace más de tres años.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Entonces sabías perfectamente que él tenía novia.
—Por supuesto.
—¿Y no te importó?
Qingyi se acomodó el cuello del abrigo.
—No es tan sencillo. Tú cuidabas de sus padres. Yo estaba aquí, a su lado. Lo acompañaba en las reuniones, trabajaba hasta tarde con él, celebraba sus éxitos. Las dos hemos hecho sacrificios.
La observé en silencio.
Había pasado años preguntándome si Fu Chen se encontraba solo, si comía bien, si tenía alguien que lo ayudara cuando enfermaba.
Ahora descubría que nunca había estado solo.
La única que había vivido una relación a distancia era yo.
—Estás confundiendo sacrificio con conveniencia —le dije.
Su sonrisa desapareció.
—No tienes por qué hablarme así.
—Tampoco tenías por qué aceptar un aniversario que sabías que pertenecía a otra persona.
—Fu Chen necesita una mujer capaz de acompañarlo en su mundo.
Miré la caja.
—Entonces espero que también estés dispuesta a acompañarlo al hospital a las cuatro de la mañana.
—Eso no es asunto mío.
—Pronto lo será.
Saqué de la caja un sobre que contenía el resumen de gastos y lo guardé en mi bolso.
Después dejé el resto sobre el asiento.
—Puedes llevártelo. Los recuerdos ya no me sirven.
Qingyi lo miró con una expresión extraña.
—Son siete años de tu vida.
—Exactamente. Y pienso recuperar los años que todavía me quedan.
2. La llamada que terminó de abrirme los ojos
A la mañana siguiente llamé a la madre de Fu Chen.
Contestó inmediatamente.
—¡Wan! ¿Dónde estás? Se me han terminado los medicamentos. Tu tío pasó toda la noche tosiendo y todavía no has venido.
Durante siete años había escuchado esa misma voz casi todos los días.
Nunca empezaba preguntándome cómo estaba.
—Tía, a partir de ahora tendrás que pedirle a Fu Chen que organice tus consultas.
—¿Qué tonterías dices? Sabes que está trabajando.
—Anoche no parecía tan ocupado.
Su tono cambió.
—Los hombres tienen compromisos sociales. Si una chica se le acerca demasiado, ¿qué puede hacer él?
Me quedé inmóvil.
—¿Sabías lo de Song Qingyi?
Hubo un silencio.
—Sabía algunas cosas. ¿Y qué? Lo importante es que al final se case contigo.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—No recuerdo. Un par de años, quizá.
Sentí que la última esperanza se apagaba.
No solo mi novio me había mentido.
Su madre, la mujer a la que había ayudado a vestirse después de una operación, también conocía aquella relación.
—¿Y nunca pensaste decírmelo?
—¿Para qué? Solo habrías provocado discusiones. Tú eres una buena chica, sabes cuidar una casa. Esa otra muchacha es demasiado ambiciosa.
—Entonces, ¿por qué no le pides a ella que te cuide?
—¡Porque no es lo mismo!
—Claro que no. Ella es la mujer con la que tu hijo sale a cenar. Yo soy la que limpia después.
—Jiang Wan, estás siendo cruel.
—No, tía. Solo he dejado de estar disponible.
Colgué.
Fue la primera vez en siete años que terminé una conversación con ella antes de que me diera una lista de encargos.
Aquella misma tarde conseguí regresar a nuestra ciudad.
Dormí apenas tres horas en un pequeño hotel y fui a casa de los padres de Fu Chen a entregarles sus documentos.
Su madre estaba sentada en el sofá.
Al verme entrar, preguntó:
—¿Trajiste los medicamentos?
Coloqué una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están sus informes médicos, las recetas vigentes, los teléfonos de los especialistas y la información del seguro. También anoté el nombre de una agencia de cuidadores.
Su padre apareció apoyándose en el marco de la puerta.
—Wan, tráeme agua.
Durante años me habría levantado inmediatamente.
Aquella vez señalé la jarra situada a menos de dos metros de él.
—Tiene agua en la mesa, tío.
Me miró como si acabara de faltarle al respeto.
La madre de Fu Chen abrió la carpeta.
—¿Qué significa todo esto?
—Que ya no voy a encargarme de ustedes.
—¿Y quién lo hará?
—Su hijo puede contratar ayuda.
—¿Sabes cuánto cuesta una cuidadora?
—Sí. Lo he averiguado esta mañana.
—¡Fu Chen no puede permitirse tantos gastos!
—Entonces tendrá que reorganizar sus prioridades.
Su padre golpeó la mesa.
—¡Después de siete años, ahora nos abandonas por un pequeño error de nuestro hijo!
Respiré profundamente.
—No ha sido un pequeño error. Y ustedes no son personas indefensas. Tienen un hijo adulto, ahorros y acceso a atención médica. Lo que no tienen es derecho a disponer de mi vida.
La madre de Fu Chen se puso roja de indignación.
—¡Comiste en esta casa durante años!
Abrí mi teléfono y le mostré los movimientos bancarios.
—También transferí entre dos mil y cinco mil yuanes mensuales para los gastos de la casa. Aquí están las fechas.
Su expresión vaciló.
—Eso lo hacías por cariño.
—Sí. Y el cariño se terminó.
Cuando estaba recogiendo mis cosas, soltó la frase que siempre había utilizado para hacerme sentir pequeña:
—A tu edad, no encontrarás fácilmente un hombre con las condiciones de mi hijo.
Me detuve frente a la puerta.
—Entonces espero que Song Qingyi sepa aprovechar semejante oportunidad.
—¡Esa muchacha no sabe cuidar a nadie!
La miré.
—Lo sabes perfectamente, ¿verdad? Por eso querías que él disfrutara de su compañía mientras yo seguía cuidándolos a ustedes.
No respondió.
Dejé la llave sobre la mesa.
Y salí.
3. Los ochenta mil yuanes
Esa noche extendí siete años de documentos sobre el suelo de mi habitación.
Había conservado prácticamente todo: recibos de farmacia, ingresos hospitalarios, transferencias, billetes de tren, facturas y conversaciones.
Antes trabajaba como contable administrativa. Me gustaba tener las cosas organizadas y sabía lo importante que podía resultar un justificante años después.
Nunca imaginé que esos papeles me ayudarían a reconstruir una traición.
La primera sorpresa apareció al revisar una transferencia de ochenta mil yuanes realizada tres años atrás.
Recordaba perfectamente aquel día.
La madre de Fu Chen necesitaba una operación de columna. Fu Chen me había llamado llorando.
«Wan, no puedo retirar tanto dinero ahora. Tengo los ahorros invertidos y necesito unos días. ¿Puedes adelantarlo? Te lo devolveré en cuanto pueda».
Yo había utilizado los ahorros destinados a pagar la entrada de nuestro futuro apartamento.
Sin dudarlo.
El dinero salió de mi cuenta hacia una cuenta bancaria que Fu Chen me indicó.
Conservaba el justificante original.
También tenía un documento que él me había enviado meses después para explicarme cómo estaba organizando sus finanzas.
En su contabilidad, aquella cantidad aparecía registrada como dinero destinado a la entrada de un apartamento en Pekín.
El beneficiario del supuesto préstamo era él.
Pero la dirección de la vivienda estaba asociada a Song Qingyi.
No comprendí inmediatamente lo que significaba.
Abrí la conversación de aquel año y encontré una frase que había olvidado:
«El hospital está gestionando los pagos a través de una cuenta externa. Confía en mí».
Entonces revisé el historial bancario.
El dinero nunca había ido directamente al hospital.
Había llegado a una cuenta personal cuyo titular, según el comprobante, era Fu Chen.
Me quedé mirando la pantalla.
Si realmente había pagado la operación de su madre con aquel dinero, ¿por qué aparecía después vinculado a un apartamento de Pekín?
A la mañana siguiente llamé al departamento de facturación del hospital.
Expliqué que necesitaba copias de los pagos que yo misma había realizado y de los recibos que tenía derecho a consultar.
Me indicaron cómo presentar la solicitud y qué autorizaciones serían necesarias para obtener información adicional de la paciente.
Con los documentos que ya conservaba pude identificar algo revelador: varios meses después de mi transferencia, Fu Chen me había enviado el recibo de un pago hospitalario de ochenta mil yuanes, pero el archivo era una fotografía recortada. No mostraba la cuenta de origen.
La operación sí se había realizado.
Lo que todavía no sabía era quién la había pagado y qué había ocurrido con mis ahorros.
Decidí no acusarlo de nada sin pruebas.
En lugar de eso, llamé a una antigua compañera de trabajo, la abogada Lin Yue.
Escuchó toda la historia en silencio.
Cuando terminé, me hizo una pregunta:
—¿Fu Chen te prometió por escrito devolverte aquel dinero?
—Sí. Tengo mensajes.
—Entonces vamos a separar dos cuestiones: lo que puedes reclamar documentalmente y lo que necesitas investigar. No mezcles gastos voluntarios con préstamos, ni sospechas con hechos.
Su manera de hablar me devolvió una sensación que creía olvidada.
Control.
Durante siete años mi vida había girado alrededor de urgencias ajenas.
Ahora, por primera vez, estaba tomando decisiones para mí.
4. La deuda que nadie quería reconocer
Dos días después Fu Chen regresó a nuestra ciudad.
Se presentó frente a mi apartamento llevando flores y una bolsa con mis dulces favoritos.
Cuando abrí, intentó sonreír.
—Wan, basta ya. He venido para hablar tranquilamente.
—Habla.
Miró detrás de mí.
—¿No vas a invitarme a pasar?
—No.
Su expresión se tensó.
—Mi madre está muy afectada. Dice que te fuiste sin preocuparte por ella.
—Le dejé todos sus documentos organizados. Más de lo que tú has hecho en siete años.
—Sabes que tengo que trabajar.
—Yo también trabajaba, Fu Chen. La diferencia es que además cuidaba a tus padres.
Le mostré el justificante de los ochenta mil yuanes.
—Quiero que me expliques esto.
Lo examinó.
Por primera vez desde que lo conocía, tardó varios segundos en encontrar una respuesta.
—Es un movimiento interno de mis cuentas.
—¿Por qué mi dinero para una operación aparece vinculado a una vivienda?
—No entenderías cómo funcionan las inversiones.
Aquella frase me hizo sonreír.
Me la había repetido tantas veces que casi llegué a creerla.
—Soy contable, Fu Chen.
—No trabajas en finanzas corporativas.
—No necesito hacerlo para distinguir una factura hospitalaria de la entrada de un apartamento.
Intentó quitarme el papel.
Lo retiré.
—¿Qué apartamento compraste con Song Qingyi?
Su rostro perdió el color.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Responde.
—No compramos nada juntos.
—Entonces explícame por qué la dirección aparece junto a su nombre.
Bajó la voz.
—Ella quería invertir. Yo la ayudé con los trámites.
—¿Con mis ahorros?
—¡Te dije que te los devolvería!
—Hace tres años.
—He tenido gastos.
—Para reservar un restaurante no parecías tener problemas.
Apretó la mandíbula.
—¿De verdad vas a destruir siete años de relación por ochenta mil yuanes?
Lo miré largamente.
—No. Los siete años los destruiste tú. Los ochenta mil simplemente quiero recuperarlos.
Sacó su teléfono y abrió una aplicación bancaria.
—Puedo transferirte veinte mil ahora. El resto después.
—Quiero un reconocimiento escrito de la deuda y un calendario de devolución.
Me observó como si estuviera hablando con una desconocida.
—¿Tan poco confías en mí?
—Exactamente.
De repente dejó de fingir tranquilidad.
—No sabes cuánto he hecho por nosotros. Mientras tú vivías cómodamente aquí, yo luchaba en Pekín para darnos un futuro.
Sentí una punzada, pero no de tristeza.
De incredulidad.
—¿Cómodamente?
—Tenías casa, familia, una vida estable.
—Tu padre sufrió tres crisis respiratorias. Tu madre tuvo dos ingresos hospitalarios. Cancelé vacaciones, rechacé un ascenso porque requería viajar y pasé una Nochevieja durmiendo sobre dos sillas de plástico en urgencias.
Sus ojos se desviaron.
—Nunca te pedí que hicieras tanto.
Aquella frase fue peor que encontrarlo con otra mujer.
Porque en ella cabía toda su ingratitud.
—Tienes razón —respondí—. Nadie me obligó a quererte. Pero sí me pediste que adelantara el dinero, y tengo los mensajes.
Cerré la puerta.
Él se quedó al otro lado, golpeándola.
—¡Jiang Wan! ¡Abre! ¡No puedes tratarme como a un extraño!
Apoyé la espalda contra la madera.
Y por primera vez no sentí la necesidad de consolarlo.
5. Lo que Song Qingyi no sabía
Una semana después, Song Qingyi me escribió.
«Tenemos que hablar. Es sobre el apartamento».
Estuve a punto de bloquearla.
Pero había algo en su mensaje que me hizo responder.
Nos encontramos en una cafetería del centro.
Ya no llevaba su abrigo blanco de aquella noche. Tenía ojeras y las uñas mordidas.
Se sentó frente a mí sin pedir nada.
—Fu Chen dice que estás intentando quitarle dinero.
—Estoy intentando recuperar dinero que le presté.
—Me dijo que eran fondos suyos.
Saqué una copia del justificante.
Qingyi la examinó.
Le temblaron ligeramente los dedos.
—Esta cuenta es de Fu Chen.
—Lo sé.
—Pero la fecha…
Se interrumpió.
—¿Qué pasa con la fecha?
Abrió su bolso y sacó una carpeta con documentos bancarios.
—Tres días después de recibir ese dinero, Fu Chen hizo una transferencia de setenta mil yuanes como parte de la señal del apartamento que íbamos a comprar.
No dije nada.
Ella añadió:
—La operación estaba a mi nombre porque mi situación financiera permitía solicitar mejores condiciones de préstamo. Él me dijo que aquella cantidad eran ahorros acumulados de su trabajo.
—¿El apartamento está a tu nombre?
—Sí. Pero el dinero que aportó lo considerábamos suyo.
Comprendí entonces cómo se habían utilizado mis ahorros.
La transferencia que hice para ayudar a su madre había financiado, al menos en parte, la futura vivienda de otra mujer.
—¿Y la operación? —pregunté.
Qingyi negó con la cabeza.
—No sé nada de eso.
Le expliqué las fechas, los mensajes y las circunstancias.
Ella se quedó callada durante un largo rato.
Después dijo algo que nunca había esperado escuchar:
—Fu Chen me contó que tú eras una amiga de la infancia que se había encariñado demasiado con sus padres. Decía que estabas confundiendo gratitud con amor.
Solté una pequeña carcajada sin alegría.
—¿Eso te dijo?
—Sí.
—¿Y los álbumes? ¿Las fotografías de los aniversarios?
Qingyi bajó la mirada.
—Decía que eras muy sentimental y que no quería hacerte daño.
La miré fijamente.
—¿Y tú decidiste ayudarlo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no aparté la mirada.
—Sabías que existía. Sabías que llevábamos siete años juntos.
—Pensé que vuestra relación había terminado emocionalmente.
—Pero te gustaba que él no me lo dijera.
No respondió.
La camarera se acercó y dejó dos vasos de agua.
Cuando se alejó, Qingyi habló en voz baja.
—No vine a pedirte perdón para que me perdones. Vine porque ayer me pidió que firmara un documento diciendo que los setenta mil yuanes eran un préstamo que yo había recibido de él.
—¿Y lo firmaste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando le pregunté para qué lo necesitaba, dijo que tú estabas intentando arruinar su carrera y que necesitaba proteger sus bienes.
Me mostró una captura de pantalla.
Fu Chen le había escrito:
«Si alguien pregunta, di que nunca supiste nada de Jiang Wan ni de su dinero».
Alcé la vista.
—Pero sí lo sabías.
Qingyi asintió.
—Lo sabía.
El silencio entre nosotras fue incómodo.
Finalmente, dijo:
—Puedo aportar los comprobantes de la compra si un abogado me los solicita por las vías correspondientes.
No le agradecí que hiciera lo mínimo.
Pero tampoco rechacé la información.
Antes de marcharse, me preguntó:
—¿Todavía lo quieres?
Pensé en el hombre que me llevaba sopa cuando enfermaba en la universidad.
En sus promesas de matrimonio.
En las noches que pasábamos hablando de una casa con balcón y una mesa grande donde nuestros padres pudieran cenar juntos.
—Quiero al hombre que creí conocer —respondí—. Pero ese hombre ya no existe para mí.
Qingyi guardó la carpeta.
—A mí también me dijo que el año que viene nos casaríamos.
—Entonces ya sabes qué valor tienen sus promesas.
6. La verdad llegó a la oficina
Lin Yue estudió los documentos durante varios días.
Había mensajes donde Fu Chen reconocía que los ochenta mil yuanes eran un adelanto que devolvería. También encontramos otras transferencias que él había pedido expresamente para gastos médicos concretos.
No todos mis gastos eran reclamables.
Había comprado alimentos, pagado medicinas y aportado dinero voluntariamente durante años.
Aquello formaba parte de mi historia, aunque no necesariamente de una deuda exigible.
Pero los ochenta mil eran distintos.
Y los documentos aportados por Qingyi ayudaban a mostrar qué había hecho Fu Chen con buena parte del dinero después de recibirlo.
Mi abogada envió una reclamación formal.
Fu Chen respondió con una llamada furiosa.
—¡Has ido demasiado lejos!
—Solo te he pedido lo que debes.
—¡Ahora Qingyi no me habla! ¡Mi madre no deja de llorar y tengo problemas en el trabajo!
—Todo eso ha ocurrido por tus decisiones.
—¡Tú empezaste con las amenazas!
—Te pedí que cumplieras una promesa escrita.
Dos días después recibí una llamada de un número desconocido.
Era un responsable del área de cumplimiento de la empresa de Fu Chen.
Me explicó que estaban revisando determinados documentos relacionados con sus declaraciones económicas internas y que mi nombre aparecía como prestamista en una copia de un justificante.
Me preguntó si estaría dispuesta a confirmar exclusivamente la autenticidad de la transferencia y de los documentos que yo había emitido.
Consulté primero con Lin Yue.
Después entregué una declaración limitada a lo que conocía personalmente.
No inventé nada.
No publiqué acusaciones en redes sociales.
No necesitaba hacerlo.
Fu Chen había declarado aquel dinero de diferentes maneras según le convenía: ante mí, como un adelanto para una operación; en sus registros personales, como fondos destinados a una vivienda; y en documentación posterior, como un supuesto préstamo formal a otra persona.
La empresa tendría que determinar por su cuenta si alguna inconsistencia afectaba sus obligaciones profesionales.
Yo solo quería recuperar mi dinero.
Un mes después, Fu Chen volvió a buscarme.
Esta vez parecía más viejo.
Tenía los ojos enrojecidos y la camisa arrugada.
—Wan, estoy suspendido temporalmente mientras revisan los documentos.
—Lo siento por ti.
—No lo parece.
No respondí.
Se sentó en el banco situado frente a mi edificio.
—Qingyi quiere vender el apartamento. Dice que no puede seguir conmigo después de todo esto.
—Es su decisión.
—Mi madre necesita una cuidadora y mi padre se niega a aceptarla. Estoy gastando casi todo lo que gano.
Me senté al otro extremo del banco.
Durante años, había imaginado aquella escena: Fu Chen regresando a casa, reconociendo mis esfuerzos y pidiéndome empezar de nuevo.
Ahora estaba frente a mí.
Pero ya no deseaba volver.
—¿Sabes qué me dijo mi madre ayer? —preguntó.
Guardé silencio.
—Que antes no tenía que pensar en ninguna de estas cosas. Que tú siempre lo resolvías todo.
Bajó la cabeza.
—Creo que nunca entendí cuánto hacías.
Aquello me dolió más de lo que esperaba.
No porque quisiera regresar.
Sino porque había necesitado perderme para empezar a verlo.
—No, Fu Chen —respondí—. Lo sabías. Lo que no imaginabas era que algún día dejaría de hacerlo.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—Quiero arreglarlo.
—Entonces empieza pagando lo que debes y ocupándote de tus padres.
—¿Y nosotros?
Lo miré.
—Nosotros terminamos la noche del aniversario.
7. La disculpa que llegó siete años tarde
La madre de Fu Chen me llamó de nuevo dos semanas después.
Esta vez no gritó.
—Wan, soy yo.
—La escucho.
—Tu tío ha tenido que ingresar unos días. Fu Chen contrató ayuda, pero las cosas no funcionan igual.
—Espero que se recupere pronto.
Hubo un silencio.
—Me gustaría que vinieras a verlo.
Respiré despacio.
—No voy a hacerlo.
—Él te aprecia mucho.
—Espero que encuentre consuelo en su familia.
Escuché un pequeño sollozo.
—No sabíamos lo que teníamos hasta que te fuiste.
Por un instante recordé los cumpleaños que pasé comprándole regalos, las mañanas preparando desayunos especiales, las noches aprendiendo a colocar correctamente el equipo de oxígeno.
Había habido momentos buenos.
No necesitaba negarlos para reconocer que aquella relación me había hecho daño.
—Tía, durante siete años estuve allí. No era invisible. Ustedes eligieron tratarme como si mis necesidades no importaran.
—Pensé que terminarías siendo mi nuera.
—Yo también.
—Entonces quizá todavía…
—No.
Mi respuesta fue tranquila.
—Le deseo salud. Pero no voy a regresar a esa casa.
Cuando colgué, lloré.
No por Fu Chen.
Lloré por la muchacha de veintitrés años que había confundido ser indispensable con ser amada.
Había creído que si daba suficiente, tarde o temprano alguien reconocería su valor.
Me costó siete años comprender que el amor no debería exigir la desaparición de una persona.
8. El último pago
La reclamación civil se resolvió mediante un acuerdo escrito.
Fu Chen reconoció la deuda de ochenta mil yuanes, además de varias cantidades menores que conseguimos acreditar como préstamos específicos.
Se comprometió a devolverlas siguiendo un calendario, con consecuencias legales si incumplía.
No recuperé cada yuan que había gastado en su familia.
Tampoco los años.
Pero recuperé algo que había perdido mucho antes que el dinero: la capacidad de decidir sobre mi propia vida.
Retomé mi carrera como contable.
Había rechazado oportunidades por no alejarme de los padres de Fu Chen. Esta vez acepté una entrevista en una empresa de otra ciudad.
Cuando me ofrecieron el puesto, me quedé mirando el contrato varios minutos.
No tenía que consultar con nadie.
No tenía que revisar si coincidía con una operación médica.
No tenía que pedir perdón por querer algo.
Firmé.
Seis meses después recibí el último pago de Fu Chen.
El mensaje decía:
«Ya está todo. Ojalá algún día puedas perdonarme».
Lo leí sentada frente a la ventana de mi nuevo apartamento.
No sentí alegría.
Tampoco tristeza.
Solo una paz silenciosa.
Respondí:
«He recibido el dinero. Que te vaya bien».
Después archivé la conversación.
Aquella noche salí a cenar con mis nuevos compañeros de trabajo.
Elegimos un pequeño restaurante con ventanas enormes y vistas a las luces de la ciudad.
Cuando trajeron el postre, uno de ellos comentó:
—Jiang, nunca nos has contado por qué decidiste mudarte aquí.
Sonreí.
—Porque quería empezar de nuevo.
—¿Y no echas de menos tu antigua vida?
Miré alrededor.
Había conversaciones, risas y gente que me conocía por mi trabajo, por mis ideas y por lo que realmente era.
No por los servicios que podía prestarles.
—Algunas partes —respondí—. Pero no lo suficiente como para volver.
9. El octavo aniversario
El 21 de octubre del año siguiente, mi teléfono me mostró un recuerdo.
Era una fotografía tomada ocho años atrás.
Fu Chen y yo estábamos sentados junto a un lago, compartiendo una pequeña tarta.
Él me abrazaba y sonreía a la cámara.
Recordé sus palabras de entonces:
«Cuando tenga éxito, te daré todo lo que mereces».
Durante años había esperado aquel futuro.
No sabía que, mientras yo lo esperaba, él estaba construyendo otro.
Abrí la fotografía.
Por un momento pensé en borrarla.
Finalmente la guardé en una carpeta que titulé «Pasado».
No necesitaba fingir que esos siete años nunca existieron.
Fueron reales.
Mi amor había sido real.
También lo habían sido mi esfuerzo, mi paciencia y mis renuncias.
Que él me hubiera engañado no convertía mis sentimientos en una mentira.
Solo demostraba que se los había entregado a alguien incapaz de corresponderlos.
Apagué la pantalla y salí de casa.
Había comprado una entrada para un concierto.
Una sola.
No porque estuviera resignada a vivir sin pareja, sino porque había dejado de esperar que alguien me acompañara para hacer las cosas que deseaba.
A mitad de camino llegó un mensaje de un número que ya no tenía guardado.
«Wan, hoy habríamos cumplido ocho años. Todavía recuerdo nuestro primer aniversario. Si pudiera volver atrás…».
Era Fu Chen.
Leí el mensaje sin detenerme.
Después escribí:
«Si pudiera volver atrás, también cambiaría muchas cosas. Pero ninguna de ellas sería quedarme contigo».
Bloqueé el número.
La ciudad estaba iluminada. Una pareja se besaba frente al semáforo y un niño corría detrás de su madre con un globo rojo.
El mundo seguía girando.
Durante siete años había tenido miedo de que, si dejaba a Fu Chen, mi vida se quedara vacía.
Ahora comprendía que aquel espacio no estaba vacío.
Estaba disponible.
Para mis propios sueños.
Para las personas que supieran quererme sin utilizarme.
Para las oportunidades que antes dejaba pasar.
Y, sobre todo, para mí.
Aquella noche publiqué una fotografía de las luces de la ciudad.
No había hombres, flores ni promesas de amor eterno.
Solo una frase:
«Durante siete años cuidé de la familia de otro mientras olvidaba cuidar de mí. Hoy empieza el primer año de mi nueva vida».
No esperaba ninguna respuesta.
Pero unos minutos después apareció un comentario de una antigua compañera de universidad:
«Nunca es tarde para volver a elegirte».
Sonreí.
Guardé el teléfono y entré en la sala del concierto.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba esperando a nadie.
Y por primera vez en siete años, eso no me hacía sentir sola.