Frente a toda la universidad dijo que apenas lo conocía… pero cada mañana despertaba en su apartamento

El día de la ceremonia de inicio del último semestre, Adrián Salazar subió al escenario como el estudiante con el promedio más alto de toda la universidad.

El auditorio estaba lleno.

Profesores, familias y cientos de estudiantes esperaban escuchar el discurso del joven que, según los rumores, jamás había perdido una competencia, cometido un error en público ni permitido que nadie se acercara demasiado.

Adrián vestía el traje oscuro obligatorio para los representantes académicos.

No era especialmente llamativo.

En cualquier otra persona habría parecido una prenda común.

En él, sin embargo, todo parecía diseñado a medida.

La espalda recta.

La expresión serena.

La voz profunda y precisa.

No necesitaba sonreír para captar la atención de todos.

Cuando levantó la mirada de sus notas, sus ojos recorrieron las primeras filas con una indiferencia casi arrogante.

Hasta que se detuvieron en Valeria Montes.

Solo fueron unos segundos.

Pero ella conocía demasiado bien aquella mirada.

Adrián estaba molesto.

Valeria mantuvo el rostro tranquilo.

A su lado, su compañera Lucía siguió la dirección de sus ojos y se inclinó hacia ella.

—¿Tienes algún problema con Adrián Salazar?

Valeria miró hacia el escenario.

Bajo la luz intensa del auditorio, Adrián seguía hablando sobre disciplina, futuro y responsabilidad. Parecía exactamente lo que todos creían que era: impecable, distante e inaccesible.

Ella respondió sin alterar la voz:

—No. Apenas lo conozco.

Lucía alzó las cejas.

—Pues te está mirando como si hubieras incendiado su casa.

Valeria ocultó una sonrisa.

No había incendiado su casa.

Solo se había marchado aquella mañana sin despertarlo.

Y quizá también había ignorado tres mensajes, dos llamadas y una fotografía de la taza de café que él había dejado preparada para ella.

En público, Adrián Salazar y Valeria Montes no se soportaban.

Todo el campus lo sabía.

Eran los dos estudiantes más admirados de su generación y, al mismo tiempo, los más incompatibles.

Él era reservado, metódico y famoso por su paciencia limitada.

Ella era brillante, impredecible y tenía la costumbre de sonreír justo antes de desafiarlo.

Competían por becas.

Por proyectos.

Por puestos de investigación.

Por cualquier oportunidad donde solo pudiera quedar uno.

Cuando Adrián hablaba en clase, Valeria encontraba una objeción.

Cuando ella presentaba una propuesta, él detectaba el único punto débil.

Los rumores crecieron con el tiempo.

Algunos aseguraban que se odiaban desde el primer año.

Otros decían que habían tenido una discusión tan grave que los profesores evitaban asignarlos al mismo equipo.

Incluso existía una cuenta anónima dedicada a registrar sus enfrentamientos.

Nadie sabía que, la noche anterior, Valeria había cenado en el apartamento de Adrián.

Nadie sabía que su cepillo de dientes llevaba seis meses junto al de él.

Ni que la sudadera gris que usaba en ese momento pertenecía al joven que hablaba desde el escenario.

Adrián terminó el discurso entre aplausos.

Antes de bajar, volvió a mirarla.

Esta vez no ocultó el reproche.

Valeria levantó una ceja.

Él apretó los labios.

Lucía observó el intercambio.

—Definitivamente pasa algo entre ustedes.

—Te estás imaginando cosas.

—Valeria, ese hombre mira al resto del mundo como si fueran muebles. A ti te mira como si quisiera discutir durante tres horas.

—Porque le encanta discutir conmigo.

—¿Y a ti?

Valeria cruzó las piernas.

—A mí me encanta ganar.

No añadió que también le encantaba verlo perder el control.

Adrián tardó menos de veinte minutos en encontrarla después de la ceremonia.

Valeria estaba en un pasillo lateral, revisando mensajes, cuando una mano apareció junto a su cabeza y cerró la puerta del aula vacía detrás de ella.

Levantó la vista.

Adrián estaba demasiado cerca.

—¿Apenas me conoces?

Su voz era baja.

Calmada.

Mucho más peligrosa por eso.

Valeria miró alrededor.

—¿No deberías estar recibiendo felicitaciones?

—Ya las recibí.

—Entonces deberías estar agradeciendo a tus admiradores.

—Prefiero escuchar tu explicación.

—No sabía que necesitabas una.

Adrián apoyó una mano contra la pared, junto a su hombro.

—Dormiste en mi casa.

—Dormí unas horas.

—Usaste mi cafetera.

—Porque la mía sigue rota.

—Te llevaste mi sudadera.

Valeria bajó la mirada hacia la prenda.

—No tiene tu nombre.

—Y luego dijiste frente a media universidad que apenas me conoces.

—No lo dije frente a media universidad. Se lo dije a Lucía.

—Lucía es incapaz de guardar un secreto.

—Eso no es problema mío.

Adrián la observó en silencio.

Valeria conocía esa expresión.

Era la misma que aparecía cuando intentaba decidir si discutir con ella o besarla.

—Estás enfadado —dijo.

—No.

—Entonces estás celoso.

—Tampoco.

—Herido.

—Menos.

Ella sonrió.

—Adrián Salazar, el hombre que domina cuatro idiomas, dirige dos proyectos de investigación y puede hablar veinte minutos sin mirar una sola nota… ¿no sabe decir que me extrañó cuando despertó?

Él se inclinó ligeramente.

—Sé decirlo.

—No parece.

—Lo que no sé es por qué tengo que decirlo a una mujer que escapó de mi apartamento antes de las seis de la mañana.

—Tenía cosas que hacer.

—Ignorarme, entre ellas.

Valeria intentó apartarse, pero él no se movió.

—La gente podría vernos.

—La puerta está cerrada.

—Ese detalle no ayuda.

Adrián bajó la voz.

—Repítelo.

—¿Qué cosa?

—Que apenas me conoces.

Valeria sostuvo su mirada.

—Apenas conozco al estudiante perfecto que habla frente a toda la universidad.

—¿Y al resto?

Ella permitió que el silencio se prolongara.

Conocía al Adrián que cocinaba cuando estaba nervioso.

Al que releía cada mensaje antes de enviarlo.

Al que no podía dormir si discutían.

Al que mantenía una fotografía de ambos dentro de un libro de física porque decía que nadie buscaría allí.

Conocía su apartamento.

Sus manías.

Sus silencios.

La forma en que se tocaba la ceja cuando mentía.

La manera en que pronunciaba su nombre cuando estaba molesto y cuando estaba preocupado.

Lo conocía demasiado.

Quizá por eso habían decidido mantenerlo en secreto.

Adrián pertenecía a una familia poderosa.

Su padre financiaba parte de la universidad.

Su futuro estaba planificado desde antes de que pudiera elegirlo.

Valeria, en cambio, dependía de una beca y de un expediente impecable.

Un escándalo podía perjudicarla.

Una acusación de favoritismo podía destruir años de trabajo.

Al principio, esconder la relación había sido una decisión práctica.

Después se convirtió en un juego.

Y últimamente empezaba a sentirse como una herida.

—Conozco al hombre que deja café preparado —respondió ella al fin—. Al estudiante arrogante del escenario, no tanto.

La expresión de Adrián se suavizó.

Solo un poco.

—Ese hombre también se despertó buscándote.

Valeria apartó la mirada.

—No digas cosas así.

—¿Por qué?

—Porque después te pones demasiado seguro.

—Ya estoy seguro.

—Ese es tu peor defecto.

—No. Mi peor defecto eres tú.

Ella soltó una risa breve.

Adrián también.

Por unos segundos dejaron de ser rivales.

Dejaron de ser los estudiantes que todos observaban.

Solo fueron ellos.

Hasta que alguien golpeó la puerta.

—¿Hay alguien dentro?

Valeria se separó inmediatamente.

Adrián abrió la puerta con total tranquilidad.

Al otro lado estaba Lucía.

Miró primero a él.

Después a Valeria.

Luego a la sudadera gris.

—Interesante.

Valeria salió del aula.

—Estábamos discutiendo.

—Claro.

Adrián acomodó los puños de su camisa.

—La señorita Montes tiene dificultades para admitir cuando se equivoca.

—Y el señor Salazar tiene dificultades para dejar de seguirme.

Lucía los miró alejarse en direcciones opuestas.

Esa misma tarde comenzó un nuevo rumor.

Que Adrián y Valeria habían discutido a solas durante quince minutos.

Que él había cerrado la puerta.

Que ella había salido sonriendo.

Nadie llegó a la verdad.

Todavía.

Pero el secreto empezó a romperse dos semanas después.

La universidad anunció una competencia internacional cuyo ganador obtendría una beca de investigación en Londres.

Solo un estudiante podía representar a la facultad.

Adrián y Valeria eran los dos candidatos principales.

Frente a todos, se desafiaron como siempre.

En privado, Adrián le dijo:

—Quiero que ganes tú.

Valeria creyó que bromeaba.

—No necesito que me dejes pasar.

—No pienso hacerlo.

—Entonces ¿qué significa?

—Que si ganas, te irás seis meses.

—Sí.

—Y quiero que vayas.

Ella lo observó con atención.

—No pareces feliz.

—No lo estoy.

—Entonces pídeme que me quede.

Adrián guardó silencio.

Valeria esperó.

Él se acercó, pero no la tocó.

—No voy a pedirte que renuncies a algo por mí.

Ella sonrió con tristeza.

—Qué noble.

—Es lo correcto.

—No siempre quiero que hagas lo correcto.

—¿Qué quieres?

Valeria lo miró directamente.

—Que alguna vez digas lo que realmente deseas.

Adrián sostuvo su mirada.

—Quiero que ganes.

—Eso no es todo.

—Y quiero seguir siendo la primera persona a la que llames cuando llegues.

Valeria sintió que el pecho se le cerraba.

—Adrián…

—Quiero dejar de fingir que no te conozco.

Antes de que pudiera responder, una voz sonó desde el pasillo.

—Eso será difícil.

Ambos se volvieron.

El decano estaba frente a la puerta.

En una mano sostenía una carpeta.

En la otra, varias fotografías.

Fotografías de Valeria entrando en el apartamento de Adrián.

De ambos comprando comida juntos.

De ella saliendo a primera hora de la mañana.

El decano dejó las imágenes sobre la mesa.

—Uno de ustedes tendrá que retirarse de la competencia.

Valeria palideció.

Adrián no apartó la vista de las fotografías.

—¿Quién las envió?

—De forma anónima.

—¿Qué alegan?

—Que existe una relación secreta y un posible conflicto de intereses.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—Adrián no forma parte del comité de selección.

—Su padre sí financia el programa.

El silencio cayó entre los tres.

El decano cerró la carpeta.

—La universidad quiere evitar un escándalo.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué esperan que hagamos?

—Que uno de ustedes renuncie.

Valeria comprendió de inmediato cuál sería la solución más cómoda para todos.

Ella.

La estudiante becada.

La joven sin apellido influyente.

La persona más fácil de sacrificar.

Pero antes de que pudiera hablar, Adrián tomó la carpeta.

—Me retiro yo.

Valeria se volvió hacia él.

—No.

—La decisión está tomada.

—No puedes decidir por mí.

—No lo hago por ti.

El decano pareció aliviado.

—Entonces prepararemos la renuncia.

Adrián cerró la carpeta.

—No tan rápido.

Su voz cambió.

Ya no era la del estudiante brillante que hablaba frente a la universidad.

Era la de alguien dispuesto a convertir un secreto en una guerra.

—Primero quiero saber quién obtuvo estas fotografías y por qué la universidad está castigando a Valeria por una relación entre dos adultos.

El decano frunció el ceño.

—Señor Salazar…

—Y después quiero saber por qué el comité recibió una denuncia tres días después de que mi padre exigiera que terminara con ella.

Valeria dejó de respirar.

Nunca había sabido que su padre conocía la relación.

Adrián la miró.

—Lo siento. Pensaba decírtelo esta noche.

La puerta volvió a cerrarse.

Esta vez el problema no era que toda la universidad descubriera que se conocían.

El problema era que alguien llevaba semanas intentando separarlos.

Parte 2: El estudiante perfecto nunca decía palabras vacías

Valeria esperó hasta que el decano se marchó.

Después cerró la puerta.

Adrián seguía junto a la mesa, observando las fotografías.

Ella cruzó los brazos.

—Tu padre sabe lo nuestro.

No era una pregunta.

Adrián dejó la carpeta.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres semanas.

—Y no me dijiste nada.

—Quería resolverlo.

—¿Resolverlo cómo?

—Hablando con él.

Valeria soltó una risa sin humor.

—¿El mismo hombre que acaba de enviar fotografías anónimas a la universidad?

—No sabemos si fue él.

—Pero sospechas que sí.

Adrián guardó silencio.

—¿Qué te dijo?

Él se pasó una mano por el cabello.

Era un gesto extraño en él. Una señal de cansancio que casi nunca mostraba.

—Que nuestra relación perjudicaba mi futuro.

—Tu futuro.

—Y el tuyo.

—No finjas que estaba preocupado por mí.

—Dijo que la gente asumiría que recibes oportunidades por estar conmigo.

Valeria sintió el golpe de la frase.

No porque fuera nueva.

Porque era exactamente el miedo que la había acompañado desde el principio.

Durante tres años había trabajado para ser la mejor.

Había estudiado mientras otros dormían.

Aceptado empleos temporales.

Renunciado a vacaciones.

Cuidado cada nota y cada decisión.

Una sola fotografía podía reducir todo aquello a un rumor:

Valeria Montes avanzaba porque dormía con Adrián Salazar.

—Por eso lo escondimos —dijo.

—Al principio.

—¿Qué significa eso?

Adrián la miró.

—Al principio lo escondimos para protegerte.

—¿Y después?

—Después empecé a pensar que te avergonzabas de mí.

Valeria abrió los ojos.

—Eso es absurdo.

—Cada vez que alguien preguntaba, tú decías que no me conocías.

—Era parte del acuerdo.

—El acuerdo era ser discretos. No actuar como si fuera insoportable estar cerca de mí.

—Tú tampoco parecías enamorado en público.

—Porque respetaba lo que me pediste.

—Y yo respetaba lo mismo.

—Entonces quizá los dos lo hicimos demasiado bien.

El enojo de Valeria se debilitó.

No desapareció.

Solo se mezcló con otra cosa.

Durante meses había interpretado la frialdad pública de Adrián como seguridad. Nunca consideró que pudiera dolerle.

—No me avergüenzo de ti —dijo.

Él bajó la mirada hacia las fotografías.

—Lo sé.

—No parece.

—Ahora lo sé.

Valeria se acercó a la mesa.

Las imágenes habían sido tomadas desde distintos lugares.

La entrada del edificio.

Una cafetería.

Un supermercado.

Eso significaba que alguien los había seguido durante días.

Quizá semanas.

—Esto no lo hizo un estudiante curioso.

—No.

—¿Tu padre contrató a alguien?

—Es posible.

—Adrián, no puedes decir “es posible” como si estuviéramos hablando del clima.

—No quiero acusarlo sin pruebas.

—Él ya me acusó sin pruebas.

—No eres tú el objetivo.

Valeria lo miró.

—Claro que lo soy.

—Quiere controlarme.

—Y la forma más fácil es destruirme.

Adrián apretó la mandíbula.

—No lo permitiré.

—No puedes prometer eso.

—Sí puedo.

—Tu familia financia programas, conoce al consejo y puede cerrar puertas antes de que yo sepa que existían.

—Entonces abriré otras.

Valeria negó.

—No necesito que me salves.

—Nunca dije que lo necesitaras.

—Estás a punto de renunciar a una competencia por mí.

—Porque tú mereces ganarla.

—Y tú también.

—No tanto como tú.

Ella se quedó callada.

Adrián rara vez elogiaba de manera directa.

Cuando lo hacía, no había exageración.

Solo certeza.

—No quiero que renuncies —dijo Valeria.

—Tampoco quiero que lo hagas tú.

—Entonces investigaremos quién envió las fotografías.

—Eso pensaba hacer.

—Juntos.

Adrián levantó una ceja.

—¿Ahora sí me conoces?

Valeria le sostuvo la mirada.

—Lo suficiente para saber que intentarías dejarme fuera.

Él casi sonrió.

—Y yo lo suficiente para saber que entrarías de todos modos.

Comenzaron por revisar las fechas.

La primera fotografía había sido tomada un mes antes, frente al edificio de Adrián.

La última, apenas dos días atrás.

Quien las había enviado conocía sus horarios.

Sabía qué imágenes serían más comprometedoras.

Y había esperado hasta el anuncio de la competencia.

No buscaba descubrir la relación.

Buscaba utilizarla.

Valeria llamó a Lucía.

No le contó toda la verdad.

Solo preguntó si había escuchado rumores sobre la denuncia.

Lucía tardó pocos minutos en responder.

—La asistente del decano habló con alguien del consejo estudiantil. La denuncia decía que llevas meses recibiendo información privilegiada de Adrián.

—Eso es falso.

—También decía que duermes en su apartamento.

Valeria cerró los ojos.

—¿Quién lo sabe?

—Ahora mismo, pocas personas. Pero no tardará en extenderse.

—Necesito saber de dónde salió.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La denuncia incluía capturas de mensajes.

Valeria miró a Adrián.

—¿Qué mensajes?

—Supuestamente tuyos. Hablando de preguntas de exámenes y de que Adrián podía influir en profesores.

—Nunca escribí eso.

—Lo imaginé. Pero las capturas parecen reales.

Cuando terminó la llamada, Valeria abrió su computadora.

Revisó conversaciones antiguas.

Las capturas podían haber sido fabricadas, pero quien las creó conocía su forma de escribir.

Sus expresiones.

Sus horarios.

Incluso algunos detalles privados.

—Alguien tuvo acceso a mi teléfono —dijo.

Adrián se volvió.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Lo has dejado desbloqueado cerca de alguien?

—Lucía conoce mi clave, pero no haría esto.

—¿Alguien más?

Valeria pensó.

Su compañera de residencia.

Dos colegas del proyecto.

La asistente académica.

Y Marina Vidal.

Marina era la hija de uno de los socios del padre de Adrián.

Habían crecido juntos.

Toda la universidad asumía que algún día terminarían comprometidos.

Marina nunca había sido hostil con Valeria.

Al contrario.

Siempre era amable.

Demasiado amable.

Le ofrecía ayuda.

Le preguntaba por sus proyectos.

Y una vez, durante una conferencia, le había pedido el teléfono para tomar fotografías.

Valeria levantó la mirada.

—Marina.

Adrián frunció el ceño.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no tendría motivo.

—Tu padre quiere que estés con ella.

—Eso no significa que Marina participe.

—¿La defendiste así de rápido porque confías en ella o porque no quieres considerar la posibilidad?

Adrián no respondió.

Valeria cerró la computadora.

—Hablaré con ella.

—No sola.

—No necesito escolta.

—No es escolta. Es sentido común.

—Tu sentido común suele parecerse demasiado a dar órdenes.

—Y tu independencia suele parecerse demasiado a correr hacia un problema sin avisar.

—Así nos conocimos.

—Exactamente.

Acordaron encontrarse con Marina al día siguiente.

Ella aceptó sin dudar.

Los recibió en una cafetería cercana al campus con una sonrisa impecable.

—Qué sorpresa verlos juntos.

Valeria observó su reacción.

No había asombro.

Solo satisfacción.

—Ya sabes por qué estamos aquí —dijo Adrián.

Marina tomó su taza.

—Supongo que por la denuncia.

Valeria se inclinó ligeramente.

—No hemos mencionado ninguna denuncia.

La sonrisa de Marina vaciló.

Solo un instante.

Después dejó la taza.

—Toda la universidad habla de ello.

—Todavía no —respondió Valeria.

Adrián miró a Marina con frialdad.

—¿Fuiste tú?

—¿Crees que tengo tiempo para seguirlos con una cámara?

—Puedes pagar a alguien.

—También tu padre.

El silencio cambió.

Marina sonrió.

—No me miren así. Los dos saben cómo funciona.

—¿Qué sabes? —preguntó Valeria.

—Que el señor Salazar está cansado de esta relación.

Adrián se tensó.

—Mi relación no es asunto tuyo.

—Para tu familia sí.

—No somos una empresa familiar.

—Tú sí.

Valeria comprendió que Marina no estaba negando nada.

Solo elegía sus palabras.

—¿Las capturas son falsas?

Marina la miró.

—La percepción importa más que la verdad.

—Eso no responde.

—No necesitas una respuesta. Necesitas aceptar que esta historia no terminará bien para ti.

Adrián se puso de pie.

—Terminamos.

Marina lo miró con calma.

—Tu padre retirará la financiación de la beca si ella viaja a Londres.

Valeria sintió un golpe en el estómago.

—¿Qué dijiste?

—El programa depende parcialmente de su fundación. Puede bloquear la plaza sin mencionar tu nombre.

Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Si hace eso, lo haré público.

Marina soltó una risa suave.

—¿Y destruirás la reputación de tu familia por una relación universitaria?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Sin dramatismo.

Sin duda.

Valeria lo miró.

Marina también.

Por primera vez, ella pareció perder seguridad.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Lo sé perfectamente.

—Tu padre te apartará de la empresa.

—Entonces me apartará.

—Perderás tu herencia.

—No es mía todavía.

—Todo por ella.

Adrián giró la cabeza hacia Valeria.

—No por ella. Por mí.

Aquella frase cambió algo.

No estaba presentándose como un héroe dispuesto a sacrificarlo todo por amor.

Estaba defendiendo su derecho a decidir quién quería ser.

Marina se levantó.

—Se arrepentirán.

Valeria la observó.

—¿Tú enviaste las fotografías?

Marina tomó su bolso.

—Demuestra que fui yo.

Se marchó.

Adrián sacó su teléfono.

—Grabé la conversación.

Valeria lo miró sorprendida.

—Eso puede no ser legal.

—No pienso publicarlo. Solo necesitaba confirmar que sabía demasiado.

—No confesó.

—No. Pero mencionó la financiación de Londres antes de que fuera pública.

Valeria comprendió.

Solo el comité, el decano y los patrocinadores conocían ese detalle.

Marina tenía acceso a información interna.

Durante los días siguientes reunieron pruebas.

Lucía descubrió que una amiga de Marina trabajaba en la oficina de becas.

El técnico del edificio de Adrián revisó las cámaras y encontró a un hombre tomando fotografías desde un automóvil.

La matrícula pertenecía a una agencia privada.

La agencia había sido contratada por una firma vinculada al padre de Adrián.

Todo apuntaba en la misma dirección.

Pero demostrarlo oficialmente era otra cosa.

El padre de Adrián decidió adelantarse.

Convocó a su hijo a una reunión.

Adrián insistió en que Valeria lo acompañara.

El señor Salazar los recibió en su oficina, un espacio amplio con vistas a la ciudad.

Ni siquiera la invitó a sentarse.

—Así que finalmente decidiste traerla.

—No es una invitada —respondió Adrián—. Es la persona a la que intentaste perjudicar.

Su padre miró a Valeria.

—Nadie pretende perjudicarte.

—Entonces retire la denuncia.

—Yo no presenté ninguna.

—Pagó una investigación privada.

—Mi responsabilidad es proteger a mi hijo.

Valeria contuvo la rabia.

—¿De qué?

—De decisiones impulsivas.

Adrián dio un paso.

—Llevamos más de un año juntos.

Su padre no mostró sorpresa.

—Precisamente.

Valeria lo miró.

—¿Lo sabía desde el principio?

—Sabía que mi hijo estaba distraído.

—No soy una distracción.

—Para un joven con sus obligaciones, cualquier relación sin futuro lo es.

Adrián se interpuso.

—Tenga cuidado.

El señor Salazar sonrió apenas.

—¿Vas a amenazarme?

—Voy a decirle una sola vez que no vuelva a hablarle así.

Valeria sintió que la escena era demasiado familiar.

Un hombre poderoso.

Un hijo educado para obedecer.

Una mujer convertida en el punto débil que debía eliminarse.

—No quiero su dinero —dijo ella.

El padre de Adrián la observó.

—Todos dicen eso al principio.

—Tengo una beca.

—Financiada en parte por personas como yo.

—Y obtenida por mis notas.

—Las notas no protegen a nadie del mundo real.

Valeria sonrió.

—No. Pero los documentos sí.

Colocó una carpeta sobre el escritorio.

Dentro estaban las pruebas de la investigación privada, el vínculo con la agencia y los mensajes falsificados.

—Mi abogada tiene copias.

El señor Salazar miró a su hijo.

—¿La involucraste legalmente?

—Usted la involucró primero.

—Esto puede destruir tu carrera.

—Entonces construiré otra.

—No sabes lo que es vivir sin nuestro apellido.

—Valeria sí.

El padre de Adrián la miró con frialdad.

—Y por eso se aferra al tuyo.

Adrián avanzó, pero Valeria le sujetó el brazo.

No necesitaba que la defendiera con violencia.

Necesitaba hablar.

—Su hijo no me abrió ninguna puerta académica —dijo—. De hecho, competir con él me ha obligado a trabajar el doble para que nadie diga exactamente lo que usted acaba de decir.

El hombre no respondió.

—No quiero su empresa. No quiero su apellido. Y si la beca depende de que termine mi relación, renunciaré a ella.

Adrián se volvió.

—No.

Valeria continuó:

—Pero haré pública la presión. La universidad tendrá que explicar por qué permite que un patrocinador condicione oportunidades académicas a la vida privada de una estudiante.

El señor Salazar la observó durante varios segundos.

Por primera vez parecía medirla de verdad.

—Eres más ambiciosa de lo que pensé.

—Y usted es menos inteligente de lo que esperaba.

Adrián ocultó una sonrisa.

Su padre no.

—Salgan.

Antes de marcharse, Adrián dejó una carta sobre el escritorio.

—¿Qué es esto?

—Mi renuncia al programa de sucesión de la empresa.

El padre levantó la vista.

—No seas absurdo.

—Dijo que debía decidir.

—Nunca dije eso.

—Lleva años diciéndolo de distintas formas.

—No sobrevivirás seis meses sin la familia.

Adrián abrió la puerta.

—Entonces nos vemos en seis meses.

En el ascensor, Valeria se volvió hacia él.

—¿De verdad renunciaste?

—Sí.

—¿Por mí?

Adrián tardó en responder.

—Por no volver a permitir que decida por mí.

Ella lo observó.

—Pero yo fui el detonante.

—Tú fuiste la primera persona que me preguntó qué quería.

Valeria bajó la mirada.

—¿Y qué quieres?

Adrián tomó su mano.

No había nadie más en el ascensor.

—Quiero que ganes Londres.

—Eso ya lo dijiste.

—Quiero ir a visitarte.

—También.

—Quiero dejar de esconderte.

Valeria levantó la vista.

—Eso será un problema.

—Me gustan los problemas difíciles.

—No. Te gusta resolverlos.

—Tú eres la única excepción.

La investigación interna de la universidad confirmó que las capturas habían sido manipuladas.

La asistente que filtró información admitió que recibió dinero a través de una empresa vinculada a Marina.

Marina negó haber organizado todo, pero abandonó el campus antes del final del semestre.

La denuncia fue retirada.

La universidad ofreció a Valeria mantener su candidatura.

Adrián también podía competir.

Sin embargo, antes de la presentación final, él anunció públicamente que no aceptaría ninguna evaluación donde su apellido pudiera generar dudas sobre el proceso.

Renunció.

Valeria se enfadó durante dos días.

Después ganó.

Cuando se anunció el resultado, el auditorio estalló en aplausos.

Adrián estaba al fondo.

No en el escenario.

No en primera fila.

Solo observándola con una expresión que ella conocía demasiado bien.

Orgullo.

Y algo más.

Después de la ceremonia, un periodista estudiantil le preguntó a Valeria:

—¿Es cierto que usted y Adrián Salazar mantienen una relación?

Todo el mundo guardó silencio.

Meses atrás, ella habría sonreído y dicho que apenas lo conocía.

Esta vez buscó a Adrián entre la multitud.

Él no hizo ningún gesto.

No la presionó.

No respondió por ella.

Esperó.

Valeria volvió hacia el periodista.

—Sí.

Un murmullo atravesó el auditorio.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace bastante.

—¿Por qué lo ocultaron?

Valeria pensó en la beca.

En el padre de Adrián.

En las fotografías.

En todas las mañanas en que había salido antes del amanecer para no ser vista.

—Porque confundimos privacidad con miedo.

El periodista levantó otra pregunta.

—¿No le preocupa que la gente cuestione sus logros?

—La gente que quiera hacerlo encontrará una razón con o sin relación. Mis resultados están documentados.

Adrián se acercó.

Alguien le preguntó:

—¿Renunció a la competencia para que ella ganara?

—No.

—Pero se retiró.

—Valeria no necesitaba que yo le regalara nada. Me retiré porque el proceso estaba comprometido por mi familia.

—¿Ella es más brillante que usted?

Adrián miró a Valeria.

—En muchas cosas.

—¿Y en las demás?

Ella respondió antes que él.

—En las demás todavía discutimos.

Las fotografías de ambos juntos circularon por toda la universidad esa tarde.

No hubo escándalo.

Hubo sorpresa.

Memes.

Apuestas sobre cuánto tiempo llevaban viéndose.

Lucía envió un mensaje a Valeria:

“Sabía que nadie mira así a una persona que apenas conoce”.

Valeria respondió:

“Cállate”.

Esa noche regresó al apartamento de Adrián.

Esta vez no llegó escondida.

Tampoco programó una alarma para marcharse antes del amanecer.

Encontró dos tazas de café sobre la mesa.

Su cepillo seguía junto al de él.

Y la sudadera gris estaba doblada sobre el sofá.

—Pensé que te la habías apropiado —dijo Adrián.

—Solo la estaba usando.

—Durante seis meses.

—Necesitaba comprobar su calidad.

Adrián se acercó.

—¿Y el resultado?

Valeria tomó la sudadera.

—Aceptable.

—Qué alivio.

Ella lo miró.

—¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De la empresa. De tu padre. De hacer pública la relación.

Adrián negó.

—No digo cosas que no pienso.

Valeria sonrió.

Era cierto.

Adrián podía ser frío.

Orgulloso.

Terriblemente obstinado.

Pero jamás utilizaba palabras vacías.

—Voy a estar seis meses en Londres —dijo ella.

—Lo sé.

—Habrá distancia.

—Lo sé.

—Diferencia horaria.

—Puedo calcularla.

—No siempre podré contestar.

—Aprenderé paciencia.

Valeria soltó una risa.

—Eso sí que no te lo creo.

Adrián tomó su mano.

—Entonces vuelve y compruébalo.

Ella lo observó durante unos segundos.

Después apoyó la frente contra su pecho.

—Apenas te conozco.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Tenemos tiempo.

Seis meses después, Valeria regresó.

Adrián la esperaba en el aeropuerto.

No llevaba flores.

Sabía que ella las consideraba incómodas para viajar.

Llevaba café.

El suyo sin azúcar.

El de ella con canela.

Valeria lo vio desde lejos.

El mismo hombre que, frente a cientos de personas, parecía no necesitar a nadie.

Cuando llegó hasta él, Adrián tomó su maleta.

—Llegas tarde.

—El vuelo se retrasó.

—Podías haber avisado.

—Quería sorprenderte.

Él la miró con fingida molestia.

—Sigo sin apreciar las sorpresas.

—Mentira.

—Apenas me conoces.

Valeria sonrió.

Toda la universidad había pasado años creyendo que ellos no podían respirar el mismo aire sin discutir.

Tal vez no estaban completamente equivocados.

Seguían compitiendo.

Seguían provocándose.

Seguían encontrando defectos en los argumentos del otro.

Pero ahora todos sabían algo más.

Que detrás de cada discusión existía una confianza feroz.

Que Adrián jamás le pedía que fuera más pequeña para caber en su vida.

Y que Valeria nunca volvió a fingir que no conocía al hombre que la esperaba cada mañana con una taza de café.

En el mundo de Valeria Montes, Adrián Salazar podía callar muchas cosas.

Pero nunca prometía lo que no estaba dispuesto a cumplir.

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