Aquella noche estaba haciendo una videollamada con mi hermano Ethan cuando, de repente, dijo que debía recoger la cena y dejó el teléfono sobre la mesa.
La cámara quedó apuntando al techo.
Yo fui por un vaso de agua. Al regresar, la llamada seguía abierta.
Estaba a punto de colgar cuando escuché una voz masculina, profunda y ligeramente perezosa.
—Ya basta. Deja de besarme.
Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.
Reconocería esa voz en cualquier lugar.
Era Adrian Wolfe.
El presidente del consejo estudiantil, capitán del equipo de baloncesto y el hombre del que llevaba tres meses enamorada en secreto.
Entonces escuché la risa de Ethan.
—No puedo evitarlo. Hace demasiado tiempo que no nos vemos.
¿Mi hermano y Adrian?
Antes de que pudiera procesarlo, Adrian apareció frente a la cámara.
No llevaba camisa. Su cabello estaba mojado y varias gotas de agua descendían por su cuello.
Levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron a través de la pantalla.
—Ethan —dijo—. La cámara sigue encendida.
Hubo tres segundos de silencio.
Después el rostro aterrorizado de mi hermano ocupó toda la imagen.
—¡Maldición! ¡Amy! ¿Sigues ahí?
La pantalla se agitó.
La llamada terminó.
Yo permanecí sentada sobre la cama, con el teléfono entre las manos y una única conclusión en la cabeza:
El chico que me gustaba era novio de mi hermano.
Minutos después, Ethan escribió:
“La conexión falló. Hablamos otro día.”
Contesté con un simple:
“Está bien.”
Después abrí el contacto de Adrian y cambié su nombre.
De “Adrian ❤️” pasó a llamarse:
“Cuñado.”
No podía destruir el amor de mi propio hermano.
Aunque aquel amor acabara de destruir el mío.
Durante los tres días siguientes apenas salí de la cama.
Borré las fotografías de Adrian.
Después las recuperé de la nube.
Volví a borrarlas.
Finalmente decidí actuar como una hermana madura.
El fin de semana llevé a casa de Ethan un frasco de encurtidos preparados por nuestra madre.
Adrian abrió la puerta.
Vestía una camiseta gris y todavía tenía el cabello húmedo.
Era incluso más atractivo que en la videollamada.
—¿Está Ethan?
—Se está duchando. Pasa.
Entré intentando no mirar demasiado.
—Esto es para ustedes dos.
—Gracias.
Adrian sonrió.
Yo sentí que se me rompía nuevamente el corazón.
Mi hermano tenía demasiada suerte.
—¿Se llevan bien viviendo juntos? —pregunté.
Adrian parpadeó.
—Sí.
—Ethan puede ser descuidado. No permitas que se aproveche de ti.
—¿Aprovecharse?
—Si te trata mal, puedes decírmelo.
Adrian me observó con una expresión extraña.
En ese momento, Ethan salió del baño.
—¿Por qué viniste sin avisar?
—Traje comida.
Después miré alternativamente a los dos.
Uno alegre y descuidado.
El otro serio y reservado.
Debía admitirlo: hacían una pareja bastante bonita.
—No quiero interrumpirlos —dije—. Me marcho.
Antes de cerrar la puerta, le lancé a Ethan una mirada que significaba:
“Sé vuestro secreto y lo protegeré.”
Él solo parecía confundido.
A partir de aquel día abandoné el enamoramiento secreto y adopté una nueva misión:
Proteger a mi cuñado.
Durante el aniversario de la universidad, una joven muy hermosa se acercó a Adrian con el código QR de su perfil.
Antes de que pudiera entregárselo, me interpuse.
—Perdona. Adrian tiene un asunto urgente. Para preguntas académicas puedes escribir al correo público del departamento.
La muchacha me miró, después miró a Adrian y se marchó avergonzada.
Suspiré aliviada.
Una tentación menos alrededor del novio de mi hermano.
Adrian bajó la mirada hacia mí.
—¿Qué estás haciendo?
—Ayudándote.
—¿De qué?
—No es apropiado aceptar contactos de desconocidas.
—¿Por qué no?
Lo observé significativamente.
—Tú sabes por qué.
Él frunció el ceño, pero no insistió.
Horas después llegó Ethan y rodeó sus hombros con un brazo.
—Perdón por tardar, Wolfe. ¿Mi hermana te causó problemas?
—No —respondió Adrian sin apartar los ojos de mí—. Pero está comportándose de manera extraña.
Fuimos a cenar los tres.
Ethan prefería la comida picante. Adrian tenía gustos más suaves.
Pedí una olla con dos caldos y giré la parte menos picante hacia él.
—Adrian, prueba los camarones de este lado.
Ethan intentó servirse carne.
Le di una patada debajo de la mesa y señalé disimuladamente a Adrian.
“Sírvele.”
Mi hermano me miró como si hubiera perdido la razón.
Aun así, colocó un trozo de carne en el plato de Adrian.
—Come.
Adrian observó primero la carne.
Después a Ethan.
Finalmente me miró a mí.
—Amy, ¿estás intentando emparejarme con tu hermano?
Casi me atraganté.
—¡Claro que no!
—Entonces ¿por qué llevas semanas alejando mujeres, obligándolo a cuidarme y mirándonos como si conocieras un secreto?
Ethan dejó los palillos.
—¿Qué secreto?
Sentí que mi rostro ardía.
—Yo… los escuché aquella noche.
Ambos guardaron silencio.
—¿Qué escuchaste? —preguntó Ethan.
Bajé la voz.
—A Adrian diciéndote que dejaras de besarlo.
Mi hermano abrió mucho los ojos.
Después soltó una carcajada tan fuerte que varias mesas se volvieron hacia nosotros.
—¡No puede ser! ¿Pensaste que Adrian y yo…?
Le lancé una mirada desesperada.
—¡No te rías! No hay nada malo.
Adrian no se reía.
Me observaba fijamente.
—Así que por eso cambiaste conmigo.
—Solo quería respetar su relación.
—Amy —dijo con una calma peligrosa—, tu hermano no me estaba besando.
Mi corazón se detuvo.
—¿Entonces a quién?
Adrian se inclinó hacia mí.
—A mi perro.
Ethan continuó riéndose.
—Hacía meses que no veía a Bruno. El animal me saltó encima y empecé a llenarlo de besos. Adrian acababa de salir de ducharse y te vio en la pantalla.
Miré a uno.
Después al otro.
Mi supuesto cuñado nunca había sido mi cuñado.
Recordé las mujeres que había ahuyentado.
Las miradas significativas.
Las comidas románticas que intenté organizarles.
Quise desaparecer debajo de la mesa.
—Entonces… ¿no están juntos?
—No —respondió Ethan—. Me gustan las mujeres.
Adrian seguía mirándome.
—Y a mí también.
Por alguna razón, lo dijo sin apartar los ojos de mi rostro.
Ethan dejó de reír.
—Espera.
Adrian se inclinó todavía más.
—Ahora que hemos aclarado el malentendido, falta explicar otra cosa.
—¿Cuál?
—Por qué llevas tres meses inventando excusas académicas para escribirme todas las noches.
Sentí que el vapor de la olla acababa de subir directamente hasta mi cara.
—No inventaba excusas.
Adrian levantó una ceja.
—La semana pasada me preguntaste cómo instalar una aplicación que ya aparecía instalada en la captura de pantalla.
Ethan volvió la cabeza hacia mí.
—¿Le escribías todas las noches?
—No todas.
—Veintisiete de los últimos treinta días —precisó Adrian.
—¿Los contaste?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Sí.
Ethan nos observó alternativamente.
La comprensión llegó despacio.
—Un momento. Amy, ¿te gusta Adrian?
Tomé el vaso de agua.
—No.
—Bebes cuando mientes —dijo mi hermano.
Dejé el vaso inmediatamente.
—No me gusta.
—Ahora también estás mirando hacia la izquierda.
—¡Deja de analizarme!
Ethan se volvió hacia Adrian.
—¿Y tú por qué sabes cuántos días te escribió?
El rostro de Adrian recuperó su calma habitual.
—Porque tengo memoria.
—Tienes memoria para los mensajes de mi hermana, pero la semana pasada olvidaste entregar mi tarjeta de acceso.
—No era importante.
Ethan entrecerró los ojos.
—Esto se está volviendo interesante.
Le di otra patada debajo de la mesa.
—Come.
—Ya no tengo hambre.
—Entonces vete.
—Es mi cena.
Adrian tomó tranquilamente un camarón.
—No necesitamos echarlo. Amy todavía no ha respondido.
—¿Responder qué?
—Por qué me escribía tanto.
—Eras paciente explicando las cosas.
—Podías buscar las respuestas en internet.
—Prefiero aprender de personas reales.
—También podías preguntarle a Ethan.
Miré a mi hermano.
Estaba intentando pescar una albóndiga, pero la dejó caer dos veces dentro del caldo.
—No es bueno explicando.
—Eso es cierto —admitió Adrian.
Ethan golpeó la mesa.
—Sigo aquí.
Yo solo quería que la tierra se abriera.
Durante tres meses había planificado cuidadosamente cada mensaje.
Buscaba problemas difíciles pero no imposibles. Esperaba un horario razonable para no parecer desesperada. Incluso calculaba cuánto tardar en responder.
Ahora Adrian estaba revelando delante de mi hermano que había notado absolutamente todo.
—Me parecías una persona interesante —admití finalmente—. Quería conocerte.
Adrian dejó los palillos.
—¿En pasado?
La pregunta era sencilla.
Su tono no.
—Después pensé que estabas con Ethan.
—Y me convertiste en tu cuñado.
Mi cabeza se levantó.
—¿Cómo sabes eso?
Sacó su teléfono.
La pantalla mostró una captura de nuestra conversación.
En la parte superior aparecía el nombre con el que yo lo había guardado.
“Cuñado.”
—¡Eso es privado!
Intenté arrebatarle el teléfono.
Adrian lo levantó fuera de mi alcance.
—Me enviaste una captura mientras preguntabas por un programa.
Recordé el momento y quise morir por segunda vez durante la misma cena.
Ethan se inclinó sobre la mesa para ver mejor.
—¿De verdad lo guardaste como cuñado?
—Fue una decisión emocionalmente responsable.
—Fue una decisión completamente absurda.
—Pensé que era tu novio.
—¿Por qué nunca me preguntaste?
—¿Cómo iba a hacerlo? “Hola, Ethan, ¿estás acostándote con tu compañero de habitación?”
Mi hermano se atragantó.
Adrian tosió detrás del puño.
La pareja sentada junto a nosotros volvió la cabeza.
—Podías formularlo de otra forma —dijo Ethan después de beber agua.
—No encontraba ninguna.
—Entonces decidiste organizar nuestra relación imaginaria.
—Intentaba protegerla.
—Obligándome a servirle carne.
—Los pequeños gestos mantienen vivo el amor.
Ethan se cubrió el rostro.
—Quiero cambiar de familia.
Adrian me observaba con una expresión que no lograba interpretar.
—¿Por eso alejaste a aquella estudiante?
—Sí.
—¿Y a la joven del club de debate?
—También.
—¿Qué joven? —preguntó Ethan.
—La que pidió prestado mi paraguas. Amy se lo quitó y le dijo que el clima estaba despejado.
Me defendí:
—Había dejado de llover.
—Llovió cinco minutos después.
—No puedo controlar el clima.
—Pero intentabas controlar mi vida sentimental.
—La vida sentimental de mi hermano.
Adrian apoyó la espalda contra la silla.
—La próxima vez pregunta antes de convertirme en tu familia política.
—No habrá próxima vez.
—¿Por qué?
—Porque ya no me involucraré en tus asuntos.
La respuesta pareció desagradarle.
—Eso tampoco es necesario.
Ethan levantó ambas manos.
—Necesito que alguien me explique qué está ocurriendo.
Adrian bebió agua.
—Nada.
Yo imité el gesto.
—Nada.
Mi hermano nos miró.
—Son terribles mintiendo.
El origen de mi enamoramiento
Conocí a Adrian durante una transmisión de videojuegos de Ethan.
Mi hermano solía emitir partidas desde su residencia universitaria. Aquella noche, mientras gritaba contra un equipo rival, la cámara mostró a un muchacho sentado en el escritorio del fondo.
Llevaba auriculares.
Su perfil estaba iluminado por la pantalla.
Sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado, pero su expresión permanecía tranquila.
—Ese es Adrian Wolfe, mi compañero de habitación —dijo Ethan—. Presidente del consejo estudiantil, capitán del equipo de baloncesto y pesadilla de todos los profesores que intentan entregar tarde una calificación.
Adrian volvió la cabeza.
Asintió ligeramente hacia la cámara.
Solo duró un segundo.
Yo, que estaba acostada con una tableta, rodé sobre la cama como una adolescente sin dignidad.
Mi amiga Sophie se asomó desde la cama inferior.
—¿Quién apareció?
Giré la pantalla.
—Amigo de Ethan.
—Es guapísimo. ¿Tiene novia?
—No lo sé.
—Pídele el contacto.
Tardé media hora en escribirle a mi hermano:
“Ethan, ese compañero tuyo…”
Ni siquiera terminé.
Él envió inmediatamente un código QR.
“Adrian. Buena suerte. Contesta mensajes como si cobrara por palabra.”
Lo agregué.
Adrian aceptó tres minutos después.
Durante la primera semana no me atreví a escribirle.
Después inventé una pregunta sobre estadística.
Contestó con una explicación detallada.
La siguiente vez pregunté sobre un programa de edición.
Después sobre un artículo.
Después sobre una función de la plataforma universitaria que podía haber resuelto pulsando el botón de ayuda.
Adrian siempre respondía.
A veces tardaba.
Nunca parecía molesto.
En ocasiones añadía preguntas:
“¿Entendiste?”
“¿Necesitas otro ejemplo?”
“¿Por qué sigues despierta?”
Empecé a esperar aquellos mensajes.
Una noche le envié una fotografía de mi escritorio lleno de apuntes.
Él respondió con una imagen de una taza de café.
“Competencia de malas decisiones.”
Guardé la fotografía.
Durante tres meses, mi interés creció alrededor de detalles insignificantes.
Adrian recordaba cuándo tenía exámenes.
Me enviaba enlaces a libros que mencionaba.
Cuando una presentación salió mal, escribió:
“Una mala clase no demuestra que seas mala estudiante.”
No coqueteaba.
Eso me gustaba aún más.
Parecía tratarme con una atención natural, sin buscar nada.
Después escuché la supuesta escena romántica con mi hermano.
Y convertí cada detalle en otra explicación.
Me respondía por respeto a Ethan.
Recordaba mis exámenes porque mi hermano se lo pedía.
No coqueteaba porque ya tenía pareja.
Todo encajaba.
Excepto que todo era falso.
El acuerdo con mi hermano
Al salir del restaurante, Ethan me tomó del brazo.
—Tenemos que hablar.
Adrian caminaba unos pasos delante de nosotros.
—No.
—Estuviste tres días llorando porque pensabas que yo tenía novio.
—No lloré.
—Mamá me llamó preocupada porque no respondías.
—Estaba estudiando.
—Sophie me dijo que repetías “mi cuñado es demasiado guapo” mientras comías helado.
Iba a asesinar a mi compañera.
—No importa.
Ethan bajó la voz.
—¿De verdad te gusta Adrian?
Miré su espalda.
Llevaba una chaqueta negra y caminaba con las manos en los bolsillos.
—Un poco.
—¿Cuánto es un poco?
—Lo suficiente para cruzarme frente a una chica que quería agregarlo.
—Eso no responde.
—Tres meses.
Ethan silbó.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Porque te habrías reído.
—Estoy intentando no hacerlo ahora.
—No lo consigues.
—También podía ayudarte.
—No necesito ayuda.
Adrian se volvió.
—¿Vienen?
—Estamos hablando de ti —respondió Ethan.
Lo golpeé en el brazo.
—No es cierto.
—Amy dice que…
Le cubrí la boca.
Adrian observó mi mano.
—¿Qué dice?
—Que tienes una excelente postura —respondí.
Ethan intentó hablar debajo de mis dedos.
—No se entiende —dijo Adrian.
—Mejor.
Tomamos caminos diferentes al llegar a la esquina.
Adrian regresó a la residencia.
Ethan insistió en acompañarme hasta el autobús.
—No voy a interferir —prometió.
—Gracias.
—Solo responderé algunas preguntas.
—No tengo ninguna.
—Está soltero.
Continué caminando.
—No pregunté.
—Nunca ha tenido una relación seria.
—Ethan.
—Recibe muchas confesiones, pero siempre las rechaza.
—Basta.
—Y guarda tus encurtidos en la parte superior del refrigerador para que yo no me los termine.
Me detuve.
—¿En serio?
Mi hermano sonrió.
—Sabía que eso te interesaría.
—Solo porque mamá los preparó.
—Claro.
—No hagas nada.
—No haré nada.
Conocía esa expresión.
—Ethan.
—Confía en mí.
—Esa frase nunca termina bien.
La estrategia más torpe del mundo
Durante la semana siguiente, mi hermano dejó de responder mensajes.
Después comenzó a enviarme fotografías de Adrian sin contexto.
Adrian leyendo.
Adrian entrenando.
Adrian dormido sobre un libro.
“Ethan, deja de fotografiarlo en secreto.”
“Material informativo.”
“Es perturbador.”
“Lo dice la persona que lo guardó como cuñado.”
Lo bloqueé durante seis horas.
También intenté reducir mis mensajes a Adrian.
No tenía motivos académicos suficientes para seguir escribiendo todas las noches.
Pasaron dos días.
El tercero, él envió:
“¿Resolviste el problema del programa?”
Respondí:
“Sí, gracias.”
Cinco minutos después:
“¿Y el examen?”
“Bien.”
“Respuestas muy breves.”
Miré la pantalla.
“Estoy practicando la eficiencia.”
“No te queda bien.”
El corazón me dio un salto absurdo.
“Pensé que contestabas por cortesía hacia Ethan.”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
“No hago tantas cosas por cortesía.”
Antes de que pudiera responder, Ethan envió un mensaje al chat familiar:
“Mamá, Adrian cenará con nosotros el domingo.”
Llamé inmediatamente.
—¿Qué estás haciendo?
—Mamá quiere conocer a mi compañero de habitación.
—Mamá ya lo conoce.
—Solo por videollamada.
—Cancela.
—No puedo. Ya está preparando costillas.
—Ethan.
—Adrian aceptó.
—¿Por qué?
—Pregúntale.
Colgó.
El domingo llegué temprano a casa.
Mi madre había preparado comida para quince personas.
—¿No era solo Adrian?
—Tu hermano dice que el muchacho come mucho porque juega al baloncesto.
—Ethan miente.
—También dijo que te ayudó con varias materias.
—Algunas preguntas.
—Debemos agradecerle.
Mi padre apareció con una botella de vino.
—¿Tiene novia?
Casi dejé caer los platos.
—¿Por qué preguntas?
—Tu madre quiere presentarles a la hija de los Miller.
—No.
Ambos me miraron.
—Quiero decir que quizá está saliendo con alguien.
Mi madre sonrió.
—¿Sabes algo?
—No.
—Entonces podemos preguntar.
Antes de que lograra detenerlos, sonó el timbre.
Adrian apareció con flores para mi madre y una caja de té para mi padre.
Llevaba una camisa clara.
Parecía demasiado apropiado para una cena familiar.
Ethan entró detrás de él con las manos vacías.
—Yo también estoy aquí.
—Tú vives aquí —respondió mi madre.
Durante la cena, mi padre hizo exactamente la pregunta que temía.
—Adrian, ¿tienes novia?
Él miró brevemente hacia mí.
—No.
—¿Hay alguien que te interese?
Sentí la mirada de Ethan desde el otro lado de la mesa.
Adrian dejó los cubiertos.
—Sí.
Mi corazón cayó.
Mi madre se entusiasmó.
—¿La conocemos?
—Algunos de ustedes.
Ethan comenzó a toser.
Le lancé una mirada asesina.
Mi padre preguntó:
—¿Estudia contigo?
—En otra universidad.
Las coincidencias comenzaron a acumularse.
Yo estudiaba en otra universidad.
—¿Es mayor o menor que tú? —preguntó mi madre.
—Menor.
Yo era dos años menor.
—¿Es bonita?
Adrian volvió a mirarme.
—Mucho.
Bajé los ojos hacia el plato.
Quizá hablaba de otra persona.
Había miles de mujeres más jóvenes en otras universidades.
No debía imaginar cosas.
—¿Ella sabe que te gusta? —preguntó Ethan.
Adrian respondió sin apartar la vista de mí:
—Parece que no.
Pateé a mi hermano debajo de la mesa.
Él se quejó.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi madre.
—Una corriente de aire —dijo Ethan.
—Debajo de la mesa.
—Muy localizada.
Adrian sonrió.
Yo pasé el resto de la cena intentando respirar con normalidad.
La chica que él supuestamente quería
Después de la cena, mi madre me pidió que acompañara a Adrian hasta la parada.
Ethan se ofreció.
Ella lo envió a lavar platos.
Sospeché que mi propia familia estaba conspirando.
Caminamos en silencio.
—Tu madre cocina bien —dijo Adrian.
—Mejor que Ethan.
—Eso no es difícil.
—Gracias por venir.
—Quería venir.
—Podías negarte.
—Ya te dije que no hago tantas cosas por cortesía.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—La persona que te gusta… —comencé.
Adrian esperó.
—¿Qué ocurre con ella?
—Nada.
—Preguntaste.
—Solo iba a desearte suerte.
—No la necesito.
—Qué confianza.
—La conozco bastante bien.
—¿Es bonita?
Él se detuvo.
—Ya respondí eso.
—Mi madre preguntó.
—Sí.
—¿Inteligente?
—Mucho, aunque finge no saber cosas para escribirme.
Sentí que el aire desaparecía.
Adrian dio un paso hacia mí.
—También tiene una costumbre extraña de intentar organizar relaciones inexistentes.
—Eso podría describir a muchas mujeres.
—Guarda mi contacto como “cuñado”.
No pude moverme.
—Cambiaré el nombre.
—¿Por cuál?
—Adrian.
—Demasiado formal.
—Señor Wolfe.
—Peor.
—Presidente del consejo estudiantil.
—Eso parece un contacto laboral.
—¿Qué sugieres?
Se inclinó ligeramente.
—Podrías volver a usar el corazón.
Mis labios se abrieron.
Él había visto el nombre anterior.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Ethan dejó abierta tu conversación durante una transmisión.
—Voy a matar a mi hermano.
—Mejor después de que responda una pregunta.
—¿Cuál?
Adrian parecía tranquilo.
Solo el movimiento de sus dedos junto al bolsillo mostraba nerviosismo.
—¿Dejaste de sentir algo por mí cuando pensaste que estaba con Ethan?
Recordé las tres noches llorando.
Las fotografías recuperadas.
Las mujeres a las que alejé.
—Intenté hacerlo.
—No pregunté si intentaste.
—No.
La respuesta salió apenas como un susurro.
Los ojos de Adrian se suavizaron.
—Bien.
—¿Bien?
—Porque la persona que me gusta también tardó tres meses en darse cuenta.
Se acercó un poco más.
—Y preferiría no empezar desde cero.
El beso que mi hermano interrumpió
Adrian levantó una mano y retiró un mechón de mi rostro.
Nunca me había tocado.
Aquel gesto mínimo consiguió que olvidara cómo respirar.
—Amy —dijo—, ¿puedo besarte?
Pensé en todas las veces que había imaginado aquel momento.
Ninguna incluía a mi hermano gritando desde la entrada de nuestra casa:
—¡Adrian! ¡Olvidaste el té que mamá te preparó!
Nos apartamos.
Ethan corría hacia nosotros agitando una bolsa.
Al ver nuestras expresiones, se detuvo.
—Interrumpí algo.
—Sí —respondió Adrian.
—No —dije al mismo tiempo.
Ethan sonrió.
—Definitivamente interrumpí algo.
Le arrebaté la bolsa.
—Vuelve a casa.
—Quiero presenciar la historia que ayudé a construir.
—No ayudaste.
—Sin mi perro, seguirías enviándole preguntas sobre programas.
Adrian miró a Ethan.
—Vete.
Mi hermano levantó las manos.
—Bien. Pero mamá quiere que regreses el domingo próximo.
—Fuera.
Ethan caminó hacia atrás.
—Usen protección emocional.
Le lancé la bolsa de té.
Se agachó y escapó riendo.
El momento había desaparecido.
Adrian suspiró.
—Tu hermano tiene un talento especial.
—Para destruir todo.
—No todo.
Me miró.
—También provocó el malentendido que hizo que empezaras a ahuyentar mujeres.
—No deberías agradecerlo.
—Fue agradable.
—¿Que arruinara oportunidades?
—Que te pusieras celosa.
—No estaba celosa. Protegía su supuesta relación.
—Te interpusiste delante de una estudiante como si fuera a atacarme.
—Era muy agresiva con el código QR.
—Solo lo sostenía.
—Cerca de tu cara.
Adrian rio.
No lo había escuchado reír así antes.
Su expresión seria desapareció por completo.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Estás haciéndolo otra vez.
—¿Qué cosa?
—Mirarme como durante la transmisión.
—¿También lo notaste?
—Ethan aumentó el tamaño de tu imagen y dijo: “Creo que mi hermana dejó de respirar”.
Mi familia entera había conspirado contra mi dignidad.
—No volveré a hablar con él.
—Eso dificultaría nuestras cenas.
—¿Nuestras?
Adrian sostuvo mi mirada.
—Necesito hacer otra vez la pregunta.
Se acercó.
—Amy, ¿quieres salir conmigo?
—¿Como una cita?
—No como cuñada.
—Eso fue cruel.
—¿Sí o no?
Intenté parecer tranquila.
—Sí.
—Bien.
—Dices mucho esa palabra.
—Es una buena noche.
Quise preguntar por el beso.
No tuve valor.
Adrian pareció comprenderlo.
—La próxima vez escogeré un lugar sin hermanos.
Nuestra primera cita
Adrian eligió una librería con una cafetería en el segundo piso.
Llegó diez minutos antes.
Yo llegué veinte minutos antes y permanecí escondida en una tienda cercana para no parecer desesperada.
Cuando entré, él ya había pedido mi bebida favorita.
—¿Cómo sabías cuál era?
—Siempre aparece en las fotografías de tu escritorio.
—Observas demasiado.
—Tú guardabas mis fotos.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque estaba enamorada.
Me di cuenta de lo que había dicho.
Adrian dejó la taza.
—¿Estabas?
—Quise decir interesada.
—No corrijas.
—Fue un error gramatical.
—Estudias literatura.
—Precisamente por eso detecto mis errores.
Adrian sonrió.
La cita fue sorprendentemente normal.
Hablamos de clases, familia y planes profesionales.
Descubrí que no había tenido novia porque su horario estaba lleno entre el consejo estudiantil, el baloncesto y un empleo parcial en la empresa de su tío.
—Ethan dijo que rechazabas a todas.
—No a todas.
—¿A quién no rechazaste?
—A ti.
—Nunca me confesé.
—Me escribiste veintisiete noches de treinta.
—Por razones académicas.
—Claro.
Después caminamos por el parque.
Cuando empezó a oscurecer, Adrian se detuvo bajo un árbol.
—Aquí no está tu hermano.
Miré alrededor.
—Parece que no.
—Entonces podemos continuar lo que interrumpió.
—¿Qué cosa?
—No finjas.
—Quizá no recuerdo.
Adrian se inclinó.
—Puedo recordártelo.
El beso fue suave.
Nada parecido a las escenas dramáticas que había imaginado.
Solo su mano cerca de mi rostro, el olor tenue de su jabón y una calidez que me hizo cerrar los ojos.
Cuando se apartó, apoyé la frente contra su pecho.
—Mi contacto sigue diciendo “cuñado” —murmuró.
Saqué el teléfono.
—Lo cambiaré ahora.
—Quiero elegirlo.
—No.
—¿Por qué?
—Temo tu creatividad.
Finalmente lo guardé como:
“Adrian.”
Él tomó el teléfono y añadió un corazón.
—Eso es manipulación.
—Corrección histórica.
Ethan descubrió que ser cupido tenía consecuencias
Mi hermano celebró nuestra relación durante exactamente dos semanas.
Después comenzó a arrepentirse.
Adrian y yo cenábamos juntos en la residencia.
Utilizábamos su cocina.
Veíamos películas en la sala.
Cuando Ethan quería jugar, le pedíamos que bajara el volumen.
—Antes esta era mi casa —protestó.
—También es mía —respondió Adrian.
—Pero ahora todo huele al perfume de mi hermana.
—No uso perfume.
—Entonces es peor. Es presencia natural.
Una noche entró en la sala y nos encontró besándonos.
—No.
Nos separamos.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—No pueden hacer eso aquí.
—Tú besabas al perro.
—Bruno no es mi hermana.
Adrian frunció el ceño.
—Esa comparación es extraña.
—Toda la situación es extraña.
Ethan se sentó frente a nosotros.
—Necesitamos reglas.
—No —dijimos Adrian y yo al mismo tiempo.
—Regla uno: nada de besos en áreas comunes.
—Rechazada.
—Regla dos: Adrian no puede entrar en la habitación de Amy cuando visite casa.
—No decides eso —respondí.
—Soy tu hermano mayor.
—Por once meses.
—Suficientes.
Adrian cruzó los brazos.
—Tú nos provocaste.
—No sabía que llegarían tan lejos.
—Llevamos dos semanas —dije.
—Demasiado rápido.
—Pasé tres meses enamorada.
—Eso no cuenta porque él no lo sabía.
Adrian levantó una mano.
—Lo sospechaba.
Ethan lo miró.
—¿Y aun así me pedías que te presentara más mujeres para comprobarlo?
Me volví hacia Adrian.
—¿Qué?
Él permaneció inmóvil.
—No fue así.
—Ethan.
Mi hermano sonrió con malicia.
—La estudiante del código QR era amiga mía. Adrian sabía que ella quería acercarse. Dijo que quería ver cómo reaccionabas.
—¿Me tendiste una trampa?
—Una observación controlada.
—Eso es una trampa con vocabulario académico.
Adrian se acercó.
—Necesitaba saber si realmente estabas celosa.
—Creía que eras novio de mi hermano.
—Eso complicó los resultados.
Le golpeé el brazo con un cojín.
Ethan aplaudió.
—Finalmente alguien lo castiga.
Adrian atrapó el cojín.
—Tú también participaste.
—Yo solo proporcioné recursos.
Le lancé el segundo cojín a mi hermano.
La batalla terminó con la lámpara en el suelo y Bruno entrando a ladrar.
Adrian señaló al perro.
—Por cierto, ese es el responsable original.
Ethan se arrodilló para besarlo.
—Mi verdadero amor nunca me traicionaría.
Bruno le lamió toda la cara.
—Deja de besarlo —dijo Adrian.
Los tres guardamos silencio.
Después comenzamos a reír.
Era exactamente la frase que había iniciado todo.
La mujer del código QR
Meses después volví a encontrarme con la joven a la que había alejado durante el aniversario.
Se llamaba Rachel.
Coincidimos en una actividad conjunta entre universidades.
Al verme, levantó una ceja.
—La guardiana del correo público.
Sentí vergüenza.
—Te debo una disculpa.
—Bastante grande.
—Pensé que Adrian tenía pareja.
—¿Y tú eras la encargada de proteger su virtud?
—La supuesta pareja era mi hermano.
Rachel permaneció en silencio.
—Eso requiere una explicación.
Se la di.
A mitad de la historia comenzó a reír.
—Entonces no estabas celosa.
—Técnicamente sí, pero creía estar actuando por moral.
—Eso es mucho peor.
—Lo sé.
—No quería ligar con Adrian.
—¿Qué?
—El código era para el grupo de voluntariado. Él debía agregarme como coordinadora.
Cerré los ojos.
—Lo siento muchísimo.
—Me obligaste a enviar cuatro correos.
—Puedo compensarte.
—Sí.
Sacó el teléfono.
—Necesito una fotografía contigo y un cartel que diga: “No bloquearé interacciones profesionales por celos imaginarios”.
—Eso es humillante.
—También lo fue que me expulsaras delante de cincuenta personas.
Acepté.
Adrian vio la fotografía y la guardó.
—No vuelvas a mostrarla.
—Será nuestra invitación de boda.
—No habrá boda.
—Todavía.
La palabra me hizo mirarlo.
Adrian continuó caminando como si no hubiera dicho nada importante.
Lo que él sintió antes que yo
Nuestra relación cumplió un año.
Durante una cena, pregunté cuándo había empezado a gustarle.
Esperaba que dijera algo sobre mis mensajes.
Adrian pensó unos segundos.
—Antes.
—¿Antes de que te agregara?
—Sí.
—No me conocías.
—Te vi durante una videollamada con Ethan.
Recordé la primera transmisión.
—¿Cuando asentiste a la cámara?
—No. Dos semanas antes.
Ethan había llamado desde casa durante unas vacaciones. Yo estaba detrás, discutiendo con mi madre porque había adoptado temporalmente a un gato herido.
—Defendías que el animal durmiera en tu habitación —dijo Adrian—. Tu madre decía que podía tener pulgas.
—Sí tenía.
—Tú dijiste que las pulgas no anulaban su derecho a recibir ayuda.
—Eso suena absurdo.
—Me pareció interesante.
—¿Te gusté porque defendí a un gato lleno de pulgas?
—Fue el comienzo.
—Qué romántico.
—Después, durante la transmisión, te vi fingir que no estabas mirándome.
—No fingía bien.
—No.
—Entonces ¿por qué Ethan dijo que respondías con pocas palabras?
—Porque no sabía qué escribirte.
Lo observé, incrédula.
—Eras presidente estudiantil. Pronunciabas discursos frente a miles de personas.
—No estaba enamorado de miles de personas.
Mi corazón se ablandó.
—Podías haber dicho algo.
—Tú preguntabas por programas y estadísticas. Pensé que solo querías ayuda.
—Te escribí veintisiete noches.
—Pensé que estudiabas demasiado.
—Los dos somos idiotas.
—Sí.
—¿Ethan sabía que te gustaba?
Adrian apartó la mirada.
—Un poco.
—¿Qué significa un poco?
—Lo sabía desde la segunda semana.
Me levanté.
—Voy a matar a mi hermano.
—Espera.
—Nos dejó tres meses inventando preguntas.
—Dijo que era divertido.
—Será menos divertido cuando le cambie todas las contraseñas de sus juegos.
Adrian me sujetó de la mano.
—También dijo que quería comprobar que yo no jugaría contigo.
Me detuve.
—¿Por qué?
—Eres su hermana.
—Y tú su mejor amigo.
—Exacto.
Ethan había parecido despreocupado, pero en realidad nos observaba a ambos.
Tal vez el malentendido no fue completamente accidental.
Cuando lo enfrentamos, negó todo durante diez minutos.
Después admitió:
—Sabía que Adrian te miraba demasiado.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Porque él debía tener valor.
—¿Y yo?
—Tú le preguntaste cómo abrir un archivo comprimido. No estabas preparada para una conversación seria.
Adrian asintió.
—Tiene razón.
—No lo defiendas.
—Solo en eso.
—¿Y la videollamada? —pregunté—. ¿La dejaste abierta deliberadamente?
Ethan parecía ofendido.
—No. Eso sí fue un accidente.
—¿Por qué entraste en su habitación y comenzaste a besar al perro?
—Bruno me extrañaba.
—¿Y por qué colgaste con pánico?
—Porque Adrian estaba sin camisa y tú seguías conectada. Pensé que sería incómodo.
—Lo fue.
—Pero útil.
Le arrojé un cojín.
La primera crisis
No todo fue comedia.
Durante el último año universitario de Adrian, recibió una oferta para trabajar en otra ciudad.
Era una oportunidad excelente.
También significaba mantener una relación a distancia.
Cuando me lo contó, respondió todas mis preguntas como si estuviera presentando un informe.
Salario.
Vivienda.
Duración del contrato.
Posibilidades de traslado.
Pero evitaba decir qué deseaba.
—¿Quieres aceptar? —pregunté.
—Es una buena oferta.
—No pregunté eso.
—Podría ayudar a mi carrera.
—Tampoco pregunté eso.
Adrian permaneció en silencio.
Me di cuenta de que estaba asustado.
El hombre que podía dirigir un consejo universitario no sabía pedir que lo esperara.
—Acepta —dije.
Su expresión no cambió, pero sus hombros se tensaron.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Será un año.
—Podemos visitarnos.
—Tú también tienes clases.
—Encontraremos una forma.
—No quiero que renuncies a nada.
—No lo haré.
Adrian miró hacia la ventana.
—Creí que intentarías detenerme.
—No soy Ethan besando a Bruno.
—¿Qué tiene que ver?
—El cariño no consiste en aferrarse hasta asfixiar.
Sonrió.
—Esa comparación sigue siendo extraña.
—Pero funciona.
La distancia fue difícil.
Discutimos.
A veces él desaparecía durante horas trabajando.
Yo interpretaba el silencio como desinterés.
Él interpretaba mi “estoy bien” como una respuesta literal.
Aprendimos a hablar con claridad.
No mensajes indirectos.
No pruebas.
No esperar que el otro adivinara.
Una noche confesé:
—Tengo miedo de que conozcas a alguien mejor.
Adrian respondió:
—Yo tengo miedo de que descubras que puedes estar perfectamente sin mí.
—Puedo estar sin ti.
Guardó silencio.
—Pero no quiero —añadí.
Aquello se convirtió en nuestra definición del amor.
No necesitar a alguien para existir.
Elegirlo aun sabiendo que podrías marcharte.
La propuesta
Cuatro años después, Ethan volvió a dejar abierta una videollamada.
Yo estaba hablando con él mientras preparaba la cena.
—Voy a buscar algo —dijo.
La cámara quedó apuntando al techo.
Me reí.
—No caeré otra vez.
Escuché pasos.
Después la voz de Adrian.
—Ethan, la cámara sigue encendida.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué…?
La imagen se movió.
Adrian apareció en pantalla con una caja pequeña en la mano.
Detrás de él estaban mis padres, Sophie, Rachel y Bruno, ya viejo, con un lazo alrededor del cuello.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Ethan giró la cámara.
—Esta vez sí es una trampa.
Adrian miró directamente hacia mí.
—Amy, hace años creíste que era novio de tu hermano porque él estaba besando a mi perro.
—No tienes que recordarlo delante de todos.
—Es necesario para el discurso.
Mi madre lloraba antes de que empezara.
Adrian continuó:
—Después intentaste proteger una relación inexistente, alejaste mujeres inocentes y me guardaste como “cuñado”.
Rachel levantó el cartel de nuestra fotografía.
—¡No olvidar!
—Rachel, por favor.
Todos reían.
Adrian abrió la caja.
—Pero también fuiste la primera persona que intentó cuidar mi felicidad incluso cuando creías que no te incluía.
Las risas disminuyeron.
—Te apartaste porque pensabas que eso protegía a alguien que amabas. Después tuviste el valor de acercarte cuando supiste la verdad.
Sus ojos se suavizaron.
—Quiero seguir discutiendo contigo sobre mensajes, comida, celos y los límites que tu hermano intenta imponernos.
Ethan intervino:
—Algunos límites son razonables.
—Cállate —dijimos todos.
Adrian sonrió.
—Amy Carter, ¿quieres casarte conmigo?
Me cubrí la boca.
—¿Tengo que responder por videollamada?
—Hay un boleto dentro de la caja —dijo Ethan—. Tu vuelo sale en tres horas.
—¿Qué?
—Tu maleta está preparada.
Miré hacia la puerta.
Sophie entró en mi apartamento arrastrando una maleta.
—Tu familia es aterradora —comentó.
—¿Todos sabían?
—Todos menos tú.
Tomé el teléfono.
—Sí.
Adrian permaneció inmóvil.
—¿Sí ahora o cuando llegues?
—Sí ahora. Sí cuando llegue. Sí aunque mi hermano siga interrumpiendo.
Ethan levantó una mano.
—No prometo nada.
La boda de la falsa cuñada
Nos casamos un año después.
Ethan fue el padrino.
También fue la persona que más lloró, aunque lo negó.
Durante el discurso contó la historia completa.
—Mi hermana vio a mi mejor amigo sin camisa, me escuchó besar a un perro y concluyó que nosotros manteníamos una relación secreta.
Los invitados estallaron en carcajadas.
Yo me cubrí el rostro.
Adrian tomó mi mano.
—Después —continuó Ethan—, en lugar de ponerse celosa o provocar problemas, decidió proteger nuestra supuesta felicidad.
—De forma agresiva —añadió Rachel.
—Muy agresiva —confirmó Ethan—. Ahuyentó mujeres, organizó cenas y me obligó a alimentar a Adrian.
—Fue una época hermosa —dijo mi esposo.
—Para ti.
Ethan levantó su copa.
—Al principio pensé que el malentendido era lo más ridículo que había ocurrido en nuestra familia. Ahora creo que reveló algo importante.
Miró hacia mí.
—Amy amaba tanto a Adrian que estuvo dispuesta a renunciar antes de pensar en hacer daño a alguien que quería.
Después miró a su amigo.
—Y Adrian llevaba meses mirando a mi hermana como un idiota sin atreverse a hablar.
—Tu discurso estaba mejor antes —dijo Adrian.
—No he terminado.
Ethan sonrió.
—Espero que se comuniquen mejor durante el matrimonio. Y que, cuando escuchen una frase comprometedora detrás de una cámara, hagan al menos una pregunta antes de cambiar los nombres de sus contactos.
Todos levantaron las copas.
Bruno no pudo asistir. Había muerto meses antes, después de una vida larga y llena de personas que lo besaban demasiado.
Colocamos una pequeña fotografía suya junto a las flores.
Después de todo, había sido el primer cupido de nuestra historia.
Lo que realmente escuché aquella noche
Años después, Adrian y yo todavía discutíamos sobre la frase.
—Dijiste “deja de besarme” —insistía yo.
—Bruno me estaba lamiendo mientras Ethan lo besaba. Hablaba con los dos.
—Eso no estaba claro.
—Podías haber preguntado.
—Tú podías haber llevado camiseta.
—Acababa de salir de la ducha.
—Durante una videollamada abierta.
—No era mi videollamada.
Ethan, presente en muchas de aquellas discusiones, defendía siempre la misma conclusión:
—El responsable fue Bruno.
Nosotros sabíamos que no.
El verdadero responsable había sido nuestro miedo.
Yo temía confesar mis sentimientos y recibir un rechazo.
Adrian temía interpretar mal mi amabilidad.
Ethan temía que su mejor amigo jugara con su hermana.
Cada uno guardó silencio, esperando una señal perfecta.
La señal llegó de la forma más absurda posible.
Durante un tiempo me avergonzó haber sido tan ingenua.
Después comprendí que aquel error también decía algo bueno de mí.
Creí que el hombre que amaba pertenecía a alguien importante para mí.
Y en lugar de intentar arrebatárselo, decidí apartarme.
Lo hice con dolor, dramatismo y una sorprendente cantidad de helado.
Pero lo hice.
Adrian decía que empezó a enamorarse de mí cuando defendí a un gato herido.
Yo creía que comenzó cuando me respondió pacientemente una pregunta absurda sobre estadísticas.
Quizá ambos estábamos equivocados.
Tal vez el amor comenzó cuando él se dio cuenta de que yo protegía su felicidad incluso creyendo que esa felicidad no era conmigo.
Y cuando yo descubrí que él nunca había contestado mis mensajes por consideración hacia mi hermano.
Lo hacía porque también esperaba que yo escribiera.
Todo empezó con una cámara olvidada.
Una voz profunda.
Un hombre sin camisa.
Un hermano demasiado cariñoso con un perro.
Y dos palabras que interpreté completamente mal.
Aquella noche lloré mientras cambiaba el nombre de Adrian por “cuñado”.
Años después, cuando nació nuestro primer hijo, Ethan tomó mi teléfono y volvió a modificar el contacto.
Adrian dejó de aparecer como “esposo”.
Ahora decía:
“Cuñado definitivo.”
Intenté cambiarlo.
Adrian me detuvo.
—Déjalo.
—¿Por qué?
—Es parte de nuestra historia.
—Es humillante.
—También es preciso.
—No eres tu propio cuñado.
—Según tu lógica de aquella noche, cualquier cosa es posible.
Ethan comenzó a reír.
Yo les lancé un cojín.
Nuestro hijo despertó y empezó a llorar.
Adrian lo tomó en brazos.
Ethan se acercó para besarle las mejillas.
El bebé protestó.
Adrian suspiró.
—Ya basta. Deja de besarlo.
Los tres nos quedamos quietos.
Después estallamos en carcajadas.
Esta vez la cámara estaba apagada.
Pero incluso si alguien hubiera escuchado, yo ya había aprendido la lección.
Antes de renunciar al amor de mi vida por una frase sacada de contexto, haría algo revolucionario:
Preguntar.