Fingían no conocerse, pero siempre terminaban en la misma habitación

Para todos los demás, Camila Laurent y Ethan Crawford apenas se soportaban.

No eran amigos.

No se buscaban.

Ni siquiera intercambiaban saludos cuando coincidían.

Por eso nadie sospechó nada aquella noche en el bar.

Camila estaba sentada junto a un hombre al que acababa de conocer. Reía con la cabeza ligeramente inclinada, una copa entre los dedos y el vestido negro reflejando las luces azules del local.

Al otro lado del salón, Ethan brindaba con sus amigos.

Parecía relajado.

Elegante.

Indiferente.

Hasta que sus ojos encontraron los de Camila.

El contacto duró menos de dos segundos.

Ella apartó la mirada primero.

Él levantó la copa y bebió como si no la hubiera visto.

Ni un saludo.

Ni una sonrisa cortés.

Nada.

—¿Lo conoces? —preguntó el hombre junto a Camila.

—No realmente.

La respuesta salió con facilidad.

Era una mentira que había repetido demasiadas veces.

Porque Ethan conocía la pequeña cicatriz detrás de su rodilla.

Sabía que ella odiaba dormir con la puerta completamente cerrada.

Y era el único hombre capaz de reconocer cuándo Camila estaba fingiendo disfrutar una conversación solo por la forma en que movía los dedos sobre la copa.

Una hora después, el hombre que la acompañaba se ofreció a llevarla a casa.

Camila sonrió.

—Gracias, pero mi chofer ya viene.

Desde la barra, Ethan continuó hablando con sus amigos.

No volvió a mirarla.

Aun así, cuando Camila salió del local y cruzó el vestíbulo del hotel contiguo, encontró sobre su teléfono un mensaje de solo tres palabras:

Piso diecisiete. Ahora.

Ella observó la pantalla.

Podía ignorarlo.

Debería ignorarlo.

En cambio, entró en el ascensor.

Ethan ya estaba dentro de la habitación cuando llegó.

Se había quitado la chaqueta y mantenía la camisa abierta en el cuello. Estaba junto a la ventana, con una mano en el bolsillo.

—Has tardado —dijo.

Camila dejó el bolso sobre una mesa.

—Estaba ocupada.

—Ya lo vi.

—Parecía agradable.

Ethan giró la cabeza.

—¿Quién?

—El hombre con quien hablaba.

—No pregunté.

—Pero llevas toda la noche observándolo.

—Estaba detrás de ti.

Camila sonrió.

—Por supuesto.

Ethan se acercó.

—¿Te dio su número?

—Tal vez.

—Bórralo.

—No recibo órdenes tuyas.

Él se detuvo frente a ella.

—Entonces ¿por qué viniste?

Camila sostuvo su mirada.

—Porque quise.

Aquello era lo único que ambos reconocían.

El deseo.

Nada más.

Desde hacía casi dos años mantenían una relación que nadie conocía. Se encontraban en hoteles, apartamentos vacíos o viajes donde podían desaparecer sin preguntas.

Nunca desayunaban juntos.

Nunca celebraban fechas.

Nunca hablaban del futuro.

Camila se repetía que aquello le convenía.

Ethan era atractivo, discreto y demasiado orgulloso para exigir explicaciones.

Ella no necesitaba amor.

Él tampoco parecía capaz de ofrecerlo.

—No me gustó cómo te tocaba —dijo Ethan.

Camila arqueó una ceja.

—Me rozó el brazo.

—Demasiado.

—Estás celoso.

—No.

—Entonces no actúes como si te perteneciera.

Algo oscuro cruzó por sus ojos.

—Nunca dije que me pertenecieras.

—Bien.

—Pero mientras vengas a mi habitación después de sonreírle a otro hombre, tengo derecho a pensar que no te interesa demasiado.

Camila acercó el rostro.

—Quizá vine para demostrarte lo contrario.

El beso fue brusco.

No romántico.

Nunca lo eran.

Ethan la sujetó por la cintura y Camila enredó los dedos en su cabello. Durante unas horas volvieron a convertirse en aquello que entendían mejor.

Cuerpos.

Respiración.

Silencio.

Por la mañana, ella se marchó antes de que él despertara.

Así funcionaban.

Hasta que dejó de funcionar.

Meses después, Camila decidió terminarlo.

No porque hubiera conocido a otro.

Porque empezó a querer quedarse.

Y sabía que Ethan nunca se lo pediría.

Se encontraron en el apartamento de él.

Camila permaneció de pie junto a la puerta.

—No volveré.

Ethan estaba sirviéndose una copa.

No preguntó por qué.

—Entendido.

La facilidad de la respuesta la hirió.

—¿Eso es todo?

—Tú has tomado la decisión.

—Sí.

—Entonces no intentaré detenerte.

Camila sonrió, aunque sintió que algo se rompía dentro de ella.

—Perfecto.

Caminó hacia la salida.

Ethan dejó la copa.

En dos pasos llegó hasta ella, la tomó del rostro y la besó.

No fue un beso dulce.

Fue desesperado, sofocante y casi furioso.

Camila intentó apartarse, pero sus manos terminaron aferrándose a la camisa de él.

Cuando Ethan se separó, ambos respiraban con dificultad.

—Ahora vete —dijo.

Ella lo miró con los ojos húmedos.

—Eres un cobarde.

—Probablemente.

Camila se marchó.

Durante los siguientes tres años, fingieron que todo había terminado.

Hasta la noche en que Ethan se emborrachó y comenzó a decir la verdad.

Estaba tumbado en el sofá de la casa de un amigo, con un brazo sobre los ojos.

Camila se había quedado para asegurarse de que no condujera.

—No tenías que venir —murmuró él.

—Alguien debía evitar que hicieras una estupidez.

Ethan soltó una risa amarga.

—Siempre tan considerada con todos.

—Duerme.

—Con todos menos conmigo.

Camila se quedó inmóvil.

—Estás borracho.

—Lo suficiente para hablar.

Ella intentó levantarse.

Ethan le sujetó la muñeca.

—Años, Camila.

—¿Qué?

—Años tratándome como si no sintiera nada.

La voz le salió baja y áspera.

—Entrabas en mi cama, te marchabas antes de que despertara y luego me mirabas en público como si fuera un desconocido.

Camila sintió que el corazón se le aceleraba.

—Eso fue lo que acordamos.

—No. Eso fue lo que decidiste.

Ethan retiró el brazo de sus ojos.

Había dolor en su expresión.

Un dolor demasiado lúcido para atribuirlo únicamente al alcohol.

—Nunca me preguntaste qué quería.

Camila no supo qué responder.

Tomó la mano que él mantenía sobre su rostro y la observó, buscando cualquier excusa para escapar de aquella conversación.

—Tienes unas manos bonitas —dijo torpemente.

Ethan guardó silencio.

Luego la miró con una expresión de amarga confirmación.

—Lo sabía.

—¿Qué cosa?

—Que solo te gustaba mi apariencia.

Camila parpadeó.

—Eso no fue lo que quise decir.

—Claro que sí.

Ethan cerró los ojos otra vez.

—Siempre fue eso para ti.

Camila lo miró, desconcertada.

Por primera vez comprendió que tal vez había cometido un error enorme.

Tal vez Ethan nunca fue el hombre sin sentimientos.

Tal vez solo había aprendido a esconderlos mejor que ella.

Camila permaneció sentada junto al sofá, observando a Ethan.

Él seguía con los ojos cerrados.

La mano que ella acababa de elogiar descansaba ahora sobre su pecho. Sus dedos se movían apenas, como si incluso dormido intentara sujetar algo que se le escapaba.

—Ethan —dijo.

No respondió.

—Mírame.

—No quiero.

—Hace un momento querías hablar.

—Ya se me pasó.

Camila reconoció aquel tono.

Era el mismo que utilizaba cuando algo lo hería y prefería convertirlo en desprecio.

—No me gustabas solo por tu aspecto.

Ethan soltó una risa seca.

—Eso me tranquiliza.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Camila respiró hondo.

—¿Qué querías de mí?

Él retiró lentamente el brazo del rostro.

—Ahora preguntas.

—Nunca dijiste nada.

—Tú tampoco.

—Yo fui quien terminó.

—Precisamente.

Camila apretó los labios.

—Pensé que no te importaba.

—¿Por qué?

—Porque nunca me pediste que me quedara.

Ethan la miró fijamente.

—Te pedía que te quedaras cada vez que dejaba una camisa para ti en el armario.

Camila se quedó inmóvil.

Había visto aquellas camisas.

Siempre pensó que eran casualidad.

—Cada vez que compraba el café que te gustaba —continuó—. Cada vez que cancelaba reuniones para verte. Cada vez que te enviaba un automóvil porque sabía que fingirías que no necesitabas ayuda.

—Nunca dijiste que era por mí.

—Pensé que era obvio.

Camila soltó una risa incrédula.

—Nada contigo era obvio.

—Tú tampoco eras fácil.

—Entonces podrías haber preguntado.

—¿Preguntar qué? ¿Si la mujer que escapaba de mi cama antes del amanecer quería desayunar conmigo?

La frase la golpeó.

—Yo me marchaba porque pensaba que te incomodaría encontrarme allí.

—Y yo fingía seguir dormido porque quería saber si alguna vez elegirías quedarte.

Camila bajó la mirada.

—Nunca lo hiciste.

—No.

El silencio entre ambos se llenó de todas las mañanas perdidas.

—¿Por qué no me detuviste cuando terminamos? —preguntó ella.

Ethan observó el techo.

—Porque dijiste que no volverías.

—Podrías haber intentado cambiar mi opinión.

—No quería obligarte a elegir algo que no deseabas.

—Pero me besaste.

La expresión de Ethan se endureció.

—Fue un error.

—No lo pareció.

—Precisamente por eso.

Camila recordó aquel beso durante años.

La forma en que él la sostuvo.

La respiración rota.

El instante en que creyó que finalmente le pediría quedarse.

Pero Ethan se apartó y la dejó marcharse.

—Después de aquella noche —dijo él—, supe que si intentaba detenerte diría cosas que no estaba preparado para admitir.

—¿Como cuáles?

Ethan la miró.

El alcohol había suavizado sus defensas, pero no las había destruido por completo.

—No importa.

—A mí sí.

—Ya no estamos juntos.

—Nunca estuvimos juntos de verdad.

El dolor cruzó por su rostro.

—Gracias por recordarlo.

Camila se puso de pie.

—No quise decirlo así.

—Siempre dices eso después de herirme.

—¿Siempre?

Ethan se incorporó con dificultad.

—Cuando fingías no verme en público. Cuando coqueteabas con otros delante de mí. Cuando dijiste que nuestra relación no significaba nada.

—Tú hacías exactamente lo mismo.

—Porque tú lo hacías primero.

Camila lo observó con incredulidad.

—¿Todo este tiempo estuvimos castigándonos por cosas que ninguno preguntó?

—Parece que sí.

—Eso es absurdo.

—También parece que sí.

Ethan intentó levantarse.

Perdió el equilibrio.

Camila lo sujetó por el brazo.

—Estás demasiado borracho.

—Puedo caminar.

—No.

—No me des órdenes.

—Ahora entiendo por qué te caigo tan bien.

Él la miró.

Por primera vez aquella noche, la comisura de su boca se movió.

—No me caes bien.

—Claro.

—Me vuelves loco.

La sonrisa de Camila desapareció.

Ethan pareció darse cuenta de lo que había dicho.

—Olvídalo.

—No.

—Camila.

—Termina la frase.

—No había ninguna frase.

Ella lo ayudó a llegar a una habitación.

Ethan se sentó en el borde de la cama y comenzó a desabrocharse la camisa.

—¿Qué haces?

—Dormir.

—Puedes dormir vestido.

—No duermo con camisa.

—Lo recuerdo.

Sus miradas se encontraron.

La tensión apareció de inmediato.

Camila dio un paso atrás.

—Voy a buscar agua.

—Huyes otra vez.

Ella se detuvo.

—No estoy huyendo.

—Siempre haces lo mismo cuando una conversación se vuelve real.

—Y tú te escondes detrás del sarcasmo.

Ethan inclinó la cabeza.

—Entonces quédate.

Dos palabras.

Las que Camila había esperado durante años.

Su pecho se apretó.

—Estás borracho.

—Mañana seguiré queriendo que te quedes.

—No puedes saberlo.

—Lo sé desde hace mucho tiempo.

Camila no se movió.

Ethan cerró los ojos.

—Pero no voy a tocarte esta noche.

Ella sintió alivio y decepción al mismo tiempo.

—¿Por qué?

—Porque quiero que recuerdes lo que ocurra cuando por fin dejes de escapar.

Camila permaneció en la habitación.

Se sentó en un sillón junto a la ventana.

Ethan se durmió poco después.

A la mañana siguiente despertó con dolor de cabeza y una memoria demasiado clara.

Camila seguía en el sillón.

Tenía los ojos cerrados y las piernas recogidas bajo el cuerpo.

Ethan la observó durante unos segundos.

—Te quedaste.

Ella abrió los ojos.

—Solo para asegurarme de que no te ahogaras con tu propio orgullo.

—Eso habría sido una muerte apropiada.

Camila se levantó.

—Tenemos que hablar.

—Esa frase nunca anuncia nada bueno.

—¿Recuerdas lo que dijiste?

—Todo.

—Entonces explícame por qué pasaste años fingiendo que no te importaba.

Ethan se sentó.

—Porque la primera noche dejaste claro que no querías complicaciones.

Camila recordó aquella noche.

Habían coincidido en una boda, discutido en una terraza y terminado besándose dentro de un ascensor.

Ella acababa de salir de una relación difícil.

Antes de entrar en su habitación, dijo:

—No quiero promesas.

Ethan respondió:

—Yo tampoco.

Habían construido tres años de silencios sobre una frase pronunciada por miedo.

—Eso fue al principio —dijo Camila.

—Nunca cambiaste las reglas.

—Tú tampoco.

—No sabía que podía hacerlo.

Ella lo miró.

—Ethan Crawford, el hombre que negocia contratos millonarios, ¿no sabía hacer una pregunta?

—No contigo.

—¿Por qué?

Él desvió la vista.

—Porque contigo nunca estaba seguro.

—¿De qué?

—De si te reirías.

Camila sintió que algo dentro de ella se ablandaba.

Ethan parecía arrogante porque rara vez mostraba dudas. Pero ahora lo veía: había temido el rechazo tanto como ella.

—Nunca me habría reído.

—Me llamaste cobarde.

—Porque lo eras.

—Eso no ayuda.

—Tú dijiste que solo me gustaba tu aspecto.

—Fue una conclusión razonable.

Camila se sentó a su lado.

—Me gustaba tu aspecto.

Ethan la miró con fastidio.

—Fantástico.

—También me gustaba que recordarás cómo tomo el café. Que fingieras no escuchar cuando te hablaba de mi trabajo, pero luego supieras todos los detalles. Que odiaras las fiestas y aun así aparecieras si sabías que yo estaría allí.

Él guardó silencio.

—Me gustaba que nunca intentaras impresionarme —continuó—. Que cuidaras a tu hermano sin contárselo a nadie. Que dejaras de fumar cuando descubriste que el olor me molestaba.

—No dejé de fumar por ti.

Camila alzó una ceja.

—Lo hiciste dos días después de que me quejara.

—Coincidencia.

—Claro.

Ethan bajó la mirada.

—Entonces ¿por qué terminaste?

Ella respiró hondo.

—Porque me estaba enamorando.

Él quedó completamente quieto.

—¿Qué?

—Me estaba enamorando y pensé que para ti seguía siendo solo una relación física.

—Camila…

—Cada vez que salíamos de una habitación, volvías a tratarme como una desconocida.

—Porque tú lo hacías primero.

—Tenía miedo de que los demás lo supieran y tú lo negaras.

—Yo tenía miedo de acercarme y que te apartaras.

Ambos guardaron silencio.

Ethan soltó una risa breve.

—Somos dos idiotas.

—Tú un poco más.

—Eso es discutible.

Camila sonrió.

Era la primera conversación honesta que tenían desde que se conocían.

Y, aun así, no solucionaba automáticamente tres años de orgullo y heridas.

—No podemos volver a lo de antes —dijo ella.

—No quiero.

—No quiero hoteles ni mensajes a medianoche.

—Bien.

—Ni fingir que no nos conocemos.

—Bien.

—Y tampoco quiero que decidas que estamos juntos solo porque confesamos cosas borrachos.

—Yo confesé. Tú estabas sobria.

—Eso empeora mi situación.

Ethan tomó aire.

—Entonces empecemos de nuevo.

—¿Cómo?

—Una cita.

Camila lo miró.

—¿Tú sabes tener citas?

—Puedo investigar.

Ella se rió.

—Eso suena aterrador.

—¿Aceptas?

—Solo una.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque no voy a hacer esto mal otra vez.

Su seguridad debería haberla irritado.

En cambio, la tranquilizó.

La primera cita fue un desastre.

Ethan reservó un restaurante demasiado formal.

Camila llegó cuarenta minutos tarde porque una sesión fotográfica se extendió.

Él fingió no estar molesto.

Ella fingió no notar que había revisado el reloj diecisiete veces.

Después discutieron sobre qué vino pedir y casi se marcharon por separado.

En la puerta del restaurante, Camila soltó una carcajada.

—Somos mejores en habitaciones de hotel.

Ethan la miró con seriedad.

—No vuelvas a decir eso.

—Era una broma.

—No quiero que lo nuestro vuelva a reducirse a eso.

La sinceridad la dejó sin respuesta.

Camila tomó su mano.

—Entonces tendremos que practicar.

La segunda cita fue mejor.

La tercera terminó con ambos comiendo comida callejera dentro del automóvil de Ethan.

Poco a poco aprendieron a existir fuera de las sombras.

Camila descubrió que Ethan odiaba los dulces, pero siempre llevaba chocolate porque ella lo buscaba cuando estaba nerviosa.

Él descubrió que Camila hablaba dormida y que, cuando estaba muy cansada, mezclaba palabras en francés.

Por primera vez, discutían sin terminar inmediatamente en un beso.

También se besaban sin utilizarlo para evitar conversaciones.

El problema llegó cuando Ethan decidió presentarla a su familia.

Su hermano mayor, Nathan Crawford, era conocido por su severidad.

Camila había coincidido con él varias veces.

Nunca se atrevió a sostenerle la mirada.

Después de una discusión con Ethan, ella decidió que quería resolver el asunto de una vez.

—Llévame a conocer oficialmente a tu hermano.

Ethan estaba revisando unos documentos.

—Ve sola.

Camila frunció el ceño.

—¿Qué?

—Mi hermano vive en la casa de siempre. Conoces la dirección.

—No pienso ir sola.

—¿Por qué?

Ella dudó unos segundos.

—Porque me intimida.

Ethan levantó lentamente la vista.

—¿Te intimida?

—Sí.

Una sonrisa fría apareció en su rostro.

—Qué curioso.

—¿Qué tiene de curioso?

—Cuando me robaste mi primer beso no parecías tan tímida.

Camila se quedó inmóvil.

—Ese no fue tu primer beso.

—Sí lo fue.

—Es imposible.

—¿Por qué?

—Porque eras Ethan Crawford. Todas las chicas querían besarte.

—Que quisieran no significa que las dejara.

Camila abrió la boca.

Recordó la terraza de aquella boda.

Ella lo había provocado.

Él había dicho que se apartara.

Camila lo tomó por el cuello y lo besó.

Siempre creyó que su sorpresa se debía a la audacia.

—Nunca me lo dijiste.

—Nunca preguntaste.

Ella se cubrió el rostro.

—Esto es humillante.

—Para mí fue bastante memorable.

—Y después actuaste como si no hubiera ocurrido nada.

—Tú dijiste que había sido un error.

—Porque pensé que eras experto.

—Pasé una semana convencido de que había besado mal.

Camila comenzó a reír.

Ethan la miró con expresión ofendida.

—No fue gracioso.

—Lo siento.

—No parece.

Ella se sentó sobre sus piernas.

—¿Todavía quieres que vaya sola?

Ethan sostuvo su cintura.

—Sí.

—Eres cruel.

—Robaste mi primer beso y después desapareciste.

—Aquello fue hace años.

—Guardo rencor.

Camila le besó la mejilla.

—Acompáñame.

—No.

Le besó la mandíbula.

—Ethan.

—Manipulación.

—Está funcionando.

Él intentó mantener la expresión seria.

Fracasó.

—Bien. Iré contigo.

Nathan los recibió durante una cena familiar.

Observó cómo Ethan apartaba la silla para Camila, le servía agua y corregía discretamente el plato porque contenía algo que ella no comía.

—Así que eres tú —dijo Nathan.

Camila se tensó.

—¿Yo?

—La mujer por quien mi hermano ha estado de mal humor durante cinco años.

Ethan dejó los cubiertos.

—No empieces.

Nathan ignoró la advertencia.

—Pensé que eras imaginaria.

Camila miró a Ethan.

—¿Cinco años?

Él apretó la mandíbula.

—Nathan.

—Guardó durante meses una horquilla que dejaste en su automóvil.

—Cállate.

Camila empezó a sonreír.

—¿Una horquilla?

—Era una prueba.

—¿De qué?

—De que habías estado allí.

Nathan soltó una carcajada.

—También compró tu perfume para rociarlo en una almohada.

Ethan se puso de pie.

—La cena ha terminado.

Camila lo tomó del brazo.

—Siéntate. Quiero escuchar todo.

Aquella noche descubrió que Ethan había estado enamorado mucho antes de lo que admitía.

Él descubrió que Camila no se burlaba de sus sentimientos.

Los cuidaba.

Un año después, durante una fiesta, volvieron a coincidir en un bar parecido al de aquella primera noche.

Camila hablaba con un hombre desconocido.

Ethan brindaba con amigos al otro lado del salón.

Sus ojos se encontraron.

Esta vez, ninguno apartó la mirada.

Ethan caminó hacia ella.

Colocó una mano sobre su cintura y besó su sien.

—¿Nos conocemos? —bromeó Camila.

—No realmente.

El hombre que hablaba con ella los miró, confundido.

—¿Es tu novio?

Camila observó a Ethan.

—Todavía no lo sé.

Él arqueó una ceja.

—Llevamos un año viviendo juntos.

—Eso no responde.

—También llevas mi anillo en el bolso.

Camila se quedó inmóvil.

—¿Qué anillo?

Ethan sacó una pequeña caja del bolsillo de su chaqueta.

—Este.

El bar entero pareció desaparecer.

—¿Vas a pedirme matrimonio aquí?

—No.

—Entonces ¿qué haces?

—Dándote la oportunidad de robar algo más.

Abrió la caja.

Dentro había un anillo de líneas sencillas, elegante y discreto.

—La primera vez robaste mi beso —dijo Ethan—. Después te llevaste mi tranquilidad, mi orgullo y varios años de sueño.

Camila sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Eso no parece romántico.

—Todavía no termino.

Él tomó su mano.

—Pasamos demasiado tiempo fingiendo que no significábamos nada porque ambos teníamos miedo de ser quienes sintieran más.

Su voz bajó.

—Ya no me importa quién empezó, quién huyó o quién se enamoró primero. Solo quiero dejar de perder tiempo contigo.

Ethan se arrodilló.

Los amigos comenzaron a guardar silencio.

—Camila Laurent, ¿quieres casarte conmigo y fingir que no me conoces durante el resto de nuestra vida?

Ella soltó una carcajada entre lágrimas.

—Esa propuesta es horrible.

—Puedo intentarlo de nuevo.

—No.

—¿No quieres que lo intente o no quieres casarte conmigo?

Camila extendió la mano.

—Quiero robarte el anillo.

Ethan sonrió.

—Entonces es un sí.

—Sí.

Él colocó el anillo en su dedo y se puso de pie.

Camila lo besó antes de que pudiera decir algo más.

—¿También vas a decir que este fue tu primer beso? —susurró ella.

—No.

—Bien.

—Pero sigue siendo el mejor.

Años después, sus amigos aún bromeaban sobre lo extraño que había sido descubrir su relación.

Todos recordaban las veces que Camila y Ethan coincidieron en fiestas y fingieron no conocerse.

Nadie sabía cuántas conversaciones, discusiones y noches se escondieron detrás de aquellas miradas breves.

Durante mucho tiempo, Camila creyó que amar menos la protegía.

Ethan creyó que guardar silencio preservaba su orgullo.

Ambos estaban equivocados.

Porque una relación puede sobrevivir al deseo, a la distancia e incluso a una despedida.

Lo que casi nunca sobrevive es a dos personas esperando que la otra adivine lo que ninguna se atreve a decir.

Ellos perdieron años fingiendo indiferencia.

Pero cuando por fin aprendieron a hablar, descubrieron que nunca habían sido desconocidos.

Solo dos personas enamoradas, demasiado orgullosas para saludarse en público y demasiado incapaces de mantenerse alejadas cuando se cerraba la última puerta.

Leave a Comment