Mi compañero de videojuegos se enamoró de una “novia” a primera vista… sin saber que era yo

Para que la sesión de fotos por el cumpleaños número treinta de mi mejor amiga quedara perfecta, terminé cruzando la avenida con un vestido de novia puesto.

Sí, yo.

No la novia.

Yo solo estaba ayudando.

Camila había decidido celebrar sus treinta años con una sesión fotográfica temática. Alquiló un estudio, contrató a un maquillador y consiguió dos vestidos de novia espectaculares.

Uno era para ella.

El otro, según sus propias palabras, era “para que no pareciera una mujer abandonada posando sola frente al altar”.

Así terminé convertida en su dama de honor, novia falsa, asistente personal y recadera.

A mitad de la sesión, el estilista descubrió que faltaban unas horquillas.

—Al otro lado de la calle hay una tienda de lujo —dijo Camila—. ¿Puedes comprarlas?

La miré.

Después miré el enorme vestido blanco que llevaba puesto.

—¿Así?

—No tenemos tiempo para cambiarte.

—Parecerá que escapé de mi boda.

—Entonces camina rápido.

Crucé la avenida sujetándome la falda con ambas manos.

La gente se volvió a mirarme.

Un taxista tocó el claxon.

Una señora me felicitó.

Yo sonreí por pura vergüenza y entré en la tienda intentando no derribar ningún expositor con la cola del vestido.

Compré las horquillas, regresé al estudio y olvidé el asunto.

Esa misma noche, mientras me quitaba el maquillaje, mi teléfono comenzó a vibrar sin descanso.

Noventa y nueve mensajes.

Todos de Leo.

Leo era mi compañero de videojuegos desde hacía casi dos años.

Nunca nos habíamos visto en persona.

No conocía su rostro.

Él tampoco el mío.

Solo sabíamos nuestros nombres de usuario, nuestras voces y una cantidad peligrosa de detalles inútiles sobre la vida del otro.

Sabía que odiaba las pasas.

Que dormía con tres almohadas.

Que tenía una hermana menor demasiado entrometida.

Él sabía que yo lloraba con películas de animales, que siempre olvidaba cargar el teléfono y que insultaba al monitor cuando perdíamos.

Abrí el chat.

“¡Hoy me enamoré de una mujer a primera vista!”

“Pero llevaba vestido de novia. Ya no tengo ninguna oportunidad”.

“¿Estás ahí?”

“¿Estás ahí?”

“¿Estás ahí?”

“Quiero jugar contigo”.

“Hasta tú me ignoras”.

“Estoy destruido”.

Sonreí.

Leo dramatizaba hasta cuando se quedaba sin salsa para la pizza.

Le respondí:

“Que llevara un vestido de novia no significa necesariamente que estuviera casándose”.

Su respuesta llegó de inmediato.

“Pero sonreía muchísimo”.

“Se veía feliz”.

“Demasiado feliz”.

Pensé en Camila posando dentro del estudio, lanzando pétalos al aire mientras gritaba que por fin cumplía treinta sin haber cometido el error de casarse.

Escribí:

“Eso tampoco demuestra nada”.

Leo envió varios emojis llorando.

“¿Crees que todavía tengo oportunidad?”

“No sé. Ni siquiera hablaste con ella”.

“Me miró”.

“Eso no es hablar”.

“Sonrió”.

“Probablemente por educación”.

“Fue una sonrisa especial”.

Rodé los ojos.

“Todos los hombres dicen eso cuando una mujer atractiva les sonríe”.

Leo tardó unos segundos.

Después escribió:

“Una pregunta seria”.

“¿Qué?”

“Si termino convirtiéndome en el amante de una mujer casada, ¿seguirás jugando conmigo?”

Me quedé mirando la pantalla.

“¿Planeas destruir un matrimonio por una mujer que viste durante diez segundos?”

“Quince”.

“Eso cambia todo”.

“Entonces, ¿seguirías siendo mi amiga?”

“Solo para insultarte mientras pierdes”.

Leo envió un corazón.

Después otro mensaje:

“Sabía que nunca me abandonarías”.

No respondí.

Porque había algo extraño en aquella historia.

La tienda de lujo.

La avenida.

Una mujer con vestido de novia sujetándose la falda.

Una sonrisa.

Demasiadas coincidencias.

Abrí la galería del teléfono.

Camila había publicado una fotografía mía cruzando la calle.

En la imagen aparecía riendo, con las horquillas en una mano y el vestido levantado hasta los tobillos.

El texto decía:

“Mi dama de honor huyendo de una boda que ni siquiera existe”.

Miré otra vez los mensajes de Leo.

“¿Cómo era la mujer?”, pregunté.

Él respondió casi de inmediato:

“Cabello oscuro”.

“Vestido sencillo, sin velo”.

“Llevaba una pequeña bolsa dorada”.

“Y tenía una mancha de tinta azul en la mano izquierda”.

Bajé la mirada.

Todavía tenía la mancha.

Se me había derramado un bolígrafo aquella mañana.

Mi corazón dio un salto ridículo.

“¿Dónde la viste?”

Leo envió la ubicación.

La tienda de lujo frente al estudio.

Me quedé inmóvil.

Mi compañero de videojuegos se había enamorado de mí.

Sin saber que era yo.

Antes de que pudiera decidir qué responder, llegó otro mensaje:

“Por cierto, mañana estaré por esa zona”.

“Voy a intentar encontrarla”.

“Y si la veo otra vez, le pediré su número”.

Miré la pantalla durante varios segundos.

Después escribí:

“Tal vez no deberías”.

“¿Por qué?”

“Porque puede que ya te conozca”.

Leo envió un signo de interrogación.

Luego otro.

Y otro.

Su siguiente mensaje llegó acompañado de una fotografía.

Era una captura de la historia de Camila.

Mi rostro aparecía claramente.

“Es ella”.

“¿La conoces?”

Respiré hondo.

“Sí”.

“¿Quién es?”

Miré mi vestido colgado junto a la puerta.

Entonces respondí:

“Yo”.

Durante un minuto completo no llegó ningún mensaje.

Después, el teléfono comenzó a vibrar sin parar.

Pero esta vez Leo no estaba llorando por haber perdido a una novia desconocida.

Estaba entrando en pánico porque acababa de descubrir que la mujer de la que se había enamorado… era la amiga con la que llevaba dos años hablando cada noche.

El teléfono vibró tantas veces que casi se cayó de la cama.

“¿Tú?”

“¿TÚ?”

“¿La del vestido?”

“¿Tú eres la mujer de la tienda?”

“Eso no es posible”.

“Tu voz no parece de novia”.

Fruncí el ceño.

“¿Cómo suena la voz de una novia?”

Leo tardó unos segundos.

“No lo sé”.

“Más casada”.

Solté una carcajada.

“Era una sesión de fotos”.

“¿No te casaste?”

“No”.

“¿No tienes prometido?”

“No”.

“¿No estabas huyendo de una ceremonia?”

“Solo iba a comprar horquillas”.

Aparecieron los tres puntos de escritura.

Desaparecieron.

Volvieron.

“Necesito sentarme”.

“Ya estabas sentado”.

“Ahora necesito acostarme”.

“Eres dramático”.

“Me enamoré de mi mejor amiga digital sin saber que era ella”.

Mi sonrisa se borró lentamente.

Mejor amiga.

Eso era lo que Leo siempre decía.

Amiga.

Compañera.

Socio oficial de derrotas humillantes.

Nunca habíamos hablado seriamente de conocernos.

Al principio, porque ambos disfrutábamos del anonimato.

Después, porque la costumbre se volvió cómoda.

Yo sabía cómo respiraba cuando estaba nervioso.

Sabía cuándo fingía estar bien.

Podía reconocer su risa entre veinte voces.

Y, aun así, no sabía cómo era su rostro.

“¿Estás seguro de que era amor a primera vista?”, pregunté.

“Completamente”.

“Me viste quince segundos”.

“Fueron intensos”.

“Ni siquiera sabías quién era”.

“Ahora sí”.

“Eso debería empeorarlo”.

“Lo mejora”.

Me quedé mirando la respuesta.

“¿Por qué?”

Leo no escribió durante casi un minuto.

“Porque pensé que me había enamorado de una desconocida”.

“Y resulta que es la persona con la que más quiero hablar todos los días”.

Mi corazón comenzó a latir demasiado rápido.

Decidí bromear.

Era lo que hacíamos siempre que algo se volvía incómodo.

“Qué conveniente”.

“Lo sé”.

“Primero querías convertirte en amante de una mujer casada”.

“Eso fue antes de saber que eras tú”.

“¿Y si yo estuviera casada?”

“Me retiraría con dignidad”.

“Mentira”.

“Lloraría frente a tu edificio”.

“Eso es más creíble”.

Leo envió un emoji triste.

Después escribió:

“Quiero verte mañana”.

La frase me puso nerviosa.

“Ya me viste hoy”.

“No cuenta”.

“¿Por qué?”

“Porque tú no sabías que era yo”.

Eso era cierto.

—¿Quién te escribe tanto? —preguntó Camila desde el baño.

Todavía estaba en mi apartamento, quitándose las extensiones del cabello.

—Leo.

—¿El del videojuego?

—Sí.

—¿El que no para de enviarte comida cuando estás triste?

—Me envió pizza dos veces.

—¿El que te llama cada noche?

—No todas.

Camila asomó la cabeza.

—Ayer estuvieron hablando cuatro horas.

—Estábamos jugando.

—Perdieron en la primera hora.

La ignoré.

Ella salió del baño con media melena natural y media cubierta de horquillas.

—¿Qué pasó?

—Me vio hoy.

—¿Dónde?

—Cuando fui a comprar tus accesorios.

—¿Y?

—Se enamoró de mí.

Camila dejó caer una horquilla.

—¿Sabiendo que eras tú?

—No.

—Eso es mejor.

—¿Por qué?

—Porque significa que le gustaste dos veces.

—Solo una.

—Primero le gustó tu personalidad durante dos años. Después tu cara durante quince segundos.

—Eso no es científico.

—Es suficientemente romántico.

Le mostré los mensajes.

Camila los leyó.

Su expresión pasó de diversión a entusiasmo absoluto.

—Tienes que verlo mañana.

—No sé cómo es.

—Perfecto. Una cita a ciegas con alguien que ya conoce todos tus traumas.

—Eso suena horrible.

—Sabe que roncas.

—No ronco.

—También sabe que mientes.

Le quité el teléfono.

—No es una cita.

Camila comenzó a quitarse las horquillas.

—Entonces, ¿qué es?

No tenía respuesta.

Leo y yo nunca habíamos definido lo que éramos.

Nos conocimos durante una partida en línea.

Él jugaba tan mal que pensé que era un niño.

Yo lo insulté.

Él se rio.

Después me envió una solicitud de amistad.

Desde entonces hablamos casi todos los días.

Cuando murió mi gato, permaneció conectado conmigo hasta el amanecer.

Cuando él perdió su empleo, fingimos que solo jugábamos, pero ambos sabíamos que necesitaba no quedarse solo.

Me había visto en mis peores momentos sin haber visto nunca mi rostro.

Quizá por eso me asustaba conocerlo.

En internet no tenía que preocuparme por si mi ropa le parecía elegante, si mi sonrisa era bonita o si mi silencio resultaba incómodo.

Solo era yo.

Ahora él había visto mi rostro.

Y decía haberse enamorado.

“¿Dónde quieres vernos?”, pregunté finalmente.

Leo respondió tan rápido que parecía llevar el mensaje preparado.

“En la cafetería frente a la tienda”.

“¿A qué hora?”

“Diez”.

“Eso es temprano”.

“Llevo dos años esperando”.

“Hasta hoy no sabías que querías verme”.

“Mi corazón sabía”.

“Voy a cancelar”.

“Once”.

“Diez y media”.

“Trato”.

No dormí bien.

Cada vez que cerraba los ojos imaginaba posibilidades.

Tal vez Leo era completamente distinto a lo que esperaba.

Podía ser mucho mayor.

Mucho menor.

Podía haber mentido sobre su vida.

Podía no sentir ninguna atracción cuando me viera de cerca.

A las tres de la mañana recibí un mensaje.

“¿Estás despierta?”

“Sí”.

“Yo también estoy nervioso”.

“¿Cómo lo sabes?”

“Porque llevas veinte minutos conectándote y desconectándote”.

Miré el indicador verde del chat.

“Eso no demuestra nada”.

“También escribiste y borraste cuatro veces”.

“Eres inquietante”.

“Solo observador”.

“¿Y si mañana no te gusto?”

“Ya me gustas”.

“Sabes a qué me refiero”.

“Si mañana no siento lo mismo, te lo diré”.

La honestidad dolió un poco.

Pero también me tranquilizó.

“¿Y si tú no me gustas?”

“Me cambiaré el rostro”.

“No seas idiota”.

“Podrás decirlo”.

“¿Seguiremos jugando?”

“Eso dependerá de ti”.

“Te pregunté yo primero”.

“Sí”.

“Seguiré jugando contigo aunque me rechaces”.

“Solo lloraré durante las partidas”.

Sonreí.

“Buenas noches, Leo”.

“Buenas noches, novia falsa”.

A la mañana siguiente llegué quince minutos tarde.

No porque quisiera hacerlo esperar.

Cambié de ropa seis veces.

Al final elegí unos jeans, una blusa blanca y el mismo pasador dorado que había comprado para Camila.

La cafetería estaba llena.

Me detuve en la entrada.

No sabía a quién buscar.

Leo tampoco me había enviado una fotografía.

Solo un mensaje:

“Estoy junto a la ventana”.

Había cuatro hombres junto a ventanas.

Uno era demasiado mayor.

Otro llevaba auriculares.

El tercero hablaba por teléfono.

El cuarto estaba sentado solo con dos cafés delante.

Cabello oscuro.

Camisa azul.

Miraba la puerta cada tres segundos.

Mi teléfono vibró.

“¿Ya llegaste?”

“Sí”.

El hombre de la camisa azul bajó la vista hacia su teléfono.

Sonrió.

Era él.

No porque lo supiera con certeza.

Porque reconocí su sonrisa.

La había escuchado cientos de veces.

Me acerqué.

—Leo.

Levantó la cabeza.

Durante varios segundos no habló.

Yo me sentí ridículamente consciente de cada detalle de mi cuerpo.

Las manos.

El cabello.

La forma en que estaba parada.

Leo se levantó tan rápido que golpeó la mesa.

Uno de los cafés se derramó.

—Perfecto —murmuró—. Excelente primera impresión.

Me reí.

La tensión desapareció.

—Juegas igual que caminas.

—Eso fue cruel.

—Era necesario.

Nos quedamos frente a frente.

Él era más alto de lo que había imaginado.

No espectacularmente guapo.

Pero tenía una expresión abierta y unos ojos que parecían sonreír incluso cuando estaba nervioso.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Así que eras tú.

—Parece que sí.

—No te imaginaba así.

Mi estómago se tensó.

—¿Cómo me imaginabas?

Leo abrió la boca.

Después la cerró.

—Necesito responder correctamente.

—Demasiado tarde.

—Te imaginaba más baja.

—Eso es todo.

—Y con el cabello corto.

—¿Por qué?

—Porque tu personaje lo lleva corto.

—¿Creías que era una representación exacta?

—También pensé que eras capaz de usar magia.

Me senté.

—Voy a ignorarlo.

Leo ocupó la silla opuesta.

Empujó uno de los cafés hacia mí.

—Sin azúcar.

Lo miré.

—Lo recordaste.

—Recuerdo todo lo que dices.

La frase salió con tanta naturalidad que él pareció avergonzarse después.

Tomé el café.

—¿Y ahora?

—¿Ahora qué?

—Ya me viste.

Leo me observó durante varios segundos.

—Ahora estoy más preocupado.

—¿Por qué?

—Porque ayer pensé que eras bonita.

Mi corazón dio un salto.

—¿Y hoy?

—Hoy sé que eres tú.

Bajé la mirada hacia el café.

—Eso no responde.

—Lo empeora.

—Otra vez esa palabra.

—Porque ahora cada cosa que ya me gustaba tiene una cara.

Su sinceridad era peligrosa.

—Leo.

—No tienes que decir nada.

—Eso hace que quiera decir algo.

—Entonces dilo.

Respiré hondo.

—Yo también te imaginaba distinto.

—¿Más guapo?

—Más delgado.

Leo se llevó una mano al pecho.

—Cruel.

—No he dicho que eso sea malo.

—Reparación aceptada.

Hablamos durante horas.

Al principio, la conversación fue extraña.

Nos conocíamos demasiado y nada al mismo tiempo.

Yo sabía el nombre de su primer perro, pero no cómo movía las manos cuando explicaba algo.

Él sabía que odiaba las películas de terror, pero no que mordía la pajita al beber.

Cada detalle nuevo se añadía a una persona que ya existía.

No era una cita con un desconocido.

Era como encontrar el cuerpo de una voz que llevaba años acompañándome.

—¿Por qué nunca quisiste hacer una videollamada? —preguntó.

—No me gustan.

—Eso no es verdad. Las haces con Camila.

—Con ella no tengo que gustarle.

Leo dejó la taza.

—¿Tenías miedo de no gustarme?

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque eras importante.

Su expresión cambió.

—Tú también eras importante para mí.

—Pero nunca hablaste de conocernos.

—Pensé que tú no querías.

—Yo pensé lo mismo.

Nos miramos.

Era ridículo.

Dos años esperando a que el otro diera un paso.

—¿Y qué habría pasado si ayer no te veía? —pregunté.

—Probablemente seguiríamos jugando hasta los ochenta.

—Eso no suena terrible.

—No.

Leo sonrió.

—Pero esto es mejor.

Después de desayunar, caminamos por la avenida.

Al llegar frente a la tienda, Leo se detuvo.

—Fue aquí.

—¿Dónde me viste?

Señaló la esquina.

—Yo salía del edificio de enfrente.

—¿Qué hacías allí?

—Visitaba a mi hermana.

—¿Trabaja allí?

Leo tardó un segundo.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Vive arriba.

Miré el edificio.

Era uno de los complejos residenciales más caros de la ciudad.

—¿Tu hermana vive ahí?

—Sí.

—Pensé que tu familia vivía en las afueras.

—Mis padres.

—¿Y tú?

Leo metió las manos en los bolsillos.

—También tengo un apartamento allí.

Lo miré.

—¿Arriba de la tienda?

—Sí.

—Me dijiste que compartías piso con dos amigos.

—Lo compartía cuando nos conocimos.

—¿Y después?

—Me mudé.

—Nunca lo mencionaste.

—No parecía importante.

—Un apartamento en este edificio parece bastante importante.

Leo frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque cuesta más que todo lo que ganaré en diez años.

—Eso es exagerado.

—No mucho.

—No quería que pensaras distinto de mí.

—¿Por tener dinero?

—Por mi familia.

Aquello sonaba demasiado familiar.

—¿Quién es tu familia?

Leo soltó el aire.

—Mi apellido completo es Beaumont.

Me detuve.

Beaumont.

El apellido aparecía en la fachada de varios hoteles, centros comerciales y clínicas privadas.

—¿Eres uno de esos Beaumont?

—Depende de cuáles.

—Los millonarios.

—Entonces sí.

Lo miré durante varios segundos.

—¿Y trabajabas en una empresa de tecnología?

—La empresa es mía.

—Dijiste que tu jefe era un incompetente.

—Mi socio.

—Eso es engañoso.

—Técnicamente no mentí.

—Eso es exactamente lo que dicen las personas que mienten.

Leo se pasó una mano por el cabello.

—No quería que lo supieras antes de conocerme.

—Pero ni siquiera planeabas conocerme.

—Esperaba que algún día ocurriera.

—¿Y pensabas contármelo cuándo?

—Cuando fuera necesario.

—Ahora es necesario.

—Sí.

Su ligereza había desaparecido.

—Lo siento.

—No sé si estoy enfadada.

—Eso es mejor que estarlo.

—Estoy intentando decidir.

Seguimos caminando.

—¿Por qué te escondiste detrás de un nombre de usuario durante dos años? —pregunté.

—Porque cuando la gente sabe mi apellido, las conversaciones cambian.

—¿Y conmigo no?

—Tú me insultaste antes de saberlo.

—Seguiré haciéndolo después.

Leo sonrió.

—Eso espero.

Me detuve frente al edificio.

—¿Ayer estabas entrando aquí cuando me viste?

—Sí.

—¿Y pensaste que yo me casaba?

—Llevabas vestido.

—Sin ramo.

—No estaba analizando evidencias.

—Claramente.

—Solo pensé que nunca volvería a verte.

—Entonces me escribiste noventa y nueve mensajes.

—Fueron ciento tres.

—Eso es peor.

—Estaba vulnerable.

—Preguntaste si seguiría jugando contigo si te convertías en amante.

—No fue mi mejor momento.

—¿Y si realmente hubiera estado casada?

Leo se puso serio.

—No habría hecho nada.

—Ayer dijiste otra cosa.

—Ayer estaba dramatizando.

—Eso haces mucho.

—Porque así te hago reír.

No pude negarlo.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Leo miró el pasador en mi cabello.

—Ahora me gustaría invitarte a una cita real.

—Esto parecía una cita.

—Fue una investigación.

—¿Sobre qué?

—Sobre si todavía me gustabas después de descubrir que masticas las pajitas.

—¿Y el resultado?

—Alarmantemente positivo.

Sonreí.

—¿Qué incluiría una cita real?

—Cena.

—Muy convencional.

—Podemos jugar videojuegos en lugares separados y fingir que no nos conocimos.

—Eso suena más cómodo.

—Pero no mejor.

No respondí de inmediato.

Leo levantó una mano.

—No tienes que decidir ahora.

—Deja de decir eso.

—¿Por qué?

—Porque después espero que insistas.

Su expresión se iluminó.

—Entonces insistiré.

—Solo un poco.

—Cena esta noche.

—Es demasiado pronto.

—Mañana.

—Tengo trabajo.

—Pasado mañana.

—Tal vez.

—Eso significa sí.

—Significa tal vez.

—En mi familia, significa sí pendiente de negociación.

—Eso explica muchas cosas.

Leo me acompañó a casa.

No intentó besarme.

No tomó mi mano.

Al despedirnos, solo preguntó:

—¿Jugamos esta noche?

—¿Después de vernos en persona quieres volver a hablar por auriculares?

—Es nuestra tradición.

—De acuerdo.

—¿A las nueve?

—A las nueve.

A las nueve y dos, Leo ya estaba conectado.

—Llegas tarde —dijo.

—Dos minutos.

—Estuve preocupado.

—Me viste hace cuatro horas.

—Pueden ocurrir muchas cosas.

—¿Como casarme?

—No bromees con eso.

Jugamos.

Nada cambió.

Y, al mismo tiempo, todo era diferente.

Ahora podía imaginar su rostro cuando se reía.

Sabía cómo fruncía el ceño cuando se concentraba.

Él podía verme cruzando aquella avenida cada vez que hablaba de la mujer del vestido.

Después de perder tres partidas, Leo dijo:

—Tengo una confesión.

—¿Otra?

—Ayer no fue exactamente la primera vez que me enamoré de ti.

Me quedé quieta.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé.

—Parece bastante claro.

—Creo que llevaba tiempo sintiendo algo.

—¿Desde cuándo?

—Desde la noche en que te quedaste conmigo cuando murió mi perro.

—Eso fue hace un año.

—Sí.

—¿Y nunca dijiste nada?

—Pensé que sería ridículo enamorarme de alguien a quien nunca había visto.

—Pero hoy ya no te parece ridículo.

—Hoy me parece inevitable.

Mi personaje murió porque dejé de prestar atención.

—Leo.

—¿Sí?

—No sé qué siento.

—Está bien.

—Pero no quiero perder esto.

—No lo perderás.

—No puedes prometerlo.

—Puedo prometer que no convertiré una confesión en una presión.

La frase me tranquilizó.

—Gracias.

—Aunque seguiré coqueteando.

—Eso contradice lo anterior.

—Solo si funciona.

Durante las semanas siguientes salimos varias veces.

La primera cita oficial fue a un restaurante pequeño, no a uno de su familia.

La segunda fue a una sala de videojuegos.

Yo gané.

Leo afirmó que me había dejado.

La tercera fue al estudio de Camila.

Ella insistió en conocer al “viudo imaginario”.

—Así que tú eres el hombre dispuesto a destruir un matrimonio —dijo.

Leo se puso rojo.

—Fue una broma.

—Lo dijiste cuatro veces.

—Estaba alterado.

Camila me miró.

—Es más guapo de lo que suena.

—Eso es ofensivo —dijo Leo.

—Su voz es bonita —aclaró ella—. Solo parece más tonto.

Leo se volvió hacia mí.

—¿Por qué es tu amiga?

—Porque nadie más me soporta.

Con el tiempo, conocí a su hermana.

Fue ella quien había tomado la fotografía.

—Lo vi quedarse paralizado en la ventana —me contó—. Después comenzó a preguntar si alguien conocía a la novia.

—No era novia.

—Ahora lo sabemos.

—¿Por qué tomó una foto?

—Porque Leo parecía a punto de saltar a la calle.

—Eso es exagerado.

Leo intervino:

—Estaba buscando el ascensor.

—Estábamos en la planta baja —dijo su hermana.

La relación con su familia no fue fácil.

Su madre fue amable, pero demasiado observadora.

Su padre preguntó por mi trabajo, mis estudios y mis planes como si estuviera evaluando una inversión.

Al salir de la cena, le dije a Leo:

—Tu padre no me soporta.

—No soporta a nadie.

—Preguntó cuánto gano.

—Eso fue grosero.

—¿No vas a defenderlo?

—No.

—Bien.

—Puedo hablar con él.

—No quiero una guerra familiar.

—No será una guerra.

—¿Qué será?

—Una negociación hostil.

Lo detuve.

—No hagas nada.

—Entonces, ¿qué necesitas?

—Que reconozcas que fue incómodo.

—Lo fue.

—Y que no minimices lo que sentí.

—No lo haré.

No estaba acostumbrada a que alguien respondiera así.

Mis relaciones anteriores habían convertido cada queja en una discusión sobre si yo exageraba.

Leo podía ser dramático, desordenado y absurdamente insistente.

Pero escuchaba.

Tres meses después, su padre me llamó personalmente para disculparse.

—Mi hijo dijo que no volvería a cenar con nosotros hasta que lo hiciera.

Miré a Leo.

Estaba sentado frente a mí fingiendo revisar el teléfono.

—No quería una guerra —dije.

—No fue una guerra —respondió él—. Solo establecí condiciones.

—Eso es una guerra con mejores modales.

La primera vez que discutimos seriamente fue por una fotografía.

Una revista publicó imágenes nuestras saliendo de un restaurante.

El titular decía que Leo Beaumont había encontrado una nueva novia.

Yo me enteré al llegar al trabajo.

Mis compañeros rodearon mi escritorio.

Algunos preguntaban si iba a renunciar.

Otros querían saber si Leo me había regalado un apartamento.

Llamé furiosa.

—¿Por qué no me advertiste que nos habían fotografiado?

—No lo sabía.

—Tu equipo de prensa sí.

—Me lo dijeron esta mañana.

—Y no pensaste en llamarme.

—Estaba en una reunión.

—Podías enviar un mensaje.

Leo guardó silencio.

—Tienes razón.

—No quiero convertirme en “la novia de”.

—No lo eres.

—Eso dice el titular.

—Hablaré con ellos.

—Ese no es el único problema.

Respiré hondo.

—Para ti esto es normal. Para mí no. Todo lo que hago ahora se interpreta a través de ti.

—¿Quieres que terminemos?

La pregunta me dolió.

—¿Eso es lo primero que piensas?

—No sé qué quieres.

—Quiero que entiendas el problema sin convertirlo en una amenaza de ruptura.

Leo soltó el aire.

—Lo siento.

—Necesito tiempo para adaptarme.

—Lo tendrás.

—Y límites con la prensa.

—De acuerdo.

—No publiques nada sobre mí sin preguntar.

—De acuerdo.

—Y no compres la revista.

—Ya compré la empresa.

Me quedé en silencio.

—¿Qué?

Leo también se quedó callado.

—Era una broma.

—No sonó como una broma.

—Porque todavía estoy aprendiendo a bromear con cantidades razonables de dinero.

—Leo.

—No compré la empresa.

—¿Seguro?

—Solo hablé con el editor.

—Eso sigue siendo demasiado.

—Entendido.

A la noche apareció en mi puerta con comida.

No flores.

No joyas.

Comida de nuestro restaurante barato favorito.

—No vine a resolverlo con regalos —dijo—. Vine a escucharte.

Lo dejé entrar.

Hablamos durante dos horas.

No solucionamos todo.

Pero por primera vez entendí que amar a alguien con una vida pública implicaba negociar cosas que nunca había imaginado.

Y Leo entendió que protegerme no significaba actuar antes de preguntarme.

Seis meses después, Camila quiso repetir la sesión de fotos.

—¿Otra vez de novia? —pregunté.

—Esta vez temática de divorcio.

—No te has casado.

—Precisamente.

Leo escuchó la conversación.

—¿Habrá vestidos?

—Sí.

—No irás sola a comprar horquillas.

—¿Por qué?

—Ya sufrí suficiente.

El día de la sesión, Camila insistió en que Leo participara.

Le puso un traje negro y lo hizo posar como novio abandonado.

Yo llevaba otro vestido blanco.

—Esto es absurdo —dijo él.

—Mira hacia ella como si acabara de romperte el corazón —ordenó Camila.

Leo me miró.

Su expresión cambió.

Desapareció la broma.

Durante un segundo, sentí el mismo impacto que él había descrito.

La certeza extraña de ver a alguien conocido como si fuera la primera vez.

Camila bajó la cámara.

—Perfecto.

—¿Qué? —pregunté.

—Esa cara.

—¿Cuál?

—La de dos idiotas enamorados fingiendo que no saben qué hacer.

Leo se acercó.

—Yo sé qué hacer.

—¿Qué?

Sacó algo del bolsillo.

Una pequeña caja.

Camila gritó antes de que pudiera abrirla.

—¡Lo sabía!

—Cállate —dijimos ambos.

Leo se arrodilló.

Yo miré el vestido.

Después la cámara.

Después a él.

—Esto parece preparado.

—No sabía que llevarías vestido de novia.

—Camila sí.

Mi mejor amiga silbó mientras miraba hacia otro lado.

—Traición —murmuré.

Leo abrió la caja.

Dentro había un anillo.

—La primera vez que te vi llevabas un vestido como este —dijo—. Pensé que había llegado demasiado tarde.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Después descubrí que llevaba dos años llegando antes que nadie. Estaba contigo en las noches malas, en las partidas absurdas y en todos los momentos en que ninguno sabía cómo llamar a lo que sentíamos.

Tomó mi mano.

—No me enamoré de una novia desconocida.

Sonrió.

—Me enamoré de mi mejor amiga dos veces.

Camila comenzó a llorar detrás de la cámara.

Leo continuó:

—Una por su voz.

—Eso suena raro.

—No interrumpas.

—Perdón.

—Y otra cuando la vi cruzar una calle vestida de novia, sonriendo como si fuera feliz.

Apreté sus dedos.

—No estaba feliz. Estaba evitando que me atropellaran.

—Arruinaste la frase.

—Continúa.

Leo respiró hondo.

—¿Quieres casarte conmigo?

Lo miré.

Al hombre que durante dos años había sido solo una voz.

Al desconocido que quiso perseguir a una mujer vestida de novia.

Al amigo que preguntó si seguiría jugando con él aunque se convirtiera en una pésima persona.

—Tengo una condición —dije.

Su expresión se tensó.

—La que quieras.

—Nada de terceros.

Leo palideció.

—Aquello fue una broma.

—Quiero escucharlo.

—Nunca seré el amante de una mujer casada.

—Bien.

—Especialmente si la mujer casada eres tú.

Camila soltó una carcajada.

Yo también.

—Sí —respondí.

Leo se quedó inmóvil.

—¿Sí?

—Sí.

—¿De verdad?

—No me obligues a repetirlo.

Se levantó y me abrazó.

Camila tomó tantas fotografías que el flash parecía una tormenta.

Un año después, el día de nuestra boda real, Leo me envió un mensaje desde la habitación contigua.

“¿Estás ahí?”

“¿Estás ahí?”

“¿Estás ahí?”

“Estoy nervioso”.

Respondí:

“Yo también”.

“¿Sigues queriendo casarte?”

“Sí”.

“Necesitaba confirmarlo”.

“¿Por qué?”

“Porque la primera vez que te vi con vestido de novia pensé que pertenecías a otro hombre”.

Miré mi reflejo.

Esta vez llevaba velo.

Ramo.

Anillo.

Y una sonrisa que sí era de felicidad.

“Ahora sí voy a casarme”, escribí.

Leo respondió:

“Menos mal”.

Después añadió:

“¿Jugamos una partida antes de la ceremonia?”

Sonreí.

“Solo una”.

Perdimos.

Llegamos tarde al altar.

Camila casi nos mató.

Pero cuando caminé hacia Leo y vi cómo me miraba, recordé aquellos noventa y nueve mensajes desesperados.

Él había pensado que no tenía ninguna oportunidad porque yo llevaba vestido de novia.

La verdad era que ya tenía una ventaja que ningún desconocido podía superar.

Conocía mi peor carácter.

Mis silencios.

Mis miedos.

Mi risa cuando perdíamos.

Me había querido antes de saber cómo era mi rostro.

Y yo había confiado en él antes de conocer su verdadero nombre.

A veces el amor a primera vista no sucede realmente en la primera mirada.

A veces comienza mucho antes.

En una voz detrás de unos auriculares.

En una partida perdida.

En un mensaje enviado de madrugada.

Y solo necesita que dos personas finalmente se vean para comprender que llevaban años encontrándose.

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