Mi esposo, con quien me había casado por conveniencia y apenas tenía relación, me envió de pronto un mensaje:
—¿Estás ocupada?
Creí que era una compañera preguntando por el avance de un proyecto, así que respondí:
—Sí. Pero ya casi termino.
No hubo respuesta.
Media hora después, el hombre que llevaba seis meses desaparecido porque supuestamente no soportaba verme estaba frente a mi puerta.
Tenía los ojos enrojecidos, la respiración inestable y una expresión tan desesperada que apenas parecía él.
—¿Ya me olvidaste?
Yo lo miré sin entender.
—¿Dónde está mi cena?
Todo había comenzado aquella mañana.
Después de pasar cinco días hospitalizada por una fuerte gastroenteritis, por fin había regresado a casa. Apenas dejé la maleta, mi supervisora, Patricia, me envió varios archivos.
La empresa acababa de nombrar a un nuevo director ejecutivo. No le gustaba el proyecto en el que trabajábamos y había ordenado rehacerlo casi por completo.
Como yo había estado de baja, mi parte seguía retrasada.
—Necesito que revises todo esta noche y prepares una nueva propuesta —me explicó Patricia—. El nuevo director es muy atractivo, así que tú, que sigues soltera en espíritu, tendrás algo bonito que mirar.
Luego añadió:
—Pero es terrible trabajando. Ya hizo llorar a medio departamento. Asegúrate de que tu propuesta esté perfecta.
No sentí curiosidad por aquel hombre.
Solo culpa por haber retrasado al equipo.
Abrí los documentos y descubrí que no podía reutilizar nada. Había que revisar los estudios desde cero, analizar informes en varios idiomas y reconstruir toda la estrategia.
Cuando levanté la cabeza, ya había oscurecido.
Mi estómago comenzó a protestar, así que tomé el teléfono para pedir algo suave.
Entonces llegó el mensaje.
—¿Estás ocupada?
No miré el nombre.
Respondí y volví a elegir la cena.
Pedí arroz con carne y huevo, dejé el teléfono a un lado y continué trabajando.
Treinta minutos después sonó el timbre.
Creí que era el repartidor.
Abrí apenas una rendija.
La puerta fue empujada desde afuera.
Frente a mí apareció Adrian Wolfe.
Mi esposo.
Alto, impecable y tan frío que durante nuestra boda apenas había pronunciado diez frases completas.
Seis meses antes había viajado al extranjero sin decir cuándo regresaría.
Desde entonces no me llamó.
No respondió mis mensajes.
Ni siquiera envió un saludo cuando estuve enferma.
Nuestra boda había sido un acuerdo entre familias. Yo siempre supe que no me amaba, pero nunca imaginé que llegaría a despreciarme tanto como para desaparecer.
Ahora estaba allí.
El cabello ligeramente desordenado.
La corbata torcida.
Los ojos rojos.
—Yo… —balbuceé—. Mi comida…
Adrian cerró la puerta detrás de él.
—¿Esperabas a alguien?
—Al repartidor.
—¿Un hombre?
—Probablemente.
Su mandíbula se tensó.
—¿Así recibes a desconocidos?
Miré mi camiseta ancha y mis pantalones de pijama.
—Estoy completamente vestida.
Él recorrió mi rostro con la mirada. Después vio la pulsera del hospital todavía alrededor de mi muñeca.
Su expresión cambió.
—¿Qué te ocurrió?
—Nada importante.
—Esa pulsera no parece “nada importante”.
—Tuve gastroenteritis.
—¿Cuándo?
—Esta semana.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Estuviste hospitalizada?
—Cinco días.
—¿Por qué no me avisaste?
Lo miré con incredulidad.
—Te envié tres mensajes.
Sacó su teléfono.
Buscó nuestra conversación.
Su rostro perdió lentamente el color.
Los mensajes aparecían allí.
“Adrian, estoy en urgencias”.
“El médico quiere ingresarme”.
“Supongo que estás ocupado. No importa”.
Los había leído.
Ninguno tenía respuesta.
—No fui yo —murmuró.
—¿Qué?
—Yo no vi estos mensajes.
—Están marcados como leídos.
—Porque alguien entró en mi cuenta.
Me eché a reír.
—Claro.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Emma, mírame.
—Estoy cansada.
—No desaparecí porque te odiara.
—Entonces desapareciste por educación.
—Estaba intentando protegerte.
—¿De qué?
Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció el nombre de una mujer:
Vanessa Cole.
La hija del socio más importante de su familia.
La misma mujer con la que la prensa lo había fotografiado durante los últimos seis meses.
Adrian rechazó la llamada.
Segundos después llegó un mensaje.
Yo alcancé a leerlo.
“Ya descubriste que tu esposa trabaja para ti. No cometas el error de acercarte otra vez”.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Trabajo para ti?
Adrian cerró los ojos.
Y entonces recordé las palabras de Patricia:
“El nuevo director ejecutivo es muy atractivo, pero ya hizo llorar a medio departamento”.
Sentí un escalofrío.
—No me digas que tú eres…
—El nuevo director ejecutivo —confirmó.
Lo contemplé en silencio.
Mi esposo había regresado al país.
Había tomado el control de la empresa donde yo trabajaba.
Había rechazado el proyecto de mi equipo.
Y, aun así, llevaba días sin acercarse a mí.
—¿Por qué? —pregunté.
Adrian levantó la vista.
La arrogancia habitual había desaparecido.
—Porque creí que me habías olvidado.
—Tú fuiste quien se marchó.
—Y tú fuiste quien respondió que estaba ocupada cuando te pregunté si todavía había un lugar para mí.
Me quedé helada.
—Solo escribiste “¿estás ocupada?”.
—Borré el resto antes de enviarlo.
—¿El resto?
Su voz se quebró.
—Quería preguntarte si estabas demasiado ocupada construyendo una vida sin mí.
No supe qué responder.
El hombre frente a mí siempre había parecido incapaz de mostrar emoción. Durante nuestra boda se había limitado a firmar los documentos, estrechar algunas manos y acompañarme a casa antes de encerrarse en su estudio.
Ahora me miraba como si una sola respuesta pudiera destruirlo.
—No puedes aparecer después de seis meses y convertir un mensaje de tres palabras en una declaración romántica —dije.
Adrian apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Tampoco puedes decir que intentabas protegerme y esperar que eso explique todo.
—Lo sé.
—Y mucho menos puedes rechazar el proyecto de mi equipo sin siquiera hablar conmigo.
—Eso sí puedo explicarlo.
—Qué alivio.
Pasé junto a él y regresé al salón.
La pantalla del portátil seguía llena de gráficos, traducciones y notas incompletas. Adrian se acercó al escritorio.
—¿Este es el proyecto Helix?
—Sí.
Revisó la primera página.
Su expresión se endureció.
—Patricia te pidió rehacer esto hoy.
—Sí.
—Acabas de salir del hospital.
—También.
—¿Y aceptaste?
—No quería retrasar más al equipo.
Adrian cerró el portátil.
—No vas a trabajar esta noche.
Lo abrí de nuevo.
—No eres mi jefe dentro de esta casa.
—Legalmente sigo siendo tu esposo.
—Eso no te convierte en mi dueño.
Él retiró la mano de inmediato.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me desarmó un poco.
Esperaba una orden.
Una discusión.
No una disculpa.
Sonó el timbre.
Esta vez sí era el repartidor.
Intenté avanzar, pero Adrian se adelantó, tomó la bolsa y pagó.
Cuando regresó, revisó el recibo.
—Pediste carne.
—Una observación brillante.
—Después de una gastroenteritis.
—Necesitaba comer algo.
—Esto puede irritarte el estómago.
—¿Ahora también eres gastroenterólogo?
—No. Pero sé leer recomendaciones médicas.
—Seis meses sin escribir y ahora quieres controlar mi cena.
Adrian colocó la bolsa sobre la mesa.
—Prepararé otra cosa.
—No sabes cocinar.
—Aprendí.
Lo seguí hasta la cocina.
Abrió el refrigerador y encontró poco más que huevos, avena y algunas verduras.
—No parece que vivas aquí —comentó.
—Trabajo muchas horas.
—¿Siempre comes fuera?
—Casi siempre.
—¿Sola?
Lo miré.
—¿Eso importa?
—Sí.
—¿Por qué?
Su mano se detuvo sobre una olla.
—Porque debería haber estado aquí.
La respuesta fue tan directa que no encontré una réplica inmediata.
Adrian comenzó a preparar una sopa sencilla. Se movía con más habilidad de la que esperaba, aunque revisaba cada paso en su teléfono.
—¿Dónde aprendiste? —pregunté.
—En Londres.
—¿Con Vanessa?
La cuchara golpeó el borde de la olla.
—No.
—Las fotografías decían otra cosa.
—Las fotografías fueron parte del problema.
—Entonces empieza desde el principio.
Él bajó el fuego.
—Tres semanas después de nuestra boda descubrí que alguien dentro del grupo Wolfe estaba vendiendo información confidencial. Las filtraciones señalaban directamente a mi oficina.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Tu padre había negociado el matrimonio con el mío. Algunos miembros del consejo creían que tu familia estaba involucrada.
Sentí una presión desagradable en el pecho.
—¿Tú también?
—Al principio no sabía qué creer.
—Así que te marchaste.
—Me enviaron a Londres para rastrear el origen de las transferencias.
—Podrías haberme contado algo.
—No sin ponerte en riesgo.
—Decidiste por mí.
—Sí.
No intentó defenderse.
Eso hacía más difícil mantener el enojo intacto.
—Vanessa estaba involucrada —continuó—. Su padre utilizaba varias empresas para mover el dinero. Cuando descubrí que sospechaban de ti, fingí acercarme a ella para ganar su confianza.
—¿Durante seis meses?
—Necesitaba pruebas.
—Y mientras tanto me dejaste creer que te avergonzabas de mí.
Adrian cerró los ojos.
—Cometí un error.
—Muchos.
—Sí.
La sopa comenzó a hervir.
Él apagó el fuego y sirvió un plato.
—Come primero.
—No tengo hambre.
—Tu estómago acaba de protestar.
—Eso fue antes de descubrir que mi esposo ausente también es mi nuevo director ejecutivo.
Adrian dejó la cuchara.
—No sabía que trabajabas en esa filial.
Solté una risa incrédula.
—¿No sabías dónde trabajaba tu esposa?
—Tu expediente laboral usa tu apellido de soltera.
—Porque entré antes de casarnos.
—Además, Recursos Humanos no comparte todos los datos personales conmigo.
—Eso no mejora la situación.
—No.
Me senté finalmente.
La sopa era simple, pero agradable.
Adrian permaneció de pie, observándome.
—No tienes que vigilar cada cucharada.
—El médico indicó comida ligera.
—¿También leíste mi informe?
—Solo la hoja de alta que estaba sobre la mesa.
—Qué respetuoso.
—Emma.
—¿Qué?
—Puedo aceptar que estés enfadada. Pero no bromees con tu salud.
Dejé la cuchara.
—¿Sabes qué es lo extraño? Hace una semana habría dado cualquier cosa por escuchar que te preocupabas por mí.
Su rostro cambió.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé si llegaste demasiado tarde.
El silencio se extendió.
Adrian se sentó frente a mí.
—No quiero pedirte que me perdones esta noche.
—Bien.
—Quiero demostrarte la verdad.
Sacó su teléfono y abrió varios archivos.
Había correos, registros de transferencias y fotografías de reuniones privadas. Vanessa aparecía en varias de ellas, entregando documentos a un hombre que reconocí como uno de los ejecutivos del grupo.
—¿Por qué regresaste ahora?
—Porque ya tenemos suficientes pruebas para expulsarlos del consejo.
—Entonces tu misión terminó.
—Sí.
—¿Y por qué convertiste mi empresa en tu primer destino?
Adrian no respondió enseguida.
—Porque quería verte.
—Podrías haber venido a casa.
—No sabía si seguías viviendo aquí.
Lo miré con desconcierto.
—¿Dónde iba a vivir?
—No respondías algunos de mis mensajes.
—¿Qué mensajes?
Él abrió nuestra conversación.
Había decenas.
“¿Comiste?”
“¿Cómo estuvo tu presentación?”
“Vi que llovía. Lleva paraguas”.
“Llegaré pronto”.
Yo nunca los había recibido.
Mi teléfono no mostraba nada.
Adrian revisó la configuración, hizo varias llamadas y finalmente contactó con un experto en seguridad.
La conclusión llegó una hora después.
Nuestros dispositivos habían sido intervenidos.
Alguien filtraba mensajes, borraba otros y marcaba como leídas conversaciones que ninguno había visto.
Vanessa.
Había logrado que Adrian creyera que yo lo ignoraba.
Y que yo creyera que él me había abandonado.
—Eso no explica todo —dije—. Aunque no recibiera tus mensajes, tú podrías haber llamado desde otro teléfono.
—Lo hice dos veces.
—Nunca sonó.
—Después Vanessa me mostró fotografías tuyas cenando con otro hombre.
Recordé una cena de trabajo con Marcus, el líder de mi proyecto.
—Era mi supervisor.
—Lo sé ahora.
—¿Pensaste que estaba con él?
Adrian bajó la mirada.
—Pensé que habías aceptado el matrimonio por tu familia y que, en cuanto me marché, habías retomado tu vida.
—Podrías haber preguntado.
—Tenía miedo de escuchar la respuesta.
Aquello no se parecía al hombre con quien me había casado.
Adrian Wolfe no temía a nadie.
Podía despedir a un ejecutivo sin cambiar de expresión y negociar millones durante una cena.
Pero había tenido miedo de preguntarle a su esposa si lo extrañaba.
—¿Por eso enviaste “¿estás ocupada?”?
—Fue el único mensaje que conseguí escribir.
—Y yo respondí que sí.
—Pensé que era una manera educada de rechazarme.
—Eres ridículo.
—También lo sé.
A pesar de mí misma, sonreí.
Adrian la vio.
La tensión abandonó un poco sus hombros.
—No significa que te haya perdonado.
—No esperaba tanto.
—Solo significa que eres menos inteligente de lo que todos creen.
—Eso es posible.
Terminamos la sopa en silencio.
Esa noche no permití que durmiera en mi habitación.
Le señalé el sofá.
—Tu antiguo estudio sigue intacto.
—Prefiero quedarme aquí.
—¿Por qué?
—Para asegurarme de que no vuelvas al hospital.
—No puedes vigilarme toda la noche.
—Puedo intentarlo.
—Tienes trabajo mañana.
—Soy el director ejecutivo. Puedo llegar tarde.
—Eso explica por qué todos te odian.
—No todos.
—Mi equipo sí.
Su expresión se volvió seria.
—El proyecto Helix tiene problemas reales.
—Lo sé.
—Pero no pedí que lo rehicieran en una noche.
—Patricia dijo…
—Patricia entendió mal la fecha.
Tomó mi teléfono y escribió un mensaje.
—¿Qué haces?
—Aclarando que tendrán dos semanas.
—No puedes escribir desde mi cuenta.
—Tienes razón.
Me devolvió el teléfono.
—Escríbelo tú.
Lo hice.
Treinta segundos después, Patricia respondió con una cadena de signos de exclamación y agradecimientos.
Después añadió:
“¿Cómo lograste que el director aceptara? ¿Lo sedujiste?”
Miré a Adrian.
Él también había leído el mensaje.
—Tu supervisora parece poco profesional.
—Está bromeando.
—No me gusta.
—¿Estás celoso de una mujer casada de cincuenta años?
—Estoy celoso de cualquiera que tenga más confianza contigo que yo.
Me quedé callada.
Él pareció sorprenderse de su propia sinceridad.
—Duerme —dije finalmente.
A la mañana siguiente desperté con olor a arroz hervido.
Adrian había preparado desayuno.
También había comprado medicamentos, frutas y una pila de documentos.
—¿Qué es eso?
—Pruebas de que Vanessa intervino nuestras comunicaciones.
—¿Tan rápido?
—El equipo trabajó toda la noche.
—Claro. Porque tú no duermes y obligas a todos a imitarte.
—Les pagaremos horas extra.
—Qué generoso.
Desayunamos juntos.
Después él condujo hasta la oficina.
Intenté sentarme atrás.
—No soy tu chófer —dijo.
—Tampoco quiero que parezca que tengo privilegios.
—Eres mi esposa.
—En la empresa soy analista.
—Entonces siéntate delante como cualquier pasajera adulta.
—Los pasajeros adultos pueden sentarse donde quieran.
Adrian salió del vehículo, abrió la puerta trasera y esperó.
—¿Qué haces?
—Negociando.
—Pareces un secuestrador.
—Siéntate delante y fingiré que no acabas de insultar al director ejecutivo.
Finalmente cedí.
Al llegar a la oficina, el vestíbulo quedó en silencio.
Todos reconocieron a Adrian.
Nadie entendía por qué yo bajaba de su coche.
Patricia apareció con una carpeta en la mano.
Primero me miró a mí.
Luego a él.
Después regresó a mí.
—Emma —susurró—, dime que no hiciste lo que creo.
—No sé qué crees.
—Ayer te dije que era atractivo y hoy llegas con él.
Adrian habló antes que yo.
—La señora Bennett y yo vivimos en la misma dirección.
Patricia abrió la boca.
—¿Son vecinos?
—Estamos casados.
La carpeta cayó al suelo.
En menos de diez minutos, todo el departamento lo sabía.
Yo quería desaparecer.
Adrian parecía extrañamente satisfecho.
—No tenías que anunciarlo.
—No me gusta que piensen que te recogí después de una aventura.
—Nadie pensaba eso hasta que lo dijiste.
—Tu supervisora sí.
—Patricia imagina demasiadas cosas.
—Debería concentrarse en el proyecto.
—No la despidas.
—No planeaba hacerlo.
—Tu cara dice lo contrario.
—Mi cara siempre es así.
Durante la reunión, Adrian fue tan exigente como habían dicho.
Cuestionó cifras, rechazó argumentos débiles y obligó al equipo a justificar cada decisión.
Pero no humilló a nadie.
Cuando encontró errores, explicó el problema.
Cuando alguien ofreció una buena idea, la reconoció.
Comprendí que los rumores exageraban parte de su dureza.
También comprendí por qué había rechazado nuestro trabajo.
El proyecto original se basaba en datos manipulados.
Los informes extranjeros que me habían costado tanto leer contenían inconsistencias vinculadas a las mismas empresas de Vanessa.
El proyecto no era solo deficiente.
Era una trampa diseñada para provocar pérdidas y desacreditar a Adrian poco después de asumir el cargo.
—¿Por eso pediste rehacerlo? —pregunté al terminar.
—Sí.
—¿Y por qué no explicaste el motivo?
—No sabía quién estaba involucrado.
—Sospechabas de todo el equipo.
—Incluida tú.
La sinceridad dolió.
Adrian lo notó.
—Hasta que vi tu propuesta preliminar.
—¿Qué tenía?
—Señalaste exactamente las cifras manipuladas.
—Pensé que eran errores de traducción.
—No lo eran.
Él se acercó.
—También vi tu historial de acceso. Fuiste la única que no abrió los archivos comprometidos antes de que aparecieran en el sistema.
—¿Entonces ya no sospechas de mí?
—No.
—Qué honor.
—Emma.
—Necesito tiempo.
Su rostro se volvió serio.
—Lo tendrás.
Las semanas siguientes fueron extrañas.
Adrian se instaló de nuevo en casa, pero respetó la habitación separada.
No exigió conversaciones.
No intentó utilizar regalos para comprar mi perdón.
Solo empezó a estar presente.
Preparaba desayuno.
Preguntaba antes de tomar mis cosas.
Avisaba si iba a llegar tarde.
Y, por primera vez desde nuestra boda, hablábamos.
Descubrí que odiaba el cilantro.
Que dormía poco desde la adolescencia.
Que había aprendido a cocinar porque durante los seis meses en Londres no confiaba en nadie del entorno de Vanessa.
Él descubrió que yo cantaba mal mientras trabajaba.
Que escondía dulces en el cajón de los documentos.
Y que había aceptado casarme con él no solo para ayudar a mi familia.
—Entonces ¿por qué? —preguntó una noche.
Estábamos revisando el proyecto en la mesa del comedor.
—Porque una vez te vi defender a un empleado.
—¿Cuándo?
—En una recepción. Un miembro del consejo lo acusó de cometer un error que en realidad había sido suyo. Tú mostraste los registros delante de todos.
—Eso no parece motivo suficiente para casarse.
—También eras atractivo.
Adrian dejó de escribir.
—¿Lo era?
—No te emociones.
—¿Ya no?
—No dije eso.
Una sonrisa casi invisible apareció en sus labios.
—Te extrañé —confesé antes de poder detenerme.
La sonrisa desapareció.
—Todos los días.
Mis dedos se tensaron alrededor del bolígrafo.
—Pero me obligué a dejar de hacerlo porque pensaba que no regresarías.
Adrian se arrodilló junto a mi silla.
No me tocó.
—Regresé tarde.
—Sí.
—Y no puedo recuperar esos meses.
—No.
—Pero puedo evitar volver a perderlos.
Lo miré.
—No hagas promesas que no sabes si podrás cumplir.
—Entonces no prometo.
Tomó aire.
—Te preguntaré cada día si todavía puedo quedarme.
Aquella noche no lo perdoné.
Pero le permití tomar mi mano.
La investigación terminó un mes después.
Vanessa y su padre fueron acusados de fraude corporativo, filtración de información y manipulación de sistemas privados.
Durante el interrogatorio, ella admitió que había intervenido nuestras comunicaciones.
—Sabía que el matrimonio no era real —dijo—. Solo necesitaba que ambos lo recordaran.
Su plan casi había funcionado.
No porque nuestro vínculo fuera débil.
Sino porque ninguno de los dos había tenido el valor de hablar con honestidad.
Cuando todo terminó, Adrian colocó nuestro contrato matrimonial sobre la mesa.
Faltaban cuatro meses para su vencimiento.
—Podemos terminarlo ahora —dijo.
Sentí un vacío inesperado.
—¿Eso quieres?
—No.
—Entonces ¿por qué lo propones?
—Porque no quiero que te quedes por obligación.
Deslizó junto al contrato un documento de divorcio firmado por él.
—Puedes marcharte sin perder nada de lo acordado entre nuestras familias.
—¿Y tú?
—Yo perdería lo único que me importa.
Levanté la mirada.
Sus ojos estaban tranquilos, pero las manos permanecían cerradas con fuerza.
—No firmaré —dije.
Adrian no reaccionó al principio.
—¿Por qué?
Rompí el documento de divorcio.
Después tomé el contrato matrimonial y también lo partí por la mitad.
—Porque tampoco quiero seguir viviendo bajo un acuerdo.
Su rostro palideció.
—Emma…
Saqué del bolsillo una pequeña caja.
La había comprado aquella tarde, sintiéndome ridícula durante todo el proceso.
Dentro había dos anillos sencillos.
Nada parecido a las costosas alianzas que nuestras familias eligieron para la boda.
—Quiero empezar de nuevo —dije—. Sin empresas, sin familias y sin cláusulas.
Adrian miró los anillos.
—¿Estás segura?
—No completamente.
—Eso no parece tranquilizador.
—Pero quiero descubrirlo contigo.
Él tomó uno de los anillos.
Sus ojos volvieron a enrojecerse, igual que aquella noche frente a mi puerta.
—¿Estás ocupada? —preguntó.
Lo miré sin comprender.
Después entendí.
Era el mismo mensaje que había iniciado todo.
—Sí —respondí.
Su expresión cayó.
Sonreí.
—Estoy ocupada construyendo una vida contigo.
Adrian cerró los ojos y soltó una risa temblorosa.
Después deslizó el anillo en mi dedo.
—Casi consigues matarme.
—Eres demasiado dramático.
—Desaparecí seis meses y me castigaste durante otros dos.
—Te lo merecías.
—Probablemente.
Me tomó el rostro con ambas manos.
—¿Puedo besarte?
Durante nuestra primera boda nunca lo habíamos hecho.
Solo posamos para las fotografías y dormimos en habitaciones separadas.
Por eso aquel beso no fue una reconciliación.
Fue nuestro verdadero comienzo.
—Sí —respondí.
Un año después, Patricia todavía contaba a todo empleado nuevo cómo la analista recién salida del hospital había “domesticado” al director ejecutivo más temido del grupo.
La historia no era cierta.
Yo no había domesticado a Adrian.
Él seguía siendo exigente, frío en las reuniones y capaz de devolver un informe por una coma mal colocada.
Pero regresaba a casa.
Respondía los mensajes.
Y cuando una noche recibí otro “¿Estás ocupada?”, miré el nombre antes de contestar.
“Un poco. ¿Qué necesitas?”
La respuesta llegó de inmediato.
“A ti”.
Sonreí.
“Ven a casa”.
Cinco minutos después, escuché la puerta.
Adrian apareció con el abrigo todavía puesto.
—Pensé que estabas en una cena de negocios.
—Terminé temprano.
—Mentiroso.
—Me fui temprano.
—Eso sí lo creo.
Se acercó y rodeó mi cintura.
—¿Ya no me confundes con tus compañeros de trabajo?
—Depende. Mis compañeros escriben mensajes más claros.
—Estoy mejorando.
—Lentamente.
Apoyó la frente contra la mía.
—Emma.
—¿Sí?
—¿Todavía hay un lugar para mí?
Era una pregunta que, incluso después de tanto tiempo, seguía haciendo.
No porque dudara de mi amor.
Sino porque había aprendido que nadie debía dar por sentada la presencia de otra persona.
Tomé su mano y la apoyé sobre mi corazón.
—Sí.
Él sonrió.
Y esta vez ninguno de los dos necesitó borrar el resto del mensaje.