Dorian Hawthorne desapareció la mañana de nuestra boda.
Dejó el uniforme ceremonial sobre la cama, apagó el comunicador y envió una sola frase:
No puedo casarme con alguien elegido por un algoritmo. Me voy con la persona que amo.
El problema era que, dentro de la Liga Central, un matrimonio con un índice de compatibilidad del 99 % no se consideraba un asunto privado.
Se consideraba un “recurso genético de interés público”.
Yo era Aurel Veyra, un Omega de veintinueve años, asesor jurídico de una organización científica y, según la prensa, “el rostro más hermoso de la Liga”.
Dorian era el heredero Alfa de una familia militar.
Nuestro enlace había sido aprobado, financiado y anunciado por el Estado.
Cuando huyó, los funcionarios no cancelaron la ceremonia.
Buscaron un sustituto.
Su hermano menor.
Desde la habitación contigua escuché a Rhys Hawthorne discutir con su padre.
—¡Cancelen la boda! —rugió—. Si mi hermano no lo quiere, ¿por qué debo recoger lo que él dejó?
Conrad Hawthorne intentó convencerlo:
—Al menos míralo. Aurel es famoso en toda la Liga.
—¡Aunque fuera un ser celestial, no me casaría! ¡No soy un idiota dominado por una cara bonita!
—La compatibilidad contigo también es extraordinaria.
—¡Me importa un demonio la compatibilidad! ¡No pienso convertirme en reemplazo de Dorian!
Su madre trató de calmarlo.
—Si no quiere, no lo obligues.
Rhys se refugió detrás de ella como si todavía tuviera quince años.
—Gracias, mamá. Algún día te traeré una nuera maravillosa y siete nietos. Pero el viejo no podrá cargar a ninguno.
—¡Ven aquí, desgraciado! —bramó su padre.
Escuché suficiente.
Abrí la puerta.
Los cuatro quedaron en silencio.
Rhys se giró.
Era comandante de una unidad de rescate orbital, famoso por entrar en estaciones incendiadas y salir cargando personas sobre los hombros.
Al verme, abrió los ojos.
Luego volvió a mirarme.
Y una tercera vez.
—¿Él es… Aurel? —preguntó.
Conrad sonrió con satisfacción.
—Sí.
Rhys se aclaró la garganta.
—Bueno… nuestros padres han hablado, la Liga ha confirmado la compatibilidad y los invitados ya están aquí.
—Hace un minuto dijiste que no me aceptarías aunque fuera un ser celestial.
—No sabía que la descripción era literal.
Su madre se cubrió el rostro.
Yo tomé mi abrigo.
—No se preocupen. Solicitaré la anulación.
Rhys bloqueó la puerta.
—Espera.
—¿Para qué?
—Podemos discutirlo.
—Ya te escuché. Soy la persona que tu hermano no quiso y que tú tampoco querías hasta verle la cara.
Sus orejas se volvieron rojas.
—Eso sonó peor de lo que pretendía.
—Sonó exactamente como lo dijiste.
El funcionario de la Liga apareció con un documento.
Según la ley, si el enlace principal fracasaba y existía otro familiar con compatibilidad superior al 95 %, podíamos firmar un vínculo provisional durante treinta días.
Después de ese periodo, cualquiera de los dos podía solicitar la anulación.
Era una norma creada décadas atrás para “preservar uniones valiosas”.
Yo la consideraba una forma elegante de coerción.
Pero negarme en aquel momento significaba perder mi licencia de residencia, el acceso al tratamiento regulador que necesitaba y la protección jurídica de mi madre, que vivía en una colonia dependiente de la Liga.
Rhys leyó mi expresión.
—¿Qué ocurre si dices que no?
El funcionario evitó mirarlo.
—El señor Veyra perdería temporalmente ciertos beneficios vinculados al programa.
—¿Beneficios? —preguntó Rhys—. ¿Llaman beneficio a su medicación?
—Comandante, no complique…
Rhys rompió el bolígrafo entre los dedos.
—Firmaré solo si se añaden condiciones.
Me miró.
—Habitaciones separadas. Ningún contacto físico sin consentimiento. Ninguna exposición deliberada a feromonas. Y Aurel podrá solicitar la anulación en cualquier momento, no dentro de treinta días.
El funcionario palideció.
—Eso contradice el protocolo.
—Entonces explique delante de trescientas cámaras que la Liga necesita retener medicamentos para conseguir matrimonios.
Una hora después firmamos.
No una promesa de amor.
Un contrato de protección temporal.
Durante la ceremonia, Rhys no intentó tocarme.
Cuando el oficiante ordenó el intercambio de feromonas, respondió:
—Omitido por consentimiento mutuo.
Los invitados murmuraron.
Conrad casi se atragantó.
Al llegar a la residencia Hawthorne, Rhys cargó mi equipaje y señaló dos habitaciones en extremos opuestos del pasillo.
—Puedes cerrar por dentro. Cambiaré el código de seguridad para que solo tú tengas acceso.
—¿Por qué haces esto?
—Porque acepté un matrimonio, no una propiedad.
Aquella noche creí que, al menos, podría dormir.
A medianoche escuché un golpe.
Encontré a Rhys en el baño, arrodillado frente al lavabo y respirando con dificultad.
Había utilizado una dosis excesiva de bloqueadores para impedir que su aroma Alfa me afectara.
—Eres un irresponsable —dije mientras llamaba al médico.
—No quería asustarte.
—Desmayarte en el baño resulta tranquilizador.
Cuando le abrí la camisa para colocar el sensor médico, vi un número tatuado bajo su clavícula.
El código genético de los miembros de las fuerzas especiales.
Lo reconocí.
Era el mismo código que figuraba en mi certificado oficial de compatibilidad.
No el de Dorian.
El de Rhys.
Antes de que pudiera decir nada, se abrió la puerta principal.
Dorian apareció todavía vestido con la ropa de su fuga.
Tenía el rostro pálido y una herida en el labio.
Miró a su hermano tendido en el suelo.
Después me miró a mí.
—No deberías haberte casado con él.
Le mostré el certificado.
—¿Por qué tu código aparece en mi prueba?
Dorian cerró los ojos.
—Porque Rhys siempre fue tu verdadero 99 %.
La habitación quedó en silencio.
—Nuestro padre cambió los resultados para que te casaras conmigo.
Rhys dejó de fingir que se encontraba bien.
Se incorporó apoyándose en la pared, arrancó el sensor de su pecho y miró a Dorian.
—Repite eso.
—El perfil de compatibilidad era tuyo.
—Eso es imposible.
—No. Es ilegal.
—No juegues con las palabras.
Dorian respiró con dificultad.
Parecía agotado, no triunfante.
—Hace cuatro años, cuando la Liga buscaba una pareja de alta compatibilidad para la familia, tus muestras y las mías se procesaron juntas. El sistema identificó a Aurel como compatible contigo en un 99,3 %.
Rhys señaló mi certificado.
—¿Por qué aparece mi código en un documento que lleva tu nombre?
Dorian miró a Conrad, que acababa de entrar en el pasillo acompañado por dos guardias familiares.
—Porque nuestro padre pagó para sustituir la identidad del perfil.
Conrad no negó la acusación.
Eso fue peor que cualquier protesta.
—Dorian es el heredero —dijo—. La unión debía fortalecer la línea principal de la familia.
Rhys se levantó.
—¿Utilizaste mis datos genéticos para comprarle un esposo a tu heredero?
—No seas dramático.
—Alteraste un registro federal.
—Corregí una distribución inconveniente.
Yo había pasado años trabajando con el lenguaje de la Liga.
Sabía reconocer las frases construidas para esconder un crimen.
—¿Aurel lo sabía? —preguntó Rhys.
—Por supuesto que no —respondió Dorian.
—¿Tú cuándo lo descubriste?
Dorian tardó demasiado.
—Hace seis meses.
Rhys cruzó el pasillo en dos pasos y lo sujetó por el cuello de la camisa.
—Tuviste seis meses para decírselo.
—Suéltame.
—Te preparaste para casarte con una persona usando mi análisis.
—Yo tampoco elegí nada de esto.
—Pero sabías que él estaba siendo engañado.
—Pensaba cancelar antes de la ceremonia.
—Huiste.
Dorian apartó sus manos.
—Estaba enamorado de otra persona.
Conrad soltó una risa amarga.
—Una persona que nunca habías visto.
Dorian lo ignoró.
—Durante un año hablé con alguien en una red privada. Era la única persona que no me trataba como heredero. Cuando descubrí la manipulación, decidimos marcharnos.
—¿Dónde está? —pregunté.
Dorian apretó los labios.
—No apareció.
La persona por quien había abandonado una boda, provocado un escándalo estatal y dejado que yo cargara con las consecuencias no había acudido al punto de encuentro.
—¿Regresaste porque te abandonaron? —preguntó Rhys.
—Regresé porque alguien intentó matarme.
Nos mostró la herida.
No era un simple corte.
Había una marca de descarga bajo la mandíbula.
—La cuenta fue creada por una organización que investiga matrimonios manipulados —explicó—. Querían que les entregara archivos de la familia. Cuando comprendieron que no tenía acceso completo, desaparecieron.
—¿Te utilizaron?
—Sí.
—Como tú permitiste que utilizaran a Aurel.
Dorian recibió la frase sin defenderse.
Conrad llamó a los guardias.
—Lleven a mi hijo a la enfermería. Esta conversación termina aquí.
—No —dije.
El patriarca Hawthorne me miró por primera vez como si recordara que yo estaba presente.
—Este es un asunto familiar.
—Mi perfil genético fue falsificado. Yo soy el asunto.
—El matrimonio ya se ha celebrado. Podemos resolver los detalles discretamente.
—No existe ningún detalle discreto cuando una institución determina dónde vivo, qué medicación recibo y con quién debo vincularme.
Conrad endureció el rostro.
—Cuida tu tono.
Rhys se colocó entre nosotros.
—Cuide usted el suyo.
—Te conseguí una pareja con la compatibilidad más alta registrada en una década.
—No me consiguió una pareja. Falsificó a una persona.
—¿Ahora fingirás que no te atrae?
Rhys guardó silencio.
Mi aroma ya había empezado a reaccionar al suyo a pesar de los neutralizadores.
La cercanía producía un calor incómodo bajo la piel.
Eso no significaba amor.
No significaba confianza.
Ni anulaba todo lo que acabábamos de descubrir.
Rhys lo comprendía.
—Que mi cuerpo responda no convierte la decisión de Aurel en suya —dijo—. Ni en mía.
Conrad pareció sentir más desprecio por aquella frase que por la acusación de fraude.
—La Liga se fundó para evitar que los impulsos individuales debilitaran a nuestra especie.
—No —respondí—. Se fundó después de una crisis demográfica. Las medidas de emergencia tenían una duración prevista de veinte años. Han pasado ciento diecisiete.
El funcionario que nos había casado permanecía junto a la puerta.
Bajó la cabeza.
—Mañana presentaremos una solicitud de anulación —dije.
Conrad sonrió.
—No sin perder la protección del programa.
—Entonces demandaremos a la Liga.
—¿Con qué pruebas?
Le mostré el certificado y señalé el código de Rhys.
—Con la incompetencia de quienes falsificaron el documento.
Por primera vez, Conrad pareció preocupado.
No asustado.
Solo lo suficiente para comprender que el control podía escapársele.
El médico llegó y obligó a Rhys a sentarse.
La cantidad de bloqueadores en su sangre no era letal, pero podía afectar el ritmo cardíaco.
—¿Por qué utilizaste una dosis tan alta? —preguntó.
—El neutralizador estándar no funcionaba.
El médico miró nuestros perfiles.
—Con una compatibilidad superior al 99 %, es posible que los bloqueadores comerciales sean insuficientes durante las primeras exposiciones.
—No volverá a utilizarlos —dije.
Rhys levantó una ceja.
—¿Eso es una orden?
—Es una recomendación para que no mueras.
—Mucho más amable.
El médico sugirió que uno de los dos abandonara la residencia.
Conrad se opuso.
La Liga exigía convivencia durante el periodo provisional.
Rhys tomó una decisión antes de que yo pudiera hablar.
—Nos iremos de la residencia familiar.
—No puedes retirar a Aurel de una propiedad protegida —dijo su padre.
—La vivienda de oficiales también está certificada.
—Esa casa es pequeña.
—Perfecto. Así no habrá espacio para que usted se instale.
A la mañana siguiente nos mudamos a un apartamento dentro del distrito militar.
Dos habitaciones.
Una cocina.
Un sofá demasiado rígido.
Ningún sirviente.
Ninguna cámara de la familia.
Rhys cambió los códigos delante de mí.
—Tú eliges la habitación.
—La que tiene acceso al balcón.
—Es la más grande.
—Lo sé.
—Pensé que fingirías modestia.
—Has tenido suficientes personas fingiendo.
Me entregó la tarjeta de acceso.
—¿Tienes un lugar alternativo?
—Mi vivienda pertenece al programa de compatibilidad. La Liga la bloqueó después de la boda.
—Entonces puedes quedarte aquí incluso si anulamos el vínculo.
—No aceptaré caridad.
—No es caridad. Es compensación por haber sido arrastrado a la vida de mi familia.
—Eso tampoco te convierte en responsable de mí.
Rhys apoyó las manos sobre la mesa.
—No sé cómo hacer esto sin parecer que intento controlarlo.
—Puedes preguntar.
—¿Quieres quedarte aquí mientras recuperas tu vivienda y tu acceso médico?
—Sí.
—Entonces quédate.
La diferencia parecía pequeña.
No lo era.
Esa noche firmamos nuevas reglas.
No eran exigencias de la Liga.
Eran acuerdos nuestros.
Cualquier exposición accidental de feromonas se comunicaría inmediatamente.
Ninguno entraría en la habitación del otro sin permiso.
Las decisiones sobre la demanda se tomarían juntos solo cuando afectaran a ambos.
Rhys no hablaría en mi nombre ante su familia.
Yo no utilizaría su rango militar para conseguir acceso a documentos.
—¿Qué ocurre si sentimos…? —preguntó, señalando vagamente el espacio entre nosotros.
—Atracción.
—Sí.
—No hacemos nada mientras sigamos legalmente vinculados por coacción.
Rhys abrió la boca.
—¿Nada?
—Nada.
—Es una regla sensata.
—Pareces decepcionado.
—Puedo ser sensato y estar decepcionado al mismo tiempo.
Aquel fue el primer momento en que casi me reí desde la boda.
Los primeros días fueron incómodos.
Rhys salía antes del amanecer.
Regresaba oliendo a metal, humo y el neutralizador de la base.
Yo trabajaba desde la mesa de la cocina, preparando una denuncia contra la Autoridad de Vínculos.
A veces nos cruzábamos sin hablar.
Otras discutíamos por cosas absurdas.
Dejaba botas en la entrada.
Yo ocupaba toda la mesa con documentos.
Él cocinaba demasiado picante.
Yo abría las ventanas y eliminaba el equilibrio de temperatura que necesitaban sus bloqueadores.
No parecíamos una pareja destinada.
Parecíamos dos desconocidos obligados a compartir alquiler.
Aquello me tranquilizaba.
Una noche Rhys llegó con una caja.
—¿Qué es?
—Un filtro de feromonas de grado médico.
—¿Quién lo pagó?
—Yo.
—Lo devolveré.
—Aurel.
—No aceptaré un dispositivo costoso sin un acuerdo.
Suspiró.
—Puedes pagar la mitad cuando recuperes tus cuentas. Hasta entonces evita que uno de nosotros tenga que dormir en el pasillo.
—Eso es razonable.
—Anota la fecha. Acabas de admitir que tengo razón.
Instalamos el filtro.
La presión química entre nosotros disminuyó.
Por primera vez pude distinguir qué parte de mi atención hacia Rhys procedía de las feromonas y cuál de él.
Descubrí que cantaba mal mientras cocinaba.
Que enviaba mensajes diarios a cada miembro herido de su unidad.
Que hablaba con las plantas porque su madre le había dicho que crecían mejor.
Que fingía no leer poesía, pero había llenado un estante completo.
Él descubrió que yo no sabía preparar café.
Que dormía con informes reproduciéndose en audio.
Que detestaba ser descrito como hermoso antes que competente.
—Te llamé ser celestial —recordó una tarde.
—Después de decir que no servía para nada si no querías casarte.
—No fue mi mejor presentación.
—Tampoco la segunda.
—¿Cuál fue la segunda?
—Desmayarte en el baño.
Rhys se cubrió el rostro.
—Podemos olvidar esa parte.
—La incluiré en nuestra declaración judicial.
—Eso sería abuso procesal.
—Soy abogado. Puedo hacerlo sonar relevante.
La demanda empezó a crecer.
Dorian aceptó declarar.
Entregó mensajes donde Conrad hablaba con un funcionario de la Liga.
El perfil del segundo hijo no puede utilizarse para una unión principal. Cambien el identificador.
El Omega Veyra aportará prestigio, estabilidad genética y acceso a los laboratorios del Consejo.
Yo no había sido elegido solo por compatibilidad.
Mi trabajo también convenía a la familia.
Conrad planeaba utilizar mi posición para conseguir contratos de investigación.
La boda no era un romance organizado.
Era una adquisición.
—¿Tu madre sabía? —pregunté a Rhys.
—No todo.
Florence Hawthorne solicitó vernos.
La recibimos en una sala pública.
No en el apartamento.
Llegó sin su esposo.
—Sabía que el resultado original era de Rhys —admitió.
Él se quedó inmóvil.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes del anuncio.
—¿Y no dijiste nada?
—Tu padre afirmó que la Liga había autorizado el cambio porque ambos pertenecían a la misma línea genética.
—¿Le creíste?
Florence bajó la mirada.
—Elegí creerle.
Era una distinción importante.
No había sido completamente engañada.
Había aceptado no preguntar porque la respuesta podía obligarla a enfrentarse a su esposo.
—¿Por qué intentaste detenerlo cuando quería obligarme a casarme? —preguntó Rhys.
—Porque una cosa era modificar una propuesta antes de conocer al Omega y otra arrastrarte a la ceremonia.
—Ambas eran coerción —dije.
—Lo sé ahora.
Florence no pidió perdón esperando una reconciliación inmediata.
Entregó registros de conversaciones.
Aceptó declarar.
También abandonó temporalmente la residencia Hawthorne.
—No puedo continuar viviendo como si esto fuera una discusión familiar —explicó.
Rhys no la abrazó.
Le ofreció alojamiento seguro lejos de su padre.
Era más de lo que podía dar en aquel momento.
Dorian fue más difícil.
Había sido víctima de Conrad.
También había contribuido a mi humillación.
Cuando nos reunimos con abogados, evitó mirarme.
—Debí hablarte —dijo.
—Sí.
—Creí que si cancelaba de frente, la Liga impediría que me marchara.
—Probablemente.
—No sabía que usarían a Rhys como sustituto.
—La ley existe. Eres miembro de una familia que se beneficia de ella.
—Nunca pensé que la aplicarían.
—Porque nunca imaginaste que tú serías quien pagara el precio.
Dorian aceptó la frase.
—La persona de la red me convenció de que huir era la única opción.
—Huir podía ser tu única opción —respondí—. Dejarme una nota no lo era.
—Tenía miedo de que avisaras a mi padre.
—No me conocías lo suficiente para confiar.
—No.
—Y aun así estabas dispuesto a casarte conmigo hasta que apareció una alternativa.
—Sí.
Su disculpa no creó amistad.
Pero su testimonio era necesario.
La organización que lo había contactado existía realmente.
Se llamaba Horizonte Libre.
Investigaba alteraciones en los registros de compatibilidad.
Habían descubierto el fraude Hawthorne y utilizaron una identidad falsa para acercarse a Dorian.
No pretendían iniciar una relación auténtica.
Buscaban documentos.
Cuando él anunció que abandonaría todo por aquella persona, entraron en pánico.
Uno de sus miembros intentó retenerlo durante la fuga para recuperar un dispositivo.
La descarga que recibió no había sido un intento de asesinato planificado, sino una acción desesperada.
Seguía siendo un delito.
La líder de Horizonte Libre aceptó colaborar con la investigación a cambio de protección para otros denunciantes.
—¿Sabías que él creía estar enamorado? —le pregunté durante una declaración.
—Sí.
—¿Y continuaste?
—Necesitábamos acceso.
—La Liga utiliza cuerpos en nombre del bien común. Ustedes utilizaron emociones con la misma justificación.
La mujer no tuvo respuesta.
El fin no limpiaba todos los métodos.
La denuncia llegó a los medios antes de que estuviéramos preparados.
El titular decía:
El Omega más compatible de la Liga se casa con el hermano equivocado.
No hablaba de fraude.
Ni de medicamentos retenidos.
Ni de coerción.
Hablaba de una confusión romántica.
Los periodistas nos esperaban frente al tribunal.
—Aurel, ¿a cuál de los hermanos ama?
—Comandante Rhys, ¿piensa conservar al prometido de Dorian?
—¿La compatibilidad del 99 % provocó atracción inmediata?
Rhys apretó la mandíbula.
Yo tomé el micrófono.
—No soy un objeto que un hermano pueda abandonar y otro conservar.
El lugar quedó en silencio.
—Este caso no trata de cuál de ellos me merece. Trata de una autoridad que falsificó datos, condicionó acceso médico y trató a tres adultos como material reproductivo.
Una periodista insistió:
—Pero ¿existe una relación sentimental entre usted y Rhys Hawthorne?
Miré a Rhys.
—Existe un contrato provisional que estamos impugnando.
Era la verdad.
También era incompleta.
Había empezado a quererlo.
No por el 99 %.
Lo quería cuando dormía en el sofá para dejarme el filtro durante una avería.
Cuando se negó a revisar mis documentos aunque estaban abiertos.
Cuando corrigió a un oficial que me llamó “su Omega”.
—Aurel no me pertenece —dijo—. Utilice su nombre.
Pero quererlo mientras la Liga nos mantenía unidos podía convertirse en otra cadena.
No pensaba declarar amor hasta poder marcharme libremente.
Rhys parecía comprenderlo.
Nunca preguntaba qué sentía.
A veces eso también dolía.
Una noche regresó tarde.
Había participado en el rescate de una nave civil.
Tenía una quemadura en el brazo.
—La enfermería ya la trató —dijo.
—Entonces ¿por qué sangra?
—Porque soy muy eficiente abriendo vendajes.
Lo obligué a sentarse.
Mientras limpiaba la herida, su aroma cambió.
No por un ciclo biológico.
Por miedo.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
—Una compuerta se cerró.
—Eso ocurre en los rescates.
—Durante siete minutos pensé que no saldríamos.
Mis manos se detuvieron.
—¿Cuántas personas estaban contigo?
—Cuatro.
—¿Todos salieron?
—Sí.
—Entonces ¿por qué sigues asustado?
Rhys me miró.
—Porque mientras estaba atrapado pensé que moriría antes de poder conocerte sin un contrato.
El aire pareció volverse más denso.
—Rhys.
—No te estoy pidiendo nada.
—Acabas de decir…
—Estoy diciendo que tengo miedo. No que tú debas resolverlo.
Aquella diferencia importaba.
Terminé el vendaje.
—Yo también quiero conocerte después de la anulación.
Rhys no se movió.
—¿Eso es una promesa?
—Es una intención.
—Acepto intenciones revisables.
Sonreí.
No nos besamos.
Permanecimos sentados junto a la mesa hasta que el filtro volvió a estabilizarse.
El tribunal suspendió nuestro vínculo provisional tres semanas después.
No anuló todavía el matrimonio.
Suspendió sus efectos.
La Liga ya no podía condicionar mi medicación.
Recuperé mi vivienda, cuentas y licencia profesional.
Podía marcharme.
Esa noche empaqué.
Rhys me ayudó a bajar las cajas.
No preguntó si me quedaría.
Cuando cerramos la última, me apoyé en la puerta.
—Esperaba que intentaras detenerme.
—Prometí que podrías irte.
—Una parte de mí quería que lo intentaras.
—Eso habría convertido tu libertad en una prueba de amor.
—Has estado hablando demasiado con mis abogados.
—Son aterradores.
Rhys llevó las cajas hasta mi apartamento.
Dejó la última en la sala.
—La audiencia final será en dos meses —dijo.
—Lo sé.
—Hasta entonces seguimos técnicamente casados.
—Lo sé.
—Pero ya no convivimos.
—Correcto.
—¿Puedo invitarte a cenar?
Lo miré.
—¿Como esposo?
—No.
—¿Como compatibilidad del 99 %?
—Tampoco.
—Entonces ¿como quién?
Rhys extendió una mano.
—Como el idiota que dijo que no se casaría contigo aunque fueras un ser celestial y todavía no sabe cómo sobrevivió después.
Acepté.
—Una cena.
—Una cena.
Nuestra primera cita voluntaria fue terrible.
Rhys reservó un restaurante demasiado elegante.
Los camareros sabían quiénes éramos.
Un violinista apareció junto a la mesa.
—¿Organizaste esto? —pregunté.
—El restaurante.
—¿Sabe que estamos anulando el matrimonio?
—Todo el planeta lo sabe.
El violinista tocó una canción nupcial.
Nos levantamos y nos marchamos.
Terminamos comiendo fideos en un puesto nocturno.
—Esto es mejor —dijo Rhys.
—Porque nadie espera que declares amor frente al postre.
—Puedo declarar amor frente a los fideos.
—No puedes.
—Era una hipótesis.
Tuvimos más citas.
A veces pasaban días sin hablar porque ambos trabajábamos.
Eso también era nuevo.
La Liga había diseñado una unión donde cada reacción debía interpretarse como destino.
Nosotros construíamos algo donde el silencio podía significar cansancio, no rechazo.
Donde una discusión no activaba mediadores genéticos.
Donde podíamos descubrir incompatibilidades no reflejadas en el análisis.
Rhys quería hijos algún día.
Yo no sabía si quería ninguno.
La compatibilidad podía producir descendencia considerada excepcional.
La Liga mencionaba aquello en cada informe.
—¿Y si nunca quiero tenerlos? —pregunté.
Rhys respondió sin pausa:
—Entonces no los tendremos.
—Tu padre decía que prometías siete u ocho a tu madre.
—También decía que el viejo no podría cargarlos. Era una estrategia de negociación.
—¿No te dolería?
—Tal vez. Pero sentir tristeza no me da derecho sobre tu cuerpo.
—¿Y si quiero uno, pero no pronto?
—Hablaremos cuando ocurra.
—¿Y si no puedo?
—Aurel.
—Necesito escuchar las respuestas.
Rhys tomó mi mano.
—No me casé contigo para producir a nadie. Al principio me casé porque la Liga te amenazaba y porque fui un idiota impresionado por tu cara. Ahora estoy aquí porque me gustas cuando corriges mis documentos, quemas el café y me recuerdas cada frase vergonzosa que he dicho.
—La lista es larga.
—Tengo intención de ampliarla.
La audiencia final ocurrió cuatro meses después de la boda.
El tribunal confirmó la falsificación.
Conrad perdió su cargo dentro del Consejo de Familias.
Enfrentó cargos por manipulación de registros y coacción administrativa.
No fue enviado a una prisión secreta ni despojado de todo sin proceso.
Sus bienes relacionados con el fraude fueron congelados.
La familia dejó de controlar varios contratos públicos.
El funcionario que modificó los códigos también fue acusado.
Florence recibió protección como testigo, aunque tuvo que responder por haber guardado silencio.
Dorian fue sancionado por abandonar obligaciones ceremoniales y ocultar pruebas, pero su cooperación redujo las consecuencias.
También inició terapia después de descubrir que su relación más intensa había sido diseñada para manipularlo.
No intentó recuperarme.
—Nunca fuiste mío —dijo durante nuestra última conversación—. Ni siquiera cuando creía que íbamos a casarnos.
—Eso es correcto.
—Lamento haber tardado tanto en comprenderlo.
La Liga anuló nuestro matrimonio.
El juez preguntó:
—¿Ambas partes confirman que desean poner fin al vínculo impuesto?
—Sí —respondí.
Rhys también dijo:
—Sí.
La palabra me produjo un dolor inesperado.
Había luchado por escucharla.
Ahora parecía una pérdida.
Firmamos.
El indicador legal desapareció de nuestras pulseras.
Ya no éramos esposos.
Fuera del tribunal, Rhys permaneció junto a las escaleras.
—Bueno —dijo—. Ya puedes librarte completamente de los Hawthorne.
—Eso parece.
—Tu vivienda es tuya. Tu medicación está protegida por orden judicial. No existe contrato.
—Correcto.
—Entonces…
Sacó una caja pequeña.
—No.
La escondió inmediatamente.
—No es un anillo.
—¿Qué es?
—Un filtro portátil de feromonas.
—Eso es el regalo menos romántico que he recibido.
—El vendedor dijo que era práctico.
—¿Por qué me lo das?
—Porque quiero preguntarte algo sin que la compatibilidad interfiera.
Activó el dispositivo.
Nuestros aromas desaparecieron casi por completo.
La atracción química se redujo a un murmullo.
Rhys respiró.
—Aurel Veyra, sin Liga, sin contrato y sin amenaza, ¿quieres salir conmigo?
—Ya hemos salido varias veces.
—Quiero hacerlo oficialmente.
—¿Y si digo que no?
Su expresión se tensó.
—Me iré a casa, me quejaré con mis plantas y mañana continuaré respetando tu decisión.
—¿No declararás una emergencia genética?
—No.
—¿No llamarás a tu padre?
—Preferiría una emergencia genética.
—¿No dirás que nadie más me querrá?
El humor desapareció de su rostro.
—Jamás.
Lo miré durante unos segundos.
Después tomé el filtro.
—Sí.
Rhys sonrió.
—¿Puedo besarte?
—Ahora sí.
Nuestro primer beso ocurrió después de que el matrimonio terminara.
Eso fue lo correcto.
No fue una explosión incontrolable de feromonas.
El filtro seguía activo.
No había 99 %.
Solo dos personas en una escalera pública, eligiendo acercarse.
La reforma legal tardó años.
Nuestro caso no destruyó de inmediato el sistema de compatibilidad.
Sí consiguió cambios importantes.
La medicación dejó de estar vinculada al cumplimiento matrimonial.
Los enlaces sustitutos fueron suspendidos.
Los resultados debían verificarse mediante laboratorios independientes.
La compatibilidad podía utilizarse como información médica, nunca como autorización.
Yo trabajé en la comisión que redactó parte de la reforma.
Rhys declaró sobre cómo las familias militares utilizaban los perfiles para negociar prestigio.
No se presentó como héroe.
Reconoció que al verme estuvo dispuesto a aceptar demasiado rápido una situación que antes consideraba inmoral.
—La atracción no corrigió mi hipocresía —dijo—. Solo la volvió más visible.
Conrad intentó comunicarse con nosotros después de cumplir parte de su condena administrativa.
Quería reconstruir la familia.
Rhys aceptó una reunión bajo condiciones.
—No necesitas perdonarlo por mí —le dije.
—No voy para perdonarlo. Voy para saber si puede asumir lo que hizo sin llamarlo tradición.
Conrad empezó diciendo:
—Todo fue por el futuro de la familia.
Rhys se levantó.
—Entonces todavía no está listo.
La segunda reunión ocurrió un año después.
Conrad dijo:
—Utilicé sus vidas como recursos. Pensé que mi posición me daba derecho a decidir.
Rhys permaneció sentado.
No hubo abrazo.
Fue un comienzo limitado.
Florence construyó una relación más cercana con nosotros, pero nunca exigió que yo la llamara madre.
Dorian abandonó la posición de heredero y trabajó durante un tiempo con una organización de apoyo a víctimas de suplantación emocional.
No convirtió su culpa en autoridad moral.
Hablaba de lo fácil que era justificar decisiones crueles cuando uno se sentía atrapado.
Rhys y yo tardamos tres años en casarnos de nuevo.
La segunda boda no fue organizada por la Liga.
No hubo análisis proyectado sobre las paredes.
No apareció nuestro porcentaje en las invitaciones.
Invitamos a pocas personas.
Florence lloró.
Dorian llegó solo.
Conrad se sentó en la última fila porque todavía no habíamos recuperado suficiente confianza.
Antes de la ceremonia, Rhys esperaba detrás de una puerta.
Lo escuché hablar con su amigo.
—No entiendo por qué estoy nervioso. Ya me casé con él una vez.
—La primera no contaba.
—Precisamente. Esta vez puede irse.
Abrí la puerta.
Rhys se quedó inmóvil igual que el día en que me vio por primera vez.
—¿Qué estabas diciendo?
—Que eres una visión celestial.
—Mentiroso.
—Que estoy aterrorizado.
—Eso sí te lo creo.
El oficiante preguntó si aceptábamos el matrimonio libremente.
Rhys respondió:
—Sí.
Yo también.
Después añadió:
—Y para que conste, nadie me está obligando.
Su madre rio.
Conrad bajó la mirada.
El oficiante nos permitió pronunciar votos propios.
Rhys dijo:
—La primera vez que te vi cambié de opinión porque eras hermoso. Me avergüenza admitirlo.
Los invitados rieron.
—Después descubrí que tu belleza era la parte menos peligrosa de ti. Eres capaz de convertir una frase mal redactada en una demanda de cien páginas. Recuerdas cada promesa. No permites que nadie llame protección a lo que es control.
Su voz se quebró.
—No prometo no equivocarme. Prometo que nunca utilizaré nuestro porcentaje, mi rango o mi amor para decidir por ti.
Cuando llegó mi turno, lo miré.
—La primera vez que te escuché, estabas gritando que yo era algo que tu hermano había rechazado.
Rhys cerró los ojos.
—Aurel…
—Déjame terminar.
Los invitados volvieron a reír.
—Después fuiste la primera persona dentro de aquella casa que preguntó qué me ocurriría si decía que no. Antes de conocerme, ya estabas dispuesto a enfrentarte a la Liga por mi derecho a marcharme.
Respiré.
—No te amo porque seas mi compatibilidad perfecta. Te amo porque, cuando finalmente fui libre de irme, tú abriste la puerta.
Nos casamos.
No tuvimos siete hijos.
Tampoco ocho.
Años después adoptamos a una niña Beta que había perdido a su familia durante una evacuación orbital.
La Liga no podía calcular nuestra compatibilidad con ella.
No importaba.
Rhys era un padre excesivamente protector.
Yo era quien recordaba que una hija no era un soldado ni un expediente.
Florence podía cargarla.
Conrad tuvo que esperar hasta que ella decidió acercarse.
Dorian le enseñó a jugar cartas y perdió cada partida de manera sospechosa.
Una tarde nuestra hija encontró el antiguo certificado del 99 %.
—¿Esto significa que estaban destinados? —preguntó.
Rhys y yo nos miramos.
—No —respondí.
—Significa que nuestros cuerpos reaccionaban de una manera poco común.
—¿Entonces por qué se casaron?
Rhys levantó un dedo.
—La primera vez, por una ley absurda y porque tu padre era demasiado guapo.
—No cuentes esa parte.
—Es importante para la precisión histórica.
—¿Y la segunda? —preguntó ella.
Rhys dejó de bromear.
—Porque pudimos decir que no.
La niña frunció el ceño.
—No entiendo.
Me senté a su lado.
—Una elección solo es real cuando rechazarla no destruye tu vida.
Pensó durante unos segundos.
—Entonces se eligieron porque podían irse.
—Exactamente.
El día de nuestra primera boda, Rhys gritó detrás de una puerta que jamás aceptaría al hombre que su hermano había abandonado.
Cuando la abrió y me vio, cambió de opinión tan rápido que su madre casi se rio en su cara.
Durante años lo molesté por aquello.
Pero la verdad era que su cambio más importante no ocurrió cuando vio mi rostro.
Ocurrió después.
Cuando descubrió que el porcentaje más alto de la Liga podía ser auténtico y, aun así, decidió que no significaba nada sin mi consentimiento.
La compatibilidad explicó por qué nuestros cuerpos se reconocieron.
No explicó por qué permanecimos.
Permanecimos porque aprendimos a preguntar.
Porque anulamos el matrimonio antes de comenzar la relación.
Porque dejamos que el deseo existiera sin convertirlo en obligación.
Y porque el hombre que juró no estar dominado por la belleza terminó casándose dos veces con la misma persona.
La primera porque todos lo empujaron.
La segunda porque nadie podía obligarlo.
Ni a él.
Ni a mí.