La noche antes de empezar la preparatoria, Noah Blake entró en el pequeño supermercado de un complejo residencial para comprar una botella de agua.
No esperaba encontrar allí a la chica que terminaría cambiando su vida.
Estaba al fondo de uno de los pasillos, subida sobre la punta de los pies, intentando acomodar unos productos en el estante más alto.
Tenía la piel pálida bajo la luz amarillenta del local, los labios ligeramente rosados y una expresión tan concentrada que parecía estar resolviendo el problema más importante del mundo.
El espacio era estrecho.
Hacía calor.
Los fluorescentes parpadeaban sobre sus cabezas.
Noah se quedó mirándola durante demasiado tiempo.
Ella no se dio cuenta.
O fingió no darse cuenta.
Solo cuando una caja estuvo a punto de caerle encima, Noah avanzó y la atrapó con una mano.
La chica dio un pequeño salto.
—Gracias —murmuró.
—De nada.
Noah colocó la caja en su sitio con facilidad.
Ella bajó la mirada, avergonzada.
—Trabajo aquí algunas noches —explicó, aunque él no le había preguntado nada.
—Ya veo.
—No soy muy alta.
—Eso también lo veo.
Ella lo miró, ofendida.
Noah sonrió por primera vez.
—¿Cómo te llamas?
—Clara Evans.
Él repitió el nombre en voz baja, como si quisiera memorizarlo.
—Noah Blake.
Clara no sabía entonces que volvería a verlo a la mañana siguiente.
Y que, a partir de ese momento, sería imposible evitarlo.
Cuando entró en el salón el primer día de clases, Noah estaba sentado junto a la ventana.
Llevaba el uniforme de manera descuidada, con la corbata floja y una expresión de aburrimiento que hacía parecer que nada podía impresionarlo.
Pero en cuanto Clara cruzó la puerta, levantó la mirada.
La reconoció de inmediato.
Ella también.
Aun así, fingieron no conocerse.
Durante semanas, apenas hablaron.
Noah era popular sin esforzarse. Jugaba baloncesto, obtenía buenas calificaciones y tenía esa clase de rostro que hacía que las chicas bajaran la voz cuando pasaba cerca.
Clara, en cambio, prefería sentarse en la segunda fila, llevar apuntes impecables y desaparecer al terminar las clases para ayudar a su madre en el supermercado.
Parecían pertenecer a mundos distintos.
Hasta que empezó la temporada de lluvias.
Una mañana, Clara llegó a la escuela con el borde de la falda empapado y el cabello pegado a las mejillas.
Noah estaba bajo el techo de la entrada, sosteniendo un paraguas negro.
La observó durante unos segundos.
Después caminó hacia ella.
—Ven.
—Estoy bien.
—Estás chorreando agua.
—No necesito ayuda.
Noah abrió el paraguas sobre ambos.
—No te pregunté si la necesitabas.
Desde ese día comenzó a esperarla cada mañana.
Nunca decía que lo hacía por ella.
Siempre inventaba una excusa.
Que iban por el mismo camino.
Que tenía que comprar algo en el supermercado.
Que el paraguas era demasiado grande para una sola persona.
Pero sus compañeros comenzaron a notarlo.
Una mañana, durante el descanso, la chica que se sentaba junto a Clara se inclinó hacia ella y preguntó en voz baja:
—¿Tú y Noah están saliendo?
Clara casi dejó caer el bolígrafo.
—¿Qué?
—Esta mañana lo vi sosteniendo el paraguas para ti. Él estaba completamente mojado de un lado y tú ni siquiera tenías una gota encima.
Clara sintió que le ardían las orejas.
—No estamos saliendo.
—Entonces, ¿son amigos?
—Tampoco.
—Pero él siempre te espera.
—No somos cercanos.
Lo dijo con tanta rapidez que no advirtió que Noah estaba de pie detrás de ella.
El salón quedó en silencio.
Clara se giró lentamente.
Él sostenía dos cajas de leche con chocolate.
Una era para ella.
Noah la miró sin expresión.
—Entendido —dijo.
Dejó una de las cajas sobre su escritorio y regresó a su asiento.
Durante el resto del día, no volvió a hablarle.
Tampoco la esperó al salir.
Clara se dijo que era mejor así.
Noah atraía demasiadas miradas.
Ella no quería rumores.
No quería que sus padres se preocuparan.
No quería que él confundiera su gratitud con otra cosa.
Sin embargo, al día siguiente llovió con más fuerza.
Clara salió del edificio y vio a Noah bajo el mismo paraguas negro.
No estaba junto a la puerta.
La esperaba al otro lado de la calle.
Cuando ella se acercó, él extendió el paraguas sin mirarla.
—Pensé que no éramos cercanos —dijo.
—No lo somos.
—Entonces mantén tu distancia.
Clara dio un paso atrás.
El agua cayó de inmediato sobre su hombro.
Noah suspiró, tiró de ella hacia su lado y volvió a cubrirla.
—No tanta distancia.
Aquella fue la primera vez que Clara comprendió que Noah podía parecer frío, pero con ella nunca sabía mantenerse lejos.
Pasaron tres años entre exámenes, caminatas bajo la lluvia, discusiones tontas y silencios que decían demasiado.
Noah la ayudaba con matemáticas.
Clara le llevaba comida cuando entrenaba hasta tarde.
Él guardaba un asiento para ella en la biblioteca.
Ella fingía que era casualidad.
Todos sospechaban que había algo entre ellos.
Todos menos Clara.
O eso quería hacer creer.
La noche de la graduación, Noah la llevó hasta la azotea de la escuela.
La ciudad brillaba abajo.
Clara llevaba el uniforme por última vez.
—Mañana todo será distinto —dijo ella.
—No tiene por qué.
—Tú te irás a una universidad. Yo a otra.
—Podemos seguir viéndonos.
Clara bajó la mirada.
—Noah…
—No digas que no somos cercanos.
Ella sonrió con nerviosismo.
—Pero no lo somos.
Él dio un paso hacia ella.
—Entonces quiero que lo seamos.
—¿Qué significa eso?
Noah la observó durante unos segundos.
Después inclinó la cabeza y la besó.
Fue un beso torpe.
Breve.
Y suficiente para dejar a Clara sin respiración.
Cuando él se apartó, ella tenía los ojos muy abiertos.
—Eso —dijo Noah— significa que quiero ser especialmente cercano a ti.
Aquel verano, antes de que cada uno tomara un camino distinto, Noah la besó muchas más veces.
En el pasillo del supermercado.
Bajo el viejo paraguas negro.
Detrás de la biblioteca.
Frente a la puerta de su casa, cuando ninguno de los dos quería despedirse.
Pero años después, cuando Clara entró a trabajar en una importante empresa y descubrió que Noah era el jefe de su nuevo departamento, volvió a fingir que apenas lo conocía.
Una compañera se acercó a ella durante el almuerzo y preguntó con curiosidad:
—¿Tú y el jefe Blake estudiaron juntos en la preparatoria?
Clara apretó los dedos alrededor de su taza.
—Sí.
—¿Alguna vez salieron?
Ella guardó silencio.
A pocos metros de distancia, Noah acababa de entrar en la cafetería.
—Nos conocíamos —respondió Clara finalmente—, pero no éramos muy cercanos.
Noah se detuvo.
Todo el departamento quedó en silencio.
Él la miró con la misma expresión que había usado años atrás cuando la escuchó negar que fueran amigos.
Después caminó hacia ella, apoyó una mano sobre el respaldo de su silla y se inclinó hasta quedar junto a su oído.
—Clara —murmuró—, ¿tendré que recordarte otra vez qué tan cercanos éramos?
Clara sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
Noah permanecía inclinado junto a ella, tan cerca que podía percibir el aroma limpio de su colonia y el calor de su respiración sobre su oído.
Durante un instante, la cafetería dejó de existir.
No había compañeros observando.
No había bandejas ni conversaciones contenidas.
Solo estaba aquel hombre que años atrás la había besado bajo la lluvia y que ahora llevaba una camisa blanca impecable, un reloj discreto y una expresión mucho más peligrosa que en la adolescencia.
Clara se apartó apenas.
—No sé de qué estás hablando.
La comisura de los labios de Noah se elevó.
—Claro que lo sabes.
—Estamos en el trabajo.
—Precisamente.
Se enderezó y miró al resto del equipo.
—¿Han terminado de almorzar?
Todos asintieron con una rapidez sospechosa.
—Entonces regresen a sus puestos.
Las sillas se movieron al mismo tiempo.
En menos de treinta segundos, la cafetería quedó casi vacía.
Clara recogió su taza, dispuesta a marcharse, pero Noah bloqueó su camino.
—Tú te quedas.
—¿Es una orden del jefe de departamento?
—Considéralo una conversación pendiente.
—No tenemos conversaciones pendientes.
—Tenemos ocho años de conversaciones pendientes.
Clara apretó la taza con más fuerza.
—Noah…
—En mi oficina. En diez minutos.
—Tengo trabajo.
—Yo también.
—Entonces no deberíamos perder el tiempo.
Noah la observó con calma.
—Nueve minutos.
Después se dio la vuelta y salió.
Clara permaneció inmóvil.
Habían pasado casi seis años desde la última vez que lo había visto.
Seis años desde aquel verano que ambos fingieron olvidar.
Tras la graduación, Noah se mudó a Boston para estudiar ingeniería y administración. Clara permaneció en California, donde consiguió una beca parcial y trabajó durante las noches para ayudar a su madre.
Durante los primeros meses se escribían todos los días.
Noah le enviaba fotografías de la nieve.
Clara le contaba qué productos nuevos habían llegado al supermercado.
Él la llamaba antes de dormir.
Ella se quedaba despierta incluso cuando al día siguiente tenía examen.
No habían puesto un nombre a lo que sentían.
No eran oficialmente novios.
Nunca habían hablado de exclusividad.
Pero Noah la besaba cada vez que volvía de visita, y Clara creía que eso era suficiente.
Hasta que dejó de serlo.
En el segundo año de universidad, Noah recibió una oportunidad para estudiar un semestre en Europa.
Se lo contó por mensaje.
No por llamada.
No en persona.
Un simple mensaje enviado a las dos de la mañana.
“Me voy a Londres durante seis meses.”
Clara leyó aquellas palabras en el almacén del supermercado.
Le preguntó cuándo había tomado la decisión.
Noah respondió que llevaba semanas considerándolo.
Eso fue lo que más le dolió.
No que se marchara.
Sino que hubiera planeado una vida entera sin contar con ella.
Discutieron por primera vez.
Clara lo acusó de recordarla solo cuando le convenía.
Noah dijo que ella jamás había aceptado ser su novia.
Ella respondió que nunca se lo había pedido de verdad.
Él dijo que había pasado años intentando acercarse.
Clara respondió que acercarse no era lo mismo que quedarse.
La conversación terminó con una frase de la que ambos se arrepentirían.
—Tal vez nunca fuimos nada —dijo ella.
Noah guardó silencio al otro lado de la línea.
Después respondió:
—Tal vez tienes razón.
No volvieron a hablar.
Durante años, Clara se repitió que era lo mejor.
Terminó la universidad.
Consiguió su primer empleo.
Su madre vendió el supermercado y se mudó a un vecindario más tranquilo.
Clara salió con algunos hombres, aunque ninguna relación duró demasiado.
Siempre encontraba una razón para alejarse.
Uno hablaba demasiado fuerte.
Otro llegaba tarde.
Otro no recordaba cómo tomaba el café.
Nunca admitió que comparaba cada pequeño gesto con Noah.
Noah, mientras tanto, construyó una carrera brillante.
Clara veía su nombre de vez en cuando en artículos empresariales. Primero como consultor. Después como director de proyectos. Finalmente como responsable de una nueva división en una de las empresas tecnológicas más importantes de la ciudad.
Nunca imaginó que terminaría trabajando bajo sus órdenes.
Cuando recibió la oferta, el nombre del director no aparecía en la documentación.
Solo lo descubrió el primer día.
Entró en la sala de reuniones con otros siete empleados nuevos.
Noah estaba junto a la pantalla, revisando una presentación.
Al levantar la mirada, la vio.
No mostró sorpresa.
No sonrió.
Solo sostuvo sus ojos durante un segundo demasiado largo.
—Bienvenidos —dijo.
Clara supo en ese instante que él ya conocía su contratación.
Y que no había hecho nada para detenerla.
Durante las primeras semanas, Noah fue completamente profesional.
Demasiado profesional.
Le asignaba tareas difíciles.
Corregía sus informes con precisión implacable.
Nunca mencionaba el pasado.
Nunca la buscaba fuera del horario laboral.
Aun así, Clara sentía su presencia constantemente.
Cuando hablaba durante una reunión, Noah la escuchaba con una atención que no concedía a nadie más.
Cuando ella se quedaba trabajando hasta tarde, él siempre encontraba una excusa para seguir en la oficina.
Cuando llovía, un paraguas negro aparecía misteriosamente junto a su escritorio.
Clara nunca preguntó quién lo dejaba.
Y Noah nunca preguntó por qué ella lo utilizaba.
Hasta aquel almuerzo.
Diez minutos después de que él saliera de la cafetería, Clara llamó a la puerta de su oficina.
—Adelante.
Noah estaba detrás del escritorio.
La chaqueta descansaba sobre una silla. Tenía las mangas remangadas y revisaba un documento.
—Cierra la puerta.
Clara obedeció.
—¿Qué quieres?
Él levantó la vista.
—Una respuesta honesta.
—¿Sobre qué?
—Sobre por qué sigues diciendo que no éramos cercanos.
Clara exhaló despacio.
—Porque fue hace mucho tiempo.
—Eso no responde la pregunta.
—No quiero que la gente invente cosas.
—La gente siempre inventa cosas.
—Tú eres mi jefe.
—Eso es verdad.
—Y yo soy una empleada nueva. No necesito rumores sobre favoritismo.
Noah apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—No has recibido ningún trato especial.
—Lo sé.
—De hecho, creo que he sido más exigente contigo que con los demás.
—También lo sé.
—Entonces, ¿qué temes?
Clara no respondió.
Noah se levantó.
Rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella.
Ya no era el adolescente que esperaba bajo la lluvia.
Era más alto, más seguro y mucho más difícil de leer.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
—¿Temes que crean que estuvimos juntos? —preguntó.
—Nunca estuvimos juntos.
—Eso también lo decidiste tú.
—Nunca me pediste que fuera tu novia.
—Te besé durante todo un verano.
—Eso no cuenta como una conversación.
—Te llamaba cada noche.
—Tampoco.
—Volaba seis horas para verte durante los fines de semana.
—Y luego planeaste irte a otro continente sin decirme nada.
Noah apretó la mandíbula.
Por primera vez, su calma se quebró.
—Tenía veinte años.
—Yo también.
—No sabía cómo hacer las cosas bien.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿por qué solo yo tengo la culpa?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Clara apartó la mirada.
—No dije que solo tú la tuvieras.
—Lo has dicho durante seis años con tu silencio.
—Tú también dejaste de llamar.
—Después de que dijeras que nunca fuimos nada.
—Estaba enojada.
—Yo también.
Noah dio un paso más cerca.
—Pero nunca dejé de quererte.
Clara levantó la cabeza.
Aquella confesión era demasiado sencilla.
Demasiado directa.
Y precisamente por eso resultaba devastadora.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque han pasado seis años.
—¿Eso cambia lo que siento?
—Debería.
—No lo ha hecho.
Clara retrocedió.
—Noah, eres mi jefe.
—Puedo solicitar que te transfieran a otro departamento.
—No estoy hablando de logística.
—Entonces dime de qué estás hablando.
Ella abrió la boca, pero no encontró palabras.
Noah la observó durante varios segundos.
Después su expresión se suavizó.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Te escondes detrás de una razón sensata para no decir la verdadera.
Clara sintió que le ardían los ojos.
—No sabes nada de mí ahora.
—Sé que sigues mordiendo el interior de tu mejilla cuando estás nerviosa.
Ella dejó de hacerlo de inmediato.
—Sé que tomas el café con demasiada leche y nada de azúcar.
—Eso puede verlo cualquiera.
—Sé que no soportas que te ayuden porque creciste creyendo que aceptar ayuda significaba convertirse en una carga.
Clara guardó silencio.
Noah continuó:
—Sé que, cuando estás triste, ordenas cosas. Cajones, carpetas, estantes. Lo hacías en el supermercado. Lo hiciste la semana pasada en el archivo después de que tu presentación fuera rechazada.
—¿Me estabas observando?
—Siempre te observo.
La respuesta la dejó sin respiración.
Noah bajó la voz.
—Y sé que no me has olvidado.
Clara reunió toda la fuerza que le quedaba.
—Eso no significa que quiera volver contigo.
Algo cambió en sus ojos.
Dolor, quizás.
Pero no insistió.
Se apartó y regresó detrás del escritorio.
—Entendido.
Su tono volvió a ser profesional.
—Puedes irte.
Clara debería haberse sentido aliviada.
En cambio, salió de la oficina con una sensación de pérdida demasiado conocida.
Durante las semanas siguientes, Noah cumplió su palabra silenciosa.
No volvió a hablar del pasado.
No dejó paraguas junto a su escritorio.
No se quedó trabajando cuando ella hacía horas extra.
La trató exactamente igual que a los demás.
Era lo que Clara había pedido.
Y lo odiaba.
Comenzó a notar todas las pequeñas cosas que antes daba por sentadas.
Nadie recordaba que le dolía la cabeza cuando olvidaba almorzar.
Nadie corregía discretamente la temperatura de la sala porque sabía que ella siempre tenía frío.
Nadie dejaba leche con chocolate sobre su mesa después de una reunión difícil.
Clara se dijo que era absurdo.
Tenía veintiséis años.
No era una adolescente esperando que un chico le sostuviera el paraguas.
Pero algunas noches, al salir sola del edificio, miraba instintivamente al otro lado de la calle.
Noah nunca estaba allí.
La distancia entre ambos habría continuado si no hubiera ocurrido el viaje a Seattle.
La empresa envió a un pequeño equipo para cerrar un contrato importante.
Noah dirigiría la negociación.
Clara asistiría como responsable del análisis financiero.
El vuelo sufrió un retraso de cuatro horas.
Cuando finalmente llegaron, una tormenta había paralizado media ciudad.
El hotel cometió un error con las reservas.
Solo quedaban dos habitaciones disponibles para cuatro personas.
Noah resolvió el problema sin perder la calma.
Dos compañeros compartirían una habitación.
Él dormiría en el sofá de la suite.
Clara ocuparía el dormitorio.
—Puedo compartir con Natalie —dijo ella.
—Natalie ronca —respondió Noah.
Natalie asintió sin vergüenza.
—Como una motosierra.
—No necesito una suite.
—Es la única opción.
—Puedes quedarte tú en el dormitorio.
—Clara.
Ella reconoció el tono.
El mismo que usaba en la preparatoria cuando no pensaba discutir.
La suite era amplia, pero la tensión la hacía parecer diminuta.
Clara se encerró en el dormitorio temprano.
No pudo dormir.
Escuchaba el sonido de la lluvia contra las ventanas y recordaba otra noche, muchos años atrás, cuando Noah la acompañó hasta casa después del supermercado.
Habían compartido el paraguas.
Él estaba empapado de un lado.
Antes de despedirse, Clara le preguntó por qué siempre se mojaba para cubrirla.
Noah respondió:
—Porque tú nunca notas que estás temblando.
A medianoche salió del dormitorio.
Noah estaba en el sofá, despierto, leyendo correos en su computadora.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
—Tú tampoco.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo.
Él cerró la computadora.
—¿Necesitas algo?
Clara negó con la cabeza.
Se acercó a la ventana.
Las luces de la ciudad se desdibujaban detrás del cristal mojado.
—¿Por qué nunca volviste a llamarme? —preguntó.
Noah tardó en responder.
—Lo hice.
Ella se giró.
—No.
—Te llamé la semana después de llegar a Londres.
—No recibí ninguna llamada.
—Tu número ya no funcionaba.
Clara recordó entonces que, durante aquel verano, su madre había cancelado el antiguo plan telefónico porque no podían pagarlo.
Ella cambió de número.
No se lo envió a Noah.
Había esperado que él lo consiguiera.
Él había esperado que ella se lo enviara.
Dos personas orgullosas.
Dos silencios.
Seis años perdidos.
—También te escribí un correo —continuó Noah.
—Nunca lo vi.
—Lo envié a tu cuenta de la preparatoria.
Clara cerró los ojos.
Aquella cuenta había sido desactivada poco después de la graduación.
—Decía que lo sentía —añadió él—. Que no quería irme sin arreglar las cosas. Que, aunque tú dijeras que nunca habíamos sido nada, para mí habías sido todo.
Clara sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Por qué no intentaste buscarme después?
Noah soltó una risa amarga.
—Lo hice. Fui al supermercado en Navidad.
—Yo estaba trabajando en otra tienda.
—Tu madre me dijo que estabas bien. Que habías empezado a salir con alguien.
Clara abrió los ojos.
Durante aquella Navidad había aceptado una sola cita con un compañero de universidad.
Nada más.
—Mi madre nunca te quiso demasiado.
—Lo sé.
—Pensaba que terminarías rompiéndome el corazón.
—Lo hice.
—Yo también rompí el tuyo.
Noah la miró.
—Sí.
No lo dijo para castigarla.
Solo era la verdad.
Clara se sentó en el sillón frente a él.
—Perdimos seis años por no hablar.
—No fueron solo por eso.
—¿Qué más?
—Miedo.
Ella frunció el ceño.
Noah apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Tú tenías miedo de necesitarme. Yo tenía miedo de que nunca me eligieras de verdad.
—Te elegí.
—Nunca lo dijiste.
—Tú tampoco.
—Intentaba demostrarlo.
—Yo necesitaba escucharlo.
—Y yo necesitaba que dejaras de actuar como si acercarte a mí fuera un error.
Clara bajó la mirada.
Aquello era cierto.
Cada vez que Noah se acercaba, ella encontraba una forma de retroceder.
No porque no lo quisiera.
Sino porque lo quería demasiado.
Creció viendo a su madre trabajar hasta el agotamiento después de que su padre se marchara.
Aprendió que depender de alguien era peligroso.
Que amar demasiado podía dejarte sin nada.
Noah había sido la primera persona capaz de hacerla imaginar una vida compartida.
Por eso también había sido la persona de quien más miedo tenía.
—No sé cómo hacer esto —admitió.
Noah la observó en silencio.
—Yo tampoco.
—Ahora trabajamos juntos.
—Podemos resolverlo.
—Podría salir mal.
—También podría salir bien.
—La gente hablaría.
—La gente hablaba cuando solo compartíamos un paraguas.
Clara sonrió a pesar de sí misma.
Noah se levantó lentamente.
—No voy a presionarte.
Se detuvo frente a ella.
—Pero tampoco voy a fingir que no siento nada.
Clara levantó la vista.
—¿Qué sientes?
—Quiero estar cerca de ti.
—Ya estás cerca.
—No así.
Su voz se volvió más baja.
—Quiero ser la primera persona a la que llames cuando tengas un mal día. Quiero saber cuándo estás enferma antes de que intentes ocultarlo. Quiero discutir contigo sobre dónde cenar y acompañarte al supermercado aunque no necesites comprar nada.
Clara sintió que las lágrimas amenazaban con caer.
—Eso suena demasiado específico.
—He tenido seis años para pensarlo.
Noah se inclinó apenas.
No la tocó.
—Quiero ser cercano a ti, Clara.
Una pausa.
—Especialmente cercano.
La misma frase de aquella azotea.
El mismo muchacho.
Pero esta vez ya no eran adolescentes.
Clara podía retroceder una vez más.
Podía protegerse.
Podía regresar al dormitorio y fingir que aquella conversación no había ocurrido.
En cambio, se levantó.
—Noah.
—¿Sí?
—Bésame.
Él no se movió.
—¿Estás segura?
Clara asintió.
—Esta vez sí.
Noah la besó con una lentitud que dolía.
No fue como aquellos besos apresurados del verano después de la graduación.
Fue un beso lleno de todo lo que no habían dicho.
Los años separados.
Las llamadas perdidas.
Los correos nunca leídos.
Las veces que cada uno creyó que el otro había seguido adelante.
Clara sujetó su camisa con ambas manos.
Noah la rodeó con los brazos, pero sin apretarla demasiado, como si todavía temiera que ella pudiera huir.
Cuando se separaron, apoyó la frente contra la suya.
—¿Seguimos sin ser cercanos? —preguntó.
Clara sonrió.
—Todavía no estoy segura.
Noah volvió a besarla.
—Puedo ayudarte a decidir.
A la mañana siguiente, ninguno habló de lo ocurrido frente al resto del equipo.
La negociación salió bien.
Clara presentó el análisis financiero con seguridad.
Noah la observó desde el otro extremo de la mesa, pero aquella vez ella no evitó su mirada.
Cuando regresaron a California, acordaron algunas reglas.
No habría favoritismos.
Informarían a Recursos Humanos si decidían iniciar una relación formal.
En la oficina mantendrían la profesionalidad.
Fuera de ella, intentarían conocerse de nuevo.
La primera cita fue en el viejo complejo residencial donde habían crecido.
El supermercado seguía allí, aunque ahora pertenecía a otra familia.
Clara se detuvo frente al pasillo donde Noah la había visto por primera vez.
—Estabas mirándome —dijo.
—Durante mucho tiempo.
—Pensé que solo habías pasado por allí.
—Di tres vueltas por el mismo pasillo.
Clara se rio.
—Eso es un poco inquietante.
—Tenías una expresión muy seria.
—Estaba intentando que no se cayeran las cajas.
—Yo estaba intentando reunir valor para hablarte.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿Tú? ¿Nervioso?
—Eras aterradora.
—Medía un metro cincuenta y ocho.
—Exactamente. Muy intimidante.
Compraron dos botellas de leche con chocolate y caminaron hasta la antigua escuela.
Se sentaron en las gradas vacías.
Noah le contó sobre Londres.
Clara le habló de los años en que trabajó y estudió al mismo tiempo.
Él admitió que había tenido una relación seria, pero que terminó porque no podía comprometerse por completo.
Ella confesó que también había alejado a varias personas.
No sintieron celos.
Solo tristeza por las versiones de sí mismos que habían vivido separados.
Su relación comenzó despacio.
Noah no volvió a asumir que ella entendía lo que sentía.
Lo decía.
Clara dejó de esconderse detrás de respuestas ambiguas.
Cuando necesitaba espacio, lo pedía.
Cuando lo extrañaba, lo llamaba.
Cuando tenía miedo, intentaba no convertirlo en distancia.
Tres meses después, informaron a Recursos Humanos.
Clara fue transferida a otro equipo con mejores oportunidades de crecimiento.
Sus compañeros descubrieron la relación casi de inmediato.
Durante el almuerzo, Natalie se acercó con una sonrisa enorme.
—Así que al final sí estudiaron juntos.
Clara asintió.
—Sí.
—¿Y salieron en la preparatoria?
Clara miró a Noah, que estaba a pocos metros hablando con otro gerente.
Él levantó una ceja, esperando su respuesta.
Durante años ella había reducido toda su historia a una frase segura:
Nos conocíamos, pero no éramos cercanos.
Esta vez no lo hizo.
—No exactamente —respondió—. Éramos dos personas demasiado orgullosas para admitir que estaban enamoradas.
Natalie abrió los ojos.
—Eso suena mucho mejor que un simple sí.
Noah se acercó.
—¿Qué están comentando?
—Tu novia acaba de contarme que llevan enamorados desde la preparatoria.
Clara sintió que se ruborizaba.
Noah, en cambio, pareció satisfecho.
—Por fin está diciendo la verdad.
—No exageres.
—¿Quieres que cuente lo del verano después de la graduación?
Clara le cubrió la boca con una mano.
Natalie soltó una carcajada.
—Definitivamente necesito escuchar esa historia.
—No hay ninguna historia —dijo Clara.
Noah apartó suavemente su mano.
—Hay muchas.
—Noah.
—Podemos empezar con el primer beso.
—Ni se te ocurra.
Él sonrió de aquella forma que todavía hacía que ella olvidara lo que iba a decir.
—¿Ves? Ahora sí parecemos cercanos.
Un año después, Noah volvió a llevarla a la azotea de la escuela.
El edificio estaba cerrado por vacaciones, pero había conseguido permiso del director, que todavía recordaba a ambos.
La ciudad brillaba abajo.
El viento levantaba el cabello de Clara.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó.
Noah sacó una pequeña caja del bolsillo.
Clara dejó de respirar.
—La primera vez que estuvimos en este lugar —dijo él— te dije que quería ser especialmente cercano a ti.
—Lo recuerdo.
—Después lo arruinamos bastante.
—Muchísimo.
—Pero encontré una manera más clara de decirlo.
Se arrodilló.
Clara se llevó una mano a la boca.
—Quiero despertarme contigo. Quiero sostener tu paraguas aunque jures que no lo necesitas. Quiero escuchar tus respuestas honestas, incluso cuando me asusten. Quiero seguir conociéndote, no solo como eras a los dieciocho años, sino como serás dentro de diez, veinte o cincuenta.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo y elegante.
—Clara Evans, ¿quieres ser especialmente cercana a mí durante el resto de nuestra vida?
Ella comenzó a llorar y a reír al mismo tiempo.
—Esa es la propuesta más extraña que he escuchado.
—¿Eso es un no?
—Es un sí.
Noah se levantó y colocó el anillo en su dedo.
Después la besó bajo el mismo cielo donde había comenzado todo.
Meses más tarde, durante la boda, Natalie fue la encargada de pronunciar un discurso.
Contó que durante años Clara había insistido en que apenas conocía a Noah.
Los invitados rieron.
La madre de Clara fingió no emocionarse.
Noah sostuvo la mano de su esposa bajo la mesa.
—¿Todavía no somos cercanos? —susurró.
Clara lo miró.
Recordó el supermercado.
El paraguas negro.
Las cajas de leche con chocolate.
La azotea.
Los años perdidos.
La segunda oportunidad.
—No mucho —respondió.
Noah entrecerró los ojos.
Clara se acercó a su oído.
—Solo lo suficiente para pasar el resto de mi vida contigo.
Él sonrió y la besó delante de todos.
Aquella vez, Clara no negó nada.
No escondió su rostro.
No tuvo miedo de que alguien comprendiera cuánto lo amaba.
Porque al final había aprendido que querer a alguien no significaba perderse dentro de esa persona.
A veces significaba permitir que alguien caminara a tu lado.
Compartir el paraguas.
Decir la verdad.
Y dejar de fingir que dos corazones destinados a encontrarse apenas se conocían.