— El chico perfecto que fingía ser débil solo conmigo

Todo el campus adoraba a Ethan Blake.

Yo era la única que no sabía que, por acercarse a mí, un chico había terminado con la cabeza contra una pared.

La tarde en que fui a visitarlo, Ethan estaba recostado en la cama de su apartamento, pálido y con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Parecía tan débil que hasta respirar le costaba.

—Mia… —murmuró al verme entrar—. Pensé que no vendrías.

Levanté la bolsa con medicamentos.

—Tu compañero de cuarto dijo que tenías fiebre. También traje sopa.

Ethan intentó incorporarse, pero sus brazos temblaron. Me apresuré a colocarle una almohada detrás de la espalda.

En la universidad lo llamaban “el príncipe de Westbridge”: capitán del equipo de debate, primero de su clase, rostro de campaña publicitaria y una sonrisa capaz de paralizar los pasillos.

En ese momento, sin embargo, parecía un cachorro abandonado.

Le entregué el vaso y las pastillas.

Él no los tomó.

—¿Podrías dármelas tú?

—Ethan, tienes fiebre, no perdiste las manos.

Sus pestañas descendieron con una expresión lastimera.

—Me tiemblan.

Como para demostrarlo, extendió una mano. Efectivamente, sus dedos se sacudían.

Suspiré, puse la pastilla sobre sus labios y acerqué el vaso. Ethan bebió sin apartar los ojos de mí. Cuando terminé, sus labios rozaron accidentalmente mis dedos.

O eso creí.

—Gracias, Mia.

Mi corazón dio un golpe absurdo.

Para disimularlo, recogí los platos y me dirigí a la cocina. Apenas abrí el grifo, escuché pasos inestables detrás de mí.

—¿Qué haces levantado?

No alcancé a girarme.

Dos brazos rodearon mi cintura y un cuerpo ardiente se pegó a mi espalda. Ethan apoyó la frente en mi hombro. Su respiración caliente me rozó la oreja.

—Mia, ¿adónde vas?

—A lavar un plato.

—Pensé que ibas a dejarme.

Su abrazo se cerró con más fuerza.

—No te vayas todavía.

Aquella voz frágil no se parecía en nada a la del hombre seguro que hablaba ante auditorios llenos. Me quedé inmóvil, sintiendo el calor de su pecho atravesar mi suéter.

—Solo vine a cuidarte hasta que te bajara la fiebre.

—Entonces quédate toda la noche.

—Ni en tus sueños.

Ethan soltó una risa débil, pero no me liberó hasta que prometí regresar a la habitación.

Lo ayudé a acostarse y lo cubrí cuidadosamente. Cinco segundos después, apartó la manta.

—Tengo calor.

—Eso pasa cuando tienes fiebre.

Desabrochó dos botones de su camisa.

Luego un tercero.

La tela se abrió sobre su pecho, revelando una piel enrojecida por la temperatura y músculos que definitivamente no combinaban con su actuación de paciente indefenso.

Aparté la mirada.

—No necesitas quitarte la ropa.

—Me siento muy mal, Mia.

Cuando volví a mirarlo, tenía los ojos húmedos y las mejillas encendidas. Parecía un perro enorme suplicando que no lo dejaran solo.

Me senté a su lado y puse la palma sobre su frente.

Ethan cerró los ojos, inclinándose hacia mi contacto.

—Tus manos están frías —susurró—. Me gustan.

Algo en su tono me inquietó. No era la frase, sino la satisfacción silenciosa con la que sonrió.

Entonces vibró mi teléfono.

Era un mensaje de mi amiga Sophia.

“¿Estás con Ethan?”

Respondí que sí.

Los tres puntos aparecieron de inmediato.

“Mia, sal de ahí.”

Fruncí el ceño.

“¿Por qué?”

Sophia me llamó.

Me levanté y salí al pasillo para contestar.

—¿Qué ocurre?

Su voz llegó agitada.

—Ayer vi a Ethan en el callejón detrás del gimnasio.

—¿Y?

—Estaba golpeando a Ryan Carter.

Conocía a Ryan. Jugaba en el equipo de baloncesto, medía casi dos metros y tenía fama de buscar problemas.

—Tal vez estaban peleando.

—No era una pelea, Mia. Ryan ni siquiera podía defenderse.

Sophia tragó saliva antes de continuar.

—Ethan lo pateó hasta hacerlo caer. Luego lo levantó del cuello y le estrelló la cabeza contra la pared. Había sangre por todas partes.

Sentí que el teléfono se volvía pesado en mi mano.

—Debiste confundirte.

—Lo escuché perfectamente. Ethan le dijo: “¿Quién demonios te crees para hablarle así a Mia?”

Recordé que dos días antes Ryan me había bloqueado el paso frente a la cafetería. Había hecho un comentario desagradable sobre mi falda y Ethan apareció poco después, preguntándome por qué estaba tan pálida.

Yo no le conté nada.

Solo dije que Ryan era un idiota.

—Sophia…

—No sabes quién es en realidad. Ese chico no está indefenso. No está enfermo. Y probablemente nunca lo estuvo.

La puerta de la habitación crujió detrás de mí.

Me giré lentamente.

Ethan estaba de pie al final del pasillo.

Ya no se tambaleaba.

Su espalda estaba recta. Sus manos habían dejado de temblar y, aunque seguía despeinado y con la camisa abierta, no quedaba rastro del joven vulnerable que me había pedido que le diera la medicina.

Sus ojos descendieron hasta mi teléfono.

Después, volvieron a mi rostro.

—¿Qué te contó Sophia?

No respondí.

Ethan avanzó un paso.

—Mia.

Su voz tampoco sonaba débil ahora.

Era baja, firme y peligrosamente tranquila.

Retrocedí hasta chocar contra la pared.

—¿Golpeaste a Ryan por mí?

Durante varios segundos, Ethan no negó nada.

Simplemente me observó.

Entonces inclinó la cabeza y sonrió con una dulzura que me heló la sangre.

—Eso depende —dijo—. ¿Vas a tenerme miedo si te digo la verdad?

Parte 2 — La verdad detrás de su sonrisa perfecta

El silencio se extendió por el pasillo.

Sophia seguía hablando al otro lado de la llamada.

—¿Mia? ¿Sigues ahí? ¡Mia!

No podía contestarle. Ethan estaba frente a mí, bloqueando el camino hacia la puerta principal.

Hasta hacía unos minutos, había fingido que apenas podía mantenerse en pie. Ahora no parecía enfermo, sino un depredador que había dejado de ocultar los dientes.

—Apártate —dije.

Su sonrisa desapareció.

—Primero dime qué escuchaste.

—Todo.

—Eso no es una respuesta.

—Me contó que atacaste a Ryan. Que le golpeaste la cabeza contra una pared hasta hacerlo sangrar.

La mirada de Ethan no vaciló.

—Ryan está vivo.

Sentí un escalofrío.

—¿Esa es tu defensa?

—No. Solo estoy corrigiendo la versión dramática de Sophia.

—¿Versión dramática? ¡Casi lo mandas al hospital!

—Sí fue al hospital.

Lo dijo con tanta naturalidad que durante un instante no supe cómo reaccionar.

Apreté el teléfono.

—Estás loco.

Vi el golpe de mis palabras en su rostro. Fue apenas un movimiento en la mandíbula, una sombra que cruzó sus ojos. Después, Ethan metió las manos en los bolsillos y retrocedió.

El camino quedó libre.

—Puedes irte.

La rapidez con la que cedió me desconcertó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas? ¿Que te encerrara?

No contesté.

Él soltó una risa sin humor.

—Entiendo. Sophia te dijo que soy un monstruo y ya decidiste creerle.

—No cambies las cosas. Tú mismo admitiste que lo hiciste.

—No he negado nada.

—¿Por qué?

Su expresión se endureció.

—Porque te tocó.

El recuerdo volvió de inmediato.

Ryan bloqueándome el paso junto a las máquinas expendedoras. Su mano agarrando mi muñeca cuando intenté apartarme. Su sonrisa repugnante mientras decía que una chica “tan callada” debía de ser más divertida fuera de clase.

Yo logré soltarme cuando dos estudiantes aparecieron al fondo del corredor.

Ethan me encontró diez minutos después.

Había notado la marca roja en mi piel.

“Me golpeé con una puerta”, mentí.

Ethan miró mi muñeca durante demasiado tiempo.

Luego me preguntó quién había sido.

No respondí, pero al ver a Ryan cruzando el patio murmuré:

“Ese imbécil no sabe aceptar un no”.

Creí que el asunto había terminado allí.

—No tenías derecho —dije.

—Él tampoco tenía derecho a sujetarte.

—Eso no te convierte en juez.

—No. Solo me convierte en alguien que hizo lo que tú no podías hacer en ese momento.

—Podría haberlo denunciado.

—Pero no lo hiciste.

—Porque no quería problemas.

—Y ahora Ryan no volverá a darte problemas.

La certeza con que lo dijo me dejó sin aire.

—¿Lo amenazaste?

—Le expliqué las consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

—Mia, vete.

Su voz se quebró apenas.

No de debilidad, sino de contención.

—Ethan…

—Vete antes de que digas algo que ninguno de los dos pueda olvidar.

Lo miré con atención. La fiebre podía ser falsa, los temblores también, pero el dolor de su rostro no parecía una actuación.

Aun así, no podía quedarme.

Atravesé el apartamento y abrí la puerta. Antes de salir, me giré.

Ethan seguía en el pasillo, inmóvil.

—¿Alguna vez estuviste enfermo?

Una sonrisa amarga curvó sus labios.

—Treinta y ocho grados esta mañana.

—¿Y ahora?

—Treinta y siete.

—Entonces exageraste.

—Quería que vinieras.

—Podías haberme invitado como una persona normal.

—Lo intenté cuatro veces.

Recordé sus invitaciones a estudiar, a tomar café, a asistir a un concierto universitario. Siempre había encontrado una excusa, convencida de que un hombre como él solo estaba siendo amable.

—No justifica que me engañaras.

—No —admitió—. Pero funcionó.

Cerré la puerta tras de mí.


Durante tres días evité a Ethan.

No fue difícil al principio. Faltó a dos clases, no apareció en la biblioteca y su asiento habitual en la cafetería permaneció vacío.

Lo difícil fue ignorar los rumores.

Ryan había abandonado temporalmente el equipo de baloncesto. Según algunos, se había lesionado en un entrenamiento. Según otros, se había metido en una pelea por deudas.

Nadie mencionaba a Ethan.

Sophia sí.

—Tienes que denunciarlo —insistió mientras caminábamos hacia el edificio de ciencias sociales.

—¿Denunciar qué? Yo no vi nada.

—Yo sí.

—Entonces hazlo tú.

Sophia bajó la voz.

—No entiendes. Su familia dona millones a la universidad. Su padre forma parte del consejo administrativo.

Aquello explicaba por qué no había investigación, cámaras de seguridad ni preguntas.

—Precisamente por eso necesitamos hablar.

—¿Y qué dirás? ¿Que lo viste defenderme?

—Diré que casi mata a un estudiante.

—Ryan no presentará cargos.

—¿Cómo lo sabes?

No lo sabía. Pero empezaba a sospecharlo.

Esa tarde fui al hospital universitario.

Ryan estaba sentado en una de las salas de rehabilitación, con una venda sobre la ceja y un hematoma extendiéndose por el lado izquierdo del rostro. Cuando me vio, intentó levantarse.

—No quiero hablar contigo.

—Solo necesito saber qué pasó.

—Me caí.

—Sophia te vio con Ethan.

El miedo que apareció en sus ojos confirmó todo.

Ryan miró hacia la puerta.

—Ella está equivocada.

—No lo está.

—Escúchame, Mia. Déjalo así.

—¿Te amenazó?

Se pasó una mano por la nuca.

—Tu novio está enfermo.

—No es mi novio.

Ryan soltó una carcajada y se arrepintió de inmediato al tocarse la costilla.

—Dile eso a él.

Me acerqué.

—¿Qué te dijo exactamente?

Ryan se quedó callado.

—Necesito saberlo.

—Dijo que yo había cometido un error al tocar algo que le pertenecía.

Sentí una punzada de rabia.

—Yo no le pertenezco a nadie.

—Eso se lo dices a Blake.

—¿Qué más?

Ryan evitó mi mirada.

—Nada.

—Estás mintiendo.

—Mia, no soy una buena persona. Lo que te hice estuvo mal. Estaba borracho y me creía intocable. Pero Blake… —tragó saliva—. Él no estaba enfadado como alguien normal. Estaba tranquilo. Me golpeaba y seguía hablando como si estuviera explicando un problema de matemáticas.

Me imaginé a Ethan en aquel callejón: camisa impecable, rostro sereno, puños manchados de sangre.

—¿Por qué no lo denuncias?

Ryan rio de nuevo, esta vez con amargura.

—Porque me enseñó un video.

—¿Qué video?

—La fiesta de la fraternidad del año pasado.

Recordaba aquella fiesta. Una estudiante de primer curso, Lily Warren, había acusado a varios atletas de drogarla. El caso se cerró por falta de pruebas y ella abandonó la universidad poco después.

Ryan palideció.

—Blake tiene grabaciones. De todos nosotros. De lo que pasó antes de que Lily lograra escapar de la habitación.

La repulsión me cerró la garganta.

—¿Tú estabas allí?

—Sí.

—¿Le hiciste daño?

—No la toqué, pero tampoco la ayudé. Me quedé mirando. Eso basta para convertirme en basura.

No pude contradecirlo.

—Ethan dijo que, si me acercaba a ti otra vez, enviaría el video a la policía, a mi entrenador y a mi madre.

—¿Por qué no lo envió de todos modos?

Ryan me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque no le importa Lily. Le importas tú.

Salí del hospital con más preguntas que antes.

Ethan había protegido a una víctima, pero solo como herramienta para castigar a alguien que me había lastimado. Había conservado pruebas de un delito durante meses y no las había entregado.

¿Eso lo convertía en un protector?

¿En un cómplice?

¿O en algo mucho más peligroso?


Encontré a Ethan esa noche en el auditorio vacío.

Estaba sentado en el borde del escenario, repasando unas tarjetas para el debate del viernes. Llevaba una camisa negra arremangada hasta los antebrazos. Sus nudillos mostraban pequeñas heridas, casi curadas.

Cuando me vio, no pareció sorprendido.

—Fuiste a visitar a Ryan.

—¿Me estás siguiendo?

—No.

—¿Entonces cómo lo sabes?

—Ryan me llamó.

—¿Por qué tiene tu número?

—Porque quería saber si había violado nuestro acuerdo.

Subí al escenario.

—¿Guardaste pruebas del caso de Lily?

Ethan dejó las tarjetas a un lado.

—Sí.

—¿Durante un año?

—Once meses.

—¿Por qué no las entregaste?

—Porque Lily me pidió que no lo hiciera.

Aquello no coincidía con lo que esperaba.

—¿Conoces a Lily?

—Es mi prima.

Me quedé inmóvil.

Ethan miró las filas vacías del auditorio.

—Su padre es hermano de mi madre. Cuando Lily denunció lo ocurrido, mi familia intentó silenciarla para evitar un escándalo. Los abogados dijeron que destruirían su reputación. Sacaron fotos, mensajes, todo lo que pudiera hacerla parecer poco confiable.

—¿Tu propia familia?

—Mi padre financia parte del programa deportivo. Había demasiado dinero en juego.

Su voz seguía tranquila, pero sus dedos se cerraron sobre el borde del escenario.

—Lily no quiso pasar por un juicio. Apenas podía salir de su habitación. Me pidió que guardara las pruebas hasta que estuviera preparada.

—¿Y está preparada ahora?

—No.

—Entonces usaste su trauma para amenazar a Ryan.

—Usé la culpa de Ryan.

—Sin permiso de ella.

—Sí.

—Eso está mal.

—Lo sé.

La respuesta inmediata desarmó parte de mi indignación.

—¿Te arrepientes?

Ethan tardó en contestar.

—Me arrepiento de haber convertido algo que le pertenece a Lily en un arma personal. No me arrepiento de detenerlo.

—Podías haber venido conmigo. Podías haberme convencido de denunciarlo.

—Tú habrías dicho que no era para tanto.

—No sabes lo que habría dicho.

—Sí lo sé.

Me crucé de brazos.

—No me conoces tanto como crees.

—Sé que te disculpas cuando alguien choca contigo. Sé que finges no estar herida para evitar incomodar a los demás. Sé que una vez caminaste cuarenta minutos bajo la lluvia porque no quisiste despertar a Sophia para pedirle que te recogiera. Sé que aceptas turnos extra en la cafetería para enviar dinero a tu madre y luego dices que estás cansada por estudiar.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Cómo sabes todo eso?

Ethan comprendió demasiado tarde que había hablado de más.

—Escucho.

—Eso no es escuchar. Eso es vigilar.

—Mia…

—¿Desde cuándo?

Se puso de pie.

—Desde el primer semestre.

Habíamos comenzado el tercer año.

—¿Dos años?

—No como estás pensando.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Estás pensando que soy un acosador.

—¿Lo eres?

Ethan bajó del escenario. Se detuvo a unos pasos de mí, manteniendo una distancia deliberada.

—La primera vez que te vi estabas discutiendo con un profesor porque había acusado a un estudiante extranjero de copiar. Nadie más intervino. Tú sí, aunque estabas temblando.

Yo recordaba aquel día. El estudiante era un chico coreano que apenas dominaba el inglés académico. El profesor había confundido una mala redacción con plagio.

—Eso no explica dos años de vigilancia.

—Después empecé a notarte en todas partes. Ayudabas a la gente y luego desaparecías antes de que pudieran agradecértelo. Sabías el nombre de los empleados de limpieza. Guardabas comida para los gatos detrás de la biblioteca.

—Ethan.

—Me gustabas. Me gustabas demasiado. Y cuanto más intentaba acercarme, más te alejabas.

—Porque creía que solo eras amable.

—Nunca soy amable sin una razón.

—Eso no te hace sonar mejor.

Una sonrisa cansada pasó por su rostro.

—No intento sonar mejor. Me pediste la verdad.

—¿También fingiste los temblores?

—Sí.

—¿Y que no podías caminar?

—En parte.

—¿Y pedirme que te diera la medicina?

—Completamente.

—Eres increíble.

—Eso suelen decir.

Lo fulminé con la mirada.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

A pesar de todo, casi sonreí. Me irritó aún más.

—No quiero que vuelvas a intervenir en mi vida sin preguntarme.

Ethan asintió.

—De acuerdo.

—No vuelvas a amenazar a nadie en mi nombre.

Su silencio duró un segundo de más.

—Ethan.

—De acuerdo.

—Y no me sigas, no investigues mis horarios ni aparezcas mágicamente cuando tengo problemas.

—Eso será más difícil.

—Entonces no hay nada que hablar.

Me giré para marcharme.

—Mia.

—¿Qué?

—Hay alguien siguiéndote.

Me volví lentamente.

—¿Qué acabas de decir?

—Desde hace dos semanas, un sedán gris sale del estacionamiento poco después que tú. Ayer te esperó frente a tu trabajo.

—Dijiste que no me seguías.

—No te sigo. Hice que otra persona revisara las cámaras.

—¡Eso es peor!

—Probablemente.

—¿Quién está en el automóvil?

La expresión de Ethan perdió todo rastro de ironía.

—Aún no lo sé.


Aquella noche no regresé sola a casa.

Sophia vino a buscarme y ambas pasamos veinte minutos dando vueltas antes de entrar en nuestro edificio. No vimos ningún sedán gris.

Empecé a creer que Ethan había inventado la historia para mantenerme cerca.

Hasta que encontramos la puerta de nuestro apartamento abierta.

No había signos de robo. Los televisores seguían allí, al igual que nuestras computadoras.

Solo habían registrado mi habitación.

Los cajones estaban vacíos sobre el suelo. La ropa, esparcida. Mi colchón había sido levantado y mis documentos universitarios se amontonaban sobre el escritorio.

Encima de ellos había una fotografía.

Era una imagen de mi madre saliendo de la panadería donde trabajaba en Ohio.

En el reverso, alguien había escrito:

“Dile a Blake que deje de jugar al héroe.”

Sophia llamó a la policía.

Yo llamé a Ethan.

Contestó antes del primer tono completo.

—¿Dónde estás?

—En mi apartamento.

—Sal de ahí.

—Alguien entró.

Escuché una puerta cerrarse de golpe al otro lado.

—¿Estás herida?

—No.

—¿Sophia está contigo?

—Sí.

—No toquen nada. La policía llegará en tres minutos.

—Ya llamamos.

—No me refería a la policía de la ciudad.

La llamada terminó.

Ethan llegó nueve minutos después acompañado por una mujer de traje oscuro. No intentó abrazarme ni tocarme. Se limitó a mirarme de pies a cabeza, comprobando por sí mismo que estaba ilesa.

La mujer se presentó como Nora Hayes, antigua agente federal y jefa de seguridad de la familia Blake.

Aquello comenzó a parecer una película que yo no quería protagonizar.

Nora examinó la fotografía.

—Esto no tiene relación con Ryan Carter —dijo.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Sophia.

—Porque Ryan está bajo vigilancia.

Sophia me lanzó una mirada horrorizada.

Ethan no pareció avergonzado.

—¿Quién amenaza a mi madre? —pregunté.

Nora miró a Ethan, pidiéndole permiso con los ojos.

Eso me enfureció.

—No le pregunte a él. La amenaza está en mi habitación.

—Hace seis meses —explicó Nora—, Ethan consiguió documentos que relacionaban a varios miembros del consejo universitario con pagos ilegales, manipulación de becas deportivas y encubrimiento de denuncias.

Pensé en Lily.

—¿Su padre está involucrado?

Ethan sostuvo mi mirada.

—Sí.

—¿Y creen que alguien me está usando para presionarte?

—No lo creen —dijo Nora—. Acaban de demostrarlo.

—¿Por qué yo?

Nadie respondió.

La respuesta resultaba demasiado obvia.

Porque todos sabían lo que yo significaba para Ethan.

Todos excepto yo.

—Voy a llevar a Mia y Sophia a un lugar seguro —dijo Nora.

—No —respondí.

Ethan dio un paso hacia mí.

—No es negociable.

—No vuelvas a hablarme así.

—Entraron en tu casa. Fotografían a tu madre. En este momento no me importa que estés enfadada.

—Pues debería importarte, porque no voy a permitir que decidas por mí.

—Mia…

—Primero me ocultas que atacaste a Ryan. Después descubro que llevas años observándome. Ahora resulta que estás librando una guerra contra tu propia familia y alguien cree que yo soy tu punto débil. ¿Qué más no me has contado?

Ethan cerró los ojos.

Nora apartó la vista.

—Hay algo más —dije—. Claro que lo hay.

Él respiró hondo.

—Mi padre sabe quién eres desde antes de que entraras en Westbridge.

—Eso es imposible.

—Tu padre trabajó para su empresa.

El nombre de mi padre siempre producía un vacío extraño. Había muerto cuando yo tenía nueve años en un accidente de automóvil. Mi madre apenas hablaba de él.

—Era contador —continuó Ethan—. Descubrió transferencias vinculadas a fondos universitarios. Quiso denunciarlas.

—¿Estás diciendo que su muerte no fue un accidente?

—No tengo pruebas suficientes.

Las piernas dejaron de sostenerme. Sophia me sujetó antes de que cayera.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Ethan palideció.

—Desde el año pasado.

La bofetada sonó en toda la habitación.

Mi palma ardió. Una marca roja apareció en su mejilla.

Ethan no se movió.

—Me observaste durante dos años —susurré—. Sabías que mi padre podía haber sido asesinado y no me dijiste nada.

—Quería estar seguro.

—No. Querías controlarlo todo.

—Quería mantenerte viva.

—No confundas protegerme con quitarme el derecho a decidir.

Las palabras lo atravesaron.

Por primera vez desde que lo conocía, Ethan no tuvo respuesta.

Tomé la mano de Sophia.

—Nos iremos con Nora. Pero tú no vienes.

—Mia…

—No vengas.

Él asintió lentamente.

—Como quieras.

Pasé junto a él sin mirar atrás.


Nora nos llevó a una casa discreta en las afueras de la ciudad. Dos guardias vigilaban el exterior y todas las ventanas tenían sensores.

No dormí.

A las cuatro de la mañana llamé a mi madre.

Al principio negó conocer cualquier irregularidad en la muerte de mi padre. Cuando mencioné el nombre de Richard Blake, el silencio al otro lado confirmó que Ethan había dicho la verdad.

—Tu padre encontró algo —admitió finalmente—. Documentos, cuentas, nombres. Me dijo que, si le ocurría algo, debía irme contigo.

—¿Por qué nunca acudiste a la policía?

—Lo hice. El detective que recibió las pruebas desapareció dos semanas después.

La voz de mi madre se quebró.

—Tu padre murió. Yo tenía una hija de nueve años y un hombre poderoso enviándome fotografías de ti saliendo de la escuela. Elegí mantenerte viva.

Me cubrí la boca para contener un sollozo.

Toda mi vida había juzgado a mi madre por negarse a hablar de papá. Pensaba que quería olvidarlo.

En realidad, había vivido aterrorizada.

—¿Conservaste algo?

—Una llave.

—¿De qué?

—No lo sé. Tu padre la escondió dentro de un viejo reloj. Nunca encontré la cerradura.

Recordé el reloj de bolsillo guardado en una caja de madera en nuestro armario familiar.

A las seis de la mañana, Nora confirmó que un equipo podía recogerlo.

A las siete, Ethan desapareció.

Su teléfono estaba apagado. Su automóvil fue encontrado cerca del edificio administrativo. En el asiento había sangre.

Nora recibió un mensaje desde un número desconocido.

“Traigan la llave al antiguo centro deportivo. Solo Mia. O el heredero muere con los secretos de su padre.”

Sophia me suplicó que no fuera.

Nora propuso enviar un equipo táctico.

Yo sabía que cualquier movimiento visible pondría a Ethan en peligro. También sabía que él había ido solo para evitar que me encontraran.

Era exactamente el tipo de decisión que yo le había prohibido tomar por mí.

Y lo odié por eso.

Pero fui.

No sola. Nora colocó un transmisor diminuto en mi chaqueta y desplegó agentes alrededor del edificio sin acercarse demasiado.

El antiguo centro deportivo llevaba cinco años cerrado. La humedad cubría las paredes y las gradas se hundían bajo capas de polvo.

Encontré a Ethan atado a una silla en medio de la cancha.

Tenía sangre en la sien y un ojo inflamado, pero estaba consciente.

Al verme, su expresión cambió de furia a miedo.

—Te dijeron que vinieras sola —dijo Richard Blake desde las sombras—. Pero mi hijo jamás se enamoraría de una mujer incapaz de desobedecer.

El padre de Ethan se parecía a él, aunque en su rostro no quedaba calidez. Vestía un abrigo gris y sostenía un arma con absoluta comodidad.

Había dos hombres más junto a las salidas.

—Muéstrame la llave —ordenó.

La levanté.

—Primero suéltalo.

Richard sonrió.

—Ethan heredó de su madre esa debilidad por las causas perdidas. Lily. Tú. Siempre intentando rescatar mujeres para sentirse distinto de mí.

—Ella no tiene nada que ver con esto —dijo Ethan.

Richard le golpeó la herida de la sien con la culata del arma.

—Cállate.

Avancé involuntariamente.

El arma apuntó hacia mí.

Ethan dejó de respirar.

Fue entonces cuando comprendí la magnitud de su miedo. No le aterraba morir. Le aterraba verme herida.

Richard también lo vio.

—Extraordinario —murmuró—. He pasado años intentando encontrar una manera de controlarte. Resulta que solo necesitaba a la chica correcta.

—La llave —dije—. ¿Qué abre?

—Una caja de seguridad que tu padre robó antes de morir.

—No robó nada. Guardó pruebas.

—Las palabras cambian según quién cuenta la historia.

—¿Ordenó matarlo?

Richard sonrió, pero no respondió.

Necesitaba que lo dijera. El transmisor estaba grabándolo todo.

—Mi madre dijo que usted envió amenazas.

—Tu madre era más inteligente que tu padre. Comprendió cuándo debía guardar silencio.

—¿Y el detective?

—Menos inteligente.

Ethan tensó las cuerdas.

—Mia, no le des nada.

—Mírate —se burló Richard—. Golpeado, atado y aun así intentando decirle qué debe hacer. Eres igual que yo.

Ethan se quedó inmóvil.

La frase encontró la herida exacta.

—No —dije.

Ambos me miraron.

—Ethan ha hecho cosas imperdonables creyendo que me protegía. Ha mentido, manipulado y decidido por mí. Pero hay una diferencia entre ustedes.

Richard arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—Él puede reconocer que está equivocado.

Metí la llave en el bolsillo.

—Y usted no saldrá de aquí con ella.

Richard levantó el arma.

Todo ocurrió a la vez.

Ethan volcó la silla y golpeó con las patas al hombre que tenía detrás. Yo me lancé al suelo. Un disparo estalló en el gimnasio.

Las puertas laterales se abrieron.

Nora y su equipo entraron armados.

Richard me agarró del cabello antes de que pudiera alejarme. Sentí el cañón contra mi cuello.

—¡Atrás! —gritó.

Todos se detuvieron.

Ethan estaba en el suelo, aún atado, con sangre corriendo por su brazo. La bala lo había rozado.

Sus ojos encontraron los míos.

No vi al estudiante perfecto.

No vi al hombre violento del callejón.

Vi a alguien aterrorizado, intentando desesperadamente no perder a la única persona que no podía controlar.

Moví la mano hacia mi bolsillo.

Richard creyó que iba a entregarle la llave.

En cambio, activé la alarma sonora que Nora me había dado.

El ruido ensordecedor lo sorprendió. Incliné la cabeza, mordí su muñeca y pisé con fuerza su pie. El arma cayó.

Nora llegó antes de que pudiera recuperarla.

Richard Blake terminó boca abajo sobre el suelo, esposado por los mismos agentes a los que había comprado y amenazado durante años.

Dentro de la caja de seguridad encontraron libros contables, grabaciones, copias de transferencias y una declaración firmada por mi padre. También había pruebas suficientes para reabrir el caso de Lily y las denuncias de otras siete estudiantes.

El imperio Blake no cayó en un día.

Pero comenzó a derrumbarse aquella mañana.


Ethan pasó una semana en el hospital.

Fui a verlo el último día.

Esta vez estaba enfermo de verdad.

Tenía el brazo vendado, puntos en la sien y un médico que había dejado instrucciones estrictas de reposo. Cuando entré, intentó incorporarse por sí mismo.

—No necesito ayuda —dijo.

—Qué milagro.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

Dejé un vaso de agua sobre la mesa.

—¿No vas a dármelo tú?

—Puedo volver a irme.

—Era una broma.

Se produjo un silencio incómodo.

—Declaré contra mi padre —dijo—. También entregué todas las copias de los videos de Lily a su abogada. Ella decidirá cómo proceder.

—Eso es lo correcto.

—Debí hacerlo antes.

—Sí.

Ethan aceptó el golpe sin defenderse.

—También cancelé el contrato con la persona que revisaba tus horarios.

—¿Contrataste a alguien específicamente para eso?

—No debería haber mencionado esa parte.

—Definitivamente no.

Por primera vez, se rio con sinceridad. Después su expresión se volvió seria.

—No espero que me perdones.

—Bien.

—Ni que confíes en mí.

—Mejor.

—Pero necesito decirte algo sin fingir fiebre, sin manipularte y sin utilizar ninguna excusa.

Esperé.

—Te quiero, Mia.

No “me gustas”.

No “estoy interesado”.

Te quiero.

—Sé que mi manera de quererte se volvió posesiva —continuó—. Confundí conocer tus hábitos con conocerte. Confundí eliminar tus problemas con cuidarte. Y confundí tu seguridad con el derecho a tomar decisiones en tu lugar.

Sus manos permanecían quietas sobre la sábana.

—No quiero volver a ser ese hombre. Pero no puedo prometerte que cambiaré de un día para otro.

—Entonces, ¿qué puedes prometer?

—Que buscaré ayuda. Que no volveré a vigilarte. Que no tocaré a nadie en tu nombre. Y que, cuando tenga miedo de perderte, te lo diré en lugar de construir una jaula alrededor de ti.

Lo observé durante un largo momento.

—No voy a ser tu recompensa por hacer lo correcto.

—Lo sé.

—Y no somos novios.

—También lo sé.

—Tendrás que ganarte de nuevo mi confianza.

—Aunque tarde años.

—Podría tardar años.

—Tengo paciencia.

Entrecerré los ojos.

—Eso suena ligeramente amenazante.

—Lo siento. Necesitaré practicar.

Tomé el vaso y se lo entregué.

Ethan lo recibió con su propia mano.

No temblaba.


Seis meses después, Richard Blake fue acusado de fraude, obstrucción de la justicia, extorsión y conspiración. La investigación sobre la muerte de mi padre seguía abierta, pero por primera vez teníamos una posibilidad real de conocer toda la verdad.

Lily regresó a Westbridge para declarar.

Ryan también.

No lo perdoné por haber guardado silencio aquella noche, pero reconocí el valor que necesitó para admitirlo públicamente. El equipo de baloncesto fue suspendido y la universidad creó un programa independiente para atender denuncias, fuera del control de los donantes.

Ethan renunció al equipo de debate y comenzó terapia.

No desapareció de mi vida, aunque aprendió a tocar la puerta antes de entrar en ella.

Empezamos con café en lugares públicos.

Luego estudiamos juntos.

Después acepté cenar con él, con reglas claras: nada de investigaciones secretas, nada de amenazas y absolutamente ninguna enfermedad fingida.

Cumplió durante ciento ochenta y tres días.

En el día ciento ochenta y cuatro, recibí un mensaje.

“Mia, estoy muriendo.”

Lo llamé de inmediato.

—¿Qué sucede?

—Tengo treinta y siete grados y medio.

—Eso no es fiebre.

—Para mí es grave.

—Ethan.

—También me duele la garganta.

—Bebe agua.

—¿Podrías venir a dármela?

Colgué.

Diez segundos después llegó otro mensaje.

“Era una broma. Estoy sano. Pero hice sopa y me gustaría verte.”

Miré la pantalla, intentando no sonreír.

Respondí:

“Así se invita a una persona normal.”

Cuando llegué a su apartamento, Ethan abrió la puerta con el cabello húmedo y una expresión cautelosa.

—No estoy enfermo —declaró.

—Ya lo veo.

—No he golpeado a nadie.

—Excelente comienzo.

—Y no revisé las cámaras para saber por qué tardaste doce minutos más de lo habitual.

Me detuve.

Él levantó las manos.

—Otra broma. No funcionó. Lo siento.

Pasé junto a él.

—Definitivamente necesitas más práctica.

Cenamos en la cocina. Hablamos de mi madre, de la próxima audiencia y de la posibilidad de que yo hiciera una pasantía en otra ciudad durante el verano.

El antiguo Ethan habría buscado la manera de impedirlo.

Este solo preguntó:

—¿Es lo que quieres?

—Sí.

Su mandíbula se tensó, pero asintió.

—Entonces deberías hacerlo.

Fue en ese momento, no cuando se enfrentó a su padre ni cuando declaró ante la fiscalía, cuando comprendí que realmente estaba cambiando.

Porque amar a alguien no siempre significa retenerlo.

A veces significa abrir la mano.

Me levanté, rodeé la mesa y me incliné para besarlo.

Ethan quedó completamente inmóvil.

Cuando me aparté, sus ojos estaban más vulnerables que el día en que fingió tener fiebre.

—¿Qué fue eso? —preguntó.

—Un beso.

—Necesito confirmación. Podría ser un efecto secundario del medicamento.

—No estás tomando medicamentos.

—Entonces quizá deberías hacerlo otra vez para establecer un patrón.

Me reí.

Él no me tocó hasta que fui yo quien entrelazó los dedos con los suyos.

Solo entonces me acercó lentamente, dándome tiempo para retirarme.

No lo hice.

Ethan había pasado años creyendo que la fuerza consistía en controlar cada amenaza, anticipar cada peligro y destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Tuvo que perder su apellido, su reputación y la certeza de que yo permanecería a su lado para comprender algo mucho más difícil:

Protegerme no significaba decidir por mí.

Quererme no significaba poseerme.

Y ser fuerte no significaba no temblar.

Porque aquella noche, cuando apoyé la cabeza sobre su pecho, sentí que sus manos temblaban de verdad.

Pero esta vez no estaba actuando.

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