Mi hermanastra me regaló un guardaespaldas para destruirme… sin saber que yo podía escuchar sus pensamientos

Mi hermanastra apareció en el set de grabación con un hombre alto, vestido de negro y con una expresión capaz de congelar una habitación entera.

Se aferró a mi brazo como si me adorara.

—Camila, te presento a tu nuevo guardaespaldas. Se llama Ethan Shaw. Es fuerte, honrado y muy trabajador. Lo único malo es que viene de una familia humilde.

Yo todavía no había respondido cuando escuché su verdadera voz dentro de mi cabeza.

«¿Humilde? Es el heredero de una de las familias más poderosas de Washington. Entró en la industria del entretenimiento para descubrir a un infiltrado».

«Disfruta tus últimos días de fama, Camila».

«Cuando Ethan te confunda con la espía, tu carrera quedará destruida. Entonces yo aclararé el “malentendido”, lo consolaré y ocuparé tu lugar a su lado».

Miré a mi querida hermanastra, Valeria Moore.

Seguía sonriendo con la dulzura de un ángel.

Llevaba años haciéndolo.

Sonreía cuando filtraba rumores sobre mí.

Sonreía cuando robaba mis contratos.

Y sonrió también cuando convenció a nuestro padre de que yo era una mujer ambiciosa, caprichosa e incapaz de querer a nadie.

Pero había algo que Valeria desconocía.

Desde que desperté después de un accidente ocurrido tres meses atrás, podía escuchar los pensamientos de las personas cuando estaban cerca de mí.

Sus palabras podían mentir.

Sus mentes no.

Volví la mirada hacia Ethan.

Estaba apoyado contra la puerta de mi camioneta, con los brazos cruzados. Era demasiado alto, demasiado atractivo y demasiado frío para parecer un guardaespaldas común.

Cabello oscuro. Mandíbula firme. Una cicatriz casi invisible junto a la ceja derecha.

Mientras lo observaba, otra voz apareció en mi cabeza.

Una voz masculina, profunda y peligrosamente calmada.

«Otra mujer que parece buscar problemas. Qué fastidio».

Permanecí inmóvil.

Ethan también podía pensar cosas desagradables, al parecer.

Entonces escuché algo más.

«Aunque esta es bastante hermosa».

«Y su cintura es demasiado pequeña».

Parpadeé.

Él me sostuvo la mirada sin mostrar emoción.

Yo sonreí.

Esto empezaba a ponerse interesante.

Valeria continuó hablando a mi lado.

—Es muy confiable. Tu anterior guardaespaldas te perdió durante aquella fiesta privada. No podemos permitir que vuelva a ocurrir.

El recuerdo endureció mi expresión.

Días antes, durante una recepción organizada por inversionistas, mi equipo de seguridad había desaparecido misteriosamente. Tres hombres borrachos me acorralaron en un corredor apartado.

Conseguí escapar porque les rompí una botella frente a los pies y corrí descalza hasta la salida.

En aquel momento creí que había sido un error de coordinación.

Ahora escuché a Valeria reír dentro de mi cabeza.

«Fui yo quien alejó a sus guardaespaldas».

«Es una lástima que esos viejos no consiguieran hacerle nada».

«Pero habrá más oportunidades».

Sentí que algo frío se instalaba en mi pecho.

No miré a Valeria.

Si descubría mi habilidad, aprendería a controlar sus pensamientos frente a mí. Necesitaba que siguiera creyendo que yo era la hermana arrogante que jamás veía venir un golpe.

Así que caminé hacia Ethan.

Mis tacones resonaron sobre el cemento del estacionamiento.

Él alzó los ojos.

«¿Por qué se acerca tanto?»

«¿Va a intentar seducirme?»

«No me interesan las actrices. Con tanto maquillaje, todas parecen fantasmas elegantes».

Tuve que contener una carcajada.

Me detuve frente a él.

—¿Tú eres Ethan Shaw?

—Sí.

Su respuesta fue tan fría como su mirada.

«Qué pregunta tan innecesaria».

«Habla rápido y aléjate».

En lugar de obedecer, levanté la mano y apoyé un dedo sobre su pecho.

Sus músculos se tensaron de inmediato bajo la camiseta.

—Desde hoy, mi seguridad está en tus manos.

Bajé la voz deliberadamente.

Ethan no se movió.

Pero su mente perdió por completo aquella calma arrogante.

«Demonios».

«¿Esta mujer es una actriz o una criatura diseñada para arruinarme la concentración?»

«¿Por qué tiene que tocarme para decir eso?»

Su nuez se movió.

Yo retiré la mano, satisfecha.

—Me lo quedo —le dije a Valeria.

La sonrisa de mi hermanastra vaciló.

«Descarada».

«Sigue provocándolo. Ethan odia a las mujeres demasiado fáciles».

«Cuanto más coquetees, más rápido te despreciará».

Subí a la camioneta.

Ethan ocupó el asiento del conductor.

A través del espejo retrovisor pude observar su perfil: bello, cortante y completamente alerta.

El supuesto heredero había entrado en mi vida para investigar a un traidor.

Mi hermanastra quería utilizarlo para destruirme.

Y yo podía escuchar lo que ambos ocultaban.

Parecía una ventaja perfecta.

Hasta que Ethan arrancó el vehículo y pensé:

«Veamos cuánto tarda en descubrir que Valeria es quien está detrás de todo».

Su mano se detuvo sobre la palanca de cambios.

Levantó lentamente los ojos hacia el espejo.

Y su voz apareció en mi cabeza, mucho más tensa que antes.

«¿Acaba de decir mi nombre sin abrir la boca?»

La sonrisa desapareció de mi rostro.

Ethan giró la cabeza.

—Señorita Moore —dijo con calma—, ¿en qué está pensando?

Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.

El ruido del equipo de producción llenaba el estacionamiento. Técnicos, asistentes y maquillistas iban de un lado a otro sin prestar atención al interior de la camioneta.

Sin embargo, dentro del vehículo, el aire parecía haberse detenido.

Ethan me observaba a través del espejo.

Su rostro seguía siendo inexpresivo.

Su mente no.

«No pudo haber sido ella».

«Tal vez escuché mal».

«Nadie puede introducir una frase dentro de la mente de otra persona».

Yo mantuve la sonrisa más despreocupada que pude.

—Estaba pensando que espero que conduzcas mejor de lo que conversas.

La sospecha desapareció parcialmente de sus ojos.

«Provocadora».

«Seguramente fue una coincidencia».

El vehículo comenzó a moverse.

Me apoyé contra el asiento y miré por la ventana, aunque toda mi atención permaneció centrada en el hombre que conducía.

Algo había cambiado.

Hasta ese momento, yo solo escuchaba pensamientos. Jamás había logrado transmitir uno.

¿Lo había hecho sin querer?

Intenté repetirlo.

Miré la nuca de Ethan y pensé con claridad:

«Eres demasiado desconfiado».

Él no reaccionó.

Volví a intentarlo.

Nada.

Quizá mi rostro había delatado mis pensamientos y él solo había interpretado la expresión.

Era lo más lógico.

Aunque desde el accidente, la palabra “lógico” había perdido bastante valor en mi vida.

Ethan condujo hasta mi apartamento, situado en la parte alta de un edificio privado. Al llegar, inspeccionó los accesos, revisó las cámaras y recorrió cada habitación.

—¿Siempre eres tan cuidadoso? —pregunté.

—Para eso me contrataron.

«Y porque alguien ha entrado aquí recientemente».

Mi sonrisa se congeló.

—¿Encontraste algo?

Él se agachó junto a una ventana.

—La cerradura fue manipulada.

—¿Cuándo?

—No puedo saberlo con precisión.

Su mente completó la respuesta.

«Probablemente anoche».

«No buscaban robar. No tocaron los objetos de valor».

«Instalaron algo».

Ethan comenzó a revisar las lámparas, los enchufes y los detectores de humo.

Yo no lo interrumpí.

Cinco minutos después sacó un pequeño dispositivo negro del interior de una maceta decorativa.

Una cámara.

La pantalla estaba orientada hacia el sofá y el corredor que conducía a mi habitación.

—¿Quién tiene acceso a este apartamento? —preguntó.

—Mi asistente, el personal de limpieza y algunos miembros de mi familia.

—¿Su hermana?

—También.

Ethan guardó la cámara en una bolsa transparente.

—No le diga a nadie que la encontramos.

—¿Por qué?

—Quiero saber quién vuelve a buscarla.

Su tono seguía siendo distante, pero su mente ya trabajaba con rapidez.

«La cámara es profesional».

«No fue instalada para grabar intimidad. Buscaban registrar reuniones».

«Si Camila es la infiltrada, alguien vigila que no traicione a sus contactos».

Me senté en el brazo del sofá.

Así que él ya sospechaba de mí.

Valeria no había mentido sobre esa parte.

—¿Crees que soy una criminal? —pregunté.

Ethan me miró.

—No he dicho eso.

«Todavía no».

—Tu cara lo dice.

—Mi cara no dice nada.

—Tu cara parece amenazar a todo el mundo.

—Funciona.

—No conmigo.

Sus ojos bajaron un instante hacia mis labios.

«Eso está por verse».

Tuve que apartar la mirada para no sonreír.

Durante los días siguientes, Ethan se convirtió en una sombra constante.

Me acompañaba al estudio, a las reuniones, a las sesiones de fotografía y hasta a los eventos de prensa. Dormía en la habitación de invitados y revisaba cada comida antes de que yo la probara.

Su vigilancia me irritaba.

Su mente me entretenía.

En voz alta era un hombre de pocas palabras.

Dentro de su cabeza, discutía conmigo durante horas.

Cuando aparecía con un vestido llamativo, pensaba:

«Esto debería considerarse un arma».

Cuando un actor intentaba abrazarme más tiempo de lo necesario:

«Quita las manos o te las rompo».

Cuando yo lo sorprendía mirándome:

«No estaba mirando».

«Solo comprobaba la distancia de seguridad».

«La distancia de seguridad no incluye observarle las piernas».

Gracias a él descubrí algo inesperado.

El heredero frío y temido por todos no era indiferente.

Solo estaba aterrorizado de perder el control.

Yo, por supuesto, decidí divertirme.

Una tarde debíamos asistir a una gala benéfica.

Me puse un vestido rojo de espalda descubierta y bajé lentamente por las escaleras del hotel.

Ethan esperaba en el vestíbulo.

Cuando me vio, no cambió de expresión.

Su mente, en cambio, se quedó en silencio durante tres segundos.

Después estalló.

«No».

«Definitivamente no».

«¿Por qué ese vestido necesita tan poca tela?»

«¿Quién diseñó esto y por qué sigue con vida?»

Me acerqué.

—¿Algún problema?

—El vestido es poco práctico.

—No vine a escalar una montaña.

—Podría dificultar una evacuación.

—Entonces tendrás que cargarme.

Sus ojos se oscurecieron.

«No le digas esas cosas a un hombre que lleva una semana imaginando cómo se sentiría tu cuerpo entre sus brazos».

Por primera vez, fui yo quien dejó de respirar.

Ethan abrió la puerta del automóvil.

—Suba.

—Podrías pedirlo con amabilidad.

—Suba, por favor.

«Antes de que haga algo que no estaba incluido en mi misión».

Entré sin responder.

La gala estaba llena de empresarios, celebridades y políticos. Valeria llegó del brazo de nuestro padre y se acercó a saludarme frente a las cámaras.

—Hermana, estás preciosa.

«Parece una prostituta cara».

—Tú también —respondí.

«Y tú pareces una serpiente envuelta en seda».

Por fortuna, mis pensamientos seguían siendo privados.

Valeria miró a Ethan.

—Espero que estés cuidando bien de ella.

—Es mi trabajo.

«Y empiezo a odiar que me recuerdes quién me contrató realmente».

La frase me llamó la atención.

¿Valeria lo había contratado?

Yo creía que solo había facilitado el encuentro.

Más tarde, mientras Ethan revisaba el salón, seguí a Valeria hasta el baño.

Ella estaba frente al espejo, retocándose los labios.

—Te ves feliz —le dije.

—Lo estoy. Papá está considerando darme un puesto en la productora.

«En cuanto desaparezcas, todo será mío».

—Felicidades.

—No pareces molesta.

—¿Debería?

Valeria cerró el labial.

—Siempre has sido muy posesiva con lo que consideras tuyo.

«Incluido nuestro padre».

«Aunque pronto descubrirá que su hija perfecta ha estado vendiendo información confidencial».

Aquello me detuvo.

No era solo un plan romántico.

Valeria pretendía incriminarme por espionaje empresarial.

Recordé la cámara de mi apartamento.

Probablemente planeaba grabar una reunión falsa o colocar documentos comprometidos entre mis pertenencias.

—¿Qué estás mirando? —preguntó.

—Tu labial. Es bonito.

—Te regalaré uno.

«Así pareceremos más hermanas cuando llore frente a la prensa por tu caída».

Sonreí.

—Qué generosa.

Aquella noche le conté a Ethan que alguien podría estar intentando incriminarme.

No mencioné mi habilidad.

Tampoco acusé directamente a Valeria.

—¿Por qué piensa eso? —preguntó.

—Intuición.

—La intuición no es evidencia.

—Tampoco lo es tu desconfianza hacia mí.

Él guardó silencio.

«Tiene razón».

—¿Qué información se ha filtrado? —pregunté.

—No puedo hablar de la investigación.

—Entonces tampoco puedo ayudarte.

—Quizá usted es la persona a la que investigo.

—Y quizá tú eres el hombre que mi hermanastra ha colocado cerca de mí para que crea exactamente eso.

Ethan tensó la mandíbula.

—Valeria me dio acceso a su entorno.

—Valeria jamás hace algo sin buscar un beneficio.

—Es su hermana.

—Eso no significa que me quiera.

Durante un instante, pensé que no me creería.

Entonces su mente recordó la cámara.

«Valeria tenía acceso».

«También recomendó al anterior equipo de seguridad».

«Y apareció demasiado pronto después del incidente en la fiesta».

Ethan se levantó.

—A partir de ahora, no confíe en nadie.

—¿Ni siquiera en ti?

Se inclinó hacia mí.

—Especialmente en mí.

A la mañana siguiente apareció la primera prueba contra mí.

Un portal de noticias publicó fotografías donde yo parecía entregar una memoria USB a un empresario investigado por vender datos confidenciales de varios estudios cinematográficos.

Las imágenes eran reales.

El contexto no.

El hombre era un patrocinador de una fundación infantil. La memoria contenía un video promocional.

Pero internet no necesitaba explicaciones.

En cuestión de horas, las palabras “Camila Moore espía” se convirtieron en tendencia.

Las marcas suspendieron campañas.

Mi nueva película aplazó el estreno.

Nuestro padre llamó para exigirme que permaneciera en silencio.

Valeria llegó llorando a mi apartamento.

—Hermana, no puedo creer lo que están diciendo.

«Perfecto».

«Ahora solo falta que encuentren los archivos en su computadora».

Ethan apareció detrás de ella.

Su mente era un bloque de hielo.

«Alguien entró en el sistema de seguridad hace veinte minutos».

«Ella vino demasiado rápido».

—Valeria —dijo—, necesito que se retire.

Mi hermanastra lo miró con fingida sorpresa.

—Solo quiero acompañar a Camila.

—No es seguro.

«No quiero dejarte solo con ella».

—Claro —respondió con dulzura—. Confío en ti.

«Por ahora».

Cuando se marchó, Ethan cerró la puerta.

—Entraron remotamente en su computadora.

—¿Encontraron algo?

—Archivos financieros y conversaciones cifradas.

—Plantados.

—Eso creo.

Era la primera vez que admitía abiertamente que confiaba en mí.

—¿Por qué?

Me observó en silencio.

Su mente respondió antes que sus labios.

«Porque si fueras culpable, habrías huido».

«Porque las fechas no coinciden».

«Porque me he pasado noches enteras estudiando cada movimiento tuyo».

«Porque quiero creer en ti aunque eso pueda destruir mi carrera».

Él solo dijo:

—Hay inconsistencias.

—Qué romántico.

—Esto no es romántico.

—Claro que no.

Di un paso hacia él.

—Solo has estado vigilándome mientras duermo, revisando mis comidas y amenazando mentalmente a todos los hombres que se acercan a mí.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Mentalmente?

Comprendí mi error demasiado tarde.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Qué quiso decir?

—Era una expresión.

—No.

Se acercó.

—La primera vez que subió al vehículo, pensé que había escuchado su voz sin que moviera los labios.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Eso es absurdo.

—Desde entonces, responde preguntas que no he formulado.

—Eres fácil de leer.

—Diga qué estoy pensando ahora.

—Que soy una mujer insoportable.

Ethan no reaccionó.

Entonces lo escuché.

«Estoy pensando que quiero besarla desde hace días».

Sentí calor en el rostro.

Su mirada descendió lentamente hacia mis mejillas.

—Interesante —murmuró.

—¿Qué?

—No estaba pensando que fuera insoportable.

Retrocedí.

Él me siguió.

—¿Puede escucharme?

—No.

«Bésame».

La orden apareció con tal claridad en mi mente que di un paso hacia él antes de detenerme.

Ethan lo notó.

Sus ojos se oscurecieron.

«Así que sí».

—No vuelvas a hacer eso —dije.

—¿Hacer qué?

—Pensar a propósito.

—Entonces admítalo.

No respondí.

Ethan apoyó una mano en la pared junto a mi cabeza, sin tocarme.

—Camila.

Era la primera vez que usaba mi nombre sin distancia.

—Puedo escuchar pensamientos —confesé.

No se rio.

No me llamó loca.

Solo preguntó:

—¿Desde cuándo?

—Desde mi accidente.

—¿Ha escuchado los míos desde el primer día?

Pensé en su opinión sobre mi cintura, mis vestidos y cada hombre que me había hablado.

—Algunos.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

Por primera vez vi al imperturbable Ethan Shaw completamente avergonzado.

Se apartó y pasó una mano por su rostro.

«Quiero desaparecer».

—No hace falta dramatizar.

Se giró de golpe.

—Deje de escuchar.

—No sé apagarlo.

«Entonces sabe que quiero besarla».

—También sé que no lo harás sin preguntar.

El silencio cambió.

Ya no era hostil.

Era peligroso de una forma distinta.

Ethan se acercó lentamente.

—¿Puedo?

Mi corazón respondió antes que mi voz.

—Todavía no.

Él asintió.

—Cuando esto termine.

—Cuando esto termine —repetí.

Para limpiar mi nombre necesitábamos descubrir cómo Valeria conseguía la información que luego colocaba en mis dispositivos.

Ethan trazó un plan.

Fingiríamos que yo había decidido huir del país. Dejaríamos que Valeria creyera que llevaba conmigo un archivo capaz de revelar la identidad del verdadero infiltrado.

La noticia llegó hasta ella exactamente como esperábamos.

Su mente se volvió eufórica cuando vino a despedirse.

«Esta noche entraré en su apartamento».

«Tomaré el archivo, borraré las cámaras y haré parecer que escapó por culpa».

Yo la abracé.

—Cuídate, hermana.

—Tú también.

«No pienso volver a verte fuera de una prisión».

Aquella noche apagamos las luces del apartamento y dejamos una memoria falsa dentro de una caja fuerte visible.

Ethan y yo esperamos en una habitación contigua.

—¿Está nerviosa? —preguntó.

—No.

«Miente».

—No leas mi cuerpo como si fuera un informe.

—Usted lee mi mente.

—Es diferente.

—¿Por qué?

—Porque yo no puedo evitarlo.

—Yo tampoco puedo evitar verla.

Lo miré.

Ethan sostuvo mi mirada.

«Cuando esto termine, voy a besarla hasta que olvide el nombre de todos los hombres que se le han acercado».

Aparté la vista.

—Concéntrate.

—Lo intento.

Minutos después, la cerradura principal se abrió.

Valeria entró acompañada por un hombre.

Lo reconocí de inmediato.

Era Marcus Reed, mi antiguo representante.

El mismo que había abandonado mi agencia dos meses atrás asegurando que necesitaba cuidar a su madre enferma.

«Cuando tengamos el archivo, Shaw quedará vinculado a la filtración», pensó Marcus.

«Valeria me prometió que la familia Moore me dará una productora propia».

Ahora todo encajaba.

Marcus había tenido acceso a mis dispositivos, contratos y horarios.

Valeria aportaba el dinero y el contacto familiar.

Yo era la víctima perfecta.

Ethan grabó la conversación desde la habitación oculta.

Valeria abrió la caja fuerte.

—Con esto, Camila desaparecerá para siempre —dijo.

—¿Y Shaw? —preguntó Marcus.

—Diremos que la ayudó a vender información. Nadie creerá en el heredero ejemplar después de encontrar transferencias en sus cuentas.

Ethan se puso rígido.

Yo comprendí entonces que Valeria no pretendía conquistarlo.

También pensaba destruirlo cuando dejara de ser útil.

Salimos de nuestro escondite.

Valeria palideció.

—Camila…

—Continúa —dije—. La parte donde fingías aclarar el malentendido era mi favorita.

Marcus intentó correr.

Ethan lo derribó antes de que alcanzara la puerta.

Valeria retrocedió.

—No entiendes nada.

—Entiendo que pagaste a mi antiguo equipo para abandonarme en una fiesta. Que instalaste una cámara en mi casa. Que Marcus colocó archivos falsos en mi computadora y que querías incriminar a Ethan.

Su rostro cambió.

La dulzura desapareció.

—Siempre lo tuviste todo.

—¿De qué hablas?

—El apellido. La compañía. El amor de papá. Todos te miraban a ti.

—No fue mi decisión nacer antes.

—Pero disfrutabas recordármelo.

La escuché con atención.

Por primera vez, sus palabras coincidían con sus pensamientos.

Valeria realmente creía que yo le había robado una vida que le correspondía.

—Podrías haber construido algo propio —le dije—. Elegiste destruirme.

—Porque tú no merecías nada.

Sacó algo de su bolso.

Un cuchillo pequeño.

Ethan se movió, pero Valeria ya estaba cerca de mí.

—¡No te acerques! —gritó.

Su mano temblaba.

Su mente era un caos.

«No quiero matarla».

«Solo quiero que por una vez tenga miedo de mí».

«Ethan me salvará».

Entonces entendí la última parte de su fantasía.

Todavía creía que él vería su fragilidad, se compadecería y elegiría protegerla.

Ethan no la miraba con compasión.

Solo calculaba el ángulo para desarmarla.

—Valeria —dije—, baja el cuchillo.

—¡Cállate!

Dio otro paso.

En ese instante pensé con todas mis fuerzas:

«Ahora».

Ethan reaccionó.

No sé si me oyó o si simplemente leyó mi movimiento.

Me apartó y sujetó la muñeca de Valeria. El cuchillo cayó al suelo.

Ella gritó, lloró y comenzó a repetir que yo la había provocado.

Pero todo estaba grabado.

La policía llegó minutos después.

Marcus confesó cuando comprendió que las pruebas podían enviarlo a prisión durante años.

Valeria intentó culparlo, después culpó a nuestro padre y finalmente me culpó a mí.

Nadie la creyó.

El escándalo que había diseñado para enterrarme terminó destruyendo su propia reputación.

Las plataformas eliminaron los artículos falsos.

Las marcas restablecieron mis contratos.

El estudio anunció una nueva fecha de estreno.

Nuestro padre vino a verme.

Parecía diez años mayor.

—No sabía lo que estaba haciendo —dijo.

—Porque nunca quisiste saberlo.

—Es tu hermana.

—También soy tu hija.

No encontró una respuesta.

Por primera vez, no intenté consolarlo.

Había pasado gran parte de mi vida fingiendo no necesitar amor para evitar admitir que me dolía no recibirlo.

Ahora ya no quería mendigar explicaciones.

Cuando se marchó, Ethan estaba esperándome en el balcón.

—La investigación terminó —dijo.

—Entonces ya no tienes que fingir ser mi guardaespaldas.

—Nunca fingí protegerte.

—Pero fingiste ser pobre.

—No preguntaste.

—Mi hermanastra dijo que lo eras.

—Y usted creyó cada palabra.

—Podía escuchar lo contrario.

Una breve sonrisa apareció en su rostro.

—Eso cambia las cosas.

Me acerqué.

—¿Volverás a Washington?

—Sí.

Mi pecho se tensó, aunque intenté ocultarlo.

Ethan pensó:

«Pídeme que me quede».

Yo levanté una ceja.

—Eso es trampa.

—No he dicho nada.

—Lo pensaste deliberadamente.

—Sigue sin ser una declaración oficial.

—Entonces dilo.

Ethan me miró.

La ironía desapareció de sus ojos.

—Quiero quedarme.

—¿Como guardaespaldas?

—No.

—¿Como investigador?

—Tampoco.

Dio un paso hacia mí.

—Quiero quedarme como el hombre que lleva semanas perdiendo la cabeza por una mujer imposible.

—No pareces alguien que pierda la cabeza.

—Por fuera.

Su mente añadió:

«Por dentro estoy completamente perdido».

Sonreí.

—Eso ya lo sabía.

—Claro.

Ethan levantó una mano y la mantuvo a pocos centímetros de mi rostro.

—¿Puedo tocarte?

Asentí.

Sus dedos rozaron mi mejilla con una delicadeza que contrastaba con todo lo que él representaba.

—¿Y besarme? —pregunté.

Su respiración cambió.

«No juegues conmigo».

—Estoy hablando en serio.

—Entonces sí —respondió—. Pero solo si también lo quieres.

—Lo quiero.

El beso fue lento al principio.

Contenido.

Como si Ethan temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper algo que llevaba demasiado tiempo deseando.

Después apoyó una mano en mi cintura.

Su autocontrol comenzó a desaparecer.

Su mente dejó de formar frases coherentes.

Por primera vez desde que desarrollé mi habilidad, escuché algo parecido al silencio.

Solo emoción.

Deseo.

Y una ternura que jamás habría imaginado bajo aquella frialdad.

Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—Esto va a ser un problema.

—¿Por qué?

—Porque ya sabe todo lo que pienso.

—No todo.

—Lo suficiente para arruinar cualquier intento de parecer indiferente.

—Nunca pareciste indiferente.

—Eso es falso.

—La primera vez que me viste pensaste que mi cintura era pequeña.

Ethan cerró los ojos.

—Olvide eso.

—También dijiste que parecía una criatura diseñada para destruir tu concentración.

—Camila.

—Y amenazaste mentalmente a siete actores, dos directores y a un periodista.

—Se acercaban demasiado.

—Eras mi guardaespaldas.

—Exacto.

—El periodista era una mujer.

—También se acercaba demasiado.

Me eché a reír.

Ethan me rodeó con los brazos.

Un año después, durante el estreno de mi primera película como productora, caminamos juntos por la alfombra roja.

La prensa todavía lo llamaba “el heredero misterioso”.

Yo sabía que no tenía nada de misterioso.

Por fuera era un hombre frío, calculador y casi imposible de provocar.

Por dentro discutía con fotógrafos, criticaba la comida de los eventos y pensaba constantemente en besarme.

Un reportero levantó el micrófono.

—Camila, ¿cómo empezó su historia de amor?

Miré a Ethan.

Él pensó:

«No te atrevas».

Sonreí a las cámaras.

—Mi hermana me regaló un guardaespaldas para destruir mi vida.

La prensa se quedó en silencio.

—¿Y funcionó? —preguntó alguien.

Tomé la mano de Ethan.

—Sí.

Él me miró sorprendido.

—Destruyó por completo la vida que tenía antes.

Apreté sus dedos.

—Y me ayudó a construir una mucho mejor.

Las cámaras comenzaron a disparar.

Ethan se inclinó hacia mi oído.

—Eso ha sido demasiado sentimental.

—Estás emocionado.

—No.

«Estoy a punto de enamorarme todavía más de ti».

Le di un beso en la mejilla.

—También escuché eso.

Suspiró con resignación.

—Casarme contigo será una pesadilla.

—¿Quién ha hablado de matrimonio?

Su mente quedó completamente vacía.

Después surgió una sola frase.

«El anillo está en mi bolsillo».

Bajé la mirada hacia su chaqueta.

Ethan palideció.

Yo sonreí lentamente.

—Tienes razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre que será una pesadilla.

Me acerqué a su oído.

—Porque ahora tendrás que pedírmelo sabiendo que ya conozco la respuesta.

Meses después, cuando alguien le preguntó por qué se había casado con una mujer capaz de escuchar todos sus pensamientos, Ethan respondió:

—Porque fue la única persona ante la que nunca tuve que fingir.

Aquello era cierto.

Yo había conocido desde el primer día su arrogancia, su impaciencia, sus celos y sus miedos.

Él había conocido mi fama, mis escándalos y la versión de mí que todos creían comprender.

Pero también había visto a la mujer cansada de defenderse.

No se enamoró de mi imagen.

Se enamoró sabiendo exactamente quién era.

Y yo hice lo mismo.

Porque escuchar los pensamientos de alguien no significa comprenderlo todo.

La verdad también vive en los actos.

En la mano que te aparta del peligro.

En el hombre que decide creerte cuando todos dudan.

Y en la voz fría que puede pensar cosas terribles, pero que siempre pregunta antes de acercarse:

—¿Puedo?

Mi respuesta, desde aquella noche, siempre fue la misma.

—Sí.

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