PARTE 2
EL HOMBRE QUE NO TENÍA DERECHO A DETENERME
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
Jiang Zhiyuan permanecía en el umbral de mi habitación, sujetando mi teléfono con tanta fuerza que sus nudillos habían perdido el color.
—Te he hecho una pregunta, Xueting.
Dejé de doblar la ropa.
—Y yo tengo una respuesta. Me he casado.
—¡Eso es imposible!
Por primera vez en ocho años, levantó la voz de una manera que no parecía una reprimenda, sino algo mucho más cercano al pánico.
—Solo tienes veinte años. Hace tres días ni siquiera conocías a ese hombre.
—Lo conocí esta tarde.
Jiang abrió mucho los ojos.
—¿Y te casaste con él?
—Sí.
—¿Has perdido la cabeza?
La pregunta me resultó extrañamente familiar.
En mi vida anterior, cada vez que mis sentimientos no coincidían con sus expectativas, Jiang me acusaba de comportarme como una demente.
Nunca había intentado entenderme.
Únicamente esperaba que obedeciera.
—Estoy legalmente casada —respondí—. No he hecho nada que necesite tu autorización.
Avanzó dos pasos hacia mí.
—Voy a llamar a Xie Xici. Este matrimonio tiene que anularse.
—No.
La firmeza de mi respuesta lo detuvo.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no quiero anular mi matrimonio.
Me miró como si una desconocida hubiera ocupado el lugar de la muchacha que él había criado.
Entonces sus ojos encontraron la caja de cartón junto al armario.
En la parte superior estaban los libros que me había regalado cuando era adolescente.
Se agachó y recogió uno.
—¿Qué significa esto?
—Estoy ordenando mis cosas.
—¿Vas a tirar mis regalos?
—No voy a tirarlos. Puedes quedártelos si quieres.
Pasó lentamente los dedos por la portada.
—Te gustaba este libro. Me pedías que te lo leyera una y otra vez.
Lo recordaba perfectamente.
También recordaba las noches en que me había quedado dormida escuchando su voz, convencida de que jamás podría vivir sin él.
—Era una niña —contesté.
Jiang cerró el libro.
—Xueting, ¿estás haciendo todo esto para castigarme porque voy a casarme con Niannian?
Aquella pregunta terminó de apagar algo dentro de mí.
Hasta entonces había imaginado que su desconcierto se debía, al menos en parte, a la posibilidad de perderme.
Pero él seguía creyendo que cada decisión de mi vida tenía que girar alrededor de sus sentimientos.
—No te estoy castigando, tío Jiang.
Era la primera vez que lo llamaba así sin el diminutivo cariñoso de siempre.
Lo notó inmediatamente.
—¿Por qué me llamas de esa manera?
—Porque eres el hombre que se hizo cargo de mí cuando me quedé sola. Y te lo agradezco.
Respiré hondo.
—Pero eso no te convierte en el dueño de mi futuro.
Su expresión cambió.
Durante un instante pareció querer decir algo.
Sin embargo, acabó dejando el libro sobre la mesa.
—Mañana hablaremos cuando te hayas calmado.
—Mañana seguiré casada.
Me sostuvo la mirada.
Después salió y cerró la puerta con fuerza.
Me quedé inmóvil hasta que escuché sus pasos alejándose.
Solo entonces advertí que tenía las manos heladas.
Había logrado enfrentarme a él sin llorar.
Pero mi cuerpo todavía recordaba el miedo.
04. UNA PROPUESTA DEMASIADO CONVENIENTE
A la mañana siguiente, Su Niannian entró en mi habitación sin pedir permiso.
Llevaba una bata de seda color champán y una expresión cuidadosamente preocupada.
—Xueting, necesitamos hablar.
Yo estaba terminando de preparar una maleta.
—Te escucho.
Sus ojos recorrieron la habitación.
—Jiang me ha contado lo del matrimonio. Supongo que es una broma para llamar su atención.
—No es ninguna broma.
—Vamos, no seas ingenua. ¿Crees de verdad que el comandante Xie se casaría con alguien como tú?
Levanté la mirada.
—¿Alguien como yo?
Su sonrisa se volvió más fina.
—No tienes una familia influyente que te respalde, tu reputación es complicada y todavía estás estudiando. Él podría elegir a cualquier mujer de la capital.
Había escuchado suficientes veces aquel discurso.
En mi vida anterior, Su Niannian repetía constantemente que ninguna familia decente aceptaría a una muchacha tan dependiente y caprichosa como yo.
Después aparecía con una sonrisa amable y decía que solo quería ayudarme.
—Entonces debes de estar muy sorprendida —contesté.
Sacó su teléfono.
—He hablado con la familia Xiao. Están dispuestos a olvidar tu falta de educación si esta noche cenas con su hijo.
—Estoy casada.
—Un certificado se puede anular.
—No sin mi consentimiento.
La sonrisa desapareció.
—Xueting, no confundas la paciencia de Jiang con debilidad.
Sentí un escalofrío.
No por su amenaza, sino porque ya había escuchado aquellas mismas palabras antes.
En la otra vida, Su Niannian se las dijo a uno de los instructores del centro disciplinario.
«No confundas la paciencia del general con debilidad. La muchacha necesita aprender a obedecer».
Recordé entonces algo que nunca había comprendido.
Su Niannian había organizado mi ingreso en aquel lugar.
Jiang había firmado la autorización, pero ella había elegido el centro.
Ella había hablado con los responsables.
Y ella había impedido que mis cartas salieran.
—Dime una cosa, Niannian —pregunté de pronto—. ¿Por qué te importa tanto que me case con Xiao Yan?
Parpadeó.
—Porque me preocupo por ti.
—¿O porque quieres sacarme de esta casa cuanto antes?
Su expresión se endureció.
—No tienes idea de lo que dices.
Se marchó dando un portazo.
Un minuto después recibí un mensaje de un número desconocido.
«Señorita Lin, soy Chen, asistente del comandante Xie. Mi jefe desea saber si necesita que la recojamos antes de la fecha acordada».
Miré mi maleta abierta.
Luego escribí:
«Sí. Hoy».
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«Un vehículo estará en la entrada a las seis de la tarde».
Me quedaban ocho horas para escapar de aquella casa.
05. LA DEUDA DE OCHO AÑOS
No quería marcharme escondiéndome.
Necesitaba cerrar aquella etapa con dignidad.
Por eso fui al banco y preparé una transferencia por una cantidad muy superior a los gastos estimados de mi manutención, estudios y educación durante los últimos ocho años.
También redacté una carta.
Cuando regresé, Jiang Zhiyuan estaba esperándome en el salón.
Sobre la mesa había una carpeta con el emblema de su unidad militar.
—Siéntate.
Lo hice.
Había aprendido a identificar su tono de mando incluso cuando no llevaba uniforme.
—He investigado las circunstancias de tu matrimonio —comenzó—. Xie Xici no sabía que tú eras la persona que Niannian había intentado presentar a Xiao Yan.
—Yo tampoco lo sabía.
—Entonces reconoces que ha sido un error.
—Reconozco que acudí a una cita diferente de la que habían organizado para mí.
—No juegues con las palabras.
Abrió la carpeta.
—Xie pertenece a una familia poderosa. Su matrimonio puede tener implicaciones políticas. No voy a permitir que termines siendo utilizada.
Era irónico.
Durante años había deseado que Jiang se preocupara por mi felicidad.
Ahora que intentaba alejarme de él, de pronto parecía decidido a protegerme del mundo entero.
—¿Y Xiao Yan? —pregunté—. ¿Te preocupaba que él pudiera utilizarme?
Jiang guardó silencio.
—Sabías que tenía una reputación terrible —continué—. Sabías que había tenido problemas por maltratar a sus parejas. Aun así, aceptaste que Niannian me llevara a conocerlo.
—No pensaba obligarte a casarte.
—Pero querías que fuera a cenar con él.
—Porque necesitabas comenzar a relacionarte con otras personas.
Lo observé largo rato.
Después saqué un sobre del bolso.
—Aquí tienes el comprobante de una transferencia. He calculado lo que gastaste en mí desde que me acogiste. He añadido una cantidad considerable por todo lo que hiciste.
Su expresión pasó de la sorpresa a la indignación.
—¿Qué demonios significa esto?
—Que no quiero seguir dependiendo económicamente de ti.
Rompió el comprobante.
—¡No puedes pagar ocho años de cariño con dinero!
Miré los pedazos de papel sobre la mesa.
—Lo sé.
Mi voz salió mucho más triste de lo que esperaba.
—Pero el cariño tampoco debería utilizarse para decidir cómo tiene que vivir una persona.
Jiang abrió la boca.
No encontró respuesta.
Entonces escuchamos una voz desde el pasillo.
—¿De dónde ha sacado Xueting tanto dinero?
Su Niannian estaba junto a la puerta.
Sus ojos se clavaron en los restos del comprobante.
—¿Se lo ha dado Xie Xici?
No contesté.
Ella dejó escapar una risa incrédula.
—Ahora entiendo. Has vendido tu matrimonio para vengarte de nosotros.
Jiang se puso en pie.
—Niannian, basta.
Pero ella siguió hablando.
—¡No! Llevamos años tolerando sus caprichos. ¿Y ahora pretende humillarnos casándose con un hombre de rango superior?
La miré.
Ahí estaba, por fin.
La verdadera Su Niannian.
No le preocupaba mi matrimonio.
Le preocupaba que yo hubiera dejado de ser una muchacha indefensa.
—No necesito vengarme de nadie —dije—. Solo quiero marcharme.
Fue entonces cuando Jiang pronunció una frase que jamás olvidaría.
—Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo diga.
Miré el reloj.
Faltaban diez minutos para las seis.
—Entonces me iré ahora mismo.
06. EL HOMBRE QUE VINO A BUSCARME
Subí a buscar mi maleta.
Cuando volví al salón, Jiang estaba hablando por teléfono.
—Quiero que se anule esa orden de recogida —decía—. Soy su tutor.
Una voz masculina respondió al otro lado, lo bastante alta como para que pudiera escucharla.
—General Jiang, la señorita Lin es mayor de edad. Y, legalmente, es mi esposa.
Jiang se quedó inmóvil.
—Comandante Xie…
—No he llamado para discutir mi matrimonio. He llamado para informar de que voy a recogerla personalmente.
La comunicación terminó.
Su Niannian palideció.
No habían pasado ni cinco minutos cuando se escuchó el ruido de varios vehículos deteniéndose fuera.
A través de las ventanas distinguí tres automóviles negros.
Del primero descendió Xie Xici.
Llevaba uniforme de gala, sin gorra, y caminaba con la serenidad de alguien acostumbrado a que todos se apartaran a su paso.
Jiang salió a recibirlo.
—Comandante Xie, deberíamos hablar.
—Por supuesto.
Xie me vio detrás de él.
Sus ojos descendieron hasta la maleta.
—Xueting, ¿estás preparada?
Asentí.
—Sí.
—Entonces nos vamos.
Jiang se interpuso.
—No puede llevársela así. Es prácticamente una niña.
Xie se detuvo.
—Tiene veinte años.
—La crié durante ocho.
—Eso merece agradecimiento, general Jiang. No obediencia de por vida.
El silencio fue absoluto.
Su Niannian apareció junto a nosotros.
—Comandante, creo que se está produciendo un malentendido. Xueting siempre ha sido demasiado impulsiva. Cuando se enfada, hace cualquier cosa por llamar la atención.
Xie la observó sin mostrar emoción.
—Señora Su, ¿está afirmando que mi esposa es incapaz de tomar decisiones?
Ella titubeó.
—No exactamente…
—Entonces no hay nada más que discutir.
Se volvió hacia mí.
—Puedes despedirte si lo deseas. No tienes obligación de hacerlo.
Aquellas palabras casi me hicieron llorar.
No porque fueran especialmente románticas.
Sino porque nadie me había ofrecido una elección desde hacía demasiado tiempo.
Miré a Jiang.
—Gracias por haberme dado un hogar cuando me quedé huérfana.
Su mandíbula se tensó.
—Xueting…
—Pero a partir de hoy voy a vivir mi propia vida.
Tomé la maleta.
Jiang intentó sujetarme del brazo.
Antes de que pudiera tocarme, Xie dio un paso hacia delante.
No levantó la voz.
—General, no la retenga.
Jiang bajó lentamente la mano.
Y yo salí de aquella casa sin mirar atrás.
07. LA VERDAD SOBRE MI NUEVO MARIDO
Durante el trayecto, Xie Xici guardó silencio.
Yo estaba sentada a su lado, con el certificado de matrimonio dentro del bolso.
Por fin me atreví a preguntar:
—¿Por qué aceptaste casarte conmigo?
—Ya te lo expliqué. Mi abuela quiere verme casado.
—No me refiero a eso.
Lo miré directamente.
—No sabías nada de mí. Te pedí diez millones de yuanes y aceptaste de inmediato. Después me transferiste cien millones.
Xie giró el rostro.
—¿Te parece demasiado?
—Me parece sospechoso.
Por primera vez vi que sus labios se curvaban ligeramente.
—Es una respuesta sensata.
Esperó unos segundos antes de continuar.
—Hace siete años, una mujer encontró a mi abuela desorientada en una estación de tren. Había sufrido una crisis médica y no podía recordar su dirección.
Lo escuché atentamente.
—Aquella mujer llamó a una ambulancia, pagó los gastos iniciales y permaneció con ella hasta que llegamos.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—La mujer era tu madre.
Sentí que el mundo se detenía.
—Eso es imposible.
—Se llamaba Lin Shuyun, ¿verdad?
Asentí despacio.
Mi madre había muerto cuando yo tenía doce años.
Apenas conservaba algunas fotografías y recuerdos dispersos de su voz.
Xie continuó:
—Mi abuela quiso encontrarla para darle las gracias. Cuando supimos que había fallecido, buscamos a su hija. Descubrimos que estabas bajo la tutela de Jiang Zhiyuan.
—¿Por qué nunca me contactasteis?
—Mi abuela lo intentó una vez. Le dijeron que estabas bien y que no querías relacionarte con desconocidos.
Me quedé helada.
—Yo nunca recibí ningún mensaje.
—Eso sospechábamos.
Xie miró por la ventanilla.
—Cuando mi abuela volvió a encontrarte en un expediente que le enseñé, insistió en invitarte a nuestra casa.
—¿Y la cita?
—Mi asistente reservó una mesa a tu nombre. Pensé que sabías quién iba a esperarte.
Una extraña sensación me recorrió el pecho.
—Entonces no fue completamente casual.
—No —reconoció—. Pero el matrimonio fue una decisión inesperada incluso para mí.
Lo miré con incredulidad.
—¿Y por qué no me explicaste quién eras antes de registrarnos?
—Porque creí que conocías la propuesta. Fue un error mío. Lo comprendí después, cuando mi asistente comprobó los mensajes de la agencia.
Hizo una pausa.
—No tienes que continuar casada conmigo por ese malentendido.
Aquello me sorprendió más que cualquier otra cosa.
—¿Qué quieres decir?
—Que podemos separarnos legalmente cuando lo decidas. No voy a exigirte que cumplas un acuerdo que no comprendías del todo.
Bajé la mirada.
Por primera vez desde mi regreso a la vida, alguien poderoso no intentaba aprovecharse de mi vulnerabilidad.
—¿Y tu abuela?
—Se pondrá triste, pero lo entenderá.
Permanecí callada un momento.
—Quiero conocerla —dije finalmente—. Después decidiré qué hacer.
—Me parece justo.
08. LA ABUELA XIE
La residencia de la familia Xie era mucho menos ostentosa de lo que imaginaba.
Una casa amplia, rodeada de árboles, con una pequeña terraza y macetas de flores junto a las ventanas.
Una anciana de cabello blanco nos esperaba sentada en una silla junto al jardín.
Cuando me vio bajar del coche, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Shuyun…
Me quedé sin respiración.
Xie se acercó.
—Abuela, es Xueting. La hija de la señora Lin.
La anciana me tendió una mano temblorosa.
—Tienes los mismos ojos que tu madre.
Me arrodillé junto a ella.
—¿Usted la conoció?
—Solo durante unas horas. Pero hay personas que hacen por nosotros, en unas horas, más de lo que otras hacen durante toda una vida.
Me acarició el cabello.
—Tu madre me decía que estaba preocupada porque tenía que recoger a su pequeña de la escuela. No dejaba de mirar el reloj, pero aun así se negó a abandonarme hasta que llegaron mis familiares.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
Hacía muchos años que nadie me hablaba de mi madre.
Jiang evitaba mencionar el pasado.
Siempre decía que debía agradecer la vida que tenía y dejar de pensar en lo que había perdido.
La abuela Xie apretó mi mano.
—Quise darte las gracias. Quise saber cómo estabas. Pero nunca pudimos encontrarte.
—Yo tampoco sabía nada de ustedes.
La anciana miró a su nieto.
Después volvió a mirarme.
—Xici me ha contado lo del matrimonio. No tienes ninguna obligación de quedarte aquí por gratitud.
Solté una pequeña risa entre lágrimas.
—Eso mismo me ha dicho él.
—Entonces, por una vez, ha dicho algo inteligente.
Xie suspiró.
—Abuela…
Ella lo ignoró.
—Pero si necesitas un hogar, Xueting, aquí tienes uno. Aunque mañana decidas no seguir casada con mi nieto.
Aquella tarde me quedé a cenar.
Nadie me interrogó sobre Jiang.
Nadie me exigió que sonriera.
Nadie me dijo que debía comportarme como una muchacha agradecida.
Cuando llegué a mi habitación, encontré sobre la cama un pequeño álbum de fotografías.
En la primera página había una imagen tomada siete años atrás.
Mi madre aparecía junto a la abuela Xie en el hospital.
Sonreía.
Al pie, con su letra inclinada, había escrito:
«Las personas buenas siempre encuentran el camino de regreso a casa».
Abracé el álbum y lloré por primera vez sin sentir vergüenza.
09. EL PRIMER INTENTO DE RECUPERARME
Pasaron cuatro días.
Durante ese tiempo, Xie respetó escrupulosamente nuestro acuerdo.
Dormíamos en habitaciones separadas.
Yo continuaba con mis estudios.
Y la abuela Xie me trataba como a una nieta, incluso cuando insistía en que no era necesario que me quedara casada para visitarla.
Comencé a dormir sin pesadillas.
Pero la tranquilidad terminó una mañana, cuando recibí una llamada de Jiang Zhiyuan.
—Vuelve a casa.
No saludó.
No preguntó cómo estaba.
Solo dio una orden.
—No voy a volver, tío Jiang.
—Niannian dice que has difundido rumores sobre nuestra familia.
Fruncí el ceño.
—No he hablado con nadie.
—Entonces explícame por qué la familia Xiao ha retirado su invitación a nuestra boda.
Me quedé en silencio.
Ni siquiera sabía que Su Niannian y Jiang habían fijado una fecha.
—No tengo nada que ver con eso.
—Xueting, basta.
Escuché un ruido al otro lado de la línea.
Luego su voz se volvió más baja.
—He sido demasiado permisivo contigo. Si sigues comportándote así, tendré que tomar medidas.
Un frío familiar me recorrió la espalda.
En mi primera vida, aquellas palabras habían precedido a mi ingreso en el centro disciplinario.
—¿Qué medidas? —pregunté.
Jiang guardó silencio.
—Contéstame —insistí—. ¿Piensas encerrarme en algún lugar para enseñarme a obedecer?
—No digas tonterías.
—¿En un centro de reeducación, tal vez?
Al otro lado de la línea, algo cayó al suelo.
Después escuché su respiración entrecortada.
—¿Quién te ha hablado de eso?
La sangre se me heló.
Hasta aquel instante había creído que el centro disciplinario era una decisión tomada únicamente después de mis escándalos.
Pero acababa de comprender que ya existía un plan.
—¿De qué estás hablando? —pregunté.
—Xueting, ¿quién te ha dicho que Niannian estaba buscando un centro para ti?
Cerré los ojos.
Así que era verdad.
Su Niannian había comenzado a preparar mi encierro incluso antes de que ocurrieran los acontecimientos que, en la vida anterior, supuestamente lo habían justificado.
—No vuelvas a llamarme —susurré.
Colgué.
Y por primera vez comprendí que no bastaba con alejarme.
Tenía que averiguar qué había ocurrido realmente.
10. EL EXPEDIENTE OCULTO
Aquella noche le conté todo a Xie.
No podía revelarle que había vivido y muerto una vez.
Pero sí podía explicarle que Jiang y Su Niannian estaban considerando internarme contra mi voluntad.
Xie escuchó sin interrumpirme.
—¿Tienes alguna prueba?
—Todavía no.
—Entonces empezaremos por averiguar si ese centro existe y quién lo administra.
No me prometió venganza.
No intentó convencerme de que lo dejara todo en sus manos.
Simplemente me preguntó:
—¿Quieres presentar una denuncia si encontramos irregularidades?
Asentí.
—Sí.
Dos días después, su asistente Chen regresó con una carpeta.
El centro se llamaba Instituto Privado de Formación y Disciplina Xinghe.
Oficialmente ofrecía programas voluntarios de conducta y orientación psicológica.
Pero había acumulado numerosas denuncias de antiguos internos.
Entre ellas figuraban acusaciones de aislamiento prolongado, castigos físicos, restricciones alimentarias y retención de comunicaciones.
Sentí náuseas al leerlas.
Todo coincidía con lo que había sufrido.
Chen extendió otro documento.
—Hay algo más, señora Xie.
Era una solicitud de admisión.
Mi nombre figuraba en la primera página.
Lin Xueting.
Edad: veinte años.
Motivo de ingreso: comportamiento obsesivo, inestabilidad emocional y dependencia patológica del tutor.
La fecha de creación era anterior a mi supuesta primera crisis.
Y en la sección destinada a la persona solicitante aparecía un nombre.
Su Niannian.
Mis dedos comenzaron a temblar.
—¿Esto es auténtico?
—Hemos obtenido una copia del expediente administrativo. La institución tendrá que entregar los originales a las autoridades competentes.
Seguí leyendo.
En una nota interna aparecía otra frase:
«Se recomienda ingreso prolongado y suspensión de las comunicaciones externas».
Levanté la vista hacia Xie.
—Ella quería encerrarme desde el principio.
Él no intentó tranquilizarme con palabras vacías.
—Eso es lo que sugieren estos documentos. Ahora debemos conseguir que se investigue.
En aquel momento recibí un mensaje de Su Niannian.
«Xueting, todos estamos preocupados por ti. Vuelve antes de que las cosas se compliquen. Jiang todavía puede perdonarte».
Miré la pantalla.
Después respondí:
«Ya no necesito su perdón».
11. LA VERDADERA CARA DE SU NIANNIAN
La investigación avanzó con rapidez cuando varias antiguas víctimas aceptaron declarar.
Una de ellas, una mujer de veinticinco años llamada Lu Yan, había pasado seis meses en Xinghe.
Nos reunimos con ella en presencia de su abogada.
Lu Yan tenía una cicatriz delgada en la muñeca.
—Mi familia creyó que necesitaba disciplina —explicó—. Dijeron que yo era problemática porque quería abandonar una carrera que no me gustaba.
Me enseñó una fotografía del edificio.
Reconocí inmediatamente el pasillo.
Las puertas metálicas.
Las ventanas altas.
Era el lugar donde había muerto.
Tuve que apoyar las manos en la mesa.
Xie lo advirtió.
—Podemos detenernos.
Negué con la cabeza.
—Quiero escucharla.
Lu Yan continuó:
—Nos quitaban los teléfonos. Nos decían que cualquier protesta demostraría que necesitábamos más tiempo allí. Algunos tutores ni siquiera sabían lo que ocurría.
—¿Quién administraba el centro? —pregunté.
—Un hombre llamado Zhao Ming. Pero recibía visitas de gente importante. Personas que querían que sus familiares desaparecieran de la vista durante una temporada.
La abogada nos mostró después varios documentos.
Entre los nombres relacionados con las cuentas de la institución aparecía una sociedad vinculada a la familia de Su Niannian.
No demostraba por sí sola que ella participara en los abusos.
Pero explicaba por qué conocía tan bien el centro.
Tres días después, las autoridades abrieron una investigación formal.
Y aquella misma tarde, Su Niannian apareció inesperadamente en la residencia Xie.
La recibí en una sala con grandes ventanales.
Su elegancia habitual había desaparecido.
—¿Estás satisfecha? —espetó en cuanto nos quedamos frente a frente.
—No sé de qué hablas.
—La policía está investigando a mi primo. La familia de Jiang cree que yo tengo algo que ver.
—¿Y lo tienes?
Apretó los labios.
—Solo intentaba ayudarte.
Una risa amarga escapó de mi garganta.
—¿Encerrándome en un lugar donde maltratan a las personas?
—¡Tú no entiendes nada!
Su voz se quebró.
—Durante ocho años no pude acercarme a Jiang sin que tu nombre apareciera en todas nuestras conversaciones. Si quería viajar con él, tenía que esperar a tus vacaciones. Si organizábamos una cena, él volvía a casa porque tú estabas enferma.
La observé sin decir nada.
—Yo era su pareja —continuó—, pero tú siempre estabas allí. Todo giraba a tu alrededor.
—Eso era algo que debías resolver con él, no conmigo.
—¡Lo intenté!
Se llevó una mano al pecho.
—Pero él siempre decía que eras su responsabilidad. Que te había prometido una vida segura.
Sus ojos brillaron con resentimiento.
—Así que decidí que necesitabas una razón para marcharte.
—Y preparaste mi ingreso en Xinghe.
No respondió.
Su silencio fue suficiente para que comprendiera que no sentía remordimientos.
—Querías librarte de mí —dije—. No importaba lo que me pasara después.
Su Niannian me miró con desprecio.
—Si hubieras aprendido a mantenerte en tu lugar, nada de esto habría sido necesario.
Entonces comprendí que jamás obtendría de ella una disculpa sincera.
Me levanté.
—Esta conversación ha terminado.
Antes de irse, Su Niannian se volvió.
—Jiang acabará comprendiendo que lo has manipulado todo.
La miré por última vez.
—Quizá. Pero ya no necesito que él me crea para saber lo que viví.
12. EL DÍA EN QUE JIANG ZHIYUAN DESCUBRIÓ LA VERDAD
La noticia de la investigación llegó a las altas esferas militares.
Xinghe había funcionado durante años gracias a una red de contactos y una supervisión deficiente.
Varias familias influyentes comenzaron a distanciarse de sus administradores.
Jiang Zhiyuan recibió una notificación oficial solicitando información sobre la posible admisión de una joven que había estado bajo su tutela.
Aquella joven era yo.
Esa noche acudió a la residencia Xie.
Cuando el mayordomo anunció su llegada, yo estaba leyendo con la abuela.
—Puedes decidir si quieres verlo —me dijo ella.
Pensé durante unos segundos.
—Quiero hablar con él una última vez.
Jiang parecía haber envejecido varios años.
Tenía ojeras profundas y llevaba el uniforme arrugado.
Apenas me vio, comenzó a hablar.
—Xueting, he revisado los documentos.
No respondí.
—Niannian me dijo que solo había preguntado por un programa de orientación. Nunca mencionó los castigos ni las denuncias.
Lo miré fijamente.
—¿Y habrías aceptado enviarme allí si hubieras creído que todo era legal?
Bajó la mirada.
—Pensaba que necesitabas ayuda para superar tu dependencia emocional.
—Entonces sí.
Su rostro se contrajo.
—Yo nunca habría permitido que te hicieran daño.
Durante un instante volví a ver el pasillo del centro.
Escuché los gritos detrás de las puertas.
Recordé el hambre, el frío y la indiferencia.
En mi vida anterior, había esperado que Jiang llegara a buscarme.
Cada vez que alguien abría la puerta, levantaba la cabeza con esperanza.
Pero él nunca apareció.
—Eso no basta —respondí—. No basta con decir que no querías que me hicieran daño. También tenías que asegurarte de que el lugar fuera seguro y de que yo pudiera negarme.
Jiang cerró los ojos.
—Lo sé.
Era la primera vez que escuchaba aquellas palabras de su boca.
—He pasado ocho años protegiéndote de todo —murmuró—. Y no me di cuenta de que también estaba impidiéndote crecer.
Sentí una tristeza inmensa.
No por el hombre que había creído amar.
Sino por la niña que había confundido protección con amor y control con seguridad.
—Nunca fui tu enemiga, Jiang.
Levantó la cabeza.
—Lo sé, Xueting.
—Tampoco era tu posesión.
Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Perdóname.
Mi pecho se apretó.
Durante años había soñado con oír aquella palabra.
Pero ahora que había llegado, descubrí que no borraba nada.
—No puedo darte el perdón que quieres hoy —respondí—. Tal vez algún día deje de dolerme todo lo que pasó. Pero no volveré a vivir bajo tu autoridad.
Jiang asintió lentamente.
Después miró el anillo que llevaba en la mano.
—¿Eres feliz con él?
Pensé en Xie Xici.
En su paciencia.
En la manera en que siempre llamaba antes de entrar en mi habitación.
En las veces que me había preguntado qué quería hacer, en vez de decirme qué debía hacer.
—Estoy aprendiendo a ser feliz por mí misma.
Jiang guardó silencio.
Y por primera vez no intentó convencerme de que regresara.
13. LA BODA QUE CAMBIÓ MI DESTINO
Una semana después, las investigaciones contra Xinghe desembocaron en detenciones y en la suspensión de sus actividades.
Las pruebas reunidas permitieron identificar a varios responsables de abusos y de retención ilegal de internos. Su Niannian quedó bajo investigación por su participación en la gestión de solicitudes y sus vínculos financieros con el centro.
Jiang Zhiyuan canceló su boda.
No supe si fue por vergüenza, por decepción o porque finalmente había comprendido con quién pensaba casarse.
Tampoco pregunté.
La noche anterior a la ceremonia que la familia Xie había preparado, encontré a Xie Xici en la terraza.
Estaba mirando las luces de la ciudad.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dije.
—Las que quieras.
Me apoyé junto a él.
—Ahora que tu abuela está mejor y que todo lo ocurrido con Jiang está saliendo a la luz… ¿todavía quieres celebrar la boda?
Xie permaneció callado unos segundos.
—Yo quiero que tengas la libertad de decidirlo.
Sonreí.
—Siempre dices eso.
—Porque importa.
Lo observé de perfil.
Aquel hombre, del que había oído tantas historias sobre su frialdad y severidad, nunca había levantado la voz conmigo.
—Pero no has respondido.
Esta vez me miró.
—Sí. Quiero celebrar nuestra boda.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Por tu abuela?
Negó con la cabeza.
—Por ti.
No supe qué decir.
Xie continuó:
—Al principio acepté un matrimonio de conveniencia. Pensé que podía ofrecerte seguridad mientras cumplía el deseo de mi abuela.
Se volvió completamente hacia mí.
—Pero estos días he descubierto a una mujer que, aun teniendo miedo, se atreve a defenderse. Alguien que está intentando reconstruir su vida sin perjudicar a otros.
Sus ojos se suavizaron.
—Y he empezado a desear que, cuando pienses en tu futuro, también haya un lugar para mí.
Tuve que apartar la mirada.
No estaba acostumbrada a escuchar sentimientos expresados sin exigencias.
—Todavía tengo muchas cosas que resolver —admití—. A veces sueño con lugares horribles. A veces me asusto cuando alguien se enfada, aunque no sea conmigo.
—Lo sé.
—No quiero un marido que decida por mí.
—Entonces tendrás uno que aprenda a decidir contigo.
Una pequeña risa escapó de mis labios.
—¿Y si discutimos?
—Discutiremos.
—¿Y si me equivoco?
—Podrás equivocarte sin que eso te cueste tu libertad.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Durante ocho años había querido que alguien me prometiera que nunca me abandonaría.
Ahora comprendía que necesitaba algo distinto.
Alguien que no me encerrara cuando yo quisiera marcharme.
—Quiero celebrar nuestra boda —susurré.
Xie levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarme.
—¿Puedo abrazarte?
Asentí.
Cuando me rodeó con sus brazos, lloré en silencio.
No por la tristeza de mi pasado.
Sino porque, por primera vez, no tenía miedo del mañana.
14. EL ÚLTIMO REGALO
La boda se celebró en el jardín de la residencia Xie.
No hubo centenares de oficiales ni grandes discursos.
Solo familiares cercanos, algunos amigos y la abuela, sentada en primera fila con un ramo de flores blancas sobre las rodillas.
Llevaba un vestido sencillo.
Xie me esperaba bajo un arco cubierto de rosas.
Cuando caminé hacia él, recordé aquella otra boda.
La que Jiang había celebrado dos días después de mi muerte.
En aquella vida, mi nombre se convirtió en un insulto.
Nadie había preguntado qué me ocurrió.
Nadie había ido a buscarme.
Ahora, en cambio, estaba viva.
Y cada paso que daba era una decisión mía.
Al terminar la ceremonia, el asistente Chen se acercó con una pequeña caja.
—Señora Xie, han dejado esto para usted.
Reconocí inmediatamente la letra del sobre.
Era de Jiang Zhiyuan.
Dentro encontré la pulsera con el corazón de piedras preciosas.
La misma que había guardado entre mis pertenencias.
Junto a ella había una carta breve.
«Xueting:
He conservado la pulsera que dejaste en casa.
Durante mucho tiempo creí que cuidar de ti significaba decidir qué era mejor para tu vida.
Me equivoqué.
He comprendido demasiado tarde que no se puede llamar protección a algo que le quita a una persona el derecho a elegir.
No espero que vuelvas.
No espero que me perdones.
Solo deseo que algún día puedas recordar los años felices sin que los errores posteriores los conviertan en una herida.
Sé feliz.
Jiang Zhiyuan».
Leí la carta dos veces.
Después cerré la caja.
No sentí el deseo de correr a buscarlo.
Tampoco sentí odio.
Solo una tristeza tranquila por todo lo que no había sabido ser.
Xie se acercó.
—¿Ocurre algo?
Le mostré la caja.
—Es un regalo de mi pasado.
—¿Quieres conservarlo?
Miré el pequeño corazón brillante.
Durante años había creído que aquella pulsera era la prueba de un amor destinado a cambiar mi vida.
Ahora sabía que su significado lo había construido yo, a partir de una necesidad inmensa de sentirme querida.
—Sí —respondí finalmente—. Pero la guardaré.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Para recordar que no debo confundir la gratitud con una deuda eterna, ni el cariño con el derecho a controlar a alguien.
Xie tomó mi mano.
Desde el jardín, la abuela comenzó a llamarnos para las fotografías.
Nos volvimos hacia ella.
Antes de bajar las escaleras, Xie se detuvo.
—Xueting.
—¿Sí?
—Quiero decirte algo más.
Su expresión era tan seria que me hizo reír.
—¿También vas a darme órdenes el día de nuestra boda, comandante?
Negó suavemente.
—No. Quería darte las gracias por haber decidido quedarte.
Le apreté la mano.
—Y yo quiero darte las gracias por dejarme elegir.
EPÍLOGO — OCHO AÑOS DESPUÉS
Ocho años después, abrí un pequeño centro de orientación y apoyo legal para jóvenes que habían sufrido abusos en instituciones disciplinarias.
Lu Yan trabajaba conmigo.
La investigación de Xinghe había impulsado nuevas inspecciones y permitido que otras víctimas fueran escuchadas.
No podíamos cambiar lo sucedido.
Pero podíamos evitar que el silencio siguiera protegiendo a quienes habían hecho daño.
Una tarde, mientras ordenaba algunos expedientes, encontré una fotografía antigua.
En ella aparecía yo, a los doce años, al lado de Jiang Zhiyuan.
Era el día en que me había recibido en su casa.
La niña de la fotografía sonreía con una confianza absoluta.
Me quedé mirándola durante mucho tiempo.
Antes habría querido regresar a aquel momento y advertirle de todo lo que iba a suceder.
Ahora quería decirle algo diferente.
Que sobreviviría.
Que aprendería a distinguir el amor del miedo.
Que encontraría personas capaces de cuidarla sin pedirle obediencia a cambio.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Xie.
«La abuela pregunta si llegarás a cenar. Dice que he quemado las verduras otra vez».
Solté una carcajada.
Respondí:
«Voy de camino. Por favor, mantente lejos de la cocina».
Al salir, levanté la vista hacia el cielo anaranjado.
En mi primera vida había creído que moriría sin que nadie pronunciara mi nombre con cariño.
En la segunda había descubierto que no necesitaba destruirme para merecer amor.
Y comprendí, por fin, algo que aquella muchacha de veinte años jamás habría imaginado:
El día en que dejé de suplicar que alguien me eligiera fue el día en que empecé a elegirme a mí misma.