Me casé con un hombre aburrido para que mis padres dejaran de presionarme… y el lunes descubrí que era mi nuevo jefe

Mi madre dijo que, si no me casaba pronto, me inscribiría personalmente en un programa televisivo de citas para adultos mayores.

Mi padre fue todavía más dramático:

—Si sigues soltera, publicaré en el periódico que hemos roto toda relación.

Acorralada por dos jubilados con demasiado tiempo libre, acepté conocer al hombre que una casamentera había elegido para mí.

Se llamaba Nathan Grant.

Era mayor que yo, reservado, serio y tan poco expresivo que durante nuestra primera cena pensé que quizá funcionaba con baterías.

No hablaba de más.

No hacía preguntas incómodas.

Tampoco parecía interesado en enamorarse.

En otras palabras, era perfecto.

Él también estaba cansado de que su familia lo presionara, así que llegamos rápidamente a un acuerdo:

Nos casaríamos.

Cada uno viviría su propia vida.

No interferiríamos en los asuntos del otro.

Y delante de nuestras familias representaríamos a una pareja razonablemente feliz.

Siete días después de conocernos, salimos del registro civil con dos certificados de matrimonio.

Frente a la entrada, Nathan acomodó los documentos dentro de una carpeta y me miró con seriedad.

—Señorita Morgan, ahora que somos legalmente esposos, debemos establecer algunos límites.

—Adelante.

—En el trabajo, seguiremos siendo desconocidos.

Asentí sin pensarlo.

—No hay problema. Sé guardar secretos. No interferiré contigo.

Supuse que trabajaba en alguna organización gubernamental donde valoraban mucho la privacidad.

Nunca imaginé que su lugar de trabajo también fuera el mío.

El lunes siguiente, durante la reunión general de la mañana, anunciaron al nuevo director que acababa de ser trasladado a nuestra institución.

Yo estaba bebiendo agua caliente de mi termo cuando levanté la cabeza.

El hombre que subió al estrado vestía un traje oscuro impecable.

Tenía la espalda recta, la mirada fría y la expresión de alguien capaz de descubrir una irregularidad administrativa a veinte kilómetros de distancia.

Mis dedos se aflojaron.

El termo cayó al suelo con un golpe.

El agua hirviendo salpicó mi mano.

Porque el temido nuevo director no era otro que Nathan Grant.

El hombre con quien había salido del registro civil el viernes anterior.

Mi esposo.

—Emma Morgan —dijo desde el estrado—, ¿qué está haciendo?

Todo el auditorio volvió la cabeza.

Cientos de miradas cayeron sobre mí.

Algunas mostraban compasión.

Otras disfrutaban claramente de mi desgracia.

La mayoría solo quería presenciar el primer sacrificio humano de la nueva administración.

Me agaché para recoger el termo, intentando ignorar el dolor de la quemadura.

—Perdón, director. No fue intencional.

Nathan ni siquiera parpadeó.

—¿Que no fuera intencional elimina la falta? ¿Las normas están de adorno?

Su voz era estable.

Fría.

Como si no estuviera hablando con una mujer que acababa de quemarse, sino corrigiendo un expediente mal archivado.

Apreté el termo.

Muy bien, Nathan.

Realmente muy bien.

El viernes, junto a la entrada del registro civil, me había dicho:

—En la institución seremos desconocidos. Espero que cumplas el acuerdo.

Yo había respondido:

—Por supuesto. Tendré la boca cerrada y jamás te causaré problemas.

En aquel momento creí que trabajábamos en lugares distintos.

Ahora descubría que no solo compartíamos institución.

Además, él era el superior directo de todo nuestro departamento.

Aquello no era salir de la boca del lobo.

Era casarse con el lobo, volver a la oficina y descubrir que también aprobaba las evaluaciones de desempeño.

—Después de la reunión —continuó—, dejará en mi despacho una explicación escrita de mil palabras.

Me quedé helada.

Mil palabras.

Por tirar un termo.

El hombre apartó la mirada y continuó con su discurso de incorporación, seco y preciso.

Yo observé mi mano enrojecida.

La quemadura dolía.

Pero la muerte de mi tranquila carrera laboral dolía todavía más.

En cuanto terminó la reunión, mi mejor amiga del departamento, Lily Parker, me arrastró hasta la sala de descanso.

—Emma, ¿qué te ocurrió? El nuevo director lleva aquí menos de una hora y ya te lanzaste directamente bajo sus ruedas.

Mientras hablaba, buscó una crema para quemaduras.

—No sabía que él era…

Me detuve a tiempo.

—¿Que él era qué?

—Tan aterrador.

Lily bajó la voz.

—Dicen que tiene conexiones importantes, pero jamás las utiliza para proteger a nadie. En su puesto anterior descubrió tantos casos de corrupción que lo llaman “el juez del infierno”. Varios directivos perdieron sus cargos por sus investigaciones.

En mi cabeza apareció la imagen de Nathan durante nuestra segunda cita, sentado con la espalda recta mientras decía:

—No tengo adicciones. No fumo. Rara vez bebo. Y puedo entregarte mi tarjeta salarial después de casarnos.

La diferencia entre ambos hombres era absurda.

Uno parecía un funcionario capaz de interrogarte hasta hacerte confesar delitos cometidos en otra vida.

El otro había preguntado muy seriamente qué marca de detergente prefería para evitar conflictos domésticos.

En aquel momento entró Vanessa Reed, la compañera que aprovechaba cualquier ocasión para menospreciarme.

Llevaba una taza de café y la sonrisa satisfecha de quien acababa de recibir un regalo.

—Vaya, Emma. Primer día del nuevo director y ya te llamó la atención delante de todos. ¿Te acostumbraste tanto a trabajar sin esfuerzo que tus capacidades ya no alcanzan?

Vanessa se comportaba así porque su tío era uno de los subdirectores.

Criticaba a todos.

Pero conmigo tenía una dedicación especial.

Lily frunció el ceño.

—Solo fue un accidente.

—¿Un accidente? Yo diría que fue incompetencia. Algunas personas nacen sin suerte. Nada les sale bien.

Vanessa acomodó su cabello.

—No todas tuvimos la fortuna de nacer con buenos contactos.

Después se alejó balanceando la cintura.

Yo miré la quemadura de mi mano y suspiré.

Una explicación de mil palabras.

Aquello no era una sanción.

Era tortura administrativa.

Lo que no sabía era que, al llegar a la oficina del director esa tarde, encontraría a Nathan esperando con una caja de medicamentos.

Ni que el hombre que me había humillado frente a todos cerraría la puerta, tomaría mi mano con extremo cuidado y preguntaría con voz tensa:

—¿Por qué no dijiste que te habías quemado?

Lo miré sin comprender.

—Tú lo viste.

Su expresión se oscureció.

—Vi que cayó agua. No que te alcanzó.

—¿Y qué habría cambiado?

Nathan apretó la mandíbula.

—Habría detenido la reunión.

Me eché a reír.

—¿Para que todos descubrieran que el juez del infierno está casado con la empleada a la que acaba de castigar?

Él no respondió.

Entonces señalé la caja de medicamentos.

—Director Grant, ¿esto forma parte de la sanción?

Nathan bajó la vista hacia mi mano.

—No.

Su pulgar rozó con cuidado la piel enrojecida.

—Esto forma parte del matrimonio.

Retiré la mano por puro reflejo.

Nathan alzó la mirada.

Durante la reunión había parecido un hombre hecho de hielo. Ahora se encontraba frente a mí con las mangas ligeramente remangadas, una caja de primeros auxilios abierta sobre el escritorio y una tensión extraña en los ojos.

—Puedo hacerlo sola —dije.

—Tu mano derecha está quemada.

—La izquierda funciona perfectamente.

—No sabes aplicar correctamente la crema.

—Es una pomada, no una cirugía.

Nathan extendió la mano.

—Emma.

Su tono no era fuerte, pero estaba acostumbrado a ser obedecido.

Eso me irritó.

—Director Grant, estamos en la institución.

—La puerta está cerrada.

—Según nuestro acuerdo, aquí somos desconocidos.

—Nuestro acuerdo no dice que deba ignorar una lesión.

—Tampoco dice que puedas hacerme escribir mil palabras por tirar un termo.

—Interrumpiste una reunión general.

—Porque descubrí que mi esposo era mi nuevo jefe.

—Eso no puede incluirse en la explicación.

—Gracias por la aclaración.

Nathan respiró lentamente.

Después tomó un algodón y lo impregnó con desinfectante.

—Dame la mano.

—No.

—La quemadura puede formar ampollas.

—Moriré con dignidad.

—Emma.

—Nathan.

Pronunciar su nombre pareció sorprenderlo.

Hasta entonces, incluso fuera del trabajo, yo solía llamarlo señor Grant por costumbre.

Su expresión se suavizó apenas.

—Por favor.

Aquella palabra logró lo que ninguna orden habría conseguido.

Extendí la mano.

Nathan la sostuvo con una delicadeza inesperada. Sus dedos eran largos, firmes y cálidos. Aplicó la pomada evitando ejercer presión sobre la piel.

—¿Te duele?

—Un poco.

—¿Por qué no fuiste a la enfermería?

—Porque estaba redactando mi confesión criminal.

—No es una confesión.

—Mil palabras son prácticamente una autobiografía.

—Quería que entendieras la importancia de mantener la atención durante las reuniones.

Lo miré.

—¿Y necesitabas humillarme delante de toda la institución?

Su mano se detuvo.

Durante varios segundos, solo se escuchó el aire acondicionado.

—No podía tratarte de forma diferente.

—Podías tratarme como a una persona.

Nathan bajó la vista.

Por primera vez desde que lo conocía, pareció no tener una respuesta preparada.

—Tienes razón —dijo finalmente.

Parpadeé.

No esperaba que admitiera un error.

—¿Eso significa que ya no tengo que escribir las mil palabras?

—No.

—Retiro lo dicho. Eres terrible.

Una sombra de sonrisa cruzó sus labios.

Duró tan poco que dudé haberla visto.

—Puedes escribir quinientas.

—Sigues siendo terrible.

—Trescientas.

—Cien y cierro el trato.

—Doscientas.

Extendí la mano sana.

—Acepto.

Nathan la estrechó.

Fue nuestro primer acuerdo real como matrimonio.

Esa tarde regresé a mi departamento con la mano vendada y una historia imposible de contar.

Lily se acercó inmediatamente.

—¿Qué quería el juez del infierno?

—Mi explicación.

—¿Te gritó?

—No.

—¿Te amenazó?

—Tampoco.

—¿Entonces por qué tienes la mano vendada de nuevo?

—Insistió en que la enfermería la revisara.

Era una verdad parcial.

Después de curarme, Nathan había llamado personalmente a la enfermera jefe y la había obligado a comprobar que no necesitaba más tratamiento.

—Qué extraño —comentó Lily—. Dicen que nunca se preocupa por nadie.

—Quizá teme una demanda laboral.

—O quizá le gustas.

Casi me atraganté.

—No digas tonterías.

—Solo intento encontrar una explicación.

—La explicación es que tiene una obsesión con los procedimientos.

Lily aceptó la respuesta.

Yo intenté hacer lo mismo.

Aquella noche regresé al apartamento que, técnicamente, compartía con mi esposo.

Después del matrimonio, Nathan había propuesto que viviéramos en su propiedad porque quedaba más cerca de nuestros lugares de trabajo.

Ahora comprendía por qué su trayecto era tan conveniente.

La vivienda era amplia, silenciosa y excesivamente ordenada.

Nathan ocupaba la habitación principal.

Yo había elegido la que estaba al final del pasillo.

Compartíamos cocina y salón, pero apenas coincidíamos.

Él salía temprano.

Yo regresaba tarde.

Nuestra convivencia parecía la de dos desconocidos especialmente educados.

Cuando entré, Nathan estaba en la cocina.

Se había quitado la chaqueta y llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas.

Había varios platos sobre la mesa.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Cena.

—Eso lo veo.

—Siéntate.

—¿Cocinas?

—No.

—Entonces ¿quién preparó todo?

—Lo encargué.

Observé la comida.

Había sopa, pescado, verduras y un postre que reconocí de una cafetería cercana a mi antigua universidad.

—¿Por qué tanto?

—Mi madre dijo que debería celebrar nuestra primera semana de matrimonio.

—¿Le contaste que trabajamos juntos?

—No.

—Bien.

Me senté frente a él.

Nathan sirvió la sopa.

—Mañana debes llegar diez minutos antes.

Lo miré con incredulidad.

—¿Esto es una cena matrimonial o una reunión de evaluación?

—Ambas cosas pueden coexistir.

—No deberían.

—También debes revisar el informe trimestral. Encontré varios datos incompletos.

—¿Revisaste mi trabajo?

—Revisé el trabajo de todo el departamento.

—Claro.

Tomé una cucharada.

La sopa estaba deliciosa.

—Vanessa Reed es sobrina del subdirector Reed —comentó Nathan.

La cuchara se detuvo cerca de mi boca.

—Sí.

—¿Suele utilizar esa relación para influir en el departamento?

—¿Por qué me preguntas?

—Porque hoy entró en mi oficina para explicarme que tú eres poco responsable y que ella puede asumir tus proyectos.

Me eché a reír.

—Eso suena exactamente como Vanessa.

—No respondas con ligereza.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

Apoyé la cuchara.

—La verdad es que lleva años atribuyéndose parte del trabajo de otros. Su tío la protege y nadie quiere problemas.

—¿Tienes pruebas?

—No guardo un archivo secreto sobre cada compañera desagradable.

Nathan tomó agua.

—Deberías documentarlo.

—¿Para qué? Nadie ha hecho nada hasta ahora.

—Yo no soy los anteriores directores.

Su voz se volvió más fría.

No conmigo.

Con la idea de que alguien pudiera utilizar su posición para abusar de otros.

—¿Vas a investigarla?

—Voy a investigar a todos.

—Eso suena tranquilizador.

—Quien no tenga nada que ocultar no debería preocuparse.

—Esa frase siempre la dicen las personas con demasiado poder.

Nathan me sostuvo la mirada.

—¿Tú tienes algo que ocultar?

Recordé nuestro certificado de matrimonio guardado en el cajón de mi habitación.

—Muchísimo.

Él casi sonrió otra vez.

Las siguientes semanas fueron agotadoras.

Nathan transformó la institución.

Llegaba antes que todos.

Leía cada informe.

Eliminó reuniones inútiles, exigió registrar los gastos y prohibió que los superiores asignaran tareas personales a empleados de menor rango.

También redujo los almuerzos ceremoniales y ordenó que todas las plazas internas se publicaran de forma transparente.

La mitad de la institución lo odiaba.

La otra mitad comenzaba a respetarlo.

Yo alternaba entre ambas emociones varias veces al día.

En casa era meticuloso, pero no desagradable.

Colocaba mis zapatos cuando los dejaba atravesados.

Apagaba las luces que yo olvidaba.

Y todos los viernes reponía en el refrigerador el yogur que me gustaba, aunque jamás admitía haberlo comprado.

En la oficina, en cambio, se volvía implacable.

—El informe está mal estructurado.

—La conclusión no se apoya en los datos.

—Esta frase tiene tres interpretaciones posibles. Reescríbela.

Después de una semana de correcciones, lancé la carpeta sobre su escritorio.

—¿Tienes algún problema personal conmigo?

Nathan levantó la mirada.

Estábamos solos en su despacho.

—No.

—Has devuelto mi informe cuatro veces.

—Porque contenía errores.

—Vanessa presentó algo peor y lo aprobaste.

—Su documento está bajo revisión.

—No parecía estarlo.

—¿Estás celosa?

Me quedé sin palabras.

—¿De Vanessa?

—De que aprobara su informe.

—Estoy indignada por el trato desigual.

—No hay trato desigual.

—Conmigo eres más estricto.

Nathan guardó silencio.

Eso fue una confesión.

—Lo sabía.

—Tu trabajo puede ser mejor.

—¿Y el de ella no?

—También.

—Entonces ¿por qué solo me presionas a mí?

Su mirada cambió.

—Porque sé que no te rendirás.

La respuesta me desarmó.

—Eso no es un cumplido.

—Lo es.

—No suena como uno.

—No soy bueno formulándolos.

—He notado ese pequeño defecto.

Nathan se puso de pie y rodeó el escritorio.

—Emma, tu primer borrador era mediocre.

—Gracias.

—El segundo era aceptable.

—Sigue mejorando.

—El cuarto es el mejor análisis que este departamento ha producido en los últimos dos años.

Lo miré.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y no podías haber dicho eso antes?

—Acabo de hacerlo.

—Después de destruir mi autoestima durante una semana.

—La autoestima que depende de un informe no es estable.

—No sabes hablar con seres humanos.

—Eso también me lo han dicho.

No pude evitar reír.

Nathan bajó la vista hacia mí.

Había algo cálido en sus ojos que desapareció cuando escuchamos pasos afuera.

Se alejó de inmediato.

Vanessa entró sin llamar.

—Director Grant, mi tío quiere invitarlo a cenar esta noche.

Su voz era mucho más suave de lo habitual.

Llevaba una falda ajustada y un perfume intenso.

Nathan regresó detrás del escritorio.

—Tengo planes.

—Podríamos ajustar la hora.

—No.

Vanessa sonrió con incomodidad.

—Será una cena informal. Mi tío quiere darle la bienvenida y yo podría enseñarle algunos lugares de la ciudad.

Yo fingí revisar el informe.

Por dentro, sin embargo, sentí una irritación extraña.

Nathan era mi marido.

Solo por contrato.

Solo legalmente.

Aun así, ver a otra mujer inclinándose sobre su escritorio me resultaba desagradable.

—No necesito que me enseñe la ciudad —respondió él—. Ya vivo aquí.

Vanessa miró el anillo de su mano.

—Escuché que está casado.

Nathan levantó los ojos.

—Sí.

—Pero nadie ha visto a su esposa.

—Eso no significa que no exista.

Yo bajé más la cabeza.

—Debe de ser una mujer muy comprensiva —continuó Vanessa—. Su trabajo exige demasiado tiempo.

Nathan miró brevemente hacia mí.

—Lo es.

Mi corazón dio un salto absurdo.

Vanessa siguió hablando, pero él terminó la conversación en menos de un minuto.

Cuando se marchó, cerré la carpeta.

—Tu esposa comprensiva quizá no estaría feliz si supiera cómo te coquetean en la oficina.

Nathan entrelazó las manos.

—¿No está feliz?

—No puedo hablar por ella.

—Pero parece molesta.

—Parece que su marido no establece límites claros.

Él se levantó.

—Estoy casado.

—Eso no detiene a todo el mundo.

—La rechacé.

—Después de permitirle hablar durante cinco minutos.

Nathan se acercó.

—Emma.

—¿Qué?

—¿Estás celosa?

Su tono era demasiado calmado.

—No.

—Me alegra.

La satisfacción en su mirada me hizo enfadar.

—¿Por qué?

—Porque sería difícil mantener nuestro acuerdo si empezaras a interesarte por mí.

Me puse de pie.

—No te preocupes. No corro ningún peligro.

Pasé junto a él.

Nathan sujetó mi muñeca.

No con fuerza.

Solo lo suficiente para detenerme.

—Yo sí —dijo.

Me volví.

Su mano seguía alrededor de mi muñeca.

—¿Qué quieres decir?

Durante un segundo, pareció debatirse consigo mismo.

Después me soltó.

—Nada.

Salí del despacho con el corazón demasiado acelerado.

Aquella noche Nathan no regresó a casa.

Envió un mensaje breve:

“Investigación urgente. No me esperes”.

No tenía por qué esperarlo.

Nuestro acuerdo era claro.

Cada uno vivía su propia vida.

Sin embargo, a medianoche seguía sentada en el sofá, escuchando cada automóvil que se detenía afuera.

A las dos de la madrugada sonó la puerta.

Nathan entró con el rostro cansado y una pequeña herida junto a la ceja.

Me levanté de inmediato.

—¿Qué ocurrió?

—Nada importante.

—Estás sangrando.

—Fue un accidente.

Busqué el botiquín.

—Siéntate.

—Puedo hacerlo solo.

—Tu mano derecha está manchada de sangre.

—La izquierda funciona perfectamente.

Lo miré.

Nathan comprendió la referencia.

Una sonrisa cansada apareció en sus labios.

—Bien.

Se sentó.

Limpié la herida con cuidado.

—¿Qué estabas investigando?

—No puedo hablar de ello.

—Claro. Somos desconocidos.

—No dije eso.

—Es el acuerdo.

Nathan alzó la mirada.

Estábamos muy cerca.

La luz del salón marcaba las sombras bajo sus ojos.

—Empiezo a pensar que el acuerdo fue una mala idea.

Mi mano se detuvo.

—Tú lo propusiste.

—Porque creí que era lo que querías.

—Era lo que querías tú.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Nathan…

Su teléfono sonó.

Él se apartó y atendió.

La conversación fue breve.

—Debo volver.

—Acabas de llegar.

—Encontraron nuevos documentos.

—¿Es peligroso?

—No.

Mintió.

Pude verlo en la tensión de sus hombros.

Tomó la chaqueta.

Antes de salir, se detuvo frente a mí.

—Cierra con llave.

—Siempre lo hago.

—Y no abras a nadie.

—No soy una niña.

—Lo sé.

Su mirada descendió hacia mis labios y regresó a mis ojos.

—Ese es parte del problema.

Se marchó antes de que pudiera preguntar.

Al día siguiente, la institución estaba llena de rumores.

Varios auditores habían llegado temprano.

Dos oficinas fueron selladas.

El subdirector Reed no apareció.

Vanessa llegó pálida y fue directamente al despacho de Nathan.

Una hora después salió llorando.

Cuando me vio, su expresión se llenó de odio.

—Tú lo sabías.

—¿Qué cosa?

—No finjas. El director está investigando a mi tío.

—No sé nada.

—Llevas semanas entrando en su oficina.

—Por trabajo.

—Seguro.

Se acercó.

—¿Qué le ofreciste para que te protegiera?

Lily intervino.

—Vanessa, basta.

—¿Crees que no lo veo? Desde que llegó, Emma recibe los mejores proyectos. Siempre encuentra una excusa para hablar con él.

Sentí que todos comenzaban a observarnos.

—Mis proyectos pasan por más correcciones que los de nadie —respondí.

—Porque así pueden reunirse a solas.

La acusación provocó murmullos.

Vanessa sonrió al ver el efecto.

—Todos sabemos cómo consiguen ascensos algunas mujeres.

Una voz fría sonó detrás de ella.

—Explíquese.

Nathan estaba de pie en la entrada de la sala.

Vanessa palideció.

—Director, yo solo…

—Acaba de acusar a una compañera de mantener una relación inapropiada con un superior para obtener beneficios.

—No quise decirlo así.

—Lo dijo con claridad.

—Ella siempre entra en su oficina.

—Porque dirige el proyecto de auditoría de su departamento.

Todos me miraron.

Yo tampoco sabía que oficialmente dirigía nada.

Nathan continuó:

—La señorita Morgan obtuvo la calificación más alta en la evaluación técnica realizada antes de mi llegada. El comité decidió asignarle el proyecto sin intervención mía.

Vanessa apretó los labios.

—Mi tío dijo que ella no tenía experiencia.

—Su tío está suspendido por manipular procesos de contratación, desviar fondos y favorecer a familiares.

El rostro de Vanessa se volvió blanco.

—Eso es imposible.

—La investigación determinará el alcance de su participación.

—Director Grant…

—Entregue su identificación al área de recursos humanos y abandone temporalmente la institución.

Vanessa comenzó a llorar.

Nadie se movió.

Cuando finalmente salió, el salón quedó en absoluto silencio.

Nathan nos observó.

—Espero que todos regresen al trabajo.

Después miró mi mano.

La quemadura ya casi había desaparecido.

—Señorita Morgan, venga a mi despacho.

Los murmullos comenzaron en cuanto nos alejamos.

Cerré la puerta detrás de mí.

—No deberías haberme defendido de esa manera.

—Dijo una mentira.

—Ahora todos pensarán que me proteges.

—Te protegí como habría protegido a cualquier empleado atacado injustamente.

—Pero no soy cualquier empleada.

Nathan guardó silencio.

—Eso es exactamente lo peligroso —continué—. Si descubren nuestro matrimonio, cuestionarán todo lo que hago.

—Por eso he documentado cada decisión relacionada contigo.

Abrió un cajón.

Había evaluaciones, correos y actas firmadas por comités independientes.

—¿Preparaste todo esto?

—Desde mi primer día.

—¿Por qué?

—Porque sabía que alguien intentaría utilizar nuestra relación contra ti.

Lo miré.

Durante semanas había pensado que era más duro conmigo para proteger su reputación.

Ahora comprendía que también intentaba proteger la mía.

—¿La investigación contra Reed empezó antes de que llegaras?

—Sí.

—¿Te trasladaron por eso?

—Sí.

—¿Y el matrimonio?

—No tiene ninguna relación.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—¿Mi padre sabía que trabajarías aquí?

—No.

Sentí alivio.

Después otra pregunta apareció.

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo?

Nathan cerró el cajón.

—Ya hablamos de eso.

—Dijiste que tu familia te presionaba.

—Era cierto.

—Pero podrías haber elegido a cualquier mujer.

Su mirada se volvió intensa.

—No quería a cualquier mujer.

Mi respiración se detuvo.

—¿Me conocías antes de la cita?

—Te había visto.

—¿Dónde?

—En una audiencia pública hace dos años.

Recordé una reunión complicada donde varios residentes habían protestado por un proyecto urbano.

Yo era una empleada nueva y debía registrar las intervenciones.

Cuando un anciano fue ignorado, interrumpí al moderador y exigí que lo dejaran hablar.

Casi recibí una sanción.

—¿Estabas allí?

—Sí.

—No te vi.

—Yo sí te vi.

Nathan se acercó al borde del escritorio.

—Después pedí información sobre la empleada que había desafiado a tres superiores por un desconocido.

—Eso suena a investigación indebida.

—Probablemente.

—¿Y cuando la casamentera mencionó mi nombre?

—Acepté de inmediato.

—Pero durante las citas parecías aburrido.

—Estaba nervioso.

Lo miré fijamente.

—Tú no te pones nervioso.

—Contigo sí.

Todo lo que creía saber sobre nuestro matrimonio se desplazó.

Yo había pensado que dos desconocidos cansados de sus familias habían firmado un acuerdo práctico.

Pero Nathan había elegido aquel encuentro.

Me había elegido a mí.

—Entonces ¿por qué pediste que viviéramos separados?

—Porque dijiste en la primera cena que odiabas a los hombres que confundían matrimonio con propiedad.

—Era un comentario general.

—Lo tomé en serio.

—¿Y lo de no interferir?

—Quería que te sintieras segura.

—Has llevado nuestra relación como si fuera una política administrativa.

—No sé hacerlo de otra manera.

No pude evitar sonreír.

—Eso explica muchas cosas.

Nathan se puso de pie.

—Emma.

—¿Sí?

—Lo que dije anoche era cierto.

—¿Qué parte?

—El acuerdo fue una mala idea.

Se detuvo frente a mí.

—Quiero modificarlo.

Mi corazón comenzó a latir demasiado rápido.

—¿Qué cláusulas?

—Todas.

—Eso sería un acuerdo nuevo.

—Entonces redactaremos uno.

—¿Qué propones?

Nathan me miró con una seriedad casi absurda.

—Comer juntos cuando sea posible.

—Aceptable.

—Avisarnos si llegaremos tarde.

—Razonable.

—No ocultar lesiones.

—Eso parece dirigido a mí.

—Lo es.

—¿Algo más?

Su voz descendió.

—Permitir que nuestra relación avance si ambos lo deseamos.

El despacho pareció volverse más pequeño.

—Eso es bastante ambiguo para alguien que critica mis informes.

—Puedo ser más preciso.

Se acercó un paso.

—Quiero cortejarte.

Lo miré sin saber si reír o emocionarme.

—Ya estamos casados.

—El orden fue incorrecto.

—¿Quieres salir conmigo después de casarnos?

—Sí.

—Eso es ridículo.

—También fue ridículo casarnos después de siete días.

—Buen argumento.

Nathan extendió la mano.

—¿Aceptas?

Miré su palma.

—Tendremos que establecer condiciones.

—Por supuesto.

—Nada de trato especial en la oficina.

—De acuerdo.

—Nada de sanciones de mil palabras.

—Depende de la falta.

—Nathan.

—De acuerdo.

—Y nada de desaparecer en investigaciones peligrosas sin contarme al menos que estás bien.

Su expresión se suavizó.

—Acepto.

Tomé su mano.

—Entonces puedes cortejar a tu esposa.

Los meses siguientes fueron extraños y maravillosos.

Nathan seguía siendo el juez del infierno en la oficina.

Yo seguía criticándolo mentalmente cada vez que devolvía un informe.

Pero después del trabajo cenábamos juntos.

Los sábados visitábamos cafeterías.

Los domingos él intentaba cocinar y yo intentaba evitar que organizara los ingredientes por tamaño y fecha de caducidad.

Descubrí que le gustaban las películas antiguas.

Él descubrió que yo fingía odiar el romance porque lloraba con cualquier final feliz.

Nuestra relación avanzó despacio.

Nathan jamás daba nada por sentado.

La primera vez que quiso tomarme de la mano fuera de casa, preguntó.

La primera vez que me abrazó después de un día difícil, esperó a que yo me acercara.

Y la noche en que nos quedamos demasiado cerca en la cocina, su mirada descendió hacia mis labios.

—Emma.

—¿Qué?

—Quiero besarte.

—Eso no es una pregunta.

—¿Puedo?

Sonreí.

—Sí.

El beso fue suave.

Cuidadoso.

Casi demasiado controlado.

Hasta que sujeté su camisa y lo acerqué.

Nathan perdió por primera vez aquella calma imperturbable que aterrorizaba a la institución.

Cuando nos separamos, respiraba con dificultad.

—Esto no estaba en el acuerdo original —murmuré.

—Por eso lo modificamos.

—El nuevo sigue sin firmarse.

—Lo redactaré mañana.

—No quiero un contrato para todo.

—Entonces lo recordaré.

Me rodeó con los brazos.

—No interferiré en tu vida.

—¿Eso no era lo que querías?

—Ahora quiero formar parte de ella.

La investigación contra el subdirector Reed concluyó tres meses después.

Se descubrió una red de contratos manipulados, gastos falsos y contrataciones irregulares.

Vanessa no había participado directamente en el desvío de fondos, pero sí se había beneficiado de su relación familiar y había falsificado algunos registros de desempeño.

Fue trasladada a otro puesto tras una sanción.

Antes de marcharse, me encontró en el estacionamiento.

—Siempre supe que había algo entre ustedes.

—No había nada cuando llegó.

—Mentira.

—Estamos casados desde antes de que fuera nombrado director.

Vanessa se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Habíamos decidido hacer pública la relación una vez cerrada la investigación y revisadas todas las decisiones que podían afectarme.

—Nos casamos una semana antes de su llegada.

Su rostro pasó por la sorpresa, la humillación y finalmente la incredulidad.

—Entonces ¿por qué te castigó delante de todos?

—Porque es insoportable.

—¿Y por qué trabajas aquí si podrías vivir de él?

—Porque me gusta mi trabajo.

—¿Y todos tus ascensos?

—Fueron evaluados por comités externos.

Vanessa bajó la mirada.

—Pensé que eras igual que yo.

—Ese fue tu error.

No sentí satisfacción al verla marcharse.

Solo alivio.

La institución anunció oficialmente nuestro matrimonio esa misma semana.

El rumor se extendió como un incendio.

Lily entró en mi oficina gritando.

—¡Te casaste con el juez del infierno!

—Habla más bajo.

—¡Dormías bajo el mismo techo que ese hombre mientras yo te contaba que podía destruir carreras con una mirada!

—Técnicamente dormíamos en habitaciones separadas.

—Eso no mejora nada.

—Ahora ya no.

Lily se cubrió los oídos.

—No necesitaba saberlo.

Las reacciones fueron variadas.

Algunos sospecharon favoritismo.

Otros revisaron cada informe que había presentado.

Las auditorías no encontraron irregularidades.

De hecho, demostraron que Nathan había sido considerablemente más estricto conmigo.

Cuando leí el informe final, fui directamente a su despacho.

—Me exigiste un treinta por ciento más de correcciones que al promedio.

—Tus documentos podían mejorar.

—También trabajé un veinte por ciento más de horas.

—Eso no fue una instrucción mía.

—Y recibí la única sanción escrita por una interrupción accidental.

Nathan levantó la mirada.

—La reduje a doscientas palabras.

—Quiero una compensación.

—¿Económica?

—Personal.

Cerré la puerta.

Él dejó el bolígrafo.

—¿Qué clase de compensación?

Me acerqué al escritorio.

—Una cena.

—De acuerdo.

—En el restaurante caro que siempre dices que es innecesario.

—Acepto.

—Y un día completo sin hablar de trabajo.

Nathan dudó.

—Eso es más difícil.

—Director Grant.

—Acepto.

Sonreí.

Él tomó mi mano.

—¿Algo más?

—Sí.

—¿Qué?

Me incliné y lo besé.

—Eso.

Nathan rodeó el escritorio antes de que pudiera alejarme.

—La compensación parece insuficiente.

—Estamos en la institución.

—La puerta está cerrada.

—Según nuestro antiguo acuerdo, aquí éramos desconocidos.

—El antiguo acuerdo fue destruido.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Destruiste un documento legal sin consultarme?

—Era una hoja escrita a mano.

—El principio sigue siendo importante.

—Redactaré otro.

—Nathan.

Él sonrió.

Años después, mi madre seguía atribuyéndose el mérito de nuestro matrimonio.

—Si no hubiera amenazado con inscribirte en televisión, seguirías soltera.

Mi padre asentía.

—Y mi anuncio en el periódico fue una estrategia brillante.

Nathan escuchaba con paciencia.

Yo no.

—Ustedes me obligaron a casarme con un desconocido.

—Pero elegimos bien —respondía mi madre.

—Una casamentera lo eligió.

—Porque yo contraté a la mejor.

Nathan tomaba mi mano debajo de la mesa.

—Deberíamos agradecerles —murmuraba.

—No los animes.

—Tienen razón en una cosa.

—¿Cuál?

—No habría sabido cómo acercarme sin su intervención.

Lo miraba.

Aquel hombre seguía siendo serio.

Meticuloso.

A veces desesperantemente rígido.

Pero también era quien colocaba crema sobre mis quemaduras, reponía mi yogur favorito y revisaba dos veces que la puerta estuviera cerrada cuando llegaba tarde.

—Podrías haberme invitado a salir como una persona normal —decía.

—Probablemente habrías rechazado a un hombre aburrido y mayor.

—Es posible.

—Entonces el matrimonio fue más eficiente.

—Eso es exactamente lo menos romántico que podrías decir.

Nathan se inclinaba hacia mí.

—Y aun así funcionó.

Nuestra historia no comenzó con amor a primera vista.

Comenzó con amenazas familiares, una cita incómoda, dos certificados rojos y un acuerdo para no interferir.

Después descubrimos que la persona con quien menos queríamos complicarnos la vida era precisamente aquella sin la que ya no queríamos vivir.

Y cada vez que alguien nuevo en la institución me preguntaba cómo era estar casada con el temido director Grant, yo respondía la verdad:

—En el trabajo es el juez del infierno.

Después miraba al hombre que me esperaba junto al automóvil con mi termo nuevo en la mano.

—Pero en casa sigue siendo el esposo que cree que una cena romántica necesita agenda, confirmación escrita y hora de finalización.

Nathan abría la puerta para mí.

—Llegas tres minutos tarde.

—¿Vas a pedirme otra explicación de mil palabras?

—No.

Se inclinaba para besar mi frente.

—Esta vez la sanción será acompañarme durante toda la vida.

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