El día que enterraron a Adrian Vale, llovía con tanta fuerza que el agua borraba las flores de su tumba.
La causa oficial había sido muerte súbita cardíaca.
—Si hubiera llegado antes al hospital… Si hubiera descansado… Si hubiera tomado la medicación correctamente…
Pero los “si hubiera” no resucitan a nadie.
Apoyé la frente contra la lápida helada.
—Adrian, eres un mentiroso. Prometiste que envejeceríamos juntos.
Un dolor agudo atravesó mi pecho.
Caí frente a su tumba.
Cuando volví a abrir los ojos, habían pasado diez años hacia atrás.
Adrian tenía veintiuno.
Y todavía no me conocía.
Encontrarlo fue sencillo. En la alta sociedad su nombre ya era famoso, aunque no precisamente por sus virtudes.
Heredero rebelde.
Aficionado a las fiestas.
Conductor de carreras ilegales.
Un joven arrogante que cambiaba de acompañante con la misma facilidad con la que cambiaba de automóvil.
Lo encontré en un club privado.
Estaba recostado en un sofá, vestido con camiseta negra y chaqueta de cuero. Había botellas sobre la mesa, humo en el aire y un grupo de amigos riendo a su alrededor.
Era él.
Mi esposo.
Pero más joven, insolente y vivo.
Me acerqué directamente.
Adrian encendía un cigarrillo cuando levantó la vista.
—¿Necesitas algo?
—A ti.
Sus amigos comenzaron a reír.
Él me examinó de arriba abajo.
—Pareces demasiado buena. No eres mi tipo.
En mi vida anterior, todas las noches me abrazaba y decía que yo era la única persona capaz de convertir su casa en un hogar.
Ahora me miraba como a una desconocida aburrida.
Me incliné hacia su oído.
—Tienes un pequeño lunar en una zona que nadie aquí ha visto.
El cigarrillo cayó de sus labios.
El grupo enmudeció.
Añadí con suavidad:
—Está a la izquierda.
Adrian se quedó completamente rígido.
Sonreí.
—Y el famoso heredero Vale sigue siendo virgen.
Su rostro se puso rojo hasta las orejas.
Se levantó de golpe, me sujetó la muñeca y me arrastró fuera del club.
—¿Quién demonios eres?
—Mara Bennett.
—¿Quién te envió?
—Nadie.
—¿Me investigaste?
—No existe una base de datos con información tan específica.
Apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres?
—Conquistarte.
Adrian me miró como si acabara de escapar de un hospital psiquiátrico.
—No estoy interesado.
Le entregué mi teléfono.
—Añádeme.
—No.
—Entonces mañana entraré en tu universidad y preguntaré públicamente si el joven señor Vale continúa siendo…
—¡Cállate!
Tomó el teléfono y escribió su número.
Antes de marcharme, toqué con un dedo su pecho.
—Duerme bien. Y no fumes demasiado.
—No vuelvas a decirme qué hacer.
—Vas a acostumbrarte.
Subí a un taxi mientras él pateaba una papelera.
Minutos después aceptó mi solicitud de contacto.
Su primer mensaje decía:
Si vuelves a amenazarme, te bloqueo.
Respondí:
Si me bloqueas, iré a buscarte.
A la universidad, al club o a tu casa.
Tú eliges.
Durante los días siguientes le envié desayuno, le recordé sus clases y aparecí en cada lugar donde sabía que estaría.
Adrian pasó de ignorarme a intentar descubrir quién me había contratado.
Una noche me escribió:
¿Por qué sabes que soy alérgico a las almendras?
Respondí:
Porque una vez casi te mataste comiendo pastel para demostrar que no lo eras.
Eso nunca ocurrió.
Todavía no.
Dejó de contestar.
Yo recordaba aquella fecha.
A los veintiún años, Adrian participaría en una carrera clandestina. Su automóvil derraparía en una curva y chocaría contra una barrera.
Sobreviviría.
Pero aquella noche tendría su primer desmayo cardíaco.
En nuestra vida anterior nunca me contó la verdad. Solo dijo que la cicatriz de sus costillas provenía de una caída.
Le envié decenas de mensajes.
No vayas a la carrera.
Tu automóvil tiene un problema en el conducto de freno.
Adrian, contéstame.
A medianoche apareció una sola respuesta:
Ven a detenerme.
Cuando llegué, los motores ya rugían.
Adrian estaba dentro de su automóvil, sonriendo con arrogancia.
Corrí hacia la pista.
—¡Baja!
—¿Vas a decirme otra vez que conoces el futuro?
—Voy a decirte que morirás si arrancas.
Su sonrisa se desvaneció.
—¿Cuándo?
La pregunta me atravesó.
—Dentro de diez años.
Durante un segundo, el ruido del mundo desapareció.
Adrian abrió la puerta.
Pero otro automóvil aceleró antes de tiempo.
Perdió el control.
Se dirigió directamente hacia nosotros.
Empujé a Adrian con todas mis fuerzas.
El impacto nos lanzó contra el suelo.
Cuando recuperé la conciencia, él estaba arrodillado a mi lado.
—Mara.
Su rostro había perdido todo el color.
—No puedo… respirar.
Se llevó una mano al pecho.
Después cayó.
En la ambulancia, el paramédico observó el monitor y gritó:
—¡Tiene una arritmia grave!
Yo sujeté la mano de Adrian.
En mi primera vida, nadie había descubierto su enfermedad hasta que fue demasiado tarde.
Esta vez, con solo veintiún años, el corazón de mi esposo ya estaba revelando el secreto que terminaría matándolo.
Y cuando Adrian abrió los ojos, murmuró:
—Dijiste que moriría dentro de diez años.
Sus dedos apretaron los míos.
—Así que dime la verdad. ¿Quién eres para mí?
No respondí.
Las puertas de la ambulancia se cerraron y el vehículo arrancó entre sirenas.
Adrian estaba conectado a un monitor. El paramédico le había colocado oxígeno, pero él continuaba mirándome con una intensidad incómoda.
—¿Quién eres? —repitió.
—La persona que acaba de evitar que te atropellaran.
—Sabías lo de los frenos.
—Lo sospechaba.
—También sabías que me desmayaría.
—Adrian, no hables.
—Sabes dónde tengo un lunar que ningún médico ha visto desde que era niño.
El paramédico nos miró de reojo.
—Señor, debe permanecer tranquilo.
—Estoy perfectamente tranquilo.
El monitor aceleró.
—No lo está —respondió el hombre.
Adrian cerró los ojos durante varios segundos.
Cuando volvió a abrirlos, su voz era más débil.
—Dijiste que moriría a los treinta y uno.
—Dije muchas cosas porque necesitaba que bajaras del automóvil.
—¿Qué día?
Sentí que la garganta se cerraba.
Recordaba cada detalle.
El once de noviembre.
A las dos y diecisiete de la madrugada.
Yo estaba trabajando en otra ciudad. Adrian había dicho que solo sentía cansancio y rechazó ir al hospital. Cuando finalmente llamó a emergencias, ya no había nadie a su lado.
—No lo sé.
—Mientes mal.
—Tú también mentías mal.
Sus cejas se fruncieron.
—¿Cuándo te he mentido?
—Todavía no lo has hecho.
Aquello logró que guardara silencio hasta que llegamos al hospital.
Los médicos detectaron una arritmia ventricular y una alteración en el grosor del músculo cardíaco. No era suficiente para un diagnóstico definitivo, pero recomendaron estudios adicionales.
Adrian intentó marcharse antes de que terminaran.
—Estoy bien.
—Te desmayaste.
—Fue el golpe.
—El médico dijo que ocurrió antes de que tocaras el suelo.
—No necesito una niñera.
—Necesitas un cardiólogo.
Se quitó los electrodos del pecho.
—No necesito nada de ti.
La frase me dolió más de lo que debía.
No era mi esposo.
Todavía no.
No podía exigirle que confiara en una desconocida que había aparecido hablando como si conociera cada centímetro de su cuerpo y el día exacto de su muerte.
—Entonces hazlo por ti —dije—. Termina los estudios.
Adrian se abotonó la camisa.
—¿Y qué recibirás tú a cambio?
—Que sigas vivo.
Su mano se detuvo.
—Eso no explica nada.
—Es lo único que importa.
Intentó salir.
Me interpuse delante de la puerta.
—Quítate.
—No.
—Mara.
—Adrian.
—No sabes con quién estás jugando.
—Sé perfectamente quién eres.
—Entonces también sabrás que puedo hacer que seguridad te saque del hospital.
—Y yo volveré mañana.
—Pediré una orden de alejamiento.
—Esperaré frente al límite permitido.
Por primera vez desde que nos conocimos, soltó una risa.
Breve.
Incrédula.
—Estás loca.
—Probablemente.
—¿Y aun así quieres conquistarme?
—Más que nunca.
Adrian terminó los estudios.
No porque admitiera que tenía miedo, sino porque su padre llegó acompañado por tres guardaespaldas y amenazó con congelar todas sus tarjetas si abandonaba el hospital.
El diagnóstico inicial fue una miocardiopatía hipertrófica hereditaria.
El cardiólogo explicó que, con seguimiento, medicación y cambios en el estilo de vida, muchas personas podían vivir durante décadas. Sin embargo, las carreras, los estimulantes, el tabaco, el alcohol y la falta de sueño aumentaban considerablemente el riesgo de una arritmia fatal.
Adrian escuchó con el rostro inexpresivo.
Su padre no.
Richard Vale se volvió hacia él.
—Se acabaron las carreras.
—No.
—También las fiestas.
—No puedes encerrarme.
—Puedo dejarte sin dinero.
—Entonces ganaré el mío.
La discusión empeoró rápidamente.
Yo permanecía junto a la puerta, intentando no intervenir.
En mi primera vida, Adrian casi nunca hablaba de su padre. Solo decía que había aprendido muy joven que el cariño de Richard siempre venía acompañado por condiciones.
Ahora lo entendía.
Para su padre, proteger significaba controlar.
Para Adrian, cualquier consejo sonaba como una jaula.
—Y usted —dijo Richard, mirándome—, ¿quién es?
Adrian respondió antes que yo:
—Una acosadora.
—Su futura esposa —corregí.
El cardiólogo dejó caer el bolígrafo.
Richard me observó en silencio.
Adrian cerró los ojos.
—No es mi novia.
—Todavía.
—Ni siquiera sé dónde vive.
—Eso puede solucionarse.
—Señorita Bennett —intervino Richard—, agradeceré que se retire.
—Me marcharé cuando Adrian prometa tomar la medicación.
—No prometeré nada.
Saqué el teléfono.
—En ese caso llamaré a todos tus amigos y les contaré que te desmayaste antes de comenzar la carrera.
Adrian se incorporó.
—No te atrevas.
—También puedo explicarles que el gran heredero Vale tiene prohibido beber.
—Dame ese teléfono.
—Promételo.
—Eres insoportable.
—Y tú sigues vivo.
Richard miró a su hijo.
Después me miró a mí.
—Creo que puede quedarse.
Adrian me odió durante las siguientes dos semanas.
O, al menos, fingió hacerlo.
Le enviaba una fotografía cada vez que tomaba la medicación, siempre acompañada por algún insulto.
Aquí está tu maldita pastilla.
Espero que estés satisfecha.
Yo respondía:
Mucho. También desayuna.
Una mañana envió una imagen de un café y un cigarrillo.
Aparecí en su universidad cuarenta minutos después.
Estaba sentado en las gradas, rodeado de amigos.
Le quité el cigarrillo de la boca y lo aplasté contra el suelo.
—¿Qué demonios haces?
—Salvarte.
—En público.
—Tu corazón tampoco se detendrá en privado para proteger tu reputación.
Sus amigos comenzaron a reír.
—Adrian, tu acosadora es aterradora.
—No es mi acosadora.
—Soy su futura esposa —repetí.
Él me sujetó por la cintura y me apartó de las gradas.
—Deja de decir eso.
—¿Por qué? ¿Te da miedo que alguien me crea?
—Me da miedo que tú lo creas.
La frase me hizo callar.
Adrian soltó mi cintura inmediatamente.
—No sé quién eres —continuó—. No sé por qué sabes cosas sobre mí. Un día apareciste diciendo que querías conquistarme y, desde entonces, actúas como si tuvieras derechos sobre mi vida.
—No tengo derechos.
—Entonces deja de comportarte como si fueras mi viuda.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Adrian lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Mara.
—No vuelvas a fumar.
Me di la vuelta.
Me siguió.
—¿Por qué reaccionaste así?
—No reaccioné.
—Parecía que iba a darte un ataque.
—Tú eres quien tiene problemas cardíacos.
—¿Eras mi novia?
Seguí caminando.
—No.
—¿Una aventura?
—No.
—¿Trabajabas para mi familia?
—No.
—¿Entonces por qué sabes cómo voy a morir?
Me detuve.
No podía decirle la verdad.
Todavía no.
Si le contaba que en otra vida se había convertido en mi esposo, que lo había visto pasar de joven rebelde a empresario admirado y que había sostenido su urna entre las manos, quizá me creería loca.
Peor aún, podría intentar convertirse en el hombre que yo había perdido.
Yo no quería una copia de mi esposo muerto.
Quería que Adrian eligiera vivir.
—Tu padre murió joven —dije.
Su expresión se endureció.
—Mi padre está vivo.
En mi primera vida, Richard había muerto tres años después a causa de un derrame cerebral. Aquella tragedia obligó a Adrian a asumir el control del grupo empresarial antes de estar preparado.
—Lo sé.
—Entonces, ¿de quién hablas?
Había cometido un error.
—Me confundí.
Adrian me sujetó del brazo.
—No. No te confundiste.
Su mirada cambió.
La arrogancia desapareció. En su lugar apareció una sospecha casi aterradora.
—Dijiste que moriría dentro de diez años. Sabías lo de mi corazón antes que los médicos. Hablas de acontecimientos que todavía no han ocurrido.
Se inclinó hacia mí.
—Y cuando te llamé viuda, parecía que acababa de apuñalarte.
Liberé mi brazo.
—Necesito irme.
—No voy a dejarlo así.
—No puedes detenerme.
—Llevas semanas deteniéndome a mí.
—Porque ibas a matarte.
—¿Y por qué te importa tanto?
Lo miré.
Porque había pasado noches enteras escuchando su respiración.
Porque recordaba cómo apoyaba la cabeza sobre mis piernas después de un día difícil.
Porque la última mañana de nuestra vida juntos había salido de casa sin despertarme para que pudiera descansar.
Porque nunca supe que aquella sería la última vez.
—No lo entenderías.
—Inténtalo.
—No.
Adrian me soltó.
—Entonces deja de perseguirme.
No volvió a responder mis mensajes.
Durante tres días no supe nada de él.
Su silencio me devolvió a las horas posteriores a su muerte. Llamadas sin respuesta. Mensajes que nunca fueron leídos. Una casa demasiado grande en la que cada objeto conservaba su olor.
Al cuarto día fui a su residencia universitaria.
Su compañero dijo que había salido.
Fui al club.
No estaba.
Finalmente llamé a uno de sus amigos.
—¿Adrian? Está en la antigua pista al norte de la ciudad.
El corazón se me paralizó.
—¿Corriendo?
—No. Dice que solo está mirando.
No le creí.
Conduje hasta allí.
Encontré su automóvil junto a la línea de salida.
Adrian llevaba casco.
Golpeé la ventanilla.
—Baja.
No respondió.
—¡Adrian!
Encendió el motor.
Me coloqué delante del automóvil.
Sus amigos empezaron a gritar.
Adrian bajó la ventanilla.
—Muévete.
—No.
—No pienso competir.
—Entonces apaga el motor.
—Quiero comprobar algo.
—¿Qué?
—Si realmente sabes lo que va a ocurrir.
Sentí un escalofrío.
—¿Estás dispuesto a morir para demostrar que miento?
—Si sabes el futuro, dime quién ganará.
—No lo sé.
—Entonces quizá solo investigaste mi expediente médico.
—No había expediente.
—Mi padre pudo contratarte.
—Tu padre no sabía nada.
—¿Quién eres?
El motor rugía entre nosotros.
—Apágalo.
—Dímelo.
—No.
—Entonces muévete.
No lo hice.
Adrian apretó el volante.
—Mara, no quiero atropellarte.
—Y yo no quiero enterrarte otra vez.
Las palabras escaparon.
El motor se apagó.
Todo el ruido alrededor pareció desaparecer.
Adrian abrió la puerta y bajó lentamente.
—¿Otra vez?
No pude responder.
—Dijiste “enterrarte otra vez”.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Fue una forma de hablar.
—Mírame.
No lo hice.
Adrian se quitó el casco.
—¿Morí?
La primera lágrima descendió por mi mejilla.
—Mara.
—Sí.
Su rostro quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—A los treinta y uno.
—¿Tú estabas allí?
—No.
La voz se me quebró.
—Ese fue el problema. No estaba.
Adrian miró a sus amigos.
—Todos fuera.
Nadie discutió.
Minutos después nos quedamos solos junto a la pista.
El cielo amenazaba lluvia.
Exactamente como el día de su funeral.
—Cuéntamelo todo —dijo.
Me senté sobre la barrera metálica.
Durante varios minutos solo escuché mi respiración.
—Vengo de diez años en el futuro.
Adrian no se rio.
—En esa vida nos conocimos cuando tú tenías veintiséis.
—¿Cómo?
—En una recepción empresarial. Derramaste vino sobre mi vestido y después intentaste compensarlo comprando el hotel entero.
—Eso suena excesivo.
—Lo era.
—¿Nos casamos?
Asentí.
—Tres años después.
Su mirada descendió hacia mis manos.
—¿Fui un buen esposo?
La pregunta me destruyó.
—El mejor.
Adrian tragó saliva.
—¿Y aun así morí?
—Trabajabas demasiado. Tu padre murió y asumiste la compañía. Ocultaste los síntomas. No tomabas la medicación si tenías reuniones. Decías que descansarías después del siguiente contrato.
—¿No sabíamos que tenía esta enfermedad?
—Lo descubriste tarde. Me dijiste que estaba controlada.
—Mentí.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabías que yo habría dejado todo para cuidarte.
El joven frente a mí observó el suelo.
—Parece algo que haría.
—Prometiste que envejeceríamos juntos.
—También parece algo que diría.
—Y después moriste solo.
Mi voz se quebró por completo.
—Estaba en otra ciudad. Vi tus llamadas demasiado tarde. Cuando llegué al hospital, ya habían cubierto tu rostro.
Adrian levantó los ojos.
No había burla ni incredulidad.
Solo miedo.
—¿Tú también moriste?
—El día de tu funeral. No sé cómo.
—¿Y despertaste aquí?
—Sí.
—¿Por eso viniste a buscarme?
—Sí.
—¿Porque me amas?
—Sí.
La respuesta salió sin vacilación.
Adrian se pasó una mano por el cabello.
—Pero yo no soy ese hombre.
La frase cayó con una precisión cruel.
—Lo sé.
—No tengo sus recuerdos.
—Lo sé.
—No te amo.
Cerré los ojos.
—También lo sé.
—Entonces, ¿qué esperas de mí?
—Que vivas.
—¿Nada más?
Quise decir que sí.
No pude.
—Al principio pensé que podía recuperarte. Que solo necesitaba encontrarte antes y todo volvería a ser como antes.
—Pero no puede.
—No.
—¿Y ahora?
Lo miré.
—Ahora quiero conocerte otra vez.
Adrian soltó una exhalación temblorosa.
—Eso es bastante injusto.
—¿Qué cosa?
—Tú sabes cómo fui cuando aprendí a amarte. Yo solo sé que un desconocido muerto ocupó mi lugar antes de que pudiera conocerte.
—No tienes que competir con él.
—Era yo.
—No. Era la persona en la que te convertiste.
—¿Y si nunca me convierto en él?
La lluvia comenzó a caer.
Gotas pequeñas sobre el asfalto.
—Entonces amaré o dejaré de amar al hombre que elijas ser —respondí—. Pero no voy a obligarte a repetir una vida que ya terminó.
Adrian permaneció en silencio.
Después tomó las llaves de su automóvil y las lanzó hacia uno de sus amigos, que observaba desde lejos.
—Llévatelo.
Me miró.
—No volveré a competir.
—¿Por mí?
—No.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Por el hombre que murió creyendo que podía hacerlo todo solo.
Fue el comienzo.
No de nuestro romance.
De una tregua.
Adrian aceptó el tratamiento y abandonó las carreras. Redujo las fiestas, aunque continuó bebiendo de vez en cuando solo para demostrarme que yo no controlaba cada aspecto de su vida.
Yo dejé de perseguirlo por los pasillos.
Nos veíamos dos veces por semana.
A veces cenábamos.
Otras estudiábamos en la biblioteca, porque el joven que después dirigiría un imperio financiero llevaba tres asignaturas atrasadas.
—¿En el futuro era inteligente? —preguntó mientras miraba un ejercicio de economía.
—Mucho.
—Entonces esto debería resultarme fácil.
—El futuro tú también estudiaba.
—Qué decepción.
—Y cocinaba.
Adrian levantó la cabeza.
—Eso sí es imposible.
—Preparabas un risotto bastante bueno.
—Estás inventándolo para humillarme.
—También sabías coser botones.
—Detente.
Conocerlo de nuevo fue extraño.
Había gestos idénticos.
La forma en que ajustaba tres veces su reloj cuando estaba nervioso.
La costumbre de rozar mi mano con la punta de los dedos.
Su manera de dormir con una pierna fuera de la manta.
Pero también existían diferencias.
El Adrian de veintiún años era más impulsivo, celoso y vulnerable de lo que mi esposo había permitido que yo viera.
Una tarde me encontró mirando una cicatriz pequeña en su ceja.
—¿También la tenía en el futuro?
—Sí.
—¿Te gustaba?
—Me gustaba todo de ti.
Adrian apartó la vista.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sé si me lo dices a mí o a él.
La pregunta se convirtió en una frontera entre nosotros.
Podíamos reír.
Podíamos discutir.
Podíamos pasar horas juntos.
Pero cada vez que el ambiente se volvía íntimo, Adrian retrocedía.
No quería ser amado como reemplazo de sí mismo.
Y yo no podía culparlo.
Cinco meses después, Richard Vale sufrió el derrame cerebral que había provocado su muerte en mi primera vida.
Esta vez yo reconocí los síntomas durante una cena familiar.
Su vaso cayó al suelo.
La mitad de su rostro perdió movilidad.
Mientras todos creían que estaba borracho, yo llamé a emergencias.
Llegó al hospital dentro del periodo en que el tratamiento podía reducir el daño.
Sobrevivió.
Cuando recuperó el habla, Richard pidió verme.
—¿También sabía que esto ocurriría?
—Sí.
—¿En la otra vida morí?
—Tres días después.
El hombre cerró los ojos.
—Y Adrian asumió la compañía.
—Sí.
—¿Eso lo mató?
—Contribuyó.
Richard permaneció en silencio durante mucho tiempo.
—He pasado toda mi vida creyendo que presionarlo lo convertiría en un hombre responsable.
—Lo convirtió en alguien que pensaba que descansar era una forma de fracasar.
—¿Me está culpando?
—Le estoy diciendo que todavía puede cambiar.
Richard miró hacia la ventana.
—Él la escucha.
—A veces.
—Consiga que acepte prepararse para dirigir la compañía.
—No.
El hombre me miró con sorpresa.
—¿No quiere evitar que repita el futuro?
—Precisamente por eso no tomaré decisiones por él.
—Es demasiado joven.
—Entonces enséñele. No lo obligue.
Por primera vez, Richard Vale aceptó reducir su carga y delegar. Adrian comenzó a trabajar medio tiempo en la empresa mientras terminaba sus estudios.
No porque su padre lo amenazara.
Porque él lo eligió.
El futuro empezó a cambiar más rápido.
Algunas personas que yo recordaba nunca aparecieron.
Empresas que habían quebrado sobrevivieron.
Relaciones que existían en mi vida anterior no comenzaron.
Cada cambio me producía alivio y miedo.
Una noche busqué en internet el edificio donde, años después, Adrian y yo habíamos comprado nuestro primer apartamento.
Todavía era un terreno vacío.
Nuestra casa no existía.
Tampoco nuestras fotografías.
Ni el restaurante donde me pidió matrimonio.
Comencé a llorar frente a la pantalla.
Adrian apareció detrás de mí.
—¿Qué miras?
Cerré el portátil.
—Nada.
—Otra mentira.
—Un lugar que no existe.
Se sentó a mi lado.
—¿Vivíamos allí?
Asentí.
—¿Era bonito?
—Tenía demasiadas ventanas. Tú decías que parecía un acuario.
—Tenía razón.
—Y un balcón donde desayunábamos los domingos.
—¿Podemos comprar el terreno?
Lo miré.
—No se trata de reconstruirlo.
—Entonces, ¿por qué lloras?
—Porque cada cosa que cambiamos borra una parte de la vida que tuvimos.
Adrian guardó silencio.
—¿Te arrepientes de haber vuelto?
—No.
—¿Aunque me salves y nunca volvamos a estar juntos?
La pregunta dolía menos que antes.
Eso me asustó.
—Aunque nunca volvamos a estar juntos.
Adrian sonrió con tristeza.
—Ahora sí estás hablando conmigo.
—Siempre he hablado contigo.
—No. Al principio mirabas mi rostro y veías a tu esposo. Ahora empiezas a verme a mí.
Su mano quedó sobre el sofá, a pocos centímetros de la mía.
—¿Eso es bueno? —pregunté.
—Para mí, sí.
No tocó mi mano.
Yo fui quien acortó la distancia.
Entrelacé nuestros dedos.
Adrian dejó de respirar durante un segundo.
—Mara.
—No estoy confundida.
—No deberías prometerlo.
—No estoy prometiendo nada.
—Entonces, ¿qué haces?
—Conociéndote.
Nuestro primer beso ocurrió un año después de mi regreso.
No se pareció a ninguno de los besos que recordaba.
El Adrian de mi otra vida solía besarme con paciencia, como si siempre tuviera tiempo.
Este Adrian estaba nervioso.
Se acercó y retrocedió dos veces antes de preguntar:
—¿Puedo?
—Sí.
—¿Estás segura de que no estás pensando en él?
—Estoy pensando en el idiota de veintidós años que tardó un año entero en besarme después de presumir frente a sus amigos.
—Tenía razones.
—Eras virgen.
—Mara.
Me reí.
Él me besó para hacerme callar.
Fue torpe al principio.
Después dejó de serlo.
Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.
—¿Yo te besaba así?
—No.
Su expresión cayó.
—Tú lo haces mejor.
—Mentirosa.
—Necesitas confianza.
Comenzamos una relación real.
No una repetición.
Adrian no me pidió detalles sobre nuestro matrimonio anterior, salvo cuando eran necesarios para comprender su salud o cambiar un acontecimiento peligroso.
No quería utilizar la memoria de otro futuro como manual.
—Quiero descubrir qué comida te gusta ahora —decía—. No qué cocinaba él.
—Eras tú.
—No completamente.
Tenía razón.
Yo también era diferente.
En mi primera vida lo conocí cuando ya había aprendido a ocultar el miedo detrás de la competencia. Ahora él veía mis peores días, mi duelo y la culpa que todavía arrastraba.
Había noches en las que despertaba llorando porque soñaba con su funeral.
Adrian se sentaba junto a mí.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
—Tócame.
Ponía mi mano sobre su pecho.
El corazón latía debajo de mi palma.
Firme.
Vivo.
—No voy a prometer que nunca moriré —decía—. Pero prometo no ocultarte un síntoma.
—Y tomarás la medicación.
—Sí.
—Y dormirás.
—Intentaré.
—Adrian.
—Dormiré.
A los veintiséis años, la edad en que nos conocimos en la primera vida, Adrian me llevó a una recepción empresarial.
—Aquí fue —dije al entrar.
—¿Aquí derramé vino sobre ti?
—Sí.
Tomó una copa de una bandeja.
—Entonces debemos mantener la tradición.
—Ni se te ocurra.
—Quizá así te enamores oficialmente.
—Ya estoy enamorada.
La copa quedó inmóvil en su mano.
Nunca se lo había dicho.
Adrian me miró como si el salón entero hubiera desaparecido.
—Repítelo.
—No.
—Mara.
—Lo escuchaste.
—Quiero estar seguro de que no hablabas con un fantasma.
Tomé su rostro entre las manos.
—Te amo a ti.
—¿A cuál de los dos?
—Al hombre que tengo delante. Al que discute con los médicos, hace trampas en los juegos de mesa y todavía se pone rojo cuando menciono el lunar.
—No vuelvas a…
Lo besé.
Adrian dejó la copa sobre una mesa.
—Yo también te amo —dijo—. Y me molesta profundamente que hayas sabido el final antes de que yo pudiera empezar.
—Esta vez no conozco el final.
—Mejor.
Sonrió.
—Entonces podemos escribir uno decente.
Nos casamos dos años después.
No repetimos la ceremonia anterior.
En mi otra vida habíamos celebrado una boda enorme organizada por nuestras familias. Yo llevaba un vestido perfecto y Adrian pasó la mitad de la recepción respondiendo llamadas.
Esta vez nos casamos junto al mar.
Richard asistió caminando con un bastón.
Los antiguos amigos de Adrian contaron historias vergonzosas sobre la noche en que una desconocida apareció afirmando conocer sus secretos.
Durante los votos, Adrian dijo:
—Cuando Mara me encontró, creyó que venía a salvarme. No sabía que también me enseñaría que vivir no significa simplemente evitar la muerte.
Me miró.
—Significa elegir a quién contarle la verdad. Saber cuándo detenerse. Aceptar que amar a alguien no te da derecho a controlar su destino.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—No prometo una vida sin miedo —continuó—. Prometo que nunca volverás a enfrentarlo sola.
Cuando llegó mi turno, no hablé de la primera vida.
—Una vez amé a un hombre que pensaba que debía cargar con todo —dije—. Esta vez amo a alguien que ha aprendido a compartir el peso.
Apreté sus manos.
—No he venido a recuperar lo que perdí. He venido a construir algo que nunca tuvimos tiempo de vivir.
A los veintinueve años, los médicos detectaron que la enfermedad de Adrian había progresado.
No fue una sorpresa.
Nos habíamos preparado.
Recomendaron implantarle un desfibrilador para prevenir una arritmia fatal.
Adrian aceptó.
La noche anterior a la intervención estaba demasiado tranquilo.
—Tienes miedo —dije.
—No.
—Ajustaste el reloj cuatro veces.
Miró su muñeca.
—Tres.
—Cuatro.
Suspiró.
—Está bien. Tengo miedo.
—Yo también.
—¿Y si cambiar el futuro no es suficiente?
Era la primera vez que pronunciaba aquella posibilidad.
Me senté junto a él.
—Entonces habremos vivido estos años.
—No me basta.
—A mí tampoco.
—Quiero llegar a los treinta y uno.
—Llegarás.
—Quiero llegar a los cuarenta.
—También.
—Y quiero verte con el cabello blanco.
—Eso podría ocurrir antes de lo previsto si sigues asustándome.
Adrian sonrió.
—Prométeme algo.
—¿Qué?
—Si algo sale mal, no vuelvas a convertir toda tu vida en una tumba.
Sentí que el pecho se cerraba.
—No saldrá mal.
—Mara.
—No quiero hablar de eso.
—Yo tampoco quería hablar de mi enfermedad y mira cómo terminó la otra vez.
Tenía razón.
—Lo prometo —susurré—. Pero tú prométeme que lucharás.
—He pasado ocho años haciéndolo.
La intervención salió bien.
Cuando despertó, lo primero que hizo fue tocar el vendaje sobre su pecho.
—Ahora tengo una máquina vigilándome.
—Alguien tenía que hacerlo cuando yo no estoy.
—Eres más aterradora que la máquina.
—Y más cara.
—Definitivamente.
El día en que Adrian cumplió treinta y uno años, no organizamos una fiesta.
Era la edad que nunca había superado.
También faltaban pocas horas para la fecha exacta de su muerte.
Adrian quiso pasar el día conmigo.
Fuimos al cementerio donde, en otra vida, había estado su tumba.
Ahora aquel espacio estaba vacío.
Solo había césped húmedo.
Me quedé mirándolo demasiado tiempo.
—¿Era aquí? —preguntó.
Asentí.
Adrian se colocó en el lugar donde recordaba la lápida.
—Qué ubicación tan horrible.
—Llovía.
—Al menos eso ocultaría que nadie cuidó bien las flores.
—Yo las cuidaba.
—Entonces seguro eran perfectas.
Se acercó.
—¿Qué le dijiste a mi tumba?
—Que eras un mentiroso.
—Justo.
—Que habías prometido envejecer conmigo.
Adrian tomó mi mano y la llevó a su pecho. Debajo de la camisa podía sentirse la pequeña protuberancia del dispositivo.
Su corazón latía con fuerza.
—Todavía estoy trabajando en eso.
A las dos de la madrugada regresamos a casa.
No podía dormir.
Observaba el reloj avanzar hacia las dos y diecisiete.
Adrian fingía dormir, pero su respiración era demasiado consciente.
Cuando faltaba un minuto, se incorporó.
—Ven.
Me senté junto a él.
—No ocurrirá nada.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirar el reloj.
—No puedo.
Adrian tomó el aparato y lo colocó boca abajo.
—Mírame a mí.
Lo hice.
A las dos y diecisiete, su corazón siguió latiendo.
No hubo una llamada perdida.
No hubo ambulancia.
No hubo médicos cubriendo su rostro.
Solo Adrian frente a mí, vivo, con los ojos llenos de lágrimas.
—Ya pasó —dijo.
Me cubrí la boca.
—Ya pasó.
Reí y lloré al mismo tiempo.
Adrian me abrazó.
—Mara, estoy aquí.
Hundí el rostro en su cuello.
—Lo sé.
—Dilo.
—Estás aquí.
—Otra vez.
—Estás aquí.
Permanecimos abrazados hasta que amaneció.
Yo había creído que, al superar aquella hora, todo el miedo desaparecería.
No ocurrió.
La vida nunca ofrece garantías.
El dispositivo podía fallar.
La enfermedad podía avanzar.
Un accidente podía cambiarlo todo.
Pero comprendí algo que no había entendido en mi primera vida.
Mi terror no había nacido únicamente de perderlo.
Había nacido de no haber participado en la verdad.
Adrian había ocultado su enfermedad para protegerme.
Yo había amado una versión tranquila de nuestra vida mientras él luchaba a solas.
Esta vez no necesitábamos conocer el futuro.
Necesitábamos no mentirnos sobre el presente.
Los años continuaron.
Adrian llegó a los treinta y cinco.
Después a los cuarenta.
Richard se retiró y entregó la compañía gradualmente, sin obligarlo a trabajar hasta el agotamiento.
Nosotros tuvimos una hija.
Adrian quiso llamarla Hope.
—Eso es demasiado evidente —dije.
—Tú regresaste del futuro para salvarme. Nuestra vida dejó de ser sutil hace mucho tiempo.
Finalmente se llamó Elena.
Cuando cumplió cinco años, encontró una fotografía de Adrian a los veintiuno, con chaqueta de cuero y expresión arrogante.
—Papá, parecías malo.
—Era muy popular.
—Mamá dice que eras virgen.
Adrian dejó caer el periódico.
Yo intenté abandonar la habitación.
—Mara.
—No sé de qué habla.
—Nuestra hija no necesitaba esa información.
—Preguntó por qué te pusiste rojo en una fotografía.
—Podías haber inventado algo.
—Nos prometimos no mentir.
Elena nos observó.
—¿Qué significa virgen?
Adrian me señaló la puerta.
—Fuera.
Reí durante diez minutos.
A veces, en las noches tranquilas, Adrian apoyaba la cabeza sobre mis piernas.
Exactamente como lo recordaba.
Pero ahora había canas junto a sus sienes.
La primera vez que las vi, lloré.
—¿Tan mal me quedan? —preguntó.
—Son perfectas.
—Pareces demasiado emocionada por mi deterioro.
—Prometiste envejecer conmigo.
Adrian tomó mi mano y besó mis dedos.
—Estoy cumpliendo.
Había superado la edad de su muerte por casi veinte años cuando volvimos al cementerio.
No para visitar su tumba.
Para despedir a Richard, que murió anciano, acompañado por su hijo y su nieta.
Después del funeral, Adrian y yo caminamos hasta aquel espacio vacío.
—A veces pienso en él —dijo.
—¿En quién?
—En el hombre que murió en tu primera vida.
Lo miré.
—Eras tú.
—Sí. Pero también era alguien que nunca aprendió todo esto.
Señaló nuestras manos entrelazadas.
—Le debo mi vida.
—No.
—Si no te hubiera amado de aquella manera, quizá no habrías regresado.
—Y si no me hubiera ocultado la verdad, quizá no habría muerto.
Adrian sonrió con tristeza.
—Entonces le debemos algo mejor que culpa.
—¿Qué?
—Vivir.
Apoyé la cabeza en su hombro.
Durante mucho tiempo creí que había regresado para corregir una tragedia.
Para encontrar a mi esposo antes de que enfermara.
Para impedir una muerte que el destino ya había escrito.
Pero el joven de veintiún años que encontré en aquel club no era una página en blanco esperando convertirse en el hombre que yo recordaba.
Era una persona completa.
Arrogante.
Inmadura.
Asustada.
Capaz de elegir un camino distinto.
Yo no lo salvé obligándolo a repetir nuestro amor.
Lo salvé diciéndole la verdad y permitiendo que decidiera qué hacer con ella.
Y él también me salvó.
Me obligó a dejar de amar únicamente un recuerdo.
Me enseñó que una segunda oportunidad no consiste en reconstruir exactamente lo perdido.
Consiste en aceptar que todo será diferente y amarlo de todos modos.
Aquella noche, al regresar a casa, Adrian se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa.
—¿Qué haces?
—Estoy cansado.
—¿Quieres que llame al médico?
—No.
Lo miré con severidad.
—Estoy cansado porque nuestra hija me obligó a perseguirla durante dos horas —aclaró—. Mi corazón está bien. Revisé el dispositivo esta mañana y tomé la medicación.
—¿Seguro?
—Sí, señora Vale.
Se acercó y apoyó la frente contra la mía.
—Sigo aquí.
Sonreí.
—Lo sé.
—Y todavía tengo el lunar.
—También lo sé.
—Mara.
—¿Qué?
—Después de tantos años, ¿todavía tienes que usar eso para avergonzarme?
—Claro.
—¿Por qué?
Lo besé.
—Porque fue lo primero que consiguió que me escucharas.
El joven arrogante que había dicho que yo era demasiado buena para ser su tipo terminó construyendo conmigo una vida larga, ruidosa e imperfecta.
Y cada vez que veía sus canas, las líneas alrededor de sus ojos o las manos que ya no eran las de aquel muchacho de veintiún años, sentía que el destino me devolvía algo que una vez me había robado.
No regresé al pasado para impedir que mi esposo muriera.
Regresé para darle al joven que todavía no me conocía la oportunidad de elegir la vida.
Y, por suerte para mí, después también me eligió a mí.